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Humanismo

Laura Fàbregas

Las grandes civilizaciones han eclosionado siempre en lugares con mucho sol. Desde los egipcios, la antigua Grecia –cuna de la democracia– o el Imperio Romano, el buen clima ha propiciado el fomento de las relaciones sociales, convirtiendo estas sociedades en referencia durante mucho tiempo de la religión, la filosofía, el derecho o la política. Del humanismo, en fin.

Los países del norte de Europa, en cambio, mucho más expuestos a las inclemencias del tiempo, han desarrollado históricamente un vínculo con la naturaleza más estrecho, que se observa en sus grandes zonas verdes, en su cultura medioambientalista o en la extensa producción de leyendas sobre seres que viven en el bosque.

El grupo de música catalán Manel tiene una canción sobre una chica extranjera –supuestamente del norte– que vive en Barcelona y le explica al protagonista de la canción un cuento que le cantaban de pequeña para ir a dormir, sobre un “hombre que vive aislado entre olmos y flores y se protege de los malos humanos con un ejército animal”.

Esa nostalgia del buen salvaje, el culto a la naturaleza y a los animales a menudo me hace pensar que hay una falta de compromiso con los otros seres humanos. Leonardo DiCaprio es la estrella mediática que defiende la lucha contra el cambio climático, con discurso ante las autoridades de la ONU incluido. Un millonario actor de 42 años, sin hijos y con una extensa lista de novias –casi todas modelos– a quienes dobla en edad es uno de los que encarna a día de hoy el nuevo modelo de compromiso progresista.

Esto me recuerda la historia de una amiga mía que vivía en un piso compartido con unas compañeras y un día decidieron echarla de casa para sustituirla por otra amiga más cercana. Sin preaviso ni motivo objetivo. Eso sí, en la entrada de casa había un cartel que declaraba: Welcome Refugees.

Las 7 mejores cabeceras de serie de la historia

Redacción TO

Foto: Adam Arkapaw
HBO

Aunque puede que muchas personas pasen por alto estas cabeceras, consumidos por la impaciencia, hambrientos de más episodios, algunas de ellas son obras maestras en sí mismas. La mayor parte de la selección corresponde a series de la última década, salvo por una honrosa excepción. Y aunque otras grandes cabeceras han quedado fuera, esta es sin duda una muestra representativa de la deslumbrante creatividad de las series televisivas norteamericanas, con las productoras Netflix y HBO a la cabeza.

A continuación, la lista:

True Detective (Temporada 1):

La serie de un macabro crimen por resolver es absorbente desde los títulos de crédito. Esta superposición de capas con vistas a escenas de vicio y paisajes de Lousiana sugiere un clima oscuro que luego se reafirma en este guión extraordinario de Nic Pizzolatto. La melodía de Far from any road, de The Handsome Family, hace el resto.

Stranger Things:

Los sintetizadores del opening consiguen ponernos los pelos de punta. Las aventuras de estos niños de Hawking, que habitan el pueblo remoto de Hawkins (y, según parece, otros territorios más hostiles), cohabitan a la perfección con la música de Survive, pero también con canciones que trasladan a otra época: Jefferson Airplane, The Clash, Echo & Bunnymen, Joy Division…

BoJack Horseman:

Esta no será probablemente una elección justa; se trata de la única serie de animación de la lista. Pero BoJack Horseman tiene un espíritu que la hace especial, con esa nostalgia de actor deprimido y venido a menos que se recluye en el alcohol y las drogas y las fiestas salvajes en una mansión que preside una colina de Hollywoo (así, sin la D). La música es obra de Patrick Carney. Ajá, el batería de los Black Keys.

Los Soprano:

El recorrido de Tony Soprano, puro en mano, hasta las calles de Nueva Jersey, bordeando la grandilocuente Nueva York, como diciendo ‘Estas son mis calles, aquí mando yo’. Una serie que marcó a una época y a una generación y que imprime su esencia en esta cabecera, donde resulta imposible no reconocer la canción Woke up this morning, de Alabama 3.

“…and mama always said
you’d be the chosen one”.

