Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Casetas grises

José Antonio Montano

Foto: Leticia Martínez
The Objective

Esto de que quieran ahora ‘animar’ la Cuesta de Moyano no me hace mucha gracia, la verdad. Las ciudades han de tener también un sitio para el desánimo, y en Madrid la Cuesta de Moyano cumplía estupendamente la función. Para los escritores, al menos. Allí se asomaban –nos asomábamos– a ver el limbo de todos los esfuerzos: la inutilidad última. Qué mínimo que las casetas fueran grises.

Esta manía de colorearlo y dinamizarlo todo. Eliminando la opción de la grisura y el estatismo. La monotonía apagada convertía la visita en algo ascético; relajado y ascético. Subir y bajar la Cuesta de Moyano, mirando los libros de las casetas y las mesas, constituía una especie de minicamino de Santiago. Al término se tenía una relajación aturdida, y unos cuantos libros en el macuto.

Tales compras eran redentoras. Lo siguen siendo aún. Más que limbo, la Cuesta de Moyano es purgatorio. Los libros purgan el ser viejos, el estar usados y olvidados, el no figurar en una rutilante librería. Pero en cualquier momento un lector puede rescatarlos. Darles el empujón al paraíso.

El propio escritor desanimado puede animarse con el gesto. Pero lo suyo es que la lección ocurra sin estridencias. La decisión de pasarse una mañana o una tarde por la Cuesta de Moyano estaba asociada a esa estética gris. Se trataba de sumergirse en una cierta decrepitud. Toparse con libros de Baroja en un escenario de Baroja. Pero la disidencia tranquila no se tolera. Quieren ‘animar’ la Cuesta de Moyano.

Iglesias, la moción y el circo

Melchor Miralles

Foto: Francisco Seco
AP Photo, File

Pablo Iglesias dispone de una habilidad especial para acertar en los diagnósticos y proponer soluciones disparatadas. Es lo que tienen el populismo barato y las pulsiones autoritarias. Sí, es verdad que la situación de España puede calificarse de grave. Y no es solo como consecuencia de los casos de corrupción que van aflorando poco a poco, y los que quedan por salir, son también la crisis institucional, el poder judicial por los suelos, el problema catalán en ascuas, el paro que vuelve, la falta de confianza de los ciudadanos en los políticos, la economía que no termina de recuperar, el hastío general, la crisis de los medios de comunicación. Pero con su anuncio de moción de censura, Iglesias, que manda en Podemos como Rajoy en el PP, lo que ha hecho es montar un circo, tratar de forzar un debate con Rajoy antes de que declare en el juicio de la Gurtel, intentar presionar de nuevo al PSOE en pleno proceso de primarias y torpedear si le es posible un acuerdo para que el Gobierno saque adelante los presupuestos. Lo que viene siendo montar un cristo, un circo, un jaleo, currarse la página, que dicen en el talego.

Una moción de censura primero se negocia y después, alcanzados unos mínimos acuerdos con la oposición, se presenta y se anuncia. Con sus 67 escaños Pablo Iglesias puede proponerla, y si no se echa atrás, que no sería la primera vez, lo hará, y él será quien se presente como candidato. Pero a la vista de las reacciones del resto de los partidos, no parece que vaya a poder sacar más de 80 votos. Todo un éxito. Pero está en las portadas, ocupa espacio, copa titulares, se hace con las tertulias. O sea, lo suyo, lo que le mola a Iglesias.

Política y socialmente se me ocurren argumentos para armar un discurso en defensa de una moción de censura. Insisto, creo que la crisis que padece España es severa, y no me refiero a la económica. Otra cosa es que parezca el momento adecuado, que tenga posibilidades si no de prosperar, al menos de tener alguna utilidad más allá del ruido, ruido y ruido, que termina siendo estéril y hace crecer la desazón. Pero es una reflexión inútil. Pablo Iglesias sabe lo que hace, y solo pretende crear bulla, influir en el PSOE, apretar a Rajoy y ser protagonista. Una moción inútil. Tiempo perdido cuando en España no tenemos tiempo que perder.

