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España y los vacíos de poder

Josu de Miguel

Los pocos minutos que los planes de estudio le dejan a uno para explicar algo de constitucionalismo histórico español, se suelen dedicar a mostrar a los alumnos que nuestro país no es ajeno a los movimientos europeos que durante todo el siglo XIX trataron de incorporar la tradición liberal y democrática bien de forma revolucionaria o pactando con unas monarquías en retirada. Si acaso, se apunta la funesta originalidad de realizar “constituciones de partido”, lo que seguramente nos pone a la cabeza del continente en la elaboración y aprobación de normas fundamentales.

Juan Olabarría, inolvidable profesor de historia de las ideas de la Universidad del País Vasco, me ha apuntado recientemente otra característica del sistema político español poco analizada: su capacidad para crear vacíos de poder. Pasó en 1808, donde el pueblo en armas tuvo que sustituir a un Estado secuestrado y a unas estructuras de poder en franca descomposición. Pasó en 1868, cuando la Revolución Gloriosa dio paso al primer intento de establecer en España una monarquía parlamentaria moderna. Y pasó en 1931, cuando se proclamó una República cuya inestabilidad hizo imposible contener un desgarrador conflicto civil que aún nos sigue atormentando. En los casos citados, nos encontramos características comunes: la huida del Rey o la Reina, el consiguiente desorden institucional, la falta de proyecto político compartido y la emergencia de una figura singular que a través de medios extraordinarios o expeditivos logra imponer un nuevo orden (Fernando VII, Cánovas y Franco).

En 1975 las cosas fueron algo distintas. Las previsiones del propio régimen franquista, el entorno internacional favorable y la generosidad de la oposición permitieron superar un posible vacío de poder mediante la articulación de un gran acuerdo que nos trajo la Constitución más exitosa y fructífera de la historia de nuestro país. Ha pasado el tiempo y quizá no lo hemos aprovechado adecuadamente, esencialmente porque los sistemas políticos perduran si detrás hay una cultura política que los sustente. Cuando en junio de 2014 abdicó el Rey Juan Carlos el país contuvo la respiración y miró de reojo al PSOE para saber qué haría a la hora de votar la Ley Orgánica que certificaba el cambio en la Jefatura del Estado. Ya se sabe, en España todo el mundo tiene varias almas políticas cuando se trata de las cuestiones fundamentales.

Naturalmente, junio de 2014 fue el primer round. Los nacionalistas periféricos trabajaron desde 1979 en la construcción de un sujeto político que quizá algún día tendría la oportunidad de ser soberano. La izquierda antisistema aprovechó la crisis socioeconómica para alcanzar unas cotas de poder impensables unos años antes. Su objetivo, alcanzar la república plurinacional. Ambos andan ahora coaligados a la espera de un vacío de poder, que gracias a la impericia de los primeros, se ha terminado produciendo, de momento, en la propia Cataluña. No es una paradoja de la historia: es la consecuencia de no haber atendido desde la inteligencia, el consenso y una tradición filosófica de fuste nuestras carencias políticas seculares.

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Qué ideología defiende hoy Rusia (y por qué conviene conocer a San Pablo para saberlo)

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: Natallia Ablazhei
Reuters/File

Pocas dudas existen de que la política rusa sigue recabando interés en lares occidentales, y por buenos motivos. Los vínculos de Rusia con las últimas elecciones en EE. UU., su amenaza hacia los más recientes comicios europeos, su papel durante los turbios sucesos catalanes del pasado otoño: todo ello está siendo investigado, a menudo de modo bien competente, por nuestros periodistas, académicos, jueces y agencias de inteligencia.

