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Los (siniestros) aliados de Podemos

Jordi Bernal

Cuando me preguntan por mi socialdemocracia siempre respondo lo mismo. Ya sea a personas bienintencionadas o a retroliberales que, por haber pasado un desagradable y siniestro sarampión maoísta en la adolescencia, se creen capacitados para formular preguntas con el mismo rictus de colmillo retorcido de cuando te acusaban (con razón, por otra parte) de *tibio acomodaticio*, *rojo de moral pequeño burguesa* y *trotskista de salón*: defiendo que en la jungla debe haber un Tarzán/racionalidad que imponga un mínimo de orden y justicia a golpe de grito recaudador y repartición solidaria a la par que sostenible. No creo, como los cínicos retroliberales, que el sacrosanto Mercado sea el puto Oráculo de Delfos. Más bien todo lo contrario. Y la crisis que hemos padecido, y lo que te-rondaré-morena, me asiste en la argumentación de unos principios marxistas (de Groucho) que se pueden cambiar por otros si me lo pide la abnegada Margaret Dumont. Además, a diferencia de Aznar, yo sí quiero que me digan lo que puedo beber para no convertirme en un peligro público On The Road. En el hipotético caso de que tuviera carné de conducir y coche, claro está.

Como vivimos en un país de cerdos, hay que disfrutar del glorioso chorizo y el imperial fuet pese al colesterol. Ahora que lo escribo me doy cuenta de que el cerdo nos une como nación. De conversos mil leches. Tanto el sabrosamente comestible como el corrupto. ¡Maravilloso!

De ahí que los que pensamos que Podemos y sus confluencias y afluencias y colmillos retorcidos exmaoístas (quienes, por cierto, dominan el espectro mediático) son un peligro para el estado del bienestar exijamos honradez a nuestros representantes y otros cargos digitales.

Ningún aliado más fiel del peligrosísimo populismo de Podemos que el campanudo Rodrigo Rato, Jordi Pujol Patria o Andorra S.L, los dicharacheros sindicalistas ozú de los ERE, la escorialesca/fallera mafia Gürtel o la torna Undargarín.

Cuando me preguntan por mi socialdemocracia siempre respondo lo mismo.

Sí, habrá un robot al volante

José Carlos Rodríguez

Foto: HANDOUT
Reuters

Un conductor toma la decisión de saltarse un ‘ceda el paso’, y el Volvo que intentaba cambiar el sentido choca contra él. La noticia no habría aparecido siquiera en la prensa local si el segundo vehículo hubiese estado conducido. Pero es uno de esos drones sobre ruedas que constituyen la promesa de un mejor transporte; un coche que se gobierna de forma autónoma, sin conductor. Como la tecnología no está madura, circulan con un piloto que, llegado el momento, retoma el control. En esta ocasión, la precaución no ha sido suficiente.

El coche forma parte de la flota de coches autónomos de Uber en la ciudad de Tempe, Arizona. La compañía ha suspendido su programa de pruebas con coches autopilotados, como primera providencia. Pero volverá a retomarlo. Uber ve un futuro de coches que funcionan sin horario, y en los que todos los ingresos van para la compañía.

En nuestra ciudad habrá decenas, centenares de coches fantasma, que reaccionarán como autómatas a un par de toques en la pantalla de nuestro teléfono móvil. Alquilaremos el uso de los coches para la ciudad. Nos recogerán, y por un módico precio nos dejarán donde queramos. Más adelante, sólo habrá vehículos autónomos, que se comunicarán entre ellos. Los atascos serán menos frecuentes. Y no habrá multas, porque los vehículos no se saltarán el código. Los ayuntamientos, como venganza, nos prohibirán conducir por el centro de las ciudades. Leeremos camino del trabajo, si es que entonces todavía se estila esta milenaria costumbre. Los metros de las ciudades se cerrarán y se convertirán en museos o centros de ocio.

