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Las leyes de la ciudad

Juan Claudio de Ramón

No recuerdo si Sófocles registraba la estación del año en que se desarrollaba la acción de Antígona. Se me antoja pensar que era verano, porque en verano las plazas parecen más duras y las leyes más duras y el mundo un lugar menos propicio al acuerdo y no en balde decimos que es el sol quien hace justicia. Empecé la semana conmovido por el caso de Charlie Gard, que ya no está. Tenía once meses, era ciego, era sordo, y vivía entubado porque sus células se negaban a crecer y no quise seguir leyendo porque se me rompía el corazón. Hace unos días sus padres dieron por perdida la batalla legal emprendida contra el hospital pediátrico de Londres que les denegaba el permiso para trasladar a Estados Unidos a su hijo, donde quizá –sólo quizá- un tratamiento experimental podía hacer que Charlie salvara la vida, tuviera una. Una campaña en redes, merecedora de la atención de Donald Trump y el papa Francisco, había recaudado más de un millón de libras para pagar viaje y tratamiento. Pero los médicos estaban convencidos de que prolongar la vida del hijo era prolongar su sufrimiento. El juez dio la razón al hospital y autorizó que Charlie regresara al lugar del que tal vez nunca había salido del todo.

El caso me pareció paradigmático del clásico desencuentro entre ley y conciencia, entre individuo y Estado. Y, aunque quien lee la historia como yo en los periódicos sospecha que el Estado hizo lo correcto, será difícil que se extinga en el fuero interno de los padres la voz que les dice que la ley privó a Charlie de su última baza y a ellos del derecho a tutelar hasta el final la vida que habían engendrado. Y hete aquí que al día siguiente de saber de Charlie Gard, conozco la historia de Juan Rivas, la mujer que ha decidido desobedecer a la justicia y no entregar a sus hijos al padre italiano sobre quien pesa una condena por malos tratos dictada en 2009. De nuevo la conciencia que desafía la ley. De nuevo también el apasionamiento promovido por una legión de opinadores anónimos, algunos de buena fe, otros motivados sólo por su irrefrenable voluntad de exhibir virtud. Cuantos más detalles se han sabido de la historia íntima de esta pareja naufragada, más difícil se ha vuelto poner etiquetas y zanjar la cuestión con un par de cómodos epítetos, a la manera de twitter.

Lo cierto es que el conflicto entre ley y conciencia nunca está saldado. La inmortal tragedia de Sófocles vuelve al escenario cada vez que nos parece que la justicia no es digna de tal nombre. Pero parece un poco arbitrario querer representar los dos papeles a la vez: el de Creonte para invocar inflexible la justicia que condenó a Francesco Arcuri a una pena de tres meses de cárcel y el de Antígona para rechazar la ejecución de una sentencia, confirmada en apelación, que dice que el padre tiene derecho a volver a ver a sus hijos. Toda nuestra civilización depende del hecho de que tengamos confianza en que las leyes de la ciudad, leyes que nos hemos dado democráticamente y que son aplicadas de manera garantista por profesionales, merecen, no devoción, pero sí respeto y, en última instancia, el primado sobre nuestros deseos o convicciones. El error, incluso el error trágico, no está, por desgracia, excluido, pero afortunadamente el sistema cuenta con salvaguardas y filtros suficientes como para pensar que lo normal es que los jueces, asistidos por la fiscalía y los psicólogos forenses, arbitren una solución razonable que no sancione violencia ni ponga en peligro a los menores. Por eso, a los responsables públicos les pediría que, en lugar de contribuir a la confusión con opiniones a la ligera, trabajen para que las partes se citen de nuevo pronto en el juzgado. A los demás, más nos valdría guardar una prudente circunspección. Definitivamente, agosto no necesita más jueces.

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El verano de Piglia

José Antonio Montano

Foto: JORGE SILVA
Reuters

No hay nada como tener un autor para un verano lector. Yo este verano he tenido a Piglia. Ha sido, para mí, el verano de Piglia.

Recuerdo otros veranos: el verano de Jünger (1991), el verano de Bernhard (2004). Ernst Jünger, con su fama de frío, me estuvo calentando después todo el invierno; sentía vivamente la brasa de aquella lectura –el calor del verano y el calor de ‘Radiaciones’–, como una estufita para los días desapacibles. Y Thomas Bernhard dejó electrificados, tensos y sin grasa, vigorosos, regocijantes, los meses (¡y años!) que siguieron.

