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Cuotas rosas en la roca

Laura Fàbregas

Los hombres suelen ser más arriesgados que las mujeres. Al menos en algunos ámbitos, como los que entrañan cierto desafío físico. En los San Fermines, por ejemplo, son más los varones quienes deciden participar de esa larga carrera delante del toro. La temeridad, que no la valentía, se lleva bien con la estupidez.

El fin de semana lo pasé en la Playa Roja de Pals, en el mágico Ampurdán de los genios -¡y españolistas!- Dalí y Pla. Estuve observando durante un cuarto de hora bien bueno a los niños que saltaban al agua desde una roca bastante elevada. En la cola sólo había chicos, y de varias nacionalidades, que saltaban uno tras otro. Finalmente aparecieron dos chicas. La primera miró el vacío y reculó, diciendo que no quería saltar. La segunda saltó. Con un par.

Pensé en todas las jóvenes femi-oportunistas de mi edad, pidiendo cuotas rosas. ¿Pondrían también cuotas a la roca? ¿Para qué hubiera en la cola el mismo número de chicos que de chicas? En aquel entorno alegre y pueril, saltaba quien quería, sin presiones ni vetos, tampoco de los que operan sumergidamente. Algunos chicos saltaban como locos, y otros eran más reflexivos y se lo pensaban dos veces antes de lanzarse. Nadie se quejaba, esperaban su turno. Tampoco se conocían entre ellos, no había ningún grupo previo. El anonimato les daba libertad. Supongo que, para las de las cuotas, eran todos “machistas” por igual.

Susana Díaz: vivir es decidir

David Martínez

Foto: GERARD JULIEN
AFP PHOTO
“Se vive durante 20 años; luego, se sobrevive”, escuché defender una vez a Felipe González. Las preocupaciones de la vida adulta, la toma de conciencia sobre los aspectos más dolientes de la existencia -“envejecer, morir es el único argumento de la obra”, enseñó Gil de Biedma- nos estrechan el camino y lo condicionan todo una vez doblada la esquina de la madurez. Es entonces cuando acaba el prólogo alegre de la infancia y primera juventud para dar paso a lo serio: concatenar golpes, decepcionar, ser decepcionado y embarcarse en el frenesí imparable de la toma de decisiones, que no otra cosa es vivir. Casi siempre, por cierto, dejando con cada una de ellas un notable parte de daños colaterales. Esto es lo sustancial y por eso la psicología nos dice que la felicidad se manifiesta por momentos, nunca como un estado duradero; Cervantes escribió que esta se halla en el camino y no en la posada; o el catolicismo justifica el “valle de lágrimas” con el argumento de que precede a la vida eterna. Y también por eso nos esforzamos en buscar evasiones que nos distraigan de lo mollar, así sea circunstancialmente -excusas para no pensar-.

Decidir, decidir y decidir. No paramos de tomar una alternativa u otra en el laberinto de la vida, sabiendo además que el final será el mismo en cualquier caso, dotando así de una trascendencia a nuestros movimientos que por supuesto no tienen. (¿O sí la tienen?) Esta columna iba a versar sobre la decisión política más importante en la carrera de Susana Díaz, que es la de lanzarse a una batalla que en el mejor de los casos le otorgará el mando de un partido roto y reducido a la mitad de lo que era hace pocos años, con la seguridad de que perderá las próximas elecciones generales. Porque ni ella ni nadie puede remontar 14 puntos en menos de un ciclo electoral.

Iba a ir de eso, pero qué pequeña se queda la contienda política patria cuando se amplia el foco para conseguir una panorámica más completa. Díaz ha tomado una decisión que marcará toda su trayectoria y también -al menos durante un tiempo- la del PSOE y la de la política nacional, pero ninguna decisión de ninguna otra persona te afectará tanto como la menor de las que tomes tú mismo hoy. Será difícil, quizá, probablemente dañes a alguien, y después de ella tampoco te librarás del acoso de la memoria, pertinaz en esa misión de recordarnos que nos estamos muriendo, como supo ver Michi Panero. O que vamos sobreviviendo, que diría el más optimista González. Sí, vivir es decidir y autoengañarse, pero todo vale la pena cuando la elección de turno te lleva a empezar de nuevo. Porque Pavese tenía razón: La mayor alegría del mundo es comenzar.

