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Incompetencia parlamentaria

Jordi Bernal

Más allá de la sanjurjada con tricornio y todos al suelo del 81, la política parlamentaria española no ha ido nada mal y ha mantenido unas formas aceptables. Anecdóticas y excepcionales las salidas de tono y formas de algunos diputados. En mis años mozos gozábamos con aquellas intervenciones del mala leche andaluz Guerra. Tahúr del Mississipi llamó a Suárez como si las cortes fueran un lodazal que enfrentara a conceptistas y culteranistas. Todo muy barroco. Spanish. Anguita (qué bien habla este señor, decía mi abuela tal vez recordando su juventud pecaminosa con carné del POUM, desconociendo sin embargo que el Califa de Córdoba no sentía especial simpatía por los trotskistas) tuvo sus enganchadas dialécticas con González, pero nunca llegaron a las manos pese a que el odio mutuo traspasaba la pantalla panzuda del televisor y aquello era tan intenso en miradas y silencios mascullados como un duelo en Ok Corral. Luego llegó el inspector de Hacienda con su “váyase, señor González”, claim impecable que estoy tentando de pensar que ideó el figura Miguel Ángel Rodríguez, aquel casposo del anodino Valladolizzz que piropea a las chatis en edad de merecer.

También es cierto que donde Espartero exhibió a su caballo bien nutrido ha tenido que aguantar presencias impresentables como las de algún vasco despistado en esencias empalagosas y a los inefables catalanes Tardà y Rufián, pareja esperpéntica que movería a la risa sin fin si no fuera porque nos encontramos en unos tiempos pocos aptos para la frivolidad desternillante.

No hay hostias, en fin, pero los pactos brillan por su ausencia. Deberemos concluir que los políticos que teóricamente nos gobiernan no se caracterizan por su eficacia ni capacidad para resolver los problemas de los ciudadanos. Soy partidario de suspender de sueldo a los líderes de los partidos políticos hasta que lleguen a un pacto de gobernabilidad. Apelando al sentido común y a la mayoría democrática, PP y PSOE, con el apoyo de Ciudadanos, deberían ponerse de acuerdo y atender a las necesidades del país. Pero esto es España, niña Isabel.

Por qué implicarse

Andrea Mármol

Foto: Sergio Moraes
Reuters

Cinco o seis individuos violaron presuntamente a una adolescente en la ciudad Chicago la pasada semana y retransmitieron la agresión en vivo a través de Facebook. El subtítulo que acompaña a la noticia en la mayoría de digitales relataba cómo hasta cuarenta personas, según la policía, fueron testigos en directo en la red social. Ninguno de ellos alertó a las autoridades de los atroces hechos. Fue la madre de la víctima la que hizo llegar a la policía de la ciudad imágenes capturadas del vídeo, que posteriormente fue eliminado de la red.

La sombra del caso de Kitty Genovese, la mujer que en 1964 fue asesinada en el distrito neoyorquino de Queens, es alargada. También una cuarentena de vecinos fueron testigos de la agresión mortal sin que uno solo de ellos reaccionara para evitar el trágico suceso. Entonces, el silencio del resto legitimó la ausencia de reacción de cada uno de ellos, dando pie al conocido ‘efecto espectador’. Hoy, parece que la condición de co-testigo digital contribuye también a diluir la responsabilidad cívica de quienes en solitud no tendrían dificultad en señalar el mal y replicar contra él.

Todo hombre es culpable del bien que no hizo, sentenció Voltaire. Penalmente resulta dificultoso e incluso imprudente en algunos casos atribuir delitos a testigos no involucrados en la escena del crimen, y sin embargo, cualquiera que se someta a un honesto examen de conciencia puede reprobarse el silencio ante la violencia, el odio y la humillación a las víctimas. Se insiste de manera escasa en el hecho, casi etimológico, de que la ‘publicación’ de cualquier contenido implica de manera inevitable el sometimiento del mismo al escrutinio de la comunidad. Todos somos responsables cívicos para alzar la voz ante hechos cuyos autores se sienten tan congratulados como para exponerlos públicamente. Es una labor de virtud ciudadana.

