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Cataluña y el corazón

Lea Vélez

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Las madres tenemos un sexto sentido. Las madres de 80 años, tienen, además, una sexta sensibilidad. Mi madre debía de saber que se acercaba el momento en el que su hija iba a escribir sobre estos miedos, por eso, el otro día me dijo: “¿De qué va tu próxima columna? No escribas sobre Cataluña. No quiero que nadie te insulte”. Las hijas debemos de tener una rebeldía inconsciente, porque basta que las madres nos digan una cosa, para que hagamos la contraria. Así que aquí estoy, frente a la página en blanco, siguiendo instintos irracionales y pensando precisamente en eso. En las emociones inapelables que nos llevan a tomar decisiones fundamentales de convivencia.

Nunca, en lo que llevo de vida, recuerdo un tema político que más sensaciones intensas haya generado en más españoles al mismo tiempo durante tanto tiempo. Medito sobre eso. Medito sobre las interpretaciones, unas locas, otras cuerdas, unas cultas y otras brutas, de este tema catalán, porque en la democracia de un referéndum, todas valen lo mismo.

Están los españoles catetos, que no han salido de su pueblo y que tienen una idea cerril y absurda de Cataluña: ese lugar lleno de tipos maleducados, que no te hablan en castellano cuando les pides la hora, que son todos unos agarrados, y tal. Sé que se equivocan. Yo jamás he tenido una sola experiencia de mala educación en mis visitas a cualquier región de Cataluña igual que no la he tenido yendo a cualquier pueblo de cualquier parte, o a cualquier otro país.

Luego están los catalanes que son antiespañoles, equiparables en catetismo con estos españoles que decía, que creen que todos los españoles son unas bestias pardas con complejo de superioridad, que siempre han mirado por encima del hombro a los catalanes y que se pasan la vida hablando mal de ellos, a la menor oportunidad, y cuya peor especie habita en Madrid, donde todos somos fachas con banderita bicéfala en el reloj, que presumimos de ser más que nadie y que hablamos mal de todos los de fuera. También sé que están confundidos, porque en Madrid, hasta hace unos años, cuando empezó todo el tema del Estatut, jamás se hablaba de los catalanes, ni para bien ni para mal, igual que nunca se hablaba de los valencianos o de los ceutíes o de los extremeños. El motivo es sencillo: en Madrid nadie es de Madrid y ese no ser de ningún sitio es lo que te hace sentirte siempre en casa. (cosa gozosa, que recomiendo).

También están los catalanes que hunden sus raíces en otras regiones y que precisamente por eso abominan de ellas, abrazando el catalanismo, porque los abusones del colegio les hacían burla por llamarse Rodríguez, cuando muy posiblemente, la burla del abusón de turno partía del mismo dolor de no sentirse valorado por algún niño catalán. Están los que vivían la burla justo al contrario, mucho antes de la democracia, porque les decían que hablar catalán era de paletos o de sediciosos, y a pesar de ser su propio idioma, su cultura, su literatura y su alma, no se lo enseñaban a escribir en el colegio, obligándoles a sentir una dolorosa cojera intelectual.

Están también los catalanes que se sienten perfectamente catalanes y catalanistas, y crecieron siendo catalanes y españoles, bilingües sin complejos de ninguna clase, pero quieren romper con esa idea ficticia -como todas las ideas que toman la parte por el todo- de que España es un país carpetovetónico, seco de mente, franquista, mediocre, y buscan brillo e ilusión de modernidad en una Arcadia renacida de sus buenas intenciones. Temo que para ellos, España siempre será solo eso, porque un país no es lo que es, sino la suma de sus percepciones.

Están los españoles que se sienten dolidos por el rechazo de una sociedad con la que nos unen más cosas que nos separan, y están todas las combinaciones inimaginables, positivos y negativos de credos, culturas y desculturas.

