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José María Albert de Paco

Durante la retransmisión, Helguera hablaba de Zidane como si este fuera, antes que un ex compañero, un viejo compinche. Debió de aparecérsele el vestuario de Hampden Park: “De jugador era igual; mientras el resto nos bañábamos en la piscina, él seguía en el banco, sonriente”. (‘Eso sí, no le mentes a la hermana’, me dije yo, sospecho que al unísono con alguno de los 9 millones de espectadores que congregó el partido.) Un día antes, sobre el césped del Millenium, habíamos visto a Raúl, Figo, Karembeu, Seedorf, Mijatovic, Salgado y Roberto Carlos alentando a Zizou. Hasta el hotel donde se alojaba el equipo se llegó McManaman, el jugador fetiche de Vicente del Bosque. En los prolegómenos, Suker, al recordarle Pedrerol que Pedja marcó el gol de la séptima en fuera de juego, zanjó en perfecto croata: “Cómo era aquello… Ah, sí… ¡Ajo y agua!”. Y Twitter mediante supimos de Gento, fundador del madridismo dinástico; de Arbeloa, cada vez más a gusto en su papel de chamán; de ¡Bodo Ilgner! (“soy muy orgulloso de formar parte de la historia de este gran club”). Beckham, por su parte, dejó recado en Instagram (“The Kings once again … Congratulations to Zizou, Florentino, the players and all the fans. What a night!”). Respecto al Madrid no cabe decir, siguiendo el tópico, que un hilo invisible vincula a las nuevas y las viejas generaciones; antes bien, las une un costurón de leyenda. El friso daría para un tratado sobre la gran familia blanca, un discurso hiperglucémico sobre los valores (así, sin complemento, que es como mejor se venden) u otra cursilería por el estilo. Por eso me admira que nadie en el club presuma de ello. Kroos se encaminó dándose cabezazos contra la techumbre, pero sólo tú y yo vimos en él la furia atormentada de aquel Juanito.

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Cataluña para los catalanoparlantes

Ricardo Dudda

Foto: Bernat Armangue
AP

El debate lingüístico en Cataluña nunca ha tenido que ver con la lengua, sino con la cultura.
Un ejemplo es una frase como “Cataluña es el catalán”, que se ha usado en los debates
sobre la inmersión lingüística esta semana y que difícilmente puede defenderse como una
idea liberal (lo digo porque quien la ha usado es un liberal socialdemócrata, y porque un
partido progresista como el PSC es un gran defensor del monolingüismo en la escuela).

La defensa de una sola lengua en una sociedad plurilingüe va contra el pluralismo liberal, y
en cierto modo recoge el argumentario nacionalista, que considera la lengua uno de los
hechos diferenciales. Para los clásicos nacionalistas, como Herder, la lengua refleja un
modo de pensar y una forma de ser. La lengua es la esencia del nacionalismo: una nación
para cada lengua.

Uno puede usar argumentos pragmáticos para defender la inmersión lingüística, como la
idea de que es una manera de elevación social (los castellanoparlantes catalanes tienen
mayores cifras de fracaso escolar que los catalanoparlantes). También se suele decir que la
inmersión es el gran consenso de la sociedad catalana, pero un estudio de Roberto Gravia y
Andrés Santana muestra que es falso: “existe un alto nivel de consenso sobre el modelo
lingüístico de las escuelas, pero el rasgo definitorio de dicho consenso es la pluralidad
lingüística, no la posición hegemónica de ninguna de ellas: los votantes de todos los
partidos coinciden en que al menos un 28% de las clases deben ser en catalán, un 25 % en
inglés, y un 20 % en castellano; y difieren en cómo debe impartirse el 27% restante de
horas.” Gravia y Santana afirman que “la sociedad catalana está muy lejos del amplio
consenso a favor de la inmersión lingüística, que más parece ser un mantra que reflejo de
las preferencias de la sociedad catalana”.

Al defender el modelo monolingüe se defiende la idea nacionalista de que la lengua catalana
ha de preservarse per se, sin importar su número de hablantes (son más los
castellanoparlantes en Cataluña que los catalanoparlantes). La lengua se defiende porque es
un bien en sí mismo. De ahí a preservarla para que no se contamine de otras lenguas (que
es lo que hacen las lenguas y así es como se forman) hay muy poco.

Esto crea situaciones difícilmente explicables, como explica Félix Ovejero: “que la lengua
mayoritaria y común en Cataluña sea el castellano y que sin embargo no sea la que
proporciona identidad nos lleva a situaciones conceptualmente complicadas”. La lengua va
antes que la ciudadanía. Es un argumento nacionalista. Al defender la lengua se defiende
una especie de esencia y cultura inmutable. Es una lógica peligrosa, que los más radicales
han usado para defender su idea de “Cataluña para los catalanes”.