Es un futuro que casi podemos tocar con la punta de los dedos, pero que aún se nos hace lejano. Es normal que la transición cause accidentes. En la I Guerra Mundial, el índice de mortalidad de los aviones, en sus primeros vuelos, era de más del 70 por ciento a los tres meses. Los pasos que vamos a dar a esta nueva forma de transporte no van a ser tan traumáticos.

La Unión Europea a varias velocidades, renovarse o morir

Leticia Martínez

Foto: VINCENT KESSLER
Reuters/Archivo

Desde su torre de marfil, Bruselas ha sido incapaz de anticipar lo que sobrevenía. El desconocimiento de aquellos a los que gobierna, la falta de transparencia, la toma de decisiones a puerta cerrada y sobre todo los problemas graves derivados de la crisis económica de 2008 han provocado desunión, desconfianza y expectación ante el desmoronamiento del proyecto europeo. Ahora, tras el anuncio del Brexit, los cambios en la UE son inevitables. Cómo afrontará Europa estos cambios depende del interés y la voluntad de los países miembros en cooperar en los diferentes niveles que componen la UE, especialmente en economía y seguridad.

Por el momento, el futuro de Europa se ajusta a cinco escenarios, como constató la Comisión Europea en el Libro Blanco que publicó a principios de febrero. De entre todas las opciones, que iban desde el federalismo hasta el modelo de mercado común sin unión política, los dirigentes de los países miembros, salvo Polonia, parecen decantarse por la política de Europa a varias velocidades.

¿Qué es la Europa a varias velocidades?

La política de la Europa a dos o varias velocidades, también llamada de geometría variable o integración diferenciada, consiste en una integración a là carte en la que la situación económica, cultural y social de cada país dictará en qué áreas cooperar y a qué ritmo. Se diferencian dos grupos, uno avant-garde o núcleo duro encargado de tomar decisiones sobre la unión política, Francia y Alemania y otro que iría a la zaga, el resto de la UE.

“Europa no va a ir más allá de lo que es ahora, apostará por el pragmatismo y por los cambios conservadores”

Esta flexibilidad política no es nueva porque, sin ser oficial, siempre ha estado presente en aspectos como el Mercado Común, la Unión Monetaria o Schengen. Solo hay que mirar hacia Suiza, Dinamarca o Noruega, que están dentro y a la vez fuera de ciertas políticas de la UE y son el ejemplo a seguir para el Reino Unido. De hecho, es más que una realidad. El acuerdo entre 19 países de la UE para la futura creación de una fiscalía común tras cuatro años de negociaciones y a pesar de la oposición de Suecia, Polonia, Hungría, Holanda y Malta, lo demuestra.

Esta política, tendrá su mención en la próxima Declaración de Roma de el sábado pasado. La referencia lo dice todo y nada pues ‘actuaremos juntos cuando sea posible, con diferentes ritmos e intensidades cuando sea necesario’ tan solo deja patente que Europa no va a ir más allá de lo que es ahora, que apostará por el pragmatismo y por los cambios conservadores.

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El Consejo de la Unión Europea y su presidente Donald Tusk en la cumbre de Bruselas el 10 de marzo. REUTERS/Francois Lenoir

¿En qué beneficia una Europa a distintas velocidades?

1. Rapidez y eficacia

Las diferencias entre norte y sur, este y oeste son claras y en muchas ocasiones insostenibles. La expansión de la UE y la inclusión de más ámbitos políticos generan un incremento de la heterogeneidad en los intereses nacionalistas que perpetúan el constante estancamiento político. Es decir ¿cómo pueden ponerse de acuerdo 27 países en temas como la economía o la defensa? Visto está que no es imposible, pero ¿cuánto tiempo se necesita para que una política prospere? Si cada vez que se vota no se obtiene una mayoría cualificada, esto es un 55% de los miembros que represente al menos al 65% de la población europea, la votación queda anulada. Esta es una de las razones por las que se cree que un modelo flexible puede ayudar a accionar los mecanismos de toma de decisiones.

