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¿Quién gana con la salud?

Joseba Louzao

Foto: PHIL NOBLE
Reuters

La medicina moderna es una de las seis killer-apps civilizatorias – lo que podríamos traducir por “seis aplicaciones demoledoras”- identificadas por el polémico Niall Ferguson en su obra Civilización. Occidente y el resto (Debate). Los desarrollos médicos y las mejoras sanitarias son una ardua conquista de siglos que jamás deberíamos tirar por la borda. No podemos entender quiénes somos ahora sin estos avances. Y es que los múltiples cambios vividos en el ámbito de la salud pública desde finales del siglo XIX han permitido que se duplicara la esperanza de vida humana y se transformara nuestra forma de mirar la realidad. En definitiva, la razón médica ha iluminado y revolucionado el mundo. De esta forma, hemos logrado que enfermedades especialmente mortíferas en el pasado hayan desaparecido y otras van camino de hacerlo en los próximos años. Eso sí, aún nos queda mucho camino por recorrer ya que las diferencias entre países, en muchas ocasiones, continúan siendo preocupantes. Si para algunos la clave es la búsqueda de la longevidad y del bienestar al coste que sea, en otros lugares del planeta se trata de un simple ejercicio de supervivencia.

La salud nos preocupa cada vez más y esto adquiere, económica y culturalmente, una gran trascendencia. El aumento del gasto sanitario en el mundo occidental durante las dos últimas décadas confirma una tendencia que, en una época de crisis y amplio malestar, se conjuga con los debates sobre política sanitaria en países como Estados Unidos, donde aún colea la polémica sobre el Obamacare y el interés de la administración Trump para destruirlo, o los diversos problemas de salud pública a los que nos estamos enfrentando en estos momentos en Europa. La Organización Mundial de la Salud ya nos ha alertado de una deriva peligrosa. Estamos asistiendo a un brote de sarampión en Rumanía y en Italia con un incremento de los casos en más de un 200% en el último año. No son los únicos países europeos que caminan hacia una posible epidemia, también han sido señalados otros como Alemania, Ucrania, Suiza o Polonia. Se trata de la penúltima muestra de cómo enfermedades que han estado a punto de ser erradicadas en el continente reaparecen con fuerza como consecuencia de la relajación de autoridades y de los ciudadanos.

Y en este contexto el movimiento crítico con las vacunas está ganando terreno y sus posiciones, que no suelen estar basadas en evidencia científica alguna, nos están poniendo en riesgo. Porque sus decisiones afectan al resto de una forma directa. No es extraño tropezar con estos discursos en los medios generalistas o con el apoyo de figuras mediáticas, como Jim Carrey o Alicia Silverstone. Sin ir más lejos, el propio Donald Trump se ha reunido con la cabeza visible del movimiento antivacunas a nivel internacional. Y es que son muchos los charlatanes que nos tratan de engatusar con demagogia y falsedades aprovechándose de la creciente ingenuidad escéptica. En Italia, el populista Beppe Grillo ha expresado en varias ocasiones sus dudas sobre la fiabilidad de las campañas de vacunación y ha criticado los perversos intereses de las empresas farmacéuticas. Lo de siempre: la mayoría no quiere ser señalado como antivacunas, pero su mensaje es idéntico al de estos grupos. Resulta imposible desvincular este avance de la mentalidad conspirativa que nos azota. Frente a los datos científicos, habitualmente complejos, se construye un relato asentado en la experiencia personal que termina por ser más convincente y simplista.

Pasamos demasiado tiempo preocupados por la crisis política que atravesamos en la Unión Europea y los embates populistas que sufren las democracias. Pero la progresiva desconfianza está terminando por afectar a la sanidad aunque, paradójicamente, los médicos sigan siendo los profesionales mejor valorados en nuestro país. Nuestras instituciones demoliberales tienen que buscar cómo mejorar su eficacia y credibilidad para ser más fuertes contra los riesgos sanitarios del porvenir. La salud democrática, permítanme la expresión, también se juega en el campo de la medicina.

