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África empieza en los Pirineos

José Antonio Montano

Foto: RAFAEL MARCHANTE
Reuters

África empieza en los Pirineos, pero en cuanto se sale de la “república catalana independiente” reaparece Europa. Así han puesto las cosas los separatistas. Los que nos hemos educado en la idea de que Cataluña era la región más avanzada de España, la que representaba la posibilidad hispánica de ser europeos, no salimos de nuestro estupor.

De repente –un ‘de repente’ trabajado durante décadas por el nacionalismo– Cataluña es un socavón carpetovetónico. Cualquier otro lugar de España es hoy más avanzado que Cataluña. La salida que teníamos para Europa se ha convertido en una trampilla que nos devuelve a la peor España: la de los espadones y las asonadas del siglo XIX, la de la ruina institucional que se traducía en ruina física. Cataluña es hoy Celtiberia Show.

El espectáculo de estas semanas, que culminó en la astracanada de anteayer y ayer, ha sido inaudito. La falta de decoro y de respeto –por sí mismos y por los demás– es el signo de una decadencia galopante. La “república catalana independiente”, por pretender huir de España con tan poca clase y tan poca inteligencia, ha recaído en la España de la que España ya se había librado.

Estaría por pensar que aquella Cataluña europeizante fue una proyección española, dinamitada ahora por los nacionalistas. Estos habrían dejado Cataluña reducida a lo que es: una cosa pequeña, pueblerina, entregada a eso tan español (en el viejo sentido) de disponerse a vivir peor en nombre de una idea falsa.

Estaría por pensarlo, pero no lo pienso: porque sé que los nacionalistas son solo una parte de los catalanes. Y será a los otros, a los no nacionalistas, a los que no han llevado ni una velilla en esta mojiganga, a los que tendrán que mirar los catalanes del futuro para no morirse de vergüenza.

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Maza y guadaña

Enrique García-Máiquez

Foto: Mariscal
EFE

La muerte del Fiscal General evoca ecos clásicos inconscientes, porque la muerte, en nuestro imaginario, viste toga negra de juez. Maza acude a ella desde el ejercicio más activo de su puesto forense. De pronto, se habrá visto ante otro Tribunal Supremo y casi no habrá notado diferencia, pues actuó siempre (nos cuentan los que le conocieron) con rectitud y en conciencia. Así, le habrá ido muy bien en la vista oral. Mientras, a nosotros, a estas alturas del mes, cuando ya habíamos olvidado que noviembre es el mes de los difuntos, su muerte nos resucita un tema (¿paradójicamente?) eterno.

La muerte de Maza, además, ha ocurrido en acto de servicio, al pie de cañón. Son ésas unas muertes que resultan llenas de sentido. Estos días asistía al funeral de un marino de guerra, y el cura castrense habló de la nobleza de la vida entregada por una causa justa y recordé al fiscal, al que me llevó tanto la palabra “causa” como la palabra “justa”. Y rememoré por mi cuenta (y riesgo) el desdén de William Wallace por una muerte tras una vida sin sentido, después de haber desperdiciado la oportunidad de escribir la historia sirviendo un ideal trascendente. ¿Recuerdan aquella arenga guerrera de Braveheart, verdad?

Yo lo tengo experimentado, siquiera sensu contrario. Me dio un dolor en el pecho que estaba convencido de que era un infarto (aunque fue la hernia de hiato) y creí que me citaban a Juicio. Entonces, imaginando que venía la muerte y tenía los ojos de un crítico literario, me entró la obsesión de que ese día había publicado en el periódico un artículo tontísimo, una frivolidad para salir del paso, e iba a dar yo el paso definitivo ese día, precisamente. ¡Qué bochorno de últimas palabras! Desde entonces, antes de publicar una chorrada, me tomo el pulso. No vaya a ser que…

Tampoco vaya a parecer que defiendo la muerte prematura y, a ser posible, en el puesto de trabajo. Admiro la muerte significativa, comprometida, coherente y entregada a una causa más grande que la vida. Esa aspiración se puede mantener más allá de la edad de jubilación, y eso es lo ideal. Ojalá José Manuel Maza hubiese vivido mucho más. Hoy, porque no queda más remedio, le agradecemos su ejemplo y que nos haya recordado que aún es noviembre y, por tanto, el mes de honrar a los difuntos. Con él, resulta fácil el recuerdo y la honra. No tanto la emulación, pero también nos la ha puesto por delante.

