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Fenomenología del abrazo

Juan Claudio de Ramón

Foto: Alex Brandon
AP

Con qué envidiable aplomo se abrazó Narendra Modi a Donald Trump durante su primera rueda de prensa conjunta. Allí mismo, en la Casa Blanca, frente a cámaras y periodistas. Con suavidad de nieve, dejó caer su cabeza de abuelo de cuento sobre el pecho de su homólogo americano. En las imágenes vemos a un Trump ligeramente tenso, antes de ceder a la implacable ternura del Primer Ministro indio, que repitió su gesto hasta tres veces, sobrepujando los notorios apretones de mano con que su colega gusta de exhibir supremacía. No es la primera vez que lo hace. Los abrazos de Modi son famosos en la escena internacional. No sólo sus pares sino cualquier personalidad que se cruce con él, sin importar la cultura de la que proceda, queda bendecida con un abrazo fraternal, desde Erdogan hasta Zuckerberg.

Para algunos el abrazo de Modi es un gesto compensatorio de algún complejo de inferioridad. Para otros una artera estrategia para desarmar al adversario y acelerar el estrechamiento de vínculos internacionales. O quizá el político indio ha leído a los expertos que sostienen que los abrazos son buenos para la salud, porque liberan oxitocina y bajan la presión sanguínea. Yo quiero creer que se trata de un gesto natural y espontáneo, algo que sencillamente le gusta hacer porque siente el saludo protocolario como una ortopedia desgraciada. Le entiendo bien. Yo me paso la vida dando abrazos, sobre todo por carta. Aunque sé que es correcto y a menudo lo propio, casi nadie a quien conozca por el nombre me parece merecedor del gélido «Saludos» con el que es habitual despedirse por correo, salvo que el destinatario haya ascendido al rango de amigo. A mí me gusta empezar en ese nivel, en el de amigos, y luego ya veremos si nos despeñamos. Según parece es algo cultural. Ya observa Pla que los madrileños estamos todo el día dando empalagosos abrazos –una observación que hace describiendo, de un solo trazo, a Unamuno, que, extrañado en el Madrid de la República, no los daba nunca–.

Tampoco es difícil entender que haya quien se sienta incómodo. El abrazo, como el beso, es un gesto táctil y sensual, una acción que produce, como escribía Gramellini en Il Corriere que me trajo la noticia, una intimidad física con efectos colaterales en el alma. Es comprensible que mucha gente no reciba bien tamaña imposición de cariño, sobre todo por parte de desconocidos. Pero cuando la simpatía existe, el abrazo se convierte en la cima del afecto que se profesan dos personas. También entre amantes, por cierto, por encima del beso. Ayer me decía Manuel Arias, cuya conversación infinita abarca también los dominios del séptimo arte, que el mejor abrazo de la historia del cine es aquel en que se funden, para superar su crisis conyugal, George Sanders e Ingrid Bergman al final de Te querré siempre, la importante y bella película de Rossellini. Y sucede también a menudo que dos personas que se aman se abrazan precisamente porque el beso les está prohibido, como pasa en la inolvidable secuencia final de Lost in Translation, entre Bill Murray y Scarlett Johanson. Eso sin contar con el mejor abrazo de todos, que es el de un niño.

Pero divago, lector. Nos vemos en dos semanas. Hasta entonces,

un abrazo.

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Disforia postcoital, la tristeza después del orgasmo

Lidia Ramírez

Foto: Flickr

Ya lo dijeron los romanos: “post coitum omne animal triste est” (después del coito, todo animal está triste). Bajón, lloros, sentimiento de tristeza y culpa, melancolía… muchas son las personas que aseguran sufrir estos sentimientos después de llegar al orgasmo. La ciencia lo ha bautizado como disforia postcoital y ocurre con más frecuencia de lo que pensamos. Pero, ¿cuáles son las causas de esta conmoción después de un acto, supuestamente, placentero?

Para la sexóloga Ruth Ousset, es una cuestión de educación y cultura. “Muchas personas utilizan el sexo como una forma de recibir cariño. ¡ERROR! El sexo es sexo, y el amor y el cariño son cosas diferentes”, explica la terapeuta de pareja, para quien hay mucha gente que aún no ha normalizado el acto sexual: “yo los llamo gente Disney, es decir, la mujer que busca a su príncipe azul y el hombre que busca a su princesa”.

Por lo general, la disforia postcoital es un fenómeno que ocurre, sobre todo, en aquellas sociedades que carecen de una educación sexual solida y normalizada. “Durante el acto sexual florecen los besos, caricias, arrumacos… todo con un fin, llegar al orgasmo. Sin embargo, en muchas ocasiones, alcanzado el clímax, todo esto desaparece”. Es aquí cuando florece el sentimiento de frustración. Por ello, para la psicóloga, es muy importante la comunicación entre la pareja. “Si necesitas un abrazo, pídelo”, hace hincapié Ousset.

