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Mateen

José Carlos Rodríguez

Cuando la realidad es fluvial, en lugar de parecerse a una avalancha, el periodismo se vale de los números para contarla. El de los números es un código elocuente, aprehensible y eficaz, aunque generalmente promete una precisión que se escapa como la misma agua del río. El Centro Europeo contra el Terrorismo de la agencia Europol ha reunido lo que sabe de los europeos que tienen estrechos vínculos con el terrorismo islamista. Hydra, que es el nombre del fichero conjunto de terroristas, ha vomitado el número 65.000.

Eso es un ejército de dos cuerpos. Sólo que su carácter disperso e irregular no le permite aspirar a esa categoría. Tampoco es una milicia, que esa venerable institución es la del pueblo en armas, y es el epítome del ideal republicano. Ellos no son el pueblo, y desde luego no están aquí para defenderlo, sino para destruirlo. Hay otro fichero, Travellers, que cifra en 33.911 las personas que proceden de Siria e Irak, de donde traen el deseo de matar y la preparación para hacerlo.

Los retornados de la yihad son “la principal amenaza” para la sociedad europea, dice el director del Centro, Manuel Navarrete. Bien está. No vamos a desmentir, en el calibrado de los riesgos, los que los expertos achaquen a cada grupo de musulmanes fidelísimos. Pero pensemos en Omar Mateen. Visitaba habitualmente la discoteca de ambiente gay Pulse, y veía ahí a sus habituales. Era “divertido”, según sus absortos colegas. Pero en algún momento, sabe Dios porqué, se revolvió contra su propia vida y se acordó de que era musulmán. Un día entró en Pulse para matar a medio centenar de personas.

Y la cuenta de los Omar Mateen de Europa se le escapa incluso al Centro Europeo contra el Terrorismo de la agencia Europol.

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El gran silencio

Jesús Montiel

Foto: RRSS

El silencio es un ruido. La pista me la dio mi amigo, que lo dejó todo para callarse. Amables adicciones como el tabaco o la cafeína; pero también, lo más trabajoso, un empleo estable y bien remunerado y una novia que lo quería y que por eso no le impidió que se marchase. Ahora vive en la Cartuja de Miraflores, en Burgos. Anónimo, sin selfies ni redes sociales, sin tan siquiera espejos. Muchas veces lo imagino trabajando el huerto o abismado en la visión de un icono que colorea una vela, callado siempre. Su recuerdo se funde con los fotogramas que Philip Gröning filmó durante los seis meses que pasó en la Grande Chartreuse armado sólo con su cámara y un micrófono, sin emplear luz artificial y obedeciendo otras condiciones del prior del monasterio; dicen que el más duro, el más estricto. Allí viven secretamente una veintena de hombres como mi amigo. Fuera del tiempo de los relojes, despabilan sus gargantas en mitad de la noche para prorrumpir en salmodias que ponen el pelo de punta. Hombres que desairan la velocidad de las agendas, pendientes del disco solar y envueltos por la brutal belleza de los Alpes franceses, con meses completos de nieve asesina, que no es la que retratan las postales, mientras el mundo, allende los bosques alpinos, prosigue con su incansable cháchara. Silentes, pero a la escucha.

Porque el silencio, más que la ausencia de ruido, es una palabra, y no una palabra inofensiva, sino transformadora y hasta quirúrgica. Hablo del verdadero silencio, que es parlanchín y que, lejos de negar la realidad, nos incrusta en ella sin pomadas efectistas ni karma, asumiendo que se padece y que es imposible sortear la pesadumbre, que la salud declina, que se enferma temprano o tarde. El silencio es improbable sin una soledad comprometida, por otra parte. El pianista Glenn Gould defendía frente a los periodistas su escasa participación en la vida artística precisamente porque, según él, un artista que desea madurar requiere de esta distancia. Ninguno de los llamados grandes fue hombre de mucha multitud. Sin esta soledad, sin este silencio, nadie puede subir y ascender a sus profundidades, que son las grutas de donde se extrae el material que la gracia avivará. La palabra de quien escribe o la nota de quien compone depende exclusivamente de la relación que tiene el artista con el silencio, de su amistad, de cuánto silencio frecuenta. El silencio es para el artista y para el santo un útero del que constantemente se nace.