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Lo que oculta el tema catalán

Fernando H. Valls

Fernando H. Valls analiza las consecuencias ocultas que ha dejado el procés en España.

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Mark Hagland: “Los hijos racializados con padres adoptivos blancos no somos víctimas”

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

Tengo 57 años y pertenezco a la primera ola de adopciones de niños de Corea del Sur de los años sesenta en Estados Unidos. Crecí junto a mi hermano gemelo en una cariñosa familia norteamericana, pero siempre me sentí un alienígena entre blancos. Ahora me dedico a ayudar a padres adoptivos y a sus hijos racializados a vivir en el amor y la diversidad. He sido invitado por la Asociación Antirracista de Madres con Hijxs Negros de Barcelona para compartir mi historia con ellos.

Pasó la niñez en el Iowa de los años sesenta. Nunca he estado allí, pero imagino que no debía ser el lugar más cosmopolita del mundo…

Mis padres eran de ascendencia alemana y noruega y crecí rodeado de blancos totales. Nadie creía que fuéramos una familia y la gente nos señalaba con el dedo y preguntaba: “¿De quién son esos niños?”.  Y mi madre contestaba: “Nuestros”.

Eso me hizo vivir siempre acomplejado por mi imagen física y a mis 57 años ha mejorado. Es fatal crecer odiándote y sentirte alienado, he pasado décadas trabajando la imagen que tengo de mí mismo y por eso me gusta compartir las experiencias que he vivido para apoyar a mis hermanos transraciales y a sus padres. No quiero que sus hijos pasen por lo que yo pasé.

Crecer con un gran sentimiento de aislamiento y rechazo me dio más cosas. Y eso me llevó a querer conocer otras culturas y formas de ser y me hice periodista. Tuve que mudarme a Chicago y aunque al principio pasé miedo, porque te genera mucha inseguridad no conocer a tu raza de origen, disfruté de la diversidad.

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Mark Hagland, Periodista y activista antirracista | Imagen vía The Objective/Diana Rangel

En sus charlas habla mucho de la carga narrativa. ¿A qué se refiere?

Las personas racializadas se ven en la obligación de tener que explicar su historia personal a los otros, porque constantemente les preguntan de dónde son. Es agotador y forma los parámetros de nuestra vida y la imagen que tenemos de nosotros mismos. Y también están las burlas…

Por eso es importante que los niños crezcan en un ambiente lo más abierto y diverso posible, con espejos raciales y una gran diversidad de personas, y que aprendan lo máximo posible sobre el racismo sistémico y el privilegio del blanco.

¿El privilegio del blanco?

Sí, es difícil que los blancos comprendan este punto, hay que experimentarlo. Los adoptados transraciales no somos víctimas y vivimos vidas ricas, con miles de capas. Somos cebollas gigantes. Los podres deben entender que, como blancos, viven en una situación de privilegio respecto a sus hijos y cuando descubren el racismo se vienen abajo. Intentan protegerles, pero les transmiten miedos y fantasmas y lo que deberían hacer es no obsesionarse y compartir con sus hijos la historia y los orígenes del lugar donde nacieron.

Yo tengo una hija multirracial de 16 años y desde los cuatro he tratado con ella la complejidad de la identidad. Ahora se siente orgullosa de sus identidades múltiples y espacios en el mundo. No es suficiente tener una única conversación con ellos y los padres saben muy poco de la cultura y la situación política de los países de origen de sus hijos.

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La portavoz de la Asociación Madres Blancas con Hijxs Negros, Montse Felez y su hija Lea. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Pero los niños viven en otra cultura. No entiendo por qué debería ser un problema…

Para evitar que si un día deciden regresar en busca de sus orígenes tengan experiencias duras.

¿Usted lo hizo?

No todos los adoptados buscan a su familia biológica. Yo decidí que lo haría junto a mi hermano o no lo haría, y no lo hice. Corea del Sur en los años sesenta era mísera y probablemente mis padres eran jóvenes y pobres, y es difícil buscar. Tengo amigos que lo han hecho.

Pero sí he estado en Corea en tres ocasiones y fue una experiencia interesante, pero muy complicada. Me encantó visitar mi país de nacimiento, pero a la vez me sentí aislado de nuevo. Cada vez que encontraba a una persona, me preguntaba si era japonés. Cuando un asiático acude a otro país asiático no habla el idioma y siempre le preguntan de dónde es. Y es alienante regresar a tu país de origen y ser tratado como un extranjero.

