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El ridículo de Harvard

Jordi Bernal

Foto: Manu Fernandez
AP Photo/Archivo

Conocida y repetida es la sentencia de Tarradellas: “En política se puede hacer de todo menos el ridículo”. No parecen los políticos independentistas actuales muy dados al recuerdo del presidente que reinstauró la Generalitat de Cataluña democrática en los años de la Transición. El ridículo es su modo de actuar. Ridículo Junqueras cuando, sin ruborizarse ni abrocharse la americana por imperativo físico, afirmó que podía parar la economía catalana unos días sin más y más chulo que un pisador ubérrimo de uvas. La cara de los eurodiputados debió de ser inenarrable. No entro ya en el hecho de que Junqueras afirmara en otra ocasión que el torturador Miquel Badia fue un demócrata ejemplar. Como siempre, tratándose de Junqueras, la historia es pura mitomanía falsaria. De meapilas mixtificador, vamos. De programa bien-pagá-y-Soler de TV3.

Luego está el ministro de exteriores (sic) del estalinista Psuc Romeva. El nadador sin pelo ni Cheever que le escriba. El compañero de viaje borderline. Ahí está quejándose de que cazas españoles sobrevuelen cielo catalán. Una vez más, el flipe de los representantes europeos tuvo que ser considerable: un tipo que lloriquea porque las fuerzas armadas de su país realizan ejercicios militares en su espacio aéreo.

Si no fuera suficiente, superando a Nat King Cole 4% Arturo Mas, o sería Luther King, yo ya no sé, aparece en escena haciendo el clown uno de Gerona. Y dice, previo viaje pagado por usted y moi, que los EEUU son muy libres y España una cacicada decimonónica. Les recuerda, con apuntes de bachiller, los fundamentos de la democracia norteamericana. Sí, esa que no admite segregaciones ni deslealtades tejanas ni tonterías de pastelero. Se le olvida apuntar al convergente que, en Cataluña, se utiliza el calificativo “unionista” como estigma. Y que su Frente de Liberación Popular para un referéndum se basa en un pacto con comunistas que quieren acabar con la democracia liberal.

También se le olvida, en Harvard oh yeah y pagado por usted y moi, al pastelero de Gerona recordar que la soberanía de España, al igual que la de Estados Unidos, reside en el conjunto de sus ciudadanos. Valor de ley, si atendemos a la formación cultural puramente yanqui.

No se puede ir por la vida haciendo el ridículo, pastelero. Incluso más acá de la política.

Qué nos enseña el libro más repelente de todos

Miguel Ángel Quintana Paz

¿Qué título de libro podría considerarse el más repelente de entre todos los clásicos? Si la pregunta atañera a las partes de una obra, seguramente cualquiera de la autobiografía de Friedrich Nietzsche, Ecce homo, sería digna candidata: “Por qué soy tan inteligente”, “Por qué soy tan sabio”, “Por qué escribo tan buenos libros”. En cuanto a volúmenes completos, Leszek Kołakowski alcanzó una marca importante con su “Por qué tengo razón en todo”, rótulo que tantas veces habrán anhelado, al menos como subtítulo, tantos otros profesores en tantos otros escritos más.

Con todo y con eso, de modo menos pomposo, pero igual de mordaz, fue el filósofo Søren Kierkegaard quien acuñó hace casi dos siglos un título febrilmente repulsivo para nuestra mente contemporánea. Lo hizo en su libro Enten-Eller, que suele traducirse con la disyuntiva “O lo uno o lo otro”, aunque podría asimismo ser “O bien una cosa, o bien la otra”.

¿Por qué resulta repulsivo ese título de Kierkegaard hoy en día? Vivimos en una época en que se nos ha vuelto más antipático que nunca renunciar a nada. Señores sesentones confían en verse bien juveniles y disfrutar a la vez de las mieles del reconocimiento por su amplia experiencia; jóvenes veinteañeros gustan de presentarse como tiernos modernetes, pero a la vez se quejan si su sueldo no alcanza el de un curtido profesional. Hacemos viajes lejanos con la intención de sumergirnos en otras culturas, pero allí nos refugiamos en el hotel que más se asemeja al de enfrente de casa. Queremos educar a nuestros hijos para el mundo real, pero les rodeamos de algodones que solo les prepararían para vivir sempiternamente en una colchonería.

