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Salvados por la misantropía

Juan Claudio de Ramón

Un rasgo del rebrote populista, bien conocido pero no suficientemente señalado, es la repersonalización de la política, que se cifra en nuestro renovado interés por saberlo todo de la personalidad de nuestros gobernantes. Nos interesamos así por las prendas morales que los adornan o las máculas en su carácter, por su visión del mundo y por cómo la adquirieron, por su disposición a la templanza o su  temperamento impulsivo, por saber, en suma, si impera en su vida el método o el desorden, la razón o el deseo, el vicio o la virtud. El caso más espectacular de líder sometido a retrato psicológico constante es Donald Trump y, por extensión, todo su gabinete. Últimamente, al lector de periódicos le asalta un nombre tras otro, seguido siempre de su prolijo perfil personal: Bannon, Sessions, Mattis, De Vos, Kushner. Nombres de personas cuyas motivaciones y convicciones íntimas nos es de pronto muy importante conocer y evaluar.

Sin embargo, del juez federal que ha anulado la controvertida orden ejecutiva que prohibía la entrada en Estados Unidos de naturales de ciertos países, no sabemos nada. De la biografía de este juez (¿o era jueza?) no hemos leído un solo dato; si su nombre apareció fugazmente en alguna crónica, ya lo hemos olvidado. Meditando sobre este contraste, nos damos cuenta del significado profundo de lo que hemos llamado checks and balances: la atenuación de la importancia de la personalidad en política. Por la boca del juez habla la ley, no su vida. Es posible que sus opiniones luchen también por manifestarse, pero se verán constreñidas en por la férula impersonal de la ley. Montesquieu, claro. Fue él quien enseñó que acaso las pequeñas repúblicas de la Antigüedad, compactas y patrióticas, podían edificarse sobre la virtud de sus gobernantes; una sociedad liberal moderna, que permite y alienta la pluralidad en su seno, debe, en cambio, ponerse siempre en lo peor, que es el peligro potencial de ser gobernada por el más descarriado de los hombres. Y para conjurar ese riesgo, explica Judith Shklar en su sagaz estudio sobre la virtud civilizatoria del vicio de la misantropía, el orden liberal reemplaza la personalidad por el procedimiento.

Y es que el liberalismo nace de una desconfianza irrevocable hacia el carácter fallido del ser humano (su fuste torcido, diría Kant). En toda teoría del gobierno constitucionalmente limitado late una psicología moral misantrópica que puede tener benignos efectos políticos. De seguro, no siempre apreciaremos las ventajas del procedimiento: los detractores de Trump celebran que los jueces acoten su poder, pero olvidan que en el pasado fue Roosevelt el que se las tuvo tiesas con el Tribunal Supremo para sacar adelante el New Deal. La separación de poderes no siempre nos dará satisfacción, pero es el mejor antídoto que hemos inventado contra las malas pasadas que, tarde o temprano, termina por jugarnos nuestra desfalleciente naturaleza.

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El incómodo momento de Puigdemont con Évole por el referéndum independentista de Kurdistán

Redacción TO

Ocurrió este domingo por la noche. Salvados, el programa de análisis de la actualidad de La Sexta conducido por Jordi Évole, no iba a comenzar todavía su emisión, pero la situación en Cataluña ha obligado a los productores a hacer un especial sobre el tema. El invitado estrella del programa fue el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, al que Jordi Évole, también catalán, preguntó profusamente por el referéndum independentista del 1 de octubre. El programa tuvo su momento culminante cuando el presentador le preguntó a su entrevistado por el referéndum independentista del Kurdistán iraquí, que se celebra este lunes sin el consentimiento del Gobierno central del país asiático. La conversación discurrió así:

Jordi Évole: “La casualidad ha querido que mañana, lunes, haya un referéndum por la autodeterminación del Kurdistán. ¿Está usted a favor de ese referéndum?”

Carles Puigdemont: “Sí, claro. Estoy a favor del referéndum de autodeterminación de todos los pueblos y el Kurdistán por descontado que tiene derecho a este referéndum”.

