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Si las vidas de los negros importasen

José Carlos Rodríguez

Las vidas de los negros importan es la traducción al español del nombre del movimiento Black lives matter. Por la puerta del “también” entra el “únicamente” que profesan sus impulsores. Asumen un victimismo racista; los culpables son los blancos y los policías. No negocian con la realidad, y saben que los medios tampoco lo hacen. Escogen de ella una parte muy reducida, varios casos concretos (Michael Brown en Ferguson, Christian Taylor en Arlington, Walter Scott en Charleston, Gregory Gunn en Montgomery…) y los convierten en categoría. Avivan la indignación y la redirigen hacia colectivos enteros, como la policía.

Es necesario revisar la forma de actuación de la policía. No deja de ser un sinsentido que en lo que llevamos de 2016 hayan muerto en encuentros fatales con los agentes 984 personas, según Killed by police, y que desde 2012 supere el millar los muertos al año. El crimen es práctica habitual por parte del Estado, y sólo una vigilancia constante por parte de la sociedad puede controlarlo.

Pero la mirada de Black lives matter se dirige contra cualquier actuación policial, especialmente si recae sobre un ciudadano de raza negra. Los cuerpos policiales, como el de Chicago, evitan el castigo de la opinión pública por el callado método de la inacción. El alcalde de la ciudad, el obamita Rahm Emmanuel, le dijo a la fiscal general de los Estados Unidos, Loretta Lynch, que su policía iba a bajar los brazos.

El número de intervenciones y detenciones callejeras ha caído de enero a julio, respecto del año anterior, en un 82 por ciento. Los criminales han hecho suya la calle, que vuelve a teñirse con el intenso rojo de la sangre. Cada hora y 58 minutos una persona recibe un balazo, y cada once horas se comete un asesinato. En lo que llevamos de año se han cometido 674, un 54 por ciento más que el año pasado. De estas víctimas, 501 son de raza negra, tres de cada cuatro. Si las vidas de los negros importasen, Black lives matters apoyaría la actuación de la policía.

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La rebelión de Atlas, la novela de Ayn Rand que se convirtió en la biblia de los capitalistas y emprendedores del mundo

Tal Levy

Foto: YouTube
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No sólo es la novela que el presidente del Congreso de Estados Unidos, Paul Ryan, suele obsequiar a los nuevos miembros de su equipo, sino también la que el banco Saxo de Dinamarca regala a clientes y empleados. De uno a otro confín, La rebelión de Atlas, obra máxima de Ayn Rand, ha marcado por igual a emprendedores de Silicon Valley que a estrellas de Bollywood.

Este libro de cabecera de conservadores y liberales de todo el mundo, de empresarios e inversores de riesgo, cumple 60 años de su publicación este octubre ratificando por qué en una encuesta que la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos realizó en 1991 fue considerado el más influyente en la vida de los estadounidenses, sólo superado por la Biblia.

De allí que no sorprenda que el director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Mike Pompeo, haya confesado el gran impacto que le produjo leerla o que el secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, la catalogue como favorita. Incluso fue uno de los libros que le sirvieron a Steve Jobs de guía para la vida y que le enseñaron cómo marcar una diferencia en el mundo, según ha revelado el cofundador de Apple Steve Wozniak.

Aunque La rebelión de Atlas fue desacreditada por los críticos, la huella dejada entre sus lectores ha sido duradera.

Novela, texto curricular, libro de negocios o de autoayuda, según se quiera, pasó de enseñarse en las aulas estadounidenses a incluirse recién en el plan de estudios de Ciencias Políticas de Reino Unido, donde 20.000 obras de Rand anualmente son vendidas. “Cada año se compran alrededor de 25.000 ejemplares en la Rusia natal de Rand, otros 13.000 al año en Brasil, 6.000 en España y 1.000 en Japón y Bulgaria. Incluso en China, unos 15.000 libros de Rand se compran cada año, un número que, dado el despertar económico e intelectual de ese país, sólo puede aumentar”, se lee en la web del Adam Smith Institute.

