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El equipo Trump

José Carlos Rodríguez

Hay algo en lo que coincidimos quienes seguimos la figura de Donald Trump desde hace tiempo, tenemos familiaridad con la política estadounidense y hemos llenado nuestras horas con las elecciones presidenciales: no tenemos ni idea de cuáles son los planes del presidente Trump. Y lo sabemos porque hemos visto que su política económica es contradictoria, que su política exterior también lo es, y que sus grandes propuestas de política interna son irrealizables o consisten en demoliciones sin alternativa.

No se puede descartar que Trump, que ha sabido ganar unas elecciones utilizando a su favor unos medios de comunicación que tenía en contra, sepa exactamente dónde quiere llegar, y tenga una idea de cómo hacerlo. Su primera responsabilidad como jefe de la Administración que llevará su nombre es la de nombrar hasta 4.000 altos cargos, y los primeros nombres nos dejan algunas pistas sobre cómo puede ser la 45ª presidencia.

Para empezar, y en una concesión a lo que allí se llama “bipartidismo”, que es la voluntad política de colaborar con el partido contrario, Donald Trump ha hecho lo que le prometió (en secreto) Hillary Clinton a los dirigentes de Goldman Sachs: contar con ellos. El Secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, sale de esa cantera de banqueros y políticos de la que también ha elegido a Gary Cohn como presidente del Consejo de Economía Nacional de la Casa Blanca; es decir, su principal asesor. Adiós a su discurso populista de que GS se había enriquecido chupándole la sangre a los honrados trabajadores americanos.

Trump ha elegido a Rex Tillerson (Exxon Mobil) como secretario de Estado; esto es, ministro de exteriores. Tillerson recibió del Zar Putin la Orden de la Amistad de Rusia, vaya eso por lo que tiene de enfriamiento de la guerra tibia entre los dos países bajo la era Obama. El petróleo también tiñe la elección de la secretaria de Interior, Cathy McMorris. Es crítica con el cambio climático, y votó a favor de la Native American Energy Act, que permite extraer el mineral de los territorios indios, unos territorios que ahora caen bajo su responsabilidad. Y si por un lado parece que rebaja la tensión con Rusia y China, por otro muestra su lado más duro en Defensa, con nombres como James ‘perro loco’ Mattis de secretario de Defensa o K.T. McFarland.

Luego están los nombramientos de calado ideológico. Scott Pruitt, gran crítico con el intervencionismo de la agencia medioambiental, EPA, será quien la dirija. Andrew Puzder será el secretario de Empleo, y es otro gran crítico de las regulaciones en este mercado, y del salario mínimo. Una política de libre mercado beneficiaría especialmente a los trabajadores con menos cualificación, lo cual incluye a los inmigrantes. Linda McMahon llevaría otra agencia, la que regula las empresas medianas y pequeñas, y ha destacado por su trayectoria empresarial y por la defensa del papel de la mujer en el mundo de los negocios. Le propuso el cargo de secretario de Vivienda a Ben Carson, otro partidario de la desregulación. Pero Carson parece que va a declinar la oferta. Betsy deVos impulsará, más que probablemente, el cheque escolar desde la secretaría de Educación. Y en el capítulo de demoliciones está Tom Price, acerado crítico de Obamacare, en Sanidad.

Parece que no tiene mayor interés en buscar guerras ajenas, ni va a asumir acríticamente los modelos energéticos de otros, ni va a aceptar las políticas de Obama como hechos consumados. Desde luego no tiene ningún problema en poner a las mujeres al frente de puestos de alta responsabilidad, ni ha mostrado un ápice de racismo en sus nombramientos. Ha nombrado como director de la CIA a un enemigo declarado de Hillary y como jefe de gabinete a un hombre del Partido Republicano. Amenazas a los demócratas, puentes con el GOP. También demuestra tener una visión política de alcance. Da la impresión de que Trump sabe lo que hace. Lo que no sé es si eso me da más miedo o más tranquilidad.

