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Nuestro MacGuffin

Jorge San Miguel

Foto: Chema Moya
EFE

Hace seis años comenzó en España lo que se ha denominado un ciclo de politización. La secuencia es conocida. Las movilizaciones del 15M, más transversales e indefinidas, fueron dando paso a movimientos sectoriales en protesta por los recortes. Los colectivos y redes con más capital organizativo previo, generalmente de izquierdas, fueron capitalizando el descontento, aún de forma inarticulada políticamente. Partidos ya existentes como IU o UPyD crecían en las encuestas, pero no parecían en disposición de alterar radicalmente la cartelización política que convertía a España de facto en un bipartidismo.

Entonces llegaron las elecciones europeas de 2014. Podemos coordinó un voto de protesta escorado -entonces no sabíamos hasta qué punto lo acabaría siendo- a la izquierda por el que competían experimentos hoy casi olvidados como el Partido X o el movimiento de Elpidio Silva. Por el lado de la regeneración, UPyD creció, pero la amenaza de un Ciudadanos implantado nacionalmente se hizo real. Al año siguiente, las autonómicas y locales certificaron la pujanza del espacio político encauzado por Podemos y sus confluencias y franquicias locales, y la consolidación de Ciudadanos como fuerza de referencia en el centro, en detrimento de UPyD. Las elecciones generales de diciembre alumbraron el sistema de partidos nacional a cuatro que, con matices e investiduras cruzadas, se mantiene hoy.

Paralelamente a esta materialización política, que ha acabado alterando un sistema de partidos que hace no tanto parecía inamovible en torno a los dos polos, socialista y conservador, en estos años varias generaciones han redescubierto la política -y no me refiero solo a los jóvenes. Tanto gente socializada en los últimos años del aznarismo (“No a la Guerra”, “Nunca mais”) y en el zapaterismo y su nuevo espacio mediático, como no pocos miembros de generaciones anteriores, adormecidos por así decirlo en décadas previas por el turnismo del 78 y el aparente buen funcionamiento del sistema. Este redescubrimiento de, por decirlo con Strauss, “la naturaleza de las cosas políticas”, ha tenido momentos entrañables, como la invención de la policía en las acampadas del 15M ante la necesidad de evitar robos en las tiendas de campaña.

El proceso se aceleró desde la llegada de Podemos. Aprendimos todos por qué el mandato imperativo no es buena idea, por qué los diputados deben percibir salarios por su trabajo y por qué la transparencia es deseable pero retransmitir negociaciones por streaming acaba con la posibilidad de acordar nada. Reinventamos el centralismo democrático que ya conocían los partidos comunistas del remoto S. XX, conocimos los límites a la ejemplaridad exigible a los representantes y redefinimos las competencias de los distintos niveles de gobierno, dejándolas exactamente donde estaban.

Después de este notable proceso de construcción, queda, por supuesto, dotarse de una norma suprema. Y en ello estamos. Perdonen el tono irónico. Es evidente que a la Constitución del 78 no le vendrían mal unas cuantas reformas, que reflejen el paso de estos cuarenta años sin echar en saco roto lo conseguido. La crisis catalana, sin ser la única razón para el retoque, lo pone también de manifiesto. Es asimismo evidente, creo, que todo el proceso tiene un aire de empresa colectiva, generacional, casi más importante que el resultado, y bien está. Algunos nos hemos referido al Procés catalán como un macguffin: ese artefacto narrativo sin importancia real pero que hace avanzar la trama y mueve a los personajes. Quizás en España necesitemos también un macguffin, constitucional en este caso, para completar la socialización política iniciada hace seis años, reenganchar a los indiferentes y renovar la copertenencia. El reto hoy por hoy es que el proceso y el resultado sean al menos tan inclusivos como los del tan denostado en ocasiones 78. Y no va a ser fácil.

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Conoce el listado completo de los nominados a los Goya 2018

Redacción TO

Foto: Luca Piergiovanni
EFE

La Academia de Cine ha dado a conocer hoy la lista de nominados a la 32 edición de los Premios Goya, a los que se han presentado un total de 130 películas.  Un año más, la Academia ya está preparando los cabezones que serán entregados el próximo 3 de febrero en el Hotel Marriott Auditorium de Madrid en una gala presentada por los humoristas Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes.

En un año en el que el cine español lleva acumulados —de momento— más de 87 millones de euros en la taquilla nacional y casi 15 millones de espectadores, los actores Bárbara Lennie y David Verdaguer han sido los encargados de leer la lista de los nombres que competirán en las 28 categorías.

