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El retrato

José Carlos Rodríguez

El asalto violento al poder, lo que llamamos revolución, cayó sobre una sociedad con un nivel de vida comparable a Argentina, Uruguay o Venezuela, que en los años 50’ era mucho decir. La renta real era un 70 por ciento superior a la mejicana, y superaba, desde luego, a la de aquélla España que, precisamente en 1959, elegiría el camino de la apertura y del crecimiento. Su tasa de analfabetismo en 1955, del 21 por ciento, estaba en la mitad de la media de Iberoamérica (42 por ciento). En indicadores de desarrollo como el número de médicos por cada 10.000 personas, la mortalidad infantil o la esperanza de vida, la Cuba de Batista se movía en las medias de Europa o los Estados Unidos. Cuba era un país con aspiraciones de ser protagonista de aquéllos años de prosperidad global. Hoy, la sociedad se debate entre rendir servidumbre al Estado o a la miseria. Los dos se enseñorean con los cubanos, excepción hecha de quienes están adheridos al régimen.

Todos queremos prosperar y cuando se nos deja en paz, con más o menos fortuna, encontramos nuestro camino. Empobrecer durante décadas a una sociedad es muy complicado, y sólo se puede lograr con grandes dosis de socialismo, que es como llamamos al crimen organizado en política. El socialismo se basa en el principio de que unos mandan y otros obedecen. Y es tan brutal que tiene que decir de sí mismo que representa la igualdad, que es exactamente lo contrario. También promete prosperidad, y el castrismo, antes que otros socialismos reales contemporáneos, entendió que la miseria era su aliado. Una sociedad sin medios aplaza sus sueños de libertad por necesidades más perentorias. Hay unos cuantos que sí se rebelan, y sobre ellos recae el socialismo en forma de ejecuciones o cárcel en condiciones inhumanas. La izquierda ha mirado a la Cuba de los Castro con especial cariño, y con mucha justicia. Pues en su régimen criminal está perfectamente retratada.

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La imposibilidad del abrazo

Laura Ferrero

Foto: Huseyin Aldemir
Reuters

Para abrazarse bien hay que encontrar el hueco en el cuerpo del otro y en el propio. Para abrazarse bien hay que conseguir que esos huecos, esas cavidades, se acoplen, se encuentren. Como si en última instancia, lo que permitiera el abrazo fuera una comunión de ausencias. Dos superficies perfectamente redondas y completas nunca podrían encontrarse en el espacio. De manera que si nos abrazamos es porque nos falta algo.

De eso habla Manuel Vilas en Ordesa. De eso, y de los vínculos que sobreviven a la desaparición de los objetos que los generan. No diría que Ordesa es un libro sino una elegía y una carta llena de amor a ese pasado de los padres escrito en fotografías en blanco y negro a los que Vilas no está seguro de haber conocido. Como tampoco lo está ahora de conocer a esos hijos, los suyos, que comen silenciosos junto a él.

Terminé Ordesa en una ciudad que une dos continentes. Llovía mucho y entré en un restaurante paquistaní del barrio de Fatih, justo cruzando el puente de Ataturk. El dueño, Zahid me preparó un té. Le dije que era de Barcelona y curiosamente no me preguntó si era del Barça o si me gustaba Messi. Solo señaló las paredes, cubiertas de pequeñas fotos y recortes de periódico, y dijo “Lahore”.

Ordesa me conmovió de una manera que hacía tiempo en que nada lo hacía. No supe por qué hasta que llegué a aquel lugar sórdido y a la vez misteriosamente cálido al que conforme pasaba el tiempo, fueron llegando más hombres que me saludaban y se sentaban en las mesas de mi alrededor mientras yo trataba de descifrar lo que ocurría en el canal de televisión paquistaní.

–Un actor famoso de mi país ha muerto –dijo un hombre mayor.

Asentí.

Zahid se sentó frente a mí y me preguntó por el libro que estaba terminando. Leyó el título O-r-d-e-s-a.

–Es un lugar –dije.

–¿Es la historia de un lugar?

–Bueno, sí, también. Pero es la historia de una vida. Y del pasado.

