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Crímenes comparables

José Antonio Montano

Alguien dijo, cuando liberaron a José Antonio Ortega Lara, que parecía salido de un campo de concentración nazi. Se horrorizaba de que algo así se hubiera visto de nuevo en Europa. Cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco, la comparación fue con los últimos fusilamientos franquistas: la espera atroz, “al alba, al alba…”. Se recurría, pues, al nazismo y al franquismo para dejar patente el carácter de los crímenes de ETA.

Ese afán pedagógico, del que yo suelo echar mano también, es síntoma del mayor fracaso de la historia del siglo XX. En 1997, a tres años (o cuatro) de su final, aún había que recurrir a ‘comparaciones’. Uno de los matarifes ideológicos del siglo, el comunismo, se iba de rositas hacia el siguiente…

Y en el siguiente estamos. Pagando esa miseria. Toda la prevención social que por fortuna se mantiene (aunque con sustos) contra el fascismo, desaparece en buena medida cuando se trata del comunismo. Es algo que para mí resulta incomprensible; o cuya comprensión solo se atisba si se considera el fondo religioso, o teológico: la pretensión de pureza (abstracta siempre) pasando por encima del mundo físico, masacrándolo si hace falta.

Con el fascismo era igual, pero sus sacerdotes están desprestigiados. Al contrario que los del comunismo. El rebrote que ha habido últimamente, en todo el mundo y en particular en España, es desolador. Prestigio no es que tengan demasiado nuestros comunistas, pero sí predicamento. Y votos. Con todas las semillas criminales o protocriminales íntegras en su discurso. Que esas semillas no germinen se lo debemos (se lo deben) a las actuales circunstancias históricas: esas mismas que desprecian.

Las comparaciones, sin embargo, me parecen legítimas. Desde la izquierda ilustrada y democrática (¡tan trabajosa!), a estos individuos se les puede equiparar perfectamente a los fascistas. Como estrictos totalitarios que son.

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El quinto mandamiento

José Carlos Rodríguez

Foto: Alessandro Bianchi
Reuters

No sé si Francisco es capaz de realizar milagros, pero sí ha logrado obrar maravillas, como tenernos a los agnósticos rezando por su conversión. El Vicario de Cristo es un hombre muy mundano. Está apegado a esta tierra como el catoblepas; con un ojo mirando al frente y otro al suelo. Aquí abajo se manifiesta sobre las cuestiones que nos interesan a los pecadores. Cristina Kirchner buena, Mauricio Macri malo. Nicolás Maduro bueno, Sebastián Piñera malo. En este sentido, el de la comunicación, es un hombre eminentemente moderno. Contemporáneo. Digital. Atrás quedan las tortuosas sutilidades del escolasticismo. El pensamiento hashtag es lo que se lleva. Manes tuitero.

Los cascotes del materialismo forman parte de su dialéctica. El evangelio de Francisco es el nuevo Libro verde de Gadafi, el nuevo Libro rojo de Mao. Francisco es el nuevo líder moral de los no alineados. Y así aprendemos que el hombre ya no es el guardián de la Tierra, como ha defendido la Iglesia hasta Benedicto XVI, sino su devorador malvado e inconsciente. Y la libertad humana ya no está cerca de la verdad. La verdad de la doctrina social de Francisco es que la libertad de producir e intercambiar el fruto de ese esfuerzo es el camino hacia el mal.

Ahora sabemos que de las interioridades de la conciencia de Francisco sale el juicio moral según el cual los terroristas de Sendero Luminoso son mejores que las “monjas chismosas”. Será una broma. Cabe pensar que lo es. Cabe pensar que no lo es. Y que en su escalafón moral las bombas que sueltan las monjas cotillas son comparables a las del grupo terrorista, con sus 70.000 muertos.

El escándalo y el oxímoron han formado parte del mensaje cristiano desde su mismo profeta. Pero dejan de hacer gracia cuando la chanza se refiere al quinto mandamiento.

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Siempre gana Convergencia

Laura Fàbregas

Foto: ERIC VIDAL
Reuters/File

En Cataluña estamos asistiendo a una lucha por la hegemonía nacionalista entre el partido sucesor de CDC y ERC. Esta lucha condiciona la política catalana como mínimo desde la reforma del Estatut, cuando competían con el PSC para ver quién era más nacionalista.

Esta pugna también es la que impidió que después de las elecciones “plebiscitarias” del 27S nadie se atreviera a reconocer que no tenían la mayoría social. Solo Antonio Baños lo admitió durante la noche electoral, pero con el tiempo —y los gintonics— se le debe haber olvidado. Artur Mas, por su parte, ha tardado dos años en reconocerlo. En aquel momento se trató de presionar a ERC para formar la lista única y, ahora, para que acepte el candidato que proponga JxCat. 

Con todo, los republicanos probablemente han demostrado ser el partido catalán menos corrupto, pero también el más necio. Su líder ha acabado en la cárcel y los réditos electorales han sido para el fugado. 

Los de Junqueras podrían haber pactado con la CUP un candidato alternativo y demostrar a la derecha nacionalista que la izquierda independentista tiene la mayoría parlamentaria, pero todo apunta a que acabarán aceptando el candidato impuesto por JxCat. 

Y, cuando esto termine, Puigdemont será tan prescindible como Mas. Porque lo importante no es la independencia, sino mantener el poder. Y este es un juego donde siempre gana Convergencia.

