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Barcelona era una fiesta

Laura Fàbregas

La Diada es una expresión depuradísima del espíritu español. Cuando estudiaba Ciencias Políticas, me explicaron que el tipo de movilización política más frecuente en España eran las grandes manifestaciones, esas que suelen culminar con un aperitivo. En los países vecinos, en cambio, son más habituales los mecanismos que exigen de una mayor implicación: asambleas, foros, debates… Vamos, ¡un coñazo racional frente a las emocionantes Diadas!

Este fenómeno typical spanish no conlleva más compromiso que el de asistir a una fiesta con música, disfraces y mucho sentimiento. Un desfile de banderas y uniformes casi pornográfico. Y pese a todo, hay en ello un indicio de progreso: después de todo, manifestarse contra Franco era mucho más arriesgado, de ahí que nadie sepa todavía dónde estaban Artur Mas y muchos de los nuevos indepes en ese momento…  La Diada es una celebración en el marco del Estado de Derecho que es España, la libertad de expresión está garantizada y ni los grises ni los tanques saldrán a la calle.

 

En esta orgía lúdica brilla por su ausencia la adscripción meditada a una ideología o ideas políticas. Se trata, en definitiva, de una expiación colectiva: “Soy catalán y debo cumplir con el deber anual de asistir a la Diada”. Pero que nadie pida más. ¿Que cómo se consigue la independencia? Bah, lo que importa es la fiesta y quién la tiene más larga. La mani, claro. Algo, sin duda, españolísimo.

Escorpiones en una botella

Juan Claudio de Ramón

Foto: Manu Fernandez
AP Photo/Archivo

Quienes nos oponemos a la consideración de España como un ente plurinacional hemos de admitir que nuestra postura contiene un ángulo ciego o, al menos, un zona de inconsistencia que ha de aclararse. Al fin y al cabo, nuestra actual Constitución sí habla, de manera enfática y en lugar prominente, de una nación, que es la española. ¿Por qué, a fin de cuentas, esta sí y las otras no? Algunos de nuestros conciudadanos –sospecho que no tantos, pero eso importa menos– están convencidos de la existencia sentimental y material de otras naciones, sean la vasca o la gallega o la catalana. ¿Por qué preterirlas a favor de la española?

Es un asunto con el que un antinacionalista honesto debe encararse. Por mi parte, diré de entrada que con gusto suprimiría las referencias a la nación española de nuestra Carta Magna. Allí donde se lea «nación española» preferiría que se dijese sencillamente «España», lo que supone sustituir la categoría por la cosa, lo abstracto por lo concreto. El modelo son constituciones como las de Canadá o Suiza, que se las apañan para darse fundamento y norma sin mencionar en ningún momento una palabra de la que cabe dudar tenga un significado fecundo en el siglo XXI. Porque obligar a toda comunidad a ahormarse al molde de nación es la primera violencia que se hace a la complejidad del mundo. La nación no es, como se dice, un parapeto de la diversidad, sino lo contrario: el expediente más eficaz que tuvo la modernidad para acabar con la multiplicidad de lo real.

Pero hay más. En realidad, en ningún lugar dice nuestra Constitución que España sea una nación; sencillamente lo presume. Al hacerlo, se hace cargo de una larga tradición que nace en el inolvidable momento gaditano de 1812. Esta es la clave: la oportunidad histórica. España se constituye en nación cuando procede, en el siglo de las naciones, cuando la nación era una construcción ideológica útil para legitimar el paso de una soberanía dinástica a otra popular y con el tiempo democrática. Y en ese momento, que un jurista llamaría el procesalmente adecuado, no hay duda de que vascos y catalanes no sólo se identifican plenamente con la nación española sino que contribuyen a fraguarla. Las abultadas pesquisas del profesor Marfany, recientemente publicadas, no dejan lugar a la duda para el caso catalán.