Évole: “En 2014, en el Parlament, se presentó una moción a favor de la autodeterminación de Kurdistán. ¿Usted recuerda qué votó?

Puigdemont: “No me acuerdo de qué voté. No. No”.

Évole: “Votó que no”.

Puigdemont: “Podría ser, sí”.

El ya conocido como “momento Kurdistán” ha incendiado las redes y Kurdistán se convirtió ayer el trending topic (tema del momento) en Twitter.

El tuit de Jordi Évole que recoge el momento ya ha sido retuiteado más de 20.000 veces. Pero el caso del Kurdistán no fue el único en el que Carles Puigdemont votó en contra de un referéndum de autodeterminación. También en 2014, el ahora presidente de la Generalitat emitió un voto negativo para un referéndum independentista en el Sáhara.

Puigdemont intentó justificar, acto seguido, por qué votó no a ambas ambos referéndums. “No estaban convocados”, dijo. “Si me dicen que están convocados, yo digo que sí, porque debe prevalecer lo que la mayoría o el Gobierno impulse”, defendió.

Después de la emisión de la entrevista, la red se ha llenado de memes y de tuits humorísticos sobre el tema.

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Rajoy, Trump y Cataluña de fondo

David Blazquez

Cataluña arde. Y Rajoy busca bomberos. Los ha encontrado en Bruselas y en otras capitales, y ahora cruza el Atlántico a traerse bajo el brazo un titular, una palmadita en la espalda, un “Mariano, Make Spain great again”. La reunión con el presidente estadounidense –lo saben los adláteres de Dastis y las gentes de Moncloa–, sin embargo, es de alto riesgo. Las cosas en esta Casa Blanca no funcionan de manera tan linear como antaño.

Las relaciones entre España y EEUU se concentran desde hace años en torno a dos temas fundamentales: las relaciones comerciales y los asuntos de defensa. Con el acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP) sepultado, es previsible que Rajoy no le dedique un minuto a un tema que, por otra parte, se decide mayormente desde Bruselas. España es, sin embargo, esencial para la estrategia militar de EEUU. Y es ahí donde Rajoy podría enseñar las cartas de Rota y Morón de la Frontera. La Base Naval de Rota es la base más importante de EEUU en Europa. Con casi 3.000 militares destinados en la zona es, además, base del escudo antimisiles de la OTAN y de cuatro importantes destructores. Morón es desde junio de 2015 base permanente y sede de la Fuerza de Reacción de Crisis para África. La apuesta de EEUU por España desde el punto de vista militar es clara y el rédito por parte española demasiado bajo hasta la fecha. Otro aspecto esencial y con mucha frecuencia olvidado es la presencia cultural de lo español en EEUU. Casi cincuenta millones de hispanohablantes deberían ser un activo indiscutible. Así fue durante la administración Obama. Por desgracia, lo español es, a día de hoy, anatema para gran parte de los votantes de Trump y puede ser difícilmente usado como piedra sobre la que construir la relación con la Administración actual.

La visita de Rajoy a Washington estará marcada de manera inevitable por el 1-O. En su visita a España en 2016, Obama pasó por Rota y lo hizo regalando al gobierno un importante titular al hablar de una “España fuerte y unida”. Si así fue hace más de un año, imagínense a poco menos de una semana del aciago día. El respaldo público y sin fisuras de EEUU es esencial para combatir una causa, la del independentismo, cuya tracción depende en gran medida de la vendimia de legitimidades a nivel internacional. En su conversación, Rajoy probablemente recordará a Trump la relevancia estratégica de España, presumirá de fidelidad y exigirá ayuda con el tema territorial. Las relaciones entre ambos países pasan ahora por un momento relativamente dulce, comparadas con la luna de hiel que siguió al naufragado matrimonio de las Azores. Rajoy, quien ha hecho de la ausencia emblema, acude a Washington con la hoja de servicio sin faltas graves al no haberse sumado activamente al aluvión de críticas vertidas contra Trump desde Europa. En los últimos días, además, el ejecutivo ha ido sazonando la visita con guiños como la expulsión del embajador de Corea del Norte.