Ahora bien, quizá también nos pueda aportar algo el análisis filosófico de las ideas que están detrás de esas actividades rusas. Ello no significa olvidar, ni mucho menos, que Vladímir Putin es ante todo un político pragmático; y que, por lo tanto, ninguna ideología resulta capaz de explicar todas y cada una de sus acciones. Pero incluso ante el más pragmático de los gobernantes cabe parafrasear aquello que John Maynard Keynes aseveraba de los “hombres prácticos”: que hasta aquel que se cree más exento de toda influencia intelectual, en realidad es solo el esclavo de algún intelectual difunto. En el caso de Rusia no son solo difuntos, además, sino pensadores bien vivitos y coleando los que están proporcionando al proyecto político de Putin cierto empaque en el mundo de las ideas. ¿Cuáles son aquellos y qué tesis son estas?

La verdad es que sus nombres (Alexander Projanov, Serguei Kurguinian, Leonid Ivashov, Natalia Narochnitskaya…) resultan poco conocidos entre nosotros, con excepción del principal de ellos, Alexander Duguin. Aunque Putin se cuida mucho de elevarles al rol de ideólogos oficiales de su política (pues implicaría compartir con ellos cierto poder, lo cual le resulta más antipático al mandatario ruso que compartir su cepillo de dientes), tampoco ha ocultado las buenas relaciones que les ligan: cuando hace dos años visitó con oropeles de nuevo emperador bizantino el Monte Athos, epicentro espiritual de la iglesia ortodoxa, no solo se hizo acompañar por el patriarca de su propia iglesia rusa, Kirill, sino también por Duguin mismo. Y la mejor prueba de que esas relaciones son buenas de verdad es que tienen una traducción contante y sonante: el Izborsk Club, think tank que reúne a los principales intelectuales de esta corriente, halla generosa financiación en el Kremlin.

Ahora bien, ¿qué ideas caracterizan a este grupo? Una primera paradoja que nos encontraremos al abordarlas es el papel central que ellas juega el marxista Antonio Gramsci, a pesar de que los autores citados se muevan hoy (aunque no siempre en su pasado) lejos del pensamiento comunista. En efecto, para estos intelectuales lo más importante en el mundo actual no es tanto ejercer directamente el poder (rol que dejan gustosos a Putin, y a él no le resulta menos gustosa tal dejación). Por encima de la política está lo que llaman “metapolítica”, que tiene que ver con lo que Gramsci llamaba “hegemonía cultural”: esa lenta tarea de ir influyendo a la opinión pública a través de los medios de comunicación, internet, la educación, las creaciones culturales, los pequeños grupos de estudiosos; en definitiva, todo aquello que vaya haciendo calar entre las masas, silenciosamente, un clima favorable a su propia forma de pensar.

Hablo de “forma de pensar”, pero quizá debería referirme más bien a “forma de sentir”. Pues este es otro punto clave del movimiento que estamos analizando. Para los representantes de este “nuevo conservadurismo ruso” o “conservadurismo postsoviético” (tales son los nombres que se les han atribuido) o “cuarta teoría política” (este es el nombre que a veces se atribuyen ellos mismos, frente a liberalismo, comunismo y fascismo) no importa tanto convencer con razones cuanto persuadir con emociones. De hecho, uno de los muchos errores que atribuyen al liberalismo occidental (su bestia negra) es la mentira, que este propaga, de que la política tiene que ver con argumentos racionales, con “datos” o con “verdades” que uno capte con su mera razón. Las democracias liberales engañan a sus ciudadanos y al resto de pueblos de la Tierra desde tiempos de la Ilustración, según estos rusos, porque en realidad la política tiene que ver con sentir juntos cosas importantes (la patria, la religión, la comunidad propia), y no tanto con hallar soluciones meramente cerebrales a los problemas del día a día.

En coherencia con tales planteamientos, los neoconservadores rusos no critican a Occidente mostrando sus errores o sus contradicciones, sino sobre todo su fealdad: nuestras democracias están vacías por dentro; son moralmente deformes; vagan ayunas de sacrificio, heroísmo y todas las virtudes que hacen la vida digna de ser vivida; en ellas triunfan solo los mercaderes, los mangantes, los rebaños satisfechos y los mediocres. Al igual que una mala película, lo malo de Europa y Estados Unidos no es que no tengan razón, sino que son aburridas y deprimentes. Y, por tanto, los textos de Duguin y sus compañeros no son tanto monótonos tratados academicistas en que se refuten una a una las libertades occidentales, sino más bien vibrantes manifiestos, de tono panfletario, repletos de símbolos y metáforas, en los que se aspira a ofrecer una alternativa más alta y noble a la plebeyez de nuestras decadentes sociedades.

