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El manto de la ley

José Carlos Rodríguez

La justicia, cadenciosa e inexorable, enfrenta a Artur Mas y dos consejeras de la Generalidad de Cataluña ante el conflicto que tienen sus acciones con la ley. La Fiscalía de Cataluña entiende que han incurrido en los delitos de prevaricación y desobediencia grave; es decir: dictar resoluciones injustas a sabiendas y actuar en contra de las decisiones legales de la autoridad, cuando convocaron la consulta de secesión del 9N. Los delincuentes han hecho mención tantas veces a la dignidad de sus acciones y el orgullo con que las realizaban que resultaría chocante que no aceptasen con el mismo orgullo una sentencia condenatoria.

Esta situación debe de satisfacer al gobierno, que responde al desafío secesionista apelando a la ley como su último valladar. Esto es un grave error, por varios motivos. El primero es que la concepción de la ley que ha prevalecido es positivista y muy arbitraria, y se le concede legitimidad sólo por el origen de la misma, que ha de ser democrático. La democracia, entendida como fuerza bruta de la mayoría, lo legitima todo. La ley, así entendida, podía haberse cambiado con un gobierno nacional-podemita presidido por Sánchez a fuer de referéndum, esa democracia pura y rápida tan de Franco y de Podemos.

Pero es que el desafío es mayor, porque niega el demos español. No es ya que la ley sea un castillo de arena, sino que se erige sobre una fuente, España, a la que se le niega su validez histórica, e incluso su propio nombre. Se refieren a ella como ‘Estado’, como si fuera una construcción, un acuerdo político que se pudiera deshacer en cualquier momento.

Ante el secesionismo la respuesta no puede ser, en última instancia, el manto de la ley. Hay que dejar ver lo que cubre ese manto: que el último ratio de la ley positiva es la violencia; así es el Estado. Y que no hay más soberano que el pueblo español.

Susana es susuna: todos a una

Gonzalo Gragera

De las Juventudes Socialistas del barrio del Tardón, en Triana, a los pasillos del ayuntamiento de Sevilla. Primeros años del nuevo siglo; cambio de milenio, mudanza en las bases del futuro socialismo andaluz, tan parecido, paradoja viene, al de la eclosión de los años ochenta. Por aquel entonces, Susana Díaz contaba veinticuatro años y un aval de nombres de poder en la selva de lo local y de lo regional, en esa micropolítica que sirve de ensayo, de preparación, de entrenamiento: terreno de juego en donde todo se reduce, en donde las posibilidades de crecer disminuyen, aunque ese pequeño espacio propicie mejores vistas al político joven con ganas de conocer el cómo funciona las redes internas un partido. Menor escala, sí, pero mayor cercanía, que traducido al verbo de las aspiraciones partidistas significa tenerlo todo más a mano, más próximo, más manejable, laboratorio de experiencias que llegarán una vez se cumpla la prometedora carrera política. En cuanto Madrid llame a la puerta.

Susana Díaz supo jugar sus cartas, y aprender de ellas, en esos años de juventud partidista. Juventud en la que consolidó cualidades que la han acompañado durante su trayectoria socialista. Dotes que ella misma demuestra, aunque de manera sibilina, en esta pugna por el poder del PSOE: capacidad para anular a los enemigos, y aquí la clave, sin que se note. En silencio. Tomando alianzas mediáticas –esa medalla de Andalucía a Antonio Caño, director de El País– y financieras –su amistad con Antonio Pulido, en La Caixa-; perpetrando la emboscada mediante las bases, la militancia; desgastando, de puro desconcierto y cansancio, las propuestas de sus rivales, que son López y Sánchez, sí, pero que fueron Pepe Griñán y Manolo Chaves. Recordemos la cita que el primero le apunta al segundo en cuanto se entera de que Díaz comentó en una rueda de prensa que ambos deberían dejar sus ocupaciones políticas debido al caso ERE: “Pepe, Susana nos ha matado”. Si así trató a sus mentores, ¿cómo lo hará con sus rivales?

Dicen que la cámara vieja del PSOE apoya a Díaz, y es cierto, aunque de motivos no vayan sobrados. Es un apoyo más de identidad que de convicción; más de “mal menor” que de confianza, incluso de caballo ganador, de me arrimo a quien me garantiza posición y puesto. La mayoría de los argumentos que se oyen tienen por contenido la abstracción de los ideales –sentido de Estado es uno de los más citados- o las vaguedades del discurso de aplauso mitinero, el carisma, que es la palabra de los que no tienen nada que decir. Así sucede en Andalucía, en donde todo es propaganda de la tele pública y abrazos a señores mayores en las residencias, a pesar de la reducción del dinero público a la sanidad. Mayor recorte de España. Pero Díaz controla la opinión, el gesto, la cúpula y el noticiero. Los cuatro puntos cardinales del político que apunta al cosmos nacional desde la autonomía, ese instrumento del que se benefició para alcanzar lo que de verdad ha ambicionado estos últimos cinco años, que no es la presidencia de Andalucía, sino de España. Susana es susuna: todos a una.

