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Antipsiquiatría

José Carlos Rodríguez

–        Dice entonces que ha recibido una visita por parte de unos extraterrestres.

–        Así es.

–        ¿Se comunicaron con usted?

–        Sí. Me anunciaron el próximo fin del mundo.

–        Y ¿estaba sólo cuando ocurrió eso?

–        Perdone que le interrumpa, doctor. ¿Le puedo hacer un par de preguntas?

–        Por supuesto.

–        ¿Usted es creyente?

–        Sí.

–        Y ¿qué religión profesa? Si no le importa que se lo pregunte.

–        Yo soy católico.

–        Es decir, que usted cree que existe un Dios, que fue concebido en la tierra por una mujer virgen, que resucitó y se transmuta, gracias a un rito, en pedazos de pan ácimo.

–        Sí, es lo que creo.

–        ¿Y usted es quien va a juzgar si yo estoy loco y si merezco estar encerrado en una institución?

Esta historia, que creo que es apócrifa, ejemplifica el modo de pensar de Thomas Szasz. Suyas son estas palabras: “Si hablas con Dios, estás rezando. Si Dios habla contigo, eres esquizofrénico. Si los muertos hablan contigo, eres un espiritualista. Si hablas con los muertos, eres esquizofrénico”.

Este psiquiatra hizo una crítica demoledora de la su propia disciplina, y lanzó un bombazo con su libro El mito de la enfermedad mental. Ese sintagma es a su juicio una mala metáfora. Y una mala metáfora es lo más peligroso que puede haber en política (espacio vital, clase obrera, destino nacional…). Como toda idea liberadora, la de Szasz conlleva su propia condena. Tratar los comportamientos como enfermedades exime a los pacientes de su carga moral, mientras que la posición de Szasz les reconoce toda su libertad, pero también toda su responsabilidad.

Con efectos del primer día de este año, Dinamarca deja de considerar la transexualidad como una enfermedad mental. Ha llegado la hora de la responsabilidad moral.

¿Y si el yihadismo es invencible?

Andrés Ortiz Moyano

Foto: Romeo Ranoco
Reuters

“Las personas necesitan ejemplos drásticos para salir de la apatía. Como hombre pueden ignorarme o destruirme, pero como símbolo puedo ser incorruptible, inmortal”.

“¿Qué clase de símbolo?”.

“Algo primario, algo aterrador”.

Sirvan como ejemplo ilustrativo, quizás frívolo o gratuito por la tesis que viene a continuación, las palabras de Bruce Wayne a su buen Alfred para justificar el nacimiento del caballero oscuro.

Y es que no hay nada peor que batirse el cobre con un enemigo descabezado, fantasmal. A pesar de que nos empeñemos en demostrar lo contrario, los seres humanos somos individuos racionales. Creemos en lo que vemos y entendemos, y aquello que escapa de nuestra sobresaturada gnosis adquiere unas connotaciones de terror arcano y supersticioso que nos inquieta irremediablemente. En la guerra y los conflictos ocurre algo parecido. Las fronteras ya no existen, y es en este panorama donde ha medrado el terrorismo islámico. Pensemos en el Daesh. Parece que llevemos toda la vida sufriéndolos cuando, en realidad, hace apenas tres años nadie sabía quiénes eran.

La proclama del califato puso dirección postal y razón social a un enemigo que luego tardamos un tiempo en tomar en serio. Concretamente, lo que esperaron para atacarnos en nuestro propio suelo. Y antes, que exterminaran yazidíes, prostituyeran hazaras o aniquilaran minorías cristianas y chiíes, no parecía ser para tanto.

En cualquier caso, todo apunta a que la historia de su califato será fugaz, pues tres-cuatro años no son nada en la inmensidad de la Historia. Pero lo terrible, para nosotros, etnocentristas, es lo que está por llegar. Le hemos dado credibilidad y alas a la supuesta omnipresencia y omnipotencia red de ‘franquicias’ Daesh. Este meteórico ascenso se entiende, por supuesto, como consecuencia de este mundo de tuits, hashtags y análisis prematuros e irresponsables. Vivimos aterrados porque puedan asesinarnos cuando, estadísticamente, es más probable que nos mate la coz de una mula torda.