Luego, también habrá millones de personas como yo, pues no me creo extraordinaria. Habrá millones de personas con heridas, complejos, corazones sensibles y desencantados. Personas incapaces de estar seguras de qué demonios pensamos y que para saberlo, nos ponemos a escribir en un esfuerzo por buscar respuestas, olvidándonos de las razones y siguiendo al corazón. Personas como yo, que tras pocas palabras sobre una página, entendemos que la realidad aquí es que el corazón lo sabe todo antes que el cerebro. El corazón hace tiempo que puso esa papeleta en la urna del referéndum emocional. Yo votaría que no a esa separación sin dudar. Otros corazones votarían sí, y lo tienen clarísimo, porque las batallas de las emociones y las razones, las gana siempre el sentimiento. Ahora hay que asumirlo y, si hay referéndum, cosa que yo no deseo, echarse a temblar.

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Inés a secas

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Pau BARRENA
AFP

‘Merlín el encantador’ es una de las películas que más me gustaban cuando era pequeña. Todavía recuerdo los diálogos. Al principio de la historia, cuando Arturo conoce al mago, este le dice que puede llamarle “Merlín a secas”. Durante mucho tiempo pensé que “Asecas” era el apellido. Luego entendí que Merlín no necesitaba un apellido para ser reconocido.

El cómico Toni Albà llamó el otro día “mala puta” a Inés. Inés a secas. Esta Inés es una persona que, al parecer, se disfraza de demócrata para conseguir votos. Todo el mundo entendió que se refería a Inés Arrimadas, a la que el independentismo desprecia porque va camino de conventirse en la candidata más votada en Cataluña. Tanto la temen que la expresidenta del Parlament, Núria Gispert, quiso mandarla de vuelta a su Andalucía natal: “¿Por qué no vuelves a Cádiz?”.

De este asunto hemos sacado en claro que el actor es un humorista con muy poca gracia y también un machista impresentable. Pero el machismo tiene bula cuanto más a la izquierda en el eje ideológico y más hacia la independencia en el eje territorial se formula. También lo sabe Miquel Iceta, que hace unos días sufrió los insultos homófobos de un profesor de nanociencia, nanotecnología y enano mental de la Universidad de Barcelona.

Ante la indignación y el revuelo provocados por las palabras de Albà, el actor se ha apresurado a decir que no se refería a Arrimadas. Un torpe intento por buscar una exculpación que no ha de llegar. No solo porque Inés, como Merlín, no necesite de apellido para ser reconocida, sino porque no cabe disculpa para quien llama mala puta a ninguna Inés del mundo.

No obstante, estoy convencida de que, de ser preguntado, Albà afirmaría con sinceridad rotunda no ser machista. También creo que Gispert, en su fuero interno, está convencida de que la xenofobia es una idea aborrecible. Y el profesor de Barcelona negará tener nada contra los homosexuales. Pero, ay, todos esos atributos: ser mujer, haber nacido fuera, ser gay adquieren una dimensión moral nueva una vez se pasan por el filtro de la identidad nacional.

Entonces sí, bajo la luz de la vergüenza, contemplados en su españolidad, Iceta es un maricón e Inés es una mala puta que ha de volver a su tierra. No tendrán tanta suerte. Cádiz sabrá esperar.

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Sobre los lugares adecuados y los hombres sirena

Laura Ferrero

Foto: AP
AP Foto

Se llama ‘La silla de Fernando’ y es una película-conversación con Fernando Fernán Gómez que hicieron David Trueba y Luis Alegre. Pero es mucho más que un diálogo en el que el actor y director aborda distintos temas como la guerra civil, sus tiempos mozos, las noches de Madrid, las mujeres, el amor o el franquismo…Desde su silla, Fernán Gómez pontifica, se adentra en todos los terrenos políticamente incorrectos y pantanosos, se ríe y hace reír. Se enfada y hace enfadar. Cuenta, en definitiva su paso por esta montaña rusa a la que comúnmente llamamos vida.