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La aplicación más popular del mundo no es la que te imaginas

Redacción TO

Foto: Oliur Rahman
Unsplash

El trono de la aplicación más popular tiene nuevo rey. Sarahah lleva ocho días, y subiendo, por encima de Instagram, YouTube, Snapchat y Facebook. ¿Sarah… qué? Sarahah, que significa honestidad y franqueza en árabe, es una aplicación para enviar mensajes privados y anónimos a otros usuarios. La idea no es nueva. Antes estuvieron Whisper, Yik Yak o Secret. Ninguna de ellas duró mucho, pero tampoco tuvieron un ascenso tan viral. El 8 de julio entró por primera vez en el top de las 1.500 aplicaciones de la App Store, según datos de Sensor Tower. A los cuatro días estaba en el puesto 104. Y cinco días después, ¡sorpresa!, la aplicación más popular del momento en iTunes. Es el pigmeo que ha vencido a los gigantes.

Porque detrás de Sarahah no hay grandes compañías valoradas en millones de euros. No están Zuckerberg ni Spiegel. Está Zain al-Abidin Tawfiq, un joven desarrollador de Arabia Saudí, que se le ocurrió la idea hace menos de un año para empresas de su país. Hoy tiene más de 14 millones de usuarios registrados de todo el mundo.

Su descripción es sencilla: “Sarahah te permite recibir constructivas y anónimas críticas 🙂“. En el concepto idílico de su creador, esta app ayuda a sus usuarios a “descubrir sus fortalezas y sus áreas de mejor recibiendo feedback honesto por parte de sus empleados y de sus amigos de una manera privada”.

Comentarios anónimos a los jefes

La historia comienza en Dhahran, una ciudad al este de Arabia Saudí considerada el centro administrativo del petróleo. Allí vivía Tawfiq, quien con un grado en Ciencias de la Computación trabajaba a tiempo completo como analista de sistemas en una compañía de petróleo. El objetivo era crear una herramienta que pudiera ayudar a los empleados a realizar comentarios sin filtrar a los empresarios. Así nació Sarahah, una manera de comunicarse de manera sincera con los jefes.

El joven pronto se dio cuenta de que este tipo de servicios podría ser útil también fuera del entorno laboral. Así, en noviembre de 2016 lanzó la página web y empezó a compartirlo con su grupo de amigos. Sin embargo, apenas llegó a 100 mensajes al final de año, según contó Tawfiq a Mashable. Ese fracaso le hizo cambiar de estrategia. Empezó a utilizar a algunos de sus amigos influencers, los grandes prescriptores de contenidos para millenials.

De 70 usuarios pasó a 1.000 en solo unos días. A partir de ahí, la aplicación se extendió por todo Oriente Medio: Túnez, Líbano, Egipto… En este último, por ejemplo, es la página 104 más vista del país según los ránkings que realiza Alexa. Después del éxito en esta región, Tawfiq decidió crear la aplicación. La lanzó finalmente en junio y en inglés —hasta el momento solo estaba en árabe—.

La aplicación más popular del mundo no es la que te imaginas 1
Capturas de pantalla de la bienvenida a la ‘app’ Sarahah.

Seguramente el final de esta historia no sería el mismo si no hubiera aparecido Snapchat. La red social de mensajería instantánea incorporó en su última actualización la posibilidad de conectar el perfil en Snap con el de Sarahah. Tres días después empezó el meteórico ascenso. Millones de adolescentes deseosos de saber qué pensaban sus amigos y conocidos sobre ellos.

“Una aplicación que ‘crea’ suicidas”

El aspecto de la app es muy sencillo. Varios apartados: búsquedas, novedades, perfil y mensajes. En este último se almacenan los recibidos, favoritos y enviados. Para enviar un mensaje a otro usuario este debe estar también dentro de la aplicación. Es imposible saber quién te envía los mensajes y tampoco es posible contestar a los que recibes. En cambio, sí puedes marcar como favoritos aquellos que te gusten más. Otra prueba de la inocencia idílica que su creador espera de la aplicación. Sarahah ya está recibiendo miles de críticas por ser una plataforma que hace muy fácil el acoso y muy difícil su investigación, ya que todo es anónimo.

“Deja un mensaje constructivo”, es toda la precaución que Sarahah propone antes de enviar un mensaje. Una frase que no parece suficiente a la vista de algunos de los comentarios que tiene Sarahah en iTunes. “Mi hijo se creó una cuenta y a las 24 horas alguien ya le había enviado un horrible comentario racista diciendo incluso que debería ser linchado”, contó un usuario. “Este sitio es el caldo de cultivo perfecto para el odio”, añadió. Otros comentarios no se quedan atrás: “No recomiendo este sitio a menos que quieras ser acosado” o “Padres, no permitáis que vuestros hijos se descarguen esta app. Es una app que crea suicidas”.

