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Antipsiquiatría

José Carlos Rodríguez

–        Dice entonces que ha recibido una visita por parte de unos extraterrestres.

–        Así es.

–        ¿Se comunicaron con usted?

–        Sí. Me anunciaron el próximo fin del mundo.

–        Y ¿estaba sólo cuando ocurrió eso?

–        Perdone que le interrumpa, doctor. ¿Le puedo hacer un par de preguntas?

–        Por supuesto.

–        ¿Usted es creyente?

–        Sí.

–        Y ¿qué religión profesa? Si no le importa que se lo pregunte.

–        Yo soy católico.

–        Es decir, que usted cree que existe un Dios, que fue concebido en la tierra por una mujer virgen, que resucitó y se transmuta, gracias a un rito, en pedazos de pan ácimo.

–        Sí, es lo que creo.

–        ¿Y usted es quien va a juzgar si yo estoy loco y si merezco estar encerrado en una institución?

Esta historia, que creo que es apócrifa, ejemplifica el modo de pensar de Thomas Szasz. Suyas son estas palabras: “Si hablas con Dios, estás rezando. Si Dios habla contigo, eres esquizofrénico. Si los muertos hablan contigo, eres un espiritualista. Si hablas con los muertos, eres esquizofrénico”.

Este psiquiatra hizo una crítica demoledora de la su propia disciplina, y lanzó un bombazo con su libro El mito de la enfermedad mental. Ese sintagma es a su juicio una mala metáfora. Y una mala metáfora es lo más peligroso que puede haber en política (espacio vital, clase obrera, destino nacional…). Como toda idea liberadora, la de Szasz conlleva su propia condena. Tratar los comportamientos como enfermedades exime a los pacientes de su carga moral, mientras que la posición de Szasz les reconoce toda su libertad, pero también toda su responsabilidad.

Con efectos del primer día de este año, Dinamarca deja de considerar la transexualidad como una enfermedad mental. Ha llegado la hora de la responsabilidad moral.

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Promocionar un libro

Jesús Montiel

Foto: Mikhail Pavstyuk
Unsplash

La literatura es un trabajo solitario. Los que escribimos, pienso, somos, en gran medida, niños que frecuentan los márgenes del patio y tímidos incorregibles, personas que hemos desarrollado una extremidad de tinta para transponer la frontera que nos separa del mundo, para llegar así a los otros.

La promoción de un libro, por consiguiente, no es tarea sencilla. La acostumbrada soledad cae como el muro de una ciudad sitiada, uno es expulsado de su silencio y debe hablar, contestar, sentarse de cara al auditorio. No se trata de una pose. Al menos en mi caso, lo digo honestamente, es una actividad que requiere gran cantidad de valium y mucha nicotina. Me quejo no por vicio sino porque me cuesta, realmente. Alguien replicará: uno puede publicar y dejar que el libro camine solo. Esperar sin más. No hay por qué lamentarse. En efecto, nadie obliga al escritor a promocionar su libro. Y sin embargo, la queja o el bufido no son un ornamento, parte del marketing del escritor huraño. Si uno escribe, como es el caso, para llegar al otro, con el fin de soslayar su natural aislamiento, es lógica la violencia a la hora de hablar en público o posar ante un objetivo. Podría no hacerlo, no existe la obligación, sea; pero si su deseo es ganar lectores, oír los ecos de su grito, ha de promocionar su obra, al menos un poco. Por tanto, aunque pueda parecer incompatible quejarse y promocionar, estar pero quejarse de estar, no lo es tanto. Y si lo es, la contradicción tampoco es mal lugar para vivir. Yo vivo en una estos días: por una parte el quejido que muchos entienden como pose; por otra las ganas de dar a conocer mi trabajo y de tener lectores. Por una parte echar de menos las mañanas por el campo, las horas muertas, mi sagrado estancamiento; por otra el móvil sufriendo a cada instante un ataque de epilepsia, la hiedra de las citas poblando mi agenda.