De joven, su deseo era ser guapo y fuerte, el mismo que tenemos muchos de nosotros aunque no lo digamos en público. Siempre me han parecido particularmente admirables las personas que dicen lo que piensan sin temor al juicio ajeno. Mi abuela dice que esas son cosas de la vejez, de la llegada de ese tiempo en el que uno empieza por fin a relativizar las cosas. La vejez no es solo dejar de sufrir por el pasado sino también desacralizar por fin el tabú del qué dirán.

Una de las reflexiones que más me gustó es la que Fernán Gómez hace en torno a la envidia. Siempre se ha dicho que ésta es el pecado capital de los españoles y yo misma, hasta que vi la película, lo hubiera corroborado. Sin embargo, el mítico actor lo desmiente. Envidiar es “querer ser como otro”, es un deseo en positivo en el sentido del que dice “me hubiera encantado escribir El Quijote”. Fernán Gómez matiza que el verdadero pecado nacional no es la envidia sino el desprecio a la excelencia. Aquel que dice, por ejemplo, frente a las 1200 páginas de El Quijote, “pues chico, llevo treinta páginas y no es para tanto. Vaya tostón”.

En la película hay otro momento verdaderamente memorable: aquel en el que el actor y director habla de la búsqueda del amor. En su juventud salía mucho de juerga –al bar del aeropuerto de Barajas, el único abierto hasta las tantas en tiempos de dictadura y prohibiciones– y ahí buscaba a su mujer soñada. Su arquetipo ideal era Marlene Dietrich, una femme fatal en toda regla. “Destrúyeme” hubiera querido decirle Fernán Gómez a la hipotética Dietrich española. Este deseo se lo transmitió Fernando a una amiga con la que salía entonces, que le respondió: “Ay, Fernando, a ti nadie puede destruirte. Tú ya estás destruido”. Por aquellos tiempos amigos y conocidos le advertían seriamente de que estaba buscando a su mujer ideal en los lugares equivocados. Los bares de alterne no eran los adecuados. Pero ahí discrepo: las personas importantes aparecen de entre los rincones más insospechados.

Eso también lo cuenta Samantha Schweblin, que poco tiene que ver con Fernán Gómez. O bueno, igual más de lo que nos pensamos. Ayer terminé el maravilloso Pájaros en la boca y otros cuentos, y más allá de que me enamoré del relato que le da título al libro y asimismo de uno llamado ‘Mujeres desesperadas’, me quedo con uno que se llama ‘El hombre sirena’. En él, una mujer está en un bar del muelle esperando a su hermano Daniel: juntos tienen que ir a cuidar de su madre. De repente, sobre una columna de hormigón del muelle, divisa a un hombre sirena. Tarda en entender el significado de aquello y se acerca. Conocerse, que dice Salinas, es el relámpago, Y así les ocurre a ambos, que se enamoran en un instante, si es que eso es posible y si cuando ocurre es posible dejarlo para más adelante: “Aunque no puedo decirle que lo amo: no todavía, debe pasar más tiempo, debemos hacer las cosas paso a paso (…). Pero la decisión está tomada, es irrevocable”.

Sin embargo, pronto aparece su hermano Daniel en su busca, y ella se levanta, supongo, porque le ocurre como a Fernán Gómez, que no sabe si ese es el lugar donde debería estar buscando el amor. Y sin embargo.

“Se queda mirándome un momento. Me doy vuelta hacia el mar. Él, hermoso y plateado sobre el muelle, levanta un bazo para saludarnos. Y aun así, Daniel entra al auto y abre la puerta de mi lado. Entonces no sé qué hacer, y cuando no sé qué hacer, el mundo me parece un lugar terrible para alguien como yo, y me siento muy triste. Por eso pienso: es solo un hombre sirena, es solo un hombre sirena, mientras subo al auto y trato de tranquilizarme. Puede estar ahí otra vez mañana, esperándome.”

