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La verdad ácima

José Carlos Rodríguez

Donald Trump ha ganado las elecciones presidenciales, y eso exige una explicación. Es una tarea muy necesaria, y que exige un esfuerzo ímprobo, concienzudo e inteligente. Pero muchos no pueden o no quieren hacerlo, y todo su afán es encontrar el modo de mostrar que Trump no ha ganado limpiamente. Rusia es culpable, dicen. O Facebook es culpable por dar pábulo a una noticia falsa. Tender un puente entre este hecho minúsculo y el reparto entre 50 Estados de 128.824.246 votos exige tener ciertas cualidades intelectuales y morales que encajarían mejor en un episodio de Los Soprano.

De modo que hemos descubierto, con unos siglos de retraso, que mentir en los medios de comunicación es un problema. Bien está, si de este debate vamos a sacar algo en claro, sobre todo si ese algo es la verdad y su relato; el periodismo. Facebook es una red social en la que todo quisque comparte lo que se le antoja. Es un continente, un vehículo. La responsabilidad de echar basura y de consumirla es únicamente de sus usuarios. Pero los ojos se han puesto sobre la empresa de Zuckelberg, y ésta ha asumido, plena de satisfacción, su nuevo papel de prescriptor. Facebook asume la labor que tienen periodistas, medios de comunicación y lectores, que es la de elegir entre el grano, la paja y el estiércol.

El mal de las noticias falsas parte, no podía ser de otro modo, de que la verdad ha dejado de tener relevancia. Su lugar lo ha ocupado la ideología, y los medios han enseñado a oyentes y lectores a comulgar pan con levadura doctrinal. Muchos de ellos han llegado a identificar una noticia verdadera en la que refuerza su modo de pensar. Facebook no es la solución. Lo demuestra el hecho de que ha asumido la labor de publicar un nuevo Índice, digital. Y que para ello ha nombrado a unos censores, todos de su ideología pulcramente progresista. No es eso lo que necesitamos, sino recuperar el gusto por la verdad ácima.

La exposición World Press Photo lleva a Barcelona las mejores fotografías del año

Redacción TO

Foto: Burhan Ozbilici
AP Photo

World Press Photo, la exposición de fotoperiodismo más importante del mundo, llega a Barcelona para repetir el éxito del pasado año, cuando congregó a 56.434 personas en cuatro semanas, según la Fundación Photographic Social Vision, que organiza la muestra. En esta ocasión abrirá las puertas el próximo sábado 29 de abril en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, el CCCB, y no las cerrará hasta el lunes 5 de junio.

El tema principal de la exposición es la crisis migratoria que vive Europa, pero también hay un lugar destacado para los conflictos políticos internacionales, la influencia de la tecnología en el mundo moderno y el impacto del ser humano en el medio ambiente. “Nuestra misión como Fundación es clara y queda reflejada en el lema Ver para entender”, dice Silvia Omedes, directora de Photographic Social Vision, en un comunicado. “A través de proyectos como World Press Photo Barcelona, la fotografía se convierte en herramienta de sensibilización social; por eso hacemos especial hincapié en ampliar la exposición con actividades paralelas y realizar visitas guiadas, para facilitar la comprensión de las imágenes en toda su profundidad y las historias que hay detrás”.

La exposición World Press Photo lleva a Barcelona las mejores fotografías del año 1
Una tortuga atrapada por una red de pesca. | Foto: Francis Pérez/World Press Photo

Entre los fotógrafos destacados se encuentran varios españoles que reivindican la fotografía como forma de denuncia. Francis Pérez ganó el primer premio en la categoría ‘Naturaleza’ con la fotografía Caretta caretta atrapada, donde la protagonista es una tortuga marina atrapada por una red de pesca cerca de la costa tinerfeña. En esta imagen se representa las consecuencias de la pesca indiscriminada, que afecta a cientos de especies de la biosfera.