“La expansión de la UE y la inclusión de más ámbitos políticos perpetúan el estancamiento político”

2. Mayor integración o menor integración

La integración fuerte de unos pocos puede acabar teniendo un efecto llamada sobre el resto. Tal como ocurrió con la creación de Schengen fuera de los Tratados de la UE, la estructura de esta política limitó las opciones de otros estados que inicialmente se mostraron en contra. Es decir integración llama a integración. Los Euro-federalistas de hecho argumentan que esta política ayudará a perseguir proyectos más ambiciosos como la armonización fiscal. Francia y Alemania serían el eje sobre el que la UE podría apoyarse. Si por el contrario hay varios estados miembro que no quieren o no se encuentran en condiciones de aceptar la unión en cierta área es posible que se queden al margen sin que esto suponga un obstáculo para que el resto lleve a cabo sus planes

3. Flexibilidad y adaptación 

Las políticas que para unos están bien, para otros pueden no estarlo. Como se vio en 2008, las economías del norte de Europa no tenían nada que ver con las de los países del sur y sin embargo las reglas que seguían las políticas de economía se dictaban desde Berlín. La valoración de las condiciones de un país es necesaria para una mejor adaptación de las políticas que al final afectan a todos.

Pero, ¿cuáles son las consecuencias de la integración variable?

1. Mayor complejidad

Es de conocimiento general que el funcionamiento de la UE no es simple. Es cierto que la rapidez en la toma de decisiones se verá, en gran medida, afectada positivamente, pues a menos países, más acuerdos. Sin embargo, actuar por bloques independientes y no en un bloque común aumenta la confusión, la complejidad de la institución y contribuye al aumento de la burocracia. Será por eso por lo que  la implementación de esos acuerdos tarden más y al final no habrá tanta diferencia entre una velocidad para todos o varias para unos cuantos.

“La rapidez en la toma de decisiones se verá afectada positivamente, pues a menos países, más acuerdos”

2. Completa desintegración

El resultado de Europa a varias velocidades puede ser opuesto al esperado. Si la idea de la UE era reconciliar los intereses y valores de 27 países, la flexibilidad de esta política podría perpetuar las divisiones. Si las diferencias entre unos y otros acaban pesando más que las acuerdos para una unión mayor entonces la UE podría quedar obsoleta.

3. Marginalización y falta de legitimidad

En el peor de los casos restará legitimidad, pues los funcionarios de la UE, procedentes de todos los estados miembros, deberán decidir en áreas que solo afectan a unos cuantos, multiplicando así los procesos burocráticos. Además hasta ahora, los estados más pequeños podían mostrar su disconformidad ante las políticas de la UE que no se adaptaban a sus necesidad incluso llegar a vetar una propuesta y obligar a los países más poderosos a escuchar y a sentarse en la mesa de negociación. Con esta política los países de menor peso podrían quedar marginalizados y la solidaridad de la que hace gala la UE podría acabar olvidada.

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Líderes de los países miembros de la Unión Europea en la cumbre de Roma del sábado 25 de marzo para celebrar el 60º aniversario de la fundación de la UE AFP PHOTO / Andreas SOLARO

La elección de esta nueva política es pues lógica y es también la única que los 27 países de la Unión estarían dispuestos a aceptar. Incluso si las velocidades de la UE perpetúan esas profundas diferencias que se exhibieron durante la crisis de 2008, es una realidad que los estados miembros no pueden seguir un mismo ritmo por cuestiones económicas y sociales. Institucionalizar esas divergencias es un riesgo que la UE está dispuesta a asumir por el simple hecho de que los beneficios pueden llegar a sacar a la UE del agujero negro en el que se encuentra.

La UE debe recordar que el pasado mostró al mundo los beneficios de la unión política, los valores democráticos y la integración social. La UE debe enfrentarse a sus complejos y responder a los populismos con más integración y más sentido común. Debe bajar de su torre de marfil, dejar a un lado los complejos y los discursos grandilocuentes para escuchar y tener en cuenta las necesidades de sus ciudadanos con el fin último de democratizar y mejorar el funcionamiento de la UE.

