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Odiosamente español

Jordi Bernal

Foto: Manu Fernandez
AP Foto

La instrumentalización partidista de los medios de comunicación públicos no es una anomalía catalana. Todas las televisiones y radios municipales, autonómicas y estatales conservan su punto paniaguado y su servicio tiene menos el propósito de servicio social que de altavoz áulico de los logros gubernamentales. Sin embargo, TV3 y Catalunya Ràdio detentan además la condición singular de millonaria estructura de estado. Desde su nacimiento se concibieron como armas ideológicas, lingüísticas y culturales al servicio de una causa.

En los últimos tiempos, los medios públicos catalanes han redoblado su misión propagandística provocando, por ejemplo, la deserción de sus programas –ya de por sí carentes del más elemental pluralismo- de aquellos tertulianos no alineados con el pensamiento dominante: o sea aquellos catalanes que no comulgan con el minoritario y lastimero independentismo.

Entretanto, hemos asistido a la quema de constituciones en directo, entrevistas a terroristas presentados como salvapatrias, a la suspensión de programas humorísticos por el mal humor de sus responsables, llamadas al chivatazo de las posiciones de la guardia civil en carretera, insultos de sus colaboradores a representantes de la oposición en las redes, insultos al padre de la líder de la oposición en la misma cara de esta y un largo y cansino etcétera que desmonta la leyenda según la cual los bárbaros son los mesetarios y TV3 el paradigma de una asepsia y rigor informativos dignos de la mitológica BBC.

La última muestra de desfachatez se produjo en un programa que junta la flor y nata de los retoños mediáticos de la convergencia más desinhibida. Uno de sus colaboradores apareció con una pleonástica nariz de payaso para informar a los tele(in)videntes de que esa noche se sentía “odiosamente español”. Luego se ofenden si se urge a la desinfección del chiringuito.

Y a todo esto el simpático Enric Millo afirma que están deseando poner punto final al 155 y retornar a la normalidad. ¿155? Ya nos contarán algún día cómo y cuándo lo aplicaron.

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Aguantocracia

Guillermo Garabito

Foto: Manu Fernandez
AP

Los enemigos de Mariano Rajoy, que no han sido siempre los de España, terminan cayendo uno tras de otro como los frailecillos de los documentales de La 2. Los enemigos de Rajoy fueron amigos en el PP antes de que el presidente se revelara inmortal. Todos caen menos Mariano. El marianismo equivale a una doctrina, una escuela de fijeza. La escuela de Moncloa marca una era y Arriola quedará retratado como alguno de los personajes secundarios del cuadro entre picassiano y olvidado. El marianismo es una forma de ser español, como el ‘cojonudismo’ intuido por Unamuno o el ‘cipotudismo’ que recopila Jorge Bustos ahora.

Mariano Rajoy, como el español a lo largo de la historia, sólo sabe resistir ante la adversidad. Únicamente sabe estar contra viento y marea en los momentos álgidos y ha condensado y refinado esa cualidad inherente del españolito histórico. Porque lo de este país casi siempre han sido victorias por desgaste, largas y al final: como en el Mundial de Sudáfrica.

Aguantar es español, pero el ‘marianismo’ bebe de muchas otras culturas y tradiciones. De la árabe y la paciencia de sentarse a esperar a ver pasar el cadáver del enemigo. Aunque es probablemente que indagando descubrieran que los árabes copiaron el proverbio a un señor de Pontevedra. El ‘marianismo’ es la resistencia pasiva de Gandhi pero a la española y sin huelgas de hambre.

Más ahora, que entre los independentistas hay discordia Y los independentistas huyen o mienten o reniegan. “Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo…” La huida nada menos que a Suiza de Anna Gabriel es cuanto menos irónica. A base de aguantar, Mariano Rajoy ha conseguido que Anna Gabriel se peine. Sólo ha tenido que perseguirla la justicia para cambiar el ‘look’.

“La mejor victoria es vencer sin combatir.” Para algo se inventó la democracia. Y el 155. Puigdemont sigue en Bruselas, Junqueras y compaña en Estremera y poco a poco van desertando de obra y cuerpo presente los llamados por la justicia. Aunque Rajoy probablemente no haya leído ‘El arte de la guerra’. Mariano Rajoy es el último de Filipinas, un soldado de los Tercios españoles. O quizá únicamente sea un señor de Galicia con paciencia y mucho tiempo que perder.