Un europeísmo "aggiornato"

Valenti Puig

El paso de Donald Trump por Europa, la OTAN y el G-7 ha tenido algo del pistolero que llega al last chance saloon, marca territorio sin guardar las formas y acaba solo en la barra. La relación entre los Estados Unidos y Europa nunca ha carecido de tensiones pero en general se apostaba por mantener las formas, incluso a costa de abusar de la hipocresía geoestratégica. Al margen de otras consideraciones, Hillary Clinton hubiese llevado las cosas de otra manera, al igual que el viejo establishment republicano, los realistas de Bush padre o los republicanos centristas. El propio Obama, a pesar de su fase mortecina, mantiene en Europa una apreciación muy por encima de la del actual presidente de los Estados Unidos. Según un sondeo del Pew Center, el nivel de confianza europeo en Obama es del 77 por ciento mientras que su sucesor se queda en un 7 por ciento.

Desde luego, todo el mundo sabe que la mayoría de miembros de la UE no cumplen con la debida contribución a la defensa común y que el paraguas defensivo europeo va en muy buena parte a cargo del contribuyente norteamericano. Aun así, salvo para contentar a sus votantes del Midwest o reafirmar su ego, ¿de qué le sirve a Trump atropellar al presidente de Montenegro? La vieja Europa es un paraje complicado pero para eso existen unos mínimos escenificables del lenguaje diplomático y no consisten en actuar como un elefante en la cacharrería. ¿Qué aporta al frágil orden mundial que a Donald Trump se le note tanto su incomodidad –impostada o real- con el modus vivendi de la integración europea? Incluso para las contiendas comerciales –y las habrá- los escenarios han de ser los apropiados.

Dicho esto, es comprensible que para la Casa Blanca a veces cueste entender las formalidades enrevesadas de la UE. En verdad, en la propia Europa hay quien considera que el europeísmo oficialista debiera transformarse en un europeísmo aggiornato, tanto de puertas afuera –China, por ejemplo- como de puertas adentro –crisis de la inmigración-. El embajador Von Ribbentrop dejaba la embajada alemana en Londres para ocupar el ministerio de exteriores del Tercer Reich. Winston Churchill asiste al almuerzo que el primer ministro Chamberlain ofrece al embajador alemán. Pasan los años y Churchill escribe: “Fue la última vez que vi a Herr von Ribbentrop antes de que fuese ahorcado”. Lo fue en la prisión de Spandau, en 1946. En el entreacto, toda la Segunda Guerra Mundial. En aquella conflagración, como en la Gran Guerra, la intervención norteamericana es a la vez afortunada y decisiva. Ocurrió lo mismo con los primeros pasos de la Comunidad Europea, cuando el totalitarismo comunista se había impuesto en medio continente. Por entonces se perfilaba la Alianza Atlántica que ahora suena a armamento oxidado y a generales ociosos, siendo en realidad la única gran alianza militar victoriosa sin haber disparado un tiro.

Dos años después de la ejecución de Von Ribbentrop, Europa ya estaba buscando un mejor horizonte entre sus propios escombros, contigua a las divisiones de Stalin que dominaban 22 millones de kilómetros cuadrados. Frente a esa magnitud, los entendimientos entre Adenauer, Schuman y De Gasperi tienen la estricta consistencia de la razón y de una cierta esperanza impensable mientras el plan Marshall comienza a ejecutarse. Sesenta años después del Tratado de Roma, las tareas pendientes que tiene la Unión Europea parecen haberla llevada al colapso: atañen a recursos energéticos, credibilidad institucional, flexibilización de los mercados de trabajo, la grave crisis migratoria, defensa y seguridad común, el dilema turco, el Brexit y ahora –last but not least– los modos de Donald Trump. La retórica prometeica del europeismo ha generado europesimismo. Incluso en plena postcrisis y solo en apariencia, Europa se asemeja a veces a un perrito faldero que come con manteles de hilo. Eso es lo que piensa Trump.