Por otro lado, está ese sentimiento de fracaso y desilusión tras el sexo por razones biológicas. Según explica el psiquiatra británico Richard Friedman, la amígdala –la parte del cerebro que regula la ansiedad y el desasosiego– deja de funcionar durante la cópula. Cuando esta acaba, vuelve a recordarnos que los problemas siguen ahí. Por lo que en este sentido, para Friedman, la disforia postcoital sería un efecto secundario de la vuelta a la realidad biológica natural después del clímax.

Sin distinción de sexos

Aunque todos los estudios al respecto, según la terapeuta de pareja, analizan este fenómeno en la mujer (una investigación en 2004 publicada en International Journal of Sex Health estableció que hasta el 10% de las mujeres lo sufrían de forma habitual) “la disforia postcoital no distingue de sexos”. “Los hombres también lloran después del sexo, lo que pasa que socialmente a la mujer se le ha dado permiso para llorar y al hombre no”, enfatiza.

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El caso en contra de la izquierda

Axel Capriles

Foto: Palacio de Miraflores
Gobierno de Venezuela

Venezuela se ha convertido en una papa caliente para la izquierda política.
Es un caso embarazoso, incómodo. A pesar de que ser de izquierdas es un
significante vacío y el término nacido del lugar en que se sentaron los diputados franceses con respecto al presidente de la Asamblea Nacional Constituyente del 14 de julio de 1789 ha perdido todo sentido en los tiempos contemporáneos, una especie de atonía o inercia intelectual hace que la gente de izquierdas se vea a sí misma como progresista. No es inusual escuchar a miembros de partidos socialistas definirse como reformistas, vanguardistas, democráticos, plurales, a declarar como valores propios la igualdad, el pacifismo, la honradez, el altruismo, la defensa de los menesterosos, el ecologismo. Venezuela aparece, entonces, en el escenario mundial para poner en duda todos esos principios, como evidencia empírica del fraude y fracaso del socialismo, como prueba fehaciente del engaño ideológico. Si la revolución cubana ya había servido como demostración suficiente, la revolución bolivariana actualizó y descubrió de manera burda y escabrosa la devoradora pasión que utiliza los ideales más excelsos para asaltar y preservarse en el poder.

Vista la trama de corrupción urdida por la izquierda latinoamericana, la red
de cohechos entre Hugo Chávez, Ignacio Lula da Silva, Néstor y Cristina Kirchner, Evo Morales y Daniel Ortega, ser de izquierdas en América Latina ha pasado a significar ser autoritario, corrupto y farsante, ser depredador de su propio país. Venezuela es la yaga, el espejo en el que deben reflejarse los cómodos coqueteos con las veleidades revolucionarias. Ser de izquierdas significa saquear al pueblo en nombre del pueblo, empobrecer a la gente para dominarla, darle dádivas para subordinarla. El Socialismo del siglo XXI arrasó con los medios de producción y la economía hasta producir una rara especie de escasez y hambre en medio de una abundancia y riqueza natural poco frecuente. No sólo repotenció el personalismo y el caudillismo, sino que comerció con la dignidad humana y desintegró la hebra y los nudos que constituyen la trama social. La revolución bolivariana hizo realidad las profecías fatalistas de Simón Bolívar en su carta al general Juan José Flores, en 1830: “este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad…” volverá al caos
primitivo.

A pesar de que el caso Venezuela luce una caricatura, más que una
realidad, y se ha convertido en un compendio de los vicios humanos ocultos tras una doctrina política, su ejemplo ha servido para desenmascarar la sustancia de la izquierda política: ser el escondrijo de los complejos históricos y las fuerzas regresivas de la sociedad. Si la política es un terreno marcado por la distancia entre la palabra y los hechos, la izquierda es su más eximio representante. Lejos de ser una vanguardia reformista, los partidos socialistas, aún los más democráticos y modernos, defensores del Estado prestacional, son los principales obstáculos de la sociedad abierta capaz de auto-organizarse y auto-regularse al margen del dominio del Estado. Son el impedimento para el ajuste de la sociedad a los avances tecnológicos, la innovación y la evolución de la consciencia.

