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El descubrimiento de la razón

José Carlos Rodríguez

Soledad Gallego-Díaz ha escrito un artículo, en el diario El País, en el que se recupera la razón como argumento político. Ninguna ocasión es mala, y la elección del empresario Donald Trump resulta muy a propósito. “Trump”, conmina Soledad a sus lectores, “exige una vigilancia intensa y una reinvindicación diaria de la razón como guía de pensamiento. Sin vacilar ni flaquear”. Es difícil atenerse a esta exigencia moral, tan estricta.

Tanto, que la propia periodista no ha estado a la altura. Como cuando ha asumido el mismo discurso fantástico de Donald Trump, al considerar que el TTIP es un acuerdo “potencialmente devastador”. Trump, al menos, se refiere en su discurso a lo concreto: el cálculo de empleos de la industria estadounidense. Gallego-Díaz ve al comercio, que es el intercambio entre empresas y personas, no como una red de millones de acciones individuales, sino como una amalgama, un bloque de hormigón sobre el que se asentaría un ente, EUEEUU, que impondría sus condiciones sobre el resto del mundo. Un fantasma. Pero la fantasía es un instrumento indispensable para cierto periodismo. Trumpista, claro está. Permite la conexión directa, ideológica, con el lector reconfortado, sin la necesidad de manchar el relato con la realidad. Es cierto que realidad es sucia, claro, y más si hablamos de la regulación económica. Pero ya da igual. El trumpismo ha triunfado, tanto en el periodismo como en la política, dado que el nuevo presidente de los Estados Unidos va a dejar el tratado de comercio con Europa en agua de borrajas. Ha vencido el nacionalismo y el proteccionismo, y ha fracasado la razón, que es la cooperación económica abierta y libre; lo que llamamos capitalismo.

El baremo periodístico fijado por Soledad Gallego-Díaz, que es un baremo ético, es tan poderoso que considero necesario aplicarlo a todo lo que acaece. Si luchásemos todos contra Trump en nuestro propio país, cuánto bien nos haría. Su discurso machista atenta contra la razón, que nos obliga a reconocer que todas las personas somos iguales y tenemos los mismos derechos. El nacionalismo, en Cataluña, nos dicta que los derechos no son nuestros, sino de un pueblo que tiene el destino histórico de construirse a sí mismo a cada paso, reescribiendo el pasado y conformando el presente. Ese pueblo, por medio de sus líderes, es el que quita y otorga derechos como el de recibir la educación en una lengua materna y no en otra. Se trata de construcciones ahistóricas, y de colectivos embadurnados de ideología y de sentimientos de pertenencia y de odio. Sí, en España hace mucha falta la reinvindicación diaria de la razón como guía de pensamiento, pero no sé si son muchos los que están dispuestos a asumirla.

Esa razón, en las sociedades en las que más ha triunfado, cristaliza en instituciones que parten del supuesto de que un Donald Trump, la persona real o el personaje que tiene Gallego-Díaz en la cabeza, puede llegar al poder. Los redactores de la Constitución de los Estados Unidos otorgaron un poder muy limitado del presidente, y situaron el centro de la política en un Congreso que se renueva cada dos años, con criterios distintos (el democrático y el del Estado), y con unas relaciones de contrapesos para moderar al poder. En definitiva, el liberalismo. Si Soledad Gallego-Díez cree que ha llegado su momento de la razón en política, bien está.

El museo del fracaso de Suecia que expone a Donald Trump

Redacción TO

Foto: Eric Thayer
Reuters

Hay detalles que pasan desapercibidos por un tiempo, pero no eternamente. Cuando Donald Trump lanzó al mercado en 1989 su propia versión del Monopoly, con su rostro presidiendo la caja sobre la ciudad de Nueva York, pensó que se convertiría en un éxito de ventas. Sin embargo, sus pronósticos fallaron. Ahora, este juego, que se llamaba Yo estoy de vuelta y tú despedido — Trump, el juego, forma parte de un museo que sirve como alegoría del fracaso.