Es importante –lo saben en Moncloa– que el apoyo de Trump a la respuesta del gobierno a la crisis en Cataluña sea formulado de manera que encaje en una narrativa institucional duradera. Rajoy no quiere el apoyo de “Trump”, sino de EEUU, por eso irá buscando una frase clara pero no estrambótica, contundente pero fácilmente desvinculable de un presidente al que pocos quieren presentar como mentor. Las posibilidades de que Trump se salga del guión previamente acordado por la Casa Blanca y Moncloa son altas. Evitar uno de esos tweets que abran la enésima Caja de Pandora o un comentario que dé alas a Puigdemont es un objetivo prioritario. Rajoy necesita munición contra el procès, (Cospedal ya ha conseguido unas declaraciones importantes del Secretario de Defensa norteamericano, James Mattis) pero también evitar dar demasiada publicidad a una situación que siempre ha querido mantener a lejos del parloteo internacional. Rajoy el cauto lo sabe: Pedirle ayuda a Trump para calmar una crisis es poco menos que pedirle a un pirómano que te ayude con el incendio en tu cocina.

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‘Això va de democràcia’

Andrea Mármol

Foto: Andreu Dalmau
EFE Fototeca

Es una de las consignas falsas que más habrá esforzarse por desmentir ahora que los separatistas intentan obviar su asalto a la democracia parlamentaria consumado hace ya tres semanas. El nacionalismo catalán, esto no es nuevo, reviste un proyecto político excluyente con la coartada de un referéndum que no es el objetivo de quienes lo promueven, todos independentistas convencidos. De hecho, creen tanto en la milagrosa fórmula plebiscitaria que ya tramitaron de forma antidemocrática una ‘ley’ fundacional de la República catalana.

En Cataluña hace demasiado tiempo que partidos políticos, poder judicial, sectores mediáticos y opinadores contrarios a la secesión y a la posibilidad de dividir la soberanía nacional llevan colgado el sambenito de anti-demócratas. En las últimas semanas lo acarreamos también ya los ciudadanos que descreemos del fraude del 1-O: ‘súbditos’ nos llamó Jordi Turull y Joan Tardà ya ha anunciado ‘delitos de traición a la tierra’ para nosotros.

Sin embargo, mayor preocupación que esas miserables declaraciones debería provocar el hecho de que son muy pocos quienes, aun escuchando tamañas sandeces, son capaces de denunciar que es el enfrentamiento entre catalanes el objetivo de los gobernantes nacionalistas. En efecto, son muchas las voces en el debate público nacional que asumen como certera la simplificación que encabeza estas líneas y que los nacionalistas catalanes alumbraron para aunar apoyos a su proyecto político, menos aglutinador cuando se mueve estrictamente en el campo de la identidad.

Que los políticos nacionalistas no se queden solos en su desafío al Estado de Derecho y cuenten con la complicidad y el beneplácito de otros actores en el conjunto de España tiene implicaciones muy perniciosas para el futuro de nuestro proyecto común, cualquiera que sea el que se tenga en mente. Para empezar, se contribuye a validar la línea divisoria entre demócratas trazada por los nacionalistas con su réplica en ámbito nacional, lo cual hace muy difícil cualquier iniciativa conciliadora incluso entre quienes se oponen a la secesión de Cataluña.

Pero lo más grave es el lugar en el que queda el Estado de Derecho, pues sólo quienes descreen de la legitimidad de nuestra democracia pueden permitirse reducir a una menudencia la ruptura constitucional y estatutaria que los separatistas han procurado. Es sorprendente la facilidad con la que Podemos olvida el autoritarismo del que han hecho gala Puigdemont, Junqueras y compañía: que ni siquiera hayan puesto un pero a la actuación de la Generalitat estas últimas semanas y dirijan todas sus críticas al Gobierno de España viene a legitimar cualquier tic autoritario por parte de los nacionalistas.