Acaso este fenómeno adquiera especial virulencia en nuestro país. No pocos españoles están convencidos de que nuestra nación podría funcionar igual una escandinava, pero sin la sólida confianza entre sus ciudadanos que reina en aquellas sociedades. Deseamos tener impuestos tan bajos como en las Bahamas, pero con servicios públicos tan caros como los fineses. Protestamos porque nuestras universidades no están entre las mejores del mundo, pero acatamos que los criterios de selección en ellas sigan columpiándose entre el padrinazgo y el amiguismo. Si la asistencia a la eucaristía dominical continuara siendo masiva en España, no resultaría raro comprobar cada semana cómo varios feligreses porfiarían por estar a la vez en misa y repicando.

Ante este panorama, Kierkegaard nos recuerda una verdad repelente: a veces (muchas más veces de las que hoy creemos) se debe optar entre o bien una cosa o bien otra. Enten-Eller, en danés. Hoy suena fascista hablar de esa manera, pero aun así es preciso recordarlo: no puedes hacer todo lo que quieras ni tener todo lo que quieras ni hablar con solvencia de todo cuanto te gustaría hablar (aunque uses Twitter).

¿Cómo es que hemos llegado en nuestros días a olvidar tan simple verdad? El mismo libro de Kierkegaard nos responde con una de sus fábulas más famosas, la del payaso en el escenario del teatro. Reza así:

Se declaró en cierta ocasión un incendio entre los bastidores de un teatro. Un payaso salió al escenario para dar la noticia al público. Pero este creyó que se trataba de un chiste y aplaudió fervoroso. El payaso repitió la noticia y los aplausos se volvieron aún más entusiastas. Así sospecho yo que se irá a pique el mundo, entre el júbilo general de la gente biempensante, que creerá que solo se trata de un chiste.

Hoy se ha vuelto un lugar común decir que vivimos en una “sociedad del espectáculo”. Pero las cosas no estaban tan claras hace dos siglos, por lo que no resulta arbitrario atribuir a Kierkegaard cierto mérito previsor. En su cuento del payaso, este filósofo nos habla de un mundo en que todo se verá ya como mero espectáculo teatral. Y por ello pensaremos que todo es posible. Cierta teatralidad tendrán las desgracias que vemos en nuestros televisores; nadie se creerá del todo las noticias que nos proporciona una prensa que día tras día ensucia su fiabilidad. Solo algún sectario se tragará ya del todo lo que declama un político desde su escenario; solo algún ingenuo escuchará las previsiones de los expertos como si de veras se fueran a cumplir. Gracias a las redes sociales, las vidas de los otros desfilan ante nuestras butacas, mitad dramas y mitad comedia; nosotros mismos recitamos la trama de nuestros días ante un público silencioso, que nos contempla tras el foco de la pantalla de nuestro dispositivo.

Teatro, lo nuestro es puro teatro, cantaría hoy La Lupe. Y si somos todos actores, no puede acusársenos entonces de mentir exactamente, pero tampoco debe tomárselos muy en serio durante nuestra actuación. Desde antiguo nos lo han explicado los teóricos de la dramaturgia: ante un escenario (o, con el cine, ante una pantalla) conviene suspender nuestra credulidad, para no hacer el ridículo de aquellos espectadores que, cuando los hermanos Lumière les proyectaron por primera vez la escena de una locomotora que entraba en una estación, se reclinaron contra el respaldo de sus asientos, como temerosos de que el tren les fuese a arrollar.

El problema, naturalmente, es el que nos recuerda Kierkegaard en su fábula del payaso: por mucho que vivamos en un teatro, a veces sí que irrumpen cosas que nos podrían arrollar. Nos resistimos a creérnoslo, cobijados como nos pensamos en nuestro elegante patio de butacas; con esa sonrisa alelada de bebé (Philippe Muray dixit) con que intentamos tomárnoslo todo; convencidos de que es posible seguir contemplando las cosas con un distanciamiento elegante, sin tener nunca que optar de veras por algo contundente: o esto o aquello. Ahora bien, en ocasiones se declarará un incendio. Se acabará la función. Habrá que elegir en serio: o bien por una cosa, o bien por otra. Enten-Eller. Y más nos valdría atender a quienes nos lo anuncien desde el escenario, por muy payasos que sean.