Un paseo entre los olivos y los viñedos de la Toscana española

Leticia Martínez

Foto: Leticia Martínez
The Objective

Escondida cerca del Mediterráneo, entre el Maestrazgo y el Sistema Ibérico, se encuentra la comarca de Matarraña. La región, situada en el Bajo Aragón e inundada de interminables campos de pinos, viñedos y olivos es ,sin duda, una joya cultural y gastronómica que por su luz y sus paisajes se ha comparado con la famosa Toscana italiana. La zona parece anclada en el pasado y ajena al mundo, pero es uno de los secretos mejor guardados de nuestro país. Recorremos sus parajes y pueblos con la intención de descubrir lo mejor de este desconocido rincón de España.

¿Qué ver en Matarraña?

La comarca se encuentra en la provincia de Teruel, está formada por 18 municipios y cuenta con una extensión próxima a los 1.000 kilómetros cuadrados. Sin embargo, a pesar de su reducido tamaño es mejor recorrerla con tiempo, disfrutando de las vistas, su naturaleza y su historia en lo que se conoce como turismo slow.

Valderrobres

Su capital administrativa, Valderrobres, alberga estrechas calles medievales, palacios renacentistas y uno de los emplazamientos más bonitos de España. Merece la pena visitarlo tan solo por la bonita estampa que ofrecen el puente de piedra, que cruza el río Matarraña, el reflejo en el agua de los edificios históricos que lo rodean y el castillo, vigilante, en lo alto de la colina.

Un paseo entre los olivos de la Toscana española 2
Vista de Valderrobles desde el río Matarraña | Foto: Leticia Martínez / The Objective

Después de pasear por el pueblo, se puede disfrutar de la gastronomía típica y los vinos de la región en restaurantes como Baudilio Asador & Restaurante o Fonda Angeleta, en los que es prácticamente imposible quedarse con hambre. Y por supuesto, para finalizar la comida, un buen café acompañado de dulces emblemáticos como los Carquiñols, las Casquetas o los Crespells.

Un paseo entre los olivos de la Toscana española 7
Casa típica Valderrobles | Foto: Leticia Martínez /The Objective

Beceite

Beceite es una localidad de menor tamaño, pero está igual de bien conservada. Destacan los antiguos molinos de paño, que concedió el Papa Luna al converso Jerónimo de Santa Fe, y la Antigua Fábrica Noguera que pasó a formar parte de la industria papelera. También se puede pasear por el casco histórico que se recorre rápido y subir hasta la Plaza Mayor para tomar algo y descansar.

Un paseo entre los olivos de la Toscana española 4
Vista de Beceite a un par de kilómetros de su entrada | Foto: Leticia Martínez / The Objective

El río también es protagonista en Beceite. Su famosa ruta a lo largo del lecho hacia el estrecho del Parrizal dura una hora y carece de dificultades importantes, lo que facilita el paseo en familia. Durante el recorrido se cruzan pozas de color verde azulado, desfiladeros de piedra, cascadas y paisajes típicos de la zona.

Un paseo entre los olivos de la Toscana española 6
Beceite | Foto: Leticia Martínez / The Objective

La Fresneda y Torre del Compte

La Fresneda alberga la Plaza Mayor más bonita de la comarca y una de las vistas más impresionantes de los campos aragoneses desde el mirador de la Ermita de Santa Bárbara en lo alto de la colina. El pueblo es pequeño y cuenta con tan solo 486 habitantes y, como en el resto de la región, se respira quietud y tranquilidad.

El turismo slow es un concepto adaptado para ofrecer al viajero una vía de escape al estrés y la fatiga del día a día. Hoteles rurales como El Convent o la Gracha son lugares de descanso que apuestan por el turismo sostenible y en los que se puede disfrutar también de una buena comida casera con productos locales y del trato familiar y personal de los propietarios.

