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Citoyens

Jordi Bernal

Foto: Pool new
Reuters

“Francia ha escogido a #MacronPresident, 39 años, liberal, progresista, europeísta y con la voluntad de unir a los franceses. Félicitations”. Así celebraba Albert Rivera en twitter la victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales de Francia. Unos días después el político catalán escribiría un artículo en El País desarrollando su entusiasmo por la elección de Macron y por lo que esto suponía para afianzar el cambio en los usos y costumbres políticos. Era evidente que Rivera elogiaba al francés mientras se miraba en el espejo. En cualquier caso, no parecían descabellados ni febriles los argumentos a favor de una higienización del ecosistema partidista alejados de los mamporros dialécticos del podemismo falaz.

Cabe señalar, sin embargo, que el currículum del francés, su formación y bagaje cultural –con un Molière recitado bravamente- no lo huele ningún parlamentario español ya sea menor o mayor de cuarenta años. Y luego hablamos, al sur rumboso de los Pirineos, de la decadencia de Francia. Ya me gustaría para mí ese decadentismo.

Tiene razón Rivera cuando señala que la victoria de Macron ha significado un respiro aliviado ante el peligroso avance del nacionalismo y la xenofobia. Una lección de sentido común después de brexits y trumps. Aunque no se debe olvidar que casi la mitad de votantes franceses optaron por propuestas con tufo totalitario y antieuropeísta.

En España (y aquí sí toca sacar pecho) planteamientos como los de Le Pen no han tenido cabida más allá de oscuras barras de tabernas cochambrosas. El podemismo parece haber tocado techo y la leve recuperación económica está desenmascarando, aún más si cabe, la demagogia de un discurso que se vale de las fallas reparables del sistema para fomentar el odio cainita y, de paso, pillar tajada.

Con sus patinazos y errores, el partido de Rivera ha contribuido a “la voluntad de unir” a los españoles. Fue responsable en su búsqueda de acuerdos con el Psoe y fue valiente al darle el sí a Rajoy. También ha sido remarcable su oposición a la deslealtad y desprecio por la ley de los nacionalistas. De ahí que su voto a favor de unos presupuestos que perpetúan el sablazo nacionalista y redundan en la desigualdad entre españoles haya sido, cuando menos, desconcertante. Muy poco francés. Muy poco Macron. Muy poco Liberté, égalité, fraternité.

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Fenomenología de Levy

Jesús Nieto Jurado

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Andrea Levy mira a cámara. Se muerde los labios. Es nerviosa y le dirán que inexperta en esas lides del “hijoputismo” parlamentario. No se le pone el gesto caballuno de la Lola Cospedal cuando la llaman a comentar o desfacer el último entuerto de la CUP, no, sino una media sonrisa entre sefardita y catalana. Es resultona. Ha pasado del ensayo a la novela y habla sus verdades como si comiera chicle. Afuera todo un mundo se nos cae, pero ella lee lo que le recomiendan @lavozdelarra y Karina Sáinz. Levy le da Mediterráneo a la cosa pepera, y juventud al tuiter, y belleza a un oficio de notarios ociosos. Le brillan algunas pecas, cerca del óvalo facial, pecas que aparecen o desaparecen según sonría o le conteste a Ferreras o a su segunda del flequillo. Se muerde el labio cuando piensa España y piensa Cataluña, porque Levy, guapa nerviosa, es un poco la musa de la Constitución del 78 en la sardana que nos lleva al 1-0. De ideologías anda más bien pez, pero ella, tan moderna, es hija de esa disyuntiva catalana que va entre la Constitución o el caos. Dice el Gobierno que lo del 155 es improbable, que lo disfrazarán de noviembre (su Lorca) u octubre por no levantar sospechas. Entretanto, la Guardia Civil va a El Prat con caballerosidad y con la verdad última de lo único que funciona en España. Levy, musa de estos tiempos, lee algo de Murakami y le mete el rollo guay a un PP en Cataluña que ha oscilado entre Piqué y ese Loquillo/García Albiol que no sabemos por dónde puede salir. Pero Levy se muerde los labios, mueve nerviosa las manos por los librobares de Malasaña: y se piensa en Cataluña. Y sabemos que en Cataluña el PP son los padres. Y Levy puede molar. Ay.

