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Citoyens

Jordi Bernal

Foto: Pool new
Reuters

“Francia ha escogido a #MacronPresident, 39 años, liberal, progresista, europeísta y con la voluntad de unir a los franceses. Félicitations”. Así celebraba Albert Rivera en twitter la victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales de Francia. Unos días después el político catalán escribiría un artículo en El País desarrollando su entusiasmo por la elección de Macron y por lo que esto suponía para afianzar el cambio en los usos y costumbres políticos. Era evidente que Rivera elogiaba al francés mientras se miraba en el espejo. En cualquier caso, no parecían descabellados ni febriles los argumentos a favor de una higienización del ecosistema partidista alejados de los mamporros dialécticos del podemismo falaz.

Cabe señalar, sin embargo, que el currículum del francés, su formación y bagaje cultural –con un Molière recitado bravamente- no lo huele ningún parlamentario español ya sea menor o mayor de cuarenta años. Y luego hablamos, al sur rumboso de los Pirineos, de la decadencia de Francia. Ya me gustaría para mí ese decadentismo.

Tiene razón Rivera cuando señala que la victoria de Macron ha significado un respiro aliviado ante el peligroso avance del nacionalismo y la xenofobia. Una lección de sentido común después de brexits y trumps. Aunque no se debe olvidar que casi la mitad de votantes franceses optaron por propuestas con tufo totalitario y antieuropeísta.

En España (y aquí sí toca sacar pecho) planteamientos como los de Le Pen no han tenido cabida más allá de oscuras barras de tabernas cochambrosas. El podemismo parece haber tocado techo y la leve recuperación económica está desenmascarando, aún más si cabe, la demagogia de un discurso que se vale de las fallas reparables del sistema para fomentar el odio cainita y, de paso, pillar tajada.

Con sus patinazos y errores, el partido de Rivera ha contribuido a “la voluntad de unir” a los españoles. Fue responsable en su búsqueda de acuerdos con el Psoe y fue valiente al darle el sí a Rajoy. También ha sido remarcable su oposición a la deslealtad y desprecio por la ley de los nacionalistas. De ahí que su voto a favor de unos presupuestos que perpetúan el sablazo nacionalista y redundan en la desigualdad entre españoles haya sido, cuando menos, desconcertante. Muy poco francés. Muy poco Macron. Muy poco Liberté, égalité, fraternité.

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José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez reflexiona acerca de la polémica y el conflicto desatados por Trump luego de que reconociera a Jerusalem como capital de Israel y ordenará trasladar allí la embajada, que ahora está en Tel Aviv.

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Sobre los lugares adecuados y los hombres sirena

Laura Ferrero

Foto: AP
AP Foto

Se llama ‘La silla de Fernando’ y es una película-conversación con Fernando Fernán Gómez que hicieron David Trueba y Luis Alegre. Pero es mucho más que un diálogo en el que el actor y director aborda distintos temas como la guerra civil, sus tiempos mozos, las noches de Madrid, las mujeres, el amor o el franquismo…Desde su silla, Fernán Gómez pontifica, se adentra en todos los terrenos políticamente incorrectos y pantanosos, se ríe y hace reír. Se enfada y hace enfadar. Cuenta, en definitiva su paso por esta montaña rusa a la que comúnmente llamamos vida.

De joven, su deseo era ser guapo y fuerte, el mismo que tenemos muchos de nosotros aunque no lo digamos en público. Siempre me han parecido particularmente admirables las personas que dicen lo que piensan sin temor al juicio ajeno. Mi abuela dice que esas son cosas de la vejez, de la llegada de ese tiempo en el que uno empieza por fin a relativizar las cosas. La vejez no es solo dejar de sufrir por el pasado sino también desacralizar por fin el tabú del qué dirán.