Y, sin embargo, así es. Como decía el señor Wayne, el verdadero terror se alza etéreo por encima de territorios y banderas, por encima de credos y xenofobias; se ha convertido en algo «inmortal, primario y aterrador». Se ha consolidado como una suerte 2.0 del anillo de Sauron, capaz de aunar a todo extremista, radical, amargado e incluso perturbado que deteste a su prójimo, por una falsa licencia religiosa, pero que, en realidad, es debido a la más profunda y cobarde mezquindad humana.

Sirvános como botón de muestra la tan célebre figura de los lobos solitarios. A pesar de su llamativo nombre, en realidad no existen. No en vano, se ha demostrado que, en la mayoría de los casos, hay al menos una mínima conexión entre los terroristas ejecutores y la matriz, lo que, por lógica, los convierte en terroristas puros y duros. Pero otra cosa es ese ‘franquiciado’ yihadista que organiza sus propias acciones de microterror, provocando el mayor daño posible con los medios más escasos y rudimentarios, y en el último instante grita “Allahu Àkbar” (y nosotros, zotes, hemos sido cómplices del secuestro de esas palabras de educación y paz). Es ese tipo, y no el otro, el que simboliza la indestructibilidad del yihadismo. El triunfo del mal radica en aquel que corre a abrazarse a un simbolismo perverso e intangible que trasciende la lógica.

Por ello, quizás debamos reflexionar de forma honesta. ¿Y si no podemos ganarles? ¿Y si ya hemos perdido la batalla dejando que el enemigo tangible se convierta en un inmortal abstracto? Como decía el Santiago de la formidable novela homónima de Mike Resnick, «los revolucionarios no queremos ganar porque no vamos a ganar. Pero es que quizás lo que queramos es no perder». Y así es. Nadie en su sano juicio se puede creer que este u otro califato futuro se vaya a extender a lo largo y ancho del planeta, pero quizás no le haga falta o simplemente no lo busque. Les basta con tenernos amedrentados, supersticiosos ante su supuesto poder infinito. Y parece que sí, asumiendo esta realidad, la yihad sea, en nuestro acervo, indestructible.

El discurso del rey

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Sergio Barrenechea
AFP

Nunca he creído en la posibilidad de un nacionalismo cívico genuino, primario. La historiografía ha abrazado esa etiqueta para distinguir cierta percepción nacional asociada a los valores de la república francesa, ese “plebiscito cotidiano” del que escribió Renan, en oposición al más étnico y simbólico nacionalismo alemán que emergió con el romanticismo del siglo XIX, y que procede del anterior Sturm und Drang promovido por el filósofo Herder.

La rivalidad entre estas dos cosmovisiones quedó reflejada en los intensos debates que protagonizaron Fustel de Coulanges y Mommsen sobre la filiación francesa o germana de Alsacia, un enfrentamiento que estaría presente en la gestación de las dos guerras mundiales.

El ardoroso intercambio oculta, envuelta en prodigios literarios y dialécticos, una realidad mucho más prosaica: la colisión de dos nacionalismos inspirados en la uniformidad de la raza, la unidad lingüística y la homogeneidad cultural. No cabe duda de que Alemania alumbraría el nacionalismo más supremacista que hemos conocido, pero no debemos pasar por alto que la nación francesa se había construido a sangre y fuego. Que había sido la Francia derrotada y humillada en 1870 la que había puesto su educación pública al servicio de un relato nacional común, adoctrinador, cohesionador. Que fue también Francia quien instituyó la segregación social y política sobre el principio de la lengua cuando hubo recuperado Alsacia y Lorena.

Bajo la retórica de apariencia cívica era habitual que aflorara un alma etnicista. Sucede también en Cataluña, que además ha llegado 200 años tarde a la cita de la fundación nacional. Y aunque se intenta esgrimir el carácter cívico del movimiento independentista, lo cierto es que el etnicismo lo impregna todo, incluso los discursos de tradicionales unionistas, por mucho que provengan de Las Alpujarras.

La discusión sobre los fundamentos de la nación no terminó tras la derrota de los fascismos, y en la década de los 90 se renovó con la guerra de Yugoslavia como telón de fondo y la publicación de las obras de Anthony D. Smith y de Dominique Schnapper. Si el primero apelaba al etnosimbolismo como el sustrato de las naciones, la segunda ponía el foco sobre la noción de ciudadanía. Para la francesa, la nación está íntimamente ligada a la soberanía y a una “comunidad de ciudadanos” unidos por vínculos democráticos.

