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Carme Chacón: un icono

José Antonio Montano

Foto: SUSANA VERA
Reuters

En cuanto ha muerto Carme Chacón, tan pronto, se ha hecho evidente la imagen por la que será recordada: la de ella como ministra de Defensa embarazada pasando revista a las tropas. Una imagen ya de época y que perdurará. Por mucha fuerza que tenga, un icono solo cuaja a posteriori. Ahora es diáfano.

Fue una operación deliberada de Zapatero, que quería esa imagen. Pero eso no le resta valor: el expresidente se mostró ahí como un artista iconográfico. Al fin y al cabo, esa imagen simboliza su presidencia. En su día fue criticada, y hasta hubo chistes y desprecios. Pero ya no hay duda. Curioso el legado de Zapatero: ha dejado hitos progresistas como ese o como el del matrimonio gay, que han circulado merecidamente por el mundo; por desgracia, también debilitó el Estado de derecho y alentó el nacionalismo, dos cosas reaccionarias por definición.

En este momento se aprecia que Chacón valía más que los políticos que se quedaron cuando ella se fue. Cuando es demasiado tarde. Se postuló como lideresa del PSOE y algunos no lo vimos claro. Pero comparada con los tres candidatos en liza, habría sido mejor con diferencia.

Tienen razón los elogios a los muertos, o la matización de la crítica. No es tanto hipocresía como ascenso de nivel: la muerte –y más si es inesperada– sitúa la percepción en un plano más acorde con la realidad profunda, con la realidad verdadera. Siempre me acuerdo de las palabras de Jünger ante el cadáver de un enemigo en la Primera Guerra Mundial: “Allí no había ya ni guerra ni enemistad”. Nuestra política no llega a la guerra, por muy belicosa que se muestre últimamente. Pero la muerte nos recuerda la igualdad esencial; la igualdad en lo que importa.

Ahora, qué paradoja, esta mujer que ha muerto quedará para siempre como emblema de la vida, con su embarazo perdurable ante los militares. Aunque en el icono hay un dolor: ha sido tan rápida su muerte que el hijo que esperaba es un niño aún. Cómo no pensar en él. No hay consuelo, pero él también está en el icono. Un día podrá decir, o decirse, lo que escribió Gil de Biedma ante otra foto de cuando lo esperaban: “Así yo estuve aquí / dentro del vientre de mi madre”.

Continua leyendo: La novela siciliana de Miguel Blesa

La novela siciliana de Miguel Blesa

Antonio García Maldonado

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Es mítica la visita que en El Padrino II hace el abogado de la familia Corleone, Tom Hagen, a un pentito Frank Pentangelli apunto de hablar ante el tribunal que investiga a la Mafia siciliana en Estados Unidos. Pentangelli es un hombre protegido por las autoridades, por lo que sólo cabe apelar a su (mala) conciencia.

–Siempre te ha interesado la política, la historia. Ya hablábamos de la trascendencia de Hitler en el 33 –arranca Hagen.

–Sí, sigo leyendo, tengo un montón de libros.

–Tú fuiste de los pioneros… De los que soñaban con que la familia debería organizarse. Y copiasteis mucho las antiguas legiones romanas, jefes y soldados… Aquello funcionó.

–Sí, desde luego que funcionó, eran días gloriosos aquellos, y nosotros el Imperio Romano, la familia Corleone era un Imperio Romano…

–Sí… Lo fue… Frankie, si fallaba un complot contra el emperador, los conspiradores tenían una oportunidad para que sus familias conservaran sus bienes.

–Sí, pero sólo los ricos, Tom. Los pobres lo perdían todo, se lo quedaba el emperador… a no ser que fueran a su casa y se suicidaran, así no ocurría nada y sus familias… sus familias tenían resuelta su vida.

–Sí, una solución buena… Única.