Es en ese juego de símbolos y alegorías donde entra en juego San Pablo. Y lo hace de la mano de un autor del pasado, Carl Schmitt, que junto con el antes citado, Gramsci, suele figurar en el arsenal de todos los críticos radicales de nuestras democracias (algunos bien próximos a nosotros los españolitos). En efecto, Schmitt recuperó para la teoría política una palabra que en los textos de San Pablo aparece solo una vez (es, pues, lo que se llama un hápax legómenon) y que ha traído siempre de cabeza a los intérpretes de la Biblia. La palabra en cuestión es “katechon”.

Pablo la utiliza en el segundo capítulo de la segunda carta a los tesalonicenses, cuando explica a sus discípulos que no esperen de inmediato la Segunda Venida de Jesús, porque antes debe triunfar “el hijo de la perdición”, “el hombre de iniquidad” (no sabemos exactamente a quién se refería; quizá al Anticristo del que hablaba San Juan). Y hay sin embargo, siempre según San Pablo, algo que está reteniendo la victoria de este malvado: se trata de un “retenedor” o, en griego, katechon (aún sabemos menos a qué o quién aludía). Si nos fijamos en lo dicho, además (y ello complica aún más las cosas), resulta que ese katechon tiene un papel terriblemente ambivalente: por una parte, impide el triunfo momentáneo del Mal; pero, por otro, como este triunfo es requisito previo para la posterior llegada definitiva de Cristo, de hecho, está impidiendo también la victoria definitiva del Bien y el Paraíso final.

Como es previsible, esta ambigüedad del término katechon ha dado lugar a ríos de tinta durante dos milenios que lo han interpretado de una u otra forma; y Carl Schmitt fue uno más de los que contribuyó, con su particular afluente, a ello. Schmitt utilizó además esta metáfora de manera no menos ambivalente que el propio San Pablo. A veces resaltó su rol positivo (aquello que impide el triunfo del desorden, por ejemplo, los reyes medievales que, a la caída del Imperio, preservaron Europa del caos). Otras veces, en cambio, empleó el término de modo más bien peyorativo (se lo atribuyó verbigracia a EE. UU. y al Reino Unido que, para él, como simpatizante con el nazismo, no es que representaran lo mejorcito del mundo posterior a la II Guerra Mundial).

Toda esa ambivalencia se deja sin embargo de lado en Alexander Duguin, aunque recoja el término de las manos de Schmitt: el katechon para este ruso y los suyos es siempre alguien o algo positivo (no en vano han dado ese nombre a su principal web de difusión internacional). Se encarna en aquello (por ejemplo, Rusia) que preserva al mundo cristiano actual del caos, amenazado como se halla tanto por la superficialidad espiritual de Occidente como por el fanatismo violento del islam. La Rusia-katechon retiene en nuestro mundo la nobleza del mensaje evangélico, las culturas nacionales de los países cristianos, que si no fuera por ella (y por Putin, claro) quedarían sepultadas por culpa tanto de los debiluchos occidentales (que, como no creen en nada, dejan que sus países se inunden de musulmanes y ateos), como por un islamismo que no duda en recurrir a la violencia para ampliar su poder.

Ahora bien, resulta palpable que, pese a todo, la postura de esta ideología rusa frente a Occidente no puede escapar a cierta ambigüedad: por una parte, los occidentales somos para ella unos réprobos decadentes; por otra parte, sin embargo, pertenecemos a la antigua Cristiandad y, por consiguiente, somos potenciales aliados suyos en su tarea del katechon, de “detener el mal”. Con lo que resulta que, después de todo, la ambivalencia que había en San Pablo no la han perdido estos rusos por completo. Y eso quizá ayude a explicar un tanto la, por otra parte, paradójica política exterior rusa: que lo mismo apoya la unidad de España que juguetea con la secesión de Cataluña; lo mismo apoya a la ultraderecha de nuestro país que a la ultraizquierda ídem; lo mismo parece querer salvarnos de nuestros demonios que ansiar enfrentarnos de una vez por todas con ellos. Sin que además quede muy claro que lo que venga luego vaya a ser el Paraíso Final.

