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Barcelona era una fiesta

Laura Fàbregas

La Diada es una expresión depuradísima del espíritu español. Cuando estudiaba Ciencias Políticas, me explicaron que el tipo de movilización política más frecuente en España eran las grandes manifestaciones, esas que suelen culminar con un aperitivo. En los países vecinos, en cambio, son más habituales los mecanismos que exigen de una mayor implicación: asambleas, foros, debates… Vamos, ¡un coñazo racional frente a las emocionantes Diadas!

Este fenómeno typical spanish no conlleva más compromiso que el de asistir a una fiesta con música, disfraces y mucho sentimiento. Un desfile de banderas y uniformes casi pornográfico. Y pese a todo, hay en ello un indicio de progreso: después de todo, manifestarse contra Franco era mucho más arriesgado, de ahí que nadie sepa todavía dónde estaban Artur Mas y muchos de los nuevos indepes en ese momento…  La Diada es una celebración en el marco del Estado de Derecho que es España, la libertad de expresión está garantizada y ni los grises ni los tanques saldrán a la calle.

 

En esta orgía lúdica brilla por su ausencia la adscripción meditada a una ideología o ideas políticas. Se trata, en definitiva, de una expiación colectiva: “Soy catalán y debo cumplir con el deber anual de asistir a la Diada”. Pero que nadie pida más. ¿Que cómo se consigue la independencia? Bah, lo que importa es la fiesta y quién la tiene más larga. La mani, claro. Algo, sin duda, españolísimo.

Flatulencia política

Daniel Capó

Foto: Ballesteros
EFE/Archivo

Leo en la Wikipedia que las ventosidades se componen en su mayor parte de nitrógeno, hidrógeno, dióxido de carbono, metano y oxígeno, y que su característico mal olor se debe a una proporción muy reducida de ese conjunto de gases –inferior al 1 %–, formada por distintos compuestos del azufre y del ácido butírico. Diríamos que las flatulencias no matan, pero sí incomodan e importunan, e incluso, en raras ocasiones, pueden ser el síntoma de alguna afección más grave. Como metáfora –Dante hablaba del culo como trompeta– sirve para ilustrar el estado político de nuestro país mejor que otras ocurrencias de brocha gorda con las que topamos a menudo. Me temo que, sin un barniz de humor, el uso de la escatología conduce a alguna que otra modalidad de mesianismo mal entendido.

Los continuos casos de corrupción que nos asedian desde hace años –el último, el que afecta al PP madrileño con la operación Lezo– vendrían a ser algo parecido a una digestión difícil. Y su pestilencia invita a creer que nos hallamos ante una especie de enfermedad terminal del sistema para la que no hay solución viable. Así, los profetas del apocalipsis definen España como un Estado fracasado y hablan de la corrupción endémica de los partidos y de la necesidad de superar el “régimen del 78”. Sin embargo –y a las pruebas me remito–, también cabe hacer la lectura contraria: las instituciones funcionan, la economía se recupera, hay debate parlamentario, los partidos buscan lentamente  adaptar y modernizar sus discursos y, por supuesto, se consolida el relevo generacional. En realidad, y a pesar del potente hedor de los gases de la corrupción, la historia de éxito de la España democrática –con todas sus imperfecciones– no es, ni mucho menos, desdeñable.

El lado desconocido de Amancio Ortega

Redacción TO

Foto: Iago Lopez
AP

Amancio Ortega es el segundo hombre más rico del mundo. Pero el dato es susceptible de cambiar en cualquier momento, porque la lista de millonarios que históricamente elaboraba solo de forma anual la revista Forbes se ha convertido ahora en una moderna clasificación en tiempo real y, como ya titulaba la propia publicación hace unos meses, “lo que fácil viene, fácil se va. Amancio Ortega y Bill Gates se turnan la posición de hombre más rico del mundo”. Porque el pasado septiembre, ambos intercambiaron el título en al menos cuatro ocasiones. Un mano a mano que hizo que durante las horas que duraron los dos sorpassos de Inditex, el gallego se convirtiera en la persona más acaudalada del planeta.