Nuevos dilemas morales en las sociedades abiertas

Antonio García Maldonado

Foto: Jonathan Ernst
Reuters

Aunque el presidente Trump y su sospechosa ‘Russian-Connection’ hayan hecho saltar las alarmas en la Comunidad de Inteligencia, parece improbable que los intercambios de información entre distintos servicios dejen de incrementarse en los próximos años ante la persistente amenaza terrorista. El atentado de Mánchester ha vuelto a imponer la realidad del mundo frente a los sueños “emancipadores” de fantasmales soberanías recuperadas que nos mantendrán seguros en nuestro perímetro. Y este atentado ha sido una negación paradigmática de la justificación emocional del Brexit. Por un lado, el terrorista suicida que se inmoló en el Mánchester Arena, Ismael Abedi, no sólo tenía nacionalidad británica, sino que había nacido en el país. Por otro, parte de la red a la que pertenecía (su padre y su hermano incluidos) ya estaba en Libia, su país de origen, plenamente integrada en estructuras del ISIS. Es decir: ninguna frontera impermeable a ningún extranjero habría podido impedir este atentado. Incluso, sin porosidad alguna, quizá estarían aún en suelo británico los detenidos en Libia, y quién sabe si no habrían cometido otros atentados. Ambos han sido detenidos gracias a la cooperación en materia de seguridad e inteligencia con socios europeos, la misma con la que la primera ministra Theresa May amenazó en un primer momento a la próxima UE de 27. El Brexit es un sinsentido que pretendía solucionar una disputa del Partido Conservador a costa de hacer más vulnerable a Gran Bretaña en materia de seguridad.

“Lo que puedo decir es que compartir inteligencia es muy importante”, ha declarado el secretario general de la OTAN, Jens Stoltemberg, al valorar el atentado y las posibles respuestas de los países de la Alianza Atlántica. Declaración que adquiere toda su dimensión cuando vemos, atentado tras atentado, que suele concurrir otro hecho adicional al de que el terrorista es un nacional de segunda o tercera generación de inmigrantes: el sujeto ha estado ya fichado, o de alguna forma bajo el radar de los servicios de inteligencia y seguridad de algún país. Por tanto, en un primer diagnóstico hay que concluir que el trabajo de recolección de información se hace bien, y que en el proceso de inteligencia que transforma esta información en materia sensible para ser considerada relevante por las instituciones, algo ocurre. Quizá es el propio sistema legal, para algunos demasiado garantista. Para otros, aún demasiado opaco. No existe un consenso a este respecto, y las opiniones suelen estar demasiado condicionadas por los apriorismos ideológicos. Pero siempre será un fracaso colectivo (no sé si evitable) escuchar que el terrorista “no era desconocido para las fuerzas de seguridad”. Algunos piensan que es el precio de la libertad. Yo tengo mis dudas, aunque no tengo certezas en contrario. Sólo sé que, paradójicamente, estaremos haciendo las cosas mejor cuando nos empiecen a decir que ninguna fuerza de seguridad, ningún servicio de inteligencia, tenía ni idea de quién se acaba de inmolar.

Los peligrosos mitos sobre las vacunas que ponen en riesgo la salud de todos

Jorge Raya Pons

Foto: Bryan Snyder
Reuters

En Italia se han encontrado con un problema: en menos de cinco meses han registrado 2.935 casos de sarampión y la causa de fondo parece llamativa. El 89% de ellos no fue vacunado y todo responde a un movimiento antivacuna cada vez más ruidoso, extendido e influyente. El gobierno decidió atajar la crisis adoptando un decreto por el que impone la vacunación obligatoria de los niños menores de seis años si quieren ser escolarizados. A edades superiores, podrán hacerlo siempre que estén dispuestos a pagar multas de hasta 7.500 euros.

“Con esta decisión enviamos un mensaje fuerte a la población”, advirtió la ministra de Salud, Beatrice Lorenzin, que se encontró con la oposición del Movimiento Cinco Estrellas, que insinuó que su decisión no responde tanto a argumentos sanitarios como a intereses de la industria farmacéutica.