Treinta mil

Roberto Herrscher

Te queman la casa. Te tiran el auto al mar. Te roban todo lo que tienes. Esconden los documentos. Te niegan la información del catastro, de tu situación laboral y fiscal. Y te hacen responsable de decir exactamente cuánto valía lo que te robaron, lo que te destruyeron, lo que te escondieron. Y si das un número aproximado, te acusan de no decir con exactitud cuánto fue. “Está diciendo más; es que quiere ganar plata con esto. Calcula en su beneficio”.

En el remanido tema de la acusación a las organizaciones de derechos humanos de Argentina (también en otros países de la región, pero sobre todo en Argentina) por “inflar” el número de desaparecidos siento que están haciendo lo mismo. Este 24 de marzo, el 41º. Aniversario del Golpe de Estado del general Videla en Argentina, vuelve a la palestra esta “acusación”: que no fueron 30.000 los desaparecidos, que son muchos menos. Que las organizaciones mienten para avanzar en sus supuestos oscuros intereses.

Los que defendieron a los dictadores, los que miraron para otro lado, los que tuvieron suficiente para lavar su conciencia diciendo entonces que “algo” habrán hecho, ahora acusan a las asociaciones de derechos humanos de no ser precisos, de aumentar en su beneficio el número de desaparecidos. Como si en eso hubiera algún beneficio.

Quiero decir hoy que esta acusación me parece una infamia. El sistema que impuso la dictadura militar tuvo precisamente como uno de sus ejes centrales el horror del no saber. El desaparecido desaparece de las estadísticas. No está, no existe.

Ellos mismos se cuidaron bien de no dejar rastro. Y de quemar después los pocos rastros que sí habían dejado. Y también de infundir miedo, miedo atroz a pedir explicaciones, a preguntar, a presentarse, a poner el nombre en una lista.

¿Realmente se puede acusar a algunos, muchos o pocos, de los familiares por no haber presentado una denuncia formal? ¿Son todos los que fueron en 1979, en plena dictadura a la Comisión de Derechos Humanos de la OEA, a que las turbas arengadas por un locutor deportivo los increpara en plena calle? ¿Realmente en un país donde hubo un golpe de estado tras otro durante medio siglo se puede exigir que a muy poco de acabar una dictadura se presentaran todos a dar testimonio a la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas?

¿No es cierto que en muchas provincias los que acusaron, fomentaron, ayudaron en las desapariciones y el establecimiento de campos de concentración todavía tienen poder y pueden provocar miedo? Fueron ellos los que hicieron todo lo posible para que no se sepa el número. En esa nebulosa aterradora del “nadie sabe qué pasó” está el triunfo del terror.

Hace unos años estaba dando unos talleres para periodistas en Guatemala. Y en el Museo Histórico de la Policía Nacional, donde se guardan los documentos que cuentan muy fragmentaria y tenuemente las matanzas de ese trágico país centroamericano,  me contaron que en los comienzos de las dictaduras dejaban los cuerpos torturados en las cunetas, para que los familiares los encontraran.

Pero que después que vinieron los “asesores militares” argentinos, los represores de Centroamérica aprendieron que era mucho más efectivo como arma de disuasión el horror del no saber. A partir de entonces los cuerpos entonces se enterraron en fosas comunes, se tiraron al mar, desaparecieron.

¿Cuántos? Esa era una de sus armas más efectivas: no se debía saber cuántos. ¿Y ahora acusan a las víctimas de mentir con el número?

Roma: risorgimento de Europa

Gonzalo de Mendoza

Hoy se reúnen en Roma los Jefes de Estados de Gobierno de 27 países de la Unión Europea, junto a los presidentes de las principales instituciones europeas, incluidos el Parlamento, la Comisión y el Consejo. Celebran el aniversario del Tratado de Roma, que es celebrar el inicio de una revolución. La revolución social, económica y política más importante que haya visto nunca nuestro continente. Una revolución en forma de declaración de interdependencia entre las naciones de Europa. Con Roma, por primera vez en nuestra historia, los europeos decidimos (lo hacemos ya cada día) que nuestras relaciones no se basarán en las reglas de la dominación, la asimilación y el conflicto; sino que lo harán sobre la base de la cooperación y la solidaridad. Así, durante los últimos sesenta años, los europeos nos hemos acercado los unos a los otros, y hemos hecho realidad un sueño de libertad. Y así, estos sesenta años han sido los años de mayor progreso y estabilidad en toda nuestra historia. Y así, nos hemos convertido en la región más prospera del mundo.