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Me llena de odio -y de satisfacción-

Gonzalo Gragera

Foto: Sipi
EFE

Estrategia de comunicación: irritar al contrario. Lo vimos hace unos años en la acción política de Podemos, partido cuyo ejercicio de propaganda aprovechaba el odio visceral –como todos, supongo- que despertaba en sectores más o menos conservadores y liberales para introducir y difundir sus ideas en el conjunto de la sociedad española. De ahí, claro, que acudieran a tertulias de cadenas con público de derechas, donde de sobra sabían, y de manera inteligente, que el precio de lo viral era más asequible. De esas ya antiguas luchas dialécticas sacarían mucho más provecho que de mesas redondas de cualquier facultad o de ponencias académicas y eruditas de pasillos universitarios, e incluso más que de su capacidad de convocatoria en las redes sociales. Y es que nada como el odio, su impulso, para transmitir un mensaje; nada como la crispación del enemigo para alimentar una idea.  Rufián es otro que supo de la lección en los meses –pasados, creo, espero- más complicados de la secesión orquestada en los partidos independentistas catalanes. Mientras todos compartían, en actitud de desprecio, sus desvaríos y ocurrencias, tales desvaríos y ocurrencias circulaban, con notable éxito y acogida, por todo el país. Un diputado de un partido de escueta representación parlamentaria en el Congreso, principal imagen –discurso- de buena parte de la política española.

Y es que el público necesita –necesitamos- del odio para multitud de asuntos, pero quizá el principal es el hecho de afirmarse, el hecho de confirmarnos en nuestra propia personalidad. El odio nos aleja de aquello que no queremos ser, nos marca distancias respecto de aquello a lo que le tenemos fobia, lo que nos causa rechazo, aquello que consideramos malo incorrecto equivocado Un lector de tendencia izquierdosa necesitará compartir entre sus amigos virtuales las barbaridades que escriba un autor o periodista o columnista partidario de cualquier tesis histórica sobre –tema facilón- el franquismo y las cosas buenas que nos dejó. También al contrario, evidente: la autora de derechas se rasgará las vestiduras ante el párrafo de intención polémica de cualquier firma de izquierdas. Se intuye: en cuanto hay lucha de posiciones, o disparidad de criterios, además de argumentar el error ajeno, necesitamos, para quedar tranquilos con nuestra conciencia y con nuestro criterio, ridiculizarlo, denostarlo. Y es entonces cuando vamos a la búsqueda del odio, a ese interés por leer opiniones que consideramos irrisorias, infantiles, descabelladas; y también el interés en difundirlas, en hacer ver a los demás la estupidez en la que otros –siempre los otros- están inmersos. Un denunciar la estupidez del prójimo que es, más bien, un favor hacia este: lo vemos a diario en el periodismo sensacionalista, ahora llamado de clickbait.

Lo escribe Ricardo Dudda en Letras Libres: “Hay una parte de construcción del enemigo para justificar las propias acciones. Al elaborar un hombre de paja y luchar contra él, además, uno construye su identidad a medida. Uno puede moldear al enemigo para moldearse a sí mismo”. Necesitamos consumir el odio, y odiar, para convencernos de que no somos aquello que odiamos. El odio como bienestar narcisista de saberse distinto, seguro, cómodo –pleno convencimiento- en la idea propia. El odio como emoción para establecer la diferencia con el adversario. O con la actitud moralmente reprochable. El odio que nos llena de odio, y de satisfacción.

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En el aniversario de Frankenstein

Gregorio Luri

Foto: Universal Pictures

La primera vez que los del Círculo Filosófico Soriano se pusieron en contacto conmigo, me dejaron muy claro que “en Soria sólo nos interesa lo eterno”. Desde entonces voy a hablar con ellos cada año y a repetir un paseo esencial: el que resigue el perfil del Duero desde San Saturio a Numancia. Este año hablé de Frankenstein, para celebrar su bicentenario, y de nuevo sentí que se encendía en nosotros la chispa del entusiasmo.

Mary Shelley nos ofrece en Frankenstein o el moderno Prometeo un mito posmoderno, moderno y precristiano. Lo posmoderno es la concepción terapéutica de la existencia; lo moderno, la reflexión sobre las consecuencias morales de la técnica; lo precristiano, el canto a la dignidad del sacrilegio, porque para ser sacrílego de verdad hay que enfrentarse a los dioses, no limitarse a dejar escapar una ventosidad ante los lares familiares.

El doctor Frankenstein, impulsado a la par por sus conocimientos científicos y su filantropía, se pone a alterar la naturaleza humana, ignorando que toda esperanza tiene un punto ciego, más grande y más ciego cuando mayor es la esperanza. De ahí que cuando descubre que sus buenas intenciones han incubado un monstruo, no pueda ni soportar su presencia ni satisfacer la demanda que le dirige: “Dadme la felicidad y seré virtuoso”.