Suecia tiene un museo del fracaso que expone a Donald Trump
La versión de Monopoly con la imagen de Donald Trump. | Fuente: Ebay

Situado en la ciudad sueca de Helsingborg, esta casa de los horrores se ha convertido en todo un reclamo turístico. En sus pasillos se pueden observar artilugios a los que nunca se encontró utilidad y que, en muchos casos, despiertan la risa de los visitantes. Entre ellos está el Teleguide, un precursor de internet con una aplicabilidad limitada que amenazó con arruinar por costoso a las telecomunicadoras de Suecia; la bicicleta Itera, sacada a la venta en 1982 y hecha completamente de plástico -era terriblemente inestable y frágil y nunca funcionó en el mercado-; y el Ford Edsel, de 1958, un coche con un diseño extraño, ruidoso y con una facilidad alarmante para averiarse.

Se puede encontrar fracasos estrepitosos y recientes como el Amazon Fire, un teléfono inteligente con muchas deficiencias, o la máscara tonificadora Rejuvenique, una careta eléctrica y estéticamente inquietante que aplicaba pequeñas descargar sobre el cutis facial con la supuesta capacidad de rejuvenecer las facciones del rostro.

Aunque muchos de estos inventos o innovaciones fallidas sean motivo de sorna en nuestros días, el comisario de la exposición, Samuel West, se esfuerza por explicar a los visitantes del museo, en muchas ocasiones llegados desde países tan lejanos como Canadá o China, que el fracaso no debe ser una causa de sonrojo; más bien un paso adelante hacia la obtención de nuevos objetivos.

“Creo profundamente que como sociedad infravaloramos el fracaso. El fracaso es lo que nos permite aprender a caminar, lo que nos permite aprender a hablar”, argumenta West en una entrevista concedida a la cadena norteamericana NBC. “Cualquiera de tus habilidades se debe a que te has equivocado antes”.

En este sentido, defiende con fervor que el museo es una reivindicación de esta idea y que su finalidad es la de lanzar, finalmente, un mensaje positivo. “Entiendo que a los medios les gusta hacer reportajes sobre la muestra porque así tienen cosas divertidas sobre las que escribir un titular que venda”, asume. “Sin embargo, el mensaje de fondo no puede tomarse a broma“.

Porque en los pasillos del museo no solo se encuentran extravagancias y rarezas que pueden erizar la piel y de las que nunca oímos hablar. En esta exposición de Helsingborg hay, por ejemplo, una réplica del DeLorean DMC-12, un coche deportivo fallido que saltó a la fama por la saga de películas de Regreso al futuro.

Con todo, no puede evitarse la idea de que el juego de mesa de Trump pueda ser considerado como un error que ha conllevado necesariamente al actual presidente de los Estados Unidos a cosechar nuevos éxitos. West, de hecho, reconoce que sus teorías no encuentran justificación en el juego lanzado por la marca del magnate.

“Es una versión muy mala del Monopoly”, sentencia West, reconociendo que el producto de Trump es, en cualquier caso, una de las piezas que más curiosidad despierta en el emblemático museo.

Yoga con cabras, meditación y muchas risas para luchar contra el estrés

María Hernández

Foto: Bryan Snyder
Reuters

Yoga para embarazadas, aeroyoga, yoga Bikram, yoga con perros… Existen numerosas formas de hacer yoga y cada poco aparece una nueva fórmula que se pone de moda entre los adeptos a esta disciplina. La última de ellas tiene un elemento muy original, y es que no busca solo ejercitar el cuerpo y la mente, sino que además quiere provocar las risas de todos los participantes de la clase. Unas yoguis muy especiales son las encargadas de lograr este objetivo. Se trata de cabras nigerianas enanas que circulan por la clase interactuando con los yoguis, buscando su cariño y su atención, subiéndose a sus espaldas e incluso tratando de mordisquearles el pelo mientras estos tratan de controlar la respiración y los movimientos de su cuerpo.