El fundador ha respondido a las críticas en Twitter:

Además, Tawfiq explicó que estaba intentando acabar con esa versión de la aplicación, una faceta que experimentan todas las redes sociales, mediante el bloqueo de ciertas palabras ofensivas y permitiendo bloquear a la gente, según recogió Mashable. Medidas cuestionables puesto que se pueden crear tantas cuentas de Sarahah como se quiera, no es necesario ni validar el email, y es imposible vetar todas las formas que los humanos tenemos para ser ofensivos contra otros. “De verdad estoy haciendo todo lo que puedo para crear un ambiente positivo”, dijo el joven a este medio. De momento, sigue sin ser suficiente.

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El próximo testigo de un crimen será una máquina

Redacción TO

Foto: Jacquelyn Martin
AP

Connie Dabate murió el 23 de diciembre de 2015 a las 10:05. El asesino le disparó en la cabeza y en el estómago con un revólver. La encontró la policía en el sótano de su casa de Ellingont, una pequeña ciudad en el estado de Connecticut (Estados Unidos). Su marido Richard Dabate fue quien dio la voz de alarma. Un hombre enmascarado había entrado en el domicilio familiar con la intención de robarles. Mientras mantenía a Richard atado a una silla, había disparado a Connie en el sótano. Así consta en la orden de arresto a la que tuvo acceso The New York Times.

Y ese hubiera sido el final, si no fuera por la aparición de un testigo silencioso: la pulsera Fitbit de Connie que registró todos sus últimos movimientos. Los test de residuos del disparo y la policía canina no habían sido concluyentes. Pero los registros de la Fitbit demostraron que la mujer había andado unos 370 metros alrededor de la casa durante el tiempo que el marido señaló que estaban siendo atacados. Lo que superaba los escasos metros que ella hubiera recorrido si un hombre enmascarado la hubiera llevado del garaje al sótano para matarla. Richard Databe, su marido, ha sido acusado de falso testimonio y de asesinato.

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Richard Dabate acusado de asesinato, en el medio, acompañado por sus abogados. | Foto: Mark Mirko/Hartford Courant/AP.

De la misma manera que lo hicieron antes los ordenadores y los smartphones, los dispositivos wearables se están convirtiendo en un elemento crucial para muchos investigadores ya que otorgan una proximidad única a la víctima: transmiten el ritmo cardíaco, los horarios y la calidad del sueño, la localización y las distancias recorridas.

Pulseras contra la violencia sexual

En marzo, la pulsera Garmin Vivosmart GPS de Kelly Ferron, de 36 años, registró el frenético aumento de sus constantes vitales cuando le atacó un hombre mientras corría en un parque de Seattle, en Estados Unidos, según ha recogido la página Runners World. La imagen área de su pulso cardíaco se ha convertido en una imagen en contra de la violencia sexual.  

En el caso de Kelly Herron no hizo falta incorporar los registros de su pulsera a las evidencias policiales, puesto que la propia corredora luchó y consiguió encerrar al hombre en uno de los baños hasta que llegó la policía. Sin embargo, sí hubiera valido como prueba. De forma similar a un caso que ocurrió en Alberta (Canadá) en el que se aceptaron los registros de la actividad de una Fitbit, en un caso de lesiones personales para demostrar que la víctima realizaba más actividad física antes del accidente, según informó el Canadian Lawyer Magazine.

“Es definitivamente algo que vamos a ver más en el futuro. La gente continúa dando más y más información personal a sus dispositivos tecnológicos. Nosotros estamos obligados a encontrar las mejores pruebas y la tecnología ya ha empezado a formar parte de esto”, explicó a The New York Times el detective Christopher Jones de la Policía de Pensilvania.

Espías en nuestra propia casa

Frigoríficos, cafeteras, lavadoras o bombillas serán pronto pruebas de la escena del crimen. Cada vez más objetos de nuestras casas se están incorporando a la Red con el objetivo de hacernos la vida más fácil. Poder programar la lavadora desde el trabajo o encargar al frigorífico que compre leche desde una aplicación. Pero, el Internet de las Cosas también podría tener otra cara. Estos dispositivos conectados guardan historiales y registros de nuestros movimientos, lo que puede resultar crucial para saber los últimos momentos de una víctima de asesinato o para probar falsos testimonios.

