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Confines del ridículo

José María Albert de Paco

Foto: Manu Fernandez
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Hubo un tiempo en que no había un solo artículo sobre Cataluña que no se aliñara con la célebre cita de Tarradellas acerca del umbral de lo admisible en política, si bien a mí siempre me pareció más certero, por inmaterial, el aforismo de Perón sobre el viaje sin retorno.

Hablo, en efecto, del ridículo. En los últimos días, cuando más viene arreciando esta condición (me temo que inexorablemente idiosincrásica) menos se alude a ella, como si ya no fuera necesario advertir al lector de que se adentra en una entropía inverosímil, un lienzo a medio camino entre Munch y La Chunga por el que desfilan alborotadores a tiempo parcial, mossos que encabezan la manifestación caminando hacia atrás para que así parezca que la contienen, y un ejército de plañideras con la careta de Puigdemont (el mátrix de Girauta, ajá, hecho pueblo al fin), mientras aquél, 1.300 kilómetros al norte y en un rapto de flaqueza, conmina a Comín resignarse a la derrota, ofrendándole una consejería como premio de consolación.

Y eso al tiempo que Junqueras, entre flagelos y cilicios, fantasea con dos presidencias: la efectiva y la simbólica, acaso en consonancia con el espíritu de un país donde todo, desde el principal club de fútbol a las polichinelas y los humoristas, son también simbólicos.

Mas el ridículo, tema ventral de cualquier conversación sobre el procés, sigue incardinado en la literatura que éste genera. Hoy es un subtexto, una premisa elidida por la erosión de la costumbre, como la que abre los periódicos del día en tinta simpática y que susurra al lector: hoy amaneció y está usted vivo.

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Odiosamente español

Jordi Bernal

Foto: Manu Fernandez
AP Foto

La instrumentalización partidista de los medios de comunicación públicos no es una anomalía catalana. Todas las televisiones y radios municipales, autonómicas y estatales conservan su punto paniaguado y su servicio tiene menos el propósito de servicio social que de altavoz áulico de los logros gubernamentales. Sin embargo, TV3 y Catalunya Ràdio detentan además la condición singular de millonaria estructura de estado. Desde su nacimiento se concibieron como armas ideológicas, lingüísticas y culturales al servicio de una causa.

En los últimos tiempos, los medios públicos catalanes han redoblado su misión propagandística provocando, por ejemplo, la deserción de sus programas –ya de por sí carentes del más elemental pluralismo- de aquellos tertulianos no alineados con el pensamiento dominante: o sea aquellos catalanes que no comulgan con el minoritario y lastimero independentismo.

Entretanto, hemos asistido a la quema de constituciones en directo, entrevistas a terroristas presentados como salvapatrias, a la suspensión de programas humorísticos por el mal humor de sus responsables, llamadas al chivatazo de las posiciones de la guardia civil en carretera, insultos de sus colaboradores a representantes de la oposición en las redes, insultos al padre de la líder de la oposición en la misma cara de esta y un largo y cansino etcétera que desmonta la leyenda según la cual los bárbaros son los mesetarios y TV3 el paradigma de una asepsia y rigor informativos dignos de la mitológica BBC.

La última muestra de desfachatez se produjo en un programa que junta la flor y nata de los retoños mediáticos de la convergencia más desinhibida. Uno de sus colaboradores apareció con una pleonástica nariz de payaso para informar a los tele(in)videntes de que esa noche se sentía “odiosamente español”. Luego se ofenden si se urge a la desinfección del chiringuito.

Y a todo esto el simpático Enric Millo afirma que están deseando poner punto final al 155 y retornar a la normalidad. ¿155? Ya nos contarán algún día cómo y cuándo lo aplicaron.

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Cosas que he aprendido del "procés"

Gregorio Luri

Foto: EMILIO MORENATTI
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He ido tomando notas de las cosas que iba aprendiendo con este laberíntico proceso del “procés” (que tendrá la virtud, sin duda, de dar de comer a hermeneutas políticos durante décadas). Os las cuento:

El político que habla sólo con la razón, apenas alza la voz. Es como si fuera mudo.

La historia la escriben los empeñados en someter el azar a la coherencia del relato.

No se puede llevar el estandarte del Señor sin arrogancia.

En política la correlación de fuerzas importa mucho más que la correlación de ideas o de buenas intenciones.

Sea el que sea el peso de los argumentos, lo que realmente decide el fiel de la balanza es quiénes son los nuestros.

La convicción secreta del demócrata: “Quien no vota como yo, no es tan demócrata como cree”.

Llamamos inteligencia política al azar que ha tenido consecuencias positivas; al que ha tenido consecuencias negativas, preferimos llamarlo coerción.

El moderado tiene pocos admiradores entusiastas.

La historia siempre improvisa.

Cualquiera que siga una hoja de ruta corre el riesgo de acabar donde no quiere ir.

En política el bufón tiene más crédito social que el sabio.

Se puede respetar al que temes o al que amas, no al que te burlas.

Cuando crees que no sucede nada es que se están incubando las sorpresas.

Todo héroe es un audaz afortunado.