Ahora ha sido el escritor argentino Ricardo Piglia, que murió a los setenta y cinco años en enero de este 2017. Yo no lo había leído, porque por lo que había leído sobre él pensaba que era un autor programático. Es decir, de los que tienen una teoría y luego escriben sus obras como ‘ejemplos’ de su teoría; obras que salen entonces medio muertas y como forzadas: aquejadas de abstracción. Pero Piglia no es eso. Tuve la suerte de empezar por ‘Los diarios de Emilio Renzi’ (y no porque me interesara Piglia, sino porque me interesan los diarios) y ahí me encontré su relación apasionada y nada programática con la literatura. También me había hecho la idea de que Piglia era pomposo y tampoco: como todos los maestros, es ligero, juguetón. Abre más que cierra.

Los dos primeros tomos de los diarios los leí a principio de julio. Para finales de agosto me había leído en total once libros de Piglia. El duodécimo ha sido el tercer y último tomo de los diarios, que se ha publicado en septiembre. He vuelto ahora a Piglia para terminar el verano y que sea así, definitivamente (¡programáticamente!) el verano de Piglia.

De los diarios me ha gustado su textura: cómo da cabida al ruido diarístico, el ruido de la escritura sin pulir; y que eso funcione. He leído diarios así que no funcionan, que se hacen aburridos. El de Piglia no, por puro mérito literario. Todo diario trabajado es un jardín, y la mayor sofisticación es que ese jardín retenga su aspecto agreste. Piglia lo consigue. Y además introduce variables estructurales que constituyen (¡por decirlo con el lenguaje de los profesores!) una reflexión sobre el género diarístico.

Los elementos del mundo de Piglia son limitados, controlables. Por eso se familiariza uno enseguida con él y los disfruta. Profundizando en ellos, naturalmente: son elementos contados pero fecundos. Escribe sobre la relación entre la ficción y la verdad (sobre el secreto, el enigma y el misterio, y sobre lo que él llama “la ficción paranoica”), sobre el acto de la lectura y sobre el lector como personaje, sobre el escritor también como personaje, sobre el escritor como crítico, sobre el amor y la pérdida, sobre el dinero, sobre filosofía, sobre psicoanálisis, sobre las quiebras del sujeto, sobre la vida en los márgenes, sobre la incidencia de la política en la vida (algo particularmente abrasivo en Argentina; se aprecia como en ningún otro sitio en la primera parte del tercer tomo de sus diarios, titulada “Los años de la peste”). De su mundo forman igualmente parte ‘sus’ escritores: los argentinos Borges, Arlt, Sarmiento, Alberdi, Macedonio Fernández o Manuel Puig; los extranjeros que vivieron en Argentina Gombrowicz o Hudson; y Kafka, Hemingway, Pavese, Joyce, Faulkner, Brecht o Bernhard, al que imita a veces.

En una de las anotaciones diarísticas, escrita cuando arrasa la moda del ‘boom’, se dice (y le dice al lector futuro) que debe mantenerse apartado de esa moda, trabajando a su ritmo y en su silencio. Uno de los gustos de leerlo ahora es comprobar que acertó: sus libros se mantienen cuando muchos de los otros han pasado.

¿Qué le aconsejaría al lector que quiera iniciarse en Piglia (¡aunque sé que son muchos los lectores ya iniciados en Piglia!)? Propongo los tres tomos de los diarios (o al menos el primero); el libro de cuentos ‘Nombre falso’, que incluye la novela corta de igual título; la novela ‘Respiración artificial’; y los libros de ensayos ‘Formas breves’ y ‘El último lector’. (De entre sus numerosos vídeos, recomiendo también las conferencias sobre Borges).

Por mi parte, tengo aún tres libros de Piglia sin leer, tres novelas: ‘La ciudad ausente’, ‘Plata quemada’ y ‘Blanco nocturno’. Me las dejo ya para el invierno. O sea, para el verano austral.