Y del lugar de los padres, pensé, pero eso no sabía cómo contárselo en inglés. Entonces Zahid me dijo que le contara cómo era Barcelona. Si era grande, si llovía, si los inviernos, si la comida, si los mercados. Por último, si sabía de algún lugar dónde cocinaran un buen biryani.

–¿Biryani?

Se levantó y se ausentó cinco minutos para después aparecer con un plató de arroz con pollo.

–Biryani –afirmó.

Zahid señaló una de entre las fotografías que colgaba de la pared, una en la que no me había fijado.

–Es mi padre. Era cocinero. Su especialidad era el Biryani. Yo aprendí a cocinar con él.

Cuando dejó de llover, me levanté para ir a pagar pero Zahid no me dejó. Al salir, en medio de mis agradecimientos torpes, vi que del pasillo que conducía a la cocina, colgaban fotos plastificadas de aquel plato que acababa de comer. Entonces entendí que Ordesa quería decir lo mismo que Biryani, ambas palabras cuentan la historia de los mundos que van quedándose atrás, mundos herméticos encerrados en misteriosas fotografías que no cuentan más que lo que vemos, o sea: nada.

Dice Manuel Vilas que una relación que muere da origen a una lengua muerta. Y mientras cruzaba el puente, de vuelta hacia el hotel, pensaba en ellas, en las lenguas muertas, en las maneras de decir que quedan sepultadas en otros lugares, en otros países que se llaman Lahore o Ordesa. También las lenguas muertas hacen que nos falte algo irremplazable, algo que crea un hueco, el hueco sin el que nadie luego podría abrazarnos.

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Aguantocracia

Guillermo Garabito

Foto: Manu Fernandez
AP

Los enemigos de Mariano Rajoy, que no han sido siempre los de España, terminan cayendo uno tras de otro como los frailecillos de los documentales de La 2. Los enemigos de Rajoy fueron amigos en el PP antes de que el presidente se revelara inmortal. Todos caen menos Mariano. El marianismo equivale a una doctrina, una escuela de fijeza. La escuela de Moncloa marca una era y Arriola quedará retratado como alguno de los personajes secundarios del cuadro entre picassiano y olvidado. El marianismo es una forma de ser español, como el ‘cojonudismo’ intuido por Unamuno o el ‘cipotudismo’ que recopila Jorge Bustos ahora.

Mariano Rajoy, como el español a lo largo de la historia, sólo sabe resistir ante la adversidad. Únicamente sabe estar contra viento y marea en los momentos álgidos y ha condensado y refinado esa cualidad inherente del españolito histórico. Porque lo de este país casi siempre han sido victorias por desgaste, largas y al final: como en el Mundial de Sudáfrica.

Aguantar es español, pero el ‘marianismo’ bebe de muchas otras culturas y tradiciones. De la árabe y la paciencia de sentarse a esperar a ver pasar el cadáver del enemigo. Aunque es probablemente que indagando descubrieran que los árabes copiaron el proverbio a un señor de Pontevedra. El ‘marianismo’ es la resistencia pasiva de Gandhi pero a la española y sin huelgas de hambre.

Más ahora, que entre los independentistas hay discordia Y los independentistas huyen o mienten o reniegan. “Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo…” La huida nada menos que a Suiza de Anna Gabriel es cuanto menos irónica. A base de aguantar, Mariano Rajoy ha conseguido que Anna Gabriel se peine. Sólo ha tenido que perseguirla la justicia para cambiar el ‘look’.

“La mejor victoria es vencer sin combatir.” Para algo se inventó la democracia. Y el 155. Puigdemont sigue en Bruselas, Junqueras y compaña en Estremera y poco a poco van desertando de obra y cuerpo presente los llamados por la justicia. Aunque Rajoy probablemente no haya leído ‘El arte de la guerra’. Mariano Rajoy es el último de Filipinas, un soldado de los Tercios españoles. O quizá únicamente sea un señor de Galicia con paciencia y mucho tiempo que perder.

