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Incompetencia parlamentaria

Jordi Bernal

Más allá de la sanjurjada con tricornio y todos al suelo del 81, la política parlamentaria española no ha ido nada mal y ha mantenido unas formas aceptables. Anecdóticas y excepcionales las salidas de tono y formas de algunos diputados. En mis años mozos gozábamos con aquellas intervenciones del mala leche andaluz Guerra. Tahúr del Mississipi llamó a Suárez como si las cortes fueran un lodazal que enfrentara a conceptistas y culteranistas. Todo muy barroco. Spanish. Anguita (qué bien habla este señor, decía mi abuela tal vez recordando su juventud pecaminosa con carné del POUM, desconociendo sin embargo que el Califa de Córdoba no sentía especial simpatía por los trotskistas) tuvo sus enganchadas dialécticas con González, pero nunca llegaron a las manos pese a que el odio mutuo traspasaba la pantalla panzuda del televisor y aquello era tan intenso en miradas y silencios mascullados como un duelo en Ok Corral. Luego llegó el inspector de Hacienda con su “váyase, señor González”, claim impecable que estoy tentando de pensar que ideó el figura Miguel Ángel Rodríguez, aquel casposo del anodino Valladolizzz que piropea a las chatis en edad de merecer.

También es cierto que donde Espartero exhibió a su caballo bien nutrido ha tenido que aguantar presencias impresentables como las de algún vasco despistado en esencias empalagosas y a los inefables catalanes Tardà y Rufián, pareja esperpéntica que movería a la risa sin fin si no fuera porque nos encontramos en unos tiempos pocos aptos para la frivolidad desternillante.

No hay hostias, en fin, pero los pactos brillan por su ausencia. Deberemos concluir que los políticos que teóricamente nos gobiernan no se caracterizan por su eficacia ni capacidad para resolver los problemas de los ciudadanos. Soy partidario de suspender de sueldo a los líderes de los partidos políticos hasta que lleguen a un pacto de gobernabilidad. Apelando al sentido común y a la mayoría democrática, PP y PSOE, con el apoyo de Ciudadanos, deberían ponerse de acuerdo y atender a las necesidades del país. Pero esto es España, niña Isabel.

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Las otras ‘Juanas Rivas’ que también lucharon por defender a sus hijos

María Hernández

Foto: Miguel Angel Molina
EFE

Las redes y una gran parte de la sociedad se han volcado desde este miércoles con Juana Rivas, una madre granadina que fue obligada por una jueza a entregar a sus hijos a su padre, condenado por maltrato en 2009. Este miércoles a las 16:30, Juana debía entregar a sus dos niños, de 3 y 11 años, a su padre, Francesco Arcuri, para que volvieran a Italia con él. No se presentó.

El ex marido se marchó tras esperar media hora en el punto de encuentro donde ni Juana ni sus hijos aparecieron.

Los vecinos de la localidad granadina de Macarena se han solidarizado con su Juana, poniendo en su casa y locales carteles que dicen “Juana está en mi casa”. Esta misma frase se ha convertido en hashtag y está siendo utilizada por los usuarios de redes sociales para mostrar su solidaridad con esta madre que lucha por evitar el sufrimiento de sus hijos.

Tanto su abogada, María Castillo, como la responsable del Centro de la Mujer de Macarena, Francisca Granados, aseguran que desconocen el paradero de Juana
Rivas, que el pasado martes adelantó que no entregaría los hijos a su padre en el día establecido.

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La directora del Centro de la Mujer de Maracena, Francisca Granados y la abogada de Juana Rivas, Maria Castillo durante su comparecencia antes los medios después de que Juana Rivas, no se haya presentado en el punto de recogida. | Foto: Miguel Ángel Molina/ EFE

El caso de Juana no es único. Muchas otras mujeres se han enfrentado a la justicia para mantener la custodia de sus hijos y evitar entregárselo a su padre, la mayoría de la veces, maltratadores como el de Juana Rivas.