Un paseo entre los olivos de la Toscana española 9
La Fresneda al fondo junto con el mirador de la Ermita de Santa Bárbara a la derecha | Foto: Rural Calaceite

Merece también una pequeña parada La Torre del Compte, o la Torre del Conde. En particular se puede visitar el Ayuntamiento, la Casa Bergós, de arquitectura renacentista y la Casa Ferrer, cuya leyenda cuenta que el joven conde que vivía en la noble casa se suicidó al enterarse de que la mujer de la que estaba enamorado no le correspondía. Su madre decidió tapiar las puertas y ventanas de la casa para no dejar que el alma de su hijo se escapara de allí. Según se dice, en la noche de San Juan aún se pueden oír sus lamentos.

Un paseo entre los olivos de la Toscana española 10
La Torre del Compte al fondo | Foto: Rural Calaceite

Calaceite

Calaceite es la capital cultural de la comarca. Su casco urbano está declarado como Conjunto de Interés Histórico Artístico y Bien de Interés Cultural por la Plaza España, la Calle Maella o la Casa de la Justicia. Además, antes de llegar a Calaceite, es imprescindible visitar el Poblado Ibero de San Antonio y la Ermita de San Cristóbal.

Un paseo entre los olivos de la Toscana española 12
Ermita de San Cristóbal cerca de Calaceite | Foto: Rural Calaceite

El impresionante yacimiento arqueológico del siglo III a.C se encuentra a tan solo un kilómetro del pueblo y, aunque se puede visitar de manera individual, también es posible reservar una visita guiada para comprender mejor la historia que inunda de la zona. Es más, la empresa turística, Rural Calaceite, propone una experiencia única a través de la historia, la artesanía, los vinos y el aceite de la región de la mano de arqueólogos, maestros artesanos y expertos gastronómicos con los que poder disfrutar de talleres, cenas y catas en la conocida Ruta Ilercavonia.

Un paseo entre los olivos de la Toscana española 11
Yacimiento del Poblado de San Antonio | Foto: Rural Calaceite

Peñarroya de Tastavins

Es la última parada en la ruta de la comarca de la Matarraña. En la entrada del pueblo, a escasos dos kilómetros, se encuentra el Santuario de la Virgen de la Fuente, de estilo gótico y mudéjar, que si bien es ahora una hospedería, permite visitas al patio y la iglesia. El manantial junto con la fuente de 15 caños que hay debajo del Santuario es donde, según se cuenta, se halló la imagen de la Virgen entre los zarzales. También son imprescindibles la Lonja de la Plaza del Ayuntamiento, construida en el siglo XVI o la Capilla de la Virgen del Carmen.

Un paseo entre los olivos de la Toscana española
Peñarroya de Tastavins | Foto: Leticia Martínez / The Objective

Para disfrutar de la familia, el territorio Dinópolis de Tastavins, el Inhóspitak, es una buena opción. Los pequeños podrán aprender sobre dinosaurios, excavaciones e incluso probarse el traje de Indiana Jones. Para los más aventureros, las formaciones rocosas de Masmut son una buena opción. Con unos 100 metros de paredes verticales, el sendero hasta la cima es ya todo un desafío por las fuertes subidas, aunque la escalada merece la pena tan solo para poder disfrutar de las vistas y de la colonia de buitres leonados que anidan en ellas.

Un paseo entre los olivos de la Toscana española 13
Rocas de Masmut | Foto: TurismoMatarranya.es

La Toscana española merece ser recorrida con los cinco sentidos, con la tranquilidad que inunda la región, admirando sus paisajes y su historia en cada pequeño rincón que se antoja aún más mágico, si cabe, por la luz que se esconde entre sus valles de olivos y viñedos cuando de verdad se está disfrutando.