Mad Men:

Apenas supera el medio minuto y parece revelar un final anticipado, con Don Draper, el protagonista, descendiendo a los infiernos o, simplemente, lanzándose por la ventana. En cualquier caso, es una de las cabeceras más evocadoras que se haya visto y la canción A beautiful mine, de RJD2, acompaña en la travesía.

Vinyl:

El polvo del vinilo y la cocaína y los escenarios locos del rock and roll de los setenta visitados desde las entrañas en esta serie que no llegó muy lejos a pesar de tanta creatividad desbordante. Mick Jagger, Martin Scorsese, Terence Winter y Rich Cohe apostaron bien fuerte por ella, pero no fue suficiente. La canción Sugar Daddy, de Sturgill Simpson, es la dignísima antesala de lo que está por venir.

Breaking Bad:

Si algo puede decirse de esta cabecera es que va al grano, sin florituras. Es ingeniosa y creativa, un viaje breve por la tabla periódica que reúne la vida y muerte de esta serie que ha convertido la Química (y la metanfetamina) en temas casi ordinarios. La música, aunque simple, se instala en tu cabeza y no te abandona y, tras el episodio final, se convierte en algo más que una sintonía. La compuso, por cierto, Dave Porter.

Al fin una buena razón para frecuentar librerías

Joaquín Jesús Sánchez

Foto: CHARLES PLATIAU
Reuters

A una librería no hay que ir (¡contra todo pronóstico!) a comprar libros. No, al menos, desde que el progreso nos permite comprar cualquier cosa en pijama y babuchas. Es cierto que el librero te recomienda buenos libros, pero, ¿no hay algoritmos de publicidad mucho más documentados (y con mucho más empeño)? La única diferencia es eso que se llama «el toque humano». Y no exageres: todavía existen los culturales y la crítica; y algún amigo lector tendrás, digo yo.

Por eso, a las librerías no hay que ir a comprar libros: hay que ir a husmear. Verás: la gente que sigue comprando libros, ahora que se puede tener la biblioteca de Alejandría en una pantallita, establece unas relaciones curiosísimas con estos objetos. ¡Objetos! Un libro no es un texto: un libro es una cosa. Por eso importa el gramaje del papel, el tipo de impresión, el modo en que está encuadernado, la tipografía y la portada. ¡Qué divertido es verlos escoger! Los tocan, los abren, los comparan. Preguntan alguna cosa al librero. Los vuelven a mirar. Hay una multitud de gestos a los que hay que estar atento: cómo se pasan las yemas por el papel, cómo se arquean los dedos al abrir las páginas, cómo se entornan los ojos al examinar las tapas. ¡Estás siendo testigo de un momento privadísimo! Y completamente a salvo, haciendo como que estás a otra cosa; como en esas películas de espías de sombrero y gabardina, que se refugian detrás de un periódico (qué grandes eran esos periódicos, ¿no?).

Y si la librería no es la sucursal de una cadena, ¡qué gran felicidad! ¡También se puede diseccionar al librero! ¿Qué extraña sucesión de apetencias le habrá hecho tener esos libros y no otros? ¿Y ese orden? Si el orden de una biblioteca pretende ser científico, el de una librería no sólo eso, ¡también mercadotécnico! Repasar los estantes es como oír una confesión o jugar al psicoanalista (¿hay entre estas cosas alguna diferencia?). Si se busca con atención, en algún momento aparece el ejemplar a la moda, desentonando: ah, ¡el deseo de vender!¡Los vicios del mundo! Qué gran consuelo encontrar la bajeza ajena.

Es difícil curiosear en las bibliotecas ajenas, salvo que uno pertenezca a una experimentada estirpe de atracadores nocturnos. Mayorga, el dramaturgo, me hablaba hace unas semanas de un supuesto coleccionista que no enseña su colección, porque el que la viese accedería a algo íntimo, como un retrato; porque el coleccionista, para acrecentarla, habría cometido, en algún momento, hechos vergonzosos. Pero tú, frecuentador de librerías, puedes disfrutar del momento inicial, de los detalles de la adquisición de una nueva pieza: de los titubeos, del entusiasmo o de la resignación. ¡Ni todos los Amazones del mundo pueden procurar eso! Así que ve a hacer de mirón y no te preocupes con moralinas: ¿cree que los otros no te observan?

