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Contaminación política

José Carlos Rodríguez

El día 26 de diciembre el aire de Madrid registraba un alto nivel de contaminación. El Ayuntamiento de Manuela Carmena arbitró la medida de prohibir, a medias, la circulación de coches por la ciudad. La medida se implantó el día de los inocentes, que amaneció con una buena calidad del aire. Ese día, mientras los policías atascaban la ciudad poniendo multas que el consistorio no podrá cobrar, el nivel de emisiones de dióxido de nitrógeno aumentó un 1,8 por ciento. La distancia entre las intenciones del Ayuntamiento y los efectos de su medida se cubre con un ridículo monumental.

Si los coches no circulan, no contaminan. Pero si no circulan, también pasan muchas otras cosas, como que se quiebran o trastocan millones de planes personales que podrían haberse realizado. Pero como el valor de esos planes no puede cifrarse en un indicador, pero las emisiones sí, peor para los ciudadanos y lo que quieran hacer.

Si la prohibición por mitades es esporádica, no tendrá ningún efecto apreciable en la contaminación. Si se convierte en una costumbre, ocurrirá como en otras ciudades: quien pueda se comprará un coche barato (antiguo y más contaminante) con la matrícula que necesita. No es que los ayuntamientos no tengan opciones. Se pueden crear parkings en áreas alejadas de la ciudad pero con buena comunicación al centro con transporte público. O se puede optar por un centro para ricos, con tasas a la circulación o aumentos del coste del aparcamiento en la calle. Cosa esta última, por cierto, que ya ha hecho Carmena.

Lo único esperanzador de este asunto es que la ineficacia de la gestión pública será cada vez menos relevante. La sociedad libre ya está resolviendo el grave problema de la contaminación. En 2015 se vendieron más de medio millón de vehículos eléctricos, y su crecimiento nos permite entrever en que serán muy comunes en un plazo breve. La contaminación saldrá de las ciudades, y será tan limpia como lo sea el mix energético. Y ahí el mercado también está ofreciendo opciones limpias y baratas, como la energía solar. Y todo ello sin la contaminación de la política.

Lo posible y lo imposible

Daniel Capó

Foto: Manu Fernandez
AP Foto

La negociación solo admite el registro de lo posible. Se diría que es la principal garantía del respeto a la libertad frente a todo tipo de abusos: la ruptura de las leyes y las ideologías utópicas, la confusión banal entre democracia y plebiscito o la pulsión de un deseo falto de límites. La idea misma de diálogo, de acuerdo y de consenso forma parte del mejor legado que recibimos de los padres de la democracia y que ahora, como sucede con tantas otras cosas, se ha visto vapuleada por la retórica pedestre de los populismos.

Hace apenas unos días, en su último ensayo, publicado poco antes de morir, Peter Augustine Lawler constató que “todas las instituciones que Tocqueville había registrado como medios para combatir el individualismo de los estadounidenses (gobierno local, familia, religión, etc.) han sido demolidas por una mutación en los valores culturales que afecta a todos los ciudadanos americanos sofisticados”.

La evolución europea es distinta, aunque haya amenazas comunes a la convivencia. En el caso español, el asunto crucial es el referéndum y la aparente imposibilidad de encontrar puntos de encuentro entre el Gobierno catalán y el central.

Parece lógico que Rajoy se niegue a dialogar sobre lo que la ley no autoriza y que además rompería los acuerdos básicos que sustentan la democracia en nuestro país. El empecinamiento de la Generalitat solo se explica desde una lectura maximalista de su posición, que se traduce en un “cuanto peor, mejor”; seguramente porque saben que la independencia exige una previa descomposición del Estado, algo que no parece plausible a corto plazo.

Frente a la hábil flexibilidad mostrada por los nacionalistas vascos a la hora de acordar con el Gobierno el voto favorable a los presupuestos generales, sorprende el dogmatismo que rige en la política catalana. Querer negociar fuera de la ley solo conduce al desastre. A no ser que lo que se pretenda sea otra cosa: pavimentar el suelo para unas próximas autonómicas.

