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No es no, ¿Pedro, sí?

Lea Vélez

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Pedro Sánchez perdió las elecciones porque parecía de mentira y ha ganado las del PSOE porque sus emociones, salidas de su encuentro fervoroso con las bases, son verdad.

Durante las campañas de las últimas elecciones muchos no creyeron su discurso. No era todo culpa suya, igual que anteriores victorias electorales no han sido todo mérito de los ganadores. Las circunstancias de una España dilapidada, la fragmentación con la llegada de los populismos, no ayudaban. El peso de la corrupción, el desencanto, la incertidumbre catalana, la escasa claridad de las consignas, que dejaban puertas abiertas a cualquier cosa, ¿Independencia para Cataluña? ¿Referéndum? ¿Reforma constitucional? ¿Reinventar la democracia? Eran cuestiones muy gordas y nada respondidas. El votante se quedó en su casa o votando a lo malo conocido.

No sé cuántos millones de votos le costó al PSOE tener un líder que pareciera perfecto sin concretar en nada, que aparentase ser respuesta para todos -militantes de base y barones, pobres y ricos, ejecutivos de hidroeléctrica y parados de Sabadell- sin un discurso personal, con el que apelar a la empatía. Nadie se creyó a Pedro, ni siquiera él mismo creyó en sí mismo, y pasada la debacle, trató de encontrar contenido en su barricada a Rajoy.

Ya sabemos lo que pasó. Su “no es no” le costó el puesto, porque ese “no” fue enroque y callejón. Irónicamente, no le costó la cabeza. Los barones se equivocaron en su arrogancia, y como ese boxeador ruso que le da una buena paliza a Rocky Balboa, le dieron alas y contenido. Tras la pelea perdida en el ring de Ferraz, de la que salió humillado por la puerta del garaje, nuestro Rocky hispano encontró, como Stallone, mensaje y motivación. Su deambular por España, baños de multitudes, palmadas de militantes apasionados, le construyeron por dentro. Su vuelta, su salto al ring y total su convencimiento de que ganaría por KO, solo podían acabar en cinematográfico triunfo. Presentí que ganaría en el momento en que dio su primer mitin porque, de pronto, el hombre vacío se había llenado de verdad.

A las bases les gusta, les chifla, su no es no. Otra cosa es que le guste al resto de los españoles y que su “no es no”, llegue a ser un “Pedro es sí”, pero ojo, Rocky tuvo seis secuelas.

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Socialdemocracia: la izquierda optimista

Antonio García Maldonado

Las primarias socialistas han resuelto un problema cardinal del PSOE: el liderazgo. Desde la incomprensible decisión de Rubalcaba de presentarse al congreso de Sevilla en 2012, todo ha sido transitorio e inestable. Y lo era en la medida en que Susana Díaz no competía. El líder del PSOE sería ella o alguien que compitiera contra ella. Es de agradecer que esta incógnita pospuesta se haya definido. Los resultados son tan contundentes dadas las expectativas contrarias, que Sánchez es ya hoy el líder indiscutido que nunca le dejaron ser. Desde ese año del congreso de Sevilla, el debate sólo ha girado formalmente hacia fuera, porque todo se jugaba dentro. En este escenario, no sorprende la victoria de Sánchez, que es justamente percibido como alguien que hizo lo que pudo con su partido en contra desde el primer día y evitó el sorpasso en un momento extraordinariamente complicado.

No veo su victoria como parte de un movimiento global anti-élites. El así llamado aparato del PSOE –también los regionales y muchos medios sobreactuados– se ha ganado a pulso durante años la antipatía que han reflejado las urnas, hubiera o no crisis global. Es llamativa, además, la pésima campaña –si es que la hubo– de Susana Díaz y sus partidarios. Yo no creo que haya pesado tanto la abstención como los impúdicos “idus de octubre”. Las formas entonces y cierta arrogancia posterior. No compro ese diagnóstico que dice que Sánchez ha ganado ni por la abstención ni por el contexto anti-élites. Latía de fondo una pregunta que ni en conversaciones privadas me supieron responder estos meses: si tan malo, malísimo, era Sánchez, ¿por qué se le apoyó en 2014?

