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El descubrimiento de la razón

José Carlos Rodríguez

Soledad Gallego-Díaz ha escrito un artículo, en el diario El País, en el que se recupera la razón como argumento político. Ninguna ocasión es mala, y la elección del empresario Donald Trump resulta muy a propósito. “Trump”, conmina Soledad a sus lectores, “exige una vigilancia intensa y una reinvindicación diaria de la razón como guía de pensamiento. Sin vacilar ni flaquear”. Es difícil atenerse a esta exigencia moral, tan estricta.

Tanto, que la propia periodista no ha estado a la altura. Como cuando ha asumido el mismo discurso fantástico de Donald Trump, al considerar que el TTIP es un acuerdo “potencialmente devastador”. Trump, al menos, se refiere en su discurso a lo concreto: el cálculo de empleos de la industria estadounidense. Gallego-Díaz ve al comercio, que es el intercambio entre empresas y personas, no como una red de millones de acciones individuales, sino como una amalgama, un bloque de hormigón sobre el que se asentaría un ente, EUEEUU, que impondría sus condiciones sobre el resto del mundo. Un fantasma. Pero la fantasía es un instrumento indispensable para cierto periodismo. Trumpista, claro está. Permite la conexión directa, ideológica, con el lector reconfortado, sin la necesidad de manchar el relato con la realidad. Es cierto que realidad es sucia, claro, y más si hablamos de la regulación económica. Pero ya da igual. El trumpismo ha triunfado, tanto en el periodismo como en la política, dado que el nuevo presidente de los Estados Unidos va a dejar el tratado de comercio con Europa en agua de borrajas. Ha vencido el nacionalismo y el proteccionismo, y ha fracasado la razón, que es la cooperación económica abierta y libre; lo que llamamos capitalismo.

El baremo periodístico fijado por Soledad Gallego-Díaz, que es un baremo ético, es tan poderoso que considero necesario aplicarlo a todo lo que acaece. Si luchásemos todos contra Trump en nuestro propio país, cuánto bien nos haría. Su discurso machista atenta contra la razón, que nos obliga a reconocer que todas las personas somos iguales y tenemos los mismos derechos. El nacionalismo, en Cataluña, nos dicta que los derechos no son nuestros, sino de un pueblo que tiene el destino histórico de construirse a sí mismo a cada paso, reescribiendo el pasado y conformando el presente. Ese pueblo, por medio de sus líderes, es el que quita y otorga derechos como el de recibir la educación en una lengua materna y no en otra. Se trata de construcciones ahistóricas, y de colectivos embadurnados de ideología y de sentimientos de pertenencia y de odio. Sí, en España hace mucha falta la reinvindicación diaria de la razón como guía de pensamiento, pero no sé si son muchos los que están dispuestos a asumirla.

Esa razón, en las sociedades en las que más ha triunfado, cristaliza en instituciones que parten del supuesto de que un Donald Trump, la persona real o el personaje que tiene Gallego-Díaz en la cabeza, puede llegar al poder. Los redactores de la Constitución de los Estados Unidos otorgaron un poder muy limitado del presidente, y situaron el centro de la política en un Congreso que se renueva cada dos años, con criterios distintos (el democrático y el del Estado), y con unas relaciones de contrapesos para moderar al poder. En definitiva, el liberalismo. Si Soledad Gallego-Díez cree que ha llegado su momento de la razón en política, bien está.

Las 7 mejores cabeceras de serie de la historia

Redacción TO

Foto: Adam Arkapaw
HBO

Aunque puede que muchas personas pasen por alto estas cabeceras, consumidos por la impaciencia, hambrientos de más episodios, algunas de ellas son obras maestras en sí mismas. La mayor parte de la selección corresponde a series de la última década, salvo por una honrosa excepción. Y aunque otras grandes cabeceras han quedado fuera, esta es sin duda una muestra representativa de la deslumbrante creatividad de las series televisivas norteamericanas, con las productoras Netflix y HBO a la cabeza.

