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La ética (política) de la estética

Jordi Bernal

Quería escribir sobre la celebérrima cumbre Iberoamericana de 2007, en la cual el presidente Zapatero, y con él todo ciudadano de bien, le espetó a un desquiciado Chávez que no le permitía que tachara de fascista al ex presidente Aznar, elegido democráticamente en dos comicios sucesivos por una mayoría de españoles. Sin embargo, este mediodía [ayer para el lector] he asistido a un interesantísimo acto organizado por el CLAC (Centro Libre de Arte y Cultura) dentro del ciclo ‘emoción y razón’, que dirige Ignacio Morgado, director del Instituto de Neurociencia de la UAB. Han intervenido en amena charla los escritores Ignacio Vidal-Folch, Antonio Muñoz Molina y el profesor de Filosofía Moral Félix Ovejero. Muy bien, ya digo. De las mejores cosas que se pueden hacer en Barcelona un jueves de humedades insufribles.

A la salida he optado por demorar el transporte público escribiendo a pie esta columna. Por regla general escribo felizmente andando y luego pico (y pala) con fatiga y sopor mis cavilaciones callejeras. Así que le he estado dando vueltas a la razón, la emoción y el tercer vértice del triángulo que, según Muñoz Molina, no es otro que la estética. Sí, la estética es fundamental para activar las alarmas de la razón. Ese horrible cuadro en la pared del comedor de una casa ajena que certifica la imposibilidad de una amistad sólida con su propietario. O en el terreno político, cierto lirismo desaforado y babeante, diabético y canalla. AMM ha precisado dos ejemplos de claims almibarados y antiestéticos: esos “asaltar los cielos” o “llenar la urna de sonrisas” podemitas.

Cabría incluir en la aberración estética el chillón chándal chavista. Solo por su cegador horterismo satisfecho deberíamos desconfiar de sus atorrantes portadores, que se pasean por la vida como si estuvieran en una barbacoa de mafiosos de peli americana. Por no hablar del exceso verboso y el retoricismo histriónico que tanto apela al azufre demoniaco como desafía chulapón a duelos al sol. Para algunos, no obstante, la ética de la estética no es suficiente; es más, parecen sentir una irremediable fascinación por un mal gusto de corte populista y claramente totalitario. De ahí que, cuando tuvieron que crear la identidad corporativa y su propia marca personal, se inclinaran por el remedo del chándal moral y el lenguaje de sofá y pantuflas. O lo que es lo mismo: fueron a comprarse el disfraz de salvapatrias y redentores del pueblo a los hipermercados Alcampo.

Qué nos enseña el libro más repelente de todos

Miguel Ángel Quintana Paz

¿Qué título de libro podría considerarse el más repelente de entre todos los clásicos? Si la pregunta atañera a las partes de una obra, seguramente cualquiera de la autobiografía de Friedrich Nietzsche, Ecce homo, sería digna candidata: “Por qué soy tan inteligente”, “Por qué soy tan sabio”, “Por qué escribo tan buenos libros”. En cuanto a volúmenes completos, Leszek Kołakowski alcanzó una marca importante con su “Por qué tengo razón en todo”, rótulo que tantas veces habrán anhelado, al menos como subtítulo, tantos otros profesores en tantos otros escritos más.

Con todo y con eso, de modo menos pomposo, pero igual de mordaz, fue el filósofo Søren Kierkegaard quien acuñó hace casi dos siglos un título febrilmente repulsivo para nuestra mente contemporánea. Lo hizo en su libro Enten-Eller, que suele traducirse con la disyuntiva “O lo uno o lo otro”, aunque podría asimismo ser “O bien una cosa, o bien la otra”.