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Garzón en Münzer

José Carlos Rodríguez

Foto: Luca Piergiovanni
EFE

Bernt Rothmann, amigo de Lutero, sufrió una violenta conversión a la nueva fe desde su acendrado catolicismo. Era un hombre elocuente, y forjó una pléyade de seguidores en Munzer que creían a pies juntillas la necesidad de imponer el comunismo más estricto. Ya no había tuyo, o mío. Jan Matthys, anabaptista, envió a sus “apóstoles” a la ciudad para que bautizasen a todo Münzer. Rothmann volvió a convertirse y abrazó la fe anabaptista. Aquél 1534 la ciudad alemana era ya un hervidero religioso cuando otro hombre, Jan Bockelson, con el apoyo de un rico industrial inició su apostolado particular. Andaba por las calles profiriendo alaridos y llamando a los vecinos al arrepentimiento por sus pecados. A su paso se retorcían los cuerpos de los vecinos, atormentados por las imágenes de un apocalipsis inminente. En ese ambiente de excitación, los anabaptistas, apoyados por los gremios, tomaron el ayuntamiento. Muchos luteranos, aterrorizados, abandonaron Münzer. La ciudad veía la llegada de anabaptistas procedentes de otros lugares, ávidos por ver con sus propios ojos la Nueva Jerusalén. Se hicieron con el control de la ciudad, lo que celebraron con una inmensa pira de libros, pinturas, estatuas. Una revuelta, una locura, que sólo necesitaba de un líder para que su éxito fuera completo. Fue entonces cuando llegó el propio Jan Matthys.

Matthys se convirtió en el dictador de la ciudad. Ordenó el degollamiento de católicos y luteranos, pero oyó los consejos que le decían que una mera expulsión crearía menos recelos en el negro mar que rodeaba la isla de santidad que era Münzer. Confiscó la propiedad de los expulsados. Un herrero protestó por la política impuesta por un extranjero (Matthis era de Haarlem), y pagó con una ejecución pública su atrevimiento. El terror se combinaba con severas advertencias de que poseer dinero atentaba contra el cristianismo.

La ciudad estaba sitiada por fuerzas católicas. Matthys salió de la ciudad para librarla del cerco junto con unos cuantos hombres, pero fue aplastado. Entonces Münzer cayó en manos de Bockelson. Él abolió todas las instituciones municipales e instituyó un gobierno formado por doce ancianos y él mismo, a los que confirió poder absoluto sobre la vida y la propiedad de los vecinos. La pena capital era la respuesta a cualquier tipo de insubordinación.

Cuando cedió el cerco sobre la ciudad, Bockelson se proclamó Rey y Mesías de los Últimos Días. Comenzó a vestir con todo lujo. Colocó en el centro de la plaza un trono revestido de paño de oro. Bockelson ordenó cambiar los nombres de todas las calles. Confiscó todos los caballos y se los entregó a sus hombres, que pronto comenzaron a compartir los frutos del expolio. Se imponían trabajos forzados y cualquier “excedente” en manos de un ciudadano era penado con la muerte.

El entusiasmo del pueblo por el anabaptismo y la Nueva Jerusalén empezó a brillar mucho menos. Entonces, Bockelson expuso ante todo Münzer cuál era la justificación del nuevo sistema. Él, y los suyos, habían muerto al mundo y a la carne. Eran, pues, espíritus “puros”. Y no importa lo que hicieran, eran incapaces de pecar. Los que aún albergasen alguna duda sólo debían esperar, pues Bockelson y los suyos eran sólo la avanzadilla de un nuevo orden, en el cual también ellos podrían disfrutar de esos lujos. Un nuevo cerco a la ciudad dio fin al régimen del amor impuesto en Münzer, un año después. El final fue agónico para la población, que veía cómo los dictadores de la ciudad comían con desmesura los víveres que a ellos les faltaban.

Predicar el comunismo, la justicia infinita y el gobierno basado en el amor y seguir personalmente un comportamiento contrario no es un invento de Alberto Garzón.

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Las dos naciones

Daniel Capó

Foto: ALBERT GEA
Reuters

La propaganda más efectiva se asienta sobre un relato simple, a menudo de carácter maniqueo. Sería el caso, por ejemplo, del mito de las dos Españas, que recorre el debate nacional desde hace casi dos siglos. Las dos Españas: la buena y la mala, la progresista y la conservadora, la democrática y la autoritaria, la moderna y la arcaica, la natural y la artificial, la federal y la centralista. Por supuesto que no se trata de una particularidad española, como subrayó de modo certero el profesor Vicente Cacho en su lectura de Ortega y Gasset: «La imagen de las “dos naciones” se había convertido, hacia la década de los 70 del siglo XIX, en un lugar común del lenguaje culto europeo para referirse a cualquier clase de seccionalismo –económico o político, mental o geográfico– que pudiera detectarse en el seno de los países más avanzados del Viejo Continente.» Y, en efecto, ilustra Cacho, Disraeli escribió sobre la existencia de dos naciones que se ignoraban mutuamente en Inglaterra. Asimismo se hablaba de una Italia “legal” –administrativa, se entiende– frente a otra “real”. Y en Francia se podía distinguir un país revolucionario frente a otro que se mantenía apegado a la tradición.