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Barcelona el día después del atentado

Redacción TO

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Con menos movilización turística en sitios emblemáticos como la Sagrada Familia (que permanece abierta) y en el transporte público en general, Barcelona amanece golpeada por el atentado terrorista del que fue víctima ayer. Sin embargo, muchas personas han decidido trasladarse hasta la Rambla para rendir homenaje a las víctimas, cuyo número asciende a 14,  y para hacer acto de presencia en el minuto de silencio convocado en Plaza Cataluña al mediodía al que acudieron desde las máximas autoridades locales: Ada Colau, Carles Puigdemont y Carme Forcadell, así como el rey Felipe VI  y el presidente de gobierno Mariano Rajoy.

Aquí una breve crónica en imágenes.

Así amanece Barcelona después del atentado 1
Así amanece La Rambla, de luto, pero abierta | Foto: Sergio Pérez / Reuters

Barcelona el día después del atentado 14
Memorial en el mosaico de Miró en La Rambla. | Foto Diana Rangel / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 13
Memorial en el mosaico de Miró en La Rambla. | Foto Diana Rangel / The Objective.

Así amanece Barcelona después del atentado 3
Símbolos de luto se están colocando a todo lo largo de La Rambla | Foto: Diana Rangel / The Objective

Asciende a 14 el número de fallecidos en los atentados de Barcelona y Cambrils
Foto Diana Rangel / The Objective

Barcelona el día después del atentado 29
“Todos unidos por la paz”. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 30
En el mosaico de Miró. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 31
Foto: Diana Rangel / The Objective.

El punto neurálgico de la congregación era el mosaico de Miró en el centro de La Rambla, en donde la gente desde tempranas horas comenzó a depositar flores, velas y todo tipo de memorabilia en homenaje a las víctimas.

Allí conversamos con el portavoz de la comunidad Sikh en Barcelona, Gagandeep Singh Khalsa, quien se apersonó con otros representantes para expresar su repudio al atentado, expresar su preocupación ante el rechazo que algunos individuos le manifiestan a su comunidad por el uso de las prendas tradicionales de su cultura, y ponerse a la orden para cualquier colaboración que pudiera necesitar.

Barcelona el día después del atentado 15
Gagandeep Singh Khalsa conversa con Andrea Daza de The Objective. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

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Poco tiempo después Ada Colau y las autoridades del Ayuntamiento se apersonaron en La Rambla para dirigirse al punto de la convocatoria para el minuto de silencio: la Plaza Cataluña. Luego de encontrarse con Carme Forcadell, la presidenta del Parlamento, el grupo se encontró en la plaza con el rey Felipe VI, Mariano Rajoy y Carles Puigdemont.

Representantes de los representantes de los principales partidos también acudieron al acto, allí pudimos observar a Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera, Miguel Iceta, Xavier Domènech y Soraya Sánchez de Santamaría, entre otros.

Barcelona el día después del atentado
Ada Colau en La Rambla | Foto: Andrea Daza / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 8
Rajoy, el rey Felipe VI, Puigdemont y Colau, juntos, encabezan el homenaje. | Foto: Andrea Daza / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 20
Pablo Iglesias y los representantes de Podemos llegan a Plaza Cataluña para el minuto de silencio. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

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Pedro Sánchez al llegar a Plaza Cataluña | Foto: Diana Rangel / The Objective.

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Miguel Iceta, presente en Barcelona. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

La comunidad Sikh en España se desmarca de los atentados de Barcelona y Cambrils
Rajoy, Felipe VI y Puigdemont, breves minutos antes de comenzar el minuto de silencio. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 4
Durante el minuto de silencio | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 9
Minuto de silencio. | Foto: Sergio Pérez / Reuters.

La multitud congregada en Plaza Cataluña aplaudió por varios minutos luego de finalizado el minuto de silencio. Se escucharon proclamas de “no tenim por” (no tenemos miedo).  Los castellers también hicieron acto de presencia para brindarle a las víctimas y a todos los presentes un homenaje muy simbólico: Barcelona, se levanta.

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Foto: Sergio Pérez / Reuters.

