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Los (siniestros) aliados de Podemos

Jordi Bernal

Cuando me preguntan por mi socialdemocracia siempre respondo lo mismo. Ya sea a personas bienintencionadas o a retroliberales que, por haber pasado un desagradable y siniestro sarampión maoísta en la adolescencia, se creen capacitados para formular preguntas con el mismo rictus de colmillo retorcido de cuando te acusaban (con razón, por otra parte) de *tibio acomodaticio*, *rojo de moral pequeño burguesa* y *trotskista de salón*: defiendo que en la jungla debe haber un Tarzán/racionalidad que imponga un mínimo de orden y justicia a golpe de grito recaudador y repartición solidaria a la par que sostenible. No creo, como los cínicos retroliberales, que el sacrosanto Mercado sea el puto Oráculo de Delfos. Más bien todo lo contrario. Y la crisis que hemos padecido, y lo que te-rondaré-morena, me asiste en la argumentación de unos principios marxistas (de Groucho) que se pueden cambiar por otros si me lo pide la abnegada Margaret Dumont. Además, a diferencia de Aznar, yo sí quiero que me digan lo que puedo beber para no convertirme en un peligro público On The Road. En el hipotético caso de que tuviera carné de conducir y coche, claro está.

Como vivimos en un país de cerdos, hay que disfrutar del glorioso chorizo y el imperial fuet pese al colesterol. Ahora que lo escribo me doy cuenta de que el cerdo nos une como nación. De conversos mil leches. Tanto el sabrosamente comestible como el corrupto. ¡Maravilloso!

De ahí que los que pensamos que Podemos y sus confluencias y afluencias y colmillos retorcidos exmaoístas (quienes, por cierto, dominan el espectro mediático) son un peligro para el estado del bienestar exijamos honradez a nuestros representantes y otros cargos digitales.

Ningún aliado más fiel del peligrosísimo populismo de Podemos que el campanudo Rodrigo Rato, Jordi Pujol Patria o Andorra S.L, los dicharacheros sindicalistas ozú de los ERE, la escorialesca/fallera mafia Gürtel o la torna Undargarín.

Cuando me preguntan por mi socialdemocracia siempre respondo lo mismo.

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Cataluña para los catalanoparlantes

Ricardo Dudda

Foto: Bernat Armangue
AP

El debate lingüístico en Cataluña nunca ha tenido que ver con la lengua, sino con la cultura.
Un ejemplo es una frase como “Cataluña es el catalán”, que se ha usado en los debates
sobre la inmersión lingüística esta semana y que difícilmente puede defenderse como una
idea liberal (lo digo porque quien la ha usado es un liberal socialdemócrata, y porque un
partido progresista como el PSC es un gran defensor del monolingüismo en la escuela).

La defensa de una sola lengua en una sociedad plurilingüe va contra el pluralismo liberal, y
en cierto modo recoge el argumentario nacionalista, que considera la lengua uno de los
hechos diferenciales. Para los clásicos nacionalistas, como Herder, la lengua refleja un
modo de pensar y una forma de ser. La lengua es la esencia del nacionalismo: una nación
para cada lengua.

Uno puede usar argumentos pragmáticos para defender la inmersión lingüística, como la
idea de que es una manera de elevación social (los castellanoparlantes catalanes tienen
mayores cifras de fracaso escolar que los catalanoparlantes). También se suele decir que la
inmersión es el gran consenso de la sociedad catalana, pero un estudio de Roberto Gravia y
Andrés Santana muestra que es falso: “existe un alto nivel de consenso sobre el modelo
lingüístico de las escuelas, pero el rasgo definitorio de dicho consenso es la pluralidad
lingüística, no la posición hegemónica de ninguna de ellas: los votantes de todos los
partidos coinciden en que al menos un 28% de las clases deben ser en catalán, un 25 % en
inglés, y un 20 % en castellano; y difieren en cómo debe impartirse el 27% restante de
horas.” Gravia y Santana afirman que “la sociedad catalana está muy lejos del amplio
consenso a favor de la inmersión lingüística, que más parece ser un mantra que reflejo de
las preferencias de la sociedad catalana”.