Un europeísmo "aggiornato"

Valenti Puig

El paso de Donald Trump por Europa, la OTAN y el G-7 ha tenido algo del pistolero que llega al last chance saloon, marca territorio sin guardar las formas y acaba solo en la barra. La relación entre los Estados Unidos y Europa nunca ha carecido de tensiones pero en general se apostaba por mantener las formas, incluso a costa de abusar de la hipocresía geoestratégica. Al margen de otras consideraciones, Hillary Clinton hubiese llevado las cosas de otra manera, al igual que el viejo establishment republicano, los realistas de Bush padre o los republicanos centristas. El propio Obama, a pesar de su fase mortecina, mantiene en Europa una apreciación muy por encima de la del actual presidente de los Estados Unidos. Según un sondeo del Pew Center, el nivel de confianza europeo en Obama es del 77 por ciento mientras que su sucesor se queda en un 7 por ciento.

Desde luego, todo el mundo sabe que la mayoría de miembros de la UE no cumplen con la debida contribución a la defensa común y que el paraguas defensivo europeo va en muy buena parte a cargo del contribuyente norteamericano. Aun así, salvo para contentar a sus votantes del Midwest o reafirmar su ego, ¿de qué le sirve a Trump atropellar al presidente de Montenegro? La vieja Europa es un paraje complicado pero para eso existen unos mínimos escenificables del lenguaje diplomático y no consisten en actuar como un elefante en la cacharrería. ¿Qué aporta al frágil orden mundial que a Donald Trump se le note tanto su incomodidad –impostada o real- con el modus vivendi de la integración europea? Incluso para las contiendas comerciales –y las habrá- los escenarios han de ser los apropiados.

Dicho esto, es comprensible que para la Casa Blanca a veces cueste entender las formalidades enrevesadas de la UE. En verdad, en la propia Europa hay quien considera que el europeísmo oficialista debiera transformarse en un europeísmo aggiornato, tanto de puertas afuera –China, por ejemplo- como de puertas adentro –crisis de la inmigración-. El embajador Von Ribbentrop dejaba la embajada alemana en Londres para ocupar el ministerio de exteriores del Tercer Reich. Winston Churchill asiste al almuerzo que el primer ministro Chamberlain ofrece al embajador alemán. Pasan los años y Churchill escribe: “Fue la última vez que vi a Herr von Ribbentrop antes de que fuese ahorcado”. Lo fue en la prisión de Spandau, en 1946. En el entreacto, toda la Segunda Guerra Mundial. En aquella conflagración, como en la Gran Guerra, la intervención norteamericana es a la vez afortunada y decisiva. Ocurrió lo mismo con los primeros pasos de la Comunidad Europea, cuando el totalitarismo comunista se había impuesto en medio continente. Por entonces se perfilaba la Alianza Atlántica que ahora suena a armamento oxidado y a generales ociosos, siendo en realidad la única gran alianza militar victoriosa sin haber disparado un tiro.

Dos años después de la ejecución de Von Ribbentrop, Europa ya estaba buscando un mejor horizonte entre sus propios escombros, contigua a las divisiones de Stalin que dominaban 22 millones de kilómetros cuadrados. Frente a esa magnitud, los entendimientos entre Adenauer, Schuman y De Gasperi tienen la estricta consistencia de la razón y de una cierta esperanza impensable mientras el plan Marshall comienza a ejecutarse. Sesenta años después del Tratado de Roma, las tareas pendientes que tiene la Unión Europea parecen haberla llevada al colapso: atañen a recursos energéticos, credibilidad institucional, flexibilización de los mercados de trabajo, la grave crisis migratoria, defensa y seguridad común, el dilema turco, el Brexit y ahora –last but not least– los modos de Donald Trump. La retórica prometeica del europeismo ha generado europesimismo. Incluso en plena postcrisis y solo en apariencia, Europa se asemeja a veces a un perrito faldero que come con manteles de hilo. Eso es lo que piensa Trump.