No queda más remedio que asumir que el nacionalismo catalán ha conseguido multiplicar su representación en toda España: Podemos ya se refiere a Cataluña como esa unidad uniforme que es el ‘un sol poble’ y está dispuesto a perdonar los excesos del separatismo aunque sólo sea porque comparten adversario: los fundamentos de la España constitucional.

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Los Hombres-Mierda

Jaime G. Mora

Foto: Neil Hall
Reuters/File

Un artículo de Larra al que regreso con cierta frecuencia es ‘El mundo todo es máscaras’. Lo escribió en marzo de 1833, después del carnaval. “¡Vamos a las máscaras, Bachiller!”, le dijeron. Y en las máscaras Larra descubrió que todo el año es carnaval.

—¡Necio!, ven conmigo; do quieras hallarás máscaras, do quiera carnaval, sin esperar al segundo mes del año.

En su ensoñación, a través de los tejados, Larra narra cómo vio poetas infelices, militares sin honores y sacerdotes con amantes, bodas sin futuro, abogados estafadores y moribundos arrepintiéndose de sus pecados. Moribundos que, “si vuelven a la vida, tornarán a las andadas”.

—Ya lo ves; en todas partes hay máscaras todo el año; aquel mismo amigo que te quiere hacer creer que lo es, la esposa que te dice que te ama, la querida que te repite que te adora, ¿no te estarán embromando toda la vida?

No es de los artículos más recordados del Bachiller, pero sí uno de los que mejor ha resistido el paso del tiempo. Porque no hay nada tan eterno como la condición humana, ni nada tan universal como los disfraces de la identidad.

“El mundo todo es máscaras”, decía Larra. Máscaras para seducir a una mujer bonita. Máscaras para crecer en el trabajo. Máscaras para intentar engañarse a uno mismo. “Todo el año es carnaval”.

Esta vez he vuelto a Larra tras leer Vidas perfectas (Literatura Random House), la segunda novela de Antonio J. Rodríguez: una actualización postmoderna del carnaval de Larra. En ella la atención se la llevan Vera y Gael, una pareja perfecta, como esas que en las fotos salen sonriendo, enamorados de verdad. En la última imagen que colgaron en internet, su hija les había congelado en mitad de una carcajada, mirándose el uno al otro, en una taberna de Kioto.

—Vera y Gael son la esperanza para las clases humildes, esforzadas y honestas, y también el tipo de personas a quien la gente con poder querría tener bajo control, precisamente porque puedes confiar en ellos.

Eran una familia de guerreros, según los periódicos. Felices. Ella trabajaba en una organización animalista. Él era uno de los mejores jugadores de waterpolo. Por eso fue tan turbadora la noticia del suceso: los habían encontrado en un charco de sangre, en mitad de sus vacaciones. Gael era el principal sospechoso del crimen.

—A ver cómo lo explico. Para mí, la muerte de Vera y Gael es como despertar de un sueño febril por un movimiento tectónico o un chorro de agua fría. Un golpe seco que […] recuerda que aquellas vidas consideramos modélicas nunca lo fueron tanto.

¿Quién podría pensar de un matrimonio como ese? ¿O es que en verdad eran una farsa? ¡Si Gael nunca sonreía! Vivía en un estado de alerta permanente por la competición. Tenía problemas con el alcohol. ¿Y Vera? ¿Era Vera esa mujer desinteresada, con esa labor tan modélica en favor de los animales, o en realidad tenía un lado oscuro?

El choque entre esas aparentes vidas perfectas y el horrible final es Larra mirando a través de los tejados.

Antonio J. Rodríguez, de quien ya esperaba grandes cosas en aquellas conversaciones que teníamos en la cafetería de la facultad, descubre en su novela que todos tenemos algunas de las características que definen al Hombre-Mierda: ese que está atrapado entre las exigencias de sus superiores y de sus familiares. Que aunque lo ven como persona de éxito, él se siente un impostor. Que se decepciona con el presente y ve el futuro con pesimismo.

—Toda tu vida gira en torno a un único sentimiento. La desilusión.

Hombres-Mierda, ya nos tapemos la cara con una máscara o con la pantalla de un teléfono móvil.

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