Ochenta años sin Antonio Gramsci, padre espiritual de Podemos

Jorge Raya Pons

Foto: Wikimedia

Antonio Gramsci (1891-1937) fue un hombre de convicciones férreas que antepuso sus propias ideas a la vida misma. Puede decirse de él que fue valiente, genuino, de una inteligencia inusual, y que su espíritu romántico lo llevó a despreciar a aquellos que no compartían su ímpetu. “Odio a los indiferentes”, dejó escrito en 1917, a sus 26 años. “Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes”.

Este joven comunista de aspecto frágil, de salud quebradiza, vivió demasiados años preso por sus ideas; a Mussolini no le tembló el pulso para contravenir la condición de inmunidad parlamentaria de Gramsci con el ánimo de condenarlo en 1927 a una vida sin libertad. A su vez, el fiscal general recomendó mantener su “cerebro” inoperativo durante veinte años, temeroso de que aquellas ideas que promulgaba, tan peligrosas para el fascismo, se extendieran entre el pueblo. No fue necesario tanto tiempo.

Según defienden algunos estudiosos de su biografía, como Franco Lo Piparo, la detención de Gramsci tampoco incomodó al ala prosoviética del Partido Comunista Italiano (PCI), que defendía con fervor la dictadura del proletariado y observaba con recelo el ánimo demócrata del pensador corso.

La nueva política

¿Realmente queréis comprender qué hay detrás de La Tuerka?”, dijo Pablo Iglesias en 2014, mirando fijamente a cámara. “¿Queréis entender por qué Errejón dice lo que dice? ¿Queréis entender las intenciones de Juan Carlos Monedero o de este humilde presentador? Aquí está la respuesta: Antología, de Antonio Gramsci. Con todos vosotros, una de las mejores cabezas del pensamiento radical de todos los tiempos”.

 

Sin duda ese acontecimiento breve que fue la vida de Gramsci se antoja lejano para las nuevas generaciones y parece que el estudio de su obra, comprendida en unas miles de páginas, se ha convertido en un territorio exclusivo de los académicos. Con todo, lo cierto es que explorando entre los rincones del pensamiento gramsciano se encuentran muchas claves de los tiempos modernos. Sobre todo para explicar el auge de algunos partidos en España, pero también en Europa.

“Yo creo que la importancia de Gramsci radica en que comprendió que la política no deriva mecánicamente de la economía”, dice Javier Franzé, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. “Gramsci creía que para conquistar el poder, que él lo entiende como una cosa más cultural, las clases tienen que crear una identidad que incluya a otras clases sociales”.

Franzé se refiere a que el pensador corso reinterpretó la forma en que se obtiene el poder, en que se establece una hegemonía. Para Gramsci, la economía es importante, pero no lo es todo; la conquista más importante consiste en la conquista de la cultura. En reconstruir el ideario de los ciudadanos, en crear una identidad común y reunir al pueblo en torno a unos símbolos, a unos valores comunes, a un sentimiento.

Los miembros fundacionales de Podemos son admiradores confesos de su obra y, una vez nació el partido, decidieron poner sus teorías en práctica, despertando la simpatía de los indignados del 15M. Comenzaron a aparecer en todos los medios, todo el tiempo, haciendo valer una frase que a Juan Carlos Monedero le gusta repetir: “Antes los revolucionarios iban a la sierra, ahora van a la televisión”.  Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero e Iñigo Errejón, los tres politólogos, habían aprendido de Gramsci que la batalla política se gana en el terreno de las ideas.

La enseñanza de la palabra patria se puede conectar con Gramsci

“En los años 70 y 80, el marxismo había caído en una suerte de mecanicismo torpe, en un pensamiento perezoso que solo servía para justificar a la URSS“, explica Monedero a The Objective, dando contexto a la importancia de Gramsci en su partido. “Todo el pensamiento crítico estaba en un callejón sin salida donde, por un lado, si asumías el marxismo, te quedabas encajonado en el pensamiento soviético, y si renunciabas al marxismo, descartabas años de reflexiones sobre el capitalismo. En cualquiera de los casos perdías. En ese contexto se produce una renovación muy importante del pensamiento marxista sobre la base de Gramsci”.