Mi amigo, pienso, ha escogido la mejor parte, estoy convencido de que los que son como él sostienen el mundo aunque el mundo los considere inútiles. Yo creo que a veces se le rompe el pecho de tanto regocijo, a mi amigo, cuando parte la noche para rezar o entierra a uno de sus hermanos. Y que nos aventaja. Acaso el silencio sea el ruido preferido de Dios, con el que Dios prefiere hablar. Acaso el silencio, el de mi amigo, sea más ruido de lo que parece y acaso el ruido, el de este mundo, el ruido que nos rodea por todas partes, no tenga nada interesante que decirnos y su misión radique en alejarnos del otro ruido, el que se escucha en el silencio, que es una voz o quizá, me atrevo, una declaración amorosa.

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Jonas Bendiksen, el fotógrafo de Magnum que quiso retratar a Dios

Néstor Villamor

Foto: Jonas Bendiksen
Magnum Photos

Cuando el fotógrafo de la agencia Magnum Jonas Bendiksen (nacido en Tønsberg, Noruega, en 1977) iniciaba su carrera profesional, en los años 90, estaba viviendo en Rusia y leyó en un periódico la historia de Vissarion, un antiguo policía de tráfico que decía haber recibido una revelación. Desde aquel momento, Vissarion, antes conocido como Sergey Anatolyevitch Torop, ha mantenido que es el mesías y ha logrado congregar a un grupo de entre 5.000 y 10.000 seguidores.

“La historia se me quedó rondando en la mente”, recuerda Bendiksen, “así que cuando empecé a pensar en la religión me pregunté si seguía ahí y si seguía diciendo que era el mesías; y luego empecé a encontrar otros que decían lo mismo”, cuenta a The Objective. Fue ahí cuando Jonas Bendiksen tuvo su propia revelación, aunque mucho más prosaica: se propuso recoger la historia de estos hombres en The Last Testament (Aperture/GOST, 45 euros), un libro en el que explora la cotidianidad de siete hombres que dicen ser la segunda venida de Cristo. “Pensé: ‘Vale, esta es mi oportunidad. Básicamente, puedo ir a visitar al propio Jesús'”. Pasó con ellos un total de tres años.

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Ceremonia de los seguidores de Vissarion en Rusia en 2015. | Foto: Jonas Bendiksen / Magnum Photos

Vissarion, el policía reencarnado en mesías, ha reunido en Siberia a toda una comunidad, que vive bajo preceptos de vegetarianismo, ecologismo, ascetismo y colectivismo (no en vano su revelación ocurrió alrededor de la caída de la URSS). El brasileño INRI Cristo, por su parte, ha congregado a 16 discípulas (la mayoría son mujeres) en Nueva Jerusalén, o sea, las afueras de Brasilia, desde que recibiera su primera revelación, en 1979 después de Cristo. “Todos se basan en la teología y el cumplimiento de las profecías de las Escrituras”.

Bendiksen cuenta la historia de todos ellos en su nuevo libro, un ejercicio de antropología religiosa en el que vuelve a tratar una de sus preocupaciones recurrentes: lo aislado, lo apartado. Ya lo había hecho en The Places We Live, en el que explora los lugares en los que viven distintas personas en situación de exclusión social, y en Satellites, en el que retrata la vida en repúblicas no reconocidas internacionalmente situadas en la periferia de la antigua Unión Soviética. “Me interesan las cosas, la gente, las ideas… que están un poco fuera de lo mainstream y que desafían la forma en que nos vemos a nosotros mismos”.

Y esta preocupación, en The Last Testament, se concreta en “esa necesidad o ese deseo de creer en algo”. Pero en el caso de estas creencias, Bendiksen señala una diferencia que resulta fundamental a la hora de entenderlas: los fieles viven en contacto con lo divino. “Aquí hay una presencia física. A veces la gente habla de Dios como una fuerza que determina la naturaleza y todo se vuelve muy abstracto. Aquí es físico y cualquier pregunta que tengas puede recibir respuesta”.

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INRI Cristo, antes conocido como Álvaro Theiss, predica ante cuatro seguidoras en Brasil en 2014. | Foto: Jonas Bendiksen / Magnum Photos

Pero para dar respuestas satisfactorias, solo hay dos posibilidades: la auténtica creencia en lo que se predica o un guion magistralmente estudiado. Jonas Bendiksen tiene fe en que la primera alternativa es aquí la verdadera. “Para ser sincero, creo que las personas a las que conocí sencillamente pensaban que de verdad tenían una relación con Dios, sea como sea y venga de donde venga”, relata. “Algunos quizá crean que viene de Dios, otros quizá crean que viene de dentro de ellos. Han oído una voz, han recibido una revelación que dice que ellos son el mesías, la segunda venida. Y están actuando en consecuencia, haciendo lo que ellos creen que es lo mejor para la humanidad, para todos nosotros. En cuanto a la religión, yo soy escéptico y no me dio la impresión, a pesar de mi propio prejuicio, de que fueran grandes manipuladores del alma humana. Creo que si estás buscando a personas a las que se les dé bien manipular a la gente para obtener riqueza y poder, hay un montón de líderes eclesiásticos que hacen eso mucho mejor que estos tipos”.