La exposición World Press Photo lleva a Barcelona las mejores fotografías del año 2
Monarcas en la nieve ilustra la muerte masiva de mariposas en invierno. | Foto: Jaime Rojo/EFE

En la misma sección, logrando el tercer puesto, aparece Monarcas en la nieve, de Jaime Rojo, donde decenas de mariposas muertas se amontonan sobre el hielo del Michoacán, en México, después de una tormenta de viento y nieve. La deforestación en la región elimina el refugio de estos insectos, y con el cambio climático las tempestades cada vez son más violentas. Estos factores se juntaron justo cuando las mariposas se disponían a migrar a Estados Unidos y Canadá.

La exposición World Press Photo lleva a Barcelona las mejores fotografías del año 5
Dos niños lloran la muerte de su madre. | Foto: Santi Palacios/AP Photo

Santi Palacios obtuvo el segundo premio en la categoría ‘Temas de actualidad’ por la fotografía Abandonados, donde se muestra a dos niños, ella de 11 años y él de 10, llorando la muerte de su madre, ahogada en el mar. La imagen se remonta a julio de 2016, después de ser rescatados por el barco de salvamento de una ONG. Los niños habían navegado durante horas en un bote neumático con otros refugiados y fueron rescatados en el Mediterráneo, a unos 23 kilómetros al norte de Libia.

La exposición World Press Photo lleva a Barcelona las mejores fotografías del año 7
Dos mujeres nigerianas que representan la tragedia de los refugiados de todo el mundo | Foto: Daniel Etter/World Press Photo

En la categoría ‘Temas contemporáneos’ destaca el tercer premio de un fotógrafo alemán afincado en Barcelona: Daniel Etter. Su obra La trampa libia para los migrantes refleja a dos refugiadas nigerianas abrazadas y entre lágrimas en un centro de detención para refugiados en Surman, Libia, en agosto de 2016. En este centro se concentran cientos de mujeres que huyen de sus países y que encuentran en este país del Norte de África un infierno en su trayecto hacia Europa. En estos lugares, por ejemplo, ni siquiera se les proporciona agua o comida, teniendo que vivir en circunstancias profundamente precarias.

A la exposición de World Press Photo se suma la difusión de los premios del Concurso Narrativas Digitales y la celebración de actividades paralelas, incluyendo talleres y clases magistrales para profesionales. La selección, tan asombrosa, se ha reducido a 143 fotografías. Sin embargo, se presentan a concurso algo más de 80.000, estando representados 125 países diferentes. Esto convierte a la muestra en la más ambiciosa y completa del mundo.

Sí, habrá un robot al volante

José Carlos Rodríguez

Foto: HANDOUT
Reuters

Un conductor toma la decisión de saltarse un ‘ceda el paso’, y el Volvo que intentaba cambiar el sentido choca contra él. La noticia no habría aparecido siquiera en la prensa local si el segundo vehículo hubiese estado conducido. Pero es uno de esos drones sobre ruedas que constituyen la promesa de un mejor transporte; un coche que se gobierna de forma autónoma, sin conductor. Como la tecnología no está madura, circulan con un piloto que, llegado el momento, retoma el control. En esta ocasión, la precaución no ha sido suficiente.

El coche forma parte de la flota de coches autónomos de Uber en la ciudad de Tempe, Arizona. La compañía ha suspendido su programa de pruebas con coches autopilotados, como primera providencia. Pero volverá a retomarlo. Uber ve un futuro de coches que funcionan sin horario, y en los que todos los ingresos van para la compañía.

En nuestra ciudad habrá decenas, centenares de coches fantasma, que reaccionarán como autómatas a un par de toques en la pantalla de nuestro teléfono móvil. Alquilaremos el uso de los coches para la ciudad. Nos recogerán, y por un módico precio nos dejarán donde queramos. Más adelante, sólo habrá vehículos autónomos, que se comunicarán entre ellos. Los atascos serán menos frecuentes. Y no habrá multas, porque los vehículos no se saltarán el código. Los ayuntamientos, como venganza, nos prohibirán conducir por el centro de las ciudades. Leeremos camino del trabajo, si es que entonces todavía se estila esta milenaria costumbre. Los metros de las ciudades se cerrarán y se convertirán en museos o centros de ocio.