A continuación, la lista:

True Detective (Temporada 1):

La serie de un macabro crimen por resolver es absorbente desde los títulos de crédito. Esta superposición de capas con vistas a escenas de vicio y paisajes de Lousiana sugiere un clima oscuro que luego se reafirma en este guión extraordinario de Nic Pizzolatto. La melodía de Far from any road, de The Handsome Family, hace el resto.

Stranger Things:

Los sintetizadores del opening consiguen ponernos los pelos de punta. Las aventuras de estos niños de Hawking, que habitan el pueblo remoto de Hawkins (y, según parece, otros territorios más hostiles), cohabitan a la perfección con la música de Survive, pero también con canciones que trasladan a otra época: Jefferson Airplane, The Clash, Echo & Bunnymen, Joy Division…

BoJack Horseman:

Esta no será probablemente una elección justa; se trata de la única serie de animación de la lista. Pero BoJack Horseman tiene un espíritu que la hace especial, con esa nostalgia de actor deprimido y venido a menos que se recluye en el alcohol y las drogas y las fiestas salvajes en una mansión que preside una colina de Hollywoo (así, sin la D). La música es obra de Patrick Carney. Ajá, el batería de los Black Keys.

Los Soprano:

El recorrido de Tony Soprano, puro en mano, hasta las calles de Nueva Jersey, bordeando la grandilocuente Nueva York, como diciendo ‘Estas son mis calles, aquí mando yo’. Una serie que marcó a una época y a una generación y que imprime su esencia en esta cabecera, donde resulta imposible no reconocer la canción Woke up this morning, de Alabama 3.

“…and mama always said
you’d be the chosen one”.

Mad Men:

Apenas supera el medio minuto y parece revelar un final anticipado, con Don Draper, el protagonista, descendiendo a los infiernos o, simplemente, lanzándose por la ventana. En cualquier caso, es una de las cabeceras más evocadoras que se haya visto y la canción A beautiful mine, de RJD2, acompaña en la travesía.

Vinyl:

El polvo del vinilo y la cocaína y los escenarios locos del rock and roll de los setenta visitados desde las entrañas en esta serie que no llegó muy lejos a pesar de tanta creatividad desbordante. Mick Jagger, Martin Scorsese, Terence Winter y Rich Cohe apostaron bien fuerte por ella, pero no fue suficiente. La canción Sugar Daddy, de Sturgill Simpson, es la dignísima antesala de lo que está por venir.

Breaking Bad:

Si algo puede decirse de esta cabecera es que va al grano, sin florituras. Es ingeniosa y creativa, un viaje breve por la tabla periódica que reúne la vida y muerte de esta serie que ha convertido la Química (y la metanfetamina) en temas casi ordinarios. La música, aunque simple, se instala en tu cabeza y no te abandona y, tras el episodio final, se convierte en algo más que una sintonía. La compuso, por cierto, Dave Porter.

Los robots están creando su propio lenguaje

Redacción TO

Foto: Paul Hanna
Reuters

El joven Igor Mordatch trabaja para que una máquina pueda mantener conversaciones. No es una idea extraña en Silicon Valley, donde esto es tendencia. Sin embargo, Igor Mordatch, que nació en Ucrania pero creció en Toronto, Canadá, no trabaja para que los robots interactúen únicamente con los hombres, sino para que puedan hacerlo también entre sí.

El ingenioso Mordatch no es tanto un lingüista como un experto en robótica y sus primeros pasos los dio en la animación digital trabajando en la producción de Toy Story 3, de Pixar, y en las universidades de Washington y Stanford. Pero ahora, a sus 31 años, desarrolla un proyecto en OpenAI —un laboratorio lanzado por seis emprendedores de la categoría de Elon Musk (cofundador de PayPal y creador de Tesla y SpaceX) o Sam Altman (inversor de riesgo de empresas como AirBnB) para impulsar investigaciones sobre inteligencia artificial— que construye un mundo virtual donde los robots aprenden a crear sus propios códigos, su propia lengua, para comprenderse, conversar y colaborar entre sí en labores particulares o colectivas.