El fotógrafo también señala una característica común a todos ellos: “Tienen una fe extraordinaria en sí mismos. Todos creen que son líderes importantes para la raza humana; es algo que requiere mucha fe en tu propia talla e importancia”. E ilustra su hipótesis con un ejemplo: “Ninguno de ellos pareció nunca muy interesado en quién era yo y ni una sola vez en tres años me preguntaron lo que yo creía. Ni siquiera me preguntaron dónde se iba a publicar esto, en qué revista o qué aspecto tendría el libro. Creo que me veían como alguien del exterior que estaba verdaderamente interesado y que podía funcionar como mensajero para difundir la palabra al mundo”.

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Jesús de Kitwe camina por un mercado difundiendo el mensaje del Cristo retornado. Zambia, 2015. | Foto: Jonas Bendiksen / Magnum Photos

A lo largo de la entrevista, es Bendiksen el que plantea la pregunta más inteligente de la conversación: “¿Qué hace a cualquiera de las afirmaciones de estos mesías menos plausibles que todas las demás cosas en las que cree la gente de fe en todo el mundo; qué hace a estas afirmaciones menos plausibles que las del Papa o que la creencia en la resurrección o en milagros? Es algo que me he preguntado muchas veces y, cuanto más profundizo en ello, más creo que no se puede decir que sea menos plausible”.

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¿Es verdad, como dicen los nacionalistas, que todos somos nacionalistas?

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: Jose Manuel Ribeiro
Reuters

De niño, Jorge Luis Borges era tan tímido que, cuando acompañaba a su padre a la Biblioteca Nacional, no se atrevía a pedir ningún libro. Tenía que conformarse pues con leer las enciclopedias que estaban a la mano de todos para consultas. Fue así como un día se topó con el volumen “DR” de la Enciclopedia Británica. Y leyó de una tacada los artículos dedicados a los druidas, a los drusos y al poeta John Dryden. Ciertamente combinar druidas, drusos y Dryden parece digno de un cuento del propio Borges. Pero lo que a aquel niño más le impresionó de ese tomo de la Británica fue lo que podríamos llamar el descomedido e inesperado caso de los drusos chinos.

¿Quiénes son esos drusos chinos? Empecemos por recordar que los drusos conforman un grupo religioso bastante pequeño (no pasan del millón de fieles), originario y aún presente sobre todo en Oriente Próximo. Por algún motivo que hoy ignoramos, cuando la Enciclopedia Británica que leyó Borges abordaba la cuestión de sus creencias más secretas, incluyó entre ellas una que hoy no parece que sea realmente drusa, pero que a él le fascinó. Según ese dogma, el Día del Juicio Final se producirá una gigantesca batalla entre cristianos y musulmanes, de la que empero no resultarán vencedores ni los unos ni los otros: quienes triunfarán en tal deflagración serán los drusos, que contarán para ello con la inestimable ayuda de millones de chinos. Pues los drusos estarían convencidos de que los chinos de China, en realidad, son adeptos del drusismo también. Sépanlo o no, los chinos son drusos, tan drusos como su fundador, Hamza, o como cualquier prosélito de los que hoy habitan el Líbano. Consiguientemente, la batalla del Fin del Mundo la vencerán los drusos y dará paso a un reino eterno de los drusos (y de los chinos).

Con toda probabilidad esta idea de los drusos acerca de los chinos parezca a muchos estrafalaria. ¿Cómo es posible que alguien crea que otra persona es condiscípula suya en una fe, si esa otra persona niega serlo, o ni siquiera sabe de la existencia de tales creencias? ¿No resultaría ridículo que un druso que se topara con un chino en algún aeropuerto le cogiera de las solapas para insistirle en que él en realidad es también druso, aunque no lo sepa? ¿Saben los drusos mejor que los chinos lo que son los chinos?