Anna al desnudo

Jesús Nieto Jurado

Foto: Manu Fernandez
AP Photo

Anna Gabriel, apellido arcangélico aunque le duela. Activista de oficio, de beneficio. Diputada en la que reside la soberanía autonómica -“a todo se llega degenerando”, que decía “el Guerra”- . Gabriel es de las que cardan la lana, la fama, y los huevos que se lanzan contra la sede del colonialismo español -léase constitucionalismo-. Ella ya nos anunció, como en una plegaria de Nueva Biblia, eso de que se adoptase un bebé mancomunado, amén de otras adecuaciones de la praxis a la teórica, que ella es activista y barretina; todo al mismo tiempo. Ella es la reducción del abertzalismo catalán a la disciplina férrera de un flequillo y dos pendientes. El mensaje, siempre, en la camiseta, pegado al corazón y a los pezones; allá donde dicen que habita Dios, el misterio o lo Sagrado. Pero lo vistoso de Gabriel, su aportación a la Historia, es esa vestimenta que oculta cuanto ignora o desprecia. Vista así, de rápida mirada, no sé qué aire se da de hermana resabiada del convento. Pero el ‘cuperismo’ es ese puchero de la eclosión de la Barceloneta, cuando por Cataluña hay implosión y la Barceloneta es una delegación de Magaluf.

Anna Gabriel ha entrado en nuestra vida como una primavera, como una brisa batasuna en la Historia canguelona del Principado y hasta de ‘Els Països Catalans’. Su última travesura fue tildar de facha -el miércoles- a Coscubiela por no reirle las gracias a los ‘cuperos’ en lo del asalto a la sede del PP catalán. Llamar facha sale barato, y el pobre Coscubiela no “halló cosa” (Quevedo) donde esconderse.

Anna Gabriel es el cambio; fuera de ella, el heteropatriarcado y Castilla. Avanti el Popolo…

Por qué la izquierda es moralmente inferior

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: DYLAN MARTINEZ
Reuters

Es probable que si usted ha convivido con personas políticamente “de izquierdas” haya notado que suelen sentirse moralmente superiores a las demás. Hay también, naturalmente, gente de derechas que adolece de ese mismo hábito: aunque mi impresión, y la de Nietzsche, es que son cada vez menos. En un reciente artículo publicado en otro medio (Ctxt) su autor, Ignacio Sánchez-Cuenca, coincide conmigo en la idea de que los que más se prodigan en sentir superioridad moral sobre los demás son los izquierdistas. Lo curioso de Sánchez-Cuenca es que él mismo se adscribe a la izquierda. ¿Por qué entonces no le cuesta reconocer que él y los suyos sienten superioridad moral? Sencillo: porque cree que ese sentimiento de superioridad moral está plenamente justificado. Dicho con sus propias palabras: “las personas de izquierdas tiene (sic) una mayor sensibilidad hacia las injusticias que las personas de derechas y por eso desarrollan un sentimiento de superioridad moral”.

La columna de Sánchez-Cuenca está poco argumentada: es solo un esbozo de lo que este autor espera, en textos ulteriores, desarrollarnos. Ahora bien, mi impresión es que ese artículo (y los que puedan subseguir) parten de una base errónea. En realidad, la explicación de que la izquierda se sienta moralmente superior no es que, de hecho, sea moralmente superior. Por el contrario, creo que la izquierda se siente moralmente superior porque, en realidad, es moralmente inferior. Es más, sostengo que existen argumentos académicos para apoyar esta tesis: opino que, dado nuestro grado de conocimientos sobre psicología actuales, lo más razonable es concluir que la izquierda está lejos de ser moralmente superior.

Sánchez-Cuenca, y otros muchos izquierdistas, dan por supuesto que la gente de izquierdas es “más exigente” con la justicia y, por ello, “sus ideas son moralmente superiores a las de la derecha” (le cito de nuevo). Pero no proporcionan ningún argumento que apoye esta superioridad, más que la propia convicción de los izquierdistas de su propia superioridad moral y de su inmensa “preocupación por la justicia”. Es como si admitiésemos que un tipo que se cree Vladímir Lenin es ya, solo por ello, Lenin; y que, como le preocupa mucho tomar el Palacio de Invierno, ya solo por eso ha tomado el Palacio de Invierno. Mi posición, por el contrario, es que sí existen argumentos (ni de izquierdas ni de derechas, sino intelectuales) que nos permiten distinguir cuál de esas dos tendencias ideológicas es éticamente mejor. Y que, cuando conocemos esos argumentos académicos, la conclusión razonable es admitir que la derecha tiene una posición moral más rica, más interesante y, por lo tanto, preferible a la de la izquierda.