Semanas llevan ardiendo las llamas de la represión chavista en Venezuela. Se ha cobrado ya docenas de muertos. Por bufonesco que resulte Nicolás Maduro, no es con balas de broma como sus tropas acribillan a los venezolanos. Mientras, en España, otros bufones le respaldan y, oh, resultan tan entretenidos. ¿Cómo tomarnos en serio a un payaso que justifica los crímenes del régimen de Caracas, si al fin y al cabo todos sabemos que las llamas del incendio venezolano no nos pueden alcanzar? ¡Démosles más escenarios, otorguémosles mejores púlpitos desde los que propaguen su mensaje, sería tan aburrida la temporada sin ellos! ¡Aplaudamos, aplaudamos! Límpiate eso que te ha saltado sobre la pechera, sin duda es solo salsa de tomate. Y, ante todo, no ceses nunca de sonreír.

Otro enemigo del pueblo: una historia barbateña

José María Albert de Paco

Atún y chocolate, sí, pero no se te ocurra decirlo. En el otoño de 2003, Pablo Carbonell rodó entre Barbate y Zahara una comedia con ese mismo título, Atún y chocolate, que trata sobre un lugareño (Manuel, interpretado por el propio Carbonell) que, sin posibles para costear el banquete de su boda, decide robar un atún destinado al mercado japonés. La película, en la que sobresale la actuación de Antonio Dechent, el Jack Palance español, tiene como telón de fondo la crisis pesquera, el tráfico de hachís, la inmigración ilegal… Ken Loach metido por chirigotas y pasado por un cristal de aumento. Cuenta Nacho Carretero en Fariña, el gran reportaje sobre el narcotráfico gallego, que el cine español no ha dejado más testimonio de aquel cataclismo que Airbag. Resulta extraño, en efecto, más en un gremio que se ufana de comprometerse con todas las causas imaginables. Ni su tiempo ni la realidad, en fin, parecen estar entre ellas. Atún y chocolate viene a ser el ‘airbag’ del sur. Pero no vayas y lo digas. En sus desquiciadas memorias, El mundo de la tarántula, de las que ya me ocupé en The Objective, Carbonell desmenuza los problemas que le trajo la película. ¡Qué se habrá creído ése, relacionarnos a nosotros con la droga! Ni el hecho de que una legión de barbateños participara en la figuración ni el alegre desparrame de dinero que supuso el rodaje libró a Carbonell, con casa en Zahara, de la difamación. A ello contribuyó una entrevista promocional en el programa de Jesús Quintero, que no hizo sino confirmar la sospecha fuenteovejunera.

JQ- Si vivieras en Zahara o en Barbate, ¿te dedicarías al atún o al chocolate?

PC- Me dedicaría al atún, pero si no me fuera bien, al chocolate.

“Algunas personas de Barbate y Zahara vieron la entrevista y entendieron que yo había estado en el programa diciendo que en esa zona sólo se vive del atún o del chocolate. Al presidente de los hosteleros de Zahara, Gaspar, fueron a contarle el chisme de que yo había declarado exactamente eso. ¿Acaso pretendían que respondiera a Quintero que también podía dedicarme a ser cocinero, camarero, abogado, policía municipal o perito agrícola? […] A Gaspar le faltó tiempo para mandar una carta al periódico manifestando el malestar de todos los hosteleros por mis afirmaciones. A otros también les faltó tiempo para pegar carteles con mi foto en la puerta de mi casa pidiendo que se me declarara persona non grata. A mi hija Carlota le dijeron que en cuanto yo pusiera un pie en Zahara me iban a romper las piernas.”

El infundio que más disgustó a Carbonell tuvo que ver con su acento. Gaditano de nacimiento, el cantante de Los Toreros Muertos fue uno de aquellos damnificados del estándar madrileño, que ahormó en la atonía a varias generaciones de intérpretes andaluces, canarios y extremeños. Para su papel de Manuel, no obstante, recuperó el ceceo de La Caleta, lo que fue tenido por un menosprecio a la cultura local.

“Me planté allí a dar la cara. El primer sitio al que acudí fue el epicentro de la maledicencia. Pedí una cerveza y una tapa de huevas aliñadas. Me contestaron que, ya que iba por ahí diciendo que todos ellos eran unos delincuentes, si no quería también un poco de hachís. […] Tendría que armarme de paciencia para dar todas las explicaciones que me pidieran los ofendidos. Y las fui dando. Una a una. De vez en cuando alguien me gritaba desde una obra que me iban a rajar. Otros me aconsejaban que no fuera solo por la calle. […] Si queda algún vestigio de aquella insidia suelo achacarlo a la merma neuronal del que me ataca, el cual, habitualmente, no recibe ninguna respuesta por mi parte.”