Esto es lo primero que cansa y aburre del soberanismo catalán: su intento de poner por planta en el año 2017 un programa ideológico típicamente decimonónico. Pero la pega de vetustez es lo de menos. El problema radica en que, en su empeño por asegurar la unidad, todas las naciones son excluyentes en su fase constitutiva. Todas sin excepción se erigen frente a algo, y al hacerlo mienten y violentan su propia pluralidad interna. La ventaja de la nación española, frente a la catalana o la vasca, es que, como dice Arcadi Espada, sus mentiras fueron contadas hace mucho tiempo, y ya han marchitado a la luz del estudio. Cuando menos, de sus leyendas fundantes nos permitimos tener una concepción abierta y un ojo escéptico. Por ello, la nación española, en el pasado excluyente, está ahora en condiciones de ser inclusiva, sobre todo en el marco pluralista que diseñó nuestra constitución. Puede acoger, y de hecho acoge, su multitud de lenguas, de una manera improbable en los casos de la nación vasca o catalana, a cuya forja estamos asistiendo y que son dependientes del hecho étnico y privativo de una lengua propia, que se quiere única. La nación española es, en suma y como dicen sus críticos, banal, sin entender que eso es elogio y no crítica, mientras que las suyas son plúmbeas y vienen cargadas de deberes y malos humores. La Constitución española de 1978 contiene, en fin, la simiente de un benemérito y refrescante Estado post-nacional, donde cada uno pueda vivir su identidad libre de coacciones. De ahí que sea lamentable y ridículo el empeño de volver a trazar lindes nacionales entre nosotros. Lo grotesco es que ese empeño provenga de un partido que se dice igualitarista, y que lo haga, nada menos, en nombre de la convivencia, cuando solo puede servir a su destrucción. Porque las naciones no saben convivir y llenar el Estado con más de una es como llenar una botella con escorpiones: no sale bien.

La izquierda de las naciones

Ricardo Dudda

El PSOE de Pedro Sánchez compró el relato de Podemos e Izquierda Unida de que el partido no es suficientemente de izquierdas, en lugar de controlar el discurso y determinar qué es ser de izquierdas en el siglo XXI. Ser de izquierdas en el siglo XXI casa difícilmente con una declaración del país como plurinacional. España es multicultural y diversa. Tiene diferentes lenguas. Un Estado moderno debería respetar las diferencias y fomentar su reconocimiento sin mencionar naciones históricas ni atavismos.

En el PSOE afirman que su afirmación de la plurinacionalidad no trocea la soberanía, pero crea regiones más privilegiadas que otras: están las naciones y luego las comunidades autónomas. Y las naciones, en tanto naciones, necesitan un trato especial. Y cuando se reconoce simbólicamente una nación el siguiente paso es reconocer su soberanía propia, y para ello necesita convertirse en Estado. Porque el Estado es tangible, al contrario que la nación, inexplicable y mística.

El PSOE y Podemos coinciden en un discurso de una izquierda acomplejada ante los nacionalismos, que solo sabe hablar de República pero no de valores republicanos. Sin embargo, y a pesar del viraje de Sánchez hacia posturas más izquierdistas, hay todavía muchas diferencias: el PSOE sigue siendo el PSOE, y Podemos puede aprovechar (y ya está haciéndolo) para pedir a los socialistas mayor pureza (lo que entienden ellos por pureza). El caso del independentismo es una buena prueba. En Podemos afirman que hay que dejar votar a los catalanes, aunque sea en un referéndum ilegal. En el PSOE denuncian el referéndum ilegal. Entrar en la dinámica de la identidad implica competir en pureza. Si el PSOE y Podemos se plantean un futuro juntos, lo harán desde la lógica identitaria, y en ella juega mucho mejor Podemos.

España plurinacional vs España diversa

Andrea Mármol

Foto: ANDREA COMAS
Reuters/File

Una de las manifestaciones recientes más reveladoras –por excluyente- del nacionalismo catalán tuvo lugar tras las últimas elecciones autonómicas en 2015. Los partidos proclives a la secesión de Cataluña, tras obtener algo más del 48% de los votos de los catalanes, jalearon el resultado al grito de “Un sol poble!”. Teniendo en cuenta que ellos otorgaron a la convocatoria un carácter binario, se antoja difícil pensar en una consigna más desafortunada.

Y es que el primer escollo que encuentra el político nacionalista siempre es la diversidad de los ciudadanos que pretende integrar en un proyecto monolítico, en el que las identidades plurales son asumidas no como una oportunidad sino, según lo que reza el cántico, un matiz incómodo. Frente a esa concepción de la sociedad, la réplica tiene que ser la defensa de la diversidad.

Seis fuerzas políticas obtuvieron representación en aquellos comicios catalanes. Las dos que apoyaban la independencia despreciaron a las cuatro restantes con aquella proclama. Hoy esas cuatro fuerzas ejercen de oposición en Cataluña. Entre ellas, están la marca catalana de Podemos y el PSC. Ambas comparten, en principio, su desacuerdo con el plan del actual gobierno catalán, entregado la consecución de un Estado independiente.

Sin embargo, hay carencias en esa oposición. Durante el acalorado debate que suscitó la moción de censura la pasada semana en el Congreso de los Diputados, el retrato de Cataluña que hizo Pablo Iglesias se parece mucho al de los políticos separatistas: en lugar de dar la réplica al proyecto nacionalista, hizo suyo el discurso según el cual la sociedad catalana se expresa en un clamor monolítico. Unos días después, el PSOE rescata la idea de la plurinacionalidad española, citando a uno de los padres de la Constitución, Gregorio Peces-Barba, quien, cierto es, habló de España como “nación de naciones”.