Sánchez tiene ahora el reto de convertir un movimiento político orgánico que ha contagiado a muchos militantes en una alternativa de Gobierno a medio plazo, sin prisas excesivas. Ahora que está consolidado, me parecería un error que entrara al trapo de fantasmales mociones de censura. Hay cierto cansancio no ya de inestabilidad política, sino de política. Si nos olvidamos del PSOE una temporada, tampoco estará mal. El PSOE ha comprado un tiempo precioso para rearmarse de ideas en la oposición y redefinir un proyecto socialdemócrata atractivo. Sin el ruido y los trabajos de apagafuegos interno, todo será más fácil para Sánchez.

Mucho se ha escrito sobre el declive electoral de la socialdemocracia. Las identidades políticas están ahora más fragmentadas, la base del capitalismo industrial sobre la que se construyó ha desaparecido o cambiado mucho, y la crisis de las clases medias parece haberle dado la puntilla al marco político-económico en el que se construyeron los Estados del bienestar. También están quebrados los consensos intergeneracionales, con un Estado más garantista y generoso con los mayores que con los jóvenes, que han pagado en mucha mayor medida la factura de la crisis, y que no ven cómo pueden alcanzar la prosperidad de sus mayores. Sirva como anécdota la paradójica rebaja en la tarifa de AVE para los mayores de 60 años, que hace que muchos padres paguen a sus hijos los trenes que antes éstos, en su precariedad, les han subvencionado vía impuestos. Esta quiebra intergeneracional se agudiza en el comportamiento electoral entre el más envejecido medio rural y las ciudades. La socialdemocracia era, sobre todo, un gran consenso económico-social, y ha estallado por los aires. Frente a las reducciones populistas y neoliberales, ningún conjunto de ideas progresistas parece capaz de instaurar una visión abarcadora políticamente competitiva.

Además, la revolución digital y los avances tecnológicos han generado un extraño clima de alarma y prevención ante un futuro que se presenta más incierto que nunca. Crecen el miedo y el pesimismo respecto al progreso. La traducción política de todo esto es la vuelta a las viejas certidumbres de la frontera, a la homogeneidad social y a la retórica proteccionista ante los bárbaros de las fronteras, sea en forma de ISIS, refugiados, robots que nos robarán el trabajo, élites financieras corruptas o políticos que vacían la democracia entregando poderes a la madrastra Bruselas. El populismo de derechas y de izquierdas ha aprovechado la ocasión, aunque la socialdemocracia europea se lo puso fácil con una gestión lamentable de la crisis financiera.

He leído recientemente dos libros, La edad de la ira, de Pankaj Mishra, y el monumental La transformación del mundo. Una historia global del siglo XIX, de Jürgen  Osterhammel, y me ha sorprendido la sencillez del diagnóstico certero de fondo en el malestar global actual, y cómo hemos repetido errores del pasado al gestionar etapas de transformaciones sociales derivadas de avances científico-técnicos. El esplendor del progreso de finales del siglo XIX, con la electrificación a gran escala, el crecimiento exponencial de las ciudades y las vías de tren por todo el mundo, dejó de lado a demasiados, que serían el caldo de cultivo de movimientos políticos posteriores, de infausto recuerdo. Y no ha pasado algo tan diferente ahora, tampoco en España. La globalización científico-técnica, económica y financiera ha tenido demasiados perdedores, y muchos que se perciben como tal (aunque no lo sean, a efectos políticos es irrelevante). El declive de las expectativas, el aumento de las desigualdades y la asunción de un marco de relaciones socio-laborales ajeno a al bienestarismo europeo, impulsado en muchas ocasiones por los propios socialdemócratas, explican mucho de la desafección y el abandono de esta opción política.

Ante este panorama, ¿qué puede hacer la socialdemocracia? La teoría parece clara: apostar por la redefinición de las prioridades del Estado del bienestar, con mayor atención a jóvenes y personas vulnerables. Hacer compatible la solidaridad con unas legítimas aspiraciones económicas de la clase media, fomentar la innovación y la educación para prepararnos para competir en un mundo global que por más que Trump y May se empeñen, seguirá en su dinámica de intercambios. Creo que, para empezar, cualquier líder socialdemócrata del siglo XX debería abrazar la globalización, pensar y hablar de Europa, asumir y mostrar una visión optimista y hablar del potencial del progreso en la etapa científico-técnica más fascinante de la historia. Incluso un país tan políticamente huraño como Francia ha sido receptivo a un mensaje optimista y europeísta en las últimas elecciones presidenciales.