Barcelona el día después del atentado 18
Multitud congregada para el minuto de silencio frente a El Corte Inglés de Plaza Cataluña. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 1
El rey Felipe VI saluda a las personas congregadas en Plaza Cataluña | Foto: Andrea Daza / The Objective

Barcelona el día después del atentado 21
Albert Rivera responde a los medios luego del minuto de silencio. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

En sus declaraciones a los medios, Albert Rivera habló de la convocatoria al Pacto Antiterrorista. “No estamos en guerra, pero tampoco estamos en paz”. No es un día para las críticas, pero se debe hacer un llamamiento a la unidad, agregó.

Mientras los políticos de partidos opuestos esperaban para dar sus declaraciones, algunas personas en el público expresaron demandas claras: “Un CNI europeo”, pidió José Manuel García de 74 años. “No puede ser que tengamos tres policías, la Nacional, la de Euskadi, la de Catalunya”. Albiol, del PP catalán le respondía a García que sí, que estaban en ello.

Ramón Ros, catalán de 67 años, por su parte replicaba que no, que el problema es de competencias, que Euskadi lo tenía mejor, que cómo era posible que la policía autonómica no pudiera acceder a los archivos de la nacional.

Barcelona el día después del atentado 2
¿Inevitables selfies? | Foto: Andrea Daza / The Objective.

Pedro Sánchez intentaba mediar en la discusión mientras muchas personas en la multitud, parecían olvidar el motivo de la congregación e insistían en hacerse selfies con el máximo líder del PSOE.

En general todos los partidos fueron muy cautelosos con sus declaraciones, mientras que entre los asistentes reinaba la confusión, el ansia de reinvindicación y el reclamo a los políticos y a los cuerpos policiales.

Barcelona el día después del atentado 12
Grafitti en Madrid cerca del Congreso de Diputados: “Unidos somos fuertes. Todos somos Barcelona”. | Foto: Juan Medina / Reuters.

Para cerrar esta pequeña crónica un vídeo de un grupo de personas que espontáneamente se reunió pocos momentos después del minuto de silencio de Plaça Catalunya a rendir un pequeño, pero emotivo, homenaje a las víctimas cantando Imagine de John Lennon.

Textos y fotos: Andrea Daza, Ariana Basciani, Diana Rangel y Ana Laya. 

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Visa Pour l’Image, el gran festival del fotoperiodismo, arranca motores

Beatriz García

Perpiñán acogerá del 2 al 17 de septiembre la 29 edición de Visa Pour l’Image, uno de los mayores certámenes de fotografía periodística del mundo.

Es la cita que todo amante de la fotografía marca en el mes de septiembre de su calendario. El festival Visa Pour l’Image volverá a convertir la ciudad francesa de Perpiñán en el epicentro del mejor fotoperiodismo del año durante dos semanas de exposiciones, charlas, premios y debates, que centran su atención en conflictos de actualidad como la guerra de Siria y la crisis de los refugiados, y otras realidades a menudo olvidadas por los medios, como la de las víctimas del terrorismo en Perú y su lucha por la justicia y la verdad.

Visa Pour L’Image, el gran festival del fotoperiodismo, arranca motores 4
Noche de exposiciones en el Campo Santo | Imagen por Mazen Sagar

Para que no te pierdas ni un píxel del certamen, aquí tienes algunas de las exposiciones y eventos más destacados que podrás disfrutar del 2 al 17 de septiembre en Visa Pour l’Image:.

Instantáneas de la guerra y el horror

La guerra en Siria y la recuperación de Mosul de manos del Estado Islámico fue recogida por la lente de los fotógrafos Álvaro Canovas (París Match), Lorenzo Meloni (Magnum Photos) y Laurent Van Der Stockt (Le Monde), éste último nominado a la Visa D’Or Paris Match.

Visa Pour L’Image, el gran festival del fotoperiodismo, arranca motores 6
‘El colapso del Califato’, Lorenzo Meloni (Magnum Photos)

Las tres exposiciones, que abordan la guerra desde diferentes perspectivas, son las grandes protagonistas del festival, junto a dos trabajos que reflejan la crudeza con la que los civiles viven los conflictos armados: No safe place (Ningún lugar seguro), de Renée C. Byers, sobre la pobreza y descontento de los refugiados afganos en Estados Unidos, y Lives on Wire (Vidas en el alambre), de la fotógrafa argelina Zohra Bensemra (Reuters), que muestra cómo los civiles se enfrentan al horror de la guerra y los desastres naturales en muchas regiones del mundo.