Es solo entonces, con las naciones consolidadas, con Europa apaciguada y con un proyecto de integración política en marcha, cuando el nacionalismo puede emanciparse de su carácter etnosimbólico original para erigirse en nacionalismo cívico. Cabe ya olvidar los mitos, las mentiras y las fechorías que permitieron la fundación nacional para ensalzar el vínculo democrático.

La liturgia que presenciamos ayer en el Congreso de los Diputados, con la conmemoración del cuarenta aniversario de las elecciones democráticas, puede catalogarse como una muestra inequívoca de nacionalismo cívico. El discurso del rey, que agrupó a los representantes de las primeras Cortes, a los padres de la Constitución y a los actuales parlamentarios, fue una crónica de las vicisitudes que hemos protagonizado como país. Un viaje de la inestabilidad, la exclusión y el enfrentamiento a la solidez institucional, al pluralismo y a la convivencia. Un relato de progreso, no exento de mitos, exageraciones y omisiones, por supuesto, que puso el énfasis en el carácter de reconciliación y encuentro que supuso la Transición.

El recuerdo del 15 de junio de 1977 tomó el cariz de una escenificación teatral: la representación de una fecha histórica señalada como momento fundacional de la nación cívica. Una nación sostenida en un respeto kelseniano a las leyes que guardan la democracia y blindan las fronteras del estado de derecho, como no se cansó de repetir el rey Felipe. El nacionalismo cívico es, al fin, la conquista más alta que pueden permitirse las naciones viejas.

Verdades ponzoñosas y mentiras saludables

Gregorio Luri

Foto: Paul Hanna
Reuter

En Las mentiras convencionales de la civilización (1883), Max Nordau intentó fundar un régimen político basado en una concepción científica del mundo y que, en consecuencia, fuera refractario a cualquier tipo de mentira: religiosa, aristocrática, política, económica, erótica, de prensa… Le salió una bonita fábula literaria.

El proyecto fue retomado por James Morrow, un Jonathan Swift de nuestro tiempo, en su novela The City of Truth (1990), imaginándose la vida en Veritas, una ciudad sin mentiras, en la que todo el mundo es tan sincero que ni tan siquiera las metáforas están bien vistas. En la puerta de los ascensores puedes encontrar esta advertencia: “El mantenimiento de esta máquina se lleva a cabo por personas que detestan su trabajo. Tú sabrás lo que haces”. Los campamentos de verano para niños se llaman “Ahí os quedáis, chavales!”. Los anuncios comerciales hablan de los defectos de los productos que promocionan. Los políticos cuentan con pelos y señales sus trapicheos. El nombre de las hamburguesas es “bocadillos de carne de ternera asesinada”. Las fórmulas de cortesía son completamente honestas: “Suyo, pero sólo hasta cierto punto”. Los libros más leídos tienen títulos como “La mendacidad de las buenas maneras”.

El protagonista de The City of Truth es Jack Perry, un “deconstruccionista.” Su oficio consiste en destruir las viejas palabras mentirosas. No comprende cómo pudo vivir la humanidad en un mundo en el que los políticos mentían, las mujeres llevaban maquillaje, los niños creían en el ratoncito Pérez y no te podías dirigir a una desconocida para informarle de que estabas sexualmente a tono.

Veritas es la distopía de la transparencia absoluta.

Lo que James Morrow nos muestra irónicamente, Ibsen se lo tomó muy en serio. En Casa de muñecas y en Pato salvaje nos asegura que los seres humanos no podemos vivir en condiciones de absoluta realidad. Necesitamos enmascarar las miserias de nuestra naturaleza. Por eso nos inventamos el pasado del que nos gustaría proceder, el presente en el que querríamos vivir y las ilusiones que imaginamos merecer.

Parece que ninguna ciudad puede soportar el cinismo de los deconstruccionistas empeñados en desvelarle al grillo que canta feliz creyéndose un jilguero, que sólo es un miserable grillo o a la cría de centauro que galopa por la playa, que sólo es un mito. Bien lo sabía el gran Menéndez Pelayo cuando escribe que “temeridad sería negar la predicación de Santiago en España, pero tampoco es muy seguro el afirmarla”. Maeztu, dándole a la ironía una forma más grave, consideraba imprescindible defender la participación del apóstol Santiago en la batalla de Clavijo sobre un caballo blanco, sin transigir ni con que fuera tordo.

