El Subjetivo
Todos contra Israel
Ronen Zvulun / Reuters
27.12.2016 En 1967 Egipto, Jordania, Irak y Siria lanzan una ofensiva contra Israel con el objetivo de borrar al Estado judío del mapa. Israel le dio la vuelta a la situación en seis días, y ocupó los altos del Golán, la península del Sinaí y Cisjordania. Israel tenía pleno derecho a esos territorios, conquistados en una guerra defensiva. La resolución 242 le exigió esos territorios a cambio de una paz imposible. Lo que tenían los países árabes para Israel, en la resolución de Jartún, eran tres “noes”. Uno a reconocer a Israel, otro a la negociación y el tercero a la paz, como demostraron Egipto de nuevo y Siria en 1973. Israel entregó, entonces, el Sinaí a cambio de la paz; una paz que ha resultado duradera. Mientras, la lógica del 242 sólo se puede mantener si la ONU ampara, de un modo u otro, esa ausencia de paz mientras no se entreguen los otros dos territorios ganados a los Estados que le atacaron.

Los asentamientos son colonizaciones en los llamados territorios ocupados. Cualquier persona tiene el pleno derecho de colonizar un territorio si lo adquiere legítimamente, y ese derecho asiste también a los israelíes, no sólo en los llamados asentamientos, sino en todo el mundo. Y eso incluye a Jerusalén Este. Considerar la población de un territorio por parte de personas de una etnia como un obstáculo a la paz es un error a varios niveles. Ético, porque contraponer la paz a un acto legítimo sólo se puede hacer desde la posición moral de un mafioso. Y fáctico porque cualquier población puede convivir en paz.

Venezuela, ejemplo de probidad política, ha promovido, entre otros, la enésima resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas contra Israel, con motivo de los asentamientos. Estas resoluciones sistemáticas contra Israel son la prueba que que quien debía dejar de existir es las Naciones Unidas, al menos tal como son ahora. Israel siempre ha contado con el apoyo de los Estados Unidos, pero Obama se ha salido de su papel institucional para ceder a sus instintos, romper con la posición de su país pasada y futura, y dejar a Israel en una situación política delicada.

Como si Israel no fuera el único aliado fiable de Occidente en la zona.