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‘The Sacramento Bee’ de Renée C. Byer.

 

Para preguntarte qué significa “desarrollo”

China se ha convertido en tan sólo tres décadas en la segunda mayor economía del mundo. El fotógrafo Lu Guang ha dedicado los últimos doce años de su vida a viajar por el país capturando con su cámara el lado más oscuro del crecimiento económico: los ríos contaminados, los poblados sin agua corriente y los niños abandonados en orfanatos.

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‘Desarrollo y polución’, Lu Guang.

Un viaje similar, aunque en otro continente, fue el que hizo Vlad Sokhin (Cosmos), que recoge los efectos del cambio climático en las zonas más remotas de Alaska y Nueva Zelanda y las luchas de los indígenas por permanecer en la tierra de sus ancestros.

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‘Warm Waters’, de Vlad Sokhin

La vida salvaje, los safaris de caza y el impacto del hombre en el hábitat de los animales son los temas centrales del innovador fotoperiodista de National Geographic Michael Nichols, que ha colaborado con grandes conservacionistas, como la primatóloga Jane Goodall.

Realidades invisibles que nos conciernen a todos

El fotógrafo Daniel Berehulak pasó seis meses trabajando con un reportero local en Manila para conocer de primera mano los crímenes de la campaña ‘antidrogas’ del presidente Rodrigo Duterte en Filipinas, que causó más de 7.000 fallecidos a manos de escuadrones de la muerte y fuerzas del orden. El trabajo de Berehulak, They are Slaughtering Us Like Animales (Nos están sacrificando como animales) está nominado a los premios Visa d’Or que entrega el festival.

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‘They are Slaughtering Us Like Animales’, de Daniel Berehulak

Ayacucho es uno de los veinticuatro departamentos que conforman Perú y también el título del trabajo fotográfico de Ángela Ponce Romero, galardonada con la Visa D’Or Humanitaria – Comité Internacional de la Cruz Roja por una investigación que denuncia la muerte, los matrimonios forzosos, los abusos y las desapariciones de civiles durante las oleadas de terrorismo de los años ochenta y noventa en el país.

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‘Ayacucho’, de Ángela Ponce Romero.

Otra de las exposiciones esperadas es Dreamers (Soñadores), obra de la fotógrafa Darcy Padilla, que fue ganadora del Premio Canon de la Mujer Fotoperiodista el pasado año, y retrata la vida en la reserva india de Pine Ridge, uno de los lugares más pobres de Estados Unidos.

Un íntimo Picasso y el año en imágenes

Una de las sorpresas de esta edición es la inauguración de la exposición sobre la intimidad, la vida amorosa y la obra de Pablo Picasso, a partir de las instantáneas del fotógrafo de guerra y amigo íntimo del pintor David Douglas Duncan.

Cada noche y durante todo el festival habrá veladas de proyección donde se repasarán algunas de las historias que han marcado este año y dos meses, como los tributos a Leonard Cohen y Chuck Berry, la hambruna en África, la crisis de los refugiados o las últimas elecciones en Estados Unidos.

Además de mesas redondas, paneles de discusión dirigidos por profesionales de medios como Paris Match o Elle, jornadas para jóvenes fotógrafos y visitas gratuitas guiadas por algunos de los autores que participan en una de las veinticinco exposiciones de Visa Pour l’Image.

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¿Tiene límites la libertad de expresión? Respuesta corta: no

Miguel Ángel Quintana Paz

Muchos me han reprochado un tono excesivamente ditirámbico en mi artículo En defensa de la libertad de expresión hace quince días aquí en The Objective. Abogar en pro de esa libertad está bien, vienen a decirme, pero ¿qué hay de sus razonables limitaciones? “Toda libertad tiene límites”, “tu libertad acaba donde empieza la mía”, “está bien la libertad, pero no el libertinaje” y otros cuantos proverbios de similar jaez solían acompañar tan amables amonestaciones.