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Echo, el altavoz de Amazon equipado con siete micrófonos. | Foto: Mark Lennihan/AP

El 22 de noviembre de 2015, Victor Collins apareció muerto en el jacuzzi de James Bates, según informó el periódico estadounidense The Information. Los investigadores encontraron manchas de sangre y piezas de cristal tanto en el suelo como dentro de la bañera. A pocos metros de ahí estaba, callado, el que se convertiría en el principal testigo: Echo. El altavoz de Amazon que cuenta con siete micrófonos y está equipado con múltiples sensores para poder oír a sus dueños en cualquier dirección alrededor de seis metros. Esta máquina puede poner música, realizar compras, apuntar recordatorios o leer las noticias en tiempo real, entre otras actividades. Y, desde ahora, también puede prestar testimonio en los juzgados. Los registros de audio de Echo —transcritos a texto— sirvieron para llevar a juicio a Bates, acusado de asesinato en primer grado.

Este último caso relanzó el miedo a que la casa inteligente pueda convertirse también en la casa espía. ¿Tenemos el control de nuestros datos privados? ¿Pueden servir los dispositivos como prueba contra sus dueños?

“Desde hacer un par de años, estamos viendo cómo estos dispositivos están comprometiendo la esfera de la privacidad. Ahora ya hemos empezado a ver cómo la información que tienen de ti puede ser usada voluntariamente o involuntariamente en otros contextos“, consideró el abogado especializado en derecho electrónico Mark Hayes a la Revista de Derecho Canadiense.

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¿Cambio? ¿Qué cambio?

Cristian Campos

Se suele olvidar que la Generalitat de Cataluña nunca vio con buenos ojos los Juegos Olímpicos de Barcelona hasta que su éxito convenció a los líderes de CiU de que más valía subirse al carro de los entusiastas que poner palos en sus ruedas. También se suele olvidar la frase «boicotear unos Juegos Olímpicos es muy fácil pero los apoyamos por patriotismo» de Jordi Pujol, o los planes de los cachorros de CDC para reventar la ceremonia inaugural, o que la contribución financiera del Gobierno catalán fue anecdótica comparada con la del sector privado, la del Ayuntamiento de Barcelona y la del Gobierno central (socialistas ambos).

Se olvida también que el Ayuntamiento se vio obligado a negociar con la Crida, un grupo independentista cercano a ERC que amenazaba con «acciones directas» contra los voluntarios olímpicos si no se accedía a sus reivindicaciones. O que fueron los vecinos de la ciudad los que se negaron en 2014 a que se le diera una calle a Samaranch, el artífice de la llegada de los Juegos a Barcelona.

Una ciudad, por cierto, que antes de esos Juegos vivía de espaldas al mar, en la que cada semana había que recoger los cadáveres de unos cuantos yonquis a apenas unos metros de donde después se construyó el Estadio Olímpico y cuyos barrios costeros eran usados como estercoleros por las fábricas y almacenes de la zona. Una ciudad que sólo siendo muy generosos podría incluirse, incluso a día de hoy, en el pelotón de cola de las grandes capitales internacionales y cuyo principal atractivo en 2017 sigue siendo el turístico. Se olvida además que ese repudio desagradecido del principal responsable de la modernización de la ciudad es compartido por su actual alcaldesa, Ada Colau, además de por la CUP. Es decir por esa burguesía reaccionaria de izquierdas a la que jamás se le ha conocido otro salario que el procedente de los presupuestos públicos.

Se olvida, para resumir, que si por el catalanismo de derechas y la izquierda soberanista hubiera sido, los Juegos Olímpicos se habrían celebrado en Madrid o en Tombuctú y aquí miseria y después independencia.

Así que cuando Ignacio Peyró me llamó la semana pasada para encargarme un artículo sobre el cambio sufrido por Barcelona entre el 92 y ahora lo primero que me pregunté fue «¿Qué cambio?». Los barceloneses que ahora pintarrajean las paredes de su ciudad invitando a los turistas a volverse a su casa o a matarse saltando desde un balcón son los herederos de los que en 1992 veían los Juegos Olímpicos como un engorro cosmopolita en el que ni siquiera jugaría el FC Barcelona. Es decir como un evento que aseguraría, para su desgracia, dos o tres legislaturas más de gobiernos municipales españolistas en la capital de Cataluña.