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El ciudadano lee

Valenti Puig

Foto: MIGUEL VIDAL
Reuters/Archivo

La política a golpe de “twitter” subordina aún más el ejercicio de la ciudadanía al todo a un euro o al “fast-food”. De forma más súbita que paulatina, dejamos de leer. Aunque un poco más comedido en los últimos tiempos, Donald Trump tuitea ahí donde Demóstenes o Lincoln recurrían a la grandeza de la palabra. Entre las últimas patologías tan agresivas del “twitter”, el nuevo director de los “mossos d’esquadra” en Cataluña hace un año tuiteó que ya era hora de irse de España porque los españoles le daban pena. ¿Qué historia de España habrá leído? ¿Conoce los artículos fundamentales de la Constitución de 1978? ¿Ha leído algo de provecho en toda su vida de agitador independentista?

Nuevos planes para la promoción de la lectura aparecen y reaparecen sin más resultado que la fotografía del político que la lanza, sin más beneficio que el de quienes lo organizan como “marketing” de un evento y con un coste económico tan estéril como erosivo para el dinero público. Así pegamos calcomanías de versos en los cristales del metro, repartimos versiones “soft” de Esquilo y explicamos los lugares comunes de la lectura a adolescentes que están más pendientes de su iPhone. Al hablar del sistema educativo finlandés como modelo a veces se deja de lado que la buena competencia lectora de los alumnos finlandeses algo tiene que ver con el vasto sistema bibliotecario finlandés, muy bien interconectado, de acceso fluido, hasta el punto de que el 80 por ciento de los finlandeses hacen uso regular de las bibliotecas.

También se olvida que en la Europa del siglo XIX, especialmente en Gran Bretaña, la novela era entretenimiento y a la vez un canal para la transmisión de las ideas reformistas. Por ejemplo: viajar en tren duplicó la demanda de novelas y sí fue como aparecieron las librerías en las estaciones ferroviarias, hasta el punto de que en Francia –por ejemplo- surgió una “littérature de gare”, asequible, de lectura placentera aunque con un nivel de estilo que hoy no mantienen ni los autores más celebrados. En la “littérature de gare” se transmitía más una idea del goce que una idea de la reforma. Todo eso desembocó en uno de los grandes inventos del siglo XX que fue el libro de bolsillo.

Las cosas han cambiado. No se ven lectores de libros ni en los trayectos de Vueling ni en los vagones del AVE. Prácticamente, tampoco se ven lectores de prensa. En los chiringuitos de estación hay más chuches que incentivos para la lectura. Sin embargo, la ciudadanía consiste en conocer los problemas de la
sociedad en la que uno vive –algo que favorecían las novelas decimonónicas- y contrastar las distintas formas de solventarlos. ¿Cómo conocer y contrastar según simplifiquen las mínimas pulsaciones de un “twitter”? A diferencia del nuevo director de la policía autonómica de Cataluña, un ciudadano lee. Con
Gutenberg llegó la posibilidad de libre examen. Era una práctica hoy obsoleta, especialmente cuando se es director de los “mossos d’esquadra”.

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El Perro

Daniel Capó

Foto: ALBERT GEA
Reuters/Archivo

Cuenta Raül Garrigasait en su ensayo El gos cosmopolita i dos espècimens
més
(Acontravent, 2012) que el viejo filósofo griego Diógenes el Perro fue el primero en pronunciar la palabra “cosmopolita”, esto es, en definirse como “ciudadano del mundo”. El sentido, de todos modos, era muy distinto al actual: no se refería a la alta cultura que se contrapone a un provincianismo de horizonte estrecho, como solemos hacer hoy en día. Se trataba más bien de una provocación hecha en tono de burla que rechazaba la política, las leyes, la civilización y, en definitiva, todo lo que caracteriza la vida pública. Cosmopolitas serían entonces los animales y las plantas, según explica con brillantez Garrigasait: «El hombre –leemos en el libro, interpretando las palabras del Perro– es el animal que ha tenido la desgracia de ser más que un animal. Eliminar este más resulta necesario para ser un verdadero cosmopolita a la manera de Diógenes».

Sin embargo, ese más contiene la clave de toda experiencia humana. Es el más que mueve a Ulises y a Alejandro; pero también a Sócrates, a Heródoto, a Aristóteles y a Platón. Es el más que canta la sabiduría hebrea en un versículo memorable del Salmo 18: “et eduxit me in latitudinem” (“y me sacó a espacio abierto”). Salir a espacio abierto, no dejarse aprisionar por las servidumbres del presente o del pasado; de la geografía, de las clases sociales, de la mediocridad o de las circunstancias; de las limitaciones de la educación o de la cultura. Es el más que nos invita a ser mejores y que nos hace cosmopolitas. Porque quizás la auténtica definición del cosmopolitismo no sea la original del griego Diógenes, sino la que es consecuencia de la Historia y nos arraiga en la universalidad de la experiencia humana. Y por eso mismo, con el salmo, el cosmopolita anhela salir a un espacio abierto que no sea sólo el de nuestra estricta tradición, sino la tierra fértil de todos los siglos.

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