Al defender el modelo monolingüe se defiende la idea nacionalista de que la lengua catalana
ha de preservarse per se, sin importar su número de hablantes (son más los
castellanoparlantes en Cataluña que los catalanoparlantes). La lengua se defiende porque es
un bien en sí mismo. De ahí a preservarla para que no se contamine de otras lenguas (que
es lo que hacen las lenguas y así es como se forman) hay muy poco.

Esto crea situaciones difícilmente explicables, como explica Félix Ovejero: “que la lengua
mayoritaria y común en Cataluña sea el castellano y que sin embargo no sea la que
proporciona identidad nos lleva a situaciones conceptualmente complicadas”. La lengua va
antes que la ciudadanía. Es un argumento nacionalista. Al defender la lengua se defiende
una especie de esencia y cultura inmutable. Es una lógica peligrosa, que los más radicales
han usado para defender su idea de “Cataluña para los catalanes”.

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Me llena de odio -y de satisfacción-

Gonzalo Gragera

Foto: Sipi
EFE

Estrategia de comunicación: irritar al contrario. Lo vimos hace unos años en la acción política de Podemos, partido cuyo ejercicio de propaganda aprovechaba el odio visceral –como todos, supongo- que despertaba en sectores más o menos conservadores y liberales para introducir y difundir sus ideas en el conjunto de la sociedad española. De ahí, claro, que acudieran a tertulias de cadenas con público de derechas, donde de sobra sabían, y de manera inteligente, que el precio de lo viral era más asequible. De esas ya antiguas luchas dialécticas sacarían mucho más provecho que de mesas redondas de cualquier facultad o de ponencias académicas y eruditas de pasillos universitarios, e incluso más que de su capacidad de convocatoria en las redes sociales. Y es que nada como el odio, su impulso, para transmitir un mensaje; nada como la crispación del enemigo para alimentar una idea.  Rufián es otro que supo de la lección en los meses –pasados, creo, espero- más complicados de la secesión orquestada en los partidos independentistas catalanes. Mientras todos compartían, en actitud de desprecio, sus desvaríos y ocurrencias, tales desvaríos y ocurrencias circulaban, con notable éxito y acogida, por todo el país. Un diputado de un partido de escueta representación parlamentaria en el Congreso, principal imagen –discurso- de buena parte de la política española.

Y es que el público necesita –necesitamos- del odio para multitud de asuntos, pero quizá el principal es el hecho de afirmarse, el hecho de confirmarnos en nuestra propia personalidad. El odio nos aleja de aquello que no queremos ser, nos marca distancias respecto de aquello a lo que le tenemos fobia, lo que nos causa rechazo, aquello que consideramos malo incorrecto equivocado Un lector de tendencia izquierdosa necesitará compartir entre sus amigos virtuales las barbaridades que escriba un autor o periodista o columnista partidario de cualquier tesis histórica sobre –tema facilón- el franquismo y las cosas buenas que nos dejó. También al contrario, evidente: la autora de derechas se rasgará las vestiduras ante el párrafo de intención polémica de cualquier firma de izquierdas. Se intuye: en cuanto hay lucha de posiciones, o disparidad de criterios, además de argumentar el error ajeno, necesitamos, para quedar tranquilos con nuestra conciencia y con nuestro criterio, ridiculizarlo, denostarlo. Y es entonces cuando vamos a la búsqueda del odio, a ese interés por leer opiniones que consideramos irrisorias, infantiles, descabelladas; y también el interés en difundirlas, en hacer ver a los demás la estupidez en la que otros –siempre los otros- están inmersos. Un denunciar la estupidez del prójimo que es, más bien, un favor hacia este: lo vemos a diario en el periodismo sensacionalista, ahora llamado de clickbait.