Estrella distante

Manuel Arias Maldonado

Foto: TONY GENTILE
Reuters

Hace ya muchos años, interpelado a propósito de las críticas al Felipe González tardío, se preguntaba Rafael Sánchez Ferlosio qué significa exactamente eso de que un presidente del gobierno se encuentra “alejado de los ciudadanos”. Porque, añadía,  ¿qué tendría que hacer un dirigente para disipar esa impresión? ¿Frecuentar las tabernas?

Pues bien, lo mismo puede decirse de una Unión Europea a la que este reproche se ha dirigido con frecuencia. En realidad, ya era así antes de la crisis: las consecuencias de ésta no han hecho sino agudizar un sentimiento que ha ganado nuevos cultivadores a izquierda y derecha. Que la UE carezca de una cabeza reconocible dificulta, por añadidura, que baje a las tabernas. Por ello, su sexagésimo aniversario puede describirse como una aguda crisis afectiva que produce los correspondientes efectos sobre la legitimidad de las instituciones. Populistas, nacionalistas, conservadores, anticapitalistas: en solitario o exhibiendo insólitos solapamientos, los antieuropeístas de todas las confesiones atizan la rabia popular contra el monstruo tecnocrático europeo. Un retrato distorsionado à là Francis Bacon que los gobiernos nacionales han contribuido a dibujar cargando contra Bruselas en nombre de la soberanía nacional.

¡Proyecto de élites para las élites! Pero pregunte usted en 1957 a un campesino francés si quiere compartir soberanía con un abogado alemán. De hecho, la Unión Europea es el perfecto ejemplo del dilema del organizador: quien toma la iniciativa para hacer algo será objeto de las críticas feroces de aquellos que no harían nada en ningún caso. Por decirlo en términos más técnicos, el proyecto europeo demuestra qué fácil es forjar coaliciones negativas entre actores de veto incapaces de presentar alternativas viables. Y que, con desesperante frecuencia, cargan contra lo bueno en nombre de lo mejor.

No será fácil que Europa se aproxime a los ciudadanos. Se trata de un proyecto racional que no se deja sentimentalizar fácilmente. A su favor están los datos; en contra, la facilidad con la que simboliza el status quo cuyo derribo promete acceso a la nación soberana y protectora. Es una ilusión, pero de ilusiones se vive. En realidad, por supuesto, son los ciudadanos los que están alejados de Europa y no al revés. Pero saberlo tampoco sirve de mucho: solo servirán -cínicamente- los resultados.

Antonio Valero: "Ojalá hubiera más Sénecas en la política española"

Clara Paolini

Foto: Paco Navarro

El actor Antonio Valero (Burjasot, Valencia, 1955) lleva 40 años encima de los escenarios, detrás de las cámaras de cine y en platós de televisión, demostrando a cada paso una férrea pasión por la profesión.

Desde sus inicios en el Teatre Lliure y Els Joglars en los años 70, han llovido infinitas obras de teatro, éxitos televisivos (La forja de un Rebelde, Médico de familia, Cuéntame cómo pasó o Amar en tiempos revueltos) y un buen puñado de películas: Fue uno de los quinquis subidos en motocicleta en El Lute (Vicente Aranda, 1987), estuvo nominado a los Goya con El Color de las Nubes (Mario Camus, 1997) y ganó un juicio contra José Luis Garci por doblarle en El Abuelo (1998).

