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Psicología feliz

Lea Vélez

Entro siempre motivada de todo lo que voy a decir. Mientras me dan la acreditación y atravieso la pista de atletismo, hago repaso de las debilidades y bondades de mi hijo. Esta vez me han llamado ellos. Al parecer, el otro día no pudo más y se echó a llorar en clase, diciendo que iba a coger una ametralladora para acabar con todo el colegio. El chiquitín rubio que siempre sonríe, que hace chascarrillos, que saca dieces en las asignaturas más difíciles, el pequeño achuchable de ocho años que va a todas partes con su elefante de peluche, gritó: ¡voy a mataros a todos! Y por primera vez en siete años, no soy yo quien ha de llamar a la pedagoga para pedirle ayuda, para solicitar adaptaciones o ejercicios motivadores para mi hijo de Altas Capacidades que jamás he conseguido. Por primera vez es ella la que me llama a mí para preguntarme si mi hijo es feliz.

Llego a la oficina de la psicóloga. Me hace esperar. Estoy sola, sentada en un aula, en una silla que pone en evidencia mi tamaño. Me siento mayor, gorda, infeliz, encajada en mi pasado escolar. Llega, me saluda cariñosa. Sabe que mi hijo es un cielito y no se ha tomado en serio eso de que va a sacar un arma automática y matar a todo el mundo, claro. Por otra parte, no estamos en USA y por suerte, mis hijos solo tienen osos de peluche. Me digo: ¿Cómo duermen las madres americanas?

La pedagoga me explica lo que ya sé. Que el niño no tiene amigos. Que juegan al fútbol y que él no quiere este año jugar al fútbol. Me explica todo lo que ya sé y todo lo que yo ya les he explicado a los profesores y a los mal llamados psicólogos del colegio diez veces, cien veces, mil veces. Ella nunca “ha llevado mi caso” y tengo que empezar desde el principio, en este eterno día que es como estar en un aeropuerto. Estamos junto la cinta transportadora escolar que ya lleva seis años dando vueltas. Somos como las maletas de un vuelo aterrizado que nadie reclama. Cuando termino de explicarle por qué mi hijo está triste y ella termina de explicarme todas sus estrategias para lograr que haga amigos, y de pedir mi opinión sobre qué puede o no funcionar -Legos, ajedrez, parchís- para que el niño deje de estar triste en los recreos, ya llevamos una hora. Estoy haciéndolo bien, muy contenida y de pronto, dice: “bueno, pues a ver si con todo esto, conseguimos que sea feliz”. Toda mi contención se desvanece. Me convierto en Morgan Freeman en Cadena perpetua, cuando le suelta la filípica a los miembros del comité para su libertad provisional. Le digo:

-No, no va a ser feliz aquí. Yo lo tengo asumido y él lo tiene asumido. Tú no vas a cambiar el colegio, ni vas a despertar de su letargo a la profesora que manda los ejercicios mortales, ni yo voy a ganar nada viniendo cada tres meses a pedir motivación. Antes creía que sí, pedía adaptaciones para mis hijos de Altas Capacidades, pedía ayuda, pero sois como los políticos. Estáis muy convencidos de que hay que servir al pueblo, muy por la labor, muy de hacer promesas, “vamos a probar esto, vamos a probar lo otro, solo nos importa su felicidad”. ¿Pero sabes qué ocurre? Que lo ponéis en práctica durante un mes y luego se os olvida o viene otro padre con otro problema, otro niño amenaza con sacar la metafórica pistola y es el fin de la constancia. Muchos profesores, con honrosas y heroicas excepciones, hacen lo mismo. Traigo ideas y sugerencias para hacer las clases más amenas para todos los niños, no solo para el mío, para que los nombres comunes tengan contexto, les hablen de las Cuevas de Altamira enseñándoles una puñetera foto, en lugar de en una fotocopia mal parida, y decís eso de “en el futuro tendrán que enfrentarse a exámenes así. A que todo sea esquemático”. ¿Y a mí qué me importa el futuro de un niño que llora en presente? Además, no es cierto. Hay profesores que se lo trabajan y buscan motivarlo y yo les estoy inmensamente agradecida. Este año ha tenido mala suerte. Habéis hecho una carrera de psicología, la sociedad ha invertido en vuestra educación un dinero nada despreciable, pero no podéis practicar la psicología. Practicáis lo de todos: la defensa del sistema. Si un niño llora le dais un pañuelo y lo sentís mucho, pero no buscáis la raíz del llanto porque si la buscáis corréis el riesgo de poder encontrarla. Es malo, “el sistema”, me decís todos, como el torturador que tortura por órdenes superiores y se lava las manos. Es lo que hay, me insistís. Yo no sé cuántas veces he escuchado las frases: hay unos objetivos que cumplir. Pues yo también tengo mis objetivos. Los objetivos de las personas se llaman sueños. Sueños, que son lo contrario de vuestras realidades escolares.