Macron, la basura y nosotros

Víctor de la Serna

Foto: PHILIPPE WOJAZER
Reuters

Los rumores tienen la piel dura. Por no entrar en los que siguen vivos, baste recordar un par de ellos de hace casi medio siglo: uno, que la guapa actriz Sonia Bruno, recién casada con uno de los astros del Real Madrid ye-yé, Pirri, había dado a luz un bebé… negro; otro, que Sol Quijano, la esposa del ministro de Asuntos Exteriores de aquella remota época, Fernando Castiella, se había fugado con el chófer de su coche oficial. Ambas historias eran palmariamente falsas y fáciles de desmentir, pero en los -bien llamados- mentideros madrileños circularon durante meses.

Era el tardofranquismo, la prensa apenas si había estrenado un poquito de libertad en 1966 gracias a Manuel Fraga, y esas cosas no se publicaban ni en El Caso. Pero radio macuto las propagaba a base de bien, reforzándolas con trolas de todo tipo: que si mi cuñado conoce a la comadrona que atendió a Sonia, que si a la mujer del ministro no se la ve desde hace un mes…

Han pasado los decenios y ahora hacemos como si acabásemos de descubrir la posverdad y las fake news, con gran escándalo y preocupación… pero haciéndoles el juego a sus propagadores, ahora como entonces.

Todo esto me venía estos días a la memoria porque, como a todo quisque con una relación frecuente y directa con Francia, con los franceses y con fuentes francesas, me llega sin cesar la historia de que Emmanuel Macron, el nuevo presidente de Francia, es en realidad homosexual y su matrimonio con su antigua profesora de literatura sería “una mera tapadera”.

Antes que nada debería saltar a la vista que, a estas alturas del siglo XXI y del desarrollo de las libertades, la supuesta noticia no encerraría en caso alguno ningún escándalo ni el menor problema para el primer mandatario de Francia: sea cual sea su orientación sexual, que es lícita en cualquier caso, no influirá para nada en el desempeño bueno o malo de su cargo, que no tiene nada que ver con ella y que depende de su capacitación y de su carácter.

Sin embargo, hoy en día estas cosas sí que ganan audiencia a través de los medios informativos, y lo de Macron está por todo internet. Eso sí, también ahí podemos leer sus propios desmentidos públicos, y bien explícitos, del último par de meses.

Así, lean en Le Parisien: “Se decía en las cenas parisienses que yo era homosexual. Es bastante desagradable cuando eso no es cierto, y es desestabilizante para uno mismo y para sus allegados. Dice mucho de la degradación de los usos políticos y mucho de la homofobia rampante, porque lo que se me reprochaba era ser homosexual como si fuese una tara”.

O estas otras declaraciones: “Dos cosas son odiosas tras las insinuaciones: equivalen a decir que un hombre que vive con una mujer mayor que él sólo puede ser un homosexual o un gigoló tapado. Es pura misoginia. Si yo fuese homosexual, lo diría y lo viviría”.

Lo más revelador y penoso de toda esta historia de insidias es que da igual lo que diga Macron: se sigue manteniendo el bulo, y de esa manera se asume que no se puede creer uno ni la literalidad de lo que afirma un político, porque la mentira es su medio habitual de expresión.

Si no se cree a Macron en esto, ¿se le puede creer en cualquier otra cosa? ¿Se ha extendido el oprobio de Trump y del resto de la patulea populista a todos los políticos democráticos? Si ya no damos crédito a ninguno de ellos, el sistema está más enfermo aún de lo que pensábamos.

Los 'millennials', la nueva e imprescindible cara de las protestas en Venezuela


Cecilia de la Serna

Foto: Carlos Garcia Rawlins
Reuters

Los jóvenes suelen ser protagonistas en los grandes movimientos sociales, como en los últimos años hemos podido presenciar en acontecimientos como la Primavera Árabe o el 15-M español. Ya en 2002, en Venezuela, muchos universitarios se levantaron contra el entonces presidente Hugo Chávez. No obstante, hace 15 años esos jóvenes aún formaban parte de una generación que había conocido la Venezuela pre chavista. Hoy, los rostros más frescos pertenecen a los millennials, que han crecido bajo la revolución que desde 1999 rige el país latinoamericano.