Ahora, se sube al escenario del Teatro Valle-Inclán de la mano del Centro Dramático Nacional para encarnar a Séneca bajo la dirección de Emilio Hernández. Al texto de Antonio Gala le acompañan poemas del mismo autor convertidos en canción, una dramaturgia descarada y un elenco capaz de revivir los males perennes de la política. Como resultado, un explosivo cocktail que en su complejo tejido envuelve de entretenimiento profundas reflexiones.

Un día antes del estreno, entrevistamos en exclusiva al actor minutos después del ensayo general.

Tras interpretar a Séneca durante hora y media encima de las tablas, ¿qué queda del personaje al bajar del escenario?

Una de las ventajas que hemos tenido siempre los actores es que aprendemos de los personajes y si éstos son interesantes, nos invitan a profundizar. En este caso es en la filosofía, en el teatro, en la poética y sobre todo en la acción política, que es el tema central de la obra. Se podría decir que con Séneca, cada día me hago un poco más estoico.

Séneca es un estoico, aunque también se le acusa de hipocresía por predicar moralismo rodeado de riquezas,  ¿es extrapolable esta situación a personajes de carne y hueso de la política actual?

Ojalá en hubiera más Sénecas en la política española. En general, el contexto político de España está impregnado de mediocridad. Séneca es un ser superior porque en sus circunstancias se jugaba la vida; la dignitas romana obligaba al suicidio cuando se perdía la dignidad. Ahora no se juegan nada y lo único que hacen es robar a manos llenas.

“Hay un desprecio real por parte del Gobierno hacia el mundo de la cultura y viceversa, porque viendo cómo nos tratan, también ellos nos producen asco y desprecio”

Séneca le enseña a Nerón la importancia de las artes y la cultura pero parece que todo queda un querer y no poder.

El problema de los políticos de ahora es más bien el no querer y el no poder. No tienen ningún interés por la cultura ni por las artes. El otro día Cristóbal Halffter, uno los grandes compositores de música contemporánea del país, hizo un demoledor discurso pidiendo protección para la cultura porque realmente no hay cultura en España. En estos momentos es como si no tuviéramos Ministro de Cultura, porque además es de deportes, que supongo que le interesa más, y de Educación, que mejor no aparecer por allí para que no le metan ningún puro. Podríamos prescindir de él.

Es un problema gravísimo de desamparo con respecto de las instituciones. El 82% de los actores está en paro; es muy bestia. Hay un desprecio real por parte del Gobierno hacia el mundo de la cultura y viceversa, porque viendo cómo nos tratan, también ellos nos producen asco y desprecio.

¿Cuál sería la posible luz al final del túnel?, ¿cómo se podría revocar esta situación?

“La solución es un consenso universal. No es cosa de uno. En la sociedad soñada por mí se realizará cuando se use la propiedad correctamente, la parte de lucro se extinga y el dinero desaparezca…”.

“Tenemos que volver a replantear la función pública, la democracia, el qué queremos. Ya está bien del mundo del dinero y el beneficio”

Citando a Séneca.

Séneca dice que “ahora esa libertad de elegir corrompida se ha transformado en esclavitud bajo el que manda”. La democracia no era antes elegir una vez y someterse luego al elegido, como ahora, que parece que votas y ya se te pueden llevar la casa. Tenemos que volver a replantear la función pública, la democracia, el qué queremos. Ya está bien del mundo del dinero y el beneficio; la vida y la sociedad tienen que ir por otro camino.

La obra se basa en un personaje de hace más de dos siglos y el texto de Antonio Gala ha cumplido los 30 años, pero refleja una rabiosa actualidad.  ¿Es esa una de las principales cualidades del buen teatro?

