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Llach o la continuidad de las brasas

José Antonio Montano

Foto: Mondelo
EFE

El error sería considerar que hay un Lluís Llach artista y un Lluís Llach soplón, acusica, represor, que aún no manda y ya está castigando. Castigador ha sido siempre: sus canciones y sus mohínes de ser hipersensible eran ya una tortura, un suplicio insoportable. No hay dos Lluís Llach, sino un único Lluís Llach: entre sus diversas brasas hay una continuidad absoluta, porque todas salen del mismo brasas.

Llevo años en campaña contra los cantautores y no se me ha tomado en serio. He pasado por hombre insensible, cuando lo mío era una pura campaña por la sensibilidad. Campaña cuyo paso previo inexcusable era limpiar del panorama las babas de la pseudosensibilidad. El daño que han hecho los cantautores con su pseudosensibilidad a flor de piel, babosa, repugnante, no se puede cuantificar. Así a ojo, han arrasado generaciones y generaciones de sensibilidades. En términos educativos, han hecho más daño que la Logse.

Y la Logse estaba ya enterita en “Esos locos bajitos”, de Joan Manuel Serrat. Los cantautores empezaron así: afeándoles la conducta a los adultos que regañaban a los niños, marcándose el pegote lúdico y coleguil, y han terminado siendo una mezcla de Tejero y la señorita Rottenmeier. Aunque Serrat, todo hay que decirlo, no ha llegado a tanto (y se le nota avergonzadillo). En la cúspide, como guinda del asqueroso pastel nacionalista, está Lluís Llach.

Me pongo, para calentarme, su concierto en el Camp Nou de 1985 y el exhibicionismo de su emotividad es repulsivo. La cenagosa mermelada no deja margen: es un atrapamoscas del que no te puedes despegar, porque si lo intentas te conviertes en un monstruo. Un monstruo apaleable: ahí está el truco. Es un arte el de Llach (¡un pseudoarte!) pringoso, abusón, mangoneador, en cuyas melifluidades chantajistas estaban ya el odio y el cachiporrazo.

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La retirada melancólica

Ricardo Dudda

Foto: SUSANA VERA
Reuters

Es difícil ser optimista con el problema del independentismo catalán. El procés puede durar eternamente porque es un fenómeno retórico, eufemístico, una sucesión de escenificaciones. Pero sus efectos en la sociedad catalana son reales y se perciben. Aunque las sociedades son muy volubles y nada es nunca irreversible, el esfuerzo de unir a las dos Cataluñas será enorme; el esfuerzo del independentismo para reconducir el entusiasmo hacia cauces menos rupturistas también.

Es posible que, del mismo modo que desde 2012 hasta hoy el independentismo ha crecido radicalmente, podrá retroceder. Pero tardarán en desaparecer el victimismo, el resentimiento y el rencor, la cultura del agravio, el uso de la memoria, siempre selectiva, la política como un acto expresivo, épico y “divertido”, más allá de la transacción y la negociación. Vivimos una época en la que cada generación necesita un momento épico fundacional, una Transición a nuestra medida. Como escribía un difunto tuitero, cada nueva generación piensa que el colectivismo (y puede sustituirse con cualquier otro ideal político) falló porque no lo lideraron ellos.

El procés vive jornadas históricas casi cada semana; acostumbrados a esto, los independentistas, y quizá no solo ellos, exigirán algo más que bienestar o reconocimiento. Quizá exijan entretenimiento, emoción, pasión. Durante años, millones ciudadanos catalanes han depositado mucho capital emocional en el procés. El processisme le ha devuelto eufemismos, hipérboles, momentos históricos, pero es posible que su impresionante capacidad para renovarse llegue a su fin. Difícilmente habrá un momento de responsabilidad colectiva de las élites, y dudo que llegue el momento de la rendición de cuentas. El procés intentará sobrevivir. La sociedad civil se decepcionará. Y, cuando esto ocurra, quizá lo mejor sea una lenta y melancólica retirada.

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Tener pene

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Erol Ahmed
Unsplash

Para esa mitad aproximada de la población que dispone de uno, tener pene puede parecer algo más o menos trivial. En realidad no lo es. Tener pene es importante. O, mejor dicho, no tenerlo lo es. Cuando empecé a relacionarme con politólogos e intelectuales en seguida noté algo extraño: era como si no existiera. Los corros siempre se cerraban ante mis narices, casi nadie prestaba atención si me atrevía a decir algo y con frecuencia no llegaba a terminar mi excurso porque alguien me interrumpía antes.

