Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

El ruedo mental

José Antonio Montano

Foto: JAVIER BARBANCHO
Reuters

Cada vez que pienso en los toros, cuando se me pide que piense en los toros, noto que en mi ruedo mental me voy desprendiendo. Y debo resaltar lo de “cuando se me pide”, porque por mi cuenta no suelo pensar en los toros: es una preocupación secundaria en mi vida. Se me pidió también el verano pasado y percibo que me he alejado más. Todavía no defiendo la prohibición, pero ya no peleo con quienes la defienden. Hace solo cuatro años me recuerdo discutiendo acaloradamente con una amiga por las calles de Lisboa y ese ya no soy yo.

No sin sorpresa, observo cómo la civilización va ganando terreno en mí. ¿Será la edad? Ya me cuesta trabajo hasta matar insectos (aunque si hay que matarlos los mato). Se me va imponiendo un resquemor budista, un respeto por todo bicho viviente. Nunca he sido cruel con los animales, pero en el contexto taurino el dolor desaparecía: envuelto en el ritual, en las emanaciones simbólicas o en la simple diversión. Pocas veces contemplaba realmente el toro como ser vivo. Era una metáfora.

De niño, como casi todos los niños de mi generación, jugaba a ser torero. Puedo ver la muletita roja en la cama, cuando me la regalaron mis padres. Pero ni siquiera llegué a convertirme en un aficionado. Las corridas estaban con frecuencia en la tele y a veces me paraba a mirarlas (en blanco y negro primero, en color después). No me hacían daño. Sufría más mi abuelo, al que sí le gustaban. Permanecía callado durante las faenas. Y cuando moría el toro decía, con compasión: “Animalito” (entonación: “áni-malito”).

Había más amor por el animal en esa palabra que en las proclamas de los animalistas. De eso no me olvido. En mi ruedo mental se mantiene ese tope.

Continúa leyendo: Donald Trump señala el cambio a la paz

Donald Trump señala el cambio a la paz

José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez reflexiona acerca de la polémica y el conflicto desatados por Trump luego de que reconociera a Jerusalem como capital de Israel y ordenará trasladar allí la embajada, que ahora está en Tel Aviv.

Continúa leyendo: La traición

La traición

Laura Fàbregas

Foto: YVES HERMAN
Reuters

¿Qué pasa en Cataluña? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí, y por qué los que no somos independentistas hemos tardado tanto en hablar?

La respuesta tiene que ver con el factor humano. Hemos tardado tanto en alzar la voz porque por mucho tiempo hemos sentido que formábamos parte de ellos: del mismo pueblo, no sé si un sol poble, pero sí un pueblo cívicamente unido. Hemos abandonado progresivamente el espacio público por temor al ostracismo o la muerte civil. A que nuestros más allegados pensaran que no éramos dignos de su confianza. Porque, digan lo que digan, la libertad más difícil no se ejerce ni contra el poder –en democracia, siempre algo abstracto y lejano– ni tampoco contra la publicidad. La libertad más difícil se ejerce contra los amigos. Contra los tuyos.

El sociólogo Émile Durkheim habló de “efervescencia colectiva” para explicar este fenómeno donde una sociedad comparte prácticas, hábitos y creencias como, por ejemplo, las Diadas. Durkheim ha sustituido a Montesquieu quien, probablemente, hoy sería un facha para la mitad de catalanes.

En Cataluña se han roto los valores de la ilustración. Los que hacen que un individuo pueda discrepar de los suyos a través de la razón independientemente de la compasión, el amor y las emociones que pueda sentir por ellos. Por eso tanta gente se sintió interpelada en la jornada del 1 de octubre al ver que una parte de los suyos recibía porrazos. Aunque pensara que eran ellos los que estaban equivocados. Como una madre que no quiere que metan a su hijo en la cárcel, aún sabiendo que es culpable. El valor está en decirle a su hijo que se ha equivocado, pero nadie discutiría el amor y lealtad de esa madre.

El nacionalismo destroza el terreno común que posibilita el debate, incluso entre familiares. Un liberal, un socialdemócrata e incluso un comunista pueden debatir sobre cuál es la mejor manera de generar riqueza y distribuirla. Un nacionalista no puede, porque aunque lo vista de racionalidad, el último eslabón de esta ideología apela a la parte emocional. Y si no estás con los tuyos, eres un traidor.

Continúa leyendo: Láinez, Lanza y los que le echan leña al fuego

Láinez, Lanza y los que le echan leña al fuego

Melchor Miralles

Foto: Youtube (CC)

Ha ingresado en prisión, como era de esperar, Rodrigo Lanza, ese canalla que se ha convertido en un homicida tras ejercer de mártir antisistema. Nieto de un almirante de Pinochet muy vinculado al dictador chileno, Lanza, de 33 años, dejó hace tiempo tetrapléjico a un policía autonómico catalán en el desalojo de una vivienda “okupada”, y fue condenado por ello a 5 años por el Supremo. El caso fue sonado y la investigación policial fue calamitosa, y dio pie al famoso documental Ciutat Morta, en el que participó activamente Lanza. Cuando fue encarcelado recibió el entusiasta apoyo de Pablo Iglesias, Ada Colau y otros líderes populistas, que ayudaron a convertirle en un icono de la extrema izquierda. Pero Lanza se ve que lo tenía claro. Ahora vuelve a la cárcel. Tras salir de la prisión por este caso, se instaló en Zaragoza, donde era muy conocido por su liderazgo radical antisistema. Lanza, apodado “El Rodri”, vaya usted a saber por qué, está acusado de la muerte a golpes de Víctor Laínez, que murió tras ser atacado el pasado viernes en un bar zaragozano por un grupo de radicales de extrema izquierda tan solo por llevar puestos unos tirantes CON los colores de la bandera de España.