En la facultad de Ciencias Políticas de la Complutense, los profesores fueron siempre más de Gramsci que de Marx, explica Monedero, que se reconoce devoto del pensador italiano. Esto tiene mucho que ver con aquellos hombres que les antecedieron, como Manuel Sacristán o Paco Fernández Buey, quienes allanaron un terreno que facilitaba una visión más crítica del marxismo, más abierta a quienes como Gramsci dieron una vuelta de tuerca a unas teorías que, originalmente, nacieron en un contexto y en una época muy concreta.

Algunos neofascistas se han valido del aprendizaje de Gramsci para estudiar la construcción de símbolos nacionales

Gramsci, a fin de cuentas, creía en la unión de las clases, en la evolución hacia un estado superior, yendo más allá de la disputa entre burgueses y proletarios, restando importancia a la lucha de clases. En otras palabras, el pensador italiano cuestionó de arriba abajo los fundamentos del marxismo. Ahora, sus principios o su “metodología”, como matiza el profesor Franzé, son también utilizados por las corrientes “neofascistas”. Entre ellas destaca el Frente Nacional francés, que, a través de intelectuales como Alain de Benoist, recuperaron las reflexiones gramscianas.

Ochenta años sin Antonio Gramsci, padre espiritual de Podemos
Lápida de Antonio Gramsci. | Foto: Massimiliano Calamelli/Flickr

Cautiverio y muerte

Gramsci estudió todos los días de su vida; analizó la cultura, la religión, las costumbres, las inquietudes de los intelectuales. Durante su larga estancia en prisión, casi nueve años, lidió con la enfermedad, con la soledad, con la penumbra. Tuvo años de gran productividad intelectual y acceso a toda clase de libros. Aquella posibilidad le abrió un mundo y de aquellos años nacieron los tomos de sus Cuadernos de la cárcel, donde se condensa todo su pensamiento.

Un día como hoy, hace 80 años, murió el sardo jorobado, como lo llamaba Mussolini, en una clínica de Roma. Aquejado de varias enfermedades, todas ellas graves, no le fue concedida la libertad hasta que los síntomas fueron más que evidentes. En sus Cuadernos se mostró como un hombre de una gran capacidad analítica. “Creo que vivir quiere decir tomar partido”, escribió siendo joven, y se preocupó por mantener esta promesa hasta el final.

Contó su hermano que, momentos antes de morir, las monjas que cuidaban de Antonio Gramsci trataron de convertirlo al catolicismo. Él estaba postrado en la cama, débil y consciente de que la vida se marchaba. La única respuesta que recibieron de Gramsci fue un gesto: él volteándose, dándoles la espalda, incapaz de concederles aquella voluntad. Gramsci mantuvo hasta último término la que había sido su palabra.

ETA y nosotros

Miguel Ángel Quintana Paz

Fermín era taxista y llevaba en su flamante Simca 1000 a un cliente que acababa de recoger por Bilbao, un tanto apresurado. María Ángeles era estudiante y esperaba a sus amigas en la cafetería en que iban a comer, que aquella tarde tenían examen. Dionisio era dueño de un taller del que sacó el coche para hacer sitio al de su contable, como cada día.

Parecen tres personajes de tres historias que tienen poco que ver. Pero no fueron personajes, sino personas reales. Y sus tres historias, aunque empiezan distintas, acaban igual. Pues en las tres irrumpió, a los pocos segundos de la escena que hemos esbozado, otro personaje: ETA. Terroristas de esta banda asesinaron a Fermín, María Ángeles y Dionisio en la España de los años 70.