¿Por qué resulta repulsivo ese título de Kierkegaard hoy en día? Vivimos en una época en que se nos ha vuelto más antipático que nunca renunciar a nada. Señores sesentones confían en verse bien juveniles y disfrutar a la vez de las mieles del reconocimiento por su amplia experiencia; jóvenes veinteañeros gustan de presentarse como tiernos modernetes, pero a la vez se quejan si su sueldo no alcanza el de un curtido profesional. Hacemos viajes lejanos con la intención de sumergirnos en otras culturas, pero allí nos refugiamos en el hotel que más se asemeja al de enfrente de casa. Queremos educar a nuestros hijos para el mundo real, pero les rodeamos de algodones que solo les prepararían para vivir sempiternamente en una colchonería.

Acaso este fenómeno adquiera especial virulencia en nuestro país. No pocos españoles están convencidos de que nuestra nación podría funcionar igual una escandinava, pero sin la sólida confianza entre sus ciudadanos que reina en aquellas sociedades. Deseamos tener impuestos tan bajos como en las Bahamas, pero con servicios públicos tan caros como los fineses. Protestamos porque nuestras universidades no están entre las mejores del mundo, pero acatamos que los criterios de selección en ellas sigan columpiándose entre el padrinazgo y el amiguismo. Si la asistencia a la eucaristía dominical continuara siendo masiva en España, no resultaría raro comprobar cada semana cómo varios feligreses porfiarían por estar a la vez en misa y repicando.

Ante este panorama, Kierkegaard nos recuerda una verdad repelente: a veces (muchas más veces de las que hoy creemos) se debe optar entre o bien una cosa o bien otra. Enten-Eller, en danés. Hoy suena fascista hablar de esa manera, pero aun así es preciso recordarlo: no puedes hacer todo lo que quieras ni tener todo lo que quieras ni hablar con solvencia de todo cuanto te gustaría hablar (aunque uses Twitter).

¿Cómo es que hemos llegado en nuestros días a olvidar tan simple verdad? El mismo libro de Kierkegaard nos responde con una de sus fábulas más famosas, la del payaso en el escenario del teatro. Reza así:

Se declaró en cierta ocasión un incendio entre los bastidores de un teatro. Un payaso salió al escenario para dar la noticia al público. Pero este creyó que se trataba de un chiste y aplaudió fervoroso. El payaso repitió la noticia y los aplausos se volvieron aún más entusiastas. Así sospecho yo que se irá a pique el mundo, entre el júbilo general de la gente biempensante, que creerá que solo se trata de un chiste.

Hoy se ha vuelto un lugar común decir que vivimos en una “sociedad del espectáculo”. Pero las cosas no estaban tan claras hace dos siglos, por lo que no resulta arbitrario atribuir a Kierkegaard cierto mérito previsor. En su cuento del payaso, este filósofo nos habla de un mundo en que todo se verá ya como mero espectáculo teatral. Y por ello pensaremos que todo es posible. Cierta teatralidad tendrán las desgracias que vemos en nuestros televisores; nadie se creerá del todo las noticias que nos proporciona una prensa que día tras día ensucia su fiabilidad. Solo algún sectario se tragará ya del todo lo que declama un político desde su escenario; solo algún ingenuo escuchará las previsiones de los expertos como si de veras se fueran a cumplir. Gracias a las redes sociales, las vidas de los otros desfilan ante nuestras butacas, mitad dramas y mitad comedia; nosotros mismos recitamos la trama de nuestros días ante un público silencioso, que nos contempla tras el foco de la pantalla de nuestro dispositivo.

Teatro, lo nuestro es puro teatro, cantaría hoy La Lupe. Y si somos todos actores, no puede acusársenos entonces de mentir exactamente, pero tampoco debe tomárselos muy en serio durante nuestra actuación. Desde antiguo nos lo han explicado los teóricos de la dramaturgia: ante un escenario (o, con el cine, ante una pantalla) conviene suspender nuestra credulidad, para no hacer el ridículo de aquellos espectadores que, cuando los hermanos Lumière les proyectaron por primera vez la escena de una locomotora que entraba en una estación, se reclinaron contra el respaldo de sus asientos, como temerosos de que el tren les fuese a arrollar.