Es un futuro que casi podemos tocar con la punta de los dedos, pero que aún se nos hace lejano. Es normal que la transición cause accidentes. En la I Guerra Mundial, el índice de mortalidad de los aviones, en sus primeros vuelos, era de más del 70 por ciento a los tres meses. Los pasos que vamos a dar a esta nueva forma de transporte no van a ser tan traumáticos.

Al fin una buena razón para frecuentar librerías

Joaquín Jesús Sánchez

Foto: CHARLES PLATIAU
Reuters

A una librería no hay que ir (¡contra todo pronóstico!) a comprar libros. No, al menos, desde que el progreso nos permite comprar cualquier cosa en pijama y babuchas. Es cierto que el librero te recomienda buenos libros, pero, ¿no hay algoritmos de publicidad mucho más documentados (y con mucho más empeño)? La única diferencia es eso que se llama «el toque humano». Y no exageres: todavía existen los culturales y la crítica; y algún amigo lector tendrás, digo yo.

Por eso, a las librerías no hay que ir a comprar libros: hay que ir a husmear. Verás: la gente que sigue comprando libros, ahora que se puede tener la biblioteca de Alejandría en una pantallita, establece unas relaciones curiosísimas con estos objetos. ¡Objetos! Un libro no es un texto: un libro es una cosa. Por eso importa el gramaje del papel, el tipo de impresión, el modo en que está encuadernado, la tipografía y la portada. ¡Qué divertido es verlos escoger! Los tocan, los abren, los comparan. Preguntan alguna cosa al librero. Los vuelven a mirar. Hay una multitud de gestos a los que hay que estar atento: cómo se pasan las yemas por el papel, cómo se arquean los dedos al abrir las páginas, cómo se entornan los ojos al examinar las tapas. ¡Estás siendo testigo de un momento privadísimo! Y completamente a salvo, haciendo como que estás a otra cosa; como en esas películas de espías de sombrero y gabardina, que se refugian detrás de un periódico (qué grandes eran esos periódicos, ¿no?).

Y si la librería no es la sucursal de una cadena, ¡qué gran felicidad! ¡También se puede diseccionar al librero! ¿Qué extraña sucesión de apetencias le habrá hecho tener esos libros y no otros? ¿Y ese orden? Si el orden de una biblioteca pretende ser científico, el de una librería no sólo eso, ¡también mercadotécnico! Repasar los estantes es como oír una confesión o jugar al psicoanalista (¿hay entre estas cosas alguna diferencia?). Si se busca con atención, en algún momento aparece el ejemplar a la moda, desentonando: ah, ¡el deseo de vender!¡Los vicios del mundo! Qué gran consuelo encontrar la bajeza ajena.

Es difícil curiosear en las bibliotecas ajenas, salvo que uno pertenezca a una experimentada estirpe de atracadores nocturnos. Mayorga, el dramaturgo, me hablaba hace unas semanas de un supuesto coleccionista que no enseña su colección, porque el que la viese accedería a algo íntimo, como un retrato; porque el coleccionista, para acrecentarla, habría cometido, en algún momento, hechos vergonzosos. Pero tú, frecuentador de librerías, puedes disfrutar del momento inicial, de los detalles de la adquisición de una nueva pieza: de los titubeos, del entusiasmo o de la resignación. ¡Ni todos los Amazones del mundo pueden procurar eso! Así que ve a hacer de mirón y no te preocupes con moralinas: ¿cree que los otros no te observan?