Yo sospecho que el mal de España es que nunca ha sabido mentirse a sí misma de forma verosímil.

Túnez, una primavera árabe LGTBIQ a medio camino

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Hussein Malla
AP Photo, File

Túnez, la punta de lanza de los países árabes que se revelaron contra sus gobiernos en la denominada Primavera Árabe de 2011, es uno de los pocos en el que los ciudadanos han ganado en libertades y derechos con el establecimiento de una nueva Constitución en 2014. Podría decirse que es uno de los pocos Estados del Magreb donde las revueltas han triunfado y que se ha convertido en el representante más “democrático”, “progresista” y “estable”. No obstante, aún así, aun queda mucho por hacer.  Los aspectos relacionados con género e identidad en las sociedades árabes generan un intenso debate, donde predominan los prejuicios y el desconocimiento. La reivindicación de los derechos humanos es tarea pendiente para muchos ciudadanos, y en particular para minorías como el colectivo LGTBIQ.

Con motivo del World Pride 2017, que acoge Madrid, Casa Árabe se ha unido a esta iniciativa para “romper barreras y generar un espacio de encuentro y discusión, pero también de conocimiento y reconocimiento”. En este sentido, el lunes 26 de junio,  esta institución acogió a Hafedh Trifi, miembro del comité ejecutivo de la Asociación Tunecina por la Justicia y la Igualdad (DAMJ), que conversó con el periodista de la Cadena SER Álvaro Zamarreño, sobre la situación del colectivo LGTBIQ en Túnez.

Las leyes en Túnez

Hafedh Trifi asegura que su organización, DAMJ, libra una batalla contra el artículo 230 del Código Penal tunecino, que condena la sodomía. “En Túnez, desde la revolución de 2011, hemos ganados muchas cosas, como mayor libertad de expresión, de reunión, de manifestaciones… pero las libertades individuales siguen en proceso de cambio”.

Tras la revolución de 2011, DAMJ consiguió establecerse como asociación. Las dos primeras ocasiones en las que presentaron los papeles en la ventanilla de registro, su solicitud fue rechazada, pero a la tercera fue la vencida. No obstante, según Hafedh la organización no aparece en el BOE y por tanto se mueve en el campo de la alegalidad. “Se reconoce nuestra existencia, pero si tenemos algún problema, carecemos de protección y defensa”.

En 2014 se estableció una nueva Constitución en el país, que contiene tres artículos, el 21, 23 y 24, relacionados en cierta manera con colectivo LGTBIQ. En ellos se establece la protección de la integridad física, contra la tortura o los registros. Sin embargo, del artículo 49 no se habla demasiado. Este artículo está al final del capítulo dedicado a la libertad individual y establece lo que está permitido y lo que no.

La Constitución es el documento de mayor valor en la leyes tunecinas, se encuentra en la cúspide de la pirámide, pero el verdadero problema radica en el artículo 230 del Código Penal, que condena la sodomía. Lo estableció en 1913 el Protectorado francés, lo instauraron por tanto los colonialistas, aunque posteriormente se tradujo al árabe. Este artículo condena con penas de entre 3 a 5 años de prisión as relaciones entre dos hombres.

Además, el problema de ser condenado por sodomía es que al salir de la cárcel con antecedentes penales, no se puede  acceder a puestos en el sector público, y es más difícil acceder a trabajos en el sector privado.

Uno de los casos más sonados en Túnez fue el del joven de 22 años Marwan, arrestado y condenado en 2015 por homosexualidad, previo sometimiento al test anal. Tras convertirse en un hecho muy mediático y llevarse a cabo numerosas campañas para su liberación, salió de la cárcel tres meses después de su detención, una vez pagada la fianza de más de 1.000 euros y de haber quedado marcado por las vejaciones sufridas en el proceso y los antecedentes penales.

Hafedh asegura que para verificar que un hombre ha tenido relaciones sexuales con otro hombre, se lleva a cabo el llamado “test anal”. Los funcionarios aseguran que se hace con el consentimiento de la persona, pero no es así. “En Túnez, el consentimiento se consigue con torturas, agresiones y amenazas; no es una decisión libre”. Esta práctica es, sin duda, una vulneración de los Derechos Humanos.