Con todo, por extravagante que resulte esta idea, lo cierto es que gente más cercana a nosotros ha razonado de modo similar. Durante cierto tiempo, verbigracia, se volvió popular en la Iglesia católica hablar de los “cristianos anónimos” (la idea procedía del teólogo jesuita Karl Rahner). Estos “anónimos” serían personas que, sin saberlo ellas mismas, pertenecerían en realidad al cristianismo, dado su buen comportamiento moral. Al igual que con los drusos chinos, pues, de nuevo una religión daría por supuesto que otras personas pertenecen en el fondo a ella, sin tener muy en cuenta las preferencias de esas otras personas.

No sé si podríamos considerar al nacionalismo como una religión, pero la verdad es que, cuando uno debate con algún nacionalista, es frecuente que le recuerde a los drusos, a los chinos y a los cristianos anónimos. Muchos nacionalistas comparten el hábito de dar por supuesto que tú, si les discutes algo, es que también eres nacionalista, solo que de una nación diferente a la suya. Es este un argumento chocante si lo comparamos con otras ideologías: un democristiano no te insiste en que tú también serás democristiano si es que osas discrepar de él en algo; tampoco actúa así un conservador o un socialista. Pero un nacionalista tiene, por algún motivo extraño, la necesidad de dar por supuesto que su ideología se ha extendido ya por toda la Tierra, y que él es solo uno más, acaso más autoconsciente que el resto, de sus 7 mil quinientos millones de seguidores.

¿Tiene visos de verosimilitud esta opinión de los nacionalistas sobre los que no nos consideramos nacionalistas? ¿Saben ellos mejor que nosotros mismos lo que en realidad somos? Lo cierto es que la investigación histórica no parece apoyarles. El nacionalismo surgió como ideología a caballo de los siglos XVIII y XIX, cuando ciertos pensadores y ciertos políticos empezaron a insistir en que a cada “nación” debería corresponderle su propio Estado y que este debería ayudar a preservar la “identidad” de esos connacionales; unas ideas que hubieran resultado extrañísimas a cualquier hombre antiguo, medieval o del Barroco. Un nacionalista no es “alguien que quiere a su tierra” (la gente ha sentido afectos así desde siempre), sino alguien que quiere para ella algo muy concreto: que cierta identidad florezca en ella. Si antes de los siglos XVIII-XIX no se había inventado tal nacionalismo, pues, resulta obvio que hubo en el pasado muchos humanos no nacionalistas; y si los hubo en el pasado, ¿por qué no podría seguirlos habiendo ahora? ¿Tan contagioso ha resultado el nacionalismo que, una vez aparecido, no ha quedado nadie inmune a su propagación?

En realidad, parece mucho más sensato reconocer que no todos creemos que un Estado deba imponer al total de sus habitantes una identidad. Que no todos nos obsesionamos con crear sociedades puras (o casi puras) en que lo que nos una sea una sola lengua, una sola religión o una sola cultura. Que muchos creemos que también podemos vivir unidos por el respeto de los unos a los otros; el respeto a las leyes comunes que nos hemos dado; el respecto a los vínculos que el tiempo ha ido creando entre nosotros. Y a muchos nos parece que excluir a otros humanos de la comunidad política que ahora compartimos solo porque hayan nacido en otro sitio o tengan otra lengua es un modo discriminatorio de hacer política.

En suma, muchos no necesitamos hacer que un chino se convierta, quiera o no, al drusismo: nos basta con poder contar con él para hacer cosas juntos. Los nacionalistas, por el contrario, se parecen demasiado a menudo a un druso que, exasperado porque el chino no crea en las mismas cosas que él, se lo recriminara con gritos histéricos y le apartara de un empujón de su lado. Esta sería una explicación de por qué, allá donde ha habido nacionalismo, ha existido siempre conflicto; de por qué con el nacionalismo no se puede colaborar para resolver problemas, sino que es él el problema.

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Así es Rosh Hashanah, el año nuevo judío

Redacción TO

Foto: Ronen Zvulun
Reuters

Los judíos celebran en Israel y en el resto del mundo el Año Nuevo hebreo, Rosh Hashanah (Cabeza del año en hebreo), el 5778 del calendario, una fiesta que según la ortodoxia conmemora la creación de Adán y Eva, y para los laicos marca el comienzo del año económico y el ciclo agrario. La fiesta comenzó este miércoles 20 de septiembre, con la salida de la primera estrella, y termina el viernes 22 de septiembre antes del anochecer.  A lo largo de los siglos y dependiendo de los lugares, el modo de celebrar el Rosh Hashanah ha ido variando en ritos y comidas, pero ha permanecido en la tradición el deseo de que el año que entra sea dulce, por lo que es típico ver en las mesas judías alimentos como dátiles, manzanas y granadas con miel.