Una de las reflexiones que más me gustó es la que Fernán Gómez hace en torno a la envidia. Siempre se ha dicho que ésta es el pecado capital de los españoles y yo misma, hasta que vi la película, lo hubiera corroborado. Sin embargo, el mítico actor lo desmiente. Envidiar es “querer ser como otro”, es un deseo en positivo en el sentido del que dice “me hubiera encantado escribir El Quijote”. Fernán Gómez matiza que el verdadero pecado nacional no es la envidia sino el desprecio a la excelencia. Aquel que dice, por ejemplo, frente a las 1200 páginas de El Quijote, “pues chico, llevo treinta páginas y no es para tanto. Vaya tostón”.

En la película hay otro momento verdaderamente memorable: aquel en el que el actor y director habla de la búsqueda del amor. En su juventud salía mucho de juerga –al bar del aeropuerto de Barajas, el único abierto hasta las tantas en tiempos de dictadura y prohibiciones– y ahí buscaba a su mujer soñada. Su arquetipo ideal era Marlene Dietrich, una femme fatal en toda regla. “Destrúyeme” hubiera querido decirle Fernán Gómez a la hipotética Dietrich española. Este deseo se lo transmitió Fernando a una amiga con la que salía entonces, que le respondió: “Ay, Fernando, a ti nadie puede destruirte. Tú ya estás destruido”. Por aquellos tiempos amigos y conocidos le advertían seriamente de que estaba buscando a su mujer ideal en los lugares equivocados. Los bares de alterne no eran los adecuados. Pero ahí discrepo: las personas importantes aparecen de entre los rincones más insospechados.

Eso también lo cuenta Samantha Schweblin, que poco tiene que ver con Fernán Gómez. O bueno, igual más de lo que nos pensamos. Ayer terminé el maravilloso Pájaros en la boca y otros cuentos, y más allá de que me enamoré del relato que le da título al libro y asimismo de uno llamado ‘Mujeres desesperadas’, me quedo con uno que se llama ‘El hombre sirena’. En él, una mujer está en un bar del muelle esperando a su hermano Daniel: juntos tienen que ir a cuidar de su madre. De repente, sobre una columna de hormigón del muelle, divisa a un hombre sirena. Tarda en entender el significado de aquello y se acerca. Conocerse, que dice Salinas, es el relámpago, Y así les ocurre a ambos, que se enamoran en un instante, si es que eso es posible y si cuando ocurre es posible dejarlo para más adelante: “Aunque no puedo decirle que lo amo: no todavía, debe pasar más tiempo, debemos hacer las cosas paso a paso (…). Pero la decisión está tomada, es irrevocable”.

Sin embargo, pronto aparece su hermano Daniel en su busca, y ella se levanta, supongo, porque le ocurre como a Fernán Gómez, que no sabe si ese es el lugar donde debería estar buscando el amor. Y sin embargo.

“Se queda mirándome un momento. Me doy vuelta hacia el mar. Él, hermoso y plateado sobre el muelle, levanta un bazo para saludarnos. Y aun así, Daniel entra al auto y abre la puerta de mi lado. Entonces no sé qué hacer, y cuando no sé qué hacer, el mundo me parece un lugar terrible para alguien como yo, y me siento muy triste. Por eso pienso: es solo un hombre sirena, es solo un hombre sirena, mientras subo al auto y trato de tranquilizarme. Puede estar ahí otra vez mañana, esperándome.”

O puede que no, querida. Así que bájate del coche. Dile a Daniel que se vaya por donde ha venido y corre hacia el muelle, hazlo deprisa y cruza los dedos para que el hombre sirena, que ha divisado a lo lejos tus dudas y titubeos siga siendo el vínculo y el hilo, el amarre a la única vida que tienes, que no es la de Daniel ni la de tu madre, ni la de los miedos que viajan raudos dentro del coche. Corre. ¿Sabes que solo ocurre una vez, que solo hay un único hombre sirena?