A diferencia del caso Genovese, ya no estamos en 1964. Debemos aprovechar las facilidades que nos proporcionan las redes sociales para la tarea. Como escribió en estas páginas Juan Claudio de Ramón, a veces las reacciones son exitosas, como en el caso del bus de Hazte Oír, y otras lo son menos: los insultos y vejaciones a los españoles desde la televisión pública vasca.

Los malhechores siempre serán los auténticos culpables del mal causado, pero si conseguimos hacer de la esfera pública una sala de penalización, denuncia y sometimiento de conciencia, no solo estaremos poniéndolos en su lugar haciéndoles miserables. Estaremos ejerciendo una pequeña parcela del bien y de cuya práctica virtuosa puede contagiarse también el vecino, amigo, conciudadano o seguidor.

Estrella distante

Manuel Arias Maldonado

Foto: TONY GENTILE
Reuters

Hace ya muchos años, interpelado a propósito de las críticas al Felipe González tardío, se preguntaba Rafael Sánchez Ferlosio qué significa exactamente eso de que un presidente del gobierno se encuentra “alejado de los ciudadanos”. Porque, añadía, ¿qué tendría que hacer un dirigente para disipar esa impresión? ¿Frecuentar las tabernas?

Pues bien, lo mismo puede decirse de una Unión Europea a la que este reproche se ha dirigido con frecuencia. En realidad, ya era así antes de la crisis: las consecuencias de ésta no han hecho sino agudizar un sentimiento que ha ganado nuevos cultivadores a izquierda y derecha. Que la UE carezca de una cabeza reconocible dificulta, por añadidura, que baje a las tabernas. Por ello, su sexagésimo aniversario puede describirse como una aguda crisis afectiva que produce los correspondientes efectos sobre la legitimidad de las instituciones. Populistas, nacionalistas, conservadores, anticapitalistas: en solitario o exhibiendo insólitos solapamientos, los antieuropeístas de todas las confesiones atizan la rabia popular contra el monstruo tecnocrático europeo. Un retrato distorsionado à là Francis Bacon que los gobiernos nacionales han contribuido a dibujar cargando contra Bruselas en nombre de la soberanía nacional.

¡Proyecto de élites para las élites! Pero pregunte usted en 1957 a un campesino francés si quiere compartir soberanía con un abogado alemán. De hecho, la Unión Europea es el perfecto ejemplo del dilema del organizador: quien toma la iniciativa para hacer algo será objeto de las críticas feroces de aquellos que no harían nada en ningún caso. Por decirlo en términos más técnicos, el proyecto europeo demuestra qué fácil es forjar coaliciones negativas entre actores de veto incapaces de presentar alternativas viables. Y que, con desesperante frecuencia, cargan contra lo bueno en nombre de lo mejor.

No será fácil que Europa se aproxime a los ciudadanos. Se trata de un proyecto racional que no se deja sentimentalizar fácilmente. A su favor están los datos; en contra, la facilidad con la que simboliza el status quo cuyo derribo promete acceso a la nación soberana y protectora. Es una ilusión, pero de ilusiones se vive. En realidad, por supuesto, son los ciudadanos los que están alejados de Europa y no al revés. Pero saberlo tampoco sirve de mucho: solo servirán -cínicamente- los resultados.

¿Cómo nos afecta demonizar el envejecimiento?

Ariana Basciani Fernández

Foto: Kevin Combs
Reuters/Archivo

La participación de Lynne Segal en el festival de literatura, Kosmopolis, nos ha permitido adentrarnos en el tema de la vejez y cómo nos acercamos a ella. Segal, psicóloga y feminista australiana con residencia en Londres, comienza su conferencia explicándonos cómo el cuerpo se ha doblegado a la mente en los medios de comunicación y cada día, el miedo al envejecimiento se hace inminente, inclusive siendo jóvenes. En líneas generales, Segal plantea que la gerascofobia es más actual que nunca.