Cuando afirmas que “el pueblo quiere…”, te refieres a ti mismo ¿y a quién más?”

El consuelo del terco: si los giros de la historia son imprevisibles, ¿por qué no le han de llegar vientos portantes más tarde o más temprano?

Es soberano el que puede hacerse esperar.

Se puede iniciar un conflicto cuando apetezca. Pero no se puede acabar cuando apetece.

Si nos creemos con derecho a romper la legalidad que no nos gusta, a nadie le podremos criticar por no respetar la ilegalidad que nos gusta.

Las minorías no pintan nada cuando las mayorías no las necesitan.

Si has de ofender (léase “vencer”), no lo hagas a medias.

Equidistante es quien no cree que haya que odiar al contrario para vencerlo.

A los principios no les gusta el tiempo. Si les gustase, serían principios políticos.

No importa que te acusen los medios si te excusan los resultados.

No hay pueblo más derrotado que el que no entiende las razones de su derrota.

El político sensato elige ayudantes de cámara sordomudos.

No hay deshonestidad donde hay convicciones. Y este es el mayor peligro de la política.

No quiero llegar a Granada como extranjero.

Finalmente algo que he recordado frecuentemente de Maquiavelo, quien, a su vez, recordaba de Fernando el Católico: Los hombres a menudo se comportan como las pequeñas rapaces, que están tan ansiosas de conseguir su presa, incitadas por su naturaleza, que no se dan cuenta que un pájaro grande se ha colocado encima de ellas.

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Teólogos en el infierno

Jorge San Miguel

Foto: Geert Vanden Wijngaert
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Cuando el teólogo Melanchton murió, nos cuenta Emmanuel Swedenborg por boca de Borges, se recreó su casa en el infierno, y los ángeles lo visitaban mientras él creía seguir su vida corriente. Así se hacía con todos los difuntos. Al cabo de un tiempo, como Melanchton persistía en sus errores, la casa se redujo a unas pobres paredes encaladas, los muebles se evaporaron -sólo quedaron los de la habitación donde el teólogo escribía-, y los papeles que llenaba con débiles justificaciones aparecían blancos al día siguiente.

De manera similar, hay en España quien ha entrado en el nuevo año creyendo que está aún en su casa, cuando es posible que solo habite un mundo de sombras. En Cataluña, las elecciones de diciembre no modificaron la aritmética fundamental del Procés, que tiene un sólido origen social y es la misma desde hace muchos años; pero sí trajeron, tras las manifestaciones de octubre, el fenómeno de una contestación al proyecto nacionalista que es por primera vez masiva, desacomplejada y exitosa en las urnas, y que está empezando a arañar supuestos consensos aceptados como dogma durante años.

Basta ver los escozores que provoca por doquier el nombre de Tabarnia para entender que quienes se beneficiaron desde 2012 de marcos conceptuales y comunicativos favorables -y muy hábilmente construidos- están empezando a chapotear en aguas más turbias. Es fácil imaginarse al expresident fugado como al Melanchton difunto: escribiendo en su escritorio de Waterloo, como si aún estuviese en la plaza de Sant Jaume, proclamas que mañana amanecerán en blanco. (Aunque no es menos cierto, y lo digo como antiguo habitante de Bruselas, que seguramente es más fácil creerse en casa de uno en el infierno que en Bélgica).

Pero no sólo se está difuminando el mobiliario del independentismo. Está quedando malparada también la tradicional condescendencia, cuando no abierto desprecio, de parte de las élites españolas -las progresistas, soi-disant- por las preferencias de esa significativa parte de la población que, a derecha e izquierda y en todos los territorios, no quiere más descentralización ni más desigualdad de trato. Y, sobre todo, se está congelando la sonrisa de suficiencia de quienes durante años han bendecido desde ese progresismo los proyectos de una u otra oligarquía por complejos históricos, cálculo electoral o apuesta a la quiebra del régimen. La ruptura generacional del 78 que se empezó a avizorar hace siete años puede derivar también en agrietamiento de algunos consensos que las izquierdas políticas y académicas del país no se esperaban.

Finalmente, en la habitación del teólogo pueden quedar también los discursos de ruptura y el partido que los encarnó. Llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada, decía Serrat, y siempre estamos preparados para la última guerra, pero no para la próxima. Los marcos y los tonos que tan bien se ajustaban a la España de principios de la década han envejecido en poco tiempo. Pasados los momentos más duros de la crisis, es necesario plantearse qué se le ofrece a esa amplia parte de la sociedad que, herederos del crecimiento de la segunda mitad del S. XX, se han desclasado durante la crisis o están en riesgo permanente de hacerlo.

Una legión que incluye trabajadores, nuevas clases medias y jóvenes hijos de la prosperidad castigados por el mercado laboral. La política de la pura “representación descriptiva”, por usar los términos de Pitkin, está dejando al descubierto sus carencias, y agotándose en la búsqueda de golpes de efecto, y en algún momento deberá dar paso a arreglos viables que traduzcan los nuevos equilibrios políticos en acuerdos redistributivos entre clases y generaciones.