Mi hermano Rafa me ha recordado esta escena al calor del suicidio de Miguel Blesa. Algunos hechos no muy distintos han sucedido en Majer, el territorio imaginario de sus novelas. El hermano del expresidente de Caja Madrid fue notario en nuestro pueblo, donde se le recuerda como un hombre íntegro, cabal, cercano. Firmó muchas de las hipotecas que concedían los bancos –entre ellos Caja Madrid– durante la obnubiladora burbuja inmobiliaria que late de fondo en la muerte de su hermano. Uno no puede dejar de pensar en el sufrimiento que el comportamiento de Blesa causó en su familia, y en el postrero intento del vilipendiado banquero por expiar inútilmente sus culpas. No hay juez más severo que la propia conciencia, y Blesa gritó con su suicidio que un tal Hagen iba a visitarlo cada día, y que si iba y le zarandeaba, es que aún era un ser humano digno de pena. Su desesperación y el ocultamiento de su hundimiento –como confirma la familia– nos hacen pensar en el arrepentimiento, y esa es quizá la última muestra de humanidad de hombre que no dio demasiadas muestras de ellas durante muchos años.

Las circunstancias de su suicidio también hablan: vuelve de noche a la tierra que le vio nacer, sin equipaje, desayuna con los amigos y, antes de desaparecer de la escena con una mala excusa relacionada con su coche, le da el número de móvil de su mujer a uno de los amigos congregados en el coto de la sierra. “Por si tienes que llamarla”, le explica. Ha contado un psiquiatra en la radio que la vuelta a un lugar querido es un patrón de conducta habitual en los suicidas. Recuerda a algunos pasajes y a la atmósfera de ciertas novelas de Leonardo Sciascia. Un lugar apartado, personas poderosas y búsqueda de un sentido, como en Todo Modo, una de las novelas más conocidas del siciliano, llevada al cine en 1976 por Elio Petri, con Marcelo Mastroianni en el papel protagonista.

Y, cómo no, también parece un caso del comisario Montalbano, el policía siciliano creado por Andrea Camilleri, nacido en Porto Empèdocle, cerca de Agrigento, el pueblo de Sciascia y de Luigi Pirandello. Los lectores de su saga –y los seguidores de la estupenda serie de la RAI que la adaptó para la televisión– sabemos del gusto del policía de Vigàta por los casos que trascienden el propio hecho de la muerte violenta, por los sucesos que retratan un momento histórico convulso o un estado del alma. Este sería uno de esos casos que le atraparían hasta la insania. Montalbano ha visto a más de un retornado a Sicilia para vivir sus últimos días, a más de un corrupto o un mafioso con mala conciencia, a más de un suicida inesperado. El comisario, hombre duro y hosco, es incapaz de evitar un último gesto de pena y lamento por ellos. Es el personaje de ficción que más se me parece al ideal del “ironista melancólico” que reclama Manuel Arias en La democracia sentimental.

Una condena judicial con obligaciones pecuniarias, multa y cárcel habría reparado a muchos, a demasiados. Pero su mala conciencia –que no su consecuencia extrema, el suicidio– nos repara, aunque sea mínimamente, a todos.

Continua leyendo: El futuro pertenece a los menos inteligentes (si no lo evitamos)

El futuro pertenece a los menos inteligentes (si no lo evitamos)

Miguel Ángel Quintana Paz

A diferencia de la literatura o la religión, tan reconfortantes a menudo, la ciencia no tiene por qué resultarnos consoladora. Con frecuencia, de hecho, nos cuenta verdades un tanto fastidiosas. Incómodo resultó Galileo cuando decidió tomarse en serio el sistema copernicano e insistió en que la Tierra no era el centro del universo. Incómodo resultó Darwin cuando mostró que nuestro origen biológico y el de las cucarachas era el mismo. Incómodo es saber que hoy no contamos con una cura eficaz para todos los tipos de cáncer. Por latosas que resulten, ninguna de esas verdades pierde por ello ni un solo pellizco de verdad.

