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Rompiendo amarras

José Andrés Rojo

Hay un libro de fotografías de André Kertész que se titula ‘Leer’, publicado hace poco en España por Periférica. En las imágenes aparecen hombres y mujeres, niños y viejos, occidentales y orientales, ya sea solos o acompañados, totalmente abstraídos delante de un trozo de papel, un periódico, un libro. Leen, y es como si de pronto hubieran desconectado. El mundo sigue su curso, pero la lectura los ha apartado y están ensimismados en otra parte. Secuestrados por las palabras, distraídos, enchufados a otra historia.

Luego regresarán, es cierto. Pero en ese proceso de salir de la realidad para sumergirse en la lectura, y luego volver, se esconde uno de los secretos mejor guardados, porque resulta muy complicado explicar qué ha sucedido en el camino y por qué merece tanto la pena. Hay que ver a esas personas que fotografió Kertész leyendo para concluir que esa tarea los tiene subyugados. ¿Qué han encontrado ahí para romper amarras tan radicalmente?

¿Van a convertirse por el hecho de leer en mejores personas, van a ser más justas, más hermosas, más poderosas? Seguramente no. Cada uno lee, además, cosas muy distintas. Alguno sigue simplemente el curso de una noticia, otro se entretiene en un poema, el de más allá está sumergido en un vertiginoso cruce de tiros y parece que desconoce por el momento el destino del héroe, hay quienes están agarrados a un puñado de consideraciones metafísicas y otros se van cargando de ira porque van entendiendo la desquiciada ambición de un rey que va a llevar a su pueblo a la ruina. Y así cada cual anda en un asunto muy distinto.

Todos están, sin embargo, callados, reconcentrados, como si se hubieran metido hacia dentro. En un texto siempre hay un principio y un final, y por tanto un sentido. No ocurre como en la vida, que sigue abierta y que puede cambiar todavía un montón de veces, y torcerse. Al terminar de leer una pieza tienes ya todos los elementos. Aquel tipo la mató, el sol se hundió por esa línea del fondo, la caída de la bolsa fue del 7%. Así que te haces cargo, y por provisional que sea el resultado tienes un resultado. En la vida no. Cierto que habrá un punto final, pero cuando a ti te ocurra ya no estarás ahí para hacerte una idea cabal. Estarás fuera, sin billete de vuelta.

De la lectura, en cambio, regresas siempre. Kertész muestra a toda esa gente tan metida dentro de lo que lee porque todos ahí se la están jugando. Están armando un sentido y se han visto implicados. Algo se ha puesto en movimiento, algo que tiene que ver con el conocimiento y con las emociones. A veces la experiencia es tan fuerte que al terminar te encuentras transformado. Otras veces, no pasa nada. O casi nada: una información más, un gesto. ¿Por qué merece la pena? Quizá porque te permite multiplicarte, colocarte en posiciones muy diferentes, celebrar que todo sea al final complejo, lleno de matices. Estrujas el papel, apartas el periódico (el móvil, la tableta), cierras el libro. Levantas la cabeza y el mundo sigue su curso.

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Si no fuera mujer

Lea Vélez

Foto: Clodagh Kilcoyne
Reuters/File

Si no fuera mujer me habría perdido llevar minifalda y que un montón de chicos guapos me invitaran a sus fiestas. Me habría perdido escuchar piropos que me han hecho mucha gracia y piropos (fallidos) que me han dado mucho asco. Me habría perdido ser sexy y tener muchos novios que me adoraban y otros varios que me quisieron regularcillo (los menos) y que me hicieron llorar en brazos de mi madre. Si no hubiera sido mujer me habría perdido fumar como Lauren Bacall y nunca se me habría ocurrido bailar con unos guantes negros de raso hasta el codo, cantando y sacudiendo la melena a lo Rita Haywarth. Es posible que sin estos modelos de mujer fatal, no hubiera sido cinéfila empedernida y no hubiese abrazado la escritura para el cine y la televisión.

