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Cuotas rosas en la roca

Laura Fàbregas

Los hombres suelen ser más arriesgados que las mujeres. Al menos en algunos ámbitos, como los que entrañan cierto desafío físico. En los San Fermines, por ejemplo, son más los varones quienes deciden participar de esa larga carrera delante del toro. La temeridad, que no la valentía, se lleva bien con la estupidez.

El fin de semana lo pasé en la Playa Roja de Pals, en el mágico Ampurdán de los genios -¡y españolistas!- Dalí y Pla. Estuve observando durante un cuarto de hora bien bueno a los niños que saltaban al agua desde una roca bastante elevada. En la cola sólo había chicos, y de varias nacionalidades, que saltaban uno tras otro. Finalmente aparecieron dos chicas. La primera miró el vacío y reculó, diciendo que no quería saltar. La segunda saltó. Con un par.

Pensé en todas las jóvenes femi-oportunistas de mi edad, pidiendo cuotas rosas. ¿Pondrían también cuotas a la roca? ¿Para qué hubiera en la cola el mismo número de chicos que de chicas? En aquel entorno alegre y pueril, saltaba quien quería, sin presiones ni vetos, tampoco de los que operan sumergidamente. Algunos chicos saltaban como locos, y otros eran más reflexivos y se lo pensaban dos veces antes de lanzarse. Nadie se quejaba, esperaban su turno. Tampoco se conocían entre ellos, no había ningún grupo previo. El anonimato les daba libertad. Supongo que, para las de las cuotas, eran todos “machistas” por igual.

Wonder Woman luchó contra sus orígenes para convertirse en icono feminista

Redacción TO

¿Sabías que los orígenes de Wonder Woman no son tan heroicos y feministas como creíamos? ¿Y sí el épico destino de Diana de Themyscira no fuera la suma de decisiones propias sino de la suerte? La superproducción de Hollywood que se estrena este viernes en los cines españoles es la primera que centra su historia en una heroína, ya que Catwoman y Elektra no cuentan por encajar más bien en el prototipo de antihéroe. Sin embargo, los cómics que vieron nacer a Wonder Woman no pueden alardear del feminismo que parece haber inundado la meca del cine, por eso, comparamos aquí las evolución de Wonder Woman a través de varios episodios decisivos de su historia.

En la primera aparición de Diana de Themyscira en los cómics de DC, la heroína no es una mujer independiente, como creemos ahora. Es más bien un retrato lejano y simplista de una mujer enamorada. La historia de 1941 muestra a una Diana deseosa de abandonar su hogar, no para salvar el mundo, sino para ir tras los pasos de su amor, el soldado Steve Trevor, quien aterriza en la mítica isla de Themyscira por accidente. Es más, compite con otras amazonas para tener el honor de acceder al Mundo de Hombres (Man’s World, en inglés). La heroína gana, y su madre, la reina Hipólita, aunque contraria a dejarla marchar, decide darle el sobrenombre de Wonder Woman.

Wonder Woman luchó contra sus orígenes para convertirse en icono feminista

Más allá de su encaprichamiento amoroso, Diana no tiene poderes por méritos propios o por accidente, como sí sucede con Superman o Flash, sino que un grupo de dioses se los concede el día de su nacimiento. Afrodita le regala “la belleza de una diosa”, Atenea “toda la sabiduría de los planetas” y Mercurio y Hércules le otorgan una fuerza y una velocidad superiores. Es decir, Diana es más guapa, inteligente y fuerte que nadie porque se lo han regalado. Si recordamos la competición mencionada anteriormente es fácil pensar que en aquel momento Diana abusó de sus poderes, como haría cualquier adolescente, para pasar más tiempo con su amado.

En 1986 otro autor, George Pérez, se hace cargo de Wonder Woman. Esta vez Diana compite no por abandonar la isla para perseguir a un hombre sino para combatir a Ares, que ha sumido al mundo en el caos absoluto. Aquí sí es posible apreciar la diferencia entre las dos Dianas; una es una caricatura de heroína, mientras que la otra emerge como una mujer con valores. Así y todo, el cómic no acaba de retratar a Diana como una heroína por méritos propios. Aparte de que sus poderes siguen siendo concesiones divinas, la competición por dejar la isla es una directa sugerencia de Atenea, es decir, que el destino de Diana no es una resultado de decisiones propias, sino de un juego de trivialidades.

