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Macron: una soledad demasiado ruidosa

Joseba Louzao

Foto: PHILIPPE WOJAZER
Reuters

El intelectual Michel Ignatieff soñó con llegar a convertirse en el primer ministro canadiense. Su particular aventura como cabeza del Partido Liberal acabó siendo un fracaso estrepitoso, pero la vivencia le permitió comprender mejor el universo de lo político. Ignatieff intentó recoger estas enseñanzas en Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política, un texto sincero a medio camino entre unas memorias políticas y una reflexión teórica sobre las dinámicas electorales más cotidianas. En un momento de la narración Ignatieff describe cómo un gobernante regional le señaló en un encuentro que, para un político, sólo existen dos cuestiones que merece la pena responder: “¿Estás listo para ganar? ¿Estás preparado para perder?”. En el realismo crudo de ambas preguntas encontramos, quizá, más sabiduría que en las páginas de cualquier manual de ciencia política. El mismo Ignatieff aprendió la lección: “a la política no se viene a vivir experiencias enriquecedoras. Se viene a conseguir el poder”.

He recuperado esta anécdota mientras veía Emmanuel Macron: el camino de la victoria, un documental que Netflix no ha tardado en sumar a su catálogo con una celeridad pasmosa. Nos encontramos ante una crónica, claramente hagiográfica, del camino recorrido por Macron hasta el decisivo día en el que se convirtió en el presidente más joven de la democracia francesa. El resultado final es un retrato de un candidato que cree en su victoria y no quiere plantearse otro escenario. Macron aparece como un político inteligente, atento e irónico que sabe lo que quiere, controlando los tiempos y manejando una potente narrativa. No hay duda de ello. Tras ganar el pasado 7 de mayo, Macron apareció, solo, caminando hacia los votantes que le aclamaban. El escenario era el Carrousel del Louvre con el himno europeo como banda sonora. Probablemente sea el mejor ejemplo de la potencia simbólica y emocional del nuevo presidente. De hecho, Emmanuel Macron: el camino de la victoria se construye a partir de este momento histórico. Ese paseo evocaba a personajes de la talla de Charles de Gaulle o François Miterrand y profundizaba en la mística presidencial republicana.

Más allá de la intención del realizador, el documental termina siendo un testimonio significativo de la soledad del político. Sí, Macron aparece constantemente acompañado por su equipo, siempre encadenados a los móviles, y por su mujer, Brigitte Trogneux, confidente y apoyo en cada una de las situaciones que le toca vivir. Pero también hay planos que nos muestran a un Macron que se enfrenta a una soledad demasiado ruidosa – si me permiten parafrasear el título de la novela de Bohumil Hrabal. En la mirada de Macron está el miedo a la derrota. Uno espera ver a los políticos en la soledad del fracaso, tras una puñalada o en el final de su vida política. Pero no cuando se encuentra en la cima de su popularidad y de su autoridad. Macron busca constantemente la aprobación de las personas que están a su alrededor. Sin embargo, casi siempre, debe decidir en soledad. El peso de esa responsabilidad le zarandea. El documental, incluso, nos permite colarnos en su complicada jornada en Amiens con los encolerizados trabajadores de un empresa en huelga que vitoreaban a Marine Le Pen. Macron se encuentra allí frente a las dos preguntas del inicio: “¿Estás listo para ganar? ¿Estás preparado para perder?”. Aquel episodio le hace consciente de que todo éxito no es más que un espejismo. Llegarán nuevos escenarios peligrosos, que amenazarán la victoria. Pese a estar rodeado de asesores de todo tipo, la gestualidad de Macron refleja la inmisericorde soledad del político. Y es que el fuego del poder es capaz reducir a cualquiera, incluso a los más sabios o a los más astutos, a un montón de cenizas. Solamente el político que sea consciente de su propia vulnerabilidad podrá jugar con sus mejores cartas en la contienda política.

