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Condición de hombre

Juan Claudio de Ramón

Foto: Alfredo Aldai
EFE

Me habían advertido que un nuevo colega de la Embajada de Francia se mudaba a la casa de enfrente, de modo que, cuando vi el camión de mudanza y a una pareja que daba instrucciones a los operarios, crucé la calle para saludar y presentarme. Instintivamente estreché le mano del hombre y le pregunté cuales habían sido sus anteriores destinos –un rompehielos habitual en el oficio– sólo para descubrir que el diplomático era ella. Pedí embarazosas disculpas por el equívoco y tomé nota mental de no volver nunca a presumir que en una pareja el trabajo lo tiene el varón.

Nada como protagonizar un episodio de micromachismo para certificar que, en efecto, los micromachismos existen y no son una fabulación de las feministas. A condición de no dar al micromachismo la misma importancia que al machismo a secas ni querer verlo en toda circunstancia o momento. Y es que nuestra capacidad de abordar la realidad con tino se basa sobre todo en la voluntad de distinguir; en este caso, entre episodios graves y leves, o entre improbables casos puros y fenómenos que son poliédricos, que será lo más habitual.

Un ejemplo. Discutía en un bar con unos amigos sobre la manera correcta de interpretar un pasaje de la historia de España. Todos teníamos lecturas e ideas sobre el tema, pero sólo uno había realizado una tesis doctoral sobre el periodo en cuestión. Esa persona, presumiblemente más versada que el resto, era la única mujer del grupo. Yo estaba más interesado en su opinión que en la de cualquier otro, pero no había manera de escucharla entre la desatada facundia de los varones, que nos interrumpíamos unos a otros para anunciar, con carácter de cosa juzgada, el veredicto que pusiera fin a la disputa.

Pensé haber presenciado de nuevo un episodio de micromachismo. «Esto debe de ser el mansplaining», me dije, sin asomo de ironía. Pero pensándolo mejor, me percaté de que la falta de consideración en el debate era generalizada y no dirigida solamente hacia nuestra amiga. Al hacer de la conversación una competición, la desbaratamos. Y pensé que yo, que soy hombre, he sido víctima de un implacable mansplaining toda mi vida. Por parte de mi padre. Quien a su vez, justo es decirlo, ha sufrido el mansplaining de su impertinente hijo en multitud de ocasiones. Sencillamente, los hombres parecemos más propensos que las mujeres a competir y avasallar, ya sea con mujeres o con otros hombres. Y cuando esto sucede el machismo no parece el factor principal, y puede que ni siquiera sea un factor.

Simone de Beauvoir suponía que los hombres no experimentamos la necesidad de preguntarnos qué es ser hombre. «Qu’il soit homme, cela va de soi». Ser hombre va de suyo, y no es preciso interrogarse sobre la situación singular del ser humano masculino en el conjunto de la humanidad. Si esto fue alguna vez cierto, me temo que ya no lo es. La pregunta por el hombre podría traer ciertos beneficios, al descorrer el velo sobre hechos alarmantes pendientes de análisis, como por ejemplo, que la tasa de suicidio sea mucho mayor entre varones que mujeres. Y también podría ayudar a entender mejor algunas conductas sociales de los varones, con otros hombres o con mujeres, que podrían deberse no al machismo sino a otras taras a las que los hombres también tenemos derecho.

Sin embargo, temo que también algo se perderá el día que se creen cátedras sobre unos hipotéticos men studies. Porque estoy convencido, en este como en otros debates que atañen a eso que llamamos identidad, que al final lo que importa es cuanto de típico y genérico hay en los seres humanos; esa capacidad que todos tenemos de darnos cita en un mismo punto del –vamos a llamarla así– alma humana; aquella provincia del ser donde se odia, se ama, se ríe y se sufre de la misma manera, gracias a una naturaleza en común, terrenal o celeste, pero unisex.