No nos hemos alejado en exceso de ese relato romántico, que resulta útil para exacerbar las pequeñas diferencias y movilizar a las masas, pero no para cohesionar una sociedad, ni para modernizarla o dotarla de músculo moral, ni tampoco para ensanchar su campo de libertades, derechos y deberes. Las dos Españas son un mito magnífico para los que pescan en las aguas revueltas de las identidades enfrentadas o para la guerra cultural que promueven los agitadores de masas, por no hablar del combustible que supone para avivar las brasas del resentimiento. Desconfiar de las caricaturas del romanticismo político es una medida de higiene más que necesaria cuando –como una yegua que regresa del pasado– quieren enfrentarnos unos a otros en nombre de una visión plebiscitaria de la democracia.

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La trama del tesoro oculto

Valenti Puig

Foto: Josep Lago
AFP

Una de las facetas más abradacabrantes del secesionismo en Cataluña es pretender crear un
estado “ex novo” sin tener la menor noción de lo que es un Estado. Por ejemplo: Derecho en un
Estado moderno –decía el profesor Ángel Latorre- es el conjunto de reglas de conducta
obligatorias establecidas o autorizadas por el Estado mismo y respaldadas por su poder. No deja
de asombrar que la demagogia de presuponer a la democracia por encima del Derecho haya
calado tanto en la masa independentista. Ese nacionalismo primario y recreativo no puede
asumir que todos nos hayamos puesto de acuerdo para pararnos en un semáforo que esté en
rojo, ni comprende la laboriosidad histórica que implica sustentar el “continuum” legítimo de
un Estado. En esa proliferación exponencial del absurdo, teniendo ya convocado un referéndum
ilegal, Puigdemont escribe al Rey y al presidente de gobierno para negociarlo. Es una travesura
como para sentirse rejuvenecido, como un niño hiperactivo al que le dan un helado y se calla,
hasta que exige que le den otro helado.

Ahora Puigdemont parece entretenerse jugando al escondite con el Estado, tanto por lo que
respeta al censo, las mesas y las urnas, las papeletas y el orden público como en sus decisiones
improvisadas, y propias de un “kamikaze” que no sabe pilotar el avión, sobre la financiación
camuflada del referéndum convocado para el 1 de octubre. Ahí entramos en la trama del tesoro
oculto. Sin derecho alguno a disponer de fondos presupuestarios para los pagos de un
referéndum ilegal, la Generalitat está practicando todo tipo de añagazas elementales, como si
desconociera la capacidad de control del Estado sobre el uso del dinero de los contribuyentes. El
gobierno de Mariano Rajoy se propone intensificar el desvío de recursos públicos para el
referéndum ilegal. Al pretender usar a su antojo del tesoro oculto, la Generalitat ha obligado al
Estado a ejecutar los pagos sustanciales al margen de la institución autonómica. Al
independentismo eso le lleva a la demagogia de denunciar una intervención armada y a
propugnar la desobediencia civil, aunque lo que hace el gobierno es estrictamente redirigir el
gasto hacia servicios esenciales. De todos modos, de aquí al 1 de octubre veremos reaparecer el
eslogan de España nos roba sin que de una parte se tengan en cuenta las partidas
cumplimentadas del Fondo de Liquidez Autonómica –el FLA- ni el alto riesgo, de otra parte,
que representa la tan elevada deuda pública de la Generalitat.

Es a la vez ineludible y sumamente desventurado para la estabilidad de Cataluña y la
convivencia hispánica en su conjunto que el Estado deba intervenir “hasta restaurar la
legalidad” cuando la Generalitat elude las leyes que son para todos. Esa intervención
proporcionada del Estado habrá sido una decisión más que incómoda. De hecho, nadie parece
tener más ganas de ir a la cárcel que Carles Puigdemont y a nadie se le ve con menos afán de
ejercer de carcelero que a Mariano Rajoy.

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