Esta sorprendente práctica nació en una granja de Oregón, Estados Unidos, de la mano de Lainey Morse, granjera y yogui. Tras sufrir una crisis personal, durante la que se refugió en sus cabras, Lainey decidió que debía compartir con el resto del mundo la felicidad que estos animales le transmitían. “Amo a mis cabras. Siempre me hacen sonreír, y lo mismo pasa con todo aquel que visita mi granja”, explica en su página web. Por este motivo, Lainey califica el yoga con cabras, en el que los participantes interactúan y acarician al animal para sentirse mejor, de terapia.

Yoga y cabras, la nueva combinación de moda para combatir el estrés 5
Las cabras interactúan con los yoguis a lo largo de la clase. | Foto: Goat Yoga

Una terapia con animales

“El yoga con cabras es la nueva forma de terapia asistida por animales. El nombre puede sonar estúpido pero no es diferente a salir a pasear con tu perro. Estás en la naturaleza, creando vínculos con un animal y haciendo ejercicio”, nos explica Lainey. Su creadora asegura que, aunque no cura enfermedades, ofrece una distracción más que necesaria del estrés del día a día e incluso puede ayudar a superar una depresión.

“Si estás cansado de ver toda la negatividad del mundo, el yoga con cabras ofrece adorables, amigables y amorosas cabras que se pasean por la clase esperando a ser abrazadas por los humanos”. Así anima Lainey a todos aquellos que quieran probar sus clases, dirigidas tanto a yoguis expertos como a aquellos que nunca hayan practicado yoga.

Porque para hacer yoga con cabras no hace falta haber practicado antes esta disciplina, basta con tener ganas de alejarse de estrés, hacer un poco de ejercicio y, sobre todo, acurrucarse con estos pequeños y cariñosos animales.

¿Por qué cabras?

Entre todos los animales del mundo, Lainey eligió las cabras para comenzar esta disciplina que, poco a poco, se está extendiendo al resto del mundo y que cada vez practica más gente. El porqué de esta elección es una de las primeras preguntas que se nos vienen a la cabeza cuando escuchamos hablar del yoga con cabras, pero la respuesta es mucho más sencilla de lo que imaginamos. “La razón por la que son cabras es porque son los animales que tenía”, así de simple es el motivo por la que Lainey decidió utilizar este animal y no cualquier otro.

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Las cabras buscan la atención y el cariño de los yoguis. | Foto: Brian Snyder/Reuters

“Después de pasar por un divorcio y de ser diagnosticada de una enfermedad autoinmune el pasado verano, pasé mucho tiempo con mis cabras en mi jardín trasero. Me hicieron olvidar que tenía dolores o estaba deprimida y hacían imposible estar triste. Me dieron una distracción feliz y eso es lo que están haciendo en todo el mundo ahora que hay otras clases de yoga con cabras abriendo en todos sitios”, dice Lainey, que se alegra de haber compartido su feliz remedio con el resto del mundo.

Sin embargo, aunque el principal, este no es el único motivo por el que las cabras son el animal ideal para realizar yoga con animales. Hay algo en ellas que transmite calma, “incluso cuando están rumiando están en un estado de meditación que es extrañamente relajante de mirar”, asegura Lainey. Además, son verdaderamente divertidas, por lo que en las clases de yoga con cabras no solo hay concentración, meditación y ejercicio físico, también hay muchas risas.

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Las risas son las protagonistas de las clases de yoga con cabras. | Foto: Goat Yoga

“Al contrario que otros animales que necesitan un vínculo con un humano, las cabras solo quieren estar cerca de ellos porque quieren atención. La idea del yoga con cabras es transmitir una sensación de calma y alegría en un mundo que lo necesita urgentemente, y las cabras son el animal perfecto para ello. No puedo pensar en otro animal que encaje tan bien”, explica la granjera, que asegura que estos pequeños animales se acurrucan junto a los yoguis en sus esterillas y se suben encima de ellos de manera espontánea.

