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Humanismo

Laura Fàbregas

Las grandes civilizaciones han eclosionado siempre en lugares con mucho sol. Desde los egipcios, la antigua Grecia –cuna de la democracia– o el Imperio Romano, el buen clima ha propiciado el fomento de las relaciones sociales, convirtiendo estas sociedades en referencia durante mucho tiempo de la religión, la filosofía, el derecho o la política. Del humanismo, en fin.

Los países del norte de Europa, en cambio, mucho más expuestos a las inclemencias del tiempo, han desarrollado históricamente un vínculo con la naturaleza más estrecho, que se observa en sus grandes zonas verdes, en su cultura medioambientalista o en la extensa producción de leyendas sobre seres que viven en el bosque.

El grupo de música catalán Manel tiene una canción sobre una chica extranjera –supuestamente del norte– que vive en Barcelona y le explica al protagonista de la canción un cuento que le cantaban de pequeña para ir a dormir, sobre un “hombre que vive aislado entre olmos y flores y se protege de los malos humanos con un ejército animal”.

Esa nostalgia del buen salvaje, el culto a la naturaleza y a los animales a menudo me hace pensar que hay una falta de compromiso con los otros seres humanos. Leonardo DiCaprio es la estrella mediática que defiende la lucha contra el cambio climático, con discurso ante las autoridades de la ONU incluido. Un millonario actor de 42 años, sin hijos y con una extensa lista de novias –casi todas modelos– a quienes dobla en edad es uno de los que encarna a día de hoy el nuevo modelo de compromiso progresista.

Esto me recuerda la historia de una amiga mía que vivía en un piso compartido con unas compañeras y un día decidieron echarla de casa para sustituirla por otra amiga más cercana. Sin preaviso ni motivo objetivo. Eso sí, en la entrada de casa había un cartel que declaraba: Welcome Refugees.

Las mejores escapadas en la naturaleza a menos de una hora de Madrid

Redacción TO

Foto: Kus Cámara
Flickr bajo Licencia Creative Commons

Tráfico, ajetreo, asfalto, oficinas, contaminación, gente y más gente. Tiendas, autobuses, restaurantes y aceras a rebosar, estrellas invisibilizadas por la “boina” y una contagiosa sensación de tener prisa. Es fácil amar la ciudad de Madrid, pero también sencillo desear huir, y para que el amor perdure resulta necesario vislumbrar la urbe desde la distancia de vez en cuando. El cuerpo y la mente agradecen experiencias imposibles de vivir en la capital y aunque eso de “respirar aire fresco” suene a droga hippie, un buen chute de naturaleza es a veces vital para la supervivencia de todo urbanita.

¿A dónde ir si apenas tienes un par de días?, ¿qué lugares cerca de Madrid merece la pena visitar?, ¿cómo disfrutar de un día o dos de excursión en la naturaleza sin la necesidad de hacer más de 100 kilómetros en coche? Con la llegada del buen tiempo y festivos que imponen merecidos recreos en la monotonía laboral, nada mejor que planear una escapada para recordar que existen ríos, bosques, cascadas, montañas y mágicos parajes naturales muy cerca de Madrid. Planes baratos, cercanos y apetecibles a menos de una hora de la capital española.

Las Cascadas del Purgatorio

Dentro de la Comunidad de Madrid, una impresionante cascada de cerca de 15 metros llena de sonidos un emplazamiento de excepción. Frente al Monasterio de El Paular, en el Puente del Perdón de Rascafría, empieza una fantástica ruta fantástica que lleva a uno de los parajes más bonitos de la Sierra de Guadarrama: las Cascadas del Purgatorio.

Allí, el arroyo del Aguilón, un caudaloso afluente del Lozoya, surca el valle con las montañas como telón de fondo. Robles y pinos acompañan en el camino, y muy cerca, en Rascafría, además del Monasterio, es posible encontrar restaurantes y alojamientos con los que disfrutar del resto de la jornada. También en las cercanías y perfectas para disfrutar del calor de los meses de verano, las piscinas naturales de Las Presillas ofrecen una refrescante opción para darse un chapuzón disfrutando de llamativas vistas a Peñalara.