La mediática economía del padre de Zara contrasta con una vida discreta en La Coruña, donde vive con su segunda esposa, Flora Pérez Marcote. No concede entrevistas. No se ha escondido nunca pero tampoco se ha expuesto más de lo esctrictamente necesario. Así, nunca ha publicitado personalmente su lado filantrópico, plasmado en la fundación que lleva su nombre, cuyo objeto social es favorecer “el desarrollo de las personas”, según la propia web de la entidad.

Este reto se concreta en el trabajo en cuatro áreas: Cultura educativa (“Impulsando el cambio con el uso de nuevos instrumentos educativos y favoreciendo el acceso al conocimiento”), Infancia y juventud (“Situando a los estudiantes en el núcleo del proceso del aprendizaje potenciando sus habilidades”), Apoyo social (“Contribuyendo a encaminar las iniciativas de instituciones dedicadas a los sectores menos favorecidos”) y Sociedad/Personas (“Mejorando la calidad de vida de los beneficiarios, y facilitando soluciones, desde la igualdad de oportunidades”). O lo que es lo mismo: dar cantidades millonarias a la Seguridad Social.

Lucha contra el cáncer

Fue lo que hizo el pasado 29 de marzo, cuando anunció la donación de 320 millones de euros a la sanidad pública “para la adquisición de 290 equipos de última generación” para luchar contra el cáncer. El programa se había iniciado en Galicia y Andalucía y se extendió el mes pasado al resto de las Comunidades Autónomas.

Y la salud no es el único tema en el que trabaja la fundación del multimillonario. Cada año concede 80 becas a estudiantes gallegos y otras 420 a alumnos del resto de España para estudiar 1º de Bachillerato en Estados Unidos y Canadá. Los requisitos son estudiar 4º de ES0, tener una media igual o superior a 7 y una nota mínima de 8 en inglés en 3º de ESO, y no haber estudiado un curso en el extranjero previamente.

Las redes sociales resuenan cada vez que la Fundación Amancio Ortega anuncia una nueva donación. Por un lado, hay quienes aplauden al empresario por actuar como un filántropo y destinar millones de euros a causas sociales. Por otro, nunca faltan los críticos que opinan que se trata de una fachada para tapar las supuestas irregularidades fiscales del grupo que dirige.

'La vista desde aquí', una conversación en la era de la dispersión digital

Lidia Ramírez

Foto: Cecilia de la Serna
The Objective

Una de las características que distinguen al ser humano de los animales, es la capacidad de hablar, acto que permite a la persona comunicar mensajes y obtener una respuesta de su interlocutor, proceso que se lleva a cabo para alcanzar un fin. La generalización de los mensajes de móvil y de las redes sociales ha cambiado radicalmente la forma de comunicarnos y las relaciones interpersonales, y existe cierta preocupación sobre cómo esos nuevos hábitos están afectando a la capacidad de conversar y a las relaciones cara a cara. La psicóloga del Massachusetts Institute of Technology (MIT) Sherry Turkle, que lleva tres décadas estudiando cómo nos adaptamos a los avances de la tecnología y cómo influyen en nuestras relaciones, aseguraba en su último libro, ‘Reclaiming Conversation: the power of talk in a digital age’, que a veces se olvida que hay una nueva generación que ha crecido sin saber lo que es una conversación ininterrumpida.