El único que ya tiene dueño es el Goya de Honor,  que este año reconocerá la trayectoria de Marisa Paredes.

Pero, ¿cuál es la lista completa de los nominados? Es hora de descubrirla.  Con todos vosotros, los protagonistas de los Goya 2018:

  • Mejor Cortometraje de Animación

-Colores

-El ermitaño

-Un día en el parque

-Woody and Woody

  • Mejor Cortometraje Documental

Los desheredados

-Primavera rosa en México

-The Fourth Kingdom

-Tribus de la inquisición

  • Mejor Cortometraje de Ficción

-Australia

-Baraka

-Como yo te amo

-Extraños en la carretera

-Madre

  • Mejor Maquillaje y Peluquería

-Abracadabra

-Handia

-Oro

-Pieles

  • Mejor Diseño de Vestuario

-Abracadabra

-Handia

-La librería

-Oro

  • Mejor Sonido

-El autor

-El bar

-Handia

-Verónica

  • Mejor Montaje

Abracadabra

-Verano 1993

-Handia

-La librería

  • Mejor Canción Original

El autor

-La librería

-La llamada

-Zona hostil

  • Mejor Música Original

-Handia

-La cordillera

-La librería

-Verónica

  • Mejor Dirección de Producción

-Verano 1993

-Handia

-La librería

Oro

  • Mejor Dirección de Fotografía

-Verano 1993

-Handia

-La librería

-Oro

  • Mejor Película Iberoamericana

-Amazona

-Tempestad

-Una mujer fantástica

-Zama

  • Mejor Película Europea

-C´est la vie

-Lady Macbeth

-The square

-Toni Erdmann

  • Mejor Documental

Cantábrico

-Dancing Beethoven

-Muchos hijos…

-Saura(s)

  • Mejor Película de Animación

-Deep

-Nur eta Herensugearen tenplua

-Tadeo Jones 2

  • Mejor Guión Adaptado

-El autor

-Incierta gloria

-La librería

-La llamada

  • Mejor Guión Original

-Abracadabra

-Verano 1993

-Handia

-Verónica

  • Mejor Actor Revelación

-Pol Monen, por Amar

-Eneko Sagardoy, por Handia

-Eloi Costa, por Pieles

Santiago Alverú, por Selfie

  • Mejor Actriz Revelación

Ariana Paz, por El autor

Bruna Cusi, por Verano 1993

Itziar Castro, por Pieles

Sandra Escacena, por Verónica

  • Mejor Actriz de Reparto

-Adelfa Calvo, por El autor

-Anna Castillo, La Llamada

-Belén Cuesta, La llamada

-Lola Dueñas, No sé decir adiós

  • Mejor Actor Protagonista

-Antonio De la Torre, por Abracadabra

-Javier Gutiérrez, por El Autor

-Javier Bardem, por Loving Pablo

-Andrés Gertrúdix, por Oro

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  • Mejor Actriz Protagonista

-Maribel Verdú, por Abracadabra

-Emily Mortimer, por La librería

-Penélope Cruz, por Loving Pablo

-Nathalie Poza, por No sé decir adiós

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  • Mejor Dirección

-Manuel Martín Cuenca, por El autor

Aitor Arregi y Jon Garaño, por Handia

Paco Plaza, por Verónica

-Isabel Coixet, por La librería

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  • Mejor Película

-El autor

-Verano 1993

-Handia

-La librería

-Verónica

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  • Mejor Actor de Reparto

-José Mota, por Abracadabra

-Antonio de la Torre, por El autor

-David Verdaguer, por Verano 1993

-Bill Nighy, por La librería

  • Mejor Dirección Novel

-Sergio G. Sánchez, por El secreto de Marrowbone

Carla Simón, por Verano 1993

-Javier Calvo y Javier Ambrossi, por La Llamada

-Lino Escalera, por No sé decir adiós

  • Mejor Efectos Especiales

-Handia

-Oro

-Verónica

-Zona hostil

  • Mejor Dirección Artística

-Abracadabra

-Handia

-La librería

-Oro

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Carles Puigdemont: candidato a la fuga

Redacción TO

Foto: YVES HERMAN
Reuters

El 9 de enero de 2016 todas las miradas se centraron en el todavía alcalde de Girona, Carles Puigdemont, cargo que ocupaba desde 2011. Era entonces un desconocido para el gran público. Llamó la atención su particular corte de pelo y su aspecto aniñado, estilo Harry Potter, a lo que se sumaron las dificultades que para algunos castellanohablantes presentaba pronunciar correctamente su apellido (Puchemon, Pujdemont…).