Estoy hablando todo el rato de “mi posición” pero eso no significa, naturalmente, que sea yo el que haya descubierto los argumentos que voy a defender. (De hecho, no creo haber descubierto solito ninguna de las ideas que poseo). Hablo de “mi posición” como una abreviatura de “la posición que voy a mostrar en este artículo”. Sus orígenes están en los descubrimientos que durante estos últimos años han venido testándose en el área de la psicología moral. En este sentido, es meritoria la labor realizada por Jonathan Haidt y su equipo, y que ya describí hace algún tiempo en este otro artículo. Resumiré brevemente su contenido, para no repetirme: lo que estos investigadores han descubierto es que las personas de izquierdas son muy capaces de detectar (y de condenar éticamente) situaciones en que se hace daño a otras personas o situaciones en que se oprime a otras personas. En esto creo que estaría de acuerdo Sánchez-Cuenca.

Ahora bien, ¿hace esto a las personas de izquierdas más perceptivas en asuntos éticos que las de derechas? Lo cierto es que no, pues lo que estos investigadores están mostrando es que los individuos de derechas se desempeñan igual de bien que los de izquierdas al detectar (y reprobar) situaciones en que se causa daño u opresión a los demás. Lo que pasa es que las personas de derechas, además de ver esos dos factores morales, son también capaces de detectar otros que pasan más desapercibidos para los izquierdistas. Así, una persona de derechas se dará cuenta de que en muchos casos hay que tener también en cuenta cosas como si se está engañando a alguien con quien deberías ser justo. O si se está traicionando a alguien a quien deberías lealtad. O si se están respetando la autoridad debida. O si se está cayendo en algo que nos degrada como personas. En otras palabras: la gente de izquierdas cree que la moralidad se reduce a dos asuntos (no oprimir y no hacer daño), pero la de derechas, asumiendo también esos dos aspectos, incorpora otros cuatro “fundamentos morales” (como los llama Haidt) que acabo de citar.

Como los izquierdistas no ven esos otros cuatro factores morales (o los ven más borrosos), llegan a la conclusión de que no existe más que lo que ellos ven y se creen superiores pues ellos, esos dos aspectos, los ven muy bien. Pero es su propia ceguera moral lo único que los conduce a creerse moralmente mejores.

Esta teoría parece que se está corroborando bastante bien en los experimentos que sobre ella hacen los psicólogos morales. Ahora bien, aquí podemos ir un paso más allá y preguntarnos: ¿implica esta teoría que la gente de derechas tenga una moralidad preferible a la de izquierdas? ¿No muestra, simplemente, que ambas tienen formas de pensar distintas, que ambas tienen en cuenta factores distintos al analizar una situación? (Algo que ya sabíamos desde el principio, por cierto: que la gente de derechas e izquierdas opina distinto sobre un montón de cosas).

Creo que sí cabe extraer de estos datos que he citado la conclusión de que la posición moral de la derecha es preferible a la de la izquierda. En el fondo, lo que Haidt y otros nos están mostrando es que la gente de derechas es capaz de percibir más cosas (en moralidad) que la de izquierda. Y, normalmente, ser más perceptivo es preferible a ser menos perceptivo. Es preferible que una persona utilice el sentido de la vista y del olfato a que utilice solo el del olfato; y si en vez de solo el olfato es además capaz de utilizar otros cuatro sentidos (vista, oído, gusto o tacto), sin duda ello es preferible a limitarse solo a uno o solo a dos. O, por poner otro ejemplo, siempre consideramos preferible que una persona posea un ángulo de visión amplio (en el ser humano puede llegar a los 180 grados) en vez de que, por la carencia que sea, solo sea capaz de captar 60 o 40 grados de visión.

Por este motivo, que las personas de derechas sean capaces de captar muchos más matices en las situaciones morales es una ventaja indudable que poseen con respecto a los que, debido a su izquierdismo, limitan su ángulo de visión a no hacer daño o a no oprimir. Naturalmente, esto no significa que todas las personas de derechas sean moralmente superiores a todas las de izquierdas: aunque un amigo mío tenga el sentido de la visión intacto y yo sin embargo sea bastante miope, eso no significa que él no pueda sufrir en un momento dado una ilusión óptica o ver un espejismo (y yo no). Solo significa que, en general, será más fiable él que yo (sobre todo si yo no llevo mis lentillas correctoras de mis docenas de dioptrías puestas). Y significa que, en términos de vista general, él es más agudo que yo, su visión es superior a la mía. Y haré bien en dejarme aconsejar por él si no veo algo claro.