Mas así como es preciso contar las historias de los muertos, debemos también atrevernos a contar las de los vivos. ¿Cómo reaccionaron los españoles de los años 70 a parejos asesinatos? Uno se puede hacer una primera idea de ello leyendo el capítulo “Agosto” del libro Diarios, de Arcadi Espada. Allí este periodista repasa, lustros más tarde, las noticias que el periódico El País fue publicando a medida que ETA desengranaba muertos a fines de los 70.

El tono en que El País narra esos sucesos no puede resultarnos hoy más descorazonador. De las víctimas a menudo se insinúan presuntas “culpabilidades” sin prueba alguna y un tanto WTF (por ejemplo, que “en círculos políticos se le consideraba confidente o amigo de la Guardia Civil”). O se puntualiza que la víctima quiso escapar (dónde vamos a llegar) “por lo que fue rematado por los agresores”, a ver si no. De los victimarios a menudo se copia el lenguaje que, evidentemente, enorgullece un tanto a tales victimarios: en lugar de decir “asesinato”, se habla de “acción armada” o incluso de “intervención”, que, como punza Espada, “también lo usan los banqueros y los ministros de Hacienda y nadie los mete en la cárcel”.

Pero no solo el periodismo de la época resultaba mejorable. La reacción de la sociedad en su conjunto (exceptuadas las fuerzas de seguridad, que pagaron duro su empeño) tampoco puede etiquetarse de loable. Todas las víctimas de aquel tiempo coinciden: se sintieron solas, cuando no despreciadas, por las instituciones, por sus compañeros de trabajo, por sus vecinos. Hay fotografías que reflejan, desoladoras, aquel desamparo: el asesinado yace en el suelo mientras sus compañeros de trabajo prosiguen alrededor sus tareas de cada día, apartándose si acaso un poquito del charco de sangre en torno al muerto, que las manchas de sangre luego se quitan muy mal.

Se han propuesto varias explicaciones para esta desidia de los españoles ante la ETA de los años 70 y 80. Nuestra sociedad salía de una dictadura y por lo tanto se hallaba desarticulada, poco ducha en lo de movilizarse y participar contra el mal. O también: ETA asesinó a panaderos, albañiles, cocineros, carpinteros; cualquiera podía estar en su diana, mientras que si te quedabas calladito tampoco es que fueras a hacer ningún daño directo a nadie. O también: ETA había contado con simpatías izquierdistas y nacionalistas por su oposición a Franco; y a veces lleva tiempo modificar tus afinidades.

Sin embargo, lo importante es que todo aquello cambió. Pasó el tiempo y a principios de este siglo ETA ya concitaba rechazos viscerales en casi todas las capas de la sociedad española. Naturalmente, esto fue así porque lo único que pasó no fue el tiempo. Pasó también que muchos intelectuales y políticos se comprometieron en la lucha contra ETA de un modo tan meritorio como brillante. Me resisto a citar siquiera algunos, pues por fortuna son tantos que siempre quedarían otros relevantes por mencionar. Una de las cosas en mi vida con las que estoy más satisfecho es haber llegado a ser amigo de varios de ellos. Pero el lector seguramente sabrá a quiénes me refiero. A todos los que se jugaron la vida explicándonos a los españoles por qué el terrorismo no tenía justificación; por qué hacía falta combatirlo desde el pequeño lugar que cada cual ocupásemos; y por qué era posible vencerlo con las armas de la democracia.

Triunfaron, como digo. Los españoles llegamos a sentirnos unidos ya no solo contra ETA, sino también alrededor de aquellos valores que nos diferenciaban de ETA. La resistencia contra ETA podía haber sido violenta. Podía haber sido autoritaria. Podía haber sido la de un nacionalismo españolista antivasco. Pero fue democrática.

(Cierto es que en los 80 hubo aún ramalazos socialistas de combatir a ETA desde la ilegalidad de los GAL. Pero, por fortuna, hacia el año 2000 todo aquello se había quedado en el pasado).