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El flamenco más reivindicativo llega a Londres con apoyo del Cervantes

Lidia Ramírez

Foto: Sadler’s Wells de Londres

El flamenco no entiende de fronteras ni idiomas. Tampoco tiene pasaporte. Es un lenguaje universal, una forma de la belleza con una atmósfera propia que constituye de por sí toda una estética particular de lo más distintiva y reconocible.

España es, sin duda, la cuna del flamenco, pero la fuerza y la pasión de este género, declarado patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la Unesco en 2010, traspasa lindes creando un clímax sobre el tablao perceptible y palpable por todo el mundo. Porque para disfrutar del flamenco tan sólo hay que tener tímpano, estribo, martillo y yunque, y, por supuesto, corazón para emocionarse.

El flamenco más reivindicativo llega a Londres de la mano del Instituto Cervantes 3
Flamenco Festival London tendrá lugar hasta el 25 de febrero. | Foto cedida por Instituto Cervantes de Londres

El Sadler’s Wells de Londres es uno de los teatros de música y danza más relevantes del mundo y la referencia a la hora de hablar de las artes escénicas en Londres. Con 300 años de historia a sus espaldas, este año vuelve a acoger el evento de flamenco más famoso de la capital británica, Flamenco Festival London, ideado y dirigido por Miguel Marín, ofreciendo un vibrante espectro musical, desde las tradicionales raíces gitanas hasta sus encarnaciones más modernas, interpretadas por algunos de los talentos de baile y música flamenca más destacados y legendarios del mundo.

Para ello cuenta con el apoyo de, entre otras instituciones, el Instituto Cervantes de Londres, capitaneado por Ignacio Peyró, fundador de la sección de opinión de The Objective, elSubjetivo, y autor de libros como La vista desde aquí y Pompa y circunstancia. “Para nosotros, febrero es el mes del flamenco, apoyando como apoyamos, junto a la Embajada, Turespaña y AC/E, el festival de Sadler’s Wells. Es un festival que cuenta con mucho arraigo y que –dada la exigencia del público de aquí- cuenta con una organización y comunicación extraordinarias y un programa tan amplio como variado, donde cabe lo más clásico y también lo más vanguardista, fusionado o impuro”, apunta Peyró, que destaca como desde el propio centro Cervantes acogen al flamenco con diferentes actos: “Hace apenas unos días estuvo Carmen Linares, nada menos, presentando su libro-disco sobre Miguel Hernández. Además, también se han hecho festivales de flamenco y cine… y por esa línea se va a seguir”, asegura. “En todo caso’, afirma, ‘no es sólo el Cervantes: todas las instituciones españolas presentes en Londres apoyan este Flamenco Festival que, organizado por una institución inmejorable como es Sadler’s Wells, y bajo la dirección de Miguel Marín, es toda una referencia”.

De esta forma, durante doce días (se celebra del 14 al 25 de febrero), el festival ofrece lo mejor del flamenco actual donde las mujeres son las protagonistas de la mayor parte de los espectáculos. Bajo el lema, Woman and Creation (Mujer y Creación), entre las artistas invitadas este año, que buscan reclamar las historias de las mujeres más allá de la imagen clásica de la bailaora, están: María Pagés (15 y 17 de febrero), Carmen Linares (14 de febrero), Marina Heredia (14 de febrero), Arcángel (14 de febrero), Isabel Bayón (20 febrero), La Chana (21 y 23 de febrero), Angelita Montoya (24 febrero) y Alba Molina (24 febrero). También habrá presencia masculina, como la de Jesús Carmona (24 de febrero), que presenta en Londres su compañía, y la de Antonio Canales (21, 22 y 23 de febrero), que bailará en la Gala Flamenca, uno de los espectáculos que cuelga el cartel de completo todos los años.

“Confieso que me ha llamado la atención lo mucho que gusta aquí: algo esperaba, pero no una atracción tan, por así decirlo, concurrida”, cuenta Peyró, que destaca como este arte no sólo cuenta en Gran Bretaña con “seguidores entusiastas” sino también “con entendidos”.  “El flamenco triunfa y es un valor seguro”, asegura el periodista y escritor que desde noviembre de 2017 dirige el Instituto, que el año pasado contó con 3.500 matriculados, y el cual define como “¡una pequeña ONU!”.