Estas son solo algunas de las madres que luchan a diario por mantener a sus hijos seguros.

Susana Guerrero, seis años de lucha

Susana, una madre de Talavera de la Reina, en Toledo, tuvo que enfrentarse a la justicia durante más de seis años para evitar que le dieran la custodia de su hija a su padre, que había sido condenado por violencia de género y acusado de abusar de la niña.

La jueza Ana Belén Gómez Dorado decidió que la custodia de Nayara, la hija de Susana, debía ser del padre debido al incumplimiento del régimen de visitas por parte de la madre. Sin embargo, ella decidió esconder a Nayara después de esta sentencia y se negó a cumplirla para protegerla de los malos tratos y abusos de su progenitor. Susana aseguraba que mantener a Nayara en paradero desconocido era lo más seguro para ella.

En mayo de 2017, el Tribunal Supremo finalmente ratificó una sentencia de la Audiencia Provincial de Toledo que otorgaba la custodia de la niña a su madre, que permanecía escondida con su hija desde abril de 2016.

A pesar de la larga lucha, Susana asegura que esta decisión supuso “una batalla ganada” y que “ya no importan las persecuciones” que había sufrido durante años, dijo a Europa Press al conocer la decisión del Tribunal Supremo.

María Salmerón, condenada a prisión por defender a su hija

María Salmerón estuvo a punto de entrar en la cárcel por consentir que su hija de 12 años, que ahora tiene 16, se negara a ver a su padre, que había sido condenado por malos tratos. María fue condenada a seis meses de prisión por incumplir el régimen de custodia compartida impuesto por el juez.

Esta madre, que fue galardonada por el Gobierno por prestar su testimonio a la lucha colectiva contra el maltrato, logró finalmente un indulto y su pena de cárcel fue perdonada a cambio de trabajos sociales.

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Varios estudiantes se manifiestan contra la violencia de género. | Foto: Eloy Alonso/ Reuters

Sin embargo, el indulto no cerró el caso, pues la pareja aún tenía una batalla judicial que no podía resolverse hasta que la hija cumpliera 16 años y pudiera decidir con quién de los dos quería vivir.

María Salmerón llegó a acusar al padre de “torturas continuadas” a la niña, a pesar de que la querella no fue aceptada, y el padre le ganó en cuatro ocasiones en los juzgados en los casos por incumplimiento reiterado del régimen de visitas.

Ella asegura que su hija no quería irse con su padre y que hizo “lo que cualquier madre haría”.

María José Carrascosa, nueve años en la cárcel

Aunque en este caso no mediaron denuncias por los malos tratos, la lucha de María José Carrascosa por mantener la custodia de su hija, que en el momento de su divorcio tenía seis años, le costó pasar nueve años en la cárcel.

En 2005, en medio de un litigio con su exmarido por la custodia de su hija Victoria, María José, que vivía en Estados Unidos, se llevó a la niña a Valencia después de que un juzgado de esta ciudad le otorgara la custodia de Victoria.

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Todas estas madres solo buscan proteger a sus hijos. | Foto: Stephan Hochhaus/ Flickr

Sin embargo, un año más tarde, su exmarido, Peter Innes, la denunció ante la justicia de Estados Unidos por el secuestro de su hija. Ese mismo año, en un viaje de trabajo al país, las autoridades estadounidenses le retiraron el pasaporte y, a finales de año, fue detenida y condenada a 14 años de cárcel.

En 2015 acabaron los años de encarcelamiento de María José, que pudo regresar a España a ver a su hija de 15 años, que había pasado todos esos años con sus abuelos maternos.

El pacto de Estado contra la violencia de género

La subcomisión creada en el seno de la Comisión de Igualdad del Congreso para alcanzar un pacto de Estado contra la violencia de género aprobó este lunes por unanimidad 212 medidas con una dotación presupuestaria de 1.000 millones de euros en cinco años.