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Mansa Musa y el lujo de la envidia

Andrés Miguel Rondón

Foto: STELIOS VARIAS
Reuters

Hace ocho siglos ser, como era Mansa Musa (emperador del Tombuctú y de sus minas de oro), el hombre más rico de la historia del mundo te compraba cincuenta y siete años de vida, doce mil esclavos vestidos de seda, veinte ciudades de lodo y el más esplendoroso Hajj a la Meca en la historia del Islam. Es decir, cosas mínimas. Hoy en día el mismo viaje que le tomó al rey Mali más de diez meses en completar (inmersos, no olvidemos, en las ardientes arenas del Sáhara, al ritmo del camello taciturno y sin Youtube), además de media tonelada de oro, la hago yo, por ochocientos euros, en seis horas y media de avión, con audífonos, un libro traducido y un bote de aspirinas. Y eso no siendo ni Bill Gates ni muchísimo menos, sino ganando el salario medio en España en este siglo veintiuno.

Aun así, a la pregunta “¿Quién fue más feliz en su vida – Mansa Musa o yo?” No logro darle una respuesta convencida. Y no por ser yo infeliz – yo estoy, según el diagnóstico de mi portera (que no es médico), ‘bien’. Algunos días hasta ‘favorecido’. Pero quién soy yo para sospechar sobre el estado de ánimo de un rey. Que conquistó ciudades, se hizo el roadtrip más famoso de la historia. Que acarició, en su época, el imposible (ir a la Meca desde el África occidental). Y que luego regresó, sin cansancio alguno, a fundar las legendarias librerías de Tombuctú -en búsqueda, vale acotar, y sin ganas de faltarle el respeto, de verdades metafísicas que yo consigo en dos segundos en Google. Pero bueno -que hizo lo que quiso. Y que fue rico. Muy, muy rico.

Aun así, y para dejarme de merodeos, este Mansa Musa es un indigente al lado de los 102.000 suicidas que hubo en el mundo occidental en el año 2014. Aquellos que, según la misma lógica progresista del sistema en el que vivimos, debían de haber sido tantas veces más feliz que él. Que tenían expectativas de vivir noventa años sin pasar un día de mucho calor o mucho frío gracias al gas y el aire acondicionado. Que tenían resguardados casi todos sus derechos. Con internet y toda su oferta gratuita de entretenimiento a sus manos. Con acceso ilimitado a aquel condimento tan preciado en la África del medioevo – la sal. Tanta sal como Musa tenía oro. Pero que sin duda fueron muchas veces más infelices que él.

Tal es la impotencia final del progreso y la relatividad del dinero. Es verdad susurrada que toda la riqueza del primer mundo no contenta a sus habitantes, cuyo mayor lujo es seguir muertos de la envidia. Evidencia de lo cual es admitir que todos en algún momento hemos fantaseado con ser príncipes en un pasado sin microondas. O con gozar más, a pesar de nuestras actuales comodidades, en el futuro que nos prometen tanto populistas como autores de ciencia ficción. O en vivir la vida del vecino. Es la verdad y debemos admitirla. A pesar de tanto progreso nunca seremos, plenamente, felices. Ni siquiera en la utopía… Con lo cual mejor vivir para otras cosas.

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No sóc aquí

Pilar Cernuda

Foto: Daniel Pérez
EFE

Comentaba días atrás un miembro de ERC que “lo que no supera nadie es el ridículo, y al ridículo es a lo que nos está llevando la huida de Puigdemont y su empeño en gobernar desde Bruselas”.

Boadella, un genio, que cuando estaba en su apogeo el pujolato en su saga de “Ubú President” se ensañó con Pujol y Ferrusola ridiculizándoles a base de bien, ejerce ahora como Jefe de Estado de Tabarnia, y ha comenzado su mandato con un mensaje institucional de obligada visión para quien busque la vertiente desdramatizada del problema independentista. Comienza con un “No sóc aquí” que rememora el histórico “Ja sóc aquí” de Tarradellas, pero aplicado a quien pretende ser presidente desde fuera de Cataluña. No falsea Boadella su propia situación, porque el mensaje lo grabó fuera de Cataluña, y desde fuera de Cataluña piensa ejercer ridículamente el ridículo cargo de jefe de Estado de un Estado que no existe.

Tabarnia es una broma, pero se puede convertir en algo serio si aglutina a quienes están no ya hartos de independentismo, que también, sino hartos de políticos que con sus disparatadas actuaciones han despojado a Cataluña de su imagen de región avanzada, culta, europeísta, señorial y de sólida economía. Los promotores de Tabarnia, con Boadella a la cabeza, se resisten a que un puñado de políticos que han hecho del engaño su bandera y que han destacado sobre todo su mediocridad, lleven a Cataluña al abismo. Cuentan con dos millones de votos, es cierto, pero en ese triunfo innegable tiene mucho que ver que la falacia suele encontrar terreno abonado para conseguir adeptos, y si han demostrado sobradamente su torpeza en los asuntos de gestión, sin embargo son espléndidos en los de comunicación, y sus lemas sencillos y reiterativos, aunque mendaces, han calado en parte de una sociedad dispuesta a pensar que España es el origen de todos sus males. No ha ayudado mucho la acción de los sucesivos gobiernos centrales, también hay que decirlo, por eso están las cosas ahora como están. Mal. Sin embargo, la idea de Tabarnia y el fichaje de Boadella suponen un elemento de esperanza: nada mejor que echar mano del ridículo para destrozar al adversario.

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