Los millennials y post-millennials, también denominados ‘Generación Z’, jóvenes nacidos durante la era del chavismo -y que por lo tanto no han conocido otra cosa-, adoptan un papel principal en esta nueva oleada de protestas, provocadas por una importante crisis política y socioeconómica, y que desde hace dos meses se han saldado con más de 60 víctimas mortales. Muchas de ellas eran personas de corta edad. Soñadores con un futuro mejor, o hastiados con la situación que vive su país, que luchaban por lo poco que les quedaba por perder.

Un cambio de parecer generalizado

Johan es un joven de 22 años que acude a las protestas que invaden Caracas desde hace semanas con su hijo de 2 años. Johan, como muchos otros, fue un fuerte defensor del presidente Chávez, e incluso luce un tatuaje en el brazo con la firma del mandatario chavista. A su juicio, “el camino se desvió”, por eso protesta. “Estoy aquí por mi derecho al voto, ya debería haber elecciones. Estoy aquí por mi derecho al trabajo, estoy aquí por mi país y por mi hijo”, puntualiza a la agencia EFE, indicando que ahora “hay guerreros del barrio, hay guerreros de clase media, hay guerreros de todo tipo” porque “la lucha es por un solo país”.

La fuerza opositora en Venezuela no entiende de edades. | Foto: Carlos Garcia Rawlins / Reuters
La fuerza opositora en Venezuela no entiende de edades. | Foto: Carlos Garcia Rawlins / Reuters

Johan no es el único decepcionado, sino que es uno de tantos a los que vendieron el sueño bolivariano como una ruta hacia la libertad y la cohesión social, como una utopía con visos a la igualdad entre todos los venezolanos. Forma parte de esa generación de hijos del chavismo, hijos de un movimiento que convenció rápidamente a una mayoría importante del pueblo de Venezuela. Ahora que ese movimiento se revela caduco y fallido, los que defendían las ideas del fallecido Hugo Chávez, apoyando sus esperanzas en él, cambian de parecer y se levantan ahora contra quien consideran un tirano, Nicolás Maduro.

Jóvenes con un porvenir incierto

Para el presidente del Comité de Alianza Social de la Cámara Venezolano Americana de Comercio e Industria, “los jóvenes son fundamentales para construir una sociedad sana, tanto en el entorno de hoy, como en el porvenir”. En un marco como el actual, con el drama de la muerte mezclado con el fervor de la lucha, que los jóvenes se pongan en cabeza es fundamental. Ellos deben construir un futuro incierto.

Los más jóvenes toman parte activa en las protestas en Venezuela. | Foto: Nelson Ovalles / El Estímulo
Los más jóvenes toman parte activa en las protestas en Venezuela. | Foto: Nelson Ovalles / El Estímulo

Según un estudio del Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea), en las protestas que vive el país hay “un protagonismo de una generación de activistas millennials, que tiene como referentes la cultura digital, los videojuegos, los cómics, las series de televisión y las películas, así como referentes sociales más recientes como la Primavera Árabe”. Además, estos jóvenes también se inspiran en la Euromaidán, la revolución en Ucrania que en su clímax derrocó al presidente electo Víktor Yanukóvich.

Un 23% de los millennials venezolanos no trabaja ni estudia, y un 44% no termina siquiera bachillerato

El propio porvenir de los millennials es el que está en juego, y tomar las riendas de su futuro se revela imprescindible. Según la ONG venezolana RedSoc, un 23% de los millennials del país latinoamericano no trabaja ni estudia, y un 44% no termina siquiera bachillerato. Otros tantos han huido de Venezuela, buscando allende un futuro más prometedor. Los que están fuera son conscientes también de la desesperación que vive estos días su país, cuyas noticias copan portadas e informativos en el extranjero.

Los adolescentes también alzan su voz en las protestas en Caracas. | Foto: EMILY AVENDAÑO / El Estímulo
Los adolescentes también alzan su voz en las protestas en Caracas. | Foto: EMILY AVENDAÑO / El Estímulo

Cabe destacar que gran parte de la masa de multinacionales que operaban antaño en Venezuela, como Microsoft, el grupo Ford, la petrolera Royal Dutch/Shell o Coca-Cola, entre otras, ha abandonado el país, dejando huérfanas las esperanzas de trabajo para miles de jóvenes.