De librerías

Javier Fórcola

Foto: CHARLES PLATIAU
Reuters

De viejo o de nuevo. Las primeras, de lance, de saldos, de segunda mano, de bibliófilo, de anticuario. Sin contar chamarileros, rastros y encantes. Las segundas, generalistas, infantiles, de novedades, de libros de bolsillo, de viajes, de ensayo, de fondo. Cadenas o independientes. Algunas, abiertas a mediodía; otras, con horarios alternativos, tentadoras hasta medianoche. De barrio, históricas, con solera, con librero. Organizar un viaje contando con las librerías que uno quiere visitar: la librería como parte de la aventura. El encanto, azaroso y emocionante, de atravesar el umbral de esa librería que nos sale al paso.

Para un flâneur urbanita como el que suscribe estas líneas, deambular por la ciudad, sin rumbo fijo, tiene como gran aliciente visitar semanalmente alguna de mis librerías preferidas –especie de puertos seguros que nos salvan del tráfago urbano durante unos minutos–; o, en caso de hacerlo por una ciudad desconocida, por primera vez visitada, disfrutar del hallazgo de una de ellas, aún no explorada. Las librerías son la isla del tesoro, a disposición de cualquier bolsillo.

Bien es cierto que la visita a la librería, como a cualquier otro comercio o tienda, puede tener una motivación premeditada –vamos a la librería a buscar un libro concreto–; como cualquier libro no dejará de tener, en la sociedad postindustrial en la que vivimos y compramos, la condición de mercancía o producto de consumo. Pero cualquier lector sabe que eso no es así. Los libros son más que cosas; las librerías son más que tiendas. Sí, en tiempos de internet, somos capaces de comprar, a golpe de tecla, lo que deseamos: en casa, delante de nuestro portátil; por la calle, con el móvil en la mano mientras deambulamos, autistas en nuestra burbuja, sin mirar lo que nos rodea.

Ahí están los famosos «buscadores», que nos permiten «acceder» a la información y a «la gran tienda universal donde todo se puede comprar». Las tiendas online que nos tientan, permanentemente, proponiendo precisamente lo que estábamos buscando, tras haber dejado ese ingenuo rastro de cookies tras nuestras navegaciones por la Red. Para el flâneur urbanita, las cosas no funcionan así. Él no busca, si acaso, encuentra. Lo que encuentra, la mayoría de las veces, le sale al paso, le deslumbra, le sorprende. Y como en todo encuentro –el azar tiene su propia lógica–, el hallazgo de este libro –el que no conocíamos; el que esperábamos; con el que hemos soñado; el que habíamos perdido, o prestado; el que queremos regalar; el que nos hubiera gustado escribir, o publicar– nos produce dicha.

La felicidad más allá de la tecla, más acá de lo virtual. Uno no va a una librería como va a otro comercio; no compra un libro como compra medio kilo de manzanas. En el fondo, uno visita una librería, como cuando va al cine o pasea por un museo, con un propósito: en busca de la felicidad.

¿Y si te pagaran por moverte en bici?

Redacción TO

Foto: MICHAEL KOOREN
Reuters/Archivo

Poder desplazarte en cualquier momento y a cualquier lugar en las ‘bicicletas 2.0’. Ese es el objetivo de las Startups que están apostando fuerte por los vehículos de dos ruedas (sin motor) para moverse por las calles de las ciudades chinas. La manera de utilizarlas es sencilla: debes descargarte una aplicación, dejar un depósito de dinero y a través de un GPS podrás encontrar las bicicletas más cercanas y desbloquear una de ellas con el teléfono, escaneando un código QR (o de respuesta rápida). Treinta minutos de uso cuesta alrededor de un yuan (15 céntimos de dólar), y ahora Mobike, una de las principales empresas de bicicletas compartidas de China, ha ido un paso más allá: paga al usuario por utilizar la bici.