Se le olvida a Sánchez que Peces-Barba reivindicó también la participación de Cataluña en la “cultura castellana, que es cultura la común de todos”, o que “el castellano también es la lengua propia de Cataluña”. Matices de la afortunadamente cromática sociedad catalana, en cuyo nombre hablan Iglesias y Sánchez, defensores de la pluralidad española pero reticentes a admitir ese carácter múltiple en la sociedad catalana. Ni Podemos ni el PSOE son nacionalistas españoles, pero eso no es lo que se discute. La réplica que se espera de ellos es el rechazo frontal a la idea de ‘un sol poble’ que aplauden los nacionalistas, no su apuntalamiento como proyecto central de la política española.

La España plural es una buena idea que debe cimentarse sobre la base de un proyecto común compartido, sólo desde esa premisa puede defenderse la pluralidad como riqueza, no negando a las comunidades históricas la diversidad que sí se le reconoce a España. De esa manera, la España plurinacional se aproxima más a una consigna vacía de contenido que al convencimiento de que una España diversa es la columna vertebral de nuestro proyecto común.

¿Macron, populista?

Manuel Arias Maldonado

Foto: Pool
Reuters

Tras asegurarse una formidable mayoría parlamentaria -afeada por la fatiga participativa de los franceses- que parecía impensable hace apenas seis meses, la pregunta sobre el populismo de Macron presenta un interés que va más allá de la teoría y apunta hacia las lecciones que puedan extraerse de su vertiginosa conquista del poder. Lecciones, huelga decirlo, a las que atenderán con especial atención líderes o partidos con idénticas aspiraciones en otros países. Y aunque el contexto cuenta, porque Francia no es España ni España es Gran Bretaña, las semejanzas cuentan también. Si The Economist acaba de explicar el resurgimiento de los laboristas de Jeremy Corbyn aplicando al terreno político la teoría de la innovación disruptiva del economista Clayton Christensen, conforme a la cual los verdaderos innovadores empiezan en los márgenes identificando demandas desatendidas por las grandes empresas hasta hacerse con el mercado, no se ve por qué la tesis no puede aplicarse asimismo a Macron o nuestros Iglesias, Rivera y Sánchez. ¡Ancha es Europa!

Recordemos que el populismo es al mismo tiempo una ideología “delgada” (el populista puede ser de izquierda o derecha) y un estilo político que, empleando medios verbales y no verbales, crea el pueblo al que se dirige mediante una argumentación basada en una idea central (antagonismo pueblo/élite) por lo general acompañada de otras anejas (crisis de la democracia, desatención maliciosa de la voluntad popular, idealización de una patria perdida, repudio del intelectualismo). Pero un líder o movimiento puede adoptar algunos elementos del populismo: es posible ser más o menos populista según lo que se diga y se haga, sin perder de vista que aquí lo que se haga es tan importante como lo que se dice: vestirse de outsider ya es un “hacer”. Ahora bien, para ser populista -aunque sea solo un poco- es imprescindible sostener que existe un antagonismo entre el pueblo virtuoso y la élite corrupta. Ahí reside el sine qua non del populismo: su núcleo duro.

¿Y qué hay de Macron? También él habla de una élite, en este caso la clase política francesa, cuyo fracaso reformista condena a una Francia que ya no es digna de su grandeur. Y llama a una revuelta pacífica contra ella que, en el caso de su movimiento político, adopta la forma de una nueva inclusividad: ciudadanos ordinarios convertidos en diputados. Algo que, en España, también han hecho los nuevos partidos. A cambio, Macron no es precisamente anti-intelectual, ni polarizador, ni reclama que la voluntad general se convierta en el centro de la vida política. Más al contrario, ha hablado con franqueza del vacío simbólico que dejó la muerte del Rey durante el Terror revolucionario y del deseo subyacente del pueblo francés de tener ahí arriba a la vez poderoso y distante. En cuanto a la figura del outsider, Macron es una paradoja andante: un miembro de la élite que ha logrado separarse simbólicamente de ella sin dejar de encarnarla.

Podríamos decir que Macron es como Obama: un populista bueno que emplea algunos elementos del estilo político dominante para conquistar el poder derrotando al populismo malo. O sea, aquel que se aleja de los postulados de la democracia representativa y los principios de la ilustración. La risa va por barrios: habrá quien alegue que lo malo es la sociedad abierta y lo bueno la nación étnicamente homogénea. En cualquier caso, tanto unos como otros demuestran que no hay democracia sin apelación -retórica, hiperbólica, afectiva- al pueblo. Sin embargo, Macron denuncia el fracaso del establishment sin deducir de ahí que exista un antagonismo moral entre la élite corrupta y el pueblo engañado. Así que no será, finalmente, un populista.

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