Pese a todo, en esta guerra que libro contra mi persona, contradictoria siempre, encuentro oasis en los que, sí, agradezco el éxodo y las vibraciones del móvil y la hinchazón de la agenda. El oasis es un lector que entabla una conversación contigo a la salida del acto, y que te da las gracias. El oasis es un nuevo amigo, el joven aspirante a poeta que sonríe mientras lees torpemente y te pide una firma con una candidez pasmosa, admirándote por qué. La cerveza o el vino, tras el encuentro, cuando brotan las risas y empieza la compañía. Una cena desternillante con una periodista patosa que resbala y cae al suelo de culo. Lo cierto es que hoy, mientras vuelvo a Granada desde Madrid, en coche, siempre en coche para evitar el monstruoso avión, no dejo de sonreírme, ¿acaso por la reseca de los ansiolíticos? Y me digo: qué hermoso este trabajo, la promoción, el encuentro cálido con otras personas, la tinta yendo a parar a otras vidas, nutriendo otros silencios, la colisión de dos soledades. Te quejas por vicio, Jesús. Disfruta ya, coño.

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La imposibilidad del abrazo

Laura Ferrero

Foto: Huseyin Aldemir
Reuters

Para abrazarse bien hay que encontrar el hueco en el cuerpo del otro y en el propio. Para abrazarse bien hay que conseguir que esos huecos, esas cavidades, se acoplen, se encuentren. Como si en última instancia, lo que permitiera el abrazo fuera una comunión de ausencias. Dos superficies perfectamente redondas y completas nunca podrían encontrarse en el espacio. De manera que si nos abrazamos es porque nos falta algo.

De eso habla Manuel Vilas en Ordesa. De eso, y de los vínculos que sobreviven a la desaparición de los objetos que los generan. No diría que Ordesa es un libro sino una elegía y una carta llena de amor a ese pasado de los padres escrito en fotografías en blanco y negro a los que Vilas no está seguro de haber conocido. Como tampoco lo está ahora de conocer a esos hijos, los suyos, que comen silenciosos junto a él.

Terminé Ordesa en una ciudad que une dos continentes. Llovía mucho y entré en un restaurante paquistaní del barrio de Fatih, justo cruzando el puente de Ataturk. El dueño, Zahid me preparó un té. Le dije que era de Barcelona y curiosamente no me preguntó si era del Barça o si me gustaba Messi. Solo señaló las paredes, cubiertas de pequeñas fotos y recortes de periódico, y dijo “Lahore”.

Ordesa me conmovió de una manera que hacía tiempo en que nada lo hacía. No supe por qué hasta que llegué a aquel lugar sórdido y a la vez misteriosamente cálido al que conforme pasaba el tiempo, fueron llegando más hombres que me saludaban y se sentaban en las mesas de mi alrededor mientras yo trataba de descifrar lo que ocurría en el canal de televisión paquistaní.

–Un actor famoso de mi país ha muerto –dijo un hombre mayor.

Asentí.

Zahid se sentó frente a mí y me preguntó por el libro que estaba terminando. Leyó el título O-r-d-e-s-a.

–Es un lugar –dije.

–¿Es la historia de un lugar?

–Bueno, sí, también. Pero es la historia de una vida. Y del pasado.

Y del lugar de los padres, pensé, pero eso no sabía cómo contárselo en inglés. Entonces Zahid me dijo que le contara cómo era Barcelona. Si era grande, si llovía, si los inviernos, si la comida, si los mercados. Por último, si sabía de algún lugar dónde cocinaran un buen biryani.

–¿Biryani?

Se levantó y se ausentó cinco minutos para después aparecer con un plató de arroz con pollo.

–Biryani –afirmó.

Zahid señaló una de entre las fotografías que colgaba de la pared, una en la que no me había fijado.

–Es mi padre. Era cocinero. Su especialidad era el Biryani. Yo aprendí a cocinar con él.

Cuando dejó de llover, me levanté para ir a pagar pero Zahid no me dejó. Al salir, en medio de mis agradecimientos torpes, vi que del pasillo que conducía a la cocina, colgaban fotos plastificadas de aquel plato que acababa de comer. Entonces entendí que Ordesa quería decir lo mismo que Biryani, ambas palabras cuentan la historia de los mundos que van quedándose atrás, mundos herméticos encerrados en misteriosas fotografías que no cuentan más que lo que vemos, o sea: nada.