Uno de los puntos incluidos en estas medidas es la asistencia y protección de los menores. Entre las medidas adoptadas para garantizar su protección se encuentra la de permitir que la custodia compartida en ningún caso se imponga en casos de violencia de género. Además, también incluyen la prohibición de las visitas de los menores al padre en prisión y establecer el carácter imperativo de la suspensión del régimen de visitas en todos los casos en los que el menor haya presenciado, sufrido o convivido con manifestaciones de violencia.

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Whitechapel, de Jack el destripador a barrio para salir de copas

Saioa Camarzana

Foto: Whitechapel Gallery
Whitechapel Gallery

 Londres es una de esas ciudades de las que hay gente, como una servidora, que nunca se cansa. Cada visita sirve para conocer rincones desconocidos y para hacerse una mejor idea de lo que es. Pero también de lo que fue. Porque detrás de capital inglesa hay una historia que no es, precisamente, de cuento de hadas.

Hace unas semanas los periódicos informaban del incendio de torre Grenfell, el más grande sucedido en las últimas décadas, aunque hubo uno peor. Cierto es que fue hace mucho más tiempo, en 1666 para ser exactos, y aquella catástrofe destruyó más 13.000 viviendas, 87 iglesias, parte de la Catedral de San Pablo, el ayuntamiento de la ciudad y dejó a más de 80.000 personas sin hogar. La cifra de muertos es desconocida.

Actualmente, a 60 metros del lugar exacto donde se propició el Gran Incendio de Londres alza una gran columna dórica conmemorativa que se sitúa entre Monument Street y Fish Street Hill.

No es la única desgracia que ha vivido la capital británica, ni mucho menos. Quizá sea más conocida la historia de Jack el Destripador, un asesino en serie de identidad ¿desconocida? que actuó por las calles del marginal barrio de Whitechapel en 1888. Decimos desconocida porque hay varias teorías, algunas más realistas que otras y algunas más atractivas que otras, pero lo cierto es que nunca se llegó a dar con el autor de aquellos sanguinarios crímenes que dejaron una factura de cinco mujeres. Sí. Tan solo fueron cinco aunque la prensa del momento, impulsada quizá por el morbo, intentara atribuirle al menos una docena más. Incluso reprodujeron una carta manuscrita que el tiempo demostró que fue escrita y enviada por un periodista.

Whitechapel, de Jack el destripador a barrio para salir de copas
Ilustración del encuentro de Annie Chapman, la segunda víctima de Jack el destripador via Jack the Ripper Tours.

Este asunto, además de poner en jaque a la policía británica, vaticinó el poder de los medios de counicación en percutir en la opinión pública. Algunos pensarán, entonces, por qué es tan conocido este primer asesino en serie conocido, se podría decir, en todo el mundo. Pues bien, la razón no es otra que la crueldad y la sangre fría con que atizaba nuestro personaje, quizá de ficción.

Las cinco mujeres a las que asesinó tenían una cosa en común. Todas eran prostitutas. Y aunque algunos documentales nos quieran mostrar que eran bellas mujeres que no nos engañen. Hay que echar la vista atrás y pensar en la época de la que estamos hablando. Entonces, 1888, Whitechapel era un barrio marginal y paupérrimo que quedaba al margen, por situarse fuera de la muralla de La City, en el que ni la policía quería adentrarse. La decadencia del lugar atrajo a industrias contaminantes y el humo y el hedor eran algunos de los protagonistas del barrio junto a toda una gentrificación de gente de zonas rurales e inmigrantes de otros países de Europa. Esto tan solo empeoró la situación de un barrio que se sumió en la miseria y atrajo a todo tipo de delincuentes.

La gente vivía en la calle y los pocos afortunados podían compartir una habitación de albergue mugriento (algunos incluso dormían sobre una cuerda tensada de pared a pared que desataban al llegar el alba) y para ganar algo de dinero y evitar la inmundicia muchas mujeres vendían su cuerpo. Se llegaron a contabilizar hasta 1200 prostitutas y alrededor de 60 burdeles. Y, claro, con eso también llegaba el alcoholismo. ¿Nos imaginamos ahora mejor la situación? Sí, un barrio de calles estrechas y adoquinadas lideradas por bandidos, prostitutas y alcohólicos. Nada romántico.