Como firme partidario de la libertad de expresión, agradezco que la gente haga uso de ella justo para lo que ese artículo (y Stuart Mill) defendían: para ayudarnos a avanzar en el conocimiento. Pues es cierto que en ese artículo omití la espinosa cuestión de qué límites legítimos podrían imponerse a la libertad de expresión. Y es cierto también que ahí se juega gran parte de este asunto. Pocos hoy en día se atreven a condenar de plano tal libertad; ¡ah!, pero a la hora de definir sus presuntamente razonables límites pueden a menudo dejarla tan recortada como una mujer tras pasar por manos de Jack el Destripador. (Y Jack también pensaba que eso era lo razonable).

Ahora bien, si no abordé el problema de los límites de la libertad de expresión en aquel texto es por lo que el título de este explicita: porque creo que no existen. Uno tiene derecho a dejar que fluyan sus ideas sin importar lo tremendamente feotas que nos parezcan a los demás. De hecho, las ideas más originales son justo aquellas que nadie se ha atrevido a pensar antes, a menudo porque la presión social nos lo impedía. Sería absurdo usar esa presión social, con sus ofendiditos y escandalizaditos, para coartar tales ideas y el progreso que pudieran proporcionarnos (ya sea al apoyarlas, ya sea al aprender a rebatirlas).

Esto parece especialmente importante recordarlo hoy, en que tantos límites espurios se intenta imponer a esta libertad. No ya, por supuesto y como siempre, en los países autoritarios, sino en medio de nuestro democrático Occidente; y no solo por parte del poderoso Estado, sino de más y más gente que se une a la batalla contra la libertad de expresarse… de los demás.

Gente como los directivos de Google, que acaban de despedir a un biólogo, James Damore, por expresar ideas científicas que no les gustan.

O como los universitarios de Middlebury, que atacan al politólogo Charles Murray mientras este intentaba dar una conferencia que al final debió cancelar (y, de paso, le tuercen el cuello a un profesor que le acompañaba pero, curiosamente, era el encargado de oponérsele en el debate).

O como el Estado canadiense, que corta toda financiación científica al psicólogo Jordan Peterson, antiguo profesor de Harvard, justo cuando este cobra fama por opinar contra el proyecto gubernamental de multar a quien no use con cada persona el apelativo que esta elija entre los más de 70 géneros que hoy Facebook reconoce.

O como los casos que semana tras semana reporta The Heterodox Academy, asociación fundada en EE. UU. por Jonathan Haidt, preocupado por la creciente dificultad para expresar en sus universidades ideas que no coincidan con las de la mayoría (en varias disciplinas, el profesorado se adscribe en un 95 % a la izquierda). Una reciente encuesta de esta organización, por ejemplo, apunta a que los estudiantes conservadores y centristas sienten a menudo auténtico pavor a que los profesores les penalicen por dar sus verdaderas opiniones en clase, a diferencia de los izquierdistas: algo que sin duda impide que la universidad sea el espacio de libre debate que debería ser.

En medio de tan umbroso panorama, no viene mal empezar por un contundente “no” ante la pregunta de si estamos legitimados para, repletos de bondad, censurar las opiniones que nos disgustan. Ahora bien, seguramente al lector le están viniendo a las mientes casos en que sí le parece razonable prohibir que se digan ciertas cosas: por ejemplo, negarle el derecho a un gracioso a gritar “¡Fuego!” en un teatro repleto para provocar una aglomeración y, posiblemente, muertos y heridos en la estampida (el ejemplo es del propio John Stuart Mill). O prohibir que un mafioso entre en mi negocio y me explique que, si no le pago cierta cuota mensual, tiene la opinión de que muy probablemente los cristales de mi escaparate se quebrarán pronto (y quizá mi familia sufra algún quebranto más). O impedir que, ante una airada multitud que protesta por el problema X, su cabecilla grite desde el estrado que el culpable de su problema X es un señor que entonces pasaba por allí, y anime a los concurrentes a darle al malhadado el palizón que se merece.

En efecto, en todos esos ejemplos (y varios más) sí que resultaría razonable prohibir al gracioso, al mafioso y al cabecilla que hagan lo que hacen; y castigarlos por su comportamiento. ¿Va esto en contra de lo que he dicho sobre los no-límites de la libertad de expresión? No, porque en todos esos casos no estamos en realidad ante la libre expresión de ideas por parte del graciosillo, del mafioso y del cabecilla. Para aclarar esto un poco más, debo explicarle al lector algunas nociones básicas de filosofía del lenguaje; pero prometo que seré lo más breve posible.