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Querida Joan

Laura Ferrero

Foto: Kathy Willens
AP Photo, File

Querida Joan:

Cada vez que abro mi libreta, esa que siempre llevo en el bolso, me sorprende, anotada en una esquina, tu dirección postal. Hace un par de años, cuando trabajaba en una pequeña editorial de Nueva York, la encontré entre archivadores, papeles y contratos, y la apunté. Fue un instinto, algo que hice rápido como si hubiera cámaras y estuviera asumiendo un riesgo mortal.

Pero la historia no se quedó ahí. Un miércoles de agosto me armé de valor y me dirigí a tu casa y, al llegar al portal, me detuve y miré hacia dentro. Pasé tiempo ahí fuera tratando de imaginar cómo serían las paredes y los pasillos entre los que te moverías. Deseaba verte salir, pequeña y frágil, a través de aquella puerta simplemente para decirte: “Hola Joan, gracias por salvarme la vida”. Pero pasé cerca de dos horas ahí, sufriendo el calor, el bochorno y los nervios –¿alguien iba a desenmascarar a la chica que había robado una dirección y quería verte?– y no, claro. No apareciste.

De todas maneras, aunque lo hubieras hecho, no me hubiera atrevido a decirte nada.

Nunca llegué a entrar en tu casa pero ahora ya sé cómo son las paredes entre las que te imaginaba moviéndote y deslizándote de una estancia a la otra con sigilo, como si temieras despertar a los demás, a los que ya no estaban contigo.

Te vi. En el sofá, en la cocina. Y lo hice desde una ciudad extraña, muy lejos de Nueva York, sobre el cubrecama impoluto de un hotel.

Me emocioné al verte. Eran tus manos, la ternura con la que mirabas a tu sobrino, Griffin Dunne en The center will not hold, el documental que ha rodado sobre tu vida. Ese documental del que leí que solo era interesante para fans y del yo diría lo contrario: es una pieza interesante para todos aquellos que crean en la crónica, en el periodismo. Para todos aquellos que alguna vez se hayan preguntado cómo puede narrarse aquello que no tiene nombre, que se llama dolor y que es justamente lo que no puede compartirse.

Te vi: preparabas sándwiches de pepino quitándoles la corteza y yo, que apenas sé cocinar, me imaginé aprendiendo una receta, cocinando para ti para decirte que no sé si a los demás también, pero lo cierto es que a mí me salvaste la vida.

Explicabas en el documental que a los 28 años descubriste que no todas las promesas –tanto las que te habían hecho como las que te habías hecho–  iban a cumplirse. Que algunas cosas eran y son irrevocables y que los errores y evasiones también cuentan en ese camino que vamos trazando al que comúnmente llamamos vida. Cuando te escuché pensaba que hablabas de las evasiones y de aquel verbo que se ha puesto tan de moda, procrastinar, en un sentido negativo. Sin embargo, hace unos días entrevisté a un pintor de 94 años que me dijo que lo importante en la vida es la estructura y la perseverancia; la coherencia con el proyecto vital de cada uno. Al terminar, me acerqué, sibilina, por detrás, cuando nadie me escuchaba y le dije “perdón, maestro, yo es que siempre tengo muchas dudas”. Carlos, que así se llama, sonrió y me dijo que la perfección venía siempre por la acumulación: “la acumulación de errores”, matizó. Así que entendí, claro, que en el documental tú no hablabas de nada en negativo sino únicamente de asumir que la vida surge también de los caminos que no tomamos y de la responsabilidad frente a lo que uno renuncia y se le escapa.

Pero volvamos a esa tarde de agosto en la que me quedé detenida ante tu puerta. Sin saber qué decir, como canta Ariel Roth. Sin saber por qué sentía yo que me habías salvado la vida. El otro día, en mi hotel, mientras veía el documental a través de la pantallita del portátil, lo entendí por fin.