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Transparencia y control en las ONG´s

Melchor Miralles

Foto: Andres Martinez Casares
Reuters

Tras Oxfam le toca ahora a Médicos Sin Fronteras, que reconoce ahora que prefirió actuar ella misma antes que le sacaran el escándalo a la luz y que expulsó a una veintena de trabajadores en 2017 por varios casos de abuso sexual, seis de ellos en MSF España. Estos dos asuntos han puesto en el escaparate un asunto del que se viene hablando hace tiempo y que conocemos todos los que hemos viajado a países necesitados de ayuda. Del mismo modo que he visto con mis ojos y grabado con mis cámaras el formidable trabajo de tantos cooperantes que desinteresadamente entregan su vida para salvar la de otros o para aliviar en parte su sufrimiento en docenas de países de los cinco continentes, también he conocido casos como los que ahora se denuncian. Leo que estos días en España se están dando de baja miles de socios de estas ONG, y me alarma todo, porque su trabajo es necesario, incluso imprescindible, para muchos seres humanos que viven desatendidos en sus países devastados.

Estos comportamientos son inaceptables en cualquiera, pero más aún en quienes forman parte de organizaciones que tienen como estandarte principios éticos de solidaridad y ayuda humanitaria. A partir de ahora, las ONG van a tener que hacer un esfuerzo extra de transparencia para recuperar una credibilidad ante los ciudadanos que sería injusto que perdieran por dos casos entre centenares. Proliferan las ONG. Las hay de todos los tamaños, ideologías y dedicaciones.

La mayoría de ellas no son puramente ONG´s, porque reciben cuantiosas ayudas gubernamentales sin las que no podrían sobrevivir, lo cual ya lastra su identidad de inicio. La mayoría de ellas, también, realizan un trabajo ímprobo que agradecen miles de seres humanos de todo el planeta que padecen situaciones irreversibles e insoportables que les llevan a morir la vida y que sin esa ayuda estarían abandonados a su suerte maldita. No sería justo que tres decenas de indeseables reventaran el trabajo de miles de seres humanos maravillosos que se entregan a los demás a cambio de nada. Pero, la verdad, esperaba que, como ha hecho MSF, fueran las propias organizaciones las que hubieran dispuesto de mecanismos de control primero para evitar que sucedieran estos hechos asquerosos y, en caso de no poder evitar que sucedieran, poder ser ellas mismos quienes lo detectaran, denunciaran y sancionaran. Y, estando las cosas como están, han de estar en disposición de garantizar que no van a volver a suceder hechos de esta gravedad. Para ello han de extremar el cuidado en la selección de su personal, y, una vez consumado este, los controles del trabajo sobre el terreno, donde disponen de manga ancha para manejar el presupuesto y para actuar sin que exista una supervisión de su conducta. Intuyo, además, que ha existido miedo en algunos compañeros a denunciar los hechos. Como espero de algunas organizaciones, como por ejemplo Naciones Unidas, una investigación a fondo, porque a ellos también les ha salpicado el asunto, y hay antecedentes, lo cual es más grave por tratarse de la ONU, donde han fallado a veces también las personas y los controles, como sabemos cualquiera de los que hemos visto actuar a las tropas internacionales, sobre todo en África.

Los hechos son graves, y no sería justo que llevara a generar una sospecha generalizada, pero al no ser un caso aislado, es necesario extremar los controles porque la gravedad es insuperable, como el daño que hacen a tantos como entregan su vida a la ayuda y la solidaridad con los más necesitados del planeta, que cada día son más.