Poco queda ya de los salones de la Francia literaria, los cafés de la gran Viena o las tertulias del Madrid intelectual. Sin embargo, a pesar de que el arte de la conversación haya perdido altura, es condimento insustituible de una buena literatura. Ejemplo de ello es el último libro publicado por el periodista, escritor y editor de El Subjetivo, Ignacio Peyró, ‘La vista desde aquí: una conversación con Valentí Puig’ (Elba Editorial). Una mirada no fatalista sobre la España moderna, no pocas consideraciones sobre Cataluña, abundante crítica social y cultural, etc. Nueve partes que han sido el resultado de años de intercambio amistoso e intelectual con un referente de las letras españolas, el escritor y articulista catalán Valentí Puig, también colaborador de la sección de opinión de The Objective, a quien Peyró define como alguien “capaz de manejarse con solvencia tanto en la literatura pura –de la novela a la ficción– como en el pensamiento sobre la política”, y de quien destaca su estilo y calidad de la prosa.

'La vista desde aquí': una conversación en la era de la dispersión digital 1
Ignacio Peyró en un momento de la presentación de ‘La vista desde aquí’ en la librería Neblí. | Foto: Cecilia de la Serna/The Objective

Sin duda, dos ideales recorren este sincero y sustancioso diálogo entre Valentí Puig e Ignacio Peyró: el arte de conversar y la voluntad de conservar, ante la urgencia de rescatar el primero como aprendizaje recíproco de la humanidad y la segunda como alternativa a la ruptura; a modo de legado de sensatez que pueda ayudarnos a afrontar las incertidumbres propias del cambio de época en el que vivimos. Una lección de responsabilidad intelectual y de amor por los libros y las ideas donde muchos lectores encontrarán pistas inmejorables sobre autores y nuevas luces sobre temas más clásicos o más modernos. Aunque, según nos cuenta el propio Ignacio, quien siente un gran afecto y admiración por la figura y obra de Valentí Puig, “quizá la parte que uno más valore sea la que afecta al itinerario intelectual del propio Puig, un maestro para mí y para muchos”, y agrega que “para las personas que conocen a Valentí es como pasar un rato con un amigo”.

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Valentí Puig en un momento de la presentación de ‘La vista desde aquí’ en la librería Neblí. | Foto: Cecilia de la Serna/The Objective

Para el escritor y articulista catalán, este libro “es el resultado de largas conversaciones en bares, callejeando, en torno a una buena mesa, por teléfono…a las que Ignacio decidió darle forma de libro tras complementarlas con varios correos electrónicos y llamadas telefónicas”. “Es como una macedonia de frutas”, asegura el escritor, quien agradece a Peyró el haber contado con él para este apasionante proyecto en tiempos en los que “leer y hacer ostentación de ello es un signo cool“.

En definitiva, ‘La vista desde aquí’ es una gran oportunidad para reflexionar sobre cuestiones de fondo de nuestro tiempo, cuando el arte de conversar está desapareciendo dando lugar a tertulias mediáticas que acostumbran a ser la anti-conversación, y en un ciclo en el que es posible que el diálogo esté adquiriendo un nuevo prestigio social, como contraste o incluso por esnobismo.

¿Quienes son Emmanuel Macron y Marine Le Pen?

Néstor Villamor

Foto: CHRISTIAN HARTMANN
Reuters

Los resultados han dado la razón a los sondeos. El centrista Emmanuel Macron y la ultraderechista Marine Le Pen han sido, con un 23,75% y un 21,53% de los votos, respectivamente, los candidatos que se disputarán la presidencia de Francia en la segunda vuelta de las elecciones. De momento, las encuestas son poco optimistas para la representante del Frente Nacional (FN), pero Le Pen ha conseguido apuntalar, con unos resultados históricos, la presencia de un partido que nunca había pisado tan fuerte como ahora. Y poco después de la celebración de la primera vuelta anunció que aparcaba la presidencia de la formación para dedicarse por completo a preparar la segunda. “Las elecciones han reflejado una gran polarización del voto entre los partidos extremistas y los moderados. La ruptura ahí no es tanto entre partidos tradicionales y partidos nuevos, sino entre el voto extremista radical antieuropeo y el voto moderado reformista proeuropeo”, considera José María Peredo, catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid, que analiza para The Objective los resultados de los comicios.