El problema, naturalmente, es el que nos recuerda Kierkegaard en su fábula del payaso: por mucho que vivamos en un teatro, a veces sí que irrumpen cosas que nos podrían arrollar. Nos resistimos a creérnoslo, cobijados como nos pensamos en nuestro elegante patio de butacas; con esa sonrisa alelada de bebé (Philippe Muray dixit) con que intentamos tomárnoslo todo; convencidos de que es posible seguir contemplando las cosas con un distanciamiento elegante, sin tener nunca que optar de veras por algo contundente: o esto o aquello. Ahora bien, en ocasiones se declarará un incendio. Se acabará la función. Habrá que elegir en serio: o bien por una cosa, o bien por otra. Enten-Eller. Y más nos valdría atender a quienes nos lo anuncien desde el escenario, por muy payasos que sean.

Semanas llevan ardiendo las llamas de la represión chavista en Venezuela. Se ha cobrado ya docenas de muertos. Por bufonesco que resulte Nicolás Maduro, no es con balas de broma como sus tropas acribillan a los venezolanos. Mientras, en España, otros bufones le respaldan y, oh, resultan tan entretenidos. ¿Cómo tomarnos en serio a un payaso que justifica los crímenes del régimen de Caracas, si al fin y al cabo todos sabemos que las llamas del incendio venezolano no nos pueden alcanzar? ¡Démosles más escenarios, otorguémosles mejores púlpitos desde los que propaguen su mensaje, sería tan aburrida la temporada sin ellos! ¡Aplaudamos, aplaudamos! Límpiate eso que te ha saltado sobre la pechera, sin duda es solo salsa de tomate. Y, ante todo, no ceses nunca de sonreír.

Otro enemigo del pueblo: una historia barbateña

José María Albert de Paco

Atún y chocolate, sí, pero no se te ocurra decirlo. En el otoño de 2003, Pablo Carbonell rodó entre Barbate y Zahara una comedia con ese mismo título, Atún y chocolate, que trata sobre un lugareño (Manuel, interpretado por el propio Carbonell) que, sin posibles para costear el banquete de su boda, decide robar un atún destinado al mercado japonés. La película, en la que sobresale la actuación de Antonio Dechent, el Jack Palance español, tiene como telón de fondo la crisis pesquera, el tráfico de hachís, la inmigración ilegal… Ken Loach metido por chirigotas y pasado por un cristal de aumento. Cuenta Nacho Carretero en Fariña, el gran reportaje sobre el narcotráfico gallego, que el cine español no ha dejado más testimonio de aquel cataclismo que Airbag. Resulta extraño, en efecto, más en un gremio que se ufana de comprometerse con todas las causas imaginables. Ni su tiempo ni la realidad, en fin, parecen estar entre ellas. Atún y chocolate viene a ser el ‘airbag’ del sur. Pero no vayas y lo digas. En sus desquiciadas memorias, El mundo de la tarántula, de las que ya me ocupé en The Objective, Carbonell desmenuza los problemas que le trajo la película. ¡Qué se habrá creído ése, relacionarnos a nosotros con la droga! Ni el hecho de que una legión de barbateños participara en la figuración ni el alegre desparrame de dinero que supuso el rodaje libró a Carbonell, con casa en Zahara, de la difamación. A ello contribuyó una entrevista promocional en el programa de Jesús Quintero, que no hizo sino confirmar la sospecha fuenteovejunera.

JQ- Si vivieras en Zahara o en Barbate, ¿te dedicarías al atún o al chocolate?

PC- Me dedicaría al atún, pero si no me fuera bien, al chocolate.