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De caravanas de mujeres a casas a un euro: las iniciativas más curiosas para repoblar las zonas rurales

Cecilia de la Serna

Foto: SUSANA VERA
Reuters

El éxodo del pueblo a la ciudad es un drama que no tiene nada de nuevo. Desde hace décadas, las zonas rurales han ido, con pocas excepciones a escala global, despoblándose paulatinamente. Las áreas urbanas se han llenado en detrimento de las campestres. El estudio La sostenibilidad demográfica de la España vacía, publicado por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), refleja en datos esta realidad: más de 4.000 municipios españoles sufren problemas de despoblación, 1.840 localidades ya están consideradas en riesgo de extinción y la peregrinación hacia las urbes se acrecienta.

Para Joaquín Recaño, autor del estudio, la despoblación responde a “un primer factor asociado al envejecimiento, con una relación intensa con variables de estructura; un segundo factor conectado con el ámbito de la emigración y, finalmente, un factor de nido por la cercanía a espacios más poblados”. En cuanto al factor de la emigración, ha sido la marcha de los más jóvenes el más incisivo de todos.

Ante esta problemática estructural, los pueblos que aún y a duras penas se mantienen en pie han puesto en marcha todo tipo de iniciativas para devolverle a la gente sus calles. Desde las ya clásicas caravanas de mujeres a la oferta de casas por un euro, localidades rurales de España y más allá han transformado la desesperación en repoblación, sirviéndose de una admirable creatividad.

Caravanas de mujeres para repoblar con retoños los pueblos

Uno de los clásicos en estas lides es, sin duda, la caravana de mujeres. Westward the Women, una película de William A. Wellman estrenada en 1951 y que relata la historia de Roy Whitman, propietario de un rancho en California, decide ir a Chicago a “reclutar” las mujeres que faltan en su propiedad para sus hombres, sirvió de inspiración para aplicar el concepto en la vida real.

La idea que inició este movimiento surgió en 1985 después de que un grupo de solteros del municipio de Plan, en la provincia de Huesca, vieran esta película y se vieran reflejados en ella. En esta pequeña localidad vivían 40 hombres solteros y una sola mujer sin pareja. Por eso, poner en contacto a los varones del lugar con mujeres de otros lugares (generalmente provenientes de zonas urbanas) parecía una genial y urgente idea. De esta primera iniciativa surgieron 33 matrimonios, con sus consiguientes retoños. Diez años más tarde se creó en Segovia la Asociación de Caravana de Mujeres (ASOCAMU), que ha promovido la celebración de más de 50 caravanas, gracias a las cuales han surgido más de 100 matrimonios. Las caravanas de mujeres, que siguen celebrándose -sobre todo en pueblos de Castilla-La Mancha, Castilla y León y Extremadura-, no han estado exentas de polémica al tratarse, para algunos, de una iniciativa machista.

Miravete de la Sierra (Teruel), el pueblo en el que nunca pasa nada

Miravete de la Sierra es un pueblo de la provincia de Teruel. Es pequeño pero quienes lo visitan aseguran que tiene mucho encanto. Cuenta con un puente de piedra del siglo XVI con suelo enguijarrado que da entrada a un entresijo de calles y casas empedradas. En el centro del pueblo podemos encontrar una iglesia gótico-renacentista de 1574, la Plaza Mayor y el Ayuntamiento. Su especial encanto no evita que se haya despoblado -situación que ha tocado sin excepción a los municipios rurales de Teruel, que han visto menguar sus habitantes de manera incesante-. En Miravete en 1900 vivían 430 personas, en 2017 la población rozaba la treintena.

El pueblo fue objeto en 2008 de un plan de posicionamiento turístico creado por una agencia de publicidad para hacerlo atractivo al turismo rural. Se buscó un pueblo que tuviera las características de tranquilidad, pocos habitantes, con el fin de venderlo como “el pueblo donde nunca pasa nada”, y la iniciativa fue todo un éxito. Uno de sus vecinos, Timoteo, presentaba así a Miravete: “un lugar único lejos del mundanal ruido. En sus apacibles calles no hay coches, no hay semáforos, bueno, de hecho, no hay nadie. La hora punta es la compra del pan”. Aunque su intención no era repoblar el municipio, sino darlo a conocer con fines turísticos -algo que sin duda se logró-, el último año el pueblo contaba con tres habitantes más. Algo es algo.