Sophie Divry: “El humor y la literatura son dos formas de resistencia”

Beatriz García

Foto: Miquel Taverna
CCCB

Dijeron que íbamos a comernos el mundo y ahora la pasta nos sale por las orejas: macarrones con queso, la dieta del cucurucho de los miembros del ‘precariado’. Una generación con un currículo laboral más largo que la suma de nuestras listas de la compra, que escuchamos día sí y día también la eterna monserga de que si no encontramos trabajo es porque somos demasiado vagos, demasiado quisquillosos, demasiado de letras, o de ciencias, da igual. Demasiados. 

Sentada en la sala de Prensa del CCCB, junto a la escritora Sophie Divry, con quien comparto, creo, bastante más que un sofá –ambas hijas de familias acomodadas, ambas periodistas, ambas escritoras, ambas, por este motivo, precarias- siento ganas de decirle: “¿Sabes, Sophie? Hay gente que cree que estoy entrevistándote en Kosmopolis porque me divierte, pero en realidad estoy trabajando”. E imagino que ella me contestaría lo mismo.

El año pasado la editorial Malpaso publicó su último libro, ‘Cuando el diablo salió del baño’, la historia de una escritora desempleada y en la treintena que malvive intentando encontrar trabajo, pagar sus facturas y llenar la nevera. Pero a pesar de la gravedad de su situación, no puedes evitar soltar unas risas. “El humor y la literatura son una forma de resistencia, una defensa ante las dificultades sociales y económicas de nuestra época”, me dice. Porque los libros reflejan la vida no de una forma literal, sino a través de la emoción. No viven de espaldas a su tiempo, porque sólo es posible escribir sobre lo que se conoce y padece. “La cuestión es cómo podemos los escritores incorporar el mundo a nuestras ficciones. La literatura nace de la adversidad”.

“En Francia evitas hablar sobre algunos temas con familiares o amigos porque quizás no sabes si tienen ideas racistas”

Y si algo vivimos son tiempos adversos. A un mes escaso de las elecciones en Francia, el más político de los libros de Divry ejemplifica muy bien la situación de muchos jóvenes en un país donde el desempleo estructural y las ideas racistas, residuo de su pasado colonialista, han sido utilizadas por el Frente Popular de Marine Le Pen como ejes centrales de su fanático discurso. “Hace unos veinte años que el odio a los musulmanes ha entrado en la intimidad de los franceses. Hoy ya evitas hablar sobre algunos temas con familiares o amigos porque no sabes si tienen ideas racistas”, explica.

“Porque Francia es vieja”, escribe Sophie. Un país de viejas tiendas y viejos periódicos, y de viejos literatos que escriben viejos diccionarios para viejas lectoras. Todos MUY “françoishollandamente viejos”. Y por eso, ‘Cuando el diablo salió del baño’ es también una llamada a la vuelta a la juventud. “Hemos de ser menos civilizados y más caóticos, ya está bien de prohibir todo el tiempo. Francia necesita más vida y más energía, recuperar el entusiasmo. Por eso no quise escribir una novela pesimista”.

“Los escritores somos unos inadaptados a la vida de la empresa”

Pero sí es una obra sincera, política y feminista en la medida en que su protagonista tiene que afrontar la lacra de cruzarse con un jefe ‘machirulo’, como tantas veces nos ocurre en la vida. “Estoy harta de que me pregunten si escribo novelas feministas porque mis personajes son mujeres. A ningún escritor le preguntan por qué sus novelas están protagonizadas por hombres… Los libros hablan de la vida”.

Y Sophie Divry lo hace, diablo mediante, jugando con la tipografía y el lenguaje, “robando” (en el buen sentido) algo de Proust, y también de Racine, y de Federman, e incluso de Cervantes, para reflexionar sobre la literatura y el oficio de escritor, precario antes, ahora y tal vez siempre. “Los escritores somos unos inadaptados a la vida de la empresa. Y a la vez, una buena parte de lo que somos se lo debemos al aburrimiento. Me aburrí mucho de niña; los padres actuales quieren que sus hijos sean artistas y los inscriben a cientos de actividades, pero el aburrimiento y la frustración son los motores de la creación artística”.

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