Dónde se practica el yoga con cabras

El origen de esta práctica de meditación y felicidad es la granja de Lainey Morse, pero numerosos lugares conocen ya sus beneficios y han decidido incluir las clases de yoga con cabras en su oferta de cursos habitual.

Estos simpáticos animales ya ayudan de una manera muy original a personas en varios lugares de Estados Unidos a hacer algo de ejercicio a la vez que liberan el estrés de la rutina diaria.

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Las clases han llegado a numerosos rincones de Estados Unidos. | Foto: Ross D. Franklin/AP

Las clases de yoga con cabras han cruzado ya el charco y han llegado a Europa. Una granja holandesa ha comenzado este año a ofrecer a sus clientes la posibilidad de participar en esta novedosa terapia. La yogui Brenda Bood llevaba tres años dando clases de yoga en la granja de cabras de Ridammerhoeve, pero no fue hasta que sus amigos le enviaron un vídeo de la granja de Liney Morse cuando decidió dar un paso más en su negocio e incluir las cabras en sus clases.

El Reino Unido no se ha querido quedar atrás y también se ha sumado a esta moda. La granja Pennywell de Devon, al sur de Inglaterra, ha comenzado a impartir clases de yoga con cabras, y parece tener mucho éxito, pues tiene lista de espera hasta septiembre.

Todavía no han llegado a España estas originales clases de yoga, pero ya son muchas las personas que manifiestan su curiosidad a través de las redes sociales por probar este ejercicio y, sobre todo, por abrazar y mimar a estas pequeñas cabras.

Robert Mueller, el investigador en cuyas manos podría estar el destino político de Donald Trump

Tal Levy

Foto: Larry Downing
Reuters

En un edificio de oficinas del Departamento de Justicia en pleno centro de Washington D.C. no es poco lo que está en juego. Allí, a la cabeza de la investigación conocida como “Russiagate” que podría apartar a Donald Trump de la silla presidencial, se encuentra el fiscal especial Robert Mueller, quien fuera director del Buró Federal de Investigaciones (FBI) durante los gobiernos de George W. Bush y Barack Obama. Cuenta con el visto bueno tanto de republicanos como de demócratas gracias a una meritoria trayectoria que hizo, incluso, que el primer presidente negro en la historia de Estados Unidos solicitara al Congreso un cambio de legislación, que limitaba el cargo a un único mandato de no más de una década, para poder así extender por dos años más su permanencia al frente del servicio de inteligencia.

“No hay mejor persona para ese trabajo que Bob Mueller”, había sentenciado el fiscal general Eric Holder cuando le juramentó el 3 de agosto de 2011, tras asegurar que en la coyuntura marcada por la continua amenaza terrorista dentro y fuera de Estados Unidos era crucial que el FBI siguiera contando con un fuerte liderazgo.

Ahora tampoco es poca cosa lo que ha de enfrentar al estar a cargo de las averiguaciones sobre la supuesta relación entre Rusia y miembros del equipo de campaña de Trump para interferir en la pasada elección presidencial estadounidense; más, si como se ha afirmado en la primera plana de The Washington Post, estaría indagando la obstrucción a la justicia por parte del mandatario, lo que despejaría el camino en el Congreso a un impeachment (proceso de destitución).

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Robert Mueller habla durante una entrevista en la sede del FBI en Washington. | Imagen: AP Foto/Evan Vucci

Un giro al derecho y al revés

Pero no es la primera vez que Mueller debe salir al ruedo para una difícil faena. Basta recordar que este abogado de 72 años que trabajó en el Departamento de Justicia se convirtió en director del FBI una semana antes del 11-S, que dejaría al descubierto la vulnerabilidad de la superpotencia frente al terrorismo internacional.

No sólo el perfil de su ciudad natal, Nueva York, cambiaría para siempre, al desaparecer de un plumazo las Torres Gemelas, símbolo de altivez, de poderío, en el mayor atentado que ha sufrido el continente americano. También se daría un giro a la política internacional y, por supuesto, a la seguridad nacional.