Los arrestos en este país mediterráneo comienzan con el aspecto físico de las personas. “Los cuerpos de seguridad detienen a hombres más afeminados o a mujeres más masculinas, o incluso por su ropa de vestir”. Posteriormente al arresto es cuando se producen los actos de violación de la intimidad personal con el registro de los domicilios, de la correspondencia o incluso de los móviles, pese a que la constitución condena estos actos.

Los transexuales tampoco están reconocidos por el gobierno, no tienen identidad ni derechos. Carecen de los papeles necesarios en los que se muestre la identidad de género que han elegido. Asimismo, existe una circular por la cual los médicos tiene prohibido atenderles.

La sensibilización como arma

DAMJ y otras organizaciones del colectivo realizan un trabajo de sensibilización que consiste en trabajar con personas del colectivo, darles a conocer sus derechos o enseñarles a protegerse, a través de vídeos y guías, como la Guía de Seguridad que publicó la asociación tunecina en diciembre de 2016. En ella, además de informar sobre los derechos de las ciudadanos, también se dan consejos para proteger las contraseñas, sobre cómo actuar ante un arresto, el derecho a negarse al test anal, la recomendación de no firmar ningún documento sin leer todo muy bien previamente, etc… La asociación también pone un abogado a disposición de las personas que lo necesiten.

“La siguiente parte de nuestro trabajo consiste en trabajar con el gobierno, los Ministerios de Justicia, Interior o Sanidad. Intentamos dialogar con ellos, ya que tienen el poder para cambiar las leyes, aunque no es nada fácil”.

Para conseguir cambios en el país, también es importante establecer diálogos con los médicos, psiquiatras, psicólogos, sexólogos, para intentar acabar con el test anal, que se realiza sin consentimiento a dos personas que han mantenido relaciones consentidas en el ámbito privado. El test es una tortura que va en contra de la ética humana y del juramento hipocrático médico, en el que se establece que se debe proteger al paciente. En abril de 2017 el Colegio de Médicos de Túnez se opuso al test anal.

“En algunos casos, los hombres han sido sometidos al test anal delante de policías e incluso esposados, sufriendo insultos y vejaciones varias. Es un acto de humillación contra la dignidad humana”.

Quizá una de las cosas que más choquen en una sociedad moderna sean las llamadas “terapias de reconversión”. Hay caso de familias tunecinas que cuando tienen un hijo homosexual o bisexual intentan curarles. “Sin generalizar, una gran parte de psicólogos en Túnez llevan a cabo terapias de cura, que solo causan daños psicológicos, por supuesto. Nosotros intentamos acabar con esto”.

En algunos centros educativos los jóvenes sufren rechazo por su condición sexual. Resulta llamativo el caso de seis jóvenes homosexuales de la ciudad de Qairouan, que fueron expulsados de la universidad y se quedaron sin derecho a la educación.

En cuanto al trabajo de la asociación con la juventud, “es algo muy difícil”. Acudir a colegios o institutos para impartir charlas de eduación sexual es algo imposible. “Nos acusarían de perversión de menores“. Para llegar a los jóvenes, la organización intenta sensibilizar a profesores y directores.

La lucha política

En referencia al partido islamista, Enahda, Hafedh asegura que es un partido dividido entre aquellos que se oponen a los ataques contra la libertad individual y los que consideran la homosexualidad una enfermedad, como el exministro de Derechos Humanos.

Otros partidos más progresistas, los de izquierdas, sí apoyan al colectivo LGTBIQ en el país, pero no los manifiestan. “No se dan cuenta de que con su silencio están dando su apoyo al gobierno“.

Si con la política no fuera suficiente, la religión también entra en juego. “En Túnez nos movemos en el Estado de Derecho, la religión no rige la República, y queda acotada al ámbito privado”, afirma Hafedh. “Nosotros no entramos en ese debate, cada uno es libre de seguir su fe, aunque sí que es verdad que en otros países donde la religión tiene una gran fuerza en el gobierno, la situación del colectivo LGTBIQ es mucho más complicada”.

A pesar de todas las trabas, DAMJ no actúa sola, existen redes de colaboración con organizaciones en otros países árabes. No obstante, el trabajo no es fácil y en numerosas ocasiones, los miembros de las asociaciones sufren amenazas. “Algunos han tenido que huir de sus países tras sufrir amenazas de muerte”.

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