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Puigdemont 'reloaded'

José María Albert de Paco

Foto: PASCAL ROSSIGNOL
Reuters

Ojalá la Mesa del Parlament no acepte el voto delegado de los diputados fugitivos. No ya porque de ese modo el órgano rector se estaría ateniendo a lo que disponen los letrados, sino porque, además, ello propiciaría que Puigdemont intentara personarse de incógnito en la Cámara el día de la sesión de investidura.

Lo publicaba ayer El Confidencial, y por mucho que el procés nos haya acostumbrado al esperpento, la noticia merece un ¡paren máquinas!: “(Según fuentes conocedoras de los movimientos de Puigdemont, éste se plantea) acceder camuflado al Parlament el día de la investidura”. Sería, prosigue el diario, una de sus “únicas opciones de repetir al frente del Ejecutivo y evitar el desgaste de un destierro casi perpetuo en Bélgica”.

Dado que el presidenciable ya lleva la peluca de serie, cabría esperar de él un redoble de audacia. Que se disfrazara, por ejemplo, de Inés Arrimadas, aun a riesgo de que en la confusión tuviera que corresponder a un achuchón de Xavier Cima, al que apenas sorprendería el súbito acento tractoriano de su esposa, al cabo un caso milagroso de integración.

Sí, la peculiarísima voz de Puigdemont, ese orfeón de gallos, haría sospechar al más crédulo, pero si Jack Lemmon y Tony Curtis lograron dar el pego, cómo iba a ser menos nuestro Fantomas de Amer. Y si no de Arrimadas, de Mayka Navarro, mímesis que acaso comportara que, sin comerlo ni beberlo, el Puchi fuera reclamado para intervenir donde Ana Rosa.

Bien pensado, no habría nada más infalible que la treta Espartaco, a saber: que todos los diputados soberanistas se hicieran pasar por Puigdemont, lo que permitiría al genuino camuflarse entre ellos, o sea entre sí mismo, obrando así el prodigio de quebrar, al tiempo que la ley, la gramática. Y desvelando, de paso, el único sentido posible de eso que llaman ‘una sola Catalunya’.

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Ideología de género y el género del columnismo

Enrique García-Máiquez

Un amigo de las redes sociales se extraña mucho en público y por privado de que yo escriba en The Objective, señalándome cierta querencia del medio por la ideología de género que él y yo consideramos una malandanza. Me ofrece una ocasión estupenda para reflexionar sobre el papel del columnista en los medios. Y si, de paso, podemos evitar cierto desconcierto en los lectores de una o de otra orilla, mejor que mejor.

Si el columnista sólo pudiese escribir en los medios afines, lo llevaría crudo. Siendo reaccionario, como es mi caso, iría listo de papeles. Sólo podría escribir pintadas en los muros de los palacios decrépitos, y eso tampoco, porque él estaría naturalmente en contra de los graffitti. También se perdería uno de los grandes placeres del escritor, que es ser leído por quienes piensan distinto, ganarse su respeto y, ojalá, a veces, su asentimiento.

Por parte del medio, también hay dos condiciones para que esta relación digamos transversal funcione. Que no esté engañado, por supuesto. Y seguro que aquí no es el caso. El jefe de opinión, que me fichó, me conoce de antiguo y de hondo. Cuando él hablaba de que habría diversas sensibilidades políticas en The Objective, de la socialdemocracia al centro-derecha, ya sabía él que yo me salía bastante del abanico, sin duda, pero es que quería que hubiese, de verdad, diversas sensibilidades. El segundo requisito es el respeto a la libertad del escritor, que aquí ha sido siempre exquisito. Llevo mucho tiempo escribiendo lo que me da la gana y nadie ha dicho ni mu.

Volviendo a la ideología de género, la presencia de voces discordantes (y la mía no es la única) es más importante si cabe. Porque, con independencia de que esa ideología esté equivocada o no, que ese no es el tema de esta columna y habrá que discutirlo después, lo más inminente y peligroso suyo es la unanimidad que pretende imponer, poco a poco, con presión creciente, en ámbitos cada vez más amplios de la esfera pública. Que, en tu pequeño ángulo oscuro, te dejen susurrar “no” es muy importante.