Pero hoy, la Unión Europea esta una encrucijada. En una crisis existencial provocada por otras tantas crisis: la económica, la migratoria, la institucional, la de seguridad, la global. Pero sobre todas estas crisis, quizás las más peligrosa sea la crisis de confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas y en sus representantes. Nos enfrentamos a un desafío mayúsculo, relanzar el proyecto europeo como receta para la supervivencia de nuestra cultura, nuestro estilo de vida y nuestro sistema de valores. Y para que esta labor concluya con éxito, es necesario empezar ya, siendo conscientes de al menos tres realidades. La primera es que la Europa de los Primeros Ministros ha tocado techo. Lo hemos visto durante la crisis económica. Esa Europa arrastra los pies y los retos del siglo XXI requiere agilidad en la toma de decisiones. La segunda es que en la Europa de las instituciones hace falta más política. De esta crisis no saldremos con una enésima reforma de los tratados. Europa tiene que reformase, pero a través de decisiones políticas que centren su acción en áreas concretas donde de verdad aporte valor añadido. A la Europa de hoy no le hacen falta más competencias, le hace falta más determinación. Más claridad de ideas. Más acción concreta en crecimiento económico y en creación de empleo, en seguridad, en defensa, en política migratoria, en liderazgo global. Le sobra retórica profesional, procedimientos y carteras ministeriales. La tercera es que es el turno de la Europa de los ciudadanos. La Unión se tiene que reencontrar con los europeos. Ser más social. Esto significa que es hora de profundizar en la Europa de la libertad, de la prosperidad y de la seguridad. Y en esta tarea tenemos además una responsabilidad global. Ante la vuelta del aislacionismo, el significado del proyecto europeo adquiere una importancia todavía mayor. No es hora de retraernos, sino de exportar nuestros valores, nuestro modelo de integración y de bienestar.

Una Europa lenta, tecnocrática y que no defiende sus valores es una Europa para perder. Un proyecto desconectado de los ciudadanos. Una presa fácil para el populismo y el nacionalismo. La cumbre de Roma nos abre una ventana de oportunidad para volver a confiar en el proyecto europeo para los próximos 50 años. Un risorgimento para Europa. La Unión Europea ha sido nuestro “sueño americano”. España es un gran ejemplo de ello. Se calcula que la solidaridad europea en nuestro país ha representado en términos económicos tres veces más de lo representó el Plan Marshall para la Europea de la post-guerra. No hay un solo rincón del país en el que no haya huella del apoyo europeo: el AVE Barcelona-Madrid, la restauración del Monasterio de Guadalupe, el saneamiento de la bahía de Santander o la depuradora del Nervión son solo algunos ejemplos. Como estos, hay centenares de miles por todos los países de la Unión. Pero no solo se trata de ejemplos remotos, sino que los hay muy actuales. Hoy miles de pymes europeas reciben créditos gracias, por ejemplo, al fondo de inversiones estratégicas, y la mayoría de ellas ni siquiera saben que es gracias a Europa. Se estima que las operaciones acordadas en los dos últimos años por este nuevo fondo alcanzarán los cerca de 6.000 millones de euros en inversiones, solo en España. Lo ejemplos son tantos y tan cuantiosos por toda Europa que incluso es difícil hacer un listado de todas las acciones europeas de los últimas tres décadas. Y eso solo en lo económico. Deberíamos hacer un esfuerzo memorístico y recopilar esa información. Seguro que en las elecciones europeas de 2019, y con la memoria llena solo de esto ejemplos cotidianos, daríamos el sí más grande a Europa que ha recibido jamás. Y eso, sería un delicioso risorgimento.

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