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Ruta desde Monasterio de El Paular a las Cascadas del Purgatorio, Rascafría | Foto: Tuscasasrurarles / Flickr

Pantano de San Juan

¿Quién dijo que Madrid no tiene playa? En el Pantano de San Juan, a pocos kilómetros de la capital, está permitido (y recomendado) el baño. El embalse dispone de varias zonas de arena donde plantar sombrilla para sentir sensaciones tropicales en pleno centro de la península. Además, se pueden alquilar barcas, piraguas, aprender en el curso de vela y en los meses de verano, darse un chapuzón sin miedo al oleaje.

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Castañar de El Tiemblo

Uno de bosques de castaños más bellos de España, contiene en su interior enormes árboles centenarios entre los que se encuentra “el abuelo del bosque“, el ejemplar de esta especie más grande de Europa con un perímetro de más de diez metros. El Castañar de El Tiemblo se encuentra en la parte más estrecha de la garganta que forma el río Yedra, casi en el límite entre Ávila y la Comunidad de Madrid.

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Los rincones de el Castañar de El Tiempo, naturaleza en estado puro | Foto: Jonybraker / Flickr

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Aldea del Fresno

Para salir de la ajetreada vida de ciudad, basta recorrer 52 kilómetros hacia el oeste. Llegaremos a una pequeña población de unos 2.500 habitantes bañada por los ríos Alberche y Perales. Se trata de Aldea del Fresno, un enclave rodeado de espectaculares paisajes y bellos senderos.

En el propio municipio, es posible visitar la torre de la Iglesia del siglo XVIII de San Pedro Apóstol y la Granja El Santo, un conjunto arquitectónico en el que destaca la ermita de San Saturio, del siglo XIV. Un simple paseo basta para disfrutar de la naturalexa, pero en un recorrido un poco más largo llegaremos a la presa de Picadas, pudiendo seguir desde allí el curso del río hacia el embalse de San Juan que mencionábamos más arriba.

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Uno de los rincones que visitar en los alrededores de Aldea del Fresno | Foto: Wikimedia

La Pedriza

“Parece mentira que estemos tan cerca de Madrid” es, por norma, el primer pensamiento que aparece en la menta al recorrer el Parque Natural de La Pedriza, en la Sierra de Guadarrama y perteneciente al municipio de Manzanares el Real. Cada rincón de este tesoro natural esconde placeres para la vista y aunque no se trate de ningún secreto y ciertas zonas estén más que concurridas, resulta sencillo perderse entre sus senderos hasta encontrar la paz.

En este berrocal de 3.200 hectáreas encontraremos riscos, arroyos y praderas, una vegetación que mezcla el bosque mediterráneo y la de alta montaña y una variada fauna entre la que destacan las águilas, los reptiles y las cabras. Se trata de una zona de gran interés geológico y paisajístico que ya contó con presencia humana desde la Edad de Bronce, pero que más de 3.000 años después, ha conseguido mantener, a pesar de los turistas, su encanto natural.

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Una de las “piscinas” escondidas en La Pedriza | Foto: Nicolas Vigier /Flickr

La Chorrera de los Litueros

Con más de 30 metros de altura, la Chorrera de los Litueros es la cascada más alta de la Comunidad de Madrid. Para llegar, basta recorrer una sencilla ruta desde el Puerto de Somosierra, disfrutando a nuestro paso del bosque centenario conocido como Dehesa Bonita. El agua procede del el arroyo del Caño, formado por manantiales de las cumbres y es su caudal el que da origen al nacimiento del río Duratón.