Aunque Macron no es la solución socialdemócrata, menos aún en España, donde el PSOE tiene a su izquierda un Podemos que no crece pero que tiene un suelo electoral fuerte. Macron era lo más progresista que se podía permitir Francia en un momento nacional tan reaccionario, pero su movimiento y su triunfo están circunscritos a un país políticamente muy particular que estaba deseando votar conservador. Pero sí hay que aprender del optimismo de la voluntad de Macron para poder encarar la ingente tarea de redefinir un espacio ideológico que tiene entre sus principales retos el de volver a ser la vanguardia del progreso y deshacer esa falacia que dice que girar a la izquierda (si por tal cosa entendemos prestar más atención a la igualdad y al reparto justo de riqueza y oportunidades) significa ir al pasado. El potencial transformador del mundo nunca ha sido mayor, y de la socialdemocracia espero que me lo explique y que lo defienda con optimismo. Como supo hacer en su día. En esa tarea espero ver a Pedro Sánchez y al equipo que lo acompañe.

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La nada nadea

Ferrán Caballero

Lo que les gusta olvidar a los analistas de la catástrofe es que la alternativa a Pedro Sánchez eran Susana Díaz o Patxi López. Y ese no es un problema de la socialdemocracia, sino del Partido Socialista Obrero Español. 

Cuando se pregunta ¿qué pasa con la socialdemocracia? hay que responder como Máiquez: “Está muriendo de éxito en lo ideológico (todos los partidos son socialdemócratas y le han robado el discurso social) y de fracaso en lo pragmático (cuando gobiernan, las cuentas no salen).” Hay que responder que la crisis de la socialdemocracia no es, en realidad, sino la crisis de los partidos socialistas de Europa. Y que, así las cosas, las únicas salidas que parecen quedarle son presumir de gestión o cambiar de discurso. 

Cuando se pregunta qué pasa con el PSOE, hay que responder que no puede hacer ni una cosa ni la otra. Que no puede presumir de gestión, como sí puede hacer el PP, porque no gobierna. Y que no puede apartarse del discurso socialdemócrata, como hace Podemos, porque eso sería renunciar al único hecho que presumen diferencial. 

Así las cosas, el PSOE ha comprado el discurso Podemita según el cual el consenso socialdemócrata, el sistema, está en una crisis insalvable y, al hacerlo, ha dejado el futuro en manos de sus populistas adversarios. El PSOE ha asumido que el problema de la socialdemocracia es el gobierno del PP y que la única salvación de su proyecto y su partido pasa, por lo tanto, por echar al PP del gobierno. 

Aceptado este relato, las alternativas se reducían a un candidato que se había negado a entregar el poder al Partido Popular, asumiendo incluso el riesgo de su propia destrucción y la de su partido; y a la mujer que entre las sombras conspiraba para entregarle el poder al enemigo y ante las cámaras seguía insistiendo en que lo fundamental era quitárselo para siempre. Entre el nihilismo de Sánchez y el cinismo de Díaz. Pedro Sánchez es el único candidato que ha asumido el discurso único del PSOE, y aunque con ello haya demostrado su propia inconsistencia también ha puesto en evidencia la hipocresía de los demás. Pedro Sánchez es el único que ha asumido el abismo bajo los pies del PSOE y esa es la primera condición de su salvación. Su desgracia es que el PP no es el problema y que, por lo tanto, él no puede ser la solución”.

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Ser un príncipe ‘moderno’ en Arabia Saudita

Redacción TO

Foto: Saudi Press Agency
Reuters

El pasado 4 de noviembre más de 200 personas fueron detenidas en Arabia Saudita sin acusaciones formales ni procedimientos jurídicos. Entre ellas, príncipes, ministros e importantes hombres de negocios cayeron en una operación anticorrupción lanzada por una comisión presidida por el príncipe heredero, Mohamed bin Salmán, que ha tomado ciertas medidas para introducir cambios inéditos en el país como llevarlo de una economía dependiente del petróleo a una diversificada.

Al joven de 32 años no le titubeó la mano. Entre los nombres de los arrestados destacan el de uno de los inversores más poderosos del mundo: el príncipe Alwalid Bin Talal, quien tiene intereses en compañías como Citigroup, 21st Century Fox y Twitter, y el del príncipe Mutaib bin Abdalá, el hijo favorito del difunto rey Abdalá.  Poco antes de las detenciones, Mutaib bin Abdalá había sido retirado de su puesto como jefe de la Guardia Nacional.