Casas por 100 euros al mes en Xesta (Pontevedra)

La parroquia de Xesta, en A Lama (Pontevedra), es una de las muchas que en Galicia viven bajo el yugo de la despoblación. Esta pequeña aldea llegó a tener tan sólo 50 casas habitadas de las 176 con las que cuenta el pueblo. Para combatir esta situación, la asociación de vecinos decidió crear un banco de casas antiguas que pusieron en alquiler al módico precio de 100 euros al mes.

De caravanas de mujeres a casas a un euro: las iniciativas más curiosas para repoblar las zonas rurales
En un marco incomparable, en Xesta es posible vivir por 100 euros al mes. | Imagen vía Wikipedia

La iniciativa, obra principalmente de Enrique Vaqueiro, un joven que heredó una de las casas del pueblo de sus abuelos y que estaba apesadumbrado ante la ausencia de gente de su edad en la aldea, fue todo un éxito y los vecinos recibieron numerosas solicitudes. Los criterios de adjudicación eran básicamente tres: querían habitantes jóvenes, que desearan pasar todo el año en Xesta y tener alguna referencia cercana en el pueblo. Además, se pactaron las condiciones entre inquilinos y propietarios, ya que muchas de esas viviendas necesitaban reformas urgentes.

Casas en mitad del paraíso por un solo euro en Ollolai (Italia)

Un paso más allá de los alquileres baratos son las ventas superbaratas. Hace unos días, la localidad de Ollolai, en la isla de Cerdeña, sorprendía al mundo lanzando una gran oportunidad inmobiliaria: casas por un euro. Y es que Italia no está exenta de la despoblación rural, especialmente en el sur. Son 200 las villas ofertadas, que deberán ser rehabilitadas por unos 20.000-30.000 euros en un plazo de tres años pero que, con todo, esta es una ganga en toda regla.

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Un pequeño paraíso en medio de la isla de Cerdeña está a un euro de distancia. | Foto: Ayuntamiento de Ollolai

Cambiar la vida urbana por una más apacible y seguramente placentera no es un sueño solo de ricos. Las autoridades locales han asegurado que ya han vendido tres casas y han recibido más de 100 solicitudes de países de todo el mundo.

100 castillos gratis para dinamizar el turismo

Italia no es nueva en esto de ofrecer gangas en zonas rurales. Una de las más curiosas es obra del gobierno italiano, que en 2017 cedió más de 100 castillos con el fin de restaurarlos y convertirlos en un atractivo turístico de primer orden. Italia recibe anualmente a millones de visitantes, pero sus centros turísticos se reparten entre unas pocas ciudades, mientras que las zonas rurales están, no solo cada vez menos pobladas, sino también más olvidadas en el recorrido del viajero. Por ello, la iniciativa busca a emprendedores menores de 40 años que estén dispuestos a invertir en sus castillos. La cesión de derechos de las construcciones tiene una duración de nueve años, prorrogables otros nueve. Se contempla la posibilidad de alargar las cesiones hasta 50 años si el proyecto lo justifica. La primera tanda de cesiones ya ha terminado, pero el éxito ha sido tal que el ejecutivo ha anunciado que incluirá en la iniciativa otros 200 edificios más en los próximos dos años. Avisaremos a Julita Salmerón, que igual le interesa.

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¿Por qué España lanza su primer satélite espía con SpaceX?

Rodrigo Isasi Arce

España pone en órbita este domingo 18 de febrero PAZ, su primer satélite espía, y lo hace con una de las compañías espaciales más importantes del momento, SpaceX. La historia detrás de su lanzamiento es, sin duda, caótica y conflictiva. Tan sólo dos países europeos, Alemania e Italia, tienen satélites de observación similares, capaces de tomar imágenes día y noche al margen de las condiciones meteorológicas. De esta manera, España entra en el club selecto de los estados con satélites propios dedicados al espionaje. Ante el riesgo que pueda existir, el operador y dueño del sistema, Hisdesat, ha asegurado el PAZ por 160 millones de euros, prácticamente el coste del satélite. El Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armadas (CIFAS) recibirá un 30% de las 100 imágenes de alta resolución que capte diariamente, e Hisdesat ya busca clientes para el 70% restante.