“Algunas personas de Barbate y Zahara vieron la entrevista y entendieron que yo había estado en el programa diciendo que en esa zona sólo se vive del atún o del chocolate. Al presidente de los hosteleros de Zahara, Gaspar, fueron a contarle el chisme de que yo había declarado exactamente eso. ¿Acaso pretendían que respondiera a Quintero que también podía dedicarme a ser cocinero, camarero, abogado, policía municipal o perito agrícola? […] A Gaspar le faltó tiempo para mandar una carta al periódico manifestando el malestar de todos los hosteleros por mis afirmaciones. A otros también les faltó tiempo para pegar carteles con mi foto en la puerta de mi casa pidiendo que se me declarara persona non grata. A mi hija Carlota le dijeron que en cuanto yo pusiera un pie en Zahara me iban a romper las piernas.”

El infundio que más disgustó a Carbonell tuvo que ver con su acento. Gaditano de nacimiento, el cantante de Los Toreros Muertos fue uno de aquellos damnificados del estándar madrileño, que ahormó en la atonía a varias generaciones de intérpretes andaluces, canarios y extremeños. Para su papel de Manuel, no obstante, recuperó el ceceo de La Caleta, lo que fue tenido por un menosprecio a la cultura local.

“Me planté allí a dar la cara. El primer sitio al que acudí fue el epicentro de la maledicencia. Pedí una cerveza y una tapa de huevas aliñadas. Me contestaron que, ya que iba por ahí diciendo que todos ellos eran unos delincuentes, si no quería también un poco de hachís. […] Tendría que armarme de paciencia para dar todas las explicaciones que me pidieran los ofendidos. Y las fui dando. Una a una. De vez en cuando alguien me gritaba desde una obra que me iban a rajar. Otros me aconsejaban que no fuera solo por la calle. […] Si queda algún vestigio de aquella insidia suelo achacarlo a la merma neuronal del que me ataca, el cual, habitualmente, no recibe ninguna respuesta por mi parte.”

Macron, la basura y nosotros

Víctor de la Serna

Foto: PHILIPPE WOJAZER
Reuters

Los rumores tienen la piel dura. Por no entrar en los que siguen vivos, baste recordar un par de ellos de hace casi medio siglo: uno, que la guapa actriz Sonia Bruno, recién casada con uno de los astros del Real Madrid ye-yé, Pirri, había dado a luz un bebé… negro; otro, que Sol Quijano, la esposa del ministro de Asuntos Exteriores de aquella remota época, Fernando Castiella, se había fugado con el chófer de su coche oficial. Ambas historias eran palmariamente falsas y fáciles de desmentir, pero en los -bien llamados- mentideros madrileños circularon durante meses.

Era el tardofranquismo, la prensa apenas si había estrenado un poquito de libertad en 1966 gracias a Manuel Fraga, y esas cosas no se publicaban ni en El Caso. Pero radio macuto las propagaba a base de bien, reforzándolas con trolas de todo tipo: que si mi cuñado conoce a la comadrona que atendió a Sonia, que si a la mujer del ministro no se la ve desde hace un mes…

Han pasado los decenios y ahora hacemos como si acabásemos de descubrir la posverdad y las fake news, con gran escándalo y preocupación… pero haciéndoles el juego a sus propagadores, ahora como entonces.

Todo esto me venía estos días a la memoria porque, como a todo quisque con una relación frecuente y directa con Francia, con los franceses y con fuentes francesas, me llega sin cesar la historia de que Emmanuel Macron, el nuevo presidente de Francia, es en realidad homosexual y su matrimonio con su antigua profesora de literatura sería “una mera tapadera”.

Antes que nada debería saltar a la vista que, a estas alturas del siglo XXI y del desarrollo de las libertades, la supuesta noticia no encerraría en caso alguno ningún escándalo ni el menor problema para el primer mandatario de Francia: sea cual sea su orientación sexual, que es lícita en cualquier caso, no influirá para nada en el desempeño bueno o malo de su cargo, que no tiene nada que ver con ella y que depende de su capacitación y de su carácter.

Sin embargo, hoy en día estas cosas sí que ganan audiencia a través de los medios informativos, y lo de Macron está por todo internet. Eso sí, también ahí podemos leer sus propios desmentidos públicos, y bien explícitos, del último par de meses.