Verás, unos años atrás perdí a alguien muy importante para mí y durante un tiempo no quería, como tú, que el tiempo pasara. Era consciente de que el reloj y el calendario seguían avanzando pero cuando llegaban los grandes acontecimientos como las Navidades, fin de año, veranos y cumpleaños, lo pasaba mal. No podía celebrarlos. Me hablaba a mí misma en estos términos: hace seis meses que, hace nueve meses que, hace ya dos años que. Eran una suerte de fronteras con las que delimitaba mi tiempo y siempre pensé que la mía era una nostalgia extraña, una manera como otra de bajarme del tren y decir “seguid vosotros que yo aquí me quedo”.

En un momento dado de The center will not hold explicabas que no querías dar por concluido El año del pensamiento mágico porque terminarlo significaba decir adiós a John. A veces se escribe para estar cerca de los que se han ido, así que poner el punto final a un libro no deja de ser otra manera de estar lejos. Aún más lejos.

Joan, no puedo decir que te entienda del todo. No he sido madre ni he perdido tantas cosas como tú. Pero, ¿cómo decir entonces que te entiendo? ¿Cómo decir que sé cómo se resquebrajan las cosas hasta que un día desaparecen y ya no son tuyas porque dejan de existir?

Cuando terminó el documental, perpleja, sobre mi colcha blanca de hotel pretencioso, entendí por fin por qué quería darte las gracias aquella tarde de verano de Nueva York. Así que tarde pero aquí va: gracias, Joan Didion porque me hiciste entender que no estaba sola. Que si bien el dolor es una celda en la que cada uno gritamos sin que los demás puedan escucharnos, saber que hay gente allá fuera que también grita y se separa y no quiere que el tiempo pase, es un consuelo. Así que te abrazo desde aquí, Joan. Y que sepas que un día de estos volveré a tu casa para seguir esperándote, abajo, escondida. Me reconocerás pronto: seré la chica que no se atreverá jamás a saludarte pero que te seguirá con la mirada hasta que vayas desapareciendo. Entonces yo volveré a pensar en la receta que un día aprenderé a cocinar para darte las gracias por haberme salvado no solo la vida sino también de mí misma.

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La víctima de “La manada” merece respeto

Melchor Miralles

Foto: J. Diges
EFE

Imagino a la joven víctima de “la manada”, cómo debe estar pasándolo durante el juicio contra los cinco hombres que abusaron de ella, la vejaron y la violaron, y encima ha de soportar escuchar sandeces y barbaridades como que si no tenía lesiones y arañazos es porque no se resistió, y que no debía estar muy traumatizada cuando desde que ocurrieron los hechos hasta la fecha, según el informe de unos detectives, salió a veces con amigos a tomar una cerveza o a alguna fiesta. Imagino a esta joven de 18 años, lo que estará viviendo, e imagino su voz, y en ella todo el dolor y la rabia concentrados.

¿Es que una mujer violada por cinco tipejos, no tiene derecho a seguir viviendo y a tratar de salir adelante? ¿En qué país vivimos? La imagino culta, ilustrada, y lúcida, pero no amnésica ni indiferente. Ella estaba tranquilamente sentada y cinco hombres que pretextaron acompañarla a su casa la metieron en un portal y le reventaron la vida, seguro. ¿Tiene encima que pedir perdón por algo? Para ella seguro que dese entonces los días son todo noche, y las noches pesadillas hasta que llega de nuevo el día. Y encima, ahora, cuando llega el juicio, la Justicia siempre tan tarde, soportar el escarnio, aguantar lo que está aguantando. Una Justicia que se precie ha de ser rápida, y ha de proteger a las víctimas, y la impresión que tengo en la distancia es que no está siendo así. Hemos leído los mensajes que se enviaban por whatsapp los criminales, presumiendo de su “hazaña”, me cuentan el contenido de las imágenes de video. Y encima algunos actúan como si la víctima debiera disculparse por algo. Qué asco, qué inmenso asco. Esta mujer merece un respeto que no se le está teniendo. ¡Qué asco! Le queda quizá a ella el consuelo, triste e injusto consuelo, de que, como escribió Marat, “el que ha sufrido algún mal puede olvidarlo, pero jamás el que lo ha causado”.