Los robots están creando su propio lenguaje
Un grupo de robots en una feria navideña de Las Vegas. | Fuente: Jack Dempsey / AP

En este lugar, como explican en su último informe, los desarrolladores ensayan con pequeños juegos para que los robots aprendan a cumplir con determinados cometidos y que lo hagan participando en conjunto. Y si determinada tarea la realizan con éxito, son capaces de recordar el proceso que lo permitió. Pero si, por el contrario, fracasan en el esfuerzo, reconocen el error y no vuelven a repetirlo, una ventaja respecto al ser humano.

Por ejemplo, uno de los experimentos consiste en introducir a unos robots —representados por bolitas verdes, rojas y azules— en un cuadrado bidimensional y forzarlos a entenderse para trasladarse conjuntamente de un punto a otro del cuadrado. De este modo, un robot puede ordenarle a otro que se mueva de un punto A a un punto B sin que los investigadores intervengan, fomentando la comunicación directa entre ellos.

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Un robot alemán preparando una pizza. | Fuente: Ingo Wagner / AFP

Con este proyecto, el objetivo ambicionado es que los robots comiencen con una comunicación muy sencilla, que se limite a explicarse dónde ir o a qué prestar atención, para poco a poco construir un idioma más sofisticado. Esta sofisticación, de hecho, requerirá de un diccionario para traducir la nueva lengua a un idioma humano, como el inglés o el castellano. Este escenario aparentemente imposible es una realidad, y muestra de ello es que un equipo de OpenAI ya trabaja en la elaboración de este diccionario que descifrará el vocabulario robot.

Las máquinas, con proyectos como éste, vivirán un cambio exponencial: llegados a este punto, pasarán a comprender, a interiorizar. Se trata de un paso previo al razonamiento de la información. La idea de Mordatch es innovadora y no sigue la línea de otras investigaciones que imitan el lenguaje humano. Porque aun sin ser lingüista, Mordatch sabe bien que el ser humano aprendió a comunicarse por necesidad, por supervivencia, y que con el paso de los siglos desarrolló por sí mismo lenguajes más o menos complejos. Es el camino que OpenAI persigue para los robots: que aprendan gestos y palabras con las que ayudarse y facilitar el trabajo a los humanos.

Rockefeller

José Carlos Rodríguez

John D. Rockefeller nació bajo la presidencia de Martin van Buren, el octavo presidente de los Estados Unidos, y murió en el segundo mandato de Franklin D. Roosevelt. Cuando había cumplido veinte de esos casi cien años de vida, comenzó su fulgurante carrera. De su biografía, lo que más me llama la atención es la obsesión por encontrar, constantemente, métodos más productivos y baratos de refino. Cuando creó su famoso ‘trust’, nueve de cada diez barriles de los Estados Unidos los refinaba su compañía, orgullosamente llamada Standard. En una ocasión se entrevistó con otro gran magnate, Henry Ford. Su despedida no sonaba a las conversaciones interrumpidas con las que trabamos nuestras relaciones. Le dijo al fabricante de coches: “Adiós, te veré en el cielo”. “Me verás si logras entrar”, musitó Ford para sí. Fue el hombre más rico de la historia.

Su hijo, al que todos conocían como “junior” heredó su imperio y sus costumbres. Esa austeridad imposible. Esa fe en el sistema, siempre que lo controlasen los Rockefeller. En los años 30’, con “senior” aún vivo, su conglomerado buscaba la guerra contra Japón. Vislumbraban la oportunidad del mercado chino, potencialmente gigantesco, pero el imperio nipón se interponía en sus planes. No eran esos los planes de los Morgan, siempre vinculados a Francia y Gran Bretaña, que querían la guerra contra Alemania. Hubo guerra suficiente para los dos.