Dice Manuel Vilas que una relación que muere da origen a una lengua muerta. Y mientras cruzaba el puente, de vuelta hacia el hotel, pensaba en ellas, en las lenguas muertas, en las maneras de decir que quedan sepultadas en otros lugares, en otros países que se llaman Lahore o Ordesa. También las lenguas muertas hacen que nos falte algo irremplazable, algo que crea un hueco, el hueco sin el que nadie luego podría abrazarnos.

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Se lo llevaron hasta con el Papa de Roma

Melchor Miralles

Foto: Francisco Camps
Flickr

En Valencia, con los gobiernos del PP, no se pararon en barras y la corrupción fue la norma. Se lo llevaron hasta con la visita del Papa de Roma. El juzgado de Valencia que investiga las irregularidades en los contratos con la fundación que organizó la visita a valencia del papa Benedicto XVI, en el año 2006, con la tardanza habitual, esta vez doce años después de suceder los hechos, ha citado para declarar como investigados, lo que antes era imputar, al ex presidente Francisco Camps y al obispo auxiliar de Valencia, Esteban Escudero, por los presuntos delitos de prevaricación, malversación y falsedad. También han sido citados Juan Cotino, perejil de todas las salsas del trinque valenciano, Víctor Campos, ex vicepresidente del Gobierno autonómico con Camps y varios miembros de la Fundación V Encuentro Mundial de Familias, en una investigación que es una pieza separada del Caso Gurtel.

Se investigan supuestas irregularidades en la adjudicación de contratos por parte de la Fundación, que se ocupó de organizar la visita papal, contratos que podrían haberse adjudicado sin respetar mínimamente las normal generales de contratación, sin concurrencia pública,. o sea, por la cara, saltándose todos los controles legales.

Andan de por medio en el caso los acusados de la Gurtel y directivos de la Radio Televisión Pública valenciana de la época. Todo un muestrario de corruptos que lo fueron, más los que no están, pero estaban en el ajo, y los que se van de rositas siempre, aunque se sepa quiénes son.

El PP mirará para otro lado, como siempre, pero cada vez lo tiene más difícil. En Valencia, como en otras Comunidades Autónomas, se replicaba el modelo de Génova, porque las Autonomías no eran autónomas, no hacían la guerra por su cuenta, pese a que muchos barones se lo creyeran. Había control desde Madrid, y consultas, y se favorecía a quien estaba bendecido por la presidencia de la Generalitat, y también a quién mandaban desde Madrid, más de uno y de dos. Y como no se cortaban ni con la visita del Papa, quedan muchos casos por salir, y saldrán, porque los cadáveres que se acumulan en los armarios simpre salen a flote, y porque lo hicieron mal, además, y dejaron mucho perjudicado por su codicia y avaricia. No se cortaban ni con el Papa, se lo querían llevar todo, no había límites, y ahora llega, tarde como siempre, la Justicia, tira del hilo, y van cayendo como fruta madura.

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Madurez

Jesús Terrés

Foto: Malpaso

Dijo Lord Beaconsfield que “la madurez es una lucha y la vejez un lamento” pero yo no puedo estar más en desacuerdo, porque al menos la mía (madurez, todavía) se dibuja más bien con los tonos de la ternura y el asentimiento. Tengo poquitas ganas de luchar. Ya no peleo el café torrefacto y las cartas sin responder, ¿para qué? Y abrazo las cosas de siempre y el cajón con su ropa y defiendo, como Gómez Dávila, “que rutinario sea hoy insulto comprueba nuestra ignorancia en el arte de vivir”.

Me interesan las lámparas bonitas y las mantas de lino, porque ya (casi) no compro ropa. Me aburren los escaparates del Zara y me aburre infinitamente aquel ideal tan imbécil del “molar”; pero lo respeto, mola tú si quieres. Entiendo el cashmere y los platos de cuchara, que abrigan —también el corazón. Y vuelvo al cuello vuelto, a las ciudades de siempre y a la belleza serena de Meryl Streep. Los perfumes caros, los Tondonias viejos y las personas sin dobleces; madurez es dejar un libro a medias (si no te gusta, para qué), intuir que la elegancia es pasar desapercibido y abrazar (siempre) con ganas. Con calor. Madurez es entender que esto no es un ensayo, que no habrá prórroga en tu obra y que la única prisa es el amor. Pero el amor no entiende de prisas.

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