Considerado por algunos como un ‘hombre de paja’ de Artur Mas, nadie imaginaba lo lejos que llegaría, nadie pensó entonces que el alcalde nacido en 1962 en la localidad gerundense de Amer, acabaría volando por su cuenta – en sentido figurado pero, sobre todo, en stricto sensu – cuando un año y 10 meses después de ser elegido por Mas para sustituirlo como presidente de la Generalitat, salió de España a finales de octubre de 2017 vía Córcega, escondido en un coche, para acabar cogiendo un avión con destino a Bruselas. Una rocambolesca huida más propia de una película de aventuras de serie B que de un político del siglo XXI que, en vez de acudir a declarar ante la Audiencia Nacional por los presuntos delitos de rebelión, sedición y malversación, tiró por la calle de en medio junto a otros cuatro consellers cesados.

Casado y con dos hijas, antes de aterrizar en política, Carles Puigdemont ejerció como periodista. De ahí, sin duda, sus golpes de efecto a los que nos tiene acostumbrados y su control mediático que incluyen vetos a los medios españoles no afines al soberanismo y constantes apariciones en medios extranjeros. Licenciado en Filología, fue el primer director de la Agencia Catalana de Noticias, dependiente de la Generalitat – algo así como la agencia Efe catalana -, y dirigió el periódico Catalonya Today, medio de comunicación en inglés. Su primer trabajo como periodista, sin embargo, fue en diario catalán El Punt.

Antes de convertirse en presidente de Cataluña, antes de autoproclamarse “president en el exilio” tras ser cesado junto al resto del ejecutivo por el Gobierno de Mariano Rajoy al amparo del artículo 155, Carles Puigdemont era uno de los políticos más activos en Twitter. Desde que está en Bruselas deshojando la margarita para decidir si vuelve o no a España, es el político español con más seguidores en dicha red social con más de 611.000 seguidores.

A través de su perfil en Twitter sabemos de sus andanzas, de lo que opina sobre el procés, sobre el “tripartito furioso del 155” como llama a PP, PSOE y Cs, sobre la Unión Europea y la falta de comprensión que ha tenido en los países del bloque el  independentismo catalán, la justicia española, los consellers encarcelados, y muchos otros temas de actualidad; pero seguimos sin saber qué hará el 21 de diciembre, si viajará a Cataluña para votar o lo hará por correo y si acudirá después de las elecciones a recoger su acta de diputado cuando se constituya el nuevo Parlament. Sólo ha sugerido que si es “elegido presidente de la Generalitat” correrá el riesgo de volver a pisar suelo español para asumir el cargo y ejercer el mandato de los ciudadanos. El riesgo al que se refiere es la detención que pesa sobre él en cuanto entre España, según él, por sus ideas; según la Fiscalía, por “violar” la Constitución.

Convertido en símbolo de la lucha por la independencia para muchos, lo cierto es que el cabeza de lista de Junts per Catalunya (JxCAT) – nueva modalidad de Junts pel Sí de los comicios del 2015 pero sin ERC – para las elecciones del 21 de diciembre, formaba parte del ala más independentista de la ya desaparecida Convergencia Democrática de Cataluña (CDC). Partido éste que junto a Unió Demócratica de Cataluña (UDC) gobernó durante más de 20 años – de 1980 a 2003 – la comunidad catalana bajo la fórmula de CiU; el mismo partido que dirigió Jordi Pujol, el mismo partido que pasó a manos de Artur Mas y que los casos de corrupción llevaron a sus dirigentes a disolver en 2016 para evitar ser embargados por la justicia, pasando a denominarse Partido Europeo Demócrata Catalán (PEdCAT).

No deben extrañar, por tanto, las encendidas declaraciones de Puigdemont una vez encumbrado en la presidencia del gobierno catalán y que se han sucedido bajo el manto del ‘procés’ durante este año 2017. Declaraciones que han ido subiendo de tono una vez declarada la independencia de Cataluña y, sobre todo, tras su fuga a finales de octubre.