O puede que no, querida. Así que bájate del coche. Dile a Daniel que se vaya por donde ha venido y corre hacia el muelle, hazlo deprisa y cruza los dedos para que el hombre sirena, que ha divisado a lo lejos tus dudas y titubeos siga siendo el vínculo y el hilo, el amarre a la única vida que tienes, que no es la de Daniel ni la de tu madre, ni la de los miedos que viajan raudos dentro del coche. Corre. ¿Sabes que solo ocurre una vez, que solo hay un único hombre sirena?

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Lorca en presente

Carlos Mayoral

Foto: Fundación García Lorca
Fundación García Lorca

Federico es un poeta que todavía no ha conocido su verso. Apenas se ha dejado llevar por la marea académica en la que le ha sumergido su madre, y nadie excepto los chopos del patio de su casa, que le susurran con cariño su nombre (…Fe-de-ri-co…), sospecha que estamos delante del bardo más universal del siglo XX hispánico. Todo cambia durante un viaje a Castilla, la misma Castilla a la que le cantaba entonces Machado, cuando se fija en las cigüeñas que coronan los campanarios de la meseta. Ese día le escribe a un amigo residente en Suiza los primeros versos conscientes de Federico García Lorca: Cigüeñas musicales/ amantes de campanas/ oh, qué pena tan grande/ que no podéis cantar. Ha visto la luz el poeta.

Hace unos días cayó en mis manos “Palabra de Lorca”, extraordinario libro, que guarda en su interior anécdotas como ésta que acabo de redactar. El título centra su sinopsis precisamente en eso, en una recopilación de entrevistas y artículos sobre la figura del granaíno engarzada por Rafael Inglada, Víctor Fernández y la editorial Malpaso. Más allá de la edición, tan hermosa como todas las de este sello, se abría ante mí una duda: ¿Sería tan seductora esta cara del poliedro lorquiano como lo fueron las otras? Sólo me bastaron dos giros de página para darme cuenta de que, efectivamente, estábamos antes un nuevo prodigio que mantiene viva su llama: Federico lo había vuelto a hacer.

Poliedro lorquiano, sí. Porque Federico muestra a menudo tantas caras y tan ricas en matices cada una de ellas que sería absurdo volverle la vista a alguna. “Palabra de Lorca” se recrea en estas caras, pero lo hace en presente, tiempo verbal que parecía esfumarse sepultado en algún lugar entre Víznar y Alfacar. Podemos fijar la atención en el Federico dramático, capaz de convertir en discurso la sangre del teatro; en el Federico más surrealista, el que hace de Nueva York verso y espina; en el Federico más popular, el que a golpe de romance cincela la tradición moderna andaluza. Todos ellos pasan en este libro por la túrmix de la opinión del propio poeta, que le da vida a su obra.

“Palabra de Lorca” nos telegrafía su cara más íntima, la que bebe de sus confesiones. Secretos, interioridades, esquinas de alcoba. El libro se regodea en la impresión que a Federico le produce tal o cual estreno dramático, en el discurso que el de Fuentevaqueros le da a los obreros catalanes sobre la URSS, en la grieta en la mejilla que Nueva York le dejó para siempre, en la infancia que guardó en su memoria el recuerdo del campesino que escuchaba a Chopin mientras hojeaba a Bakunin. Nótese cómo esparzo las anécdotas del libro sin control temático ni cronológico, porque así era el Lorca que se aleja del mito, un individuo que siente y vive sin control, un ser íntimo que supo hacer de su intimidad figura retórica, verso y obra maestra. “Palabra de Lorca” habla del Federico infinito, lo desnuda y lo coloca frente a nosotros. Y, recuerden, lo hace en presente. La poesía y sus lectores estamos de enhorabuena.