La rebelión de Atlas, la novela de Ayn Rand que se convirtió en la biblia de los capitalistas y emprendedores del mundo
Póster con todas las portadas de La rebelión de atlas | Imagen vía Pinterest

La virtud del egoísmo

¿Quién es John Galt?”. Esta pregunta da inicio y se repite en el transcurso de las casi 1.200 páginas de La rebelión de Atlas. Más allá de su papel clave en la trama, para Ayn Rand él vendría a ser el mejor representante de su ética Objetivista, asentada en tres valores: razón, propósito y autoestima, a los cuales corresponden las virtudes respectivas de la racionalidad, la productividad y el orgullo.

“La felicidad es un estado de alegría no contradictoria, una alegría sin pena ni culpa, una alegría que no choca con ninguno de tus valores y que no te lleva a tu propia destrucción”, afirma Galt en el emblemático discurso que condensa el sentido de la vida para Rand y que ella demoró dos años en perfeccionar de los doce que le tomó escribir el libro en su totalidad.

El motivo y propósito de mis escritos es la proyección de un hombre ideal”, señala Rand en El Manifiesto Romántico. “Ni la política ni la ética ni la filosofía son fines en sí mismos, ni en la vida ni en la literatura. Sólo el hombre es un fin en sí mismo”.

Pero ¿de qué trata la novela? En palabras de la autora fallecida en 1982, “el tema de La rebelión de Atlas es ‘El rol de la mente en la existencia del hombre’. El tema-trama es: ‘El hombre pensante rebelándose contra una sociedad altruista-colectivista”.

Describe cómo el Estado con su altruismo termina saqueando, arrasando y persiguiendo a los creadores e innovadores, que son quienes son los impulsores del progreso y del bienestar gracias a su individualismo, a que tienen al egoísmo por virtud. ¿Qué sucedería si los individuos emprendedores estuvieran en huelga? A esta interrogante el libro da respuesta.

Y es que para Rand, anticomunista hasta la médula, “la vida en una isla desierta es más segura e infinitamente preferible a la existencia en la Rusia soviética, la Alemania nazi o la Cuba de Castro”, como apuntó en los ensayos reunidos en La virtud del egoísmo, de 1961. Creía en lograr lo mejor de cada uno en contra de una sociedad de zombis, de hombres-masa, sometidos, manipulados.

“No me cabe la menor duda de que la novela ha desempeñado un papel importante en desacreditar al socialismo como un ideal y hacer que la discusión sobre el capitalismo sea intelectualmente legítima”, asegura en la web del Ayn Rand Institute, su presidente, Yaron Brook.

Pero también La rebelión de Atlas ha sido descalificada por quienes la consideran un canto panfletario al capitalismo, una exaltación de la avaricia, del egoísmo. No obstante, su interés renace, como en medio de la debacle financiera de Estados Unidos en 2009, con un Barack Obama recién presidente, cuando se vendieron más de 200 mil ejemplares.

Es la actualidad misma la que renueva su vigencia. Quizá el más cercano ejemplo, el de la Venezuela de hoy. “Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes no trafican bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un inútil sacrificio, entonces podrá reconocer que esa sociedad está condenada”, se lee en el libro que está de aniversario y cuyo impacto es compartido en Twitter bajo el hashtag #atlasshrugged60, iniciativa del Instituto Ayn Rand.

Un manantial de éxito

Entre los discípulos de Rand se encuentra quien fuera presidente de la Reserva Federal estadounidense de 1987 a 2006, Alan Greenspan, quien llegó a formar parte de un selecto círculo que frecuentaba su casa neoyorquina todos los sábados.

También devoto se ha declarado el cofundador de Pay Pal y primer gran inversor de Facebook, Peter Thiel. Otros, como el eurodiputado conservador británico Daniel Hannan, uno de los máximos promotores del Brexit, exhiben una fotografía de la escritora en su despacho.

Por un tiempo, la portada de El manantial, novela que Rand tardó siete años en escribir y que fue rechazada por 12 editoriales hasta que Bobbs-Merrill Company la publicó en 1943, sirvió de avatar de Twitter del fundador y ex consejero delegado de Uber Travis Kalanick.

Incluso el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha afirmado sentirse identificado con el protagonista de esa obra de ficción, de las pocas que le gustan y que “tiene que ver con los negocios, la belleza, la vida y las emociones internas… con todo”, recogió USA Today.  

Eso sí, estudiosos consideran que el mandatario está muy lejos del prototipo de héroe de Ayn Rand.