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En 1888 en Whitechapel había 1200 prostitutas y 60 burdeles. Ahora surgen casas culturales, galerías y centros culturales.

En ese contexto actuaba Jack el Destripador. Y cada crimen su violencia era aún más despiadada. Nunca nadie llegó a verle aunque sí escucharon gritos de socorro en alguna ocasión. Claro que en un contexto de delincuencia todos hacían oídos sordos, al fin y al cabo, ¿quién iba a dar un duro por una prostituta o un criminal? Así es como Jack el Destripador pudo actuar hasta cinco veces sin que nadie le interrumpiera su desaguisado.

Las vísceras las colocaba de corona, el útero se lo llevaba y con un cuchillo y un corte perfecto las abría desde la vagina hasta el esternón. Aunque su última víctima, la más joven de todos, fue la peor parada. Si esta joven se mudó a Londres y ejerció la prostitución durante un tiempo, movida por el miedo a encontrarse con Jack, dejó de hacer las calles. El mismo día en que volvió se topó con quien no debía. Ambos se fueron al hostal, hoy en día residencia de estudiantes, donde ella residía y donde, al día siguiente, debía pagar su estancia. Nadie los vio entrar. Ni tampoco salir. Hasta que el propietario quiso saber si se encontraba para reclamar su dinero y a través de una ventana abierta vio lo que había pasado. Ni el mayor de los demonios, exclamó. La había depellejado.

“Las casas culturales proliferan, los bares hípsters se hacen a cada lado de las callejuelas, la galería Whitechapel lleva años mostrando arte contemporáneo…”

Pues bien, ese barrio de callejones en los que ni la policía se atrevía entrar en solitario se ha convertido ahora en otra cosa. Los peores lugares han sido reemplazados por altos edificios de oficinas y la zona está empezando a gentrificarse, uno de esos males que lleva años acechando a Londres. La peor de esas calles, la más sórdida, justo frente a la casa en la que perpetró su último crimen, ha sido tapiada por un edificio aún en construcción que ya solo sirve como una memoria antigua. No obstante, las rutas por los cinco lugares donde encontraron a las víctimas sigue siendo uno de los reclamos de la ciudad. Ahora bien, a pesar de que Whitechapel sigue siendo un barrio de clase baja, gris y un tanto sucio, no es lo que era. Las casas culturales proliferan, los bares hípsters se hacen a cada lado de las callejuelas, la galería Whitechapel lleva años mostrando arte contemporáneo y su situación próxima al demandado Shoreditch hace del barrio una de las zonas para gentrificarse.

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Old Spitalfields, Box Park, Brick Lane… un domingo en Whitechapel | Foto: The Objective.

Además, estar cerca de la emblemática Brick Lane, donde el mercardillo de los domingos hace que sus calles se atesten de gente comprando ropa de segunda mano y comiendo ramen en sus puestos callejeros, hacen el resto. Además, no hay que olvidarse del Box Park justo al lado de la boca del metro de Shoreditch High Street (otro de los barrios más de moda el este de Londres desde hace ya unos años), donde se pueden encontrar todo tipo de souvenirs y ropa, es un buen primer bocado antes de seguir, si el gusto así lo requiere, por Blitz, una de las tiendas vintage más grandes de la zona. Oh sí, delicioso universo de ropa vintage el que atesora Londres.

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Así luce el famoso pub The Ten Bells en la actualidad.

Ahora sí, para los curiosos el pub The Ten Bells, donde Jack conoció a dos de sus víctimas, sigue siendo el lugar de siempre: un bar típico inglés donde tomar una pinta y el lugar donde los riperólogos (todo aquel interesado en el personaje) se siguen reuniendo para intentar atar cabos, dar rienda suelta a sus teorías y charlar sobre uno de esos personajes que han dado la vuelta al mundo.