Mueller está acostumbrado a marcar la diferencia. Bajo su mando, un nuevo enfoque redimensionaría el FBI, desde la estructura o capacitación hasta la propia cultura organizacional de esa familia, como la llamaba, integrada por 36.000 agentes, bajo “el lema de fidelidad, valentía e integridad”.

El 3 de septiembre de 2013 signaría el término de su servicio al frente del FBI, el cual daría paso al de James Comey, pero no por mucho tiempo pues, aunque las funciones del nuevo jefe expiraban en 2023, sería destituido por el presidente Donald Trump en mayo pasado.

Estos dos nombres, Mueller y Comey, estarían de nuevo ligados ya no al mando de un cuerpo de inteligencia en el que se sucedieron, sino a una investigación en la que, curiosamente a la inversa, el vacío por el despido de uno fue llenado por el otro.

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla en el Roosevelt Room de la Casa Blanca en Washington el jueves 15 de junio de 2017. | Imagen: AP Foto/Susan Walsh

El Watergate y la pistola humeante

“Se inventaron una falsa conspiración en la historia de los rusos, encontraron cero pruebas, así que ahora van a por la obstrucción de justicia en la historia falsa. Bonito”, lanzó en Twitter el pasado jueves 15 de junio Trump, quien acostumbrado a altisonantes frases ha calificado la pesquisa como “la más grande cacería de brujas” que ha vivido Estados Unidos.

Ya se entiende por qué, según develó The Wall Street Journal a fines de mayo, la Casa Blanca estudia la posibilidad de que abogados supervisen, ajustando o reduciendo, sus tuits para que “no salgan de la mente del presidente al mundo”.

En efecto, uno de sus mensajes en esta red social ha estado en el centro del debate al poder ser interpretado como una intimidación a un potencial testigo. “Más le vale a James Comey que no haya grabaciones de nuestras conversaciones antes de que él empiece a filtrar a los medios de comunicación”, había escrito quien estaría siendo inquirido por obstrucción a la justicia, entre otras razones, por despedirle.

Tejer similitudes es inevitable. Richard Nixon, quien dimitió de la Presidencia en 1974 debido al espionaje al Partido Demócrata, en su momento también cesó de sus funciones al investigador del caso Watergate, el fiscal especial Archibald Cox. El gobernante había ordenado a su jefe de gabinete, H.R. “Bob” Haldeman, que hiciera gestiones ante la CIA para que presionara al FBI con el objeto de cerrar la investigación, lo cual quedó registrado en una grabación conocida como “smoking gun tape, aludiendo como una pistola humeante a su carácter probatorio.

De acuerdo con Comey, Trump le habría dicho, según consta en un informe que dejó escrito y como destacó el 8 de junio al comparecer ante el Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos, que “espero que puedas dejar ir esto”, lo cual entendió como una directriz para que diera por terminada la pesquisa sobre el asesor de seguridad nacional Michael Flynn, quien se vio obligado a separarse de su cargo el 13 de febrero por haberle mentido al vicepresidente Mike Pence acerca de sus vínculos con Rusia.

Como destacara el senador John McCain: “Esto está adquiriendo el tamaño y el nivel del Watergate”. Pero hay una gran diferencia. Mientras el republicano Nixon debió hacer frente a un congreso de mayoría demócrata, Trump cuenta con un parlamento controlado por el mismo partido que lo llevó a la Presidencia.

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El presidente de Rusia, Vladimir Putin, habla durante una ceremonia de entrega de pasaportes a diez jóvenes rusos en el Kremlin, en Moscú, Rusia, el lunes 12 de junio de 2017. | Imagen: Alexei Druzhinin/Sputnik, Kremlin Pool Foto via AP.

Veterano en grandes lides

Sin duda, el “Russiagate” inquieta a los estadounidenses. De acuerdo con una encuesta de Associated Press-NORC Center for Public Affairs Research, realizada entre el 8 y el 11 de junio y dada a conocer después de que Comey compareciera ante el Senado, casi la mitad de los consultados expresó gran preocupación por los supuestos contactos entre Trump o su equipo de campaña con el gobierno ruso y 20% se mostró medianamente preocupado.