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La donación de órganos y la inmersión lingüística

Laura Fàbregas

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Una de las falacias que utiliza el nacionalismo catalán para defender el modelo de inmersión lingüística en las escuelas es que son solo “cuatro familias” las que están en contra. Que goza de un consenso muy mayoritario en la sociedad catalana, ¡como el derecho a decidir!

Todos los nacionalismos se basan en grandes mentiras, y el de las élites catalanas todavía más. Tener un enemigo externo –España- es mano de santo para no cuestionar los relatos de la propia tribu. El sistema clientelar montado por la Generalitat también contribuye a que escaseen los periodistas libres que traten de descubrir la verdad. Pero más que el sistema es la autocensura la que propicia que prosperen las mentiras. El convencimiento de que los buenos son siempre los tuyos. También el relativismo que impera en el periodismo, que predica que todo es cuestión de perspectivas. Este relativismo es el que hace que ahora asistamos consternados a que el máximo exponente de esta bandera sea Donald Trump. Sus “hechos alternativos” frente a los“hechos” le sirve para esquivar la rendición de cuentas ante la prensa. Y, encima, reírse de ellos.

Esta comunión de poder y prensa en Cataluña se vio desde los tiempos de Banca Catalana, con la reforma de un Estatut que no interesaba a nadie hasta el bombardeo mediático contra su sentencia, o con la supuesta guerra entre catalanes y españoles que homenajeaba el Tricentenario. También con las audiencias de TV3.

La inmersión es parte de lo mismo. Pero además se basa en ese mecanismo que ejercen los gobiernos de la voluntad presunta. O lo que es lo mismo, obligar a los ciudadanos a oponerse públicamente. A ser héroes en democracia al no tener unas instituciones que protejan sus derechos.

Esto no es nuevo. Lo saben todos los países que quieren que una iniciativa tenga adeptos. Pero hay fines más nobles que otros: En Holanda han aprobado una ley que convierte sistemáticamente en donante a todos los mayores de 18 años que fallezcan. Salvo oposición expresa. En otros países hay la libertad de elegir o existen unos trámites para ser donante, lo que ahuyenta a muchos potenciales interesados.

Lo que fija la ley es lo que se convierte en norma. En Cataluña no permitieron que el bilingüismo natural de la calle se reprodujera en las aulas. Establecieron por ley un idioma vehicular. Y un sistema de inmersión hacia una sola dirección. Han preferido obligar al disidente a significarse.

A ver quién es el valiente ahora que va a la contra.

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Cosas que he aprendido del "procés"

Gregorio Luri

Foto: EMILIO MORENATTI
AP Foto

He ido tomando notas de las cosas que iba aprendiendo con este laberíntico proceso del “procés” (que tendrá la virtud, sin duda, de dar de comer a hermeneutas políticos durante décadas). Os las cuento:

El político que habla sólo con la razón, apenas alza la voz. Es como si fuera mudo.

La historia la escriben los empeñados en someter el azar a la coherencia del relato.

No se puede llevar el estandarte del Señor sin arrogancia.

En política la correlación de fuerzas importa mucho más que la correlación de ideas o de buenas intenciones.

Sea el que sea el peso de los argumentos, lo que realmente decide el fiel de la balanza es quiénes son los nuestros.

La convicción secreta del demócrata: “Quien no vota como yo, no es tan demócrata como cree”.

Llamamos inteligencia política al azar que ha tenido consecuencias positivas; al que ha tenido consecuencias negativas, preferimos llamarlo coerción.

El moderado tiene pocos admiradores entusiastas.

La historia siempre improvisa.

Cualquiera que siga una hoja de ruta corre el riesgo de acabar donde no quiere ir.

En política el bufón tiene más crédito social que el sabio.

Se puede respetar al que temes o al que amas, no al que te burlas.

Cuando crees que no sucede nada es que se están incubando las sorpresas.

Todo héroe es un audaz afortunado.

Cuando afirmas que “el pueblo quiere…”, te refieres a ti mismo ¿y a quién más?”

El consuelo del terco: si los giros de la historia son imprevisibles, ¿por qué no le han de llegar vientos portantes más tarde o más temprano?

Es soberano el que puede hacerse esperar.

Se puede iniciar un conflicto cuando apetezca. Pero no se puede acabar cuando apetece.

Si nos creemos con derecho a romper la legalidad que no nos gusta, a nadie le podremos criticar por no respetar la ilegalidad que nos gusta.

Las minorías no pintan nada cuando las mayorías no las necesitan.