Hay que entender que el mito de la Barcelona abierta y tolerante se basa en no más de dos o tres anécdotas irrelevantes. La primera de ellas esa Barcelona de los años 70, la de Carmen Balcells, Jorge Herralde y la Gauche Divine, en la que llegaron a coincidir durante un corto periodo de tiempo Vargas Llosa, García Márquez, José Donoso e incluso, muy brevemente, Cortázar (todos ellos catalanes de ocho apellidos como puede observarse), y de la que ahora apenas quedan algunas fotos de Colita.

La segunda, los voluntarios de Barcelona 92, la parte más visible de un entusiasmo ciudadano que se repite cada cuatro años, aunque con bastante menos ombliguismo, en todas y cada una de las ciudades que organizan unos Juegos Olímpicos.

La tercera, un largo historial de movimientos vecinales de izquierdas o anarquistas que jamás han logrado mejorar ni un ápice la vida de los barceloneses pero sí ralentizar, obstaculizar o impedir el crecimiento económico de la ciudad. Habrá que recordar que esa tradición contestataria de la que presume la ciudad no sirvió ni siquiera para que esta resistiera un miserable minuto la entrada de las tropas franquistas por la Avenida Diagonal. Cosa que, por cierto, sí hizo Madrid durante tres años con bastante menos mito y mucha más sangre y callo.

Así que, ¿cambios? ¿Qué cambios? Business as usual, que dicen los ingleses.

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El sueño (destruido) de Pasqual Maragall

Jordi Amat

Puede ser nuestra gran noche. Esa sí. Esa más que cualquier otra. 25 de julio de 1992. Después de tantos años, tantísimos años, de cochambrosa excepcionalidad, una normalidad pletórica. Lo pareció y en gran medida lo fue. Una normalidad que parecía secularmente imposible y que se supo convertir en realidad (Juan Antonio Samaranch mediante) sin que incluso hoy, después de tanto fango, la atenúe una sola sombra de corrupción económica.

Normalidad. Tras años de diplomáticas negociaciones políticas y tensiones apaciguadas (por la vía de la represión pura y dura, ojo, en algunos casos), una normalidad que era catalana y española al mismo tiempo proyectándose en su constitutiva pluralidad hacía Europa. La periferia convertida en centro. El centro reconciliado con la periferia. Inauguración de los Juegos Olímpicos. Barcelona 92. Medalla de oro para la CT. Una marca no superada. No hemos vivido una noche mejor.

A eso de las diez, cuando el mundo nos miraba pero para descubrir el optimismo en nuestro rostro, el alcalde Pasqual Maragall (51 años) tomó la palabra. Habló durante 3 minutos y 33 segundos usando cuatro lenguas. Nuestras lenguas. Catalán y español, inglés y francés. El sentido y tanta sensibilidad de ese discurso lo reconstruye Jaume Badia –que fue su joven editor– en un libro colectivo publicado hace pocos meses. Se titula Pasqual Maragall. Pensament i acció y lo coordina un tal Jaume Claret. Es un gran libro. Tras este verano, que en Barcelona se presenta políticamente tan y tan placido, podrá leerse también en castellano. Intuyo que su silenciosa recepción será un índice más del sueño inacabado (hoy destruido) de Maragall.

Pero esa noche de verano, esa sí, el sueño fue tan real como la vida que se toca. Maragall se ahijó a la tradición de civilidad republicana, la suya, recordando a Lluís Companys, el presidente de la Generalitat en cuyo asesinato estuvieron implicados casi todos los fascismos. Clamó por que hubiera una tregua en la antigua Yugoslavia, refiriéndose a la carta que había recibido del secretario general de Naciones Unidas. E hizo una afirmación programática que, sin olvidar América Latina, enlazaba Barcelona, Catalunya y España con Europa, “nuestra nueva grande patria”.

Gracias al éxito de los Juegos Olímpicos, que pusieron las bases para que mi ciudad fuese percibida como una de las urbes más atractivas del mundo, el alcalde Maragall conquistó un prestigio internacional considerable. Lo puso en valor para intentar un ambicioso cambio de escala. Piensa en grande. Piensa, ay, más allá de la lógica de su partido. Maduraba un nuevo horizonte político que partiendo de lo urbano trascendía los límites de la ciudad. En último término se trataba de replantear los mecanismos de gobernanza a la vista de una transformación radical del mundo que se iba a imponer tras la caída del Muro de Berlín. Lo pensó desde el territorio. El suyo. Cataluña sería el punto de partida de un proyecto que tenía como punto de llegada una vertebración europea mejor y más densa. Sostenía Maragall que Cataluña sólo maduraría un encaje positivo con España en el marco de una Europa federal en construcción.