Wonder Woman luchó contra sus orígenes para convertirse en icono feminista 1

Habrá que esperar 30 años más para encontrar a una Diana de Themyscira, verdaderamente feminista. Fue con la trama de Año Uno, de Greg Rucka y Nicola Scott, con la que Wonder Woman pudo por fin reclamar su puesto como heroína de altura junto a otros superhéroes masculinos.

Entre las páginas de este cómic, Wonder Woman se gana esos poderes a través de su firmeza, valor e inteligencia. Los dioses se los conceden, sí, pero solo después de que ella abandone la isla y de que se esfuerce por hacer lo que considera correcto. Por otro lado, ni el soldado Steve Trevor ni la diosa Atenea son la razón de que se presente para competir con otras amazonas, simplemente Diana quiere ser la mejor. Gana, pero no triunfa de cualquier manera, vence sin la necesidad de sus poderes. Por supuesto, tampoco hay que olvidar que su apodo no se lo concede su madre, de forma condescendiente, sino la prensa después de asistir a sus muchas e increíbles hazañas.

Esta última versión del cómic ha sido, según ha informado la productora, la inspiración de la actual  Wonder Woman, a la que podremos ver a partir del 23 de junio. Una versión que cuenta por fin con una heroína digna de admirar.

Los hombres maravillosos

David Lopez

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Algunos filósofos e historiadores rodean de prodigios la cuna de la soberanía. Presentan a fundadores como Moisés, Licurgo, Numa, Mahoma o Carlomagno investidos de un poder extraordinario y bajo un ascendiente divino; todos ellos son genios inspirados y hombres portentosos; tal es la condición, nos dicen, para reconocer al verdadero conductor de pueblos, lo cual explica la dificultad en la que nos hallamos a la hora de reputar como tal a un Mas, a un Puigdemont o a un Junqueras.

Es rasgo de nuestro tiempo que los legisladores sean reemplazados por funcionarios y por agitadores electorales desprovistos de fatalidad. Seríamos sus cómplices, no obstante, si su ardor fuera verdadero, si tuvieran un destino y corrieran hacia él en pos del martirio, pero no tienen ni siquiera la excusa de ser destructores genuinos; en la economía de cada uno de sus gestos está implícita la necesidad de la fuerza para consumar sus designios, pero carecen de la osadía y del vigor necesarios; de hecho, al querer darle una pátina de legalidad a lo que sólo puede ser disruptivo y violento, los nacionalistas le hacen el juego a su adversario y acaban enredándose en sus argumentos, en sus razones legales, en un toma y daca ocioso, en una querella dialéctica sobre posiciones perdidas de antemano; así, cuando los nacionalistas cifran sus aspiraciones en el derecho a la autodeterminación y en la soberanía, los constitucionalistas les recuerdan que la existencia del Estado nacional impide que se pueda ejercer la autodeterminación de una parte de su territorio; cuando los constitucionalistas alegan que no hay nacionalidades, sino caracteres nacionales, que cada parte está obligada a mantener el Estado tal cual es, pues sus principios constituyentes se penetran, los nacionalistas responden que las mismas leyes no convienen a pueblos distintos, que Cataluña y España ni tienen alma general ni unidad moral y que no se puede hablar de pacto desde el momento en el que existen muchos principios nacionales en el mismo territorio; y sentencian que no quieren tener la nación invadida por un usurpador empeñado en pasar por ley lo que es desafuero o injusticia. Conforme con estos extremos, Puigdemont insiste, por su parte, en que no hay una voluntad explícita de vivir juntos bajo un mismo gobierno en el presente, y tiene la ambición de darle independencia jurídica a Cataluña; Puigdemont cree que una Cámara territorial como el Parlament puede decretar por mayoría de votos que un pueblo no tenga tal Estado, sino tal otro; no sin engaño, confía en la eficacia de una Cámara cuya legitimidad limitada viene prescrita por el poder que la Constitución española le otorga, una Constitución que hace que el propio Puigdemont sea actualmente un gobernante de derecho y no de hecho.