Sí, justo frente al mercado de Old Spitalfields, situado en Commercial Street, al caer la tarde, antes de cenar una carne a la brasa con una guarnición y bebida por menos de 16 libras (ojo, algo así en Londres es de agradecer) en el Flat Iron (en el número 77 de Curtain Road) una visita al Ten Bells puede resultar de lo más curioso si te encuentras con una de esas reuniones de estos fanáticos. O, seguir de pintas, que hasta la Heineken en Londres sabe diferente.

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Los 5 destinos europeos preferidos de los españoles por su gastronomía

Redacción TO

Foto: Marcelo del Pozo
Reuters

Junto a la cultura y la naturaleza, la gastronomía se ha convertido en una de las razones por las que los viajeros se decantan por un destino u otro. En el caso de los españoles se convierte en una misión complicada encontrar un destino donde disfrutar de la comida más que en su país, y es que hay que tener en cuenta que España es uno de los destinos europeos preferidos por su gastronomía. Por ello, desde Musement, compañía que recomienda las actividades y rutas gastronómicas más autóctonas para que vivas cada ciudad como si fuese tuya, han recogido los destinos europeos que los españoles eligen por su gastronomía:
 

Italia: es un destino muy típico cuando los españoles buscan un viaje gastronómico, además del típico plato de pasta o pizza o los increíbles quesos, Italia ofrece una amplia gastronomía en todo el país. Empezando por el norte, donde las comidas típicas son las más contundentes y encontramos los ingredientes más conocidos como el queso Parmigiano Reggiano o el vinagre balsámico de Módena, predominan las sopas, cocidos, carnes hervidas en vino y mantequilla. En el sur, no podía faltar el pescado y marisco, tanto en pasta como acompañados por las típicas verduras del sur como las berenjenas, los pimientos o los grelos.

Una camarera sirve pizza en un restaurante de Italia. | Foto: Parmigiano Reggiano/Reuters

 
España: clasificado como ‘un país para comérselo’ es muy habitual el turismo de los españoles dentro del propio país cuando eligen un destino en busca de la comida perfecta. De hecho, los españoles son los europeos que más viajan dentro de su propio país para redescubrirlo. En concreto, San Sebastián es uno de los destinos típicos para disfrutar de su comida, siendo muy habituales las rutas gastronómicas por el norte. Al igual que en Italia, el sur también ofrece otro tipo de gastronomía. En este caso destaca el tapeo y la fritura de pescado, entre otros muchos platos.


 

Francia: su amplia variedad de vinos y sus ricos quesos convierten a la costa azul en el país vecino preferido por los españoles a la hora de buscar un destino gastronómico. Por otro lado, los franceses son de los turistas europeos que más gastan en España , sin embargo, los españoles no se quedan atrás en su país y también son una parte importante del turismo en Francia.

Los 5 destinos europeos preferidos de los españoles por su gastronomía 1
Un marcador de piedra muestra el logotipo de la casa Moet & Chandon Champagne en Hautvillers, en el este de Francia, durante la tradicional cosecha de vino de Champagne. | Foto:
Benoit Tessier/Reuters

 
 
Grecia: evidentemente no es un destino únicamente elegido por su gastronomía pero se convierte en una parte importante junto a las maravillosas vistas que las islas ofrecen. La Tyropita o la tarta de queso griega es uno de los atractivos gastronómicos del país, se puede servir como aperitivo porque es una tarta salada pero también se emplea como postre en algunas ocasiones. Del mismo modo que en destinos anteriores, el queso griego o feta no se quedan atrás como puntos fuertes de la gastronomía preferida por los españoles.


 

Bélgica: a diferencia del resto de destinos anteriores, su principal atractivo es la famosa gama de cervezas belgas que ofrece. Además, otra diferencia con el resto son sus condiciones meteorológicas, que no acompañan tanto en verano, por ello es uno de los destinos más elegidos para escapadas cortas durante el año.