Esto no significa, naturalmente, que los científicos ignoren el revuelo que a veces podrían desencadenar sus descubrimientos. Ni que ello deje de provocarles cierto vértigo. Fue el caso, sin ir más lejos, del propio editor de Copérnico en el siglo XVI, el protestante Andreas Osiander. Temeroso de que su libro le acarreara una persecución religiosa, le añadió un precavido prólogo en que aseveraba que cuanto allí se contaba no debía tomarse como verdadero: “Esto, muchachos, es solo un hábil modo de resumir cómo se pueden hacer mejores cálculos en astronomía”, venía a decir el prologuista, “pero ni se os ocurra tomaros en serio este mero truco matemático, ni vayáis a creeros de veras que la Tierra no sea el centro de todo, líbrenos Dios”. La cautela de Osiander no parece excesiva: otro teólogo, Giordano Bruno, se negó a tomarse las cosas como proponía Osiander y se obstinó en sacar consecuencias de que nuestro planeta no fuera el centro del universo. ¿Resultado? Terminó en la hoguera donde un papa, de nombre Clemente, resolvió calcinar parejos atrevimientos.

Hoy los papas ya no achicharran más que terneras argentinas, pero ello no obsta para que los científicos sigan amedrentándose ante la reacción que sus estudios podrían desencadenar. Es lo que pensé al descubrir que uno de los asuntos más palpitantes de la psicología contemporánea contaba por fin, desde hace un año, con una pista para resolverse… pero esa pista aparecía, toda tímida, solo en el material suplementario de un artículo científico. Sus autores no parecían querer insistir en tal hallazgo. El asunto al que me refiero es fácil de formular: ¿favorece la selección genética actual a la gente más inteligente o a la menos dotada intelectualmente? Dicho de otro modo: ¿a este paso, los humanos seremos cada vez más listos, de media, o cada vez menos? La respuesta que se daba en los Proceedings of the National Academy of Sciences era contundente, y se corroboró con otro artículo de la misma revista en diciembre pasado: sí, la inteligencia es en parte heredable; sí, las personas más inteligentes tienden a tener menos hijos que el resto; y por lo tanto, sí, de seguir la actual tendencia, la especie humana estará cada vez menos dotada (intelectualmente).

(De desear adentrarse en los detalles científicos del asunto, cabe acudir a esta nutritiva entrada del blog de @DrXaverius).

¿A qué velocidad se producirá ese previsible entontecimiento de nuestras generaciones futuras, que hace unos años ya describió (menos científica, pero más entretenidamente) la película Idiocracy? Con el auxilio de un tercer estudio podemos confiar un cálculo: implicará unos 0,3 puntos menos de cociente intelectual por década. Esto significa que si Javier Marías o Antonio Navalón (recientemente aupados por periódicos de referencia como eldiario.es al rango de “odiadores de los millennials”) viven cincuenta años más, comprobarán entonces que la media de inteligencia a su alrededor descenderá hasta 1,5 puntos. Quizá no parezca demasiado, como no se lo parecen a algunos los grados de temperatura que se prevé aumentar en las próximas décadas; pero, en términos evolutivos, si ese proceso no se interrumpe, en mil años el humano medio tendría una inteligencia que hoy se considera retrasada.

¿Ese milenarismo va a llegar? Todo depende de si nos ponemos manos a la obra para remediarlo. Y de si queremos hacerlo, claro. A diferencia de la belleza o la fuerza física, que cabe reconocerlas perfectamente en los demás aunque uno carezca por completo de ellas (bien lo sabe un servidor, que humilde reconoce andar falto de la segunda), para apreciar la inteligencia hay que poseer, en parte, esa misma facultad. De modo que, si queremos encontrarle una solución a este asunto, más fácil será emprender tal tarea hoy que convencer a los atolondrados humanos de dentro de diez siglos de su importancia.

¿Qué se podría hacer? La entrada del blog que antes enlacé sugiere aplicar métodos como la selección de embriones o la ingeniería genética para compensar esa idiotización generalizada de nuestra especie. Son apuestas éticamente peliagudas, que entrañan un cierto tipo de eugenesia. Merecerían por sí solas otro artículo, de modo que no entraré a debatirlas aquí.