Finca de Indecentes, Fulleros y Amorales (FIFA)

Melchor Miralles

Leo en The Objective que el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, antes dedicado a los “sorteos”, sicario de Joseph Blatter, ha admitido que algunos trabajadores involucrados en la construcción del estadio de San Petersburgo para el Mundial de 2018 han sufrido violaciones de derechos humanos. En una carta enviada a los presidentes de cuatro asociaciones nórdicas, ha reconocido que algunos empleados norcoreanos, cuyas condiciones de trabajo son “habitualmente horribles”, han sido empleados en la construcción del Zenit Arena.

Los trabajadores, tratados como esclavos, vivían hacinados en contenedores abarrotados, y se conoce al menos un caso de uno de ellos que murió de un ataque al corazón sin recibir ninguna asistencia. La FIFA dice “estar al tanto” de que la ONU ha denunciado las condiciones de trabajo de muchos hombres en Corea del Norte en China, Rusia y Oriente Medio, “similares a la esclavitud, pues son enviados por el régimen totalitario a cambio de una miserable comisión”, y añade que lo “condena” y que “ha tratado con el contratista general y con la compañía” que construyó el estadio los “asuntos encontrados”. O sea, y esto lo digo yo, que no efectuó ninguna comprobación previa para evitarlo, y que, denunciado el caso por la prensa noruega, se ha limitado a lamentarlo y “tratarlo” con los responsables. Una conducta no sé si penalmente, pero sí moralmente cómplice, repugnante, una más de la FIFA y sus mandamases, desde hace años una banda de delincuentes corruptos hasta las cachas que van cayendo poco a poco ahora por una investigación puesta en marcha por el FBI.

Podríamos cambiarle el nombre y denominar a este gang “Finca de Indecentes, fulleros y amorales”, porque desde su fundación, es protagonista de uno de los mayores escándalos de corrupción jamás conocidos, sus dirigentes, una manada de corruptos insuperables, la gestionan como una finca, carecen de la más mínima y exigible decencia, son fulleros, porque han robado tanto y con tanto descaro que se les ha pillado hace tiempo, aunque hasta hace poco los tribunales les han dejado irse de rositas con la complicidad de los Gobiernos, y son amorales, porque además de robar, han tolerado en muchos países casos como este de San Petersburgo, y han sido cómplices de dictaduras horribles como la argentina de Videla, Massera y compañía. Un asco de FIFA, una organización que debiera desaparecer, pero que ahí sigue, moviendo los hijos del fútbol, que ya no es un deporte, sino un negocio multimillonario del que se benefician unos pocos aprovechando la fuerza de los miles de millones de seguidores que tienen en todo el mundo los clubes y las selecciones. Un asco de organización. Una banda, esta FIFA.

Letra cursiva

Eugenio Fouz

Puedo escribir los versos más tristes esta noche”. Puedo escribir como si fuera el poeta chileno y dejar caer una estrella fugaz a su lado. Puedo afirmar que sé lo que significa estar enamorado porque, por extraño que parezca, Neruda en este poema habla de amor y desamor (que en el fondo son una misma cosa). Podría, en fin, reproducir líneas enteras de firmas ajenas y hacer creer al lector no cultivado que la disposición maestra de las palabras era mía. Mi memoria me mima.

Los especialistas de la mente y la rima aseguran que lo peor de la locura y las letras en general resulta de la caótica mezcla de lecturas, géneros literarios, y preocupaciones. Y a mí hoy me inquieta una notician procedente del país de las vacas sagradas y la no-violencia que trata del fraude detectado en ese país durante los exámenes de acceso a Estudios Superiores. Según parece, la India es el país del mundo en el que hay mayor número de copiones. Tanto es así que la administración se ha visto obligada a adoptar severísimas medidas de control llegando a exigir ciertas condiciones en la indumentaria de los estudiantes.

Las buenas escuelas educan a sus alumnos. Quizás éstas no logren convertir a todos en individuos creativos y geniales; sin embargo, al menos deberían instruirles y convencerles de la importancia de ser honestos.

Me encuentro mareado. Es posible que haya leído más de la cuenta. Oigo voces en la cabeza que me hablan en susurros. Unas veces me confiesan “Yo la quise, y a veces ella también me quiso”, otras veces suenan a lamento “pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido”. Podría fingir que las líneas me pertenecen, pero no voy a hacerlo porque la letra cursiva me delata.

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