Según apuntan medios locales, con esta acción el príncipe heredero y principal asesor del rey Salmán, logró poner bajo su control a los tres servicios de seguridad del país: el Ejército, los servicios de seguridad interna y la Guardia Nacional. Por décadas estos poderes se habían distribuido entre las ramas del clan de la casa de Saúd para mantener un equilibrio de poder.

Con la ‘purga’, Bin Salmán supuestamente intenta combatir uno de los principales problemas que sufre el país: la corrupción. Sin embargo, esta acción ha preocupado a observadores internacionales y a los propios ciudadanos que la han considerado como una “apuesta muy arriesgada”. Incluso algunos lo acusan de buscar “desestabilizar la región” y de pretender deshacerse de personas que no apoyan sus reformas e ideas.

En cambio, otros como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, le han dado su apoyo. Un día después de la operación, Trump escribió en su Twitter: “Tengo mucha confianza en el rey Salmán y en el príncipe heredero que saben perfectamente lo que están haciendo”. “¡Algunos de los que son tratados duramente han exprimido a su país durante años!”, añadió.

Quebrantamiento de la línea de sucesión 

En junio de este año, el rey Salmán bin Abdulaziz designó a su hijo “preferido” Mohamed bin Salmán como príncipe heredero, relevando en el cargo y en la línea sucesoria a su sobrino y príncipe Mohamed bin Nayef, según un decreto real. Con esta medida, el rey quebró por primera vez la línea de descendencia aunque contó con el apoyo de 31 de los 34 miembros del Consejo de Lealtad, órgano creado en 2006 por el entonces monarca Abdullah Bin Abdulaziz al Saud para dirimir sobre cuestiones sucesoriales.

En aquel decreto, el rey también ordenó enmendar el segundo párrafo del régimen del Consejo de Lealtad, en el que se determina que el Gobierno debe ser ejercido por los hijos del fundador del reino, Abdelaziz bin Abdelrahman al Faisal al Saud, y agregó que pueden dirigir el país sus nietos.

Mohamed bin Salmán podría convertirse en una de las figuras más poderosas del mundo árabe. The New York Times destaca que, hasta el momento, ha bloqueado a la vecina Catar, ha acusado a Irán de actos de guerra y ha alentado la renuncia del primer ministro libanés. Y en Yemen, sus fuerzas armadas están luchando en el conflicto religioso de esa nación contra una facción de hutíes alineados con Irán. 

Al ser el principal asesor del rey, se dice que ha movido los hilos de sus drásticas decisiones, como la transformación de algunos ministerios, entre ellos el de Economía, y la destitución de algunos líderes de la vieja guardia. Como ejemplo, en mayo del año pasado, Alí al Naimi, que estuvo por dos década a la cabeza del Ministerio de Petróleo, fue relevado por el presidente de la petrolera estatal Aramco, Jalid al Falih, un estrecho aliado del príncipe.

¿Mayores posibilidades para las mujeres?

Mohamed bin Salmán antes de ser designado como heredero al trono,  ya contaba con el puesto de ministro de Defensa. Es el hombre más joven del mundo en ejercer ese cargo. Aunque pertenece a una de las corrientes musulmanas más conservadoras, el wahabismo, Bin Salmán ha elogiado un “islam moderado” en el que las mujeres tendrán mayores derechos.

De acuerdo a una medida que ya ha sido aprobada, las saudíes podrán conducir a partir de junio de 2018 en el único país en el mundo que todavía mantiene la prohibición. Otro de los cambios ‘aperturistas’ fue anunciado en octubre, cuando el Gobierno dijo que autorizará a las mujeres a asistir a estadios deportivos. De momento, el próximo año podrán ir a tres recintos pero solo junto a sus maridos.

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Arabia Saudita es el único país que aún prohibe a las mujeres conducir| Foto: Faisal Al Nasser / Reuters

¿Una ‘Visión 2030’?

En el programa de Gobierno del príncipe Bin Salamán presentado en abril de 2016, llamado ‘Visión 2030’, se menciona explícitamente la intención de “empoderar a las mujeres y hacer efectivo su potencial” con el objetivo de elevar su participación en la fuerza de trabajo y la productividad nacional.