Hay, sin embargo, otra vía de solución más sencilla, que podríamos denominar “socialdemócrata”, en la que sí me detendré. Sabido es que a los socialdemócratas les encanta solucionar las cosas por medio de subvenciones. Y sabido es, al menos desde tiempos de la new left, que a los socialdemócratas les apasiona apoyar a las minorías, en particular aquellas en situación más vulnerable. Y bien, la conclusión es obvia, como habrá inferido el sagaz lector: creo que, desde el campo socialdemócrata, debería empezar a exigirse que el Estado subsidie a la gente más inteligente para que pueda tener más hijos de los que hoy tiene. Los listos son, al fin y al cabo, una minoría en evidente riesgo de extinción, si nos fiamos de la ciencia.

Además, no me cabe duda de que una medida como esta recabaría un apoyo electoral considerable. Al fin y al cabo, la mayoría de los votantes se considera del lado intelectualmente brillante de la sociedad, como notó ya Descartes al inicio de su Discurso del método. Votando a favor de esta subvención, pues, creerían en el fondo estar apoyando subvenciones para sí mismos. Quizá más tarde descubrieran que no es así: pero parece poco probable que masas de personas que se confesaran poco inteligentes se manifestaran luego para reclamar que son más tontos de lo que se creían.

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Los placeres del libro

Juan Claudio de Ramón

Foto: Gonzalo Fuentes
Reuters

Frente al placer secundario de leerlos, están los verdaderos placeres que proporcionan los libros: el placer de comprarlos, el placer de hojearlos, el placer de encontrarlos –máximo cuando se encuentra un libro que no se buscaba–, el placer de sostenerlos en las manos largo rato, ponderándolos como un melón sin abrir, el placer de comentar sus aciertos y errores, el placer de afirmar, dogmáticamente, que se trata del mejor o del peor libro del autor, el placer de recomendarlos (deber de toda persona de bien: el “tolle, lege” que oyó San Agustín), el placer de leer listas de libros recomendados, el placer de regalarlos (el libro preciso pera la persona precisa, aunque es creencia infundada que sirva para ligar), el placer de dedicarles una concienzuda reseña, el placer de declarar ilegible una obra maestra y el de calzar una mesa con un libro que todos consideran “necesario”, el placer de diseñar un ex libris, el placer –ruinoso– de coleccionarlos, el placer de acariciar un buen papel verjurado, el placer de pasar la mano por un tejuelo dorado o por las guardas de Antolín Palomino, príncipe de encuadernadores, el placer de pasar lentas las páginas de un gran folio, el placer de oler la piel gastada de una cubierta en tafilete, el placer de pasarse horas meditando el mejor método para ordenarlos en la biblioteca, o el placer malicioso de colocar juntos a dos autores que no se soportan (Marías junto a Umbral, por ejemplo). En cuanto a los subrayados y las acotaciones, diría que, más que placer, son manía, pero sin duda es placentero encontrar en un libro viejo los escolios y las glosas garabateadas por un lector perspicaz y más aún si es eminente. No es placer, en cambio, hablar de libros que no se han leído, sino arte; arte de malandrines, porque ninguna persona honrada alardea de erudición que no se posee (el placer, en este caso, es detectar al impostor). Sin embargo, sí es legítimo el placer de afirmar con jactancia que un libro no se ha leído, porque ni falta que hace (y si es una pifia, todos tenemos derecho a fallar en nuestro gusto) y también el placer de tirar un libro (por lo mucho que cuesta y lo mucho que libera), el placer de soñar con haber leído todos los libros (la carne nunca está triste, Mallarmé) y el placer de concebirlos magistralmente en la cabeza, si bien no el trabajo solitario y áspero de ejecutar uno en concreto, pero sí el de haberlo escrito, variante del efímero placer de cumplir con un propósito; el placer –dicen los editores– de editarlos y el placer de traducirlos, cuando el encargo no es tedioso. El placer de poseer un libro prohibido y pasarlo de mano en mano.