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Vista de las cascadas de la Chorrera de Litueros | Foto: Jesús Pérez Pachecho / Flickr

'La vista desde aquí', una conversación en la era de la dispersión digital

Lidia Ramírez

Foto: Cecilia de la Serna
The Objective

Una de las características que distinguen al ser humano de los animales, es la capacidad de hablar, acto que permite a la persona comunicar mensajes y obtener una respuesta de su interlocutor, proceso que se lleva a cabo para alcanzar un fin. La generalización de los mensajes de móvil y de las redes sociales ha cambiado radicalmente la forma de comunicarnos y las relaciones interpersonales, y existe cierta preocupación sobre cómo esos nuevos hábitos están afectando a la capacidad de conversar y a las relaciones cara a cara. La psicóloga del Massachusetts Institute of Technology (MIT) Sherry Turkle, que lleva tres décadas estudiando cómo nos adaptamos a los avances de la tecnología y cómo influyen en nuestras relaciones, aseguraba en su último libro, ‘Reclaiming Conversation: the power of talk in a digital age’, que a veces se olvida que hay una nueva generación que ha crecido sin saber lo que es una conversación ininterrumpida.

Poco queda ya de los salones de la Francia literaria, los cafés de la gran Viena o las tertulias del Madrid intelectual. Sin embargo, a pesar de que el arte de la conversación haya perdido altura, es condimento insustituible de una buena literatura. Ejemplo de ello es el último libro publicado por el periodista, escritor y editor de El Subjetivo, Ignacio Peyró, ‘La vista desde aquí: una conversación con Valentí Puig’ (Elba Editorial). Una mirada no fatalista sobre la España moderna, no pocas consideraciones sobre Cataluña, abundante crítica social y cultural, etc. Nueve partes que han sido el resultado de años de intercambio amistoso e intelectual con un referente de las letras españolas, el escritor y articulista catalán Valentí Puig, también colaborador de la sección de opinión de The Objective, a quien Peyró define como alguien “capaz de manejarse con solvencia tanto en la literatura pura –de la novela a la ficción– como en el pensamiento sobre la política”, y de quien destaca su estilo y calidad de la prosa.

'La vista desde aquí': una conversación en la era de la dispersión digital 1
Ignacio Peyró en un momento de la presentación de ‘La vista desde aquí’ en la librería Neblí. | Foto: Cecilia de la Serna/The Objective

Sin duda, dos ideales recorren este sincero y sustancioso diálogo entre Valentí Puig e Ignacio Peyró: el arte de conversar y la voluntad de conservar, ante la urgencia de rescatar el primero como aprendizaje recíproco de la humanidad y la segunda como alternativa a la ruptura; a modo de legado de sensatez que pueda ayudarnos a afrontar las incertidumbres propias del cambio de época en el que vivimos. Una lección de responsabilidad intelectual y de amor por los libros y las ideas donde muchos lectores encontrarán pistas inmejorables sobre autores y nuevas luces sobre temas más clásicos o más modernos. Aunque, según nos cuenta el propio Ignacio, quien siente un gran afecto y admiración por la figura y obra de Valentí Puig, “quizá la parte que uno más valore sea la que afecta al itinerario intelectual del propio Puig, un maestro para mí y para muchos”, y agrega que “para las personas que conocen a Valentí es como pasar un rato con un amigo”.

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Valentí Puig en un momento de la presentación de ‘La vista desde aquí’ en la librería Neblí. | Foto: Cecilia de la Serna/The Objective

Para el escritor y articulista catalán, este libro “es el resultado de largas conversaciones en bares, callejeando, en torno a una buena mesa, por teléfono…a las que Ignacio decidió darle forma de libro tras complementarlas con varios correos electrónicos y llamadas telefónicas”. “Es como una macedonia de frutas”, asegura el escritor, quien agradece a Peyró el haber contado con él para este apasionante proyecto en tiempos en los que “leer y hacer ostentación de ello es un signo cool“.

En definitiva, ‘La vista desde aquí’ es una gran oportunidad para reflexionar sobre cuestiones de fondo de nuestro tiempo, cuando el arte de conversar está desapareciendo dando lugar a tertulias mediáticas que acostumbran a ser la anti-conversación, y en un ciclo en el que es posible que el diálogo esté adquiriendo un nuevo prestigio social, como contraste o incluso por esnobismo.