Había aprendido un par de frases en coreano, pero la cultura era demasiado distinta. Ser coreano es estar en una página muy pequeña del mundo y la gente se enorgullece de que piensen todos lo mismo. Hay cientos de adoptados europeos y norteamericanos de origen coreano que vuelven al país y sienten que no encajan, jamás serán vistos como  ciudadanos de Corea.

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La sala se llenó de familias transraciales que compartieron sus vivencias con Hagland | Imagen vía The Objective/Diana Rangel

¿Se siente norteamericano?

Sí, pero soy un norteamericano diferente. No soy blanco, viajo y hablo idiomas. Aunque tuve unos padres cariñosos siempre estuvo presente la sensación de no pertenecer a la comunidad, que era muy cerrada, de inmigrantes alemanes. Me sentía como un alienígena y nada integrado. Y aún en situaciones puramente blancas siento ansiedad. El pasado verano estuve en Iowa y yo era el único no blanco y me acordé de ese sentimiento que tuve durante toda mi infancia y adolescencia.

Por eso me siento cómodo en lugares donde hay todo tipo de gente. Mi identidad es casi ser ciudadano del mundo.

España está viviendo el desafío que vivieron ustedes hace treinta y cuarenta años. ¿Qué consejo le daría a los chicxs adoptados de familias transraciales?

Que cuando les pregunten de dónde son contesten lo que quieran. Tienen el poder de hacerlo.

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Nosotros, los disrrumpidos

Juan Claudio de Ramón

Foto: Geert Vanden Wijngaert
AP

Cuando hablamos de disrupción tecnológica nos solemos referir a los efectos destructivos que sobre empresas y trabajadores tienen adelantos técnicos que de manera súbita hacen obsoletas viejas y asentadas maneras de producir. El ejemplo más claro quizá sea el de los taxistas, que ven desplomarse el valor de sus licencias y desaparecer su modus vivendi ante el auge de las aplicaciones móviles que permiten geolocalizar conductores privados dispuestos a realizar el mismo trayecto a menor coste. En este y en otros sectores, el vertiginoso ritmo que ha alcanzado el cambio tecnológico (admira pensar que el smartphone sólo tiene diez años) abrirá escenarios difíciles de gestionar por los gobiernos. Pero nosotros, los usuarios, a los que se nos suele creer beneficiarios netos de las nuevas técnicas, ¿no hemos sido también disrrumpidos?

El verbo es horrible, el participio feísimo, pero quizá por ello, preciso y adecuado. Basta con pensar en algunos pasos de nuestra vida diaria, antes rutinarios y placenteros, hoy penosos y enmarañados. En el parque empujo el columpio de mi hija, y mientras lo hago, siento la llamada del smartphone en el bolsillo. Al poco tiempo estoy empujando con una mano y chateando con la otra, privándome de ese momento de intimidad con mi hija que no tardaré en añorar. Y si levanto la mirada, veo que a otros padres les sucede lo mismo. Por la noche, intento ver una película con mi mujer. Compruebo que, por buena que esta sea, me cuesta seguir la trama hasta el final. Y es que nuestro lapso de atención se ha reducido enormemente, y ya la mente cede a la distracción ante todo cuanto excede de las pequeñas píldoras informativas de la era digital. Los viejos atracones de lectura, basados en la capacidad de concentración –concentrarse en aburrirse sin dejar de rendir– quedaron atrás.

Leo en este periódico que las apps de mensajería son ya el principal canal de comunicación de adultos y adolescentes. Bien lo sé: cinco chats diversos llevan un rato parpadeando en mi móvil. Antes de que acabe esta columna, los habré mirado. Y aunque lejos de mí cualquier tentación mecanoclasta, me pregunto qué estará haciendo esta tecnología a mi cerebro. No es buena señal que los que la inventaron, allá en Silicon Valley, estén todos arrepentidos. Justin Rosenstein, el ingeniero que diseñó el botón “me gusta” en Facebook, admite que le quita el sueño haber contribuido a alumbrar un mundo en que todos estamos distraídos todo el tiempo. Llevar el dedo a la pantalla del móvil 2.617 veces al día de media no puede ser bueno para un cableado mental que sencillamente no evolucionó para saber hacer varias cosas a la vez.

Ya veremos cómo acaba todo esto. Mi esperanza es que el péndulo vuelva pronto a la posición de reposo. Nos quedan muchas tardes de parque disfrutando de la venerable tecnología lúdica del columpio. La próxima vez, me dejaré el teléfono en casa.

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