El flamenco más reivindicativo llega a Londres de la mano del Instituto Cervantes 4
Ignacio Peyró, director Instituto Cervantes en Londres. | Foto: Paula Mateo

De esta forma, tras 15 años de Flamenco Festival London, en los que hasta 260.000 espectadores han podido disfrutar de 227 representaciones, el fundador de elSubjetivo asegura que “la conexión personal, académica, económica… entre los dos países es seguramente más estrecha que nunca”. Y es que, paradójicamente, el Brexit no ha disminuido el interés por el español en Reino Unido. “La cultura española atrae cada vez más, de las cátedras a la calle. En esto hay que agradecer mucho el papel fundamental jugado por los hispanistas”.

Ejemplo de ello es el incremento cada año de alumnos en el Instituto, según su director, “atraídos por los motivos más diversos”: desde “escudriñar” manuscritos en un monasterio perdido, hasta ‘hacerse’ con el idioma para viajar por Hispanoamérica. En cualquier caso, “lo importante es que la mayor parte de las personas que estudian español lo hacen porque creen que va a ser importante para ellos en su futuro laboral. Y eso es un gran valor para nuestra lengua”, recalca el periodista.

Aún así, Peyró no se muestra triunfalista y asegura que aún hay mucho por hacer. “Desde impulsar la traducción de nuestra literatura a aprovechar el momento de aprecio de la cocina española para que haya más presencia de nuestros productos”, concreta.

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Oxfam, el negocio de la indignación

José Carlos Rodríguez

Foto: Andres Martinez Casares
Reuters

Somos tan ricos que nos indigna ver pobreza. Nos ofende. Y somos tan ciegos, que al contemplarla nos preguntamos ¿por qué? Cuando lo extraordinario, lo imprevisible, lo que desafía la condición del hombre, es la riqueza. Nosotros somos el fenómeno que crea admiración para quien sepa de historia algo más que unos capítulos de Cuéntame. Pero no. La sociedad opulenta mira la riqueza, heredada de generaciones anteriores y creada de nuevo día a día, con los ojos de un niño. Piensa que siempre ha estado ahí y no se plantea cómo ha legado la tarta que está a punto de tomar.

Hay organizaciones especialmente ciegas, excepto para su propio beneficio. Es el caso de Oxfam. Su modelo de negocio es sencillo. Nos dice que lo nuestro no nos pertenece, que lo que poseemos es la causa de que otros no tengan nada. Y que la desigualdad entre ricos y pobres sólo se solucionará si les entregamos a ellos lo que tenemos para que lo repartan a quien menos tienen. Nos dicen que somos indignos de vivir como lo hacemos, y nos ofrecen el consuelo de pagarles, a ellos, la cantidad de dinero en que valoremos nuestra mala conciencia.

La verdad es que el capitalismo ha llegado allá donde no hay un sátrapa como Nicolás Maduro o Kim Jon-un, y que éste ha hecho que la pobreza se desplome. En 1980 vivía en la pobreza extrema el 44 por ciento de la población mundial. En 2005 se había reducido a la mitad, y hoy estamos por debajo del 10 por ciento. Oxfam lucha, denodadamente, para que la producción y el comercio en libertad, aunque sea vigilada, para que lo que está haciendo de la pobreza un recuerdo para centenares de millones de personas, deje de existir. Y para eso publica unos informes con mentiras sonrojantes, que sólo una prensa adicta a las fake news puede tragarse sin empacho. Mienten para contribuir a que en este mundo se detenga el secular descenso de la verdadera pobreza en el mundo.

Su presidente, Juan Alberto Fuentes, ha sido detenido en una operación contra la corrupción en Guatemala. La organización acoge a personas que abusan de su influencia para organizar fiestas sexuales con menores. Pero la falta de ética ha sido la seña de identidad de Oxfam desde el principio, y por otros motivos.

Oxfam ha hecho de la indignación su negocio. Pero mi indignación es con ellos.

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