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Carles Puigdemont: candidato a la fuga

Redacción TO

Foto: YVES HERMAN
Reuters

El 9 de enero de 2016 todas las miradas se centraron en el todavía alcalde de Girona, Carles Puigdemont, cargo que ocupaba desde 2011. Era entonces un desconocido para el gran público. Llamó la atención su particular corte de pelo y su aspecto aniñado, estilo Harry Potter, a lo que se sumaron las dificultades que para algunos castellanohablantes presentaba pronunciar correctamente su apellido (Puchemon, Pujdemont…).

Considerado por algunos como un ‘hombre de paja’ de Artur Mas, nadie imaginaba lo lejos que llegaría, nadie pensó entonces que el alcalde nacido en 1962 en la localidad gerundense de Amer, acabaría volando por su cuenta – en sentido figurado pero, sobre todo, en stricto sensu – cuando un año y 10 meses después de ser elegido por Mas para sustituirlo como presidente de la Generalitat, salió de España a finales de octubre de 2017 vía Córcega, escondido en un coche, para acabar cogiendo un avión con destino a Bruselas. Una rocambolesca huida más propia de una película de aventuras de serie B que de un político del siglo XXI que, en vez de acudir a declarar ante la Audiencia Nacional por los presuntos delitos de rebelión, sedición y malversación, tiró por la calle de en medio junto a otros cuatro consellers cesados.

Casado y con dos hijas, antes de aterrizar en política, Carles Puigdemont ejerció como periodista. De ahí, sin duda, sus golpes de efecto a los que nos tiene acostumbrados y su control mediático que incluyen vetos a los medios españoles no afines al soberanismo y constantes apariciones en medios extranjeros. Licenciado en Filología, fue el primer director de la Agencia Catalana de Noticias, dependiente de la Generalitat – algo así como la agencia Efe catalana -, y dirigió el periódico Catalonya Today, medio de comunicación en inglés. Su primer trabajo como periodista, sin embargo, fue en diario catalán El Punt.

Antes de convertirse en presidente de Cataluña, antes de autoproclamarse “president en el exilio” tras ser cesado junto al resto del ejecutivo por el Gobierno de Mariano Rajoy al amparo del artículo 155, Carles Puigdemont era uno de los políticos más activos en Twitter. Desde que está en Bruselas deshojando la margarita para decidir si vuelve o no a España, es el político español con más seguidores en dicha red social con más de 611.000 seguidores.

A través de su perfil en Twitter sabemos de sus andanzas, de lo que opina sobre el procés, sobre el “tripartito furioso del 155” como llama a PP, PSOE y Cs, sobre la Unión Europea y la falta de comprensión que ha tenido en los países del bloque el  independentismo catalán, la justicia española, los consellers encarcelados, y muchos otros temas de actualidad; pero seguimos sin saber qué hará el 21 de diciembre, si viajará a Cataluña para votar o lo hará por correo y si acudirá después de las elecciones a recoger su acta de diputado cuando se constituya el nuevo Parlament. Sólo ha sugerido que si es “elegido presidente de la Generalitat” correrá el riesgo de volver a pisar suelo español para asumir el cargo y ejercer el mandato de los ciudadanos. El riesgo al que se refiere es la detención que pesa sobre él en cuanto entre España, según él, por sus ideas; según la Fiscalía, por “violar” la Constitución.

Convertido en símbolo de la lucha por la independencia para muchos, lo cierto es que el cabeza de lista de Junts per Catalunya (JxCAT) – nueva modalidad de Junts pel Sí de los comicios del 2015 pero sin ERC – para las elecciones del 21 de diciembre, formaba parte del ala más independentista de la ya desaparecida Convergencia Democrática de Cataluña (CDC). Partido éste que junto a Unió Demócratica de Cataluña (UDC) gobernó durante más de 20 años – de 1980 a 2003 – la comunidad catalana bajo la fórmula de CiU; el mismo partido que dirigió Jordi Pujol, el mismo partido que pasó a manos de Artur Mas y que los casos de corrupción llevaron a sus dirigentes a disolver en 2016 para evitar ser embargados por la justicia, pasando a denominarse Partido Europeo Demócrata Catalán (PEdCAT).