Sorprenden las precauciones de Pablo Iglesias y otros líderes de la extrema izquierda al valorar el asesinato de Laínez. Iglesias dijo que “condenamos cualquier tipo de violencia”, que es una forma de no mojarse, de dejar a la libre interpretación de cada uno que quizá en función de quién sea la víctima y quién el verdugo Iglesias y otros ponen sordina a la condena del acto, lo cual me parece insólito y repugnante. Por no hablar de las bazofias que, como siempre, se han leído sobre el caso en las redes sociales. Es terrible que alguien pueda apalear hasta la muerte a otro ser humano por el color de los tirantes que lleva, por cualquier motivo ideológico. Resulta más contradictorio aún, y creo que debe llevar a una reflexión profunda de buena parte de la izquierda española, que pueda llegarse a ese límite el odio a quien piensa de modo diferente a uno. La violencia es inaceptable, se vista del traje que se vista, la ejerza quien la ejerza y sea quien sea la víctima.

Quienes han visto a Lanza como un héroe digno de elogio debieran censurar sin matices su comportamiento, y reflexionar sobre cómo es posible que haya legado a este límite. Porque es de esperar que jamás vuelva a suceder nada parecido, con nadie. Y algunos alimentan comportamientos violentos con su discurso político extremista. El único responsable del asesinato de Láinez es el autor material del mismo, pero cuando se le echa leña al fuego se sabe lo que sucede. Y hay demasiados que han echado leña a este fuego en muchos lugares de España. Ojala no vuelva a repetirse

Continúa leyendo: Teoría del soberano

Teoría del soberano

Gregorio Luri

Foto: Francisco Seco
AP Foto

“Es soberano”, decía Carl Schmitt, “quien te está afeitando con una navaja de afeitar”. Si no decía esto, decía algo parecido.

Cansado del “proceso”, quiero hablar de barberos, comenzando por el del rey Midas, que un día descubrió un secreto íntimo de su señor y como no podía contener su poder expansivo en su corazón, hizo una agujero en la tierra, lo susurró y allí lo dejó enterrado. Él no tuvo culpa de que crecieran en aquel lugar unas cañas indiscretas, que pregonaban lo que sabían, como las hojas de la prensa, cada vez que el viento las mecía.

Añoro aquellas barberías de antes que eran un santuario de la masculinidad desacomplejada: el humo del tabaco, la brocha de afeitar de tejón, la navaja, que se afilaba en piedra y se suavizaba en el asentador de cuero, la bacía (o celada de caballero andante), los calendarios con obviedades ilustradas, el after shave, “Floïd”, por supuesto, que distribuía en exclusiva para toda España el empresario catalán Joan B. Cendrós, uno de los fundadores de Òmnium Cultural y del Institud d’Estudis Catalans. La barbería era un lugar al que no se les ocurrió entrar a las mujeres hasta que un barbero holandés afincado en Mallorca, llamado Bob Van den Hoek, puso un letrero prohibiéndoles la entrada. Pero esta es otra historia.

El Floïd escocía. Mucho. En los primeros afeitados a hurtadillas, en los que te dejabas media cara en la cuchilla, resistir su ensañamiento en cada herida era la prueba de fuego de un ritual de paso. En el borde del lavabo un celtas elevaba su hilillo de humo como un sahumerio. “Smoke gets in your eyes”, claro.

¡Qué ambigua -¿verdad?- la añoranza del Floïd!

No sé si conocen ustedes la historia de aquel emperador chino al que todo se le torcía. Primero vinieron las sequías, a las que sucedió el hambre y las epidemias. En palacio se susurraba que en el pasado, en situaciones excepcionales se sacrificaba al emperador, porque sólo su sangre podía modificar el destino de su pueblo. Pero aquel emperador era demasiado débil. Comenzó a escasear el vino en su mesa y sus propias mujeres lo miraban con ojos de verdugo. Cuando se agotaron las despensas de palacio, ordenó a su barbero que un día, sin previo aviso, lo degollara. El barbero, asintió en silencio, empuñó la navaja y comenzó a afilarla como hacía cada mañana. El emperador, muy pálido, con la respiración entrecortada, cerró los ojos. Cuando sintió el frío contacto del filo en la papada, comenzó a sudar. Pero aquel día no ocurrió nada… ni el siguiente… Llegaron mensajeros con pésimas noticias sobre la situación en las fronteras. El emperador dormía intranquilo y se despertaba pensando en el barbero. Dos astrólogos se arrancaron los ojos. El filo de la navaja y su sudor eran cada vez más fríos. Los soldados desertaban en masa. Una noche el emperador se fue a dormir con la noticia de que algunas de sus concubinas se habían cortado las venas. Tuvo sueños extraños. Con los primeros rayos del alba, tomó la decisión definitiva. Mandó llamar al jefe de la guardia y le ordenó escuetamente: “¡Que ejecuten a mi barbero!”.

Este es el sueño del derrotado: ejecutar a la realidad, la soberana inapelable.

Escrito en Cataluña el 13 de diciembre del 2017, día de Santa Lucía, patrona de los ciegos.

TOP