El Subjetivo
El retrato
Desmond Boylan / Reuters
29.11.2016 El asalto violento al poder, lo que llamamos revolución, cayó sobre una sociedad con un nivel de vida comparable a Argentina, Uruguay o Venezuela, que en los años 50’ era mucho decir. La renta real era un 70 por ciento superior a la mejicana, y superaba, desde luego, a la de aquélla España que, precisamente en 1959, elegiría el camino de la apertura y del crecimiento. Su tasa de analfabetismo en 1955, del 21 por ciento, estaba en la mitad de la media de Iberoamérica (42 por ciento). En indicadores de desarrollo como el número de médicos por cada 10.000 personas, la mortalidad infantil o la esperanza de vida, la Cuba de Batista se movía en las medias de Europa o los Estados Unidos. Cuba era un país con aspiraciones de ser protagonista de aquéllos años de prosperidad global. Hoy, la sociedad se debate entre rendir servidumbre al Estado o a la miseria. Los dos se enseñorean con los cubanos, excepción hecha de quienes están adheridos al régimen.
Todos queremos prosperar y cuando se nos deja en paz, con más o menos fortuna, encontramos nuestro camino. Empobrecer durante décadas a una sociedad es muy complicado, y sólo se puede lograr con grandes dosis de socialismo, que es como llamamos al crimen organizado en política. El socialismo se basa en el principio de que unos mandan y otros obedecen. Y es tan brutal que tiene que decir de sí mismo que representa la igualdad, que es exactamente lo contrario. También promete prosperidad, y el castrismo, antes que otros socialismos reales contemporáneos, entendió que la miseria era su aliado. Una sociedad sin medios aplaza sus sueños de libertad por necesidades más perentorias. Hay unos cuantos que sí se rebelan, y sobre ellos recae el socialismo en forma de ejecuciones o cárcel en condiciones inhumanas. La izquierda ha mirado a la Cuba de los Castro con especial cariño, y con mucha justicia. Pues en su régimen criminal está perfectamente retratada.