Lo cierto es que el personaje de Howard Roark, inspirado en el legendario arquitecto Frank Lloyd Wright, ha ayudado a muchos lectores a la hora de tomar una decisión. ¿Qué haría Roark en esta situación?, se han preguntado quienes han debido hacer frente a un dilema moral, según ha contado Rand, y “esa es la función psico-epistemológica de un ideal humano personificado (concretizado)”.   

La autora no accedió a suprimir ni una sola palabra del parlamento final de Roark en la adaptación de su novela a la gran pantalla en 1949. Gary Cooper no sólo personificó al arquitecto capaz de dinamitar su obra antes de doblegarse a sí mismo, sino que protagonizó el discurso más largo en la historia de Hollywood: 6 minutos.

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Estatua de Atlas en el Rockefeller Center de Nueva York | Imagen vía Wikimedia Commons

A la gloria del hombre

Otra obra de ficción de Rand, Los que vivimos, publicada en 1936, es lo más parecido a una autobiografía suya al abordar la determinación de una mujer, Kira Argounova, enfrentada a un sistema totalitario.

De familia judía, Ayn Rand nació en San Petersburgo en 1905 bajo el nombre de Alissa Zinovievna Rosenbaum. A los 12 años vio cómo los bolcheviques le confiscaron la farmacia a su padre y también cuestionó a Dios, al punto de escribir en su diario: “Hoy he decidido ser atea”.

“En la sofocante y sórdida fealdad de la Rusia soviética” descubrió un año después la obra de Víctor Hugo, a quien consideraba el más grande novelista de la literatura mundial.

Igual admiración, en el campo de la filosofía, le despertaría Aristóteles, porque su Lógica “liberó al hombre al validar el poder de su mente”.

Graduada en Filosofía e Historia en la Universidad de San Petersburgo a los 19 años, esta apasionada del naciente cine se propuso ser guionista, por lo que se matriculó en el Instituto Estatal de las Artes Cinematográficas.

Dos años después, marchó en busca de la libertad hacia Estados Unidos gracias a un permiso de viaje que le permitió dejar atrás esa suerte de “cementerio soviético”, donde años más tarde sus padres y su hermana Natasha morirían sin haberlos podido llevar consigo a América pese a sus muchos esfuerzos.

Sólo en la década de los setenta lo lograría con su otra hermana, Nora, pero habían pasado muchos años y distaba de la que fue. Lo que es capaz de hacer el comunismo fue atestiguado por Ayn Rand en carne viva con su hermana, quien decidió volver a la Unión Soviética.

Fue el director y productor cinematográfico Cecil B. DeMille quien introdujo a Rand en Hollywood tras incorporarla como extra a Rey de Reyes, filme gracias al cual ella conoció al que sería su esposo, el actor Frank O’Connor.

Y lograría sus objetivos: convertirse en libretista, novelista, ensayista y filósofa, dedicándose hasta el último de sus días a divulgar en conferencias y entrevistas sus ideas.

Pero también sería blanco de ataques. “A la gente jamás le gusta un hombre que ha alcanzado el éxito por sí mismo. Cuando tienes una gran devoción hacia un objetivo, la gente te llama despiadado. Y cuando trabajas más duro que otros, cuando trabajas como una máquina mientras otros se lo toman con calma y tú los superas, la gente te llama inescrupuloso”, replicaría.

Aunque su marcado acento ruso a lo largo de sus 77 la delataba, ella siempre se sintió americana por convicción, por eso no extraña que el tap haya sido su danza favorita, más aún por ser de origen afroamericano, tan lejos de Europa e incapaz, como destacaría, de expresar tragedia, dolor, miedo o culpa, sino felicidad y emociones aledañas a la alegría de vivir.

“La impresión que uno se lleva es: control total; la mente humana controlando, sin esfuerzo, el impecable funcionamiento de su cuerpo. La clave es la precisión. Transmite una sensación de propósito, disciplina, claridad, combinada con una ilimitada libertad de movimiento y una inalcanzable creatividad que se atreve a lo repentino, lo inesperado y, sin embargo, nunca pierde la línea integradora central: el ritmo de la música”. Quizá esta descripción suya del tap es la mejor alegoría de lo que fue su vida.