Botellas de cerveza se muestran en una mesa de un bar en Bruselas. | Foto: Eric Vidal / Reuters

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Dimas o Gestas

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: DOMINIC EBENBICHLER
Reuters/File

La semana pasada estuve en El Escorial. Me dejo caer por allí una o dos veces al año, esta vez con la excusa de una universidad de verano. Más allá de su monasterio, brutal y sobrecogedor, me gustan sus calles empedradas, su vegetación abundante y envolvente, la vista amplia que ofrece hacia Madrid y la mole opaca que se alza a su espalda: el monte Abantos.

Hace mucho calor, así que nos acercamos a comer a una plaza recoleta y techada por castaños, y allí, a resguardo del sol, nos sentamos en una terraza. El lugar resulta tan refrescante que hasta nos animamos a pedir judiones. Hemos ido varios amigos y ocupamos una mesa larga que han improvisado con diligencia y amabilidad los camareros. El más joven de ellos, un muchacho moreno, alto y espigado, con pendientes de brillantes, se entusiasma al ver a Angie, que hoy nos acompaña: ¡Qué perro más guapo!, y enseguida le trae un cubo de agua con hielos que ella agradece.

Comemos bien, charlamos animadamente sobre política y marchamos ahítos de regreso a la Universidad, donde están a punto de comenzar los cursos de la tarde. Acabo de levantarme cuando me doy cuenta de que he olvidado el móvil sobre la mesa. Desando los pocos pasos que había dado, con algunos de mis amigos todavía sentados, pero el teléfono ya no está allí.

Pregunto al personal del restaurante, por si lo hubieran visto al recoger los platos. Nadie sabe nada. Busco por todas partes, pero no aparece, así que asumo con resignación y fastidio que me lo han robado. Ha sido solo un momento de distracción, apenas un segundo de despiste, pero ha sido suficiente. El camarero joven me da algunas indicaciones sobre cómo bloquear el teléfono para que el ladrón no pueda usarlo y le pide a Jorge su número para poder localizarnos en caso de que alguien lo encontrara.

Marcho afligida, pensando en la cantidad de información que he perdido y en el trastorno que me provocará este robo para poder trabajar. También en la cantidad de trámites que tendré que hacer para inutilizar el terminal y en el dineral que me costará hacerme con uno nuevo: ni siquiera había acabado de pagar este.

Entonces suena el móvil de Jorge. La dueña del restaurante le dice que mi teléfono ha aparecido, que puedo pasar a buscarlo. Así que me voy hasta allí, corriendo con sandalias, sin importarme el calor, radiante de felicidad. Está un poco lejos, pero qué más da.

Me planto en el restaurante con una sonrisa y le pregunto al primer camarero que encuentro: ¿Dónde estaba? El chico me dice que no sabe y me remite a su jefa, que me espera con cara de preocupación que contrasta con mi alegría incontenible. Me conduce escaleras arriba hasta un comedor cerrado y oscuro, y allí me cuenta que el teléfono me lo había robado aquel muchacho encantador de pendientes brillantes. Que después se había arrepentido y se lo había contado a ella. Que ahora estaba llorando en la cocina. Que es el menor de muchos hermanos de una familia humilde, y que apenas lleva un mes trabajando con ellos. Tiene 17 años.

Le explico a la señora que no tengo ninguna intención de denunciarlo y que solo quiero recuperar mi móvil, que me entrega sin la funda de plástico que llevaba (la carcasa es lo último que me importa). Me ofrece todas las disculpas del mundo, sinceras. Estoy tan contenta que no estoy enfadada. Antes de marcharme le pido una cosa: hablar con el camarero. Sube entonces las escaleras el chaval, todavía con lágrimas en los ojos. Antes de que pueda decirme nada, le doy las gracias por el servicio tan bueno que nos ha dado. Le reconozco su atención, le explico que hemos comido estupendamente, que hemos estado muy a gusto, que nos ha tratado muy bien. También le agradezco lo cariñoso que ha sido con Angie. Le digo que es un buen camarero y que ha cometido un error que ha sabido corregir con valentía y honestidad. El chico está flipando.