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Lorca en presente

Carlos Mayoral

Foto: Fundación García Lorca
Fundación García Lorca

Federico es un poeta que todavía no ha conocido su verso. Apenas se ha dejado llevar por la marea académica en la que le ha sumergido su madre, y nadie excepto los chopos del patio de su casa, que le susurran con cariño su nombre (…Fe-de-ri-co…), sospecha que estamos delante del bardo más universal del siglo XX hispánico. Todo cambia durante un viaje a Castilla, la misma Castilla a la que le cantaba entonces Machado, cuando se fija en las cigüeñas que coronan los campanarios de la meseta. Ese día le escribe a un amigo residente en Suiza los primeros versos conscientes de Federico García Lorca: Cigüeñas musicales/ amantes de campanas/ oh, qué pena tan grande/ que no podéis cantar. Ha visto la luz el poeta.

Hace unos días cayó en mis manos “Palabra de Lorca”, extraordinario libro, que guarda en su interior anécdotas como ésta que acabo de redactar. El título centra su sinopsis precisamente en eso, en una recopilación de entrevistas y artículos sobre la figura del granaíno engarzada por Rafael Inglada, Víctor Fernández y la editorial Malpaso. Más allá de la edición, tan hermosa como todas las de este sello, se abría ante mí una duda: ¿Sería tan seductora esta cara del poliedro lorquiano como lo fueron las otras? Sólo me bastaron dos giros de página para darme cuenta de que, efectivamente, estábamos antes un nuevo prodigio que mantiene viva su llama: Federico lo había vuelto a hacer.

Poliedro lorquiano, sí. Porque Federico muestra a menudo tantas caras y tan ricas en matices cada una de ellas que sería absurdo volverle la vista a alguna. “Palabra de Lorca” se recrea en estas caras, pero lo hace en presente, tiempo verbal que parecía esfumarse sepultado en algún lugar entre Víznar y Alfacar. Podemos fijar la atención en el Federico dramático, capaz de convertir en discurso la sangre del teatro; en el Federico más surrealista, el que hace de Nueva York verso y espina; en el Federico más popular, el que a golpe de romance cincela la tradición moderna andaluza. Todos ellos pasan en este libro por la túrmix de la opinión del propio poeta, que le da vida a su obra.

“Palabra de Lorca” nos telegrafía su cara más íntima, la que bebe de sus confesiones. Secretos, interioridades, esquinas de alcoba. El libro se regodea en la impresión que a Federico le produce tal o cual estreno dramático, en el discurso que el de Fuentevaqueros le da a los obreros catalanes sobre la URSS, en la grieta en la mejilla que Nueva York le dejó para siempre, en la infancia que guardó en su memoria el recuerdo del campesino que escuchaba a Chopin mientras hojeaba a Bakunin. Nótese cómo esparzo las anécdotas del libro sin control temático ni cronológico, porque así era el Lorca que se aleja del mito, un individuo que siente y vive sin control, un ser íntimo que supo hacer de su intimidad figura retórica, verso y obra maestra. “Palabra de Lorca” habla del Federico infinito, lo desnuda y lo coloca frente a nosotros. Y, recuerden, lo hace en presente. La poesía y sus lectores estamos de enhorabuena.

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La Generación Z está destronando a los millennials y el mayor reto consiste en comprenderla

Cecilia de la Serna

Foto: Collin Armstrong
Unsplash

La generación que sucede a los millennials -también conocida como ‘Y’- es, por estricto orden alfabético, la Generación Z. Podemos considerar Z a todos aquellos nacidos entre 1994 y 2010, aproximadamente. Este grupo demográfico de jóvenes, que supone el 25% de la población mundial, sale ahora de las aulas para incorporarse al mercado laboral y reclama su sitio en el mundo. Es una generación peculiar, marcada especialmente por la era digital, que se caracteriza por tener unos patrones comunicativos y de consumo únicos, lo que constituye todo un reto para las generaciones anteriores.

