El Subjetivo
Salvados por la misantropía
Jonathan Ernst / Reuters
15.02.2017 Un rasgo del rebrote populista, bien conocido pero no suficientemente señalado, es la repersonalización de la política, que se cifra en nuestro renovado interés por saberlo todo de la personalidad de nuestros gobernantes. Nos interesamos así por las prendas morales que los adornan o las máculas en su carácter, por su visión del mundo y por cómo la adquirieron, por su disposición a la templanza o su  temperamento impulsivo, por saber, en suma, si impera en su vida el método o el desorden, la razón o el deseo, el vicio o la virtud. El caso más espectacular de líder sometido a retrato psicológico constante es Donald Trump y, por extensión, todo su gabinete. Últimamente, al lector de periódicos le asalta un nombre tras otro, seguido siempre de su prolijo perfil personal: Bannon, Sessions, Mattis, De Vos, Kushner. Nombres de personas cuyas motivaciones y convicciones íntimas nos es de pronto muy importante conocer y evaluar.

Sin embargo, del juez federal que ha anulado la controvertida orden ejecutiva que prohibía la entrada en Estados Unidos de naturales de ciertos países, no sabemos nada. De la biografía de este juez (¿o era jueza?) no hemos leído un solo dato; si su nombre apareció fugazmente en alguna crónica, ya lo hemos olvidado. Meditando sobre este contraste, nos damos cuenta del significado profundo de lo que hemos llamado checks and balances: la atenuación de la importancia de la personalidad en política. Por la boca del juez habla la ley, no su vida. Es posible que sus opiniones luchen también por manifestarse, pero se verán constreñidas en por la férula impersonal de la ley. Montesquieu, claro. Fue él quien enseñó que acaso las pequeñas repúblicas de la Antigüedad, compactas y patrióticas, podían edificarse sobre la virtud de sus gobernantes; una sociedad liberal moderna, que permite y alienta la pluralidad en su seno, debe, en cambio, ponerse siempre en lo peor, que es el peligro potencial de ser gobernada por el más descarriado de los hombres. Y para conjurar ese riesgo, explica Judith Shklar en su sagaz estudio sobre la virtud civilizatoria del vicio de la misantropía, el orden liberal reemplaza la personalidad por el procedimiento.

Y es que el liberalismo nace de una desconfianza irrevocable hacia el carácter fallido del ser humano (su fuste torcido, diría Kant). En toda teoría del gobierno constitucionalmente limitado late una psicología moral misantrópica que puede tener benignos efectos políticos. De seguro, no siempre apreciaremos las ventajas del procedimiento: los detractores de Trump celebran que los jueces acoten su poder, pero olvidan que en el pasado fue Roosevelt el que se las tuvo tiesas con el Tribunal Supremo para sacar adelante el New Deal. La separación de poderes no siempre nos dará satisfacción, pero es el mejor antídoto que hemos inventado contra las malas pasadas que, tarde o temprano, termina por jugarnos nuestra desfalleciente naturaleza.