David Rockefeller ha sido, hasta su reciente muerte, el último nieto del creador de la saga de empresarios, políticos y filántropos. Ha hecho su carrera profesional en el Chase Manhattan. En su familia, como en la de Corleone, los negocios y la política son dos caras de la misma moneda, que por supuesto es el dólar. Se calcula que se ha entrevistado con dos centenares de mandamases de unos cien países. Creó el club Bildelberg y más tarde la Comisión Trilateral. Ésta tuvo el apogeo de su influencia con el presidente Carter, que ya es tener mala suerte.

El legado de los Rockefeller no son sólo sus grandes empresas ni las generosísimas contribuciones a proyectos filantrópicos, sino la discreta y sutil incrustación de los negocios en la política, y todo ello desde una perspectiva global. Y eso está lejos de haber muerto.

Quiero decir “negro” y que no me llamen racista

Lorena G. Maldonado

Quiero que me dejen en paz. Quiero decir “negro” en un artículo -como lo hice el otro día en una reseña de La Bella y la Bestia- y que nadie me llame “racista” ni me pregunte si pertenezco al círculo íntimo de Trump. Quiero decirles que “persona de color” me parece una soplapollez, una delicadeza inútil, una expresión paternalista y repugnante que sólo disfraza un pensamiento abyecto: que los negros son más débiles per se y que nosotros, todopoderosos occidentales, debemos protegerlos poniéndole barnices al lenguaje. Si históricamente han sido oprimidos por los blancos, ¿vamos a reproducir ese menoscabo tratándoles de pobrecitos?¿Eso ataja la discriminación o la perpetúa? Yo no quiero que nadie se dirija a mí con primor por ser mujer y, encima, joven. Yo no quiero que se cuiden conmigo, como lo han hecho tantas veces, con ese suspiro dulzón de “ah, qué graciosa la chavalita, mírala, qué rebelde”, como quien acaricia el lomo de un animal revoltoso pero inofensivo. Yo no quiero que sus discursos complacientes denoten, al final, que soy yo la que está por debajo.

Prefiero la agresividad -si me coloca en una posición de igual- que esa falsa simpatía, ese recato bienquedista que no hace más que maquillar una verticalidad insufrible. Yo quiero abrirle la puerta a Carolina los domingos por la mañana, saludarla con un “qué tal ayer, putón”, y que siga siendo una bienvenida amorosa hacia una mujer a la que respeto con la médula. Quiero que ella mire el Vietnam de mi salón y me diga “¿de qué era esa pizza, gorda?” y responderle que carbonara, claro, y que estaba cojonuda, en vez de correr llorando hasta la báscula. Quiero que sigan existiendo los guiños, las coñas tácitas, la complicidad hermosa que nos hace libres. Quiero que conservemos la inteligencia suficiente para poder olerle el fondo a las palabras y estudiar la boca de la que vienen y la intención que arrastran consigo.

Cómo va a contener un término todos los vicios de este ancho mundo, si los que estamos podridos somos los seres humanos. Una palabra no tiene poder; lo tiene quien la usa. Y oigan, yo, que no me creo sospechosa de nada, me siento legitimada por todo aquello que defiendo para hablar de lo que quiera sin pudores. Porque no hay suciedad debajo de la alfombra.

El problema es que esta intrusión va cada vez a más. Pienso en el tipo que me dijo “zorra comunista” por entrevistar al rapero Pablo Hásel. Pienso en el que me tildóde “franquista” por celebrar poemas de Luis Rosales. Esa pandilla de mamertos que mueven las olas de la opinión pública ya han empezado a meter sus sucias narices en nuestros interlocutores y en nuestros libros y han intentado homogeneizarnos, catalogarnos rápido a partir de nuestros paisajes -contradictorios muchas veces, por suerte para nosotros y desgracia para ellos- para tejer maniqueamente sus odios, para lanzarnos a la cara unos prejuicios que son suyos. Lo siguiente serátratar de intuirnos ideológicamente por las palabras que empleamos, como si el lenguaje fuese tan diáfano como el pensamiento. Como si los buenos no pudiésemos jugar. Tócate los cojones, Mariloli. Y no, tranquilos: no estoy diciendo que Mariloli sea transexual.

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