No deben extrañar, por tanto, las encendidas declaraciones de Puigdemont una vez encumbrado en la presidencia del gobierno catalán y que se han sucedido bajo el manto del ‘procés’ durante este año 2017. Declaraciones que han ido subiendo de tono una vez declarada la independencia de Cataluña y, sobre todo, tras su fuga a finales de octubre.

Campaña a través del plasma

En una de las elecciones más trascendentales para el futuro de Cataluña, los ciudadanos asisten también a una campaña sin precedentes, con todo un expresidente y candidato a la Generalitat perseguido por la justicia que participa en los mítines a través de videoconferencia a cientos de kilómetros de Cataluña, y con otro cabeza de lista en prisión, como es el caso del líder de ERC, Oriol Junqueras.

Puigdemont, a través del plasma y, por supuesto desde su cuenta oficial de Twitter, habla de “violencia” del Estado “represor” cuando se dirige al Gobierno de Mariano Rajoy; anima a quienes están en la cárcel – el exvicepresidente Oriol Junqueras, el exconseller de Interior, Joaquim Forn, y los ‘Jordis’ – a aguantar mientras él interviene por videoconferencia en los actos de campaña de JxCAT, mientras hace turismo – se le ha fotografiado paseando por Bruselas, visitando Brujas… – y victimiza su situación de “exiliado”.

Siendo alcalde, Puigdemont presidió la Asociación de Municipios por la Independencia (AMI), la misma organización que apoyó la celebración del referéndum del 1 de octubre convocado por él ya como president de la Generalitat, así como las movilizaciones a favor de la autodeterminación o el viaje de más de 200 alcaldes soberanistas a Bruselas como muestra de apoyo al que consideran adalid del independentismo, instalado en Bruselas desde finales de octubre junto a otros cuatro exconsellers.

Carles Puigdemont: candidato a la fuga 1
En torno a 200 alcaldes independentistas viajaron a Bruselas para apoyar a Puigdemont y los cuatros exconsellers el 7 de noviembre. | Foto: Pascal Rossignol / Reuters

Puigdemont, que ha sido diputado del Parlament desde 2006, fue también director de la Casa de Cultura de Girona entre 2002 y 2004 y ha hecho sus pinitos como escritor con la publicación en 1994 del libro en catalán ‘Cata…què? Catalunya vista per la premsa internacional’, además de ser colaborador habitual de medios catalanes.

Su defensa de la lengua catalana viene de lejos, hasta el punto de que fue miembro de la Joventut Nacionalista de Catalunya, de la Crida a la Solidaritat en Defensa de la Llengua, la Cultura i la Nació Catalanes. Su defensa de una república catalana no es tampoco algo nuevo y quizá por eso Artur Mas pensó en él cuando buscó un sustituto que siguiera sus pasos hacia la independencia en el marco de lo que muchos ya califican como el gran delirio de los soberanistas catalanes.

Delirio o no, Puigdemont y los suyos sí han conseguido varias cosas: movilizar a los que, como ellos, están convencidos de que una República de Cataluña independiente es posible; pero también han sacado a la calle a esa otra parte de la población hasta hace poco silenciosa que quiere que Cataluña siga siendo una Comunidad Autónoma de España y que ha logrado casi un milagro al unir a PP, PSOE y Ciudadanos en torno a una misma causa, la defensa de la Constitución. Puigdemont y los suyos han dividido a la sociedad catalana, una fractura originada por la crisis institucional y política más grave de España desde que se restableció la democracia tras la muerte de Franco en 1975.

Un hito, sin duda, para quien se ha autoproclamado “president en el exilio” aunque para muchos sólo sea un candidato a la fuga.

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