Rand vivió sin buscar más aprobación que la propia, a contracorriente de la moda imperante. No tuvo reparo a la hora de lucir un prendedor con el símbolo del dólar, el mismo que le tributaron en forma de coronas de flores sus admiradores al morir. Tampoco en pensar en términos de blanco o negro, en contra del culto del que llamaba el amoral gris. De opiniones terminantes, contundente, audaz y visionaria, la determinación guio sus pasos.

Pero como afirmaba que “en el campo de la caracterización una acción vale mil adjetivos”, mejor apelar a un ensayo suyo fechado entre octubre y noviembre de 1963: “El motivo y propósitos de mis escritos puede ser resumido mejor diciendo que si la totalidad de mi obra fuera a estar precedida de una dedicatoria, se leería: A la gloria del hombre. Y si alguien me preguntara qué es lo que he dicho para la gloria del hombre, sólo contestaría parafraseando a Howard Roark. Sostendría en alto una copia de La rebelión de Atlas y diría: ‘La explicación está de más”.

Breve diccionario a lo Rand

Altruismo: mide la virtud de un hombre según el grado de su disposición a capitular, a renunciar o traicionar sus valores.

Amor: expresión y afirmación de la autoestima, una respuesta a los propios valores en la persona del otro.

Arte: espejo metafísico del hombre.

Capitalismo: único sistema que puede hacer posible en la práctica la libertad, la individualidad y la búsqueda de los valores. No es un sistema del pasado; es el sistema del futuro.

Felicidad: estado exitoso de la vida.

Historia de ficción: abstracción que reclama universalidad, es decir, su aplicación a cada vida humana incluida la de uno.

Hombre: única especie viviente que tiene el poder de actuar para destruirse a sí misma.

Inacción: antítesis de la vida.

Mente: herramienta fundamental para la supervivencia del hombre. La mente dirige, las emociones siguen.

Nación: cantidad de individuos, y no puede tener otros derechos que los de sus ciudadanos individuales.

Racismo: forma más baja y groseramente primitiva de colectivismo.

Razón: medio básico de supervivencia para el hombre.

Religión: forma primitiva de filosofía.

Sentido de vida: suma integrada de los valores básicos del hombre. Es la fuente del arte.

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Reservoir Dogs cumple 25 años y sigue siendo lo más Tarantino que hay

Nerea Dolara

Foto: IMDB
IMDB

Su primer largometraje marcó su estilo para siempre. ¿No lo crees? Mira los cinco elementos que se repiten en todo su cine y que comienzan aquí.

El 14 de octubre se cumplen 25 años del estreno de la película que pondría a uno de los directores contemporáneos más respetados en el mapa: Reservoir Dogs. El primer largometraje de Quentin Tarantino se ha convertido en un clásico de culto y aunque fue Pulp Fiction quien lo hizo una estrella, su primera incursión cinematográfica ya deja claras sus intenciones. De hecho, tiene casi todas las marcas de lo que se convertiría su cine… Tarantino, al parecer, tuvo claras desde el principio sus señas de identidad como autor. La trama es simple: un grupo de hombres, cuyos nombres son alias, planean un robo que sale mal. Terminan, quienes sobreviven, en el punto de encuentro y lo que resulta es una discusión general sobre quién es el topo que los ha traicionado. Así, nada más. Reservoir Dogs lo tiene todo y es por eso que se ha sostenido en el tiempo como una de las obras más respetadas del director.

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Reservoir Dogs, un clásico del cine de los 90 | Imagen vía IMDB

La violencia

Esta lista no tiene un orden establecido, pero si hubiese que comenzar por algo que define el cine de Tarantino y que Reservoir Dogs tiene en cantidad es la violencia: descarada, visible y casi regocijada en sí misma. Tarantino, fan como es de la serie B y el cine asiático de artes marciales, adora representar peleas y debe tener un proveedor de sangre falsa que ya es un millonario… En Reservoir Dogs hay una escena, de hecho, que es un clásico de las secuencias de Tarantino tanto como Mia Wallace y Vincent Vega bailando en Pulp Fiction o La Novia masacrando a los secuaces de O Ren Ishi en Kill Bill... y si has visto la película sabes cuál es. Mr. Blonde, o Victor Vega como descubrimos luego, tortura a un policía que ha tomado como rehén para descubrir quién los traicionó. Y lo hace al ritmo de Stuck In The Middle With You. La violencia es gratuita -Vega es un psicópata sin duda-, intensa y de cierta forma ligera, ese extraño equilibrio que logra Tarantino entre horrorizar y entretener que es tan complicado de explicar: una suma de adrenalina y terror. Y la música…