Lo escribe Ricardo Dudda en Letras Libres: “Hay una parte de construcción del enemigo para justificar las propias acciones. Al elaborar un hombre de paja y luchar contra él, además, uno construye su identidad a medida. Uno puede moldear al enemigo para moldearse a sí mismo”. Necesitamos consumir el odio, y odiar, para convencernos de que no somos aquello que odiamos. El odio como bienestar narcisista de saberse distinto, seguro, cómodo –pleno convencimiento- en la idea propia. El odio como emoción para establecer la diferencia con el adversario. O con la actitud moralmente reprochable. El odio que nos llena de odio, y de satisfacción.

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Forges, medio siglo de historia a través de sus viñetas

Redacción TO

Foto: Juan Carlos Hidalgo
EFE

La muerte del humorista gráfico Antonio Fraguas ‘Forges’ ha conmocionado a España. Durante 50 años, Forges, que ha fallecido a los 76 años, llegó a varias generaciones a través de sus viñetas. En ellas, sus peculiares personajes de gran nariz y ojos saltones protagonizan escenas de la vida política y cotidiana, mostrando un retrato verdaderamente original de la sociedad española.

Las redes se han llenado tras su muerte de sus famosas viñetas, con las que consiguió, siguiendo el consejo de su padre, “ser un dibujante original”. “Que se reconozca un dibujo tuyo a quince metros”, le dijo su padre, y así lo hizo Forges.

Desde los episodios políticos más relevantes de la historia de España hasta situaciones cotidianas, que también evolucionaron con la sociedad, Forges retrató durante gran parte de su vida el país a través del humor y la crítica. En los últimos meses, Cataluña ocupó, como en la mayoría de medios de comunicación, una gran cantidad de viñetas del dibujante.

Forges, medio siglo de historia de España a través de sus viñetas 1
Una de las viñetas de Forges, dedicada a Marta Rovira, la número dos de ERC. | Foto: Forges/ Twitter
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La situación de Puigdemont en Bruselas, retratada por Forges. | Foto: Forges/ Twitter
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El 155, otro de los protagonistas de las viñetas. | Foto: Forges/ Twitter

Pero tampoco se olvidó de retratar en sus viñetas, con un toque de denuncia social, otras situaciones políticas que preocupan a los ciudadanos.

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Forges critica la ley hipotecaria, como siempre, a través del humor. | Foto: Forges/ Twitter
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El dibujante recuerda que no todo es Cataluña. | Foto: Forges/ Twitter

Pero, sobre todo, Forges fue capaz de hacer que numerosos españoles se sintieran identificados con sus personajes, las situaciones que describían y las preocupaciones que mostraban. A través del humor, el original dibujante logró retratar los pensamientos de un gran número de personas.

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Los modales y la educación son uno de los temas recurrentes en sus viñetas. | Foto: Forges/ Twitter
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Forges critica el ‘cuñadismo’ en sus viñetas. | Foto: Twitter
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La economía también era uno de los temas retratados por Forges. | Foto: Forges/ Twitter
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Forges muestra la situación de muchas mujeres en España. | Foto: Twitter

La sociedad ha avanzado mucho a lo largo de los años en numerosos aspectos, pero las viñetas de Forges demuestran que hay cosas que no cambian y que los ciudadanos siguen teniendo las mismas preocupaciones y carencias a pesar del paso del tiempo.

Ya en los años 80, Forges mostraba la preocupación social por la integración de España en Europa y, principalmente, por las consecuencias económicas que esto tendría.

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La situación económica de España tras su integración en Europa fue una gran preocupación. | Foto: Twitter

En 1995, publicaba su primera viñeta en El País, y retrataba una situación que bien podría referirse al año 2018.

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Forges, en 1995, retrataba situaciones que bien podrían ocurrir en 2018. | Foto: Twitter

Además, Forges también retrató los problemas internacionales que a menudo olvidamos y trató de recordar a través de sus viñetas que hay una parte del mundo que sobrevive a guerras, hambrunas y una gran pobreza.