Así, lean en Le Parisien: “Se decía en las cenas parisienses que yo era homosexual. Es bastante desagradable cuando eso no es cierto, y es desestabilizante para uno mismo y para sus allegados. Dice mucho de la degradación de los usos políticos y mucho de la homofobia rampante, porque lo que se me reprochaba era ser homosexual como si fuese una tara”.

O estas otras declaraciones: “Dos cosas son odiosas tras las insinuaciones: equivalen a decir que un hombre que vive con una mujer mayor que él sólo puede ser un homosexual o un gigoló tapado. Es pura misoginia. Si yo fuese homosexual, lo diría y lo viviría”.

Lo más revelador y penoso de toda esta historia de insidias es que da igual lo que diga Macron: se sigue manteniendo el bulo, y de esa manera se asume que no se puede creer uno ni la literalidad de lo que afirma un político, porque la mentira es su medio habitual de expresión.

Si no se cree a Macron en esto, ¿se le puede creer en cualquier otra cosa? ¿Se ha extendido el oprobio de Trump y del resto de la patulea populista a todos los políticos democráticos? Si ya no damos crédito a ninguno de ellos, el sistema está más enfermo aún de lo que pensábamos.

Gabinete: de Murillo a Richard Serra

Saioa Camarzana

Foto: COLLAGE DE ALFONSO BUÑUEL (DETALLE)
Gabinete

En la segunda edición de la feria de arte de dibujo y estampa participan 25 galerías nacionales e internacionales. Murillo, Unamuno, Goya, Alberto Corazón, Juan Zamora y Richard Serra son algunos de los nombres más atractivos de esta feria-boutique que surge con la ambición de convertirse en una cita internacional ineludible.

El primer robo mediático en la historia del arte español tuvo lugar en la catedral de Sevilla cuando unos ladrones entraron, recortaron el San Antonio de Murillo y se lo llevaron a Nueva York. Con todos los viajes y movimientos la pintura sufrió desperfectos pero un dibujo preparatorio que hizo el pintor del siglo de oro español  posibilitó su reconstrucción. Ese boceto de la pintura para la Capilla del Santo, que ha permanecido en manos de unos coleccionistas desde hace 70 años, es uno de los grandes reclamos de Gabinete, feria de dibujo y estampa que se celebra este fin de semana en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Tras todos esos años fuera del alcance del público se pone a la venta por 300.000 euros.

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Montaje de Gabinete | Imagen cortesía de Gabinete

Gabinete, que cumple su segundo año de aventura, es una feria-boutique de galerías nacionales e internacionales dedicadas al dibujo, la estampa, la serigrafía y la litografía. “Quería una feria pequeña con una apuesta rotunda por la calidad”, señala Víctor del Campo, director de la cita. “Es una feria pequeña en la que se pueden ver todos los stands tranquilamente. Esta edición cuenta con 25 y, de momento, no queremos crecer más”. Para que esa base de la calidad de los participantes en la que se asienta se refuerce es el propio comité organizador quien invita a las galerías a participar, no existe un proceso de inscripción como en otras ferias de arte.

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Los Caprichos de Goya.

De ahí que las obras que se muestran transiten desde el siglo XV al XXI con la presencia de artistas como El Greco, Murillo, Sabatini, Unamuno, Goya, Alonso Cano, Alexandre Arrechea, José Pedro Croft, Alberto Corazón, Richard Serra, Eusebio Sempere y Juan Zamora, último Premio Fundación Princesa de Girona de Artes y Letras. Además, uno de los grandes atractivos de la feria es que Del Campo ha pedido “que las galerías traigan obra que solo se pueda ver aquí y no en otras subastas o galerías”. Ese carácter inédito de las piezas junto a que el precio, que oscila entre los 300 y los 500.000 euros, es “el mismo aquí que fuera de España”, hace de Gabinete una cita particular. Lo explica así: “No todo el mundo puede decir lo mismo. Mucho arte español se compra aquí por mucho dinero y en Francia, por ejemplo, no darían tanto por él. Pero si sacas de aquí la primera edición de La pasión de Durero  el precio sería el mismo, incluso en Alemania pagarían un 15 o un 20% más. Hay que adaptarse al mercado y por eso los precios son españoles”, indica Víctor del Campo.