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Ultras reincidentes

Melchor Miralles

Ignacio Racionero, un seguidor ultra del Atlético de Madrid que estuvo detenido y pasó 11 días en prisión preventiva por la muerte del seguidor de la Real Sociedad Aitor Zabaleta en el año 1998, ha sido detenido como presunto autor de las tres puñaladas que recibió ayer un seguidor de su mismo equipo, el Atlético de Madrid, miembro también del grupo ultra Frente Atlético, tras la derrota de su equipo frente al Sevilla en las proximidades del Estadio Wanda Metropolitano.

Racionero, que ha cumplido condena durante 10 años por diferentes atracos, especialmente a farmacias, fue identificado por tres testigos del apuñalamiento, y se encuentra aún detenido en dependencias policiales a la espera de pasar a disposición judicial.

Hablamos del Frente Atlético, pero todos los grupos ultras son lo mismo, y sus miembros reinciden y reinciden, y aún hay directivas de muchos equipos de fuste que dan cobijo a estos vándalos peligrosos porque durante los partidos jalean a los jugadores, e incluso hay jugadores que coleguean con los ultras que les aplauden. En este último caso la víctima no era siquiera del equipo contrario, era uno de los suyos, quizá le miró mal, o vaya usted a saber, porque estos ultras son antes que nada violentos, y tiran de navaja con facilidad, porque van armados y para ellos la vida no vale nada, y menos aún la vida de otro. Los testigos cuentan que la víctima estaba en un bar hablando de fútbol, comentando el partido con otros colegas del Frente Atlético, cuando Racionero, inopinadamente, apareció y apuñaló tres veces al chaval, que era uno de los suyos, y lo sabía, porque llevaba una camiseta del grupo

Racionero pertenece a Suburbios Firm, una facción del Frente Atlético, y fue expulsado por el Atlético de Madrid como socio tras un asalto a un entrenamiento del equipo en Majadahonda, por encararse e insultar a jugadores y entrenadores junto a otros diez ultras.

Algunos de sus conocidos, en declaraciones a los medios, han calificado a Racionero como un tipo “inestable”, “que no distingue entre el bien y el mal”, y mantiene relaciones con el grupo ultra Hogar Social Madrid, a quienes apoya en sus acciones, siempre controvertidas.

Estos ultras reinciden. Por eso hay que vigilarles de cerca. Atacan, hieren y matan, y vuelven a hacerlo. La emprenden con los seguidores del equipo contrario o con quien sea, incluso con los suyos.

Los clubes y los responsables políticos y federativos han tardado mucho tiempo en tomarse en serio la lucha contra estos criminales que son bien vistos por quienes manejan la cosa por ser los que “ambientan” los partidos con sus cánticos y sus insultos a los adversarios. Se les ha bailado el agua, no se les ha combatido y perseguido como es debido, y las consecuencias han sido graves, y siguen dando disgustos y liándola, y como muestra lo sucedido el miércoles. Un chaval de 22 años herido de tres puñaladas tras el partido, y el presunto autor con múltiples antecedentes. No debía haber podido estar siquiera por allí, por los alrededores, armado con al menos un cuchillo. Algo ha fallado, y debieran contarnos qué y por qué. Porque, insisto, era reincidente. Podíamos estar hablando de otro muerto. La tercera puñalada que recibió, en la espalda, podía haberle costado la vida. Y el autor del ataque era conocido por sus antecedentes, graves, gravísimos. ¿Por qué estaba en los alrededores del estadio? ¿Llegó a entrar al Metropolitano y asistió al partido? No lo descarten, y sería gravísimo que hubiera sido así. Es necesaria una investigación porque estos hechos se pueden evitar, se deben evitar. Más aún con tanto reincidente como hay entre los ultras insoportables y canallas.