Las bandas sonoras

Tarantino es de esos directores que se involucra intensamente con sus soundtracks. No es de extrañar. La música forma parte crucial de algunas de las escenas más recordadas de sus películas, incluyendo la de Vega torturando al policía. El cineasta tiene predilección por la música de los sesenta y por pistas poco conocidas que, por esa razón, se asocian para siempre con sus imágenes. La escena de Vega en Reservoir Dogs no es traumática para el espectador por esa yuxtaposición humorística que le da la música, ese terrible entusiasmo con que Vega canta mientras el policía atado lo mira con terror y el detective encubierto no puede hacer nada. Es tenso y leve, es genial y simple, es absolutamente pop.

Los personajes

No sólo está aquí el hermano de Vincent Vega (John Travolta) en Pulp Fiction, sino que sus protagonistas son delincuentes. Tarantino nunca ha estado interesado en contar las historias de ciudadanos adaptados, ya sea en sus películas de época, como Inglorious Bastards, como en otras actuales, como Jackie Brown. Sí, siempre cuenta con un personaje ajeno al espacio de los delincuentes que tiene que involucrarse (aquí, el detective encubierto), no son disfrute y adrenalina, pero sus amores predilectos son los hombres que trabajan fuera de ley. Pero no se trata de los jefes. A Tarantino no le interesa el padrino, le interesan sus matones. Comienza con Reservoir Dogs y sigue durante mucho de su carrera. Su curiosidad insaciable con respecto a la cotidianidad de estos trabajadores del crimen lo lleva a explorar historias que antes de él poco se veían en el cine.

Los diálogos irrelevantes

Irrelevantes no por malos o innecesarios, sino por su naturaleza casual y, para cualquier otro narrador, desechable. Reservoir Dogs comienza con una reunión en un dinner (un set que también adora) en que los miembros del equipo que pretende asaltar el banco discuten sobre Like a Virgin de Madonna… durante varios minutos. Tarantino usa estas conversaciones para determinar rasgos de sus personajes, además de para darles humanidad. Son gente, aunque trabajen con armas y maten sin piedad. Son personas que oyen a Madonna… o que comen en McDonalds.

La estructura

Tarantino nunca ha sido fan de contar sus historias de manera lineal. No lo hace en su primera película, que salta desde el presente del robo que fue mal a puntos del pasado sin discriminación, y nunca lo hace en las demás. Ya sea diviendo la historia en bloques, episodios o capítulos; ya sea contando sin estructura temporal; o volviendo al mismo punto desde diferentes puntos de vista, el cineasta juega con el tiempo y el espectador, siempre.

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Una multitud de Sanlúcar humilla a un hombre que pide diálogo en Cataluña con una pancarta blanca

Redacción TO

El sábado por la mañana, miles de personas se concentraron vestidos de blanco y con pancartas blancas frente a las puertas de sus Ayuntamientos para pedir diálogo en Cataluña bajo el lema de Parlem, Hablemos. El objetivo de esta concentración ciudadana pacífica era frenar la escalada de tensión entre el Gobierno central y el catalán y pedir que Mariano Rajoy y Carles Puigdemont se sentaran a hablar para solucionar la situación. Y así se hizo en numerosas ciudades españolas, sin sobresaltos. Excepto en Sanlúcar de Barrameda, en Cádiz. Allí solo acudió un hombre a la concentración ciudadana. Vestido de blanco,  comenzó a escribir en su pancarta blanca el lema de la manifestación: #Parlem, #Hablemos.

Los problemas comenzaron cuando el señor trató de levantar su cartel y uno de sus vecinos se acercó por detrás para arrancárselo de las manos. En una escena de vergüenza, la muchedumbre comenzó a aplaudir y a insultar al manifestante pacífico. En un alarde de voluntad, el hombre vuelve a coger otro cartel y se dispone, de nuevo, a escribir con rotulador negro el lema de diálogo. La escena de acoso se vuelve a repetir un par de veces hasta que finalmente logran quitarle todas las pancartas.