Entre los encuestados, seis de cada diez cree que el mandatario intentó obstruir el curso de la justicia. El sondeo indica, además, que 26% piensa que la averiguación liderada por Mueller puede ser bastante o en extremo justa e imparcial y 36% tiene una confianza moderada en ello.  

Este fiscal especial no sólo puede alardear de una gestión exitosa como director del FBI desde 2001, cuando su proceso de nominación en el Senado se saldó con 98 votos a favor y ninguno en contra, hasta 2013, convirtiéndose en el hombre que más tiempo lideró el Buró sólo superado por su fundador, J. Edgar Hoover.

Fue veterano de guerra con no pocas condecoraciones. Unido al Cuerpo de Marines de Estados Unidos, dirigió un pelotón de rifle en Vietnam que le hizo merecedor, entre otras, de la Estrella de Bronce, entregada al heroísmo o éxito meritorio en servicio, y el Corazón Púrpura, instituida por el general George Washington en 1782 y que se otorga en nombre del Presidente a quien haya muerto o, como Mueller, resultado herido en combate.

Criado en Filadelfia, en 1966 se graduó de la Universidad de Princeton y después cursó un Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad de Nueva York. En 1973, egresó de la Facultad de Derecho de la Universidad de Virginia.

Su carrera fue en claro ascenso. Fue jefe de la división criminal de la Fiscalía en San Francisco, fiscal auxiliar en Boston, asistente del fiscal general Richard L. Thornburgh y encabezó la División Penal del Departamento de Justicia. Supervisó casos de gran relevancia como el del atentado del avión de Pan Am derribado por extremistas libios cuando sobrevolaba la localidad escocesa de Lockerbie o el de narcotráfico abierto contra “El hombre fuerte de Panamá”, Manuel Antonio Noriega.

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James Comey en el Senado. | Imagen: AP Foto/Susan Walsh, Archivo.

Un grupo de primera línea

Se ha rodeado de los mejores. El equipo que Mueller fichó para que le acompañe es de alto calibre. En el mismísimo Watergate participó como un joven fiscal auxiliar especial el abogado James Quarles, por lo que podrá aportar su experiencia en investigaciones que involucran la Presidencia.

Quarles trabajó en la firma Wilmer Cutler Pickering Hale and Dorr, en la que Mueller laboró en los últimos tres años hasta que dada la envergadura del “Russiagate” se apartara para evitar cualquier conflicto de intereses.

De ese mismo bufete reclutó a Aaron Zebley, con quien compartió en los tiempos en que coincidieron en el FBI, este como jefe de gabinete, y a Jeannie Rhee, quien fuera vicefiscal general y alta funcionaria de la Oficina de Asesoría Jurídica del Departamento de Justicia, donde aconsejó sobre aspectos constitucionales y regulatorios al fiscal general y a la propia Casa Blanca.

Más de cien casos ante la Corte Suprema avalan la experticia en derecho penal del subprocurador general Michael Dreeben, quien asistirá a Mueller a tiempo parcial.

Tú no incluyes a Michael Dreeben en un caso cualquiera. Él es el mejor abogado en derecho penal en Estados Unidos”, ha dicho a CNN Neal Katyal, socio de la firma Hogan Lovells y uno de los principales representantes legales de Hawái en la demanda en contra de la orden ejecutiva de Trump que prohíbe viajar a Estados Unidos a ciudadanos de varios países de mayoría musulmana.

También integran este dream team Andrew Weissmann, quien fue jefe de la sección de fraudes de la División Criminal del Departamento de Justicia. Participó en el caso Enron, que derivó en la condena por fraude y engaño del presidente de la compañía de energía; así como en el de Volkswagen, que dejó al descubierto el trucaje de los motores diésel que emitían más gases contaminantes que los que anunciaban.