Emmanuel Macron

Con los números a su favor (The Economist vaticina su victoria con más de un 99% de probabilidades), Emmanuel Macron está llamado a convertirse a sus 39 años en el presidente más joven de la Quinta República Francesa. Es licenciado en Filosofía, con una tesis sobre Hegel, y graduado en Ciencias Políticas. Inspector de finanzas adinerado, hijo de una familia de médicos de Amiens, ha trabajado tanto en el sector privado, en la banca de inversión, como en el público, donde ha ejercido de asesor del todavía presidente François Hollande y de ministro de Economía en su gabinete. En el Partido Socialista (PS) francés militó hasta 2016, año en que puso en marcha el movimiento ¡En marcha!, de tendencia económica más liberal, que creó para acercar a la izquierda y a la derecha de su país y bajo cuyo paraguas se presenta ahora al Elíseo. De salir elegido presidente, ocuparía por primera vez un cargo sometido a elección popular. “Es el voto moderado, el voto europeísta y el voto reformista”, considera Peredo, que añade que este “líder de reciente creación” tiene un mensaje que “puede ser capaz de aglutinar al voto europeísta y al voto centrado, tanto de derecha como de izquierda”.

Entre las medidas propuestas por el socioliberal están avanzar en la integración europea, rebajar los impuestos de los franceses -que viven en uno de los países con presión fiscal más alta-, recortar hasta 120.000 puestos del funcionariado e imponer un modelo económico de corte más liberal que el de sus excompañeros del PS y similar al de los países nórdicos. El éxito de Emmanuel Macron es la cara de una moneda cuya cruz es el batacazo histórico de los socialistas, que solo han conseguido arañar un 6,30% de los votos. “El gran hándicap que puede tener Macron es que el partido que le ha llevado a estar en esta elección se tiene que transformar de movimiento popular en una entidad política más amplia y solvente”, valora el catedrático.

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Emmanuel Macron, en un acto de campaña. | Foto: Robert Pratta / Reuters

Marine Le Pen

La candidata del Frente Nacional ha heredado el partido ultraderechista de su padre, Jean-Marie, que lo fundó en 1972 y lo presidió hasta 2011. La candidatura de Marine Le Pen, al igual que la de Donald Trump en Estados Unidos, es personalista y está muy basada en el carisma de su representante. Tanto, que Marine ha terminado por fagocitar todo el partido al suspenderle la militancia a su fundador en 2015. Saturno devorando a su padre. Lo hizo porque este había declarado que las cámaras de gas fueron un “detalle” de la Segunda Guerra Mundial.

En 2011 había expulsado a Alexandre Gabriac tras salir a la luz una foto en la que el joven militante del FN aparecía haciendo un saludo nazi con una bandera con una esvástica de fondo. Porque Marine Le Pen, abogada y eurodiputada nacida en 1968 en una localidad cercana a París, representa la cara amable y sonriente de un partido que ha planteado rescatar la pena de muerte y la cadena perpetua, abandonar la Unión Europea y la moneda única, restablecer las fronteras, prohibir el matrimonio gay -aunque manteniendo la vigencia de los enlaces ya celebrados-, impedir que los hijos nacidos en Francia de inmigrantes irregulares accedan a la escuela pública, agilizar la expulsión de extranjeros y facilitar el cierre de mezquitas extremistas, entre otras medidas.

Con todo, Le Pen, que en 2013 aplaudió la idea del PVV del neerlandés Geert Wilders de prohibir el Corán, rechaza la etiqueta de ultraderecha. “Soy la candidata del pueblo”, se define. José María Peredo califica al Frente Nacional de “partido contrario a los principios sobre los que ha avanzado Europa en los últimos 60 años y, por consiguiente, rupturista con esa realidad” y augura que la derrota que los sondeos otorgan a Le Pen “sería un revés muy importante a los movimientos antieuropeístas”.

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Simpatizante de Marnie Le Pen. | Foto: Eric Gaillard / Reuters

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