Internet como agente del cambio

El acceso a Internet en Venezuela es pésimo. Lo denuncian diversas ONGs, entre ellas las 15 que a mediados del pasado año pusieron énfasis en la “grave crisis” del sector de las tecnologías de información y comunicación en el país latinoamericano, y lo viven a diario los venezolanos para los que conectarse supone un auténtico calvario. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), un organismo dependiente de Naciones Unidas, remarcó ya en 2015 que Venezuela estaba entre los últimos países en velocidad de descarga del continente, junto con Bolivia y Perú. La situación no ha hecho más que empeorar, y no parece una casualidad. Los medios de comunicación digitales, así como las redes sociales, se han convertido en el único canal fiable para entender lo que ocurre en el país, donde los medios oficiales no informan de las protestas.

La red es la última oportunidad en Venezuela para no perderse en un mar de desinformación

Los medios digitales venezolanos los encabezan hoy en día reputados periodistas, como es el caso de La Patilla, El Estímulo, Runrunes y Efecto Cocuyo, entre otros, mientras que los medios oficialistas han caído en el descrédito para la mayoría de la población. El gobierno de Maduro, en su afán de controlar la información, ha cerrado y comprado medios, ha encarcelado y amenazado a periodistas, y ahora -según denuncian los opositores- quiere bloquear el acceso a otras formas de información, aquellas que residen en la red. A pesar de las dificultades de conexión a las que se enfrentan los venezolanos, día tras día acuden a la red para conocer el estado de las manifestaciones, las detenciones, o las víctimas de las protestas. Es su última oportunidad para no perderse en un mar de desinformación.

Las redes sociales se han inundado de imágenes de las protestas en Venezuela. | Foto: Marco Bello / Reuters
Las redes sociales se han inundado de imágenes de las protestas en Venezuela. | Foto: Marco Bello / Reuters

A través de redes como Twitter, los opositores convocan las marchas, y además difunden las imágenes más crudas de la represión. En algunas ocasiones, los internautas venezolanos tienen que acudir a la imaginación y a la trampa para eludir los métodos represores y censores del gobierno de Maduro. En la oleada de protestas de 2014, los usuarios recurrieron a TunnelBear, una VPN, para evitar el bloqueo del gobierno sobre algunas webs y servicios -como las fotos de Twitter-. Las aplicaciones VPN (red privada virtual) permiten a sus usuarios conectarse a Internet como si estuvieran en otro país, de manera que pueden acceder a contenidos que están bloqueados en su propio país. Finalmente, el gobierno bloqueó también TunnelBear para evitar que los internautas lo utilizaran para librar la censura.

Los esfuerzos censores del gobierno, o la pésima calidad de la conexión, no son obstáculos insalvables. La generación más joven es consciente de ello y participa incansablemente de la conversación en redes. Incluso se convierte en el reportero de campo, en el periodista inesperado. Es el caso de decenas de jóvenes que convierten sus redes personales en agencias improvisadas de noticias. Por ejemplo, Salvador Benasayag H, un joven periodista de 22 años que desde su cuenta personal de Twitter mantiene una cobertura muy ágil que ha logrado el seguimiento de más de 4.000 personas.

Las redes también tienen su lado oscuro. En este caso, las noticias falsas y la desinformación corren con facilidad en un clima de caos informativo. Por eso es importante saber a quién seguir y qué leer para no perder el hilo.

12.000 jóvenes perdieron la vida en 2016, y el 77% quiere emigrar

Ante los obstáculos que presentan esta desinformación y la manipulación -las autoridades siguen afirmando que la violencia la provocan los manifestantes-, los jóvenes no cesan en su empeño de emprender una lucha que se adivina imparable si la represión del gobierno no logra lo que desea, que es acallar las voces a base de balazos y bombas lacrimógenas.

Los opositores más jóvenes se enfrentan con constancia a la represión de las marchas. | Foto: Marco Bello / Reuters
Los opositores más jóvenes se enfrentan con constancia a la represión de las marchas. | Foto: Marco Bello / Reuters

La disyuntiva de una generación

El drama en Venezuela trasciende la actual oleada de protestas. 21.752 personas fallecieron en 2016, según cifras ofrecidas por la Fiscalía General, de las cuales más de 12.000 eran jóvenes. Por otro lado, según resultados de una encuesta de la firma Datos, el 77% de los jóvenes de entre 18 y 21 años quiere emigrar. Otros muchos se han marchado ya. El hambre, la falta de medicamentos, la delincuencia generalizada o la violencia extrema hacen que el país sea insufrible. Ahora los millennials y post-millennials venezolanos están ante la disyuntiva de ser una generación perdida o seguir luchando hasta encabezar una nueva era. Save

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