La obra instituyente que impulsa el President es puramente humana, huérfana de milagros y de esas personalidades pasmosas que describen los historiadores y los filósofos de antaño en torno a la fundación de los pueblos; como todas las cosas humanas, está plagada de defectos y de insuficiencias, pero posee una gran capacidad movilizadora y el potencial de suscitar choques violentos; por ello, sólo cabe anhelar esa prudencia que aconseja no alimentar ansias y pasiones, y, a falta de prohombres, conformarse con una mano habilidosa.

El género, moldeado por la publicidad

Redacción TO

Foto: Axe

Un grupo de hombres tira de una mujer en ropa interior: te están intentando vender pantalones. Un señor pisa la cabeza de una rubia con cuerpo de alfombra y el cartel reza “Es agradable tener una chica en casa”: de nuevo, están tratando de venderte un pantalón. Una joven desnuda tendida en el suelo mira con deseo un zapato masculino bajo un letrero que dice “Ponla en el lugar que le corresponde“: ahora quieren que compres calzado. Un hombre le echa el humo de un cigarrillo al rostro a una mujer con la frase “Sóplale en la cara y te seguirá a cualquier parte“: pretenden que te pilles una cajetilla de tabaco. Un marido le da unos azotes a su esposa: es un anuncio de café.

Cómo la publicidad define la masculinidad 1

Cómo la publicidad define la masculinidad 2

La lista continúa, pero lo que permanece estable es la capacidad de la publicidad para dar forma y manipular los conceptos de masculinidad y feminidad. Si las marcas de cosméticos y cuidado personal se van atreviendo a establecer un nuevo concepto de belleza femenina (Dove lanzó en 2013 una campaña en la que decía a las mujeres “Eres más guapa de lo que crees”), la revolución empieza a colonizar también el mercado masculino. Muy poco a poco.

Un anuncio de McDonald’s emitido en 2010 en Francia revolucionó a medio mundo por decirles a sus clientes “Ven como eres”. El spot mostraba a un adolescente homosexual; era de las primeras ocasiones en que la publicidad rompía con unos estereotipos masculinos que no reflejaban la diversidad del público consumidor. Los hombres gays, de hecho, tienen un papel central en esta nueva representación del género. Pero incluso así siguen vigentes los estereotipos de antaño. En su última campaña de vuelta al cole, en septiembre del año pasado, El Corte Inglés lanzó un anuncio en el que se veía a dos padres homosexuales intentando (pero no consiguiendo) forrar un libro; finalmente, el hijo de la pareja le dice a un amigo: “¿Ves?, te dije que con dos papás no es más rápido”. Mensaje (levemente camuflado): las tareas del hogar y de los niños son cosas de mujeres.

Quien ha dado un paso adelante es, irónicamente, una de las marcas más asociadas con la publicidad sexista: Axe. Después de años de ejércitos de mujeres persiguiendo a un hombre que huele bien y de dar cuestionables clases de seducción, la compañía de desodorantes realizó una investigación de mercado para analizar a su consumidor. Descubrió que a los hombres también les agobian las representaciones que hace de ellos la publicidad y que comparten con las mujeres el miedo a no estar a la altura del canon. ¿Resultado? Axe ha lanzado una inesperada campaña que rompe con su publicidad tradicionalmente sexista para dar no una, sino toda una diversidad de representaciones masculinas. Bajo el lema “Find your magic” (Encuentra tu magia), los nuevos spots de la compañía muestran a hombres delgados, con la nariz grande, vírgenes, que van en silla de ruedas, que llevan tacones, que se depilan los… y que usan Axe. Un nuevo paradigma publicitario para conectar con un público, el millennial, que ha dejado de sentirse reflejado con unos abdominales.