Repito ese mismo discurso delante de su jefa para tratar de mitigar las represalias contra el joven trabajador. Y contenta como unas pascuas salgo del restaurante, de vuelta a los cursos de verano. No solo había recuperado mi móvil, también había tenido ocasión de reforzar las cosas buenas de aquel muchacho, alejándolo del estigma del delincuente. En el fondo había sido un discurso ufano y pretencioso, pero bien estaba lo que bien acababa.

O eso creía entonces, porque la historia estaba lejos de terminar ahí. Apenas me he alejado del bar cuando, al tratar de mandar un mensaje, descubro que no tengo tarjeta SIM. La funda me da igual, pero la SIM es indispensable. También falta la tarjeta de memoria. Entro por tercera vez en el restaurante donde le cuento a la propietaria el nuevo problema.

Al parecer, al chico le ha dado tiempo a destriparme el móvil en el baño. Después ha olvidado allí las piezas, con tan mala suerte de que, justo entonces, el personal ha llevado a cabo su limpieza. O eso dice. Ahora, mi carcasa, mi SIM y mi tarjeta de memoria están en el cubo de basura inmenso de un restaurante. El hijo de la dueña se ocupa de buscar con paciencia todos los componentes en aquel mar de desperdicios.

Primero aparece la tarjeta de memoria. Poco después, la funda. Pero no hay rastro de la SIM. La jefa me ofrece cafés, horchatas, limonadas y refrescos que desdeño, ya con poco humor. Al fin, su hijo viene con el preciado chip en la mano. Pero los problemas no acaban aquí: está partida. Trata de ponerla de nuevo en el móvil, pero el terminal no la reconoce. Tendré que hacer un duplicado. La señora se presta a ir hasta la tienda de Orange más cercana, que está en otro pueblo, para ocuparse personalmente del trámite. Como rechazo su ofrecimiento, me pide que le deje pagar por ello. Tampoco acepto.

De vuelta en Madrid, me acerco a hacer el duplicado, que no me cuesta más que cinco euros. Pero entonces descubro que no puedo acceder a ninguna de las aplicaciones de mi móvil que funcionan con la cuenta de Google. El ladrón ha eliminado mi cuenta, no solo del teléfono, sino de la faz de internet. Ya no existe. No sé si lo ha hecho de forma intencionada. Las opciones de recuperación no dan resultado desde mi Samsung y el personal de Orange me sugiere que lo intente desde el ordenador. Efectivamente, desde el portátil restauro la cuenta sin problema. Ya tengo el móvil operativo de nuevo.

Cuento todo esto porque estoy tratando de encontrar una moraleja en la historia. Pero, seguramente, la moraleja es que no hay moraleja. La enseñanza es que la realidad nos confronta cada día con asuntos complejos en los que es difícil dirimir dilemas morales. El camarero me robó el móvil y luego me lo devolvió. Después me había ocasionado un buen número de inconvenientes. Pero, al cabo, había vuelto a casa con mi teléfono.

¿Era aquel muchacho Dimas, el ladrón bueno que crucificaron junto a Jesucristo? ¿O era Gestas, el ladrón malo? Era un chico humilde y se había arrepentido de su acción. Pero también eran jóvenes y humildes sus compañeros que no me robaron. Sin embargo, si no hubiera tenido el arrojo de reconocer su error yo no habría recuperado mi móvil. No le guardo rencor, pero me cuesta hallar una respuesta. Me pregunto, como aquella canción, “hasta dónde debemos practicar las verdades”.

Los juicios morales absolutos encajan mal con la realidad del mundo. Aquel chico no era Dimas y tampoco era Gestas. Se llamaba Christian. No sé si hace honor a su nombre, pero celebremos la secularización moderna y felicitémonos porque nadie va a crucificarlo.

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