Gala escribe la función hace 30 años basándose en los textos de Séneca, en sus cartas, en sus discursos… Y parece escrito para hoy. Uno de los personajes es una refugiada siria que habla de “las gentes que se quedan en el mar”, y estaba ahí, en los textos se Séneca, al igual que la corrupción. Es absolutamente increíble lo poco que han cambiado los males. Lo que no se entiende es cómo la sociedad civil aguanta a los políticos haciendo lo que están haciendo. En España, cuando ves a los Pujols, los Bárcenas, y yo que soy valenciano ya no te quiero ni contar…Las cantidades de dinero de las que hablan, son una barbaridad, y lo cobramos tú y yo es una puta mierda.

“Tenemos que empezar a buscar una sociedad lo más parecida al Renacimiento posible”

La historia se repite.

Por desgracia es una especie de bucle infinito para lo negativo. No es que digamos “igual nos toca otra vez el Renacimiento o el Siglo de Oro”, lo que sí que nos tocará es la Guerra de los Cien Años, la peste, el cólera…

 ¿Ninguna esperanza hacia un nuevo Siglo de Oro español?

Ya me gustaría. Son épocas muy creativas donde curiosamente el poder sí apoyaba la cultura. En el Renacimiento los poderosos tenían mucho dinero pero también lo invertían en crear belleza y apoyaban la cultura, elementos indispensables para la Humanidad. Este tipo de épocas ocurren muy de tarde en tarde. Tenemos que empezar a buscar una sociedad lo más parecida al Renacimiento posible; recuperar el espíritu del conocimiento, del saber, de la Ilustración…

“Los de la casta ahora ya son un poco castilla”

Nos queda un trecho.

Además nos escandalizamos por Trump, pero mira a Rajoy. Mira la la valla de Ceuta, estaba ahí antes de la idea de los americanos. Por desgracia, las dos últimas elecciones produjeron cierta ilusión de posible cambio para eliminar mayorías pero los de la casta ahora ya son un poco “castilla”. En el Ayuntamiento de Madrid ya vamos por el tercer Concejal de Cultura, ¿dónde está el puto proyecto para la cultura?

Si pudieras elegir, ¿a quién nombrarías Ministro de Cultura?

Al Presidente de Gobierno, fíjate lo que te digo. Yo lo que querría es un filósofo-rey, alguien que no pensara que la vida de la gente es economía. La vida de la gente es Humanismo y son los valores que tiene que ofrecer un Gobierno. Séneca dice en un momento: “¿De qué sirve elegir entre una forma u otra de gobierno?, ¿mejora acaso al hombre?” Cuando lo leí me hizo reflexionar. Elegir entre la izquierda o la derecha vale, ¿pero vamos a elegir porque va a mejorar al hombre? Educación, urbanismo, sanidad, leyes de dependencia, cultura… eso a es lo necesario.

Los Planetas: lección musical desde Zona Temporalmente Autónoma

Antonio García Maldonado

Foto: Los Planetas

Durante siglos, la comunidad científica se dividió entre los ptolemaicos y los aristotélicos. Unos decían que lo que veíamos era lo que había; los otros, que la observación no era importante, sino las ideas que sustentan –y condicionan– esa mirada. ¿Qué hacen los planetas? ¿Alrededor de qué orbitan? ¿U orbitamos nosotros alrededor de ellos? Con la banda granadina Los Planetas existe un debate que, aunque menos trascendente, en según qué entornos es igual de enconado con cada nuevo disco que presentan. ¿Confirmación y evolución de su genio? ¿Declive musical imparable?

Pocos dudan ya del magisterio de una banda de rock ecléctico que ha dado discos como ‘Unidad de desplazamiento’ (2000) o ‘La leyenda del espacio’ (2007), donde está presente la búsqueda en las raíces combinada con la psicodelia guitarrera. Aunque ya sabemos lo mal que llevan algunos el éxito de público de otros. Así que el regreso de estos Planetas ha de observarse con un telescopio sofisticado, de los que ahora la NASA o algún millonario plantan en algún desierto sin contaminación lumínica. ¿Alrededor de qué eje orbitan ahora los Planetas de J.? De uno distinto, sin duda, pero al que llevaban tiempo acercándose.