Campaña a través del plasma

En una de las elecciones más trascendentales para el futuro de Cataluña, los ciudadanos asisten también a una campaña sin precedentes, con todo un expresidente y candidato a la Generalitat perseguido por la justicia que participa en los mítines a través de videoconferencia a cientos de kilómetros de Cataluña, y con otro cabeza de lista en prisión, como es el caso del líder de ERC, Oriol Junqueras.

Puigdemont, a través del plasma y, por supuesto desde su cuenta oficial de Twitter, habla de “violencia” del Estado “represor” cuando se dirige al Gobierno de Mariano Rajoy; anima a quienes están en la cárcel – el exvicepresidente Oriol Junqueras, el exconseller de Interior, Joaquim Forn, y los ‘Jordis’ – a aguantar mientras él interviene por videoconferencia en los actos de campaña de JxCAT, mientras hace turismo – se le ha fotografiado paseando por Bruselas, visitando Brujas… – y victimiza su situación de “exiliado”.

Siendo alcalde, Puigdemont presidió la Asociación de Municipios por la Independencia (AMI), la misma organización que apoyó la celebración del referéndum del 1 de octubre convocado por él ya como president de la Generalitat, así como las movilizaciones a favor de la autodeterminación o el viaje de más de 200 alcaldes soberanistas a Bruselas como muestra de apoyo al que consideran adalid del independentismo, instalado en Bruselas desde finales de octubre junto a otros cuatro exconsellers.

Carles Puigdemont: candidato a la fuga 1
En torno a 200 alcaldes independentistas viajaron a Bruselas para apoyar a Puigdemont y los cuatros exconsellers el 7 de noviembre. | Foto: Pascal Rossignol / Reuters

Puigdemont, que ha sido diputado del Parlament desde 2006, fue también director de la Casa de Cultura de Girona entre 2002 y 2004 y ha hecho sus pinitos como escritor con la publicación en 1994 del libro en catalán ‘Cata…què? Catalunya vista per la premsa internacional’, además de ser colaborador habitual de medios catalanes.

Su defensa de la lengua catalana viene de lejos, hasta el punto de que fue miembro de la Joventut Nacionalista de Catalunya, de la Crida a la Solidaritat en Defensa de la Llengua, la Cultura i la Nació Catalanes. Su defensa de una república catalana no es tampoco algo nuevo y quizá por eso Artur Mas pensó en él cuando buscó un sustituto que siguiera sus pasos hacia la independencia en el marco de lo que muchos ya califican como el gran delirio de los soberanistas catalanes.

Delirio o no, Puigdemont y los suyos sí han conseguido varias cosas: movilizar a los que, como ellos, están convencidos de que una República de Cataluña independiente es posible; pero también han sacado a la calle a esa otra parte de la población hasta hace poco silenciosa que quiere que Cataluña siga siendo una Comunidad Autónoma de España y que ha logrado casi un milagro al unir a PP, PSOE y Ciudadanos en torno a una misma causa, la defensa de la Constitución. Puigdemont y los suyos han dividido a la sociedad catalana, una fractura originada por la crisis institucional y política más grave de España desde que se restableció la democracia tras la muerte de Franco en 1975.

Un hito, sin duda, para quien se ha autoproclamado “president en el exilio” aunque para muchos sólo sea un candidato a la fuga.

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Mi primera franquicia

José Antonio Montano

Foto: VIPS
RRSS

Cuando vivía en Madrid y comía fuera todos los días, un amigo me preguntaba: “¿En qué franquicia comes hoy?”. He sido un enamorado de las franquicias, esa zona de confort de la gastronomía en que todo es gratamente previsible: vas a lo que vas, sin lírica ni épica. Y sin cocineros dándote la tabarra con su recitado, moscones en sus propias sopas. He pasado muchas horas en las franquicias y he sido dichoso.

La primera de todas fue el Vips, que de algún modo ha contagiado en mis afectos –positivamente– a las demás. El Vips ha sido mi primer amor franquiciado, esa novia primera que será, como cantaba Brassens, la última que olvidemos… Pero ahora van a quitar sus tiendas, complemento indispensable: el Vips era el restaurante más la tienda; sin esta será otra cosa. Desaparecerán en 2018 y de ese año que aún no ha empezado ya tenemos la primera baja.