La indignante situación ha generado una ola de apoyo al manifestante y de críticas hacia el resto de vecinos. Numerosas personalidades y líderes políticos han salido en defensa del hombre, algunos de ellos han comparado la escena con el bullying de los colegios:

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Por qué aumenta la venta de armas después de un tiroteo masivo

Redacción TO

Foto: JIM YOUNG
Reuters

Hay un patrón que se repite cada vez que se produce una matanza con armas de fuego en Estados Unidos: las ventas de estos productos experimentan picos de aumento. Y este fenómeno también los registran, en consecuencia, las acciones de las empresas que las fabrican. Ocurrió después de la masacre de San Bernardino, en la que un matrimonio musulmán radicalizado mató a 14 personas en 2015. Ocurrió después del ataque a la discoteca gay Pulse, en Orlando, que el año pasado terminó con la vida de 49 personas. Y ha vuelto a ocurrir después del tiroteo de Las Vegas, en el que un pistolero disparó de forma indiscriminada a los asistentes de un concierto al aire libre de música country desde un hotel y asesinó a 59 personas. Este último suceso se ha convertido ya en el peor tiroteo masivo en la historia reciente del país.

Y, sin embargo, las ventas continúan. ¿Por qué? Para entenderlo, hay que mirar primero a la cultura estadounidense y su relación con las armas, muy imbricadas en lo cotidiano. Un ejemplo: “El número de pistolas de propiedad privada en los Estados Unidos está en su máximo histórico, más de 300 millones, y ahora aumenta en unos 10 millones al año”. Lo dijo, en el año 2013, el Instituto para la Acción Legislativa de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), el lobby de las armas en Estados Unidos. Es decir, hay más de 300 millones de armas en un país de 325 millones de personas. Teniendo en cuenta que, según la NRA, la cifra crecía unos 10 millones cada doce meses, no es descabellado pensar que ya haya más armas que personas. De hecho, una estimación del diario The Washington Post de 2015 calculaba que el adelanto ya se había producido.

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Un hombre elige entre varias armas en una tienda estadounidense. | Foto: Rick Wilking / Reuters

La relación de cercanía que tienen los estadounidenses con las pistolas hace que les tengan menos miedo que, por ejemplo, los europeos. Es decir, ya hay una primera barrera que está superada y que infla las ventas de armas. En el caso de los días posteriores a una masacre ocurren, además, dos cosas, según el diario estadounidense The Atlantic. En primer lugar, es entones cuando a los estadounidenses les entra el miedo a un posible ataque y sienten la necesidad de estar protegidos. ¿Su solución? Comprar más armas. En segundo lugar, muchos temen también que una gran matanza lleve a las autoridades a restringir o incluso prohibir definitivamente el uso de armas. Estos factores hacen que las ventas se disparen y que las acciones de las empresas manufactureras aumenten después de un tiroteo masivo.

Más ventas con Obama, menos con Trump

Lo de limitar o directamente vetar el uso de armas se ha tanteado bastantes veces y es un debate recurrente cada vez que ocurre alguna matanza. De hecho, el expresidente Barack Obama incrementó de manera directa la venta de armas al proponer frenar el acceso de la población a las armas de fuego. Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, en cambio, las acciones de las empresas fabricantes han empezado a caer. El autodeclarado como “amigo” de los activistas proarmas ha creado un clima de estabilidad en el sector armamentístico que hace que no aumente la preocupación por una eventual prohibición de pistolas y rifles.

Una de las medidas que Obama definía como un posible camino a seguir para Estados Unidos fue la de Australia, que cambió sus leyes después de un tiroteo masivo que dejó 35 muertos en Tasmania en 1996 y que escandalizó a la sociedad australiana. A partir de ese momento, se prohibió la venta de rifles automáticos y semiautomáticos y se inició un programa mediante el cual el Gobierno compraba a los ciudadanos armas prohibidas que hubiesen adquirido antes del veto. A partir de entonces, el país no ha vuelto a vivir un tiroteo masivo desde entonces. “Fue muy impactante que el país entero dijera: ‘Bueno, vamos a cambiar completamente nuestras leyes de armas’, y lo hicieran. Y no ha vuelto a pasar desde entonces”, dijo Obama durante una entrevista en 2015, hablando sobre cuál podría ser la solución al problema de las armas en Estados Unidos.

Un problema que ya no tiene que ver solo con los homicidas, sino que ha hecho saltar también las alarmas incluso por el suicidio infantil.

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