Hisdesat contrató la puesta en órbita del PAZ en 2010 con la empresa rusa ISC Kosmotras, que ya había lanzado con éxito en 2007 y 2010 los satélites alemanes TerraSAR-X y TamDEM-X, gemelos del español. Esta empresa rusa utilizaba el cohete Dnepr, fabricado por la empresa ucraniana Yuzhnoe, para sus lanzamientos. Todo iba bien hasta que, de repente, en 2014, la tensión creciente entre Rusia y Ucrania y la adhesión de Crimea a Rusia provocaron la paralización de los despegues del Dnepr desde territorio ruso.

A raíz del conflicto entre ambos países, la Unión Europa decidió aplicar sanciones y embargos comerciales al país liderado por Vladimir Putin. El lanzamiento del satélite, finalizado en 2015, quedó entonces en un limbo y los retrasos de su puesta en órbita se convirtieron en una constante. Harta de esperar, Hisdesat llevó a Kosmotras ante el Tribunal Internacional de Arbitraje de París por incumplimiento de contrato , y poco tiempo después, el 7 de marzo de 2017, anunció que había contratado a SpaceX, para llevar a finales de año al espacio, de una vez por todas, al PAZ.

Hisdesat optó así por la famosa compañía espacial propiedad del multimillonario Elon Musk, pese a que unos meses antes, el 13 de noviembre de 2016, un cohete Falcon 9 -el mismo que transportará al satélite español- explotó en Florida antes de despegar y acabó con la vida del primer satélite de Facebook, el Amos-6, que iba a llevar internet a varias regiones de África.

Nuevamente, el lanzamiento se ha ido postergando, pero parece que, al fin, podremos ver este domingo cómo el Falcón 9 despega con el PAZ a bordo.

Tecnología punta

El satélite PAZ es la gran apuesta española para cubrir las necesidades de seguridad y defensa, pero está destinado, además, a realizar funciones de carácter civil, aunque en un menor porcentaje. El satélite, cuya carga útil ha sido totalmente desarrollada en España, tiene un radar de apertura sintética (SAR) que le permitirá obtener hasta 100 imágenes diarias de la superficie terrestre. Una vez en su órbita podrá proporcionar seguridad adicional a los más de 2.700 militares españoles desplegados en operaciones en 19 países de África, América, Asia y Europa.

Entre sus componentes más avanzados, están los módulos de transmisión y recepción de datos (TRM), desarrollados por la empresa Indra. Esta tecnología permitirá coordinar la información que recoja el satélite con la de los alemanes TerraSAR-X y TanDEM-X, con lo que podrá cartografiar la Tierra en tres dimensiones.

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El satélite PAZ en las instalaciones de Airbus en Barajas. | Airbus

Su vida operativa nominal es de cinco años y medio, pero con la tecnología de la que dispone es altamente probable que dure el doble. En este tiempo cubrirá un área de más de 300.000 kilómetros cuadrados a 514 kilómetros de altitud viajando a una velocidad de siete kilómetros por segundo.

Con un peso de 1.350 kilogramos, cinco metros de largo y 1,5 metros de diámetro, dará 15 vueltas alrededor de la Tierra cada 24 horas y podrá generar imágenes de hasta 25 centímetros de resolución, de día y de noche, independientemente de las condiciones meteorológicas.

La estación terrestre principal -desde donde se controlará el satélite, se enviarán las órdenes y se recibirán las imágenes- estará en el centro del INTA en Torrejón de Ardoz, Madrid. Además, habrá un centro de respaldo en la estación del INTA en Canarias, que estará de back up en momentos de emergencia.

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