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Las guerras y los refugiados aparecen retratados en muchas viñetas del dibujante. | Foto: Twitter
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Durante años, Forges recordó también los problemas que sufren otros países, especialmente en África. | Foto: Twitter
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El hambre, otra de las grandes retratadas en sus viñetas. | Foto: Twitter

Ahora la sociedad se despide de Forges, un gran dibujante que durante años logró sacar una sonrisa a los lectores de los diferentes diarios en los que publicó sus viñetas. Sus personajes y su humor quedarán en el recuerdo durante mucho tiempo y, con ellos, las sonrisas y reflexiones que provocaron en el momento de su publicación.

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Entre Espronceda y Marta Sánchez

Carlos Mayoral

Foto: Ivan Pierre Aguirre
AP

Quiero dejar claro antes de comenzar a escribir que no he escuchado (y probablemente no escucharé) la versión del himno de España que Marta Sánchez ha perpetrado. También quiero dejar claro que me importan un carajo los juicios que sobre él se lleven a cabo. Porque tengo por seguro que a algunos les habrá sentado mal esta letra, como tengo por seguro que les hubiera sentado igualmente mal de haber resucitado Lorca para escribirlo, de haberlo interpretado Mercury con Caballé o de haberlo compuesto el mismísimo Mozart. Y, por supuesto, tengo por seguro que a otros les habrá sentado bien la nueva versión, como les hubiera sentado bien si la letra pidiese la vuelta del esclavismo a Occidente o la abolición del modelo turístico en el Mediterráneo. Qué más da. Me atrevo a ir más lejos: es muy probable que estos ofendidos de una u otra orilla tampoco hayan escuchado la dichosa versión del himno.

Como ocurre con todos los símbolos que en algún lugar fueron utilizados para unir, en España el himno sirve para todo lo contrario, es decir, crear división y, lo que es más importante, para dejar patente esa división. Pienso ahora ese movimiento llamado Volksgeist, nacido en el XIX de manos del Romanticismo alemán, y que basa la identidad de los pueblos en su lengua, en su literatura y en otros rasgos culturales, dando pie al nacionalismo moderno. Bien, esta tendencia entró en España bajo la pluma del escritor de origen alemán Böhl de Faber (no confundir con su celebérrima hija Cecilia), quien se refirió a este “Espíritu del pueblo” como un movimiento que espolease al hombre de manera “individual e íntima”, para completar el sentido “colectivo y cívico” del ser. Idea que caló en toda Europa, pero ¿calaría en España? Con datos objetivos, la realidad es que no. El Romanticismo apenas dejó un par de bosquejos nacionalistas dignos de llevarse a la boca. Alguna composición de Espronceda, la muerte de Larra (que llevaba la situación de España marcada en el revólver) y pequeñas reivindicaciones de Goya. Nada más. Y mira que la situación era perfecta en el XIX: un pueblo masacrado por unas tropas que hablaban otro idioma, la pérdida del continente allende los mares, guerras entre hermanos por este u otro monarca… Pero nada, ni siquiera la tragedia consiguió reunir las cenizas de España.

Termino volviendo a esa reflexión de Böhl de Faber que ve en el nacionalismo un chispazo “individual e íntimo”. Es imposible asimilar esta reflexión en el país cainita que habitamos. Nada es individual, nada es íntimo. Vuelvo a la frase que dejé escrita párrafos atrás: lo importante es dejar patente la división. Nada es individual porque el señor que acude a la final de la Copa del Rey no silbaría el himno si no supiera que le molestará a su vecino, del mismo modo que su vecino no alabaría las virtudes del himno de Marta Sánchez si no supiera que habrá de incomodarle al que renglones atrás silbaba. Dicho de otro modo: España es un país que se vertebra gracias a la desunión.

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