Un paseo entre los olivos y los viñedos de la Toscana española

Leticia Martínez

Foto: Leticia Martínez
The Objective

Escondida cerca del Mediterráneo, entre el Maestrazgo y el Sistema Ibérico, se encuentra la comarca de Matarraña. La región, situada en el Bajo Aragón e inundada de interminables campos de pinos, viñedos y olivos es ,sin duda, una joya cultural y gastronómica que por su luz y sus paisajes se ha comparado con la famosa Toscana italiana. La zona parece anclada en el pasado y ajena al mundo, pero es uno de los secretos mejor guardados de nuestro país. Recorremos sus parajes y pueblos con la intención de descubrir lo mejor de este desconocido rincón de España.

¿Qué ver en Matarraña?

La comarca se encuentra en la provincia de Teruel, está formada por 18 municipios y cuenta con una extensión próxima a los 1.000 kilómetros cuadrados. Sin embargo, a pesar de su reducido tamaño es mejor recorrerla con tiempo, disfrutando de las vistas, su naturaleza y su historia en lo que se conoce como turismo slow.

Valderrobres

Su capital administrativa, Valderrobres, alberga estrechas calles medievales, palacios renacentistas y uno de los emplazamientos más bonitos de España. Merece la pena visitarlo tan solo por la bonita estampa que ofrecen el puente de piedra, que cruza el río Matarraña, el reflejo en el agua de los edificios históricos que lo rodean y el castillo, vigilante, en lo alto de la colina.

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Vista de Valderrobles desde el río Matarraña | Foto: Leticia Martínez / The Objective

Después de pasear por el pueblo, se puede disfrutar de la gastronomía típica y los vinos de la región en restaurantes como Baudilio Asador & Restaurante o Fonda Angeleta, en los que es prácticamente imposible quedarse con hambre. Y por supuesto, para finalizar la comida, un buen café acompañado de dulces emblemáticos como los Carquiñols, las Casquetas o los Crespells.

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Casa típica Valderrobles | Foto: Leticia Martínez /The Objective

Beceite

Beceite es una localidad de menor tamaño, pero está igual de bien conservada. Destacan los antiguos molinos de paño, que concedió el Papa Luna al converso Jerónimo de Santa Fe, y la Antigua Fábrica Noguera que pasó a formar parte de la industria papelera. También se puede pasear por el casco histórico que se recorre rápido y subir hasta la Plaza Mayor para tomar algo y descansar.

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Vista de Beceite a un par de kilómetros de su entrada | Foto: Leticia Martínez / The Objective

El río también es protagonista en Beceite. Su famosa ruta a lo largo del lecho hacia el estrecho del Parrizal dura una hora y carece de dificultades importantes, lo que facilita el paseo en familia. Durante el recorrido se cruzan pozas de color verde azulado, desfiladeros de piedra, cascadas y paisajes típicos de la zona.

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Beceite | Foto: Leticia Martínez / The Objective

La Fresneda y Torre del Compte

La Fresneda alberga la Plaza Mayor más bonita de la comarca y una de las vistas más impresionantes de los campos aragoneses desde el mirador de la Ermita de Santa Bárbara en lo alto de la colina. El pueblo es pequeño y cuenta con tan solo 486 habitantes y, como en el resto de la región, se respira quietud y tranquilidad.

El turismo slow es un concepto adaptado para ofrecer al viajero una vía de escape al estrés y la fatiga del día a día. Hoteles rurales como El Convent o la Gracha son lugares de descanso que apuestan por el turismo sostenible y en los que se puede disfrutar también de una buena comida casera con productos locales y del trato familiar y personal de los propietarios.

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La Fresneda al fondo junto con el mirador de la Ermita de Santa Bárbara a la derecha | Foto: Rural Calaceite

Merece también una pequeña parada La Torre del Compte, o la Torre del Conde. En particular se puede visitar el Ayuntamiento, la Casa Bergós, de arquitectura renacentista y la Casa Ferrer, cuya leyenda cuenta que el joven conde que vivía en la noble casa se suicidó al enterarse de que la mujer de la que estaba enamorado no le correspondía. Su madre decidió tapiar las puertas y ventanas de la casa para no dejar que el alma de su hijo se escapara de allí. Según se dice, en la noche de San Juan aún se pueden oír sus lamentos.