El exfiscal especial Kenneth Starr, quien investigó al mandatario Bill Clinton en los años noventa, en declaraciones a ABC News alabó la honestidad a toda prueba de Robert Mueller y la experiencia de quienes le acompañan: “Es un gran, gran equipo de profesionales integrales, así que dejemos que hagan su trabajo”.

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¿Macron, populista?

Manuel Arias Maldonado

Foto: Pool
Reuters

Tras asegurarse una formidable mayoría parlamentaria -afeada por la fatiga participativa de los franceses- que parecía impensable hace apenas seis meses, la pregunta sobre el populismo de Macron presenta un interés que va más allá de la teoría y apunta hacia las lecciones que puedan extraerse de su vertiginosa conquista del poder. Lecciones, huelga decirlo, a las que atenderán con especial atención líderes o partidos con idénticas aspiraciones en otros países. Y aunque el contexto cuenta, porque Francia no es España ni España es Gran Bretaña, las semejanzas cuentan también. Si The Economist acaba de explicar el resurgimiento de los laboristas de Jeremy Corbyn aplicando al terreno político la teoría de la innovación disruptiva del economista Clayton Christensen, conforme a la cual los verdaderos innovadores empiezan en los márgenes identificando demandas desatendidas por las grandes empresas hasta hacerse con el mercado, no se ve por qué la tesis no puede aplicarse asimismo a Macron o nuestros Iglesias, Rivera y Sánchez. ¡Ancha es Europa!

Recordemos que el populismo es al mismo tiempo una ideología “delgada” (el populista puede ser de izquierda o derecha) y un estilo político que, empleando medios verbales y no verbales, crea el pueblo al que se dirige mediante una argumentación basada en una idea central (antagonismo pueblo/élite) por lo general acompañada de otras anejas (crisis de la democracia, desatención maliciosa de la voluntad popular, idealización de una patria perdida, repudio del intelectualismo). Pero un líder o movimiento puede adoptar algunos elementos del populismo: es posible ser más o menos populista según lo que se diga y se haga, sin perder de vista que aquí lo que se haga es tan importante como lo que se dice: vestirse de outsider ya es un “hacer”. Ahora bien, para ser populista -aunque sea solo un poco- es imprescindible sostener que existe un antagonismo entre el pueblo virtuoso y la élite corrupta. Ahí reside el sine qua non del populismo: su núcleo duro.

¿Y qué hay de Macron? También él habla de una élite, en este caso la clase política francesa, cuyo fracaso reformista condena a una Francia que ya no es digna de su grandeur. Y llama a una revuelta pacífica contra ella que, en el caso de su movimiento político, adopta la forma de una nueva inclusividad: ciudadanos ordinarios convertidos en diputados. Algo que, en España, también han hecho los nuevos partidos. A cambio, Macron no es precisamente anti-intelectual, ni polarizador, ni reclama que la voluntad general se convierta en el centro de la vida política. Más al contrario, ha hablado con franqueza del vacío simbólico que dejó la muerte del Rey durante el Terror revolucionario y del deseo subyacente del pueblo francés de tener ahí arriba a la vez poderoso y distante. En cuanto a la figura del outsider, Macron es una paradoja andante: un miembro de la élite que ha logrado separarse simbólicamente de ella sin dejar de encarnarla.

Podríamos decir que Macron es como Obama: un populista bueno que emplea algunos elementos del estilo político dominante para conquistar el poder derrotando al populismo malo. O sea, aquel que se aleja de los postulados de la democracia representativa y los principios de la ilustración. La risa va por barrios: habrá quien alegue que lo malo es la sociedad abierta y lo bueno la nación étnicamente homogénea. En cualquier caso, tanto unos como otros demuestran que no hay democracia sin apelación -retórica, hiperbólica, afectiva- al pueblo. Sin embargo, Macron denuncia el fracaso del establishment sin deducir de ahí que exista un antagonismo moral entre la élite corrupta y el pueblo engañado. Así que no será, finalmente, un populista.

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