Del mismo modo, las personas de derechas pueden portarse en ciertos momentos peor que las de izquierdas: pueden, sin duda, no hacer caso a su visión ética y portarse, nítidamente, como meros truhanes. Pero, en general, un análisis ético de una persona de derechas incorporará más factores y será, por ello, más rico que un análisis izquierdista. Y, por tanto, será preferible.

Esto no significa que las personas de derechas deban irse pavoneando por ahí de su superioridad moral. De hecho, como han notado casi todas las grandes figuras morales de la historia, blasonar de tu superioridad moral es ya una forma de empezar a perderla. (Esto, curiosamente, no lo han percibido izquierdistas como Sánchez-Cuenca, que nos narran a los demás cuán moralmente superiores se sienten, sin darse cuenta de que justo eso ya les quita lustre moral). Lo que esto sí significa es que las personas que tengan una visión más amplia de la moral, porque no son de izquierdas, deberán esforzarse por ser magnánimos (que es otra importante virtud ética) y tratar de hacer ver a esas otras personas más miopes, las izquierdistas, que la moral incluye más factores de los que ellas creen. Reconozco que a veces este trabajo de intentar mostrar a quien no ve algo que ese algo está ahí y es importante es una tarea hercúlea. Pero Hércules, precisamente, se puso a menudo en la tradición clásica como modelo de buena visión moral. Es decir: Hércules, seguramente, no era de izquierdas.

Los tiempos cambian... quién sabe hacia dónde

Víctor de la Serna

Foto: Michael Buholzer
Reuters/File

Fue hace medio siglo largo, y los chavales del ‘baby boom’ -hoy provectos ancianos- emulábamos con entusiasmo a Bob Dylan y nos desgañitábamos: “The times – they are a-changin’!”. Y poco más tarde llegaba la ópera-rock ‘Hair’ a remacharlo: “This is the dawning of the Age of Aquarius!”…

El cambio ha sido nuestro ‘leitmotiv’ desde los años 60. Su embrujo fue tan grande que una simpleza tan grande como “Por el cambio” se convirtió en magnífico lema electoral para el PSOE. Pero, ¿saben?, lo que vemos los provectos ancianos es que, sí, cambios hemos tenido. Pero nunca los previstos. Apliquémonos el cuento hoy.

Hace justo 50 años esperábamos la era de la paz y del amor fraterno: “When the Moon is in the seventh house and Jupiter aligns with Mars, then peace will guide the planets and love will steer the stars”… Pero de inmediato tuvimos una Guerra de los Seis Días, un enconamiento -que hoy perdura- de los conflictos en Cercano y Medio Oriente y dos crisis del petróleo seguidas, que nos dejaron para el arrastre a la vez que el islamismo radical se adueñaba de Irán, uno de los países entonces más avanzados de aquella zona que desde entonces tiene en vilo al mundo.

Otro cambio del que esperábamos mucho tras mil trepidaciones -que si el muro de Berlín, que si aquel golpe anti-perestroika que no se frustró hasta que el bravo Boris Yeltsin se encaramó a un tanque y lo paró- fue el colapso del comunismo, antesala de un triunfo de la economía liberal de mercado, de las mañanas capitalistas que cantan. Y no digamos cuando se descubrió la varita mágica llamada internet. Pero esa burbuja tecnológica estalló en 2000, y la de la economía dizque liberal, que resultó estar montada sobre el ladrillo y la deuda y los esquemas piramidales, en 2008. Y nuestro mundo feliz, cuasi huxleyano, se fue al garete.

Ahora los cambios que se esperan son más oscuros, más impenetrables para el común de los mortales, aún anonadados por la última crisis. Tan anonadados que absurdidades como Donald Trump se hacen realidad. Que dicen los gurús de la inteligencia artificial que ya les quedan tres telediarios a los humanos, que nunca más se volverá a crear empleo de calidad, que nuestra raza probablemente pasará a un segundo plano frente a los robots antes de fin de siglo. Y los nuevos héroes son personajes casi extraterrestres -al menos, para nosotros, los provectos ancianos- como ese Elon Musk que asegura que vamos a poder subirnos las Siete Revueltas del puerto de Navacerrada soltando el volante del coche y sin despeñarnos, porque el coche ya no nos necesitará…

En fin: que nuestra esperanza es que este nuevo cambio, que se anuncia verdaderamente telúrico, siga el ejemplo de los anteriores y, por lo menos, no acabe ciñéndose a lo anunciado. Y que, por una vez, salga mejor de lo que se espera.

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