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La Torre del Compte al fondo | Foto: Rural Calaceite

Calaceite

Calaceite es la capital cultural de la comarca. Su casco urbano está declarado como Conjunto de Interés Histórico Artístico y Bien de Interés Cultural por la Plaza España, la Calle Maella o la Casa de la Justicia. Además, antes de llegar a Calaceite, es imprescindible visitar el Poblado Ibero de San Antonio y la Ermita de San Cristóbal.

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Ermita de San Cristóbal cerca de Calaceite | Foto: Rural Calaceite

El impresionante yacimiento arqueológico del siglo III a.C se encuentra a tan solo un kilómetro del pueblo y, aunque se puede visitar de manera individual, también es posible reservar una visita guiada para comprender mejor la historia que inunda de la zona. Es más, la empresa turística, Rural Calaceite, propone una experiencia única a través de la historia, la artesanía, los vinos y el aceite de la región de la mano de arqueólogos, maestros artesanos y expertos gastronómicos con los que poder disfrutar de talleres, cenas y catas en la conocida Ruta Ilercavonia.

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Yacimiento del Poblado de San Antonio | Foto: Rural Calaceite

Peñarroya de Tastavins

Es la última parada en la ruta de la comarca de la Matarraña. En la entrada del pueblo, a escasos dos kilómetros, se encuentra el Santuario de la Virgen de la Fuente, de estilo gótico y mudéjar, que si bien es ahora una hospedería, permite visitas al patio y la iglesia. El manantial junto con la fuente de 15 caños que hay debajo del Santuario es donde, según se cuenta, se halló la imagen de la Virgen entre los zarzales. También son imprescindibles la Lonja de la Plaza del Ayuntamiento, construida en el siglo XVI o la Capilla de la Virgen del Carmen.

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Peñarroya de Tastavins | Foto: Leticia Martínez / The Objective

Para disfrutar de la familia, el territorio Dinópolis de Tastavins, el Inhóspitak, es una buena opción. Los pequeños podrán aprender sobre dinosaurios, excavaciones e incluso probarse el traje de Indiana Jones. Para los más aventureros, las formaciones rocosas de Masmut son una buena opción. Con unos 100 metros de paredes verticales, el sendero hasta la cima es ya todo un desafío por las fuertes subidas, aunque la escalada merece la pena tan solo para poder disfrutar de las vistas y de la colonia de buitres leonados que anidan en ellas.

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Rocas de Masmut | Foto: TurismoMatarranya.es

La Toscana española merece ser recorrida con los cinco sentidos, con la tranquilidad que inunda la región, admirando sus paisajes y su historia en cada pequeño rincón que se antoja aún más mágico, si cabe, por la luz que se esconde entre sus valles de olivos y viñedos cuando de verdad se está disfrutando.

La Horda: “No podrán detenernos porque no existimos”

Beatriz García

Foto: Leticia Hueda

– ¿Quieres saber cuál es la mejor forma de guardar un secreto?

– Habla más bajo, te van a oír todos…

– Si susurrásemos, sospecharían. La mejor forma de guardar un secreto es exponerlo a la vista de todos.

(Conversación entre dos agentes secretos, pongamos que tú y yo…)

Conocí a Servando Rocha (Santa Cruz de La Palma, 1974 – tal vez deberíamos dudar también de eso) en dos lugares y dos épocas diferentes. En la primera ocasión, me sentí invisible; en la segunda, me enorgullecí de serlo. Y tal vez ocurra lo mismo contigo, lector. Si es así, si el Ojo de Horus de William Burroughs también te vigila desde la portada de un libro, sabrás entonces que ese libro es ‘La Horda: Una revolución mágica’ (La Felguera, 2017).

La entrevista que sigue sí tuvo lugar, aunque si sucedió o no en la forma en que lo cuento carece totalmente de importancia. El propio historicismo, me dice Servando, “es una manera de manipular y maquillar la historia”. La manipulación de la manipulación, de eso trata La Horda. Además de otras muchas cosas que iremos viendo en tanto nos  internamos por los fétidos callejones y subterráneos del París de 1623, una ciudad devastada por la Guerra de los Treinta Años donde hay espías por todas partes, alquimistas que trabajan como mercenarios a las órdenes de católicos o protestantes y una comunidad invisible, nacida al abrigo de los rosacruces, que ha existido a lo largo de los tiempos y de la que tal vez tú, lector, acabes formando parte.