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Beatrice Lorenzin, ministra de Sanidad italiana. | Foto: Remo Casilli/Reuters

En 2015 se diagnosticaron 250 casos de sarampión en Italia; el año pasado fueron 840. El aumento ha sido del 1.174% en año y medio. El 48% de los casos de sarampión en la Unión Europea se produce en Italia y Rumanía, según la Organización Mundial de Salud (OMS). “Y aquí el sarampión es que te salgan granitos y mucho picor, pero en África causa la muerte a 150.000 niños cada año”, recuerda José Antonio Forcada, coordinador del Grupo de Trabajo en Vacunaciones del Consejo de Enfermería de la Comunidad Valenciana (CECOVA) y miembro de la Asociación Española de Vacunología (AEV).

Porque la pregunta que nos hacemos al ver unas cifras tan altas en un país tan similar, tan cercano como España, consiste en si esto podría ocurrirnos a nosotros, en si estamos en una condición de vulnerabilidad equiparable a Italia. Forcada, tajantemente, responde que no. “Nadie en su sano juicio se ha atrevido a abrir un debate sobre si sería necesario poner las vacunas obligatorias o no”, dice el experto. “En España estamos trabajando con una cobertura en los dos primeros años superiores al 95%, somos una excepción en el mundo. Yo creo que tiene mucho que ver con que los padres creen que son obligatorias”. Y claro, bromea Forcada, “nosotros tenemos una cultura en la que basta con que nos digan una cosa para hacer la contraria”.

Una familia de Olot denunció a una asociación antivacuna por aconsejar que su hijo, que murió de difteria, no se inmunizara

Este escenario de tasas de cobertura tan altas garantiza lo que en términos médicos se conoce como inmunidad de grupo: cuantas más personas estén vacunadas, más difícil será la circulación de estos microorganismos. Sin embargo, siempre existen casos aislados.

El 27 junio de 2015, en la localidad gerundense de Olot, un niño de seis años murió por difteria después de un mes hospitalizado. Los padres no lo habían vacunado y denunciaron a la asociación que les recomendó no hacerlo. Después de la muerte del niño, las autoridades descubrieron que otros 47 chicos del colegio permanecían vulnerables al no estar inmunizados a la bacteria que provoca esta enfermedad grave, que afecta a las funciones respiratorias, cardíacas y renales del cuerpo. “Es muy triste que en un país donde nadie tiene problemas para acceder a la vacunación se produzca un caso como este”, declaró el entonces conseller de Sanidad, Boi Ruiz.

También en Estados Unidos, en diciembre de 2014, un brote de sarampión en el parque temático de Disneyland, California, se extendió por todo el país y provocó 102 casos de infección en 14 estados. La circunstancia despertó la alerta sobre una enfermedad que las autoridades sanitarias creían erradicada; los niños afectados no habían sido vacunados y se volvió a poner el foco sobre la influencia de los lobbies antivacuna, tan influyentes en el país, que se han alimentado de una infinidad de mitos para crecer como la espuma.

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La gran arma de los movimientos antivacuna reside en su capacidad para sacar a relucir los casos en que se han producido reacciones adversas, que son excepcionales. | Foto: Pascal Lauener/Reuters

“En España hay grupos antivacuna que piensan que es mejor que un niño pase una enfermedad a que lo vacunes”, explica Forcada. “Es gente que actúa de buena fe, siguiendo sus creencias, por tu naturismo. Pero luego está quien se aprovecha de las circunstancias, quien busca a las personas que han tenido alguna reacción para tener notoriedad, para ganar dinero, para vender libros”.

Forcada cree que estos movimientos exprimen los casos residuales para convencer a los sectores más escépticos: “Es verdad que a veces la noticia no es que el perro haya mordido a un hombre, sino que el hombre haya mordido al perro. Si de 200.000 niños vacunados hay cuatro que tienen una reacción adversa, no vemos que hay casi 200.000 a los que estamos librando de una enfermedad que puede matarles”.

“Si se dejara de vacunar, podrían rebrotar enfermedades y tener consecuencias muy graves”

Con todo, aboga por mantener el régimen actual, ahora que la información funciona, que no existen grandes campañas y se confía en el trabajo de concienciación diaria de los sanitarios, que explican a los padres la importancia de vacunarse y prevenir causas mayores. En cuanto a los antivacunas, cree que la clave consiste en ignorarlos: “Una lucha encarnizada contra ellos sería amplificar el ruido”.