Si no fuera mujer, me habría perdido que algunos hombres me quisieran proteger a toda costa y que esto me gustara mucho, porque algunos de los ratos más felices de mi vida los he pasado en los brazos protectores de algún  hombre. No soy menos independiente por querer que me abracen los hombres. Esto es algo que me encanta y una mujer nunca tiene bastantes abrazos. También me habría perdido que otros hombres -los menos- tratasen de ser paternalistas y que me llevaran los demonios cuando me explicaran las cosas como si en vez de ser mujer, tuviera seis años. Quizá, me habría quedado sin piano, de no ser mujer, porque creo que quise tocar el piano porque en las películas que más me gustaban salían pianos:  sobre todo Casablanca, pero también las adaptaciones de Jane Austen, esas de época en las que aparecen señoritas elegantes tocando para los caballeros. O igual, la culpa de lo del piano es de ese personaje interpretado por Louis Jourdan, del que me enamoré como Joan Fontaine en Carta de una desconocida. También me habría perdido vestirme de princesa y de Capitana del Yucatáno hija del gobernador de Maracaibo y me habría perdido, eso seguro, que mi madre me comprase mi primer sujetador y saber cosas como que una mujer no se olvida jamás de su primer picnic y de su primer sujetador. También me habría perdido saber lo que se siente al heredar los bañadores de competición de tu hermano y que las otras niñas del equipo se rían de ti porque aunque seas muy pequeña y no tengas tetas, eres poco femenina. Si no fuera mujer no habría tardado tanto tiempo en lograr que mi madre me comprase unos vaqueros, ni en conseguir que me cortase mi larga melena -eso fue un error- en busca de parecerme a Audrey Hepburn. Es posible que si yo no fuera mujer, me hubieran comprado la moto. Esto habría sido otro error. Tampoco habría sabido lo que se siente mirando un test de embarazo que da positivo, llevando un niño dentro,  ni lo que es una contracción, que es la cosa más imposible de explicar, porque  si dices que duele uno se imagina un dolor y no duele como el dolor, duele como  el dolor de los extraterrestres. Tampoco sabría lo que se siente al amamantar, ni lo que se siente al ver Carta de una desconocida con tu hijo de ocho años y que en vez de reírse de Louis Jourdan, vaya y le guste porque le has pasado en la leche tu cinefilia.

Ya, se habla mucho del dolor de parir, pero el dolor se olvida a los cinco minutos y el pasmo que queda, la sensación de inmensidad, lo de ser madre, es para siempre. Si yo no fuera mujer no me habrían pasado miles de cosas privativas de mi sexoni habría hecho locuras como aquella de subirme al árbol a construir una casa de madera para mis hijos sin ayuda de ningún hombre. No lo hice por pasión a la carpintería, de verdad que no, ni solo por complacer a los niños. Lo hice para demostrarme a mí misma que a pesar de ser una madre monoparental, puedo hacer por ellos cosas que no hacen ni la mayoría de los hombres. Quise darles ejemplo de buena mujer a mis hijos, de mujer que hace cosas, que piensa cosas, que discute cosas, ejemplo de que las mujeres somos tan válidas y tan ingeniosas como cualquiera de cualquier sexo e insistir en ello. Quiero seguir dándoles ese ejemplo, sin instalarme en la queja, pero sin callarme la boca cuando lo considere necesario sobre abusos sexuales o sobre lo que sea, porque yo no sé cómo se hace un buen hombre feminista, pero sí tengo claro que el machismo, como todo lo malo, se reproduce gracias al mal ejemploPor suerte, soy mujer y creo que ellos han comprendido con mis taladros y mis tacones y mis acciones que la igualdad es una utopía realizable. Una utopía que comienza cada mañana en cada hogar.

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Óscar Pérez, breve y mediático

Andrés Cañizález

Foto: CHRISTIAN VERON
Reuters

El paso de Óscar Pérez por la vida pública venezolana ha sido breve y sin duda con un claro impacto comunicacional. Desde que apareció montado en un helicóptero disparando a la sede del Tribunal Supremo de Justicia hasta la difusión de sus últimos videos (rodeado en El Junquito), este inspector agregado del CICPC dejó una estela de interrogantes.