La celebración se festeja durante dos días por una tradición iniciada en la Diáspora, cuando se desconocía el inicio de una luna nueva que en su día era dictado por las máximas autoridades en Jerusalén. Según la tradición judía, la festividad del año nuevo conmemora la culminación de la creación del universo y la aceptación de la soberanía divina sobre el mundo. Con Rosh Hashanah empieza el mes Tishrei, durante el que se suele hacer un balance del año y se planifica el que está por venir. El primer día de este mes marca el comienzo de un período de diez días conocido como Aseret lemei Teshuva, que se trata de un tiempo de autoexaminación y contrición espiritual, y termina con Yom Kipur, el Día del Perdón, el 29 de septiembre.

El periodo entre Rosh Hashanah y Yom Kipur se conoce como los diez días de arrepentimiento. En su transcurso las personas tienen la oportunidad de expiar sus pecados.

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Un judío sopla un shofar durante la celebración del Rosh Hashanah. | Foto: Ariel Schalit / AP Photo

“Rosh Hashaná quiere conducir al hombre hacia la máxima responsabilidad frente al Creador. El Día del Juicio reivindica la individualidad humana. Todo ser asume delante de Dios la plenitud de su persona. La anónima y absorbente masa se diluye. Cada persona adquiere su jerarquía suprema, absoluta como fin en sí misma dentro del contexto de un universo infinito que tiende a anularla. Las diferencias de clases sociales hacen que unos se eleven y otros se depriman”, aseguran desde la Comunidad Judía de Madrid.

Rosh Hashanah devuelve a todo hombre su carácter de indispensable, de único y por tanto, de responsable. El juicio nos ayuda a reflexionar, y hacer un balance espiritual, para analizar y ver que se puede corregir, donde puede el rumbo ser modificado y renovado”, remarcan desde la institución hebrea con sede en Madrid.

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Peregrinos ultra Ortodoxos judíos rezan junto a la tumba de Rabbi Nachman de Breslov, en Ucrania, durante la festividad de Rosh Hashanah. | Foto: Valentyn Ogirenko/ Reuters

Tradiciones de Rosh Hashanah

Durante los dos días que dura la celebración del año nuevo hebreo, los judíos practicantes asisten a largos servicios religiosos en la sinagoga y recitan oraciones especiales y cantos litúrgicos cuyo origen se remonta a siglos atrás. Las versiones de las oraciones y de los cantos litúrgicos varían ligeramente de un grupo étnico a otro.

En el marco de esta celebración se toca el Shofar, un instrumento simple y primitivo realizado con el cuerno de un carnero, y que rememora el carnero que Abraham sacrificó en lugar de Isaac, su hijo. El Shofar se toca durante la plegaria de la mañana, y tiene las finalidades de simbolizar la soberanía divina sobre el mundo, recordarles a los judíos la entrega de los mandamientos en el monte Sinaí, recordarles también la devoción hacia Dios profesada por Abraham e Isaac, incitar a la gente al arrepentimiento y, por último, anunciar el día del Juicio y la venida del Mesías, según informan desde el portal de Turismo de Israel.

Durante Rosh Hashanah, también conocido como Yom Hadin (Día del Juicio), se saluda con la expresión ‘Shaná Tová’, que significa el deseo de que el año venidero sea un año próspero y se bendice el uno al otro con las palabras ‘Leshaná tová tikatev vetejatem’ cuyo significado es ‘Que seas inscripto y sellado para un buen año’.

Así es Rosh Hashanah, el año nuevo judío
Manzanas horneadas con miel. | Foto: Matthew Mead / AP Photo

En la cena de Rosh Hashanah es costumbre comer una manzana bañada en miel, ya que esta fruta es símbolo del pecado del egoísmo y se moja en la miel para mitigarlo. También es costumbre comer otros dulces para simbolizar un dulce año nuevo, así como comer granadas, como símbolo de un año de abundancia, y cabeza de pescado, como símbolo del deseo de seguir adelante, junto con otros alimentos simbólicos.

Durante la tarde de estos días de celebración es costumbre caminar hasta un río, lago o cualquier otra masa de agua abierta para sacudirse los bolsillos y arrojar simbólicamente los pecados al agua.

¡Shaná Tová!

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