Las vacunas, recuerda, han permitido que enfermedades como la polio, que hace medio siglo persistía en España provocando muertes y parálisis, hayan desaparecido. Esta enfermedad permanece únicamente en Nigeria, Pakistán y Afganistán. Por este y otros motivos, incide en la importancia de vacunar contra enfermedades como la meningitis C, la tos ferina o la difteria. “Si se dejara de vacunar”, concluye, “cualquiera de estas enfermedades podría rebrotar y tener consecuencias muy graves”.

Verstrynge y el caudillo Errejón

Ricardo Dudda

Foto: J.J.Guillen
EFE Fototeca

Jorge Verstrynge es uno de los personajes más siniestros de la política española. Aunque inofensivo, su presencia en los medios como analista defensor de Trump y Le Pen es preocupante. Tras la victoria de Macron afirmó en La Sexta que Le Pen no es fascista, porque él sabe bien lo que es un fascista, ya que lo fue. Vestrynge empezó militando en la extrema derecha, en el grupo neonazi CEDADE, donde escribió sobre los peligros de “la degeneración de nuestra raza y la progresiva judaización de nuestras instituciones”. Luego pasó a Reforma Democrática, de Fraga, que acabó convirtiéndose en Alianza Popular. En Alianza Popular fue secretario general desde 1979 a 1986. Tras su abandono del partido, fue asesor de Francisco Frutos en el PCE e Izquierda Unida, y ya se quedó en la izquierda radical. Ahora es defensor de Podemos, y a la vez el analista al que llama La Sexta, como buena prensa equidistante y sensacionalista, cuando quiere a alguien pro Trump. Es un personaje despreciable.

Muchos se sorprenden de su trayectoria ideológica incoherente, pero no lo es tanto. Como le ocurría a Arthur Koestler, sufre de “absolutitis”. Pasa de un radicalismo, de un absolutismo al otro. Koestler fue comunista furibundo, anticomunista tan radical que la CIA lo consideraba excesivo, y luego se pasó a las pseudociencias y los fenómenos paranormales. Como dice Jorge Freire, autor de Arthur Koestler. Nuestro hombre en España, Koestler fue más coherente de lo que pensamos durante su vida. (Antes de nada: el abismo entre Koestler y Verstrynge es inconmensurable, inabarcable: junto a uno de los mayores intelectuales del siglo XX, Verstrynge es una ameba). Muchos neocons surgidos en EEUU en los años sesenta, como Norman Podhoretz o Irving Kristol, comenzaron en el trostkismo. Tras la aparición de la Nueva Izquierda en los sesenta, se pasaron a la derecha pero se llevaron consigo las tácticas y el dogmatismo marxista, que aplicaron en las guerras culturales. Los neocons que idearon la guerra de Iraq en 2003 hablaban de “exportar la democracia” como hablaría un trostkista exportando la revolución.

Escuchando algunos comentarios de Errejón uno puede comprender por qué Verstrynge es de Podemos. En un vídeo reciente sobre las elecciones francesas, Errejón habla de la “transcendencia comunitaria” que crea Le Pen, de la “belleza del caudillo”, en referencia a la idea del político providencial que conduce al pueblo a su salvación (o a un golpe de Estado y una guerra civil, vaya), y se pregunta por qué se ha demonizado tanto las propuestas “modestas” y “moderadas” de los populistas, sean reaccionarios o progresistas: solo proponen algo tan sensato como una “vuelta a las certezas de posguerra”. En ese cóctel de nacional populismo, patriotismo, mesianismo político y nostalgia reaccionaria Verstrynge está a gusto. Y en Podemos no les molesta mucho que sea uno de sus politólogos de cabecera. La xenofobia, el negacionismo y el neofascismo de Le Pen son lo de menos. Como es lo de menos el supremacismo prorruso de Verstrynge. En la Nueva Guerra Fría todo vale.

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