Veamos: el lenguaje sin duda sirve para expresar ideas, y es ahí donde debe fluir carente de límite alguno, sin importar lo muy bondadoso que se nos presente el limitador (que, por cierto, siempre se nos presenta de manera bondadosa, ya sea nombre de la moral, la religión, los Derechos Humanos, la fraternidad universal o la defensa de los débiles). Pero el lenguaje no solo sirve para eso. Como diría uno de los principales filósofos del siglo XX, J. L. Austin, el lenguaje también sirve para “hacer cosas con palabras”.

Creo que con un ejemplo se entenderá mejor esto. Cuando yo le prometo a alguien que mañana iré a instalarle internet en su casa para que pueda disfrutar de The Objective, no solo estoy expresándole una opinión sobre el mundo. Estoy también haciendo algo: comprometerme a ir. Eso que hago (mi compromiso) suena a una buena acción en el caso que acabo de poner (al fin y al cabo, gracias a mí podrá mañana leer nada menos que The Objective).

Pero también podría ser una mala acción. Fijémonos en el caso que adujimos antes del mafioso: cuando él viene a decirme que o le pago o mañana mi escaparate estará roto, tampoco está solo expresando ideas sobre el mundo (como haría, por ejemplo, una pitonisa o un meteorólogo que predijeran que mañana una granizada romperá mi cristal). En realidad, está haciendo algo con sus palabras: está amenazándome. Prohibir sus amenazas no sería, pues, limitar su libertad de expresión: sería limitar su capacidad de hacer otra de las cosas que se puede hacer con el lenguaje, aparte de expresar ideas: amenazar.

J.L. Austin estaba convencido de que muchos de nuestros problemas filosóficos venían de que no habíamos aprendido a distinguir entre estas dos funciones del lenguaje: una para constatar hechos u opiniones sobre el mundo, otra para hacer cosas en el mundo (Austin llamó a esta segunda función “performativa”). De similar manera, creo que muchas dificultades para entender la libertad de expresión provienen también de ahí, de no distinguir entre expresar ideas y hacer otras cosas con el lenguaje: algunas de ellas, perfectamente censurables.

Así, es fácil entender que el graciosete que grita “¡Fuego!” en el teatro para causar pánico no está tampoco “dando su opinión”; ni el que incita a apalizar a un ser humano está solo expresando “cómo opina que estará de dolorido el cuerpo de la víctima dentro de un rato”: están haciendo otra cosa (participar en la acción que creará cuerpos doloridos un rato después de sus gritos). Tampoco el que se pone a gritar en un cine o una conferencia, impidiéndonos a los demás disfrutar de ellos, está “expresando opiniones”: está produciendo ruido. Y hacerle callar no será ir contra su libertad de expresión, sino negarle el derecho a impedirnos a los demás escuchar. O, por poner un ejemplo más, el que se pone a persuadir a una niña de siete años de que mantenga una relación sexual con él, tampoco está “contándole sus ideas”: está insinuándosele, y esta es una acción que podemos perfectamente optar por prohibir.

En suma: cuando usamos el lenguaje para “hacer cosas”, naturalmente muchas de esas cosas que se hacen podrían ser ilegales o incluso punibles. Pero ello no afecta en modo alguno al derecho a usar el lenguaje para expresar opiniones, que debe permanecer ilimitado. Incluso aunque esas opiniones creen luego reacciones de ofensa en la gente: esas reacciones son ya cosa del ofendido (la prueba es que unos se ofenderá y otros no), no es la acción concreta que realizó el que meramente opinó.

Permítame el lector (como no estamos en Canadá, no preciso decir también lectora, lectore, lectoro y lecturu) que concluya este artículo con un pequeño acertijo. Su fin es comprobar si ha comprendido a J. L. Austin sobre el lenguaje “performativo”. Ahí va:

En esta última frase del artículo afirmo que con ella acabo este artículo; ¿hago entonces acaso, amigo lector, un uso performativo del lenguaje al decir que termino cuando de hecho termino?

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