Generalmente se representa la vejez con la imagen de una persona encorvada con un bastón, ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué esa fijación de Goya de asociar mujeres viejas con el demonio o realizando actividades demoníacas?, se pregunta la conferencista. Su análisis reflexivo sobre el envejecimiento ofrece un enfoque combativo y entusiasta. Plantea el término “vértigo temporal”, referido al individuo que absorbe todas las edades vividas, sin sentir el cambio en absoluto, pero con un cuerpo debilitado y lidiando con la inevitable pérdida de seres queridos. Segal utiliza una frase de Virginia Woolf para explicar el “vértigo temporal”:

“A veces siento que ya he vivido 250 años, y a veces que todavía soy la persona más joven en el autobús”

Según Freud, la conciencia no tiene una relación personal, por eso nos cuesta tanto entender que nuestro cuerpo cambia mientras nuestras experiencias quizás no nos hacen más sabios.

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“El escándalo de envejecer” por Lynne Segal, una de las conferencias inaugurales en esta edición de Kosmopolis. | Foto: Ariana Basciani

La edad para la mujer, el hombre y los homosexuales

Las estadísticas de Segal no mienten, mientras más gente intenta quitarse edad para sentirse más joven, en Gran Bretaña, aproximadamente 10 millones de personas son mayores de 65 años y, en un futuro próximo, debido al aumento de la expectativa de vida, pronto los centenarios serán la norma.

¿Cómo aceptar los estragos físicos y aprovechar las experiencias para vivir plenamente en el presente? ¿Qué significa envejecer bien?

Para las mujeres la edad es una obsesión y ha convertido a las industrias cosméticas en multimillonarias; sin embargo, para algunas la vejez es la etapa más plena. “Ya no eres un objeto sexual” afirma Segal. En el caso masculino, adquiere otro matiz, porque la vejez suele asociarse a la falta de potencia sexual: la salida al mercado de Viagra lo confirma. Por su parte, en el mundo de la homosexualidad se relaciona con la pérdida de deseo y de elasticidad física. En líneas generales, envejecer, más que un temor a la muerte, es el miedo a la “dependencia y a la soledad”, añade Segal.

Lynne Segal cierra la conferencia señalando que se debe analizar y profundizar sobre este tema, creando conciencia y entendiendo que se debe vivir en presente sin mezclarlo con el futuro, aceptando las arrugas y las pieles blandas, preguntándose cómo quieres vivir la vida.

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¿Es necesario un reboot de Matrix?

Nerea Dolara

El exitoso universo de 1999 volverá, sin sus creadoras, a las pantallas. ¿Funcionará revivir a Matrix?

Hace unos días la noticia de que Matrix volvería a los cines alborotó Internet. Según Warner Bros., la nueva película constituiría un reboot (reinicio de la franquicia) pero el guionista Zak Penn, que ha sido contratado para escribir un tratamiento de la nueva historia, desmintió esa afirmación. Según él, en su Twitter, la nueva entrega no será ni un reboot ni un remake. Hace referencia al universo tangencial de la saga que se desarrolló en cómics y en la película animada japonesa Animatrix. Penn insinúa que la nueva Matrix será un relato que se desarrolla paralelamente al de las tres películas originales, vamos, una especie de Rogue One de Matrix.

No es noticia que Hollywood lleva años consumiendo de sus propias creaciones y dando muestras de una falta de creatividad y de osadía incomparables en todo su tiempo de funcionamiento. La industria del cine ha optado por lo seguro; es tan seguro que ningún ápice de originalidad se encuentra en sus estrenos a gran escala. El panorama se actual reduce a: superhéroes, más superhéroes y remakes y reboots de películas que fueron exitosas en su momento.

En el caso del reciclaje, Hollywood comenzó cuidándose de revivir productos que sabía tenían una legión fiel de seguidores (y posibilidades de muchas películas)… lo que ha seguido pasando es tema para otro post (¿Baywatch? ¿Splash? ¿Jumanji? O podríamos decir manipulación de la nostalgia 1.1). Algunos ejemplos positivos han sido las sagas reiniciadas de Star Trek y El planeta de los simios (obviando, claramente, la que dirigiera Tim Burton).