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El ojo de Horus de William Burroughs nos vigila desde la portada.

– Ése no es el principio de ‘La Horda’, o sí, pero deberías primero hablar de Morgana. Porque Morgana es como Pandora y su caja, aunque nadie sepa quién es… – Servando no susurra. Es un agente secreto dedicado a revelar secretos.

– ¿Te refieres al compilador del manuscrito que encontraron en un apartamento en Londres en los años ochenta después de la explosión? ¡Bah! No sirve de nada hablar de alguien del que ni siquiera sabemos si ha existido… Seguro que se lo inventó algún gracioso; por ejemplo, tú.

– De eso se trata. ‘La Horda’ es un libro sobre verdades que se emancipan de las mentiras para ser verdades absolutas y de secretos que a su vez se alimentan de otros secretos. Antes mencionabas a la Hermandad de la Rosacruz: hay muchos investigadores serios que creen que los primeros rosacruces fueron un invento de unos pocos, no así la segunda y la tercera generación, que creyeron en la primera, y así sucesivamente… Creer en algo hace que acabe existiendo –concluye Servando.

Caminamos intentado detectar energías ocultas en ese París renacentista y decrépito recreado por el editor de La Felguera, que cada vez nos recuerda más a un decorado expresionista, una mezcla de ‘El Gabinete del doctor Caligari’ y El ‘Jorobado de Notredame’ de Víctor Hugo. Y hay que avanzar con cuidado, evitando determinadas zonas muertas donde los Despiertos, enemigos de las células invisibles, son fuertes y peligrosos. Las ciudades de ‘La Horda’ están vivas, son ciudades que dialogan contigo. “El subsuelo tiene memoria”, leo en esta singular novela trampa por la que transitamos igual que si cruzásemos un laberinto de falsos espejos, un mapa en el que encontrar un tesoro oculto.

– En el fondo –dice Servando-, este pasear sin rumbo es una forma de conectar con el territorio. Ocurre a menudo, cuando caminas por una ciudad y de repente llegas a un lugar que te afecta de una forma especial. También Ramón del Valle-Inclán lo hacía, la naturaleza y el paseo inspiraron sus iluminaciones; era profundamente esotérico, un seguidor de la teosofía.

—–MOMENTOS PROMOCIONALES: La Felguera publicará próximamente ‘La lámpara maravillosa’ de Ramón del Valle-Inclán, con prólogo de Javier Sierra. FIN DEL COMUNICADO.—–

 

– Sí, bueno, pero ahora estamos tú y yo a merced de Ardenti, el cazador de invisibles que me cae tan bien aunque quiera acabar con nosotros, y no tenemos una triste varita…

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Se avecina una revolución mágica. | Foto: Leticia Hueda.

Servando empieza a recitar un fragmento de ‘El matrimonio entre el Cielo y el Infierno’ de William Blake: “Entonces pregunté: ¿Para que una cosa exista basta la firme convicción? Respondió: Todos los poetas lo creen”.

– Pero podemos utilizar el ingenio poético. La magia es eso, imaginación creadora. Lo hacían Baudelaire y Mallarmé, y también los grandes iconos ocultistas como Alan Moore o Aleister Crowley. Si conociéramos a nuestros héroes del romanticismo y las vanguardias nos parecerían humanos, demasiado humanos. Y no importa si empleaban la meditación, las drogas o el paseo, puedes tener una experiencia extática incluso escuchando música o cuando te enamoras.

La revolución y la magia tienen en común su voluntad de transformación, pero para ello hace falta ver más allá de los límites de esta realidad ordinaria. “Ver”, como dice el autor de ‘La Horda’, “en cursiva”. Me habla de que vivimos con la mirada más atrofiada, que caminamos sin estar conectados al presente. Tal vez, le digo, necesitamos un Apocalipsis o una revelación.

– Lo malo del Apocalipsis es que siempre está por llegar.

– Vas a hacerme llorar… Mal asunto.