A mediados de la década de los 90, más que un programa de acción concreto, digamos que Maragall estaba madurando una filosofía política nueva e invertebrada cuyo horizonte era continental: una reflexión que asumía el desafío de las identidades y que pretendía ir amansando en diálogo con algunos de los principales referentes morales, políticos e intelectuales europeos. Es la hora de las cartas, memorables, a Rocard y Delors, a Semprún y Havel. De esa ambición teórica a su concreción en acción política acabaría por mediar un abismo. No funcionó. Porque el primer paso para avanzar, más allá de las buenas ideas, era no sólo elaborar una alternativa de gobierno para desbancar al nacionalismo pujolista menguante sino ganar la Generalitat. Y ganarla lo suficientemente bien. El instrumento para conseguir la victoria, construido en alianza con las otras fuerzas de izquierda catalanas, acabaría por ser la propuesta de reforma del Estatut.

La idea era una más en el conjunto de propuestas de Segunda Transición que se propusieron durante esos años. Propuestas en muchos casos contrapuestas porque iban desde el descaramiento nacionalista del aznarato a la soberanista Declaración de Barcelona firmada por el BNG, CIU y el PNB. La propuesta de España plural de Maragall –la que entroncaba con su venerable abuelo poeta, la que ETA obturaba matando y matando, la que se ajusta más a la realidad plurinacional del país (así lo sigo creyendo)– nunca tuvo el aval suficiente. Ni aquí ni allí. Y acometerla en esas condiciones fue su pecado original.

Cuando llegó la hora, con la cultura política de la aznaridad convertida ya en la hegemónica, la reforma fue elaborándose a trompicones, pecando de tacticismo y sin el consenso suficiente. Al contrario. El proceso de reforma, que al fin implicaba también una reforma de la Constitución de facto (repensar España desde Cataluña, el viejo sueño del catalanismo), actuó como una taladradora de los consensos. En Cataluña y en España. La legislatura Maragall, concebida por él mismo como una fase avanzada de estabilización del sistema constitucional, fue involuntariamente desestabilizadora, como acertó a definirla Guillem Martínez en La gran ilusión.

Por entonces vivíamos nuestro momento neocon. Un momento del que habla José María Lassaslle en su espléndido ensayo Contra el populismo. Cómo olvidarlo. Se elaboraban listas de productos catalanes invitando con animosa algarabía al boicot y el Partido Popular recogía firmas contra el Estatuto por las plazas de España. Eso sí era populismo. Puro populismo cañí. Los posteriores recursos presentados ante el Tribunal Constitucional contra el Estatut ya refrendado no digo que no fueran pertinentes pero, sin duda, también tendrían un precio negativo. Lo seguimos pagando. Corregir lo que había sido refrendado no fue una anécdota. Tesis Rubio Llorente: iba a quebrarse el pacto constitucional entre las instituciones nucleares del estado y la ciudadanía de Cataluña. Declarar inconstitucional, entre otras cosas, lo que afectaba a la piel de la ciudadanía –esto es, la negación de una afirmación de identidad nacional- fue un profundo agravio emocional y por ello la sentencia debería describirse también como una victoria del nacionalismo español. Pensar que el modelo de estado así quedaba clausurado ha sido fatal. Porque así se destruyó el sueño de Pasqual Maragall. Y así estamos.

Hace pocos días se organizó una ruta literaria por el barrio de La Marina de Barcelona. Uno de los altos del camino era en las afueras del Estadi Olímpic. Sonaba la canción histriónica que cantaron a duo Freddy Mercury y Montserrat Caballé para promocionar la candidatura de la ciudad. Allí tumbado, como un indigente –resacoso, muerto o agonizante-, estaba un hombre que vestía una vieja camiseta de los Juegos. No se le veía el rostro. Lo tenía oculto. Llevaba una máscara deshinchada de la mascota del 92. No era una escena improvisada. Formaba parte de la ruta. Hoy, definitivamente, parece que Cobi haya muerto.

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