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Sugerente paradoja

Jordi Amat

Foto: JUAN MEDINA
Reuters

Lo que yo querría, mientras espero que el vendaval de lluvia se vaya de mi ciudad, sería poder pasar la tarde leyendo la pulcra edición que Andreu Jaume ha preparado de los ensayos de Jaime Gil de Biedma, pero en cambio, como cada dos por tres, me descubro intentando interpretar al pie de la letra el auto redactado por un Excmo. Sr. Magistrado Instructor: el juez del Tribunal Supremo D. Pablo Llarena Conde, principal ejecutor por parte del Estado de la operación de descabezamiento (disculpen el imperdonable uso de una expresión tan solanesca) de la cúpula del proceso independentista. La última entrega es del viernes pasado y, entre muchas expresiones interesantes, contiene una figura retórica –“sugerente paradoja”- que me gustaría interpretar como en sí mismo, al fin.

Fijemos los antecedentes. El 4 de diciembre el Juez acordó mantener a cuatro dirigentes independentistas la medida cautelar de prisión provisional. Uno de ellos era Joaquim Forn –Conseller d’Interior cesado en virtud de la aplicación por parte del Gobierno del artículo 155 de la Constitución tras su aprobación en el Senado–.

El 12 de enero su representación procesal pidió su libertad provisional, que le fue denegada aduciendo que existía la posibilidad de reiteración delictiva. Ese era el argumento y casi sólo podía ser ese porque el riesgo de fuga, en su caso, era más que improbable como había demostrado ya su comportamiento reciente. A diferencia de otros compañeros del Gobierno del que había formado parte por pocos meses (pero suficiente para gestionar el atentado yihadista de Les Rambles), él decidió regresar a España tras viajar a Bélgica para personarse ante la justicia y declarar en la Audiencia Nacional.

¿Cómo podría demostrar Forn, por tanto, que estaba decidido a no reiterar esa conducta delictiva? Con un gesto que, más allá de declarar su voluntad explícita de acatar la Constitución (como hizo), evidenciase su compromiso a abandonar la actividad política. Lo hizo también. Renunció al acta de diputado que de manera legal ganó en las elecciones del 21 de diciembre encuadrado en la candidatura de Junts per Catalunya.

Toda vez que renunciaba a la actividad parlamentaria, la posibilidad de reiteración del delito era prácticamente inexistente (sólo podía producirse en el caso de que fuere reelegido como Conseller, y eso es presuponer muchísimo). Su renuncia al acta, más allá de las palabras sobre su conducta futura pronunciadas en el Tribunal Supremo, era una demostración fáctica de su compromiso a abandonar la deriva de la unilateralidad. ¿A qué más podía renunciar?

Pero eso, según el acto dictado el pasado día 2, tampoco ha sido suficiente. Joaquim Forn sigue en la cárcel. El Juez Llanera mantiene a Forn en prisión provisional porque, usando su léxico, su evaluación del riesgo de reiteración delictiva diverge de la formulada por la representación procesal del encausado. Diverge, por ejemplo, basándose en la identificación en su conducta de una “paradoja sugerente” (página 10). Aquí quería llegar yo.

A las moralidades. Si Forn, en tanto que responsable de los Mossos d’Esquadra, debía dar órdenes para impedir la celebración del referéndum del 1 de Octubre (inviable según lo dictado el Tribunal Constitucional) y no las dio, ¿cómo puede ser que ese día votase voluntariamente? Esa es, según el Juez, “la paradoja sugerente”. No dice que sea una contradicción entre lo dicho y hecho. No. No llega a plantear lo que en último término es: un problema político hasta cierto punto irresoluble, casi como una aporía que no desaparecerá pudriéndose. No. El Juez lo define como una “paradoja sugerente”.

¿Qué le sugiere, para avalar su decisión, ese “hecho o expresión aparentemente contrarios a la lógica” (tomo la definición del DRAE)? Diría que en último término lo que al Juez le resulta “sugerente”, es decir, “sugestivo”, es decir, lo que le “resulta atrayente” (otra vez el DRAE), es lo que más adelante desarrolla en el auto: toda vez que Forn mantiene “su ideario soberanista” –lo que no es delito porque mantener ese ideario es “constitucionalmente válido” en la medida que responde a su “legítima libertad ideológica”- puede reiterar el delito porque, a diferencia de quien no lo es, un soberanista, debe delinquir para poder lograr aquello en lo que cree. El silogismo, más que sugerente, me parece inquisitorial. ¿A ti no?

Si Forn ha acatado la Constitución, si ha dejado la política, ¿cómo podrá probar que no reiterará en el delito que justifica la prisión provisional? Tal vez no pueda porque, en última instancia, no depende de él. Así se desprende del siguiente punto en el mismo párrafo del auto: la ideología de Forn coexiste “con un contexto político en el que no hay certeza que haya desaparecido la intención de alcanzar la independencia de Cataluña”. Y allí está lo irresoluble. Y para mí la paradoja de veras sugerente, agónica, es que nada hace pensar que ese contexto político vaya a desaparecer

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