El gobierno tardó más de doce horas en informar que Óscar Pérez estaba entre los fallecidos (nueve en total, dos efectivos de la PNB), pero posiblemente nunca informen con precisión sobre lo ocurrido. Diversos periodistas especializados en la fuente policial han dado por cierta la versión de que Pérez murió tras un ataque masivo y de alto calibre por parte de una acción conjunta de varios cuerpos de seguridad del Estado.

Esto ha ocurrido medio año después de su cinematográfica irrupción en la escena venezolana, dentro de un helicóptero oficial evidenciando una grieta en el sistema de seguridad de un régimen que se precia de tener las cosas bajo control, al menos cuando de uniformes se trata.

Un sinfín de preguntas, sospechas y admiraciones despertó al mediático piloto de helicópteros policía tras sobrevolar y disparar contra la sede del Tribunal Supremo de Justicia el 27 de junio de 2017, en medio de la efervescencia de una ola de protestas que comenzaba francamente a extinguirse por la falta de conducción y de objetivos alcanzables.

¿Óscar Pérez actuaba solo con un pequeño grupo de policías descontentos o su acción representaba un descontento de más largo alcance? ¿Era en verdad un romántico que creía que una acción solitaria despertaría una ola de respuestas o fue parte de una acción con otros factores que sencillamente a última hora lo dejaron solo? ¿Se trata de una estrategia genuina o es una fachada promovida por el propio gobierno?

Estas son algunas de las preguntas que rodeaban a Pérez a mitad de 2017.

A mitad del primer mes de 2018 (un año que sin duda será candente en Venezuela), Óscar Pérez deja una nueva estela de interrogantes: ¿Su afán de protagonismo, por ejemplo brindando hace pocos días una entrevista a CNN, le hizo descuidar medidas de seguridad? ¿Si representaba a un movimiento más amplio porque al final sólo estaba con tan pocas personas? ¿El gobierno conocía su paradero con antelación y activó la operación en un momento propicio para sus fines?

En mi opinión, sin embargo, subyace una pregunta crucial que tiene que ver con lo comunicacional: ¿Por qué el gobierno le permitió a Óscar Pérez transmitir todos los videos que transmitió una vez que se sabía de su ubicación?

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La educación de un instinto

Juan Claudio de Ramón

Foto: Markus Schreiber
AP Photo

Yo era, lector, de los que pedían permiso. Con el paso de los años, y aminorado ya el sentimiento de ridículo que aún me suscitan no pocos episodios de mi torpe adolescencia –mas por amor se puede hacer el ridículo– crece en mi ánimo la sospecha de haber perdido, por timidez, más de un beso, o lo que es peor y más grotesco, de haberlo perdido por la vanidad, propia del pedante, de pensar que al amor se llega a través de las palabras. Con admirado pasmo observaba la muy otra manera de actuar de mis amigos más duchos, peritos en el arte de deshacer las situaciones de incertidumbre sexual con un gesto y no como yo pretendía, ay, con un verso; gesto, para mí mágico, que bauticé con el nombre de «maniobra x»: la acción audaz y relampagueante que rompe, con permiso solo intuido, y por tanto nunca seguro, el hiato entre dos cuerpos que se atraen.

Me pregunto hoy si la «maniobra x» no estará en vías de extinción. La campaña de concienciación contra el acoso sexual a raíz el caso Weinstein ha dado fuerza a una idea que lleva tiempo sugiriéndose como el modo más eficaz de evitar situaciones violentas y potencialmente traumáticas durante los encuentros románticos: transitar de una cultura donde el consentimiento sexual suele ser tácito o presentido, a una en que sea expreso y certificado. Se trata de la política del «ask first» o «pregunta primero», presente desde hace tiempo en muchos campus de Estados Unidos, y ahora facilitada por la tecnología del smartphone. Estos días, se discute en Suecia una reforma legal que, con objeto de facilitar la prueba de violación, hará necesario el previo consentimiento explícito antes de iniciar una relación sexual. La propuesta tiene sus críticos: compraríamos seguridad al oneroso precio de protocolizar al máximo las relaciones eróticas, privándolas de toda espontaneidad e instalando un contraproducente clima de suspicacia entre los sexos.