Era una situación desconcertante por nueva. Nunca me había pasado en un aula, donde uno sabe que se sienta entre semejantes y donde la brillantez de las ideas y la cuantía de los conocimientos las examina un evaluador externo al grupo: un profesor.

Al principio achaqué estas reticencias a mi edad. Era un poco más joven que la mayoría de ellos, así que pensé que quizá se tratara de eso. Y, claro que tenía que ver, pero pronto noté que había otros chavales a los que se integraba y se dispensaba el trato considerado que a mí me negaban. Aquel entorno era muy masculino, pero imagino que muchas mujeres habrán vivido experiencias similares en ámbitos distintos.

Yo decía algo y nadie se dignaba mirarme. Un rato después, algún tenedor de pene repetía el mismo argumento y era recibido con asentimiento y celebración. Así asumí que mi problema era no tener pene. La otra opción era aceptar que era más tonta que el resto, y yo, que me tengo por una persona segura, alguna vez dudé de mí, y me avergoncé de mis opiniones y pensé que quizá no estuviera a la altura.

Escribir se convirtió en la única forma de poder expresarme sin interrupciones, sin sonrisas paternalistas ni gestos de desdén. Después, claro, mis artículos no se leían como los de ellos y mucho menos se compartían. Todavía es así. Cuando eres mujer es duro labrarte un espacio propio. Tienes que ganarte el respeto de todos: de los desconocidos, de los amigos y hasta de tu novio. Aprendí que, a veces, para obtener la bendición de los cercanos tienes que conquistar primero el favor de los extraños. También, que es más fácil conseguir el aplauso de los próceres que de quienes creen competir contigo. Pero sería injusto generalizar y no admitir que me he cruzado con hombres estupendos que me han tratado como a una igual y que hoy me son muy queridos.

Como soy muy cabezota, no dejé de escribir. Me dije: “Te va a costar un poco más que a ellos, pero, al final, llegarás tan lejos como te propongas”. Sigo convencida de ello. No me malinterpreten: no creo en esas frases de autoayuda barata que lo conminan a uno a perseguir sus sueños, como si la intención forjara el éxito. Pero creo tener algún talento, aunque publicarlo sea probablemente pretencioso y poco femenino. No escribo esto buscando explotar el victimismo con el que tontea algún feminismo. No soy débil. Me gustan las personas fuertes. Me gustan las mujeres fuertes.

Una vez, cuando era pequeña, una mujer (una amiga de mi familia, además) me preguntó, casi retóricamente, si yo quería ser un chico. Supongo que lo decía porque me pasaba el día saltando, trepando, corriendo, jugando al fútbol. No me gustaban las muñecas ni esos vestidos incómodos. Me identificaba con personajes como Peter Pan, Tintín, Basil, aquel ratón émulo de Sherlock Holmes, o Arturo, en la película que Disney dedicó al mago Merlín. Me aburrían los cuentos de princesas, pobres muchachas pasivas a la espera de un señor guapo, y me daban miedo las brujas. Nunca respondí a aquella pregunta, “¿A que te gustaría ser un chico?”, porque me quedé sin palabras. El mensaje era aterrador: todo lo que me hacía feliz era impropio de una chica. Estaba íntimamente escandalizada y furiosa, aunque fui incapaz de manifestar escándalo o furia.

La contestaré hoy, cuando han pasado más de veinte años y tengo, por fin, algún público que me lea: no quiero ser un chico. No queremos ser hombres. Solo queremos ser iguales.

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Hacia dónde va el procés

Aurora Nacarino-Brabo

El su columna de hoy Aurora Nacarino-Brabo habla de la situación de la coalición independentista en un momento en el que parece que desescalar la tensión parece difícil.

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Vídeo: Museo Guggenheim Bilbao, el arte de cambiarlo todo

Redacción TO

Hace 20 años se inauguró el Museo Guggenheim Bilbao, un proyecto ambicioso situado junto a la ría de la capital vizcaína, una ciudad principalmente industrial que hasta entonces vivía un poco de espaldas al turismo, más allá de su excepcional oferta gastronómica. Dos décadas después queda la esencia de sus gentes y, por supuesto, su oferta gastronómica, pero su transformación ha sido tal, gracias al museo, que la ciudad puede estar orgullosa de ser uno de los destinos turísticos por excelencia, con visitantes procedentes de todas partes del planeta.

Puedes leer el reportaje completo aquí.

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