– Mejor eso que arder en la hoguera como Giordano Bruno, acusado de herejía. Lo curioso de todo es que no se equivocaba, ese gran astrólogo, filósofo, poeta y mago auguró que allá donde habían levantado una pira erigirían más tarde una estatua en su honor. Y así fue. Él es una de las mentes fundacionales de La Horda. Su semilla.

Dime una cosa, en la novela cuentas que el mago John Dee y Bruno se conocieron realmente, que igual que otros invisibles que les siguieron intentaban eliminar las guerras de religión y crear una fraternidad en la tierra. ¿Eso es cierto?

– ¿Cierto? Tiene gracia que lo preguntes a estas alturas.

Hubo un tiempo en que el arte y el ocultismo, y el ocultismo y la política no estaban separados. Magos y alquimistas como John Dee oficiaban de consejeros en las cortes europeas y más tarde Bakunin, principal ideólogo del anarquismo, inventó cientos de sociedades secretas que jamás existieron. Pero, ¿y si sí lo hicieron? ¿Y si la todas las teorías de la conspiración fuesen ciertas?, se pregunta y me pregunta Servando, invocando a esos invisibles de todas las épocas y nacionalidades presentes en ‘La Horda’, como el escritor William Burroughs o el situacionista Alexander Trocci, quien habló de ‘la invisible insurrección de un millón de mentes’. Porque herejes y revolucionarios son lo mismo, los primeros precedieron a los segundos.

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Un libro repleto de juegos tipográficos y enigmas página tras página.

Los caminos se estrechan, el Mapa de los Laberintos de Giordano Bruno, que seguimos a medida que leemos ‘La Horda’, parece querer plegarse y todavía no hemos encontrado Arcadia, el fabuloso manuscrito que todos los invisibles, nosotros incluidos, hemos querido tener en nuestro poder. Tendremos que seguir creyendo en su existencia, en tanto París se nos sacude y, a lo lejos, presentimos las manecillas del Big Ben.

Londres, en algún punto del pasado cercano…

Una fachada herrumbrosa nos separa del final de la entrevista. “No podrán detenernos porque no existimos”, leemos a dúo como si conjurásemos la misma frase que fue lema de la Angry Brigade, la guerrilla urbana que sembró de atentados Reino Unido a principios de los años setenta. Esa misma invocación, esa llamada, sobrevuela ‘La Horda’.

– ¿Hay alguien ahí? – Un hombre con el cuello cortado, un antiguo miembro de los Angry Brigade, entra con nosotros en la casa okupada cuyas primeras plantas están totalmente calcinadas a causa de un reciente incendio. Afuera, en el patio, hay una hoguera y algunas personas alrededor.

– Son como nosotros, gente fuerte, gente que cree en lo mismo que nosotros – nos dice, o tal vez se lo dice sólo a Servando, o se lo dijo, mejor dicho, aquel día, años atrás, en que viajó a Londres para reunirse con supuestos miembros de esta antigua brigada furiosa y escribir ‘Nos estamos acercando. ‘La historia de Angry Brigade’ (La Felguera, 2004).

Fue ese mismo día, sí, y no otro cuando acabaron recorriendo las calles de Londres a 150 kilómetros por hora mientras el tipo del cuello cortado gritaba “¡Que le den a los pacifistas!” y le hablaba a Servando de guerrillas informativas y ‘bobbies’ asustados. Y ahora que el inglés nos hace, o le hizo, subir hasta las últimas plantas, rodeados de murales de hombres armados, el editor de La Felguera me señala una pintada:

‘Esta no es la salida’.

– Pero, ¿ y si…? –murmura.

– ¿Y si qué?

– ¿Y si hubiera una puerta detrás de ese muro?

Y si detrás de esa puerta estuviera William Burroughs mirándonos, su Ojo de Horus desde los estantes de las librerías, en la portada de un libro. Un libro que se titula ‘La Horda’ y que estás llamado a leer.

Pd. Si quieres unirte a La Horda no te esfuerces en buscarlos. Cuando llegue el momento, si estás preparado, ellos te encontrarán a ti.

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