La cuestión del consentimiento, expreso o tácito, es clave tanto en el movimiento #metoo como en la réplica –o matizada y parcial crítica– contenida en el manifiesto con el que cien mujeres francesas han salido al paso de lo que creen contraproducentes excesos vindicativos. Cuesta entender, en todo caso, la necesidad de tomar partido. Las activistas del #metoo han mejorado el mundo, librándolo o achicando el espacio de los déspotas sexuales, y las intelectuales francesas disidentes han mejorado el debate, librándolo de maniqueísmos y simplificaciones. Las primeras invitan a los hombres a hacer examen de conciencia en su relación con las mujeres. Las segundas invitan a las mujeres a comprender que los riesgos en el ejercicio de la libertad incluyen también el que otra persona libre no sepa hacer un uso virtuoso de la suya. Unas y otras, estoy seguro, estarían de acuerdo en que algunos casos son difíciles de juzgar. Como todos los debates interesantes, este es un debate de límites, donde la frase lapidaria tiene todas las papeletas para ser una tontería. Y donde es probable que toda postura extrema quede arrinconada en la práctica: en el tira y afloja entre el instinto y la educación, aspiremos a tener unos instintos educados.

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Nuestras instituciones

Josu de Miguel

Foto: IVAN ALVARADO
Reuters/File

Terminada una larga jornada de uno de los Congresos de la Asociación de Constitucionalistas de España, la organización previó una recepción en el Ayuntamiento de Barcelona. Apareció en una de sus estancias Joaquim Forn, por aquel entonces concejal del partido que gobernaba la ciudad, CiU. El discurso de bienvenida tomó los derroteros esperables. Cataluña tenía unas instituciones milenarias a partir de las cuales se había realizado la primera democracia parlamentaria del mundo. Curioso que el año pasado, en el Congreso celebrado en León, las autoridades nos contaran lo mismo. En fin, el exconsejero hoy en prisión quería mandarnos un mensaje a los presuntos expertos en el tema: Cataluña es una nación soberana que existía previamente a la configuración de España y, por supuesto, la Constitución de 1978.

Nuestras instituciones. Cuántas veces habré escuchado también en el País Vasco estas dos palabras. Si se dan una vuelta por Bilbao, en la Gran Vía encontrarán delante de la Diputación una estatua de John Adams, que pasó cuatro días en casa de su amigo Diego de Gardoqui, probablemente la figura política más interesante de la historia del País Vasco, convenientemente silenciada porque era diplomático de Carlos III. Adams alcanzó en esos pocos días la conclusión de que Vizcaya era una de las “repúblicas democráticas europeas”, así que parecía de justicia hacerle un homenaje. Claro que asociar autogobierno con legitimidad histórica tiene sus límites, ya que aquél solo puede encontrar sentido en el sistema político más amplio que lo reconoce y garantiza, como hace la Disposición Adicional 1ª de la Constitución. Para superar este vínculo hay que quebrar la legitimidad histórica y pasar a la revolucionaria, por eso el famoso Plan Ibarretxe contenía en su art. 13 el instrumento que servía para dejar atrás la estructura foral: el derecho a decidir.

Hoy se constituye el Parlamento de Cataluña. Me parece que poco queda en él que pueda asociarse al pasado reivindicado por Forn y la historiografía nacionalista. Si así fuera, los partidos independentistas y Puigdemont actuarían siguiendo las convenciones que esbozan la cámara de representación como la voz, el cuerpo e inteligencia de la sociedad catalana. Pero crear una República separada de España por la vía de los hechos no se reconcilia bien con la institucionalidad, un obstáculo molesto para cualquier movimiento de liberación que se precie. Los letrados del Parlament han avisado que no cabe una extensión de la delegación del voto y que la investidura solo puede ser presencial. Vienen a decir que sí, que mediante una reforma del Reglamento se podría transformar el Parlament en el senado imperial de Star Wars, pero que ello quizá no encajaría con la tradición que da sentido a éste y a cualquier órgano de representación.

A la democracia en Cataluña ya no le quedan ni las reglas ni los usos que la limitan, orientan y canalizan. Bienvenidos a la XII legislatura: que siga el espectáculo.

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