El Subjetivo
El descubrimiento de la razón
SANDY HUFFAKER / Reuters
15.11.2016 Soledad Gallego-Díaz ha escrito un artículo, en el diario El País, en el que se recupera la razón como argumento político. Ninguna ocasión es mala, y la elección del empresario Donald Trump resulta muy a propósito. “Trump”, conmina Soledad a sus lectores, “exige una vigilancia intensa y una reinvindicación diaria de la razón como guía de pensamiento. Sin vacilar ni flaquear”. Es difícil atenerse a esta exigencia moral, tan estricta.

Tanto, que la propia periodista no ha estado a la altura. Como cuando ha asumido el mismo discurso fantástico de Donald Trump, al considerar que el TTIP es un acuerdo “potencialmente devastador”. Trump, al menos, se refiere en su discurso a lo concreto: el cálculo de empleos de la industria estadounidense. Gallego-Díaz ve al comercio, que es el intercambio entre empresas y personas, no como una red de millones de acciones individuales, sino como una amalgama, un bloque de hormigón sobre el que se asentaría un ente, EUEEUU, que impondría sus condiciones sobre el resto del mundo. Un fantasma. Pero la fantasía es un instrumento indispensable para cierto periodismo. Trumpista, claro está. Permite la conexión directa, ideológica, con el lector reconfortado, sin la necesidad de manchar el relato con la realidad. Es cierto que realidad es sucia, claro, y más si hablamos de la regulación económica. Pero ya da igual. El trumpismo ha triunfado, tanto en el periodismo como en la política, dado que el nuevo presidente de los Estados Unidos va a dejar el tratado de comercio con Europa en agua de borrajas. Ha vencido el nacionalismo y el proteccionismo, y ha fracasado la razón, que es la cooperación económica abierta y libre; lo que llamamos capitalismo.

El baremo periodístico fijado por Soledad Gallego-Díaz, que es un baremo ético, es tan poderoso que considero necesario aplicarlo a todo lo que acaece. Si luchásemos todos contra Trump en nuestro propio país, cuánto bien nos haría. Su discurso machista atenta contra la razón, que nos obliga a reconocer que todas las personas somos iguales y tenemos los mismos derechos. El nacionalismo, en Cataluña, nos dicta que los derechos no son nuestros, sino de un pueblo que tiene el destino histórico de construirse a sí mismo a cada paso, reescribiendo el pasado y conformando el presente. Ese pueblo, por medio de sus líderes, es el que quita y otorga derechos como el de recibir la educación en una lengua materna y no en otra. Se trata de construcciones ahistóricas, y de colectivos embadurnados de ideología y de sentimientos de pertenencia y de odio. Sí, en España hace mucha falta la reinvindicación diaria de la razón como guía de pensamiento, pero no sé si son muchos los que están dispuestos a asumirla.

Esa razón, en las sociedades en las que más ha triunfado, cristaliza en instituciones que parten del supuesto de que un Donald Trump, la persona real o el personaje que tiene Gallego-Díaz en la cabeza, puede llegar al poder. Los redactores de la Constitución de los Estados Unidos otorgaron un poder muy limitado del presidente, y situaron el centro de la política en un Congreso que se renueva cada dos años, con criterios distintos (el democrático y el del Estado), y con unas relaciones de contrapesos para moderar al poder. En definitiva, el liberalismo. Si Soledad Gallego-Díez cree que ha llegado su momento de la razón en política, bien está.