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Foto vía Gabinete.

Para que todos estos grandes artistas que traen galerías como La Caja Negra, Benveniste Contemporary, Niels Borch Jensen, N2 Galería, Ana Chiclana, Artur Ramón Art, Caylus o Frame puedan ser observados de manera minuciosa el espacio ha sido ideado por el estudio del arquitecto Juan Herreros. Su apuesta ha sido por unos stands de proporciones alargadas que generan una secuencia de pequeñas estancias que recrean el ambiente de los gabinetes de curiosidades. Según su director, “es un montaje innovador” que permite el tranquilo tránsito por las estancias de una feria que divide el arte antiguo del más reciente en diferentes apartados. Se trata, por tanto, de una oportunidad de hacer un viaje de varios siglos en un mismo lugar.

Además, es cierto que la obra sobre papel está viviendo un buen momento en España. Al calor de su popularidad han nacido ferias paralelas a ARCOmadrid como Drawing Room, que trae a Madrid la obra sobre papel de dibujantes contemporáneos más importantes. Pero la apuesta de Gabinete es diferente en tanto a que abarca diversos géneros y épocas del dibujo. Todo ello demuestra, por tanto, que la obra sobre papel “se está empezando a conocer, valorar y entender en España”. Francia, Estados Unidos y el Reino Unido, por ejemplo, ya cuentan con una tradición en este terreno pero “España ha sido un país de una gran tradición pintora en el que incluso la escultura ha estado en segundo plano. Pero esto está empezando a cambiar”, opina Del Campo.

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Ouka Leele vía Gabinete.

De esta manera, este viaje del siglo VX al XXI permite también un fácil acceso al coleccionismo porque, según dice el director de Gabinete, nunca ha visto bajar el precio de un grabado de Durero o de una primera edición de Los caprichos de Goya. Gabinete aún no ha arrancado de manera oficial y a su director le consta, aunque no puede dar datos, que hay obras que ya han sido vendida. Esto mismo le ocurrió en la pasada edición, una “edición piloto” en sus propias palabras, con la venta de obra a pinacotecas tan importantes como la National Gallery de Londres o la National Gallery de Irlanda.

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El Gabinete.

Y es que lo curioso o lo más importante de la primera edición de Gabinete fue la presencia de los 50 conservadores de los gabinetes de dibujo y estampa de los 50 museos más importantes del mundo. No fue casualidad aunque tuvo miga. “Siempre me gusta trabajar con un año de antelación y estaba previsto inaugurar la feria para otoño de 2016 pero recibí una información importante de que en primavera se iban a reunir en Madrid todos estos conservadores y era una buena oportunidad para poder reunirlos”, explica Del Campo. Así, la inauguración de la feria se adelantó seis meses y con tan solo cuatro meses para trabajar en ella Víctor del Campo se centró en la calidad de los participantes. Por eso, para él, esta es la primera edición en la que “se materializa la idea que tenía en la cabeza”.

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Richard Serra vía Gabinete.

Tan solo lleva dos ediciones y las galerías que participan en Gabinete también asisten a importantes citas como Maastricht, Basilea, el Salón de Dibujo de París, la cita internacional más importante con el dibujo y en la Feria de Grabado de Nueva York, que se posiciona en el segundo puesto del escalafón. Gabinete surge, pues, para llenar un vacío y, sobre todo, para, jugando bien sus cartas, “estar en esa primera división y llegar a estar entre las cinco ferias de arte sobre papel más importantes del mundo”.

De momento, parece que Gabinete se sitúa en una buena posición de salida.

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