En la presentación del libro Generación Z, todo lo que necesitas saber sobre los jóvenes que han dejado viejos a los millennials, publicado por ATREVIA y Deusto Business School, que ha tenido lugar este miércoles 13 de diciembre en Madrid, se ha dado respuesta a algunas de las preguntas sobre esta generación. Al acto han asistido sus autores, Iñaki Ortega y Núria Vilanova, además de colaboradores como Antonio Huertas Mejías, presidente y CEO de MAPFRE, Víctor del Pozo, CEO de Retail de El Corte Inglés, y Begoña Sesé, CEO durante un mes en Adecco y que pertenece ella misma a la Generación Z. También han estado presentes Jordi Nadal, editor del libro y fundador de Plataforma Editorial, y personalidades como el exseleccionador español de fútbol Vicente Del Bosque, el vicesecretario general de Acción Sectorial del Partido Popular Javier Maroto o el exministro socialista Miguel Sebastián.

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Presentación del libro Generación Z, todo lo que necesitas saber sobre los jóvenes que han dejado viejos a los millennials. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

Iñaki Ortega ha justificado la necesidad de este libro por la distancia entre generaciones. “Los autores de este libro nos parecemos más a nuestros padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos que a nuestros hijos”, ha dicho, por lo que es difícil comprenderles. “Los millennials se fueron protagonistas pero se han quedado a medio camino”, ha asegurado refiriéndose a la generación inmediatamente anterior a la Z. Para Núria Vilanova, que firma esta publicación junto con Ortega, lo que “obsesiona a los Z es transformar la realidad”, por lo que los valores y las creencias se colocan entre las prioridades de este grupo social.

La Generación Z está destronando a los millennials y el mayor reto consiste en comprenderla 2
De izquierda a derecha: Iñaki Ortega, Núria Vilanova, Antonio Huertas Mejías, Víctor del Pozo, Begoña Sesé y Jordi Nadal. | Foto: Cecilia de la Serna / The Objective

El reto de retener a los Z en la empresa

El CEO de MAPFRE, Antonio Huertas Mejías, ha cifrado en 2.000 los Z que trabajan en su compañía. El responsable de Retail de El Corte Inglés, Víctor del Pozo, ha elevado la cifra hasta los 8.000. Y esto, teniendo en cuenta el periodo etario que comprende la Generación Z, es tan sólo el comienzo. Por ello, comprenderles y adaptar el entorno laboral a sus necesidades se adivina cada vez más prioritario.

Núria Villanova ha insistido en la idea de la gran exigencia que supone “atraer y retener” a los Z. “El empleo del futuro va a ser diferente”, ha dicho, añadiendo que habrá que trabajar para que estos jóvenes “no desconecten” de sus empresas. Uno de los ejemplos que ha puesto sobre este cambio de mentalidad es la cada vez más invisible frontera entre trabajo y ocio. “Olvidémonos de tiempo de ocio y de trabajo, todo está mezclado”, ha asegurado Vilanova, que además es fundadora y presidenta de ATREVIA y del Consejo Empresarial Alianza por Iberoamérica (CEAPI).

Una generación que ya está cambiando el mundo

Entre los colaboradores de esta pionera publicación en España está Begoña Sesé, que durante un mes ostentó el cargo de CEO de Adecco, y que ha redefinido el concepto de liderazgo. “No es lo mismo un jefe que un líder”, ha dicho, añadiendo que lo que “frustra” a la Generación Z es la falta de líderes. Además, Begoña Sesé ha explicado la relación de su generación con el mundo que vivimos que, “fruto del consumismo”, necesita un cambio que los Z están dispuestos a encabezar.

Medioambiente, Derechos Humanos, justicia social… los temas que preocupan a los Z son variados, y condicionan su vida de manera más intensa que en el caso de otras generaciones. Este compromiso los guía y anima a buscar entre las herramientas digitales que manejan a la perfección las soluciones para cambiar el mundo. Y ese cambio nos toca a todos, incluidos los millennials ahora destronados, por lo que comprender a los Z desde las generaciones anteriores es clave para colaborar en un futuro que ya está aquí.

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