Esta unidad de los españoles contra ETA solo disgustó y aún disgusta, lógicamente, a dos grupos: los que creen que no debería existir unidad alguna entre los españoles y los que creen que no hay que estar contra ETA. Aunque ninguno de esos grupos es exiguo en lugares como el País Vasco, lo cierto es que en el resto de España su repercusión fue nimia hasta hace poco. Concretamente, hasta la irrupción de Podemos como fuerza política conspicua.

Precisemos: no es que Podemos no desee que exista unidad entre un número lo más alto posible de españoles; en el manual de cualquier populista, obtener la unidad de su “pueblo” es un paso imprescindible. Ahora bien, esa unidad el populista desea que reúna dos requisitos: en primer lugar, que sea una unidad arracimada tras la bandera que él enarbola; en segundo lugar, que sea una unidad contra los enemigos que él desea, no contra cualesquier otros. Dado que la unidad de los españoles contra ETA no implica que por ello vayamos a votar a Podemos, y dado que ETA no pertenece a “la casta”, “la trama” o demás chivos expiatorios del imaginario podemita, se explica perfectamente esa tibieza, y perdonen el eufemismo, con que Podemos ha abordado siempre la cuestión etarra. Tibieza que contrasta, naturalmente, con la calurosa acogida que brinda a quienes zumban a las novias de guardias civiles acompañadas de tales guardias civiles.

Y así nos encontramos con un Podemos incómodo ante esa repugnancia hacia ETA que aún hoy nos acomuna a la inmensa mayoría de españoles. Incomodidad que trata de paliar mediante dos métodos muy simples, pero a la vez eficaces. Se llevan usando desde hace años por todos los que no quieren que el repudio del terrorismo sea uno de nuestros vínculos nacionales. El primer método consiste en diluir el término “terrorismo” en una sopa donde, prácticamente, cualquier cosa enojosa pueda ser etiquetada como tal: hablar, pues, de “terrorismo machista”, o “terrorismo ambiental”, o “terrorismo urbanístico”, o “terrorismo económico”. Cuando todo es terrorismo, entonces un terrorismo concreto, como el de ETA, no es tan grave. De hecho, de eso va el segundo método. Este estriba en resistirse a llamar terrorismo a lo que sí está claro que lo es.

Ahora bien, terrorismo no es cualquier cosa que provoque terror: si así fuera, las películas de fantasmas serían paradigmáticamente terroristas. El terrorismo tiene una definición muy precisa, que naturalmente usted nunca aprenderá en ningún documento de Podemos, y que habremos de recordar. Terrorismo es utilizar la muerte de alguien para, publicitándola, obtener beneficios políticos. Lo explicó hace años Rafael Sánchez Ferlosio de modo exquisito: si a un soldado se le muere de un rayo, pocos minutos antes de que él le dispare, el hombre al que iba a matar, para él esa casualidad meteorológica será igual de válida que si él mismo hubiera eliminado a su objetivo; pero para un terrorista ese rayo habrá desbaratado sus propósitos. El terrorista mata para poder decir que él ha matado. Y para extraer algún beneficio político del terror que ello provocará en la sociedad. Todo lo contrario de quienes cometen otro tipo de desmanes ambientales, financieros o urbanísticos: no solo evitan reivindicar su acción, sino que tratan de ocultar su participación en ella.

¿Logrará Podemos que llamemos terrorismo a cualquier cosa y que no califiquemos así a ETA, sino que volvamos a los años 70 y denominemos a sus atentados “intervenciones armadas” y a sus masacres meras “expresiones de un conflicto”? De todos nosotros hoy, en 2017, depende. De nosotros, que no somos tan valientes ni tan brillantes como los intelectuales y políticos que se jugaron el tipo contra ETA desde los años 80. Pero que tenemos una gran ventaja sobre ellos: que contamos con su precedente. Y podemos ejercer, pues, de enanos a hombros de gigantes morales.

TOP