Escorpiones en una botella

Juan Claudio de Ramón

Foto: Manu Fernandez
AP Photo/Archivo

Quienes nos oponemos a la consideración de España como un ente plurinacional hemos de admitir que nuestra postura contiene un ángulo ciego o, al menos, un zona de inconsistencia que ha de aclararse. Al fin y al cabo, nuestra actual Constitución sí habla, de manera enfática y en lugar prominente, de una nación, que es la española. ¿Por qué, a fin de cuentas, esta sí y las otras no? Algunos de nuestros conciudadanos –sospecho que no tantos, pero eso importa menos– están convencidos de la existencia sentimental y material de otras naciones, sean la vasca o la gallega o la catalana. ¿Por qué preterirlas a favor de la española?

Es un asunto con el que un antinacionalista honesto debe encararse. Por mi parte, diré de entrada que con gusto suprimiría las referencias a la nación española de nuestra Carta Magna. Allí donde se lea «nación española» preferiría que se dijese sencillamente «España», lo que supone sustituir la categoría por la cosa, lo abstracto por lo concreto. El modelo son constituciones como las de Canadá o Suiza, que se las apañan para darse fundamento y norma sin mencionar en ningún momento una palabra de la que cabe dudar tenga un significado fecundo en el siglo XXI. Porque obligar a toda comunidad a ahormarse al molde de nación es la primera violencia que se hace a la complejidad del mundo. La nación no es, como se dice, un parapeto de la diversidad, sino lo contrario: el expediente más eficaz que tuvo la modernidad para acabar con la multiplicidad de lo real.

Pero hay más. En realidad, en ningún lugar dice nuestra Constitución que España sea una nación; sencillamente lo presume. Al hacerlo, se hace cargo de una larga tradición que nace en el inolvidable momento gaditano de 1812. Esta es la clave: la oportunidad histórica. España se constituye en nación cuando procede, en el siglo de las naciones, cuando la nación era una construcción ideológica útil para legitimar el paso de una soberanía dinástica a otra popular y con el tiempo democrática. Y en ese momento, que un jurista llamaría el procesalmente adecuado, no hay duda de que vascos y catalanes no sólo se identifican plenamente con la nación española sino que contribuyen a fraguarla. Las abultadas pesquisas del profesor Marfany, recientemente publicadas, no dejan lugar a la duda para el caso catalán.

Esto es lo primero que cansa y aburre del soberanismo catalán: su intento de poner por planta en el año 2017 un programa ideológico típicamente decimonónico. Pero la pega de vetustez es lo de menos. El problema radica en que, en su empeño por asegurar la unidad, todas las naciones son excluyentes en su fase constitutiva. Todas sin excepción se erigen frente a algo, y al hacerlo mienten y violentan su propia pluralidad interna. La ventaja de la nación española, frente a la catalana o la vasca, es que, como dice Arcadi Espada, sus mentiras fueron contadas hace mucho tiempo, y ya han marchitado a la luz del estudio. Cuando menos, de sus leyendas fundantes nos permitimos tener una concepción abierta y un ojo escéptico. Por ello, la nación española, en el pasado excluyente, está ahora en condiciones de ser inclusiva, sobre todo en el marco pluralista que diseñó nuestra constitución. Puede acoger, y de hecho acoge, su multitud de lenguas, de una manera improbable en los casos de la nación vasca o catalana, a cuya forja estamos asistiendo y que son dependientes del hecho étnico y privativo de una lengua propia, que se quiere única. La nación española es, en suma y como dicen sus críticos, banal, sin entender que eso es elogio y no crítica, mientras que las suyas son plúmbeas y vienen cargadas de deberes y malos humores. La Constitución española de 1978 contiene, en fin, la simiente de un benemérito y refrescante Estado post-nacional, donde cada uno pueda vivir su identidad libre de coacciones. De ahí que sea lamentable y ridículo el empeño de volver a trazar lindes nacionales entre nosotros. Lo grotesco es que ese empeño provenga de un partido que se dice igualitarista, y que lo haga, nada menos, en nombre de la convivencia, cuando solo puede servir a su destrucción. Porque las naciones no saben convivir y llenar el Estado con más de una es como llenar una botella con escorpiones: no sale bien.

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