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Por qué gravar a la banca es una idea legítima

Antonio García Maldonado

Foto: Andrew Kelly
Reuters

La idea de imponer una tasa finalista a los bancos que ha propuesto el PSOE merece más consideración que la burla habitual (muchas veces tan impúdicamente interesada) que se le dispensa a todo lo que venga de este partido. Sin entrar en si el destino final de dichos ingresos suplementarios (las pensiones) es el más adecuado, el Partido Socialista señala en la dirección correcta. El dinero está ahí, o en Apple o en Amazon o en Facebook, no en los autónomos ni en las pymes. Francia y Reino Unido aplican tasas parecidas, aunque no son finalistas.

Los argumentos en contra de la tasa no se sostienen. Se habla de que ese recargo lo pagarán los consumidores en forma de comisiones. Razonamiento que invalidaría cualquier tipo de impuesto indirecto. Como el IVA, que paradójicamente es el que más gusta a los que cargan contra la tasa bancaria. Basta con que se prohíba aplicar nuevas comisiones y las inspecciones sean estrictas al respecto, como se ha hecho ya en otros casos en el sector financiero tras la crisis. Respecto a que “es insuficiente” para la magnitud del problema, sería como pedirle al céntimo sanitario que financiara por sí mismo los sobrecostes del sistema de salud en vez de que ayudara un poco.

No obstante, son los economistas de la Escuela Austríaca, nada sospechosos de tener veleidades socialdemócratas, los que mejor legitiman la nueva tasa. Los representantes de esta escuela hablaban y hablan de Estados y bancos como una perniciosa “sociedad de socorros mutuos”. Al no tener que cubrir con sus depósitos el 100% del capital que prestan, la banca tiene capacidad de generar masa monetaria, amparada en un etéreo aval del Estado sostenido en un “too big to fail” que es innegable que ha funcionado todos estos años. Además, las entidades financieras, a diferencia de pymes y autónomos, cuentan con una institución pública (BCE) como prestamista y avalista de casi primera instancia, no de última. ¿A qué sector se le diseña y crea desde el Estado un banco malo para que no se manche con sus propias malas decisiones?

Por tanto, independientemente de la coyuntura de la crisis, es legítimo considerar que hay una dependencia estructural por la que los bancos deben contribuir más para reparar la crisis político-institucional, si queremos dar por superada la económica. Algo parecido a un cupo por los servicios prestados por el Estado, sin cuyo respaldo implícito los principales bancos se pensarían hacer muchos de sus grandes negocios, en España y en el exterior.

En una interesante columna publicada hace unos días, Ian Buruma, nuevo editor de The New York Review of Books, hacía algunas consideraciones agudas sobre Japón. Se preguntaba por qué no había allí populismos, por más que identificara en el primer ministro Shinzo Abe algunos rasgos ‘trumpianos’. Su diagnóstico conciso era que, por un lado, en Japón seguían funcionando instituciones de intermediación depauperadas en Occidente; y por otro, hablaba de una sociedad con uno de los impuestos de sucesiones más altos del mundo (aumentado en los últimos años, contra la tendencia general global). “La eficiencia no crea de por sí sensación de comunidad”, concluía.

También anotaba un rasgo interesante: los ricos japoneses no hacen ostentación de sus fortunas como hacen sus pares en Occidente, por no hablar de la que hacen gala los rusos o los chinos. El resultado es menos desigualdad y menos percepción de la desigualdad existente. Buruma obviaba rasgos muy negativos de Japón, pero señalaba dos problemas clave de nuestras sociedades, como son la mencionada falta de sensación de comunidad y la percepción de dos injusticias: la generacional y la de clase.

El populismo no ha causado la crisis institucional y política en la que estamos, es su principal síntoma. Si queremos revertir las causas, los bancos y las grandes empresas habrán de aportar mucho más porque habrá que repartir más y mejor. La pornografía financiera de bonus, sueldos disparatados, contratos blindados, pensiones inmorales, fortunas estratosféricas y ostentación yuppie en un entorno de salarios bajos y contratos cutres, tenía y tiene un coste. Parece increíble que creyéramos que no sería así.

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