Para el monarca esto se traduce en aumentar la participación femenina en el mercado laboral de 22% a 30%, como lo recoge el documento. Esta cifra forma parte de los índices que el Foro Económico Mundial ha usado para situar a Arabia Saudí en el puesto 138 de 145 países respecto a las oportunidades y participación económica de las mujeres, a pesar de que el 60% de los estudiantes que se gradúan de carreras universitarias son chicas, según la OECD.

A pesar de las promesas, Human Rights Watch ha denunciado que no ha sido concretada la orden real de abril de este año en la que se autorizó suavizar la tutoría del hombre a la que están sometidas las saudíes. En el reino del Golfo ellas todavía deben contar con la autorización de un tutor hombre, que generalmente es su padre, esposo o hermano, para poder viajar, estudiar, sacarse el pasaporte, contraer matrimonio o incluso salir de la cárcel tras haber cumplido alguna condena. De modo, que hasta que las cosas no cambien en la práctica, las ofertas del príncipe serán palabras al viento.

Transformaciones económicas

Otro de los principales giros que busca el príncipe y que también está plasmado en ‘Visión 2030’ es convertir a Arabia Saudita en una economía diversa, no dependiente del petróleo, como lo ha sido hasta ahora. Para ello pretende privatizar la petrolera Aramco.  “En Arabia Saudita hemos desarrollado una adicción al petróleo”, expresó Salmán en una entrevista con la televisora estatal Al Arabiya. Por su parte,  la BBC señala que lograr que el país se sobreponga a esa dependencia no será fácil ya que obtiene más de 70% de sus ingresos por la venta de crudo. Además, entre otro de sus objetivos económicos, está aumentar la aportación del sector privado al PIB a un 65% en 2030 (actualmente es de 40%).

Más novedades

El llamado ‘príncipe detrás del trono’ ha anunciado la restricción de facultades de la policía religiosa llamada ‘Comité de la propagación de la virtud y prevención del vicio’, cuerpo de encargado de aplicar la estricta versión saudí de la sharia. Además de las anteriores, otra muestra de ‘modernidad’ que llamó la atención de los medios fue cuando Mohamed visitó al fundador de Facebook, Marck Zuckerberg, con vaqueros en vez de su túnica blanca, y su reciente encuentro con el co-fundador de Microsoft, Bill Gates.

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El príncipe se reunió recientemente con el co-fundador de Microsoft, Bill Gates. | FOTO: Reuters Handout

Estas reuniones con los ‘reyes de la tecnología’ posiblemente forman parte de sus planes de modernizar la nación. El más ambicioso hasta el momento es el de construir una nueva metrópolis que se extenderá por tres países y costará 500.000 millones de dólares. El proyecto, llamado NEOM, fue anunciado en una conferencia de inversiones. 

De modo que ser un príncipe moderno en Arabia Saudita está lleno de matices. El joven abogado deberá enfrentar a algunos clérigos que no concuerdan con sus ideas ‘vanguardistas’, a una élite empresarial acostumbrada a subsidios estatales y tendrá que crear planes más concretos para la materialización de sus objetivos. Además, sus decisiones en cuanto a mejorar los derechos de la mujer aún están muy lejos de parámetros dispuestos por las organizaciones defensoras.

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Benedict Wells: "Nada puede protegernos del fracaso"

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Benedict está acostumbrado a firmar sus libros con el apellido Wells, pero lo que la verdad oculta es que se apellida von Schirach y que Wells, más que un alias artístico, es un homenaje al personaje de John Irving en Las normas de la casa de la sidra. Lo escogió con un motivo poderoso: “Él es la razón por la que escribo”.

Benedict Wells (Múnich, 1984) –uno de los autores más reconocidos en Alemania– ha estado en España por la publicación en castellano de su última novela, El fin de la soledad, a cargo de la editorial Malpaso, y es un hombre de rostro tranquilo, alto y delgado, con el pelo frondoso y castaño, que esconde tras de sí una historia fascinante. En el libro queda mucho de esa esencia y desde bien pronto, apenas en el segundo capítulo, viene a decirnos cómo se rompe una familia en mil pedazos después de que tres hermanos preadolescentes –Marty, Liz y Jules– pierdan a sus padres en un accidente de tráfico, sin otra salida que continuar con sus vidas en un internado público.