Vuelven Los Planetas y nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos 2
Foto via Los Planetas.

Con ‘Zona temporalmente autónoma’, pocas dudas hay de que, sin dejar la galaxia que los ha hecho una banda inconfundible gracias a su sonido apabullante y sus letras de fuerte arraigo generacional, parecen cambiar de eje de rotación. De los rencores amorosos y las resacas juveniles de su clásico ‘Un buen día’ o ‘Canción del fin de mundo’, a las preocupaciones místicas de la intensa ‘Islamabad’. Han pasado muchas cosas entre unos discos y otros, no sólo en el mundo, sino también en ellos, como la paternidad de J. o la dedicación a proyectos paralelos como Los Evangelistas y Grupo de Expertos Solynieve.

Tras siete años y algunos EP, Los Planetas vuelven con un disco que, desde el título con referencia explícita al anarquista Hakim Bey y sus TAZ (1991), muestra la madurez político-sentimental de una banda con la que toda una generación se ha identificado durante años. Entre tanto, sobre Los Planetas han orbitado con fuerza gravitatoria extrema el flamenco del granadino Enrique Morente, el trapero Yung Beef y otros estilos populares. El resultado es un disco extraordinario, libérrimo, ecléctico, que mantiene lo mejor del guitarreo sucio estilo Spaceman 3 con la voz sugerente de un J. que canta mejor cuanto más consciente es de que su voz, sin sus letras y sin su banda, no da para mucho.

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Foto via Los Planetas.

Según explicaba el cantante en una entrevista reciente, aunque el concepto de Zona Temporalmente Autónoma tuviera esencialmente un sentido político, también debía enfocarse emocionalmente. O, mejor dicho, que esos espacios de liberad ajenos al control social hay que construirlos ahora desde lo sentimental e íntimo, y siempre bajo el incordio de un marco de relaciones sociales que no facilitan la tarea. La banda granadina no hace activismo, pero tampoco esconde aquí su posición política. Un proceso de madurez que algunos pueden ver como excesivamente crítico, como cuando al hablar del desamor veinteañero nos transmitían que sin el ligue de la noche anterior no merecía la pena levantarse el lunes para ir a la facultad. Los Planetas son intensos, para algunos demasiado, con justicia para la mayoría. En gran medida son reflejo de su generación. Espejo, pero también luz.

Es el caso de este disco, que en su memorable ‘Islamabad’ llega a colindar en su sentido más profundo con algunas tesis de la Teología de la Liberación; corriente que a su vez tiene un verso amoroso (sí, explícitamente amoroso pese a partir de un religioso como Ernesto Cardenal) en el que parece haberse inspirado J. para componer ‘Porque me lo digas tú’, una canción que puede entenderse como la secuela treintañera y cuarentona de sus primeras canciones. Los Planetas hacen suyo el verso de Gil de Biedma y lo aplican a los indies: “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

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Foto via Los Planetas.

Dice Ernesto Cardenal sobre un desamor: “Al perderte yo a ti / tú y yo hemos perdido / yo, porque tú eras lo que yo más amaba / y tú, porque yo era el que te amaba más /, pero de nosotros dos, tú pierdes más que yo, / porque yo podré amar a otra como te amaba a ti, / pero a ti no te amarán como te amaba yo”. Y J. canta, acompañado de su banda rock y de unos preciosos arreglos de cuerda: “Puedes irte a Buenos Aires, puedes irte a Nueva York, no vas a encontrarte a nadie que te quiera más que yo”. En este viaje en sentido inverso hacia las mismas conclusiones, esa combinación de lo religioso-místico y lo sentimental tiene en Granada una fuente de inspiración privilegiada.

Evoluciona una generación, y cambian los juglares que la cantan y la moldean. Un disco para disfrutar más en la casa y en las butacas que en los bares. Porque, además, ya no vamos tanto de bares.

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