Tanto Star Trek como El planeta de los simios han tomado una propiedad original, y antigua, y le han dado la vuelta. En el caso de Star Trek con el uso de un universo paralelo que permite contar con los mismos míticos personajes pero cambiar sus historias, en el de El planeta de los simios con una historia de origen que centra su atención en los simios y que llega a tener tintes shakespeareanos en sus luchas por el poder o en los crudos y humanos comportamientos de sus protagonistas.

Otro caso exitoso de un reboot es el de Batman (de nuevo aclaratoria: el de Christopher Nolan, no la última entrega con Ben Affleck como protagonista) que revivió al héroe de Gotham otorgándole un toque de realidad y oscuridad que contrastaban con las últimas películas sobre el hombre murciélago dirigidas por Joel Schumacher (¿recuerdan los grafittis de colores fosforito o a Sr. Frío?).

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El elegido | Foto via matrix.wikia.com

La diferencia entre todos estos casos y el de Matrix es que todos los mundos a los que se refieren esos reboots son o antiguos (en tiempos de cine los setenta es antes de Cristo) o han sido propiedades que se han removido una y otra vez (un ejemplo de cómo se ha hecho mal es la eterna resurrección de la historia de origen de Spiderman… que tendrá un nuevo protagonista y entrega pronto, como parte del universo Marvel) y, además, son todos productos audiovisuales que tienen su origen en otros productos culturales (novelas, cómics, televisión). Matrix es una creación original de las hermanas Wachowski, un universo cinematográfico construido por esta dupla que conquistó las salas de cine (y las de efectos especiales) con la historia de un futuro distópico en que las máquinas han ganado y los humanos viven en un mundo de realidad virtual mientras son utilizados como baterías. Pero hay una salvación: El elegido. Pero según las pocas informaciones que se manejan hay un hecho preocupante a tomar en cuenta. Las hermanas Wachoswki no están involucradas en el proyecto.

El caso más parecido podría ser el de Star Wars, que acaba de comenzar a estrenar películas – bajo el mando de Disney, luego de que George Lucas vendiese LucasFilm y la franquicia – que expanden el mundo en que se desarrollan las historias originales de Luke Skywalker, Leia y Han Solo y Penn nombra, en sus comentarios en Twitter, lo que se ha estado haciendo con X-Men y sus precuelas y expansiones del universo (Legion, por ejemplo). ¿La diferencia? El mundo de Matrix, y la pasión que generó tras su estreno, tenían mucho que ver con su construcción y su desvelamiento a los espectadores, así como también mucho centrado en la historia con tintes religiosos del elegido que se sacrifica. ¿Interesaría a los espectadores potenciales la historia de algún otro humano que ande suelto en Matrix? ¿O tomarán ejemplo de Rogue One o la próxima entrega sobre Han Solo y optarán por recrear una historia de origen para Morpheo o Trinity?

Y otro punto a tomar en cuenta: Matrix es reciente. 1999 no pasó hace tanto tiempo y la película (y sus mediocres secuelas) aún puede verse sin que haya un abismo entre ese presente y el de hoy. Como deja claro un artículo de Wire.com: “La gente siente nostalgia por las películas porque les recuerdan a un tiempo más simple y, francamente, la gente no está tan distante de 1999 como para extrañarlo. Keanu Reeves aún hace películas de acción y las Wachowski aún hacen películas de ciencia ficción. Un reboot de Matrix no funcionaría hasta 2019, como muy temprano, y eso es sólo 16 años después de las poco satisfactorias secuelas (olvidemos la orgía-rave bajo tierra ¿ok?). Las modas regresan cada 20 años inevitablemente, pero las películas no pueden hacer lo mismo”.

En este tiempo de nostalgia puede que escuchar las notas de la canción de Darth Vader despierte recuerdos de infancia o de juventud, por ejemplo, pero la experiencia de ver Matrix es algo irrepetible, y aún fresco, para quienes la vieron en su momento: original, osada, avanzada para su tiempo (¿quién no se quedó mudo cuando vio a Trinity flotar en el aire en la primera escena?) y filosófica, Matrix es justo lo contrario a las grandes producciones del Hollywood de hoy y revivirla es quitarle eso.

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