Esta empresa, que nació hace un año en Shanghái, trabaja también en Pekín y planea extenderse a otras ciudades del país y del extranjero. Sin embargo, durante este tiempo, la compañía se estaba encontrando con un problema importante: sus bicicletas, en numerosas ocasiones, quedaban aparcadas en lugares marginales o vecindarios demasiado tranquilos a los que no llegaba mucha gente, y por tanto era complicado recuperar esa bici y devolverla a zonas más transitadas. Así, y echando mano de la tecnología, Mobike ha resuelto el problema, o al menos, lo está intentando. Al abrir la aplicación para ver las bicicletas que están disponibles, el usuario podrá ver también los llamados bonus bikes, etiquetados con un sobre rojo. Aquellos que utilicen estos bonus bikes, al menos durante diez minutos, podrán recibir un regalo en efectivo que oscila entre uno y cien yuanes, es decir, que podrían ganar hasta casi 15 dólares. El regalo mínimo ya paga el coste del paseo durante treinta minutos.

“El premio puede aumentar si se deja cerca del metro”

¿Y si te pagaran por moverte en bici?
Aquellos que utilicen las bicicletas cerca de donde hay un sobre rojo, podrán obtener un premio en efectivo. | Imagen: Mobike

Por tanto, recuperar estos vehículos tiene un premio que puede aumentar, además, si la bici se recoge y se deja cerca de una boca de metro o de un distrito de negocios, que son áreas altamente transitadas, según afirmó un representante de Mobike para la publicación Quartz. Empresas como Ofo o la propia Mobike compiten con los servicios públicos de alquileres de bicicletas, aunque con la ventaja de que no tienen puntos de aparcamiento fijos, y se puede dejar la bici en cualquier lugar.

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Mobike está ganando popularidad en distintas ciudades chinas. | Foto: Andy Wong / AP

Pero, ¿cómo puede Mobike darse el lujo de pagar a los usuarios para montar sus bicicletas? Recientemente, la compañía ha recibido más de 300 millones dólares en fondos de capital de Temasek de Singapur e inversión complementaria de Hillhouse Capital, incluyendo, además, la financiación dirigida por el gigante tecnológico chino Tencent. Estos inversores han demostrado que están dispuestos a apostar fuerte por el próximo gran negocio en China, un país donde la contaminación y los atascos producidos por millones de vehículos no dan tregua.

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La polución en Pekín hace la atmósfera irrespirable. | Foto: Jason Lee / Reuters Archivo

Más incentivos para moverse en bici

La bicicleta cada vez está más integrada como medio de transporte alternativo, sobre todo en ciudades europeas. En países como Francia, el Gobierno llevó a cabo un proyecto piloto por el que 18 empresas voluntarias pagaron 25 céntimos de euro por kilómetro a los empleados que iban en bici al trabajo. En tan solo seis meses, el porcentaje de personas que decidieron pedalear aumentó en un 50%. Debido al éxito de la medida, el Gobierno decidió tramitarlo por ley, y el reembolso para aquellos que se mueven en bici puede ser de hasta 200 euros al año, que las empresas se deducirán de las cotizaciones sociales.

El sistema de referencia para los franceses es el que se viene aplicando desde hace años en Bruselas. En la capital belga se pagan 22 céntimos de euro por kilómetro recorrido, con un máximo de 15 kilómetros por jornada, además del privilegio de quedar exentos del pago de impuestos relacionados al transporte. Todas estas medidas han conseguido que el 8% de los trayectos laborales en Bélgica se realicen actualmente en bicicleta.

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Bruselas es una de las ciudades referentes en el uso de la bicicleta. | Foto: Geert Vanden Wijngaert / AP

España se sitúa muy lejos de este porcentaje porque, a pesar de haberse producido un aumento en el uso de la bicicleta, solo en 1,6% de la población la utiliza para moverse por las ciudades. Los beneficios en la salud, en la economía y también en el medioambiente no se potencian en la sociedad española, ya que la mayoría de las urbes no están acondicionadas para este medio de transporte, aunque sea en distancias cortas.

Las graves consecuencias de una contaminación que nos asfixia está obligando a los gobiernos a tomar medidas para limitar, por ejemplo, el uso de los vehículos privados. Al tiempo, las advertencias de los expertos sobre los riesgos para el planeta y por ende, para nuestra salud, siguen aumentando el tono para denunciar un modelo económico en el que las mascarillas serán, más pronto que tarde, un complemento imprescindible.

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