Cuando Benedict escribe sobre la soledad, lo hace desde el corazón y desde el estómago. Benedict supo desde joven que quería ser escritor y con 19 años se fue de Múnich a Berlín, que en 2003 era “una ciudad barata”, “perfecta para la gente que, como yo, no tenía dinero”, tomando un camino que nadie le aconsejó. “Mi vida era miserable”, recuerda. “No fui a la universidad. Los primeros años tras el instituto los viví muy solo, en un apartamento horrible, con la ducha en la cocina. Trabajé en varios empleos temporales, y escribía por las noches. Trabajé de camarero, en la taquilla de un cine, de recepcionista en un hotel, más tarde en un show televisivo que estaba bien, pero al que tuve que renunciar porque no me dejaba tiempo para escribir. No tenía otra vida. Sentía que debía invertir todo mi tiempo en escribir”.

Y continúa: “Hay mucha gente con talento. Pero, para mí, el talento no era el campo en el que podía marcar la diferencia. Lo único que estaba dentro de mi área de control era mi voluntad y mi esfuerzo. Pensaba que nadie estaba tan loco con 19 años como para tener esa vida solitaria y extraña de escribir todo el tiempo. Pensaba que muy pocas personas podían mantener ese ritmo después de dos años. Dediqué todo lo que tenía a la escritura y, después de un par de años, vi que era mejor que cuando comencé. Aun así, seguía pensando que necesitaba dos o tres años más, quizá cuatro. Mi vida era muy solitaria. Tan solitaria que podía pasar cinco semanas sin hablar absolutamente con nadie. Allí estaba yo, solo y escribiendo”.

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Portada de ‘El fin de la soledad’, de Benedict Wells. | Imagen: Malpaso

Lo más difícil de todo aquello, cuenta, más incluso que la reclusión y el olvido, era el modo amargo en que sus amigos y familiares renegaban de su esfuerzo. “Nadie me entendía”, dice, con gesto serio. “No podía demostrar que tenía el talento necesario. Habían pasado cuatro o cinco años y seguía sin publicar. Tenía 23 y algunos amigos veían mi apartamento, veían que no estudiaba, que no tenía una red de seguridad, y me decían: ‘Vamos, tienes que buscarte algo más estable’. La presión estaba ahí y era tal que estuve pensando en salir de Alemania. En cada conversación había un recordatorio de mi fracaso. Mi gran ventaja, de algún modo, era que mis padres no tenían dinero, así que podían apoyarme emocionalmente, pero no económicamente. Era totalmente libre. Aunque me pesaba la presión de que no pudieran entenderlo. Yo mismo… estaba esperando a que alguien me animara a intentarlo”.

Dice, con la memoria puesta en sus años en Berlín, que tuvo que luchar contra la soledad y el rechazo, pero también contra sus momentos de ansiedad y vacilación. “Me pasaba el día entero pensando que era un fracasado, que no valía lo suficiente”, dice. “Pero me sentaba frente al escritorio y pensaba que no había nada mejor que pudiera hacer. Vivía todo el tiempo entre dos extremos: excitado por escribir y contar una historia o deprimido porque pensaba que no tenía talento. Lo que me hizo seguir es la voluntad de contar historias. Pensaba que quizá no fuera tan bueno, pero quería terminar lo que había comenzado”.

Conforme Benedict se expresa, los recuerdos se van haciendo sólidos. Casi dibuja imágenes. Dice: “Recuerdo el día que descubrí a Michael Chabon. Simplemente leyendo Chicos prodigiosos y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, viendo cómo escribía, cómo jugaba con el lenguaje, sentía que tenía que volver a escribir. Sabía que la literatura era mi vida y estaba dispuesto a fracasar. Prefería fracasar que arrepentirme por no haberlo intentado. Temía más al arrepentimiento que al fracaso”.

Dice que fue en el último instante que apareció un agente, justo cuando tenía planeado su viaje a Escocia. Después de tantos años, la editorial en alemán Diogenes –muy prestigiosa y conocida por publicar un único libro al año– se interesó por él y terminó por publicarle su primera novela, El último verano de Beck. Su nombre fue, definitivamente, cobrando más y más fuerza. Publicó tres novelas más con este sello.

“Uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real”

Probablemente su entereza y vocación exclusiva, su capacidad para no torcer el brazo, habrían sido imposibles de no haber soportado un duro entrenamiento previo –vivió de los 6 a los 19 años en un internado público por una grave situación familiar, como Marty, Liz y Jules–. Le pregunto por esta circunstancia, y habla de ello con naturalidad y sin resignación. “Creo que la independencia fue lo primero que aprendí en el internado”, dice, con la mirada puesta en una taza de café que apenas ha probado. “Pero entre los niños que estábamos allí, yo era un afortunado. Allí había niños que habían sufrido abusos, había refugiados… Al menos yo tenía unos padres que me querían. Los otros niños de mi clase iban con padres adoptivos, y yo me iba con los míos. Era extraño. Quizá para mis amigos, que han sido amados y han tenido una infancia protegida, habría sido más difícil”.

La vida de Benedict Wells es fascinante, decía, y en parte lo es por todo a lo que tuvo que renunciar. Le pregunto por las cosas que quedaron en el camino, si las echa de menos. Benedict responde que sí, sin reservas, y explica que es la razón por la que se mudó a Barcelona. “Tenía 26 años, había publicado mi primer libro y sentía que me había perdido muchas cosas”, dice. “Me di cuenta de que uno tiene que encontrar el equilibrio. Cada segundo que estás en la historia, dejas de estarlo en la vida real. Echo cosas de menos, sí. Pero todo tenía un propósito. Me habría gustado disfrutar de lo que llaman la vida del estudiante, pero luego estuve tres años y medio en Barcelona, y más tarde traté de imitar la vida del Erasmus en Montpellier. Me esforcé por hacer lo que no había hecho, y claro que no era lo mismo. Pero nunca dudé del camino que había tomado: amo la escritura y volvería a hacer lo mismo”.

Ahora Benedict es un autor respetado en Europa, sus libros se venden por cientos de miles, y en su país concede raramente entrevistas: es, la mayor parte del tiempo, un hombre solitario. Con todo, más allá de las ventas y de los premios y de ese reconocimiento intangible que es la admiración de sus lectores, todavía experimenta, de vez en cuando, la amargura del rechazo. “Recientemente escribí un artículo sobre el tren transiberiano y traté de venderlo a los periódicos”, cuenta, divertido. “Una vez más: rechazado-rechazado-rechazado. Me di cuenta de que todavía era posible. No hay garantías. Todavía puede ocurrirme”.

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Benedict Wells, fotografiado en Madrid. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

“Después de todos estos años”, le pregunto, “¿qué significa para ti el fracaso?”.

Benedict se toma ocho, nueve segundos, busca una respuesta: “A veces es difícil asimilar que es inherente al ser humano, simplemente inevitable”. Hace una nueva pausa: “Vamos a fracasar y vamos a tener que lidiar con ello. Nada puede protegernos del fracaso. Lo único que puede cambiar es tu actitud. Por supuesto que existe aquella teoría de que el fracaso te hace más fuerte, y de que puedes aprender de ello. Pero hay fracasos de los que no puedes extraer nada. Probablemente ni siquiera puedas cambiar de actitud, pero tienes que esforzarte por hacerlo. Intentar aprender de tus fracasos, intentar hacer las paces con ellos. Es la única manera: intentarlo”.

Benedict, en su camino hacia el fin de la soledad, siempre encontró la literatura. “Es, definitivamente, una parte muy importante en mi vida. En ambas direcciones. Hacia fuera, mi pasión y mi profesión. Hacia dentro, el sentimiento de que no estás solo, de que puedes encontrarte a ti mismo en muchos libros, de que puedes sentirte a salvo”. Entonces habla de Harry Mulisch y de Kazuo Ishiguro, al que admira profundamente y llama profesor, y menciona Los restos del día y Nunca me abandones. Dice: “Hay pocos libros que me hayan cambiado de verdad, y estos son dos de ellos. Los leo y me pregunto: ‘¿Por quéee? ¿Cómo logró manipularme así? ¿Por qué me siento así?’. No es algo que esté entre las páginas. Trato de estudiar estos libros. Los libros que amo son mis profesores“.

Luego Benedict regresa a la idea de que la literatura, en el mejor de los casos, nos ayuda a sentirnos menos solos. “Es la primera experiencia cuando lees”, continúa. “No estás tan solo. Lo que realmente amo de la literatura es que es completamente distinta al resto de artes. En un cuadro, en una fotografía o en una película, todo está acabado. Puedes consumirlo. Pero un libro es simplemente blanco y negro. Todo viene de dentro. Tienes una página y todo depende de ti”.

Y concluye: “Hay algo que me fascina de la literatura: te deja a solas con la historia que tú has construido dentro de ti“.

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