Si has de ofender (léase “vencer”), no lo hagas a medias.

Equidistante es quien no cree que haya que odiar al contrario para vencerlo.

A los principios no les gusta el tiempo. Si les gustase, serían principios políticos.

No importa que te acusen los medios si te excusan los resultados.

No hay pueblo más derrotado que el que no entiende las razones de su derrota.

El político sensato elige ayudantes de cámara sordomudos.

No hay deshonestidad donde hay convicciones. Y este es el mayor peligro de la política.

No quiero llegar a Granada como extranjero.

Finalmente algo que he recordado frecuentemente de Maquiavelo, quien, a su vez, recordaba de Fernando el Católico: Los hombres a menudo se comportan como las pequeñas rapaces, que están tan ansiosas de conseguir su presa, incitadas por su naturaleza, que no se dan cuenta que un pájaro grande se ha colocado encima de ellas.

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Teólogos en el infierno

Jorge San Miguel

Foto: Geert Vanden Wijngaert
AP Foto

Cuando el teólogo Melanchton murió, nos cuenta Emmanuel Swedenborg por boca de Borges, se recreó su casa en el infierno, y los ángeles lo visitaban mientras él creía seguir su vida corriente. Así se hacía con todos los difuntos. Al cabo de un tiempo, como Melanchton persistía en sus errores, la casa se redujo a unas pobres paredes encaladas, los muebles se evaporaron -sólo quedaron los de la habitación donde el teólogo escribía-, y los papeles que llenaba con débiles justificaciones aparecían blancos al día siguiente.

De manera similar, hay en España quien ha entrado en el nuevo año creyendo que está aún en su casa, cuando es posible que solo habite un mundo de sombras. En Cataluña, las elecciones de diciembre no modificaron la aritmética fundamental del Procés, que tiene un sólido origen social y es la misma desde hace muchos años; pero sí trajeron, tras las manifestaciones de octubre, el fenómeno de una contestación al proyecto nacionalista que es por primera vez masiva, desacomplejada y exitosa en las urnas, y que está empezando a arañar supuestos consensos aceptados como dogma durante años.

Basta ver los escozores que provoca por doquier el nombre de Tabarnia para entender que quienes se beneficiaron desde 2012 de marcos conceptuales y comunicativos favorables -y muy hábilmente construidos- están empezando a chapotear en aguas más turbias. Es fácil imaginarse al expresident fugado como al Melanchton difunto: escribiendo en su escritorio de Waterloo, como si aún estuviese en la plaza de Sant Jaume, proclamas que mañana amanecerán en blanco. (Aunque no es menos cierto, y lo digo como antiguo habitante de Bruselas, que seguramente es más fácil creerse en casa de uno en el infierno que en Bélgica).

Pero no sólo se está difuminando el mobiliario del independentismo. Está quedando malparada también la tradicional condescendencia, cuando no abierto desprecio, de parte de las élites españolas -las progresistas, soi-disant- por las preferencias de esa significativa parte de la población que, a derecha e izquierda y en todos los territorios, no quiere más descentralización ni más desigualdad de trato. Y, sobre todo, se está congelando la sonrisa de suficiencia de quienes durante años han bendecido desde ese progresismo los proyectos de una u otra oligarquía por complejos históricos, cálculo electoral o apuesta a la quiebra del régimen. La ruptura generacional del 78 que se empezó a avizorar hace siete años puede derivar también en agrietamiento de algunos consensos que las izquierdas políticas y académicas del país no se esperaban.

Finalmente, en la habitación del teólogo pueden quedar también los discursos de ruptura y el partido que los encarnó. Llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada, decía Serrat, y siempre estamos preparados para la última guerra, pero no para la próxima. Los marcos y los tonos que tan bien se ajustaban a la España de principios de la década han envejecido en poco tiempo. Pasados los momentos más duros de la crisis, es necesario plantearse qué se le ofrece a esa amplia parte de la sociedad que, herederos del crecimiento de la segunda mitad del S. XX, se han desclasado durante la crisis o están en riesgo permanente de hacerlo.

Una legión que incluye trabajadores, nuevas clases medias y jóvenes hijos de la prosperidad castigados por el mercado laboral. La política de la pura “representación descriptiva”, por usar los términos de Pitkin, está dejando al descubierto sus carencias, y agotándose en la búsqueda de golpes de efecto, y en algún momento deberá dar paso a arreglos viables que traduzcan los nuevos equilibrios políticos en acuerdos redistributivos entre clases y generaciones.

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