Jorge San Miguel ha contado su crónica sentimental del Vips y he pensado en la mía. Cuando no he vivido en Madrid, el Vips era Madrid. Ir al Vips era sentirse en Madrid. En realidad, el minipack que me montaba: el cine Alphaville y el Vips (el de la plaza de los Cubos, naturalmente). Y si la película era de Rohmer, mejor que mejor. Luego viví años al lado del Vips de Alberto Aguilera y era mi segunda casa. Era la franquicia en la que comía más veces. Yo solo, con alguna amiga o con los amigos que, recién llegados, querían sentirse en Madrid.

En los Vips se quedaba porque el que llegaba antes podía entretenerse hojeando los periódicos o los libros. Mi amigo Losada, artista, era un devoto de sus libros de arte. Y estaba el lujo, hoy con internet incomprensible, de poder leer a medianoche el periódico del día siguiente: era nítida la impresión de que uno se estaba adelantando un día. (Aunque el reverso era un cierto desvalimiento, un vacío, de la mañana posterior).

Viví también algunos meses junto al Vips de Velázquez (que los madrileños llaman de Ortega y Gasset, o Lista). Allí coincidía a veces (2007) con la ministra Salgado, comiendo sus hojitas. Un domingo un señor llevaba un montón de periódicos con sus suplementos y los soltó en el mostrador. El cajero le preguntó abrumado: “¿Cuáles son?”. “¡Todos menos El País!”. Pero El País era el que yo llevaba, así que le neutralicé la estadística.

Recuerdo largas sobremesas en el Vips, y algunas madrugadas. Lectura (escritura incluso), charla, contemplación indolente; tenía una calidez como desangelada en la que me sentía a gusto… Aunque es cierto que últimamente entraba poco. Solo, de tarde en tarde, para recobrar las viejas sensaciones, coger algún periódico (sin mirarlo mucho) y tomarme un salteado de pollo oriental.

Curiosamente, le debo al Vips llevar casi veinte años desayunando pan con aceite. Yo, que soy un descastado, lo despreciaba. Pero un día en que estaba de visita mi amigo Weil me dijo: “¿No somos andaluces? Pues pidamos el desayuno andaluz”. Así, como ‘desayuno andaluz’ venía consignado en la carta. Lo pedimos por broma, por acoplarnos a una retórica, y me encantó. Desde entonces es lo que desayuno en todas partes: no por Andalucía, sino por el Vips.

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El país más tonto del mundo

Ignacio Vidal-Folch

Foto: Gonzalo Fuentes
Reuters

A falta de instrumentos de análisis muy pero que muy precisos, a falta de datos fiables de la máxima fiabilidad, no podemos estar seguros a ciencia cierta de cuál es el país más tonto del mundo, y de hecho hay una fuerte competencia entre varios para alzarse con ese discutible blasón. ¿Venezuela, que era un país de inmensa riqueza, pero votó como presidente a un militar golpista que lo ha llevado por el camino de perdición? ¿Eslovenia, o Croacia, que formando parte de un gran país en el sur europeo prefirieron librar unas cuantas guerras para convertirse en menudencias en el mapa? ¿O… España?

A quienes sostienen que el país más tonto es España, las noticias de ayer les brindaron un nuevo argumento: trascendió que un cuerpo de seguridad del Estado -los Mossos d’Esquadra- ha estado trabajando con diligencia en sabotear los intentos de espionaje de otro cuerpo de Seguridad del Estado -la Guardia Civil- a unos presuntos delincuentes de cuello blanco. Es decir, que unos funcionarios se han dedicado a combatir las iniciativas de otros funcionarios, a desactivarlas, a hacer estéril su trabajo. Hombre, esto es muy tonto, porque al final el que paga a mossos y guardias es el mismo: el contribuyente.

Nos encontramos aquí con la actualización, en clave de vodevil, del personaje de Penélope: la esposa de Ulises que destejía durante la noche lo que había estado tejiendo durante el día, y esto durante veinte años, hasta que por fin volvió el marido de la guerra de Troya poniendo fin a tan absurda y nula actividad que sólo perseguía un objetivo: que fuese pasando el tiempo.

Pero también nos recuerda a la figura del demente que anda por la calle dándose bofetadas en su propia mejilla.

El despilfarro increíble de un Estado que financia, en primer lugar, a unos organismos e instituciones -la Generalitat- que no invierten todo su tiempo y parte de su presupuesto en mejorar la vida de los ciudadanos de ese Estado sino en destruirlo; y luego poner a la Guardia Civil a vigilar esas instituciones; y luego encima financia a los mossos para que hagan inútil esa vigilancia ¿no es pagar tres veces por la misma tontería, con resultado cero?

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