En Vindication of the Rights of Woman, Mary Wollstonecraft, la madre de Mary Shelley, defiende que la virtud es el premio del esfuerzo personal convertido voluntariamente en hábito. Por eso “es inútil esperar la virtud de las mujeres hasta que sean en cierto grado independientes de los hombres”. Hay que asumir los riesgos de la libertad para ser virtuoso. Esta fue la opinión ortodoxa durante siglos. “Los demás bienes son de burlas” y sólo la virtud “es de veras”, decía Gracián. Por eso la instituye en El Criticón como “centro de la felicidad”.

Mary Shelley cambian las tornas y anuncia nuestra convicción contemporánea: si no somos felices, es inútil empeñarse en ser virtuosos. Por eso recurrimos con nuestra alma dañada a los terapeutas. Sin felicidad, sólo nos vemos como víctimas inocentes de un infortunio inmerecido. Habiendo sido hechos para vivir, tememos vivir a medias y morir sin haber vivido.

Más allá de las fronteras de nuestra sociedad terapéutica, las inquietudes de Frankenstein son otras. Ahmed Saadawi lo describe en su novela Frankenstein en Bagdad como una amalgama de los miembros humanos amputados por las bombas indiscriminadas de Bagdad. Al estar hecho de los segmentos corporales de personas de diferentes orígenes –etnias, tribus, razas y clases sociales-, representa una síntesis imposible y por eso, se dice a sí mismo, “Soy el primer ciudadano genuinamente iraquí”.

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Entre Espronceda y Marta Sánchez

Carlos Mayoral

Foto: Ivan Pierre Aguirre
AP

Quiero dejar claro antes de comenzar a escribir que no he escuchado (y probablemente no escucharé) la versión del himno de España que Marta Sánchez ha perpetrado. También quiero dejar claro que me importan un carajo los juicios que sobre él se lleven a cabo. Porque tengo por seguro que a algunos les habrá sentado mal esta letra, como tengo por seguro que les hubiera sentado igualmente mal de haber resucitado Lorca para escribirlo, de haberlo interpretado Mercury con Caballé o de haberlo compuesto el mismísimo Mozart. Y, por supuesto, tengo por seguro que a otros les habrá sentado bien la nueva versión, como les hubiera sentado bien si la letra pidiese la vuelta del esclavismo a Occidente o la abolición del modelo turístico en el Mediterráneo. Qué más da. Me atrevo a ir más lejos: es muy probable que estos ofendidos de una u otra orilla tampoco hayan escuchado la dichosa versión del himno.

Como ocurre con todos los símbolos que en algún lugar fueron utilizados para unir, en España el himno sirve para todo lo contrario, es decir, crear división y, lo que es más importante, para dejar patente esa división. Pienso ahora ese movimiento llamado Volksgeist, nacido en el XIX de manos del Romanticismo alemán, y que basa la identidad de los pueblos en su lengua, en su literatura y en otros rasgos culturales, dando pie al nacionalismo moderno. Bien, esta tendencia entró en España bajo la pluma del escritor de origen alemán Böhl de Faber (no confundir con su celebérrima hija Cecilia), quien se refirió a este “Espíritu del pueblo” como un movimiento que espolease al hombre de manera “individual e íntima”, para completar el sentido “colectivo y cívico” del ser. Idea que caló en toda Europa, pero ¿calaría en España? Con datos objetivos, la realidad es que no. El Romanticismo apenas dejó un par de bosquejos nacionalistas dignos de llevarse a la boca. Alguna composición de Espronceda, la muerte de Larra (que llevaba la situación de España marcada en el revólver) y pequeñas reivindicaciones de Goya. Nada más. Y mira que la situación era perfecta en el XIX: un pueblo masacrado por unas tropas que hablaban otro idioma, la pérdida del continente allende los mares, guerras entre hermanos por este u otro monarca… Pero nada, ni siquiera la tragedia consiguió reunir las cenizas de España.

Termino volviendo a esa reflexión de Böhl de Faber que ve en el nacionalismo un chispazo “individual e íntimo”. Es imposible asimilar esta reflexión en el país cainita que habitamos. Nada es individual, nada es íntimo. Vuelvo a la frase que dejé escrita párrafos atrás: lo importante es dejar patente la división. Nada es individual porque el señor que acude a la final de la Copa del Rey no silbaría el himno si no supiera que le molestará a su vecino, del mismo modo que su vecino no alabaría las virtudes del himno de Marta Sánchez si no supiera que habrá de incomodarle al que renglones atrás silbaba. Dicho de otro modo: España es un país que se vertebra gracias a la desunión.

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