Dicen que las cifras de ventas de libros en papel se recuperan. Yo no me preocupo en exceso. Mientras haya hedonismo, habrá libros.

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La maleta letal

Lea Vélez

Foto: ELOY ALONSO
Reuters

Tiempo de viajes, de hacer maletas. De arrastrar maletas. De llenarlas con una parte de nuestro ser. A mí me parece que hacer maletas, escribir un artículo o hacer un boceto son más o menos lo mismo. Por cómo organizan su equipaje, por su maleta rígida o de ruedas, por lo que llevan, por lo que dejan, por sus mochilas o sus maletines, los conoceréis.

El otro día se hacía viral la imagen de un empleado del aeropuerto de Ibiza, que arrojaba maletas con violencia hacia el coche que las lleva a la terminal. Las tiraba con desprecio, las pateaba, las arrastraba. Algunas quedaban en mitad del asfalto, solas, destinadas a perderse, quizá. Mientras miraba espeluznada la imagen, me dije: bueno, esto no ocurrirá con mi maleta porque yo nunca facturo el equipaje. Soy de esas personas que creen que en la vida siempre hay que reducir la ecuación, por largo que sea el viaje, porque incluso la maleta más preciada puede acabar olvidada, algo que a lo largo de la historia ha provocado que se pierdan no pocos tesoros.

Francesc Boix, que tuvo que abandonar en Francia la maleta repleta de negativos los de sus propias fotos de la retaguardia y los de su padre, el sastre que le aficionó a la fotografía. Esta maleta estuvo en poder de uno de los Gendarmes del campo hasta que pasó a un heredero que la puso a la venta. Fue recuperada en subasta para España hace pocos años. Otra maleta de fotógrafo que anduvo perdida, que anduvo muy perdida, fue aquella que llaman la maleta mexicana de Robert Capa, con negativos de la guerra civil y que fue entregada en Paris a un amigo para que la llevase a la embajada de Chile. Acabó en México, en un desván de un gerifalte, más de medio siglo, y el dato curioso es que dentro de esa maleta se halló el negativo de unos refugiados españoles que caminan tras un gendarme en las playas de Francia. Se cree que el primero de la fila es Boix, que carga con la maleta de negativos que perdería tiempo después. Maletas dentro de maletas, pues. Pocas maletas más literarias que la de Irene Nemirovsky, otra pesada carga del pasado, romanticismo libresco de inéditos manuscritos. Maleta de desván, maleta de memoria. Una maleta de la que surgió el manuscrito de Suite Francesa. Durante décadas sus dueñas la tuvieron cerrada como tumba de madre, por el miedo al dolor del holocausto y ahora que la han abierto, nadie la puede cerrar.

Las buenas maletas hablan de sus dueños, de su prisa o su pausa, de lo largo del viaje, o lo arriesgado, de expectativas de amor o destape. Cuentan el mundo y su oficio. Son almas de objetos que pueden contener diez veces su tamaño en amor, destrucción o literatura. Hay maletas del horror, de crímenes nauseabundos, con víctimas de violencia machista -recientemente ha pasado de nuevo-, muertes y cuerpos forzados en maletas que nunca han viajado ni pretenden viajar. Las pesadas maletas de los peores criminales son un género-realidad que hay que desterrar. Hay también una negra maleta, pequeña pero densa, que durante décadas no ha sido utilizada, pero que en sí misma es causa de no pocas películas, pesadillas y temblores. Comenzó a dar tumbos por el mundo en la era Kennedy, con aquello de los misiles cubanos. Es una maleta a la que los americanos, genios absolutos para acrónimos y nombres en clave, llaman “Football” (balón). La cosa viene de que, en tiempos, el nombre clave del plan secreto de defensa nuclear fue “Dropkick”, que es algo así como chutar a gol. Allá donde va Trump, lo acompaña su “balón”. La maleta la acarrea un soldadito bien ataviado para la metáfora. En ella hay instrucciones y códigos de aniquilación. Es la maleta del poder y del día del juicio final.

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