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Blablableo

Carlos Mayoral

Foto: Khalid al-Mousily
Reuters

El ruido nos ha colonizado. No hay nada de romántico en esto. Más bien todo lo contrario: nos sodomiza con su látigo estridente. Si es porque nos asusta el silencio o porque nos hace parecer fuertes, lo mismo da, queremos decibelios y los queremos ya. Esto no lo sabes cuando te levantas de buena mañana, pero te lo recuerdan los vecinos, que se han apuntado a la moda del comesanismo y ahora mezclan espinacas, bayas de goji y fresas en la batidora para amanecer con fuerza. Lo aderezan con un blablableo suave pero continuo.

Escapas, sales de ahí. Montas en el coche y dejas que el ralentí destruya tus cócleas. Enciendes la radio y te topas con el locutor deportivo que grita por encima de los cien mil espectadores, te abrazas a esos tertulianos que también blablablean descontroladamente. Eliges al tuyo, asimilas su ruido. Esta vez no les pones cara, pero a quién le importa eso. Sí importa, en cambio, que el ruido no cese. Se le colocan tildes a todas las vocales, parecen maños: /rúídó/. Pero no te despistas con tonterías, esas opiniones no van a enquistarse solas. La publicidad, lejos de parecer un oasis silencioso, planta cara. Cuanto más agudo sea el acorde en la Stratocaster, más amenazará nuestro tímpano, ergo más se clavará en nuestra memoria y en nuestro bolsillo. Tienes que cambiar las lunas en ese taller y con ese operario, no se te olvide. Al descabalgar del coche, la calle hierve. Tráfico, cláxones, conversaciones. Te sumerges en la prensa del día, no dejas que te atrape el mutismo. Opiniones ruidosas. Donde antes se blablableaba, ahora se garabatea blablableando. No son tertulianos, pero son columnistas, que vienen a ser tertulianos a la pluma. Los gritos, esta vez, colonizan el negro sobre blanco. Además de opiniones también hay noticias, aunque pasadas por la túrmix de la línea editorial, que es el nombre que ahora se le da a una opinión forzada. Más ruido.

Llegas a casa, es tarde. Enciendes la televisión a esa hora en la que sólo se pretende contar con un murmullo que asiente el estrés del día, pero al otro lado de la pantalla sólo encuentras gritos. Opiniones que todo el mundo oye pero que nadie escucha, contraargumentos que no pelean contra ningún argumento, son los mismos tertulianos que horas antes blablableaban en la radio. Cambias, y ves concursos musicales donde sólo interviene el jurado. Cambias, ahora telediarios en los que una imagen berreante vale más que mil palabras. Hay un tipo que amenaza con reflexionar, detenerse, moldear el silencio y la opinión, pero debe ser un loco, una especie de Winston Smith en el Ministerio de la Verdad. Apagas. Por último, cierras los ojos en la piltra. Toca digerir el ruido, interiorizarlo, hacerlo tuyo. Así, sin Álmax para las meninges ni nada parecido. Por tu imaginario se pasean palabras, palabras, palabras. El camión de la basura siempre pasa a esta hora, maldita socialdemocracia. Las palabras no se han procesado todavía, pero entre el ruido del camión y el de los vecinos, que han decidido que cuando anochece apetece, no has tenido tiempo de procesar pero sí de ser procesado. Parafraseando a Bécquer: ya sólo eres una máquina que al compás que se mueve hace ruido.

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Aurora Nacarino-Brabo

Aurora Nacarino-Brabo analiza la posible influencia del procés de Cataluña en el arco parlamentario nacional de cara a unas futuras elecciones generales.

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