La infancia va contigo toda la vida. ¿Te crees que uno es feliz con una infancia desgraciada colgando del alma? ¡A mi qué me importan los exámenes! Dejadle que no termine los bodrios y haced que solo cuente el examen, así, todos cumplimos, vosotros con los objetivos y él con sus sueños. Aquí, el problema es el colegio, el muermo, el aburrimiento, la desmotivación, las horas y las re-horas de todo lo que hay que terminar. Si fuera la profesora la que estuviera castigada a terminar en casa todas las banalidades que no escriben sus alumnos en la clase, ya verías cómo les mandaba escribir otra cosa. Él no es idiota. Se ha ajustado a estar solo en el recreo porque eso es preferible a estar intercambiando cromos del Real Madrid o enfrentándose al miedo de que no quieran que esté en el equipo porque no sabe pasar la pelota. Él está en el colegio, pero su mente está en la universidad. Hay niños que asimilan el colegio y otros que no. Le habéis enseñado que en el colegio, él no puede ganar. Él, con vosotros, nunca gana. Si no copia los rollos mortales de clase, pero saca un diez en el examen, no es buen alumno porque no “trabaja”. Si trabaja como un bestia, que es lo que ha estado haciendo, copiando rollos sobre los determinantes y los nombres comunes, pero saca un cinco: “no demuestra su potencial”. En el colegio nunca se puede ganar porque hacéis que sea una crítica constante. Aquí no existe la felicidad en el término medio y el término medio es la más común felicidad. Y yo hoy, he venido a cumplir un trámite. Hasta ahora creía que podía existir una solución, un parche, pero no lo hay. Según qué profesores tengan mis hijos o según qué amigos tengan, ese año serán felices, o más o menos felices y al año siguiente pues no. Eres psicóloga, pero el problema no es que mi hijo sea más o menos activo, más o menos inteligente, más o menos sociable. El problema es que el niño escolar no tiene nada que ver con el niño real. Nada es divertido, las asignaturas son banalidades esquemáticas, textos infumables que hay que copiar, listas de nombres que nunca se acaban, perros que ladran, gatos que maúllan con su determinante indeterminado, definiciones, la mayor parte del tiempo, equivocadas. Enfundar: ponerse ropa de vestir. No señora, enfundar no es eso, por mucho que lo diga el errado e infumable libro de Lengua. Enfundar es meter algo en una funda y a veces se puede utilizar metafóricamente, como “ir enfundado en los pantalones” como lomo en tripa, que decía mi abuela. Uno no se enfunda el abrigo, a no ser que le quede raquítico, que es lo que hace el dichoso abuelo del texto del libro. Vocabulario del tema 3: anemómetro, mosaico y horóscopo. Tres palabras que vienen a cuento de un texto de un abuelo que se enfunda el abrigo para explicarle a su incrédulo nieto que encontró un mosaico romano debajo de la cocina de su casa y que se lo llevaron y lo colocaron en un museo. ¿Les queréis hablar de los mosaicos sin gilipolleces? Habladles de los mosaicos de verdad. El mejor está en Antioquía. Ya verás qué éxito. Ya verás cómo escribe sobre los romanos. Son unos textos y unos ejercicios, estos del libro, que es como para que sea yo la que venga con la ametralladora. Es tremendo que tú seas psicóloga y que sepas que la raíz del mal es todo esto que digo, que lo sepas y que te calles y que defiendas lo indefendible, justificando en tu mente que no nos queda otra opción que ofrecerle unos Legos y un parchís, mientras me dices que a ver si logramos que sea feliz. Es indecente que me llames y me preguntes si el problema lo tiene en casa. Porque sí, sí, la verdad, lo tiene. La respuesta es sí. El problema de mi hijo es, irónicamente, que en casa es inmensamente feliz.

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Menores y redes sociales: cómo resolver el dilema

Cecilia de la Serna

Foto: Tim Gouw
Unsplash

Las redes sociales forman parte de nuestro día a día e, irremediablemente, también del de los más pequeños. Hace unos días Facebook anunciaba la creación de una versión para niños de su aplicación de mensajes Messenger en Estados Unidos, Messenger Kids. En esta novedosa aplicación, los menores podrán comunicarse tanto por mensaje como por videollamada con familiares y amigos y siempre bajo la atenta mirada de los padres, que podrán acceder a la lista de contactos de sus hijos. Para la compañía de Mark Zuckerberg, esta es una forma segura y divertida para que los niños usen las redes sociales.

No obstante, esta es también una respuesta a una problemática cada vez más extendida: el uso de las redes por parte de los menores, y cómo asegurarnos de que su privacidad y su integridad están a buen recaudo. La iniciativa de Facebook responde también a una estrategia comercial -es, a fin de cuentas, una compañía-, ya que lo que está intentando el gigante tecnológico es atraer al público más joven a la vez que asegura ofrecer a los padres un mayor control sobre el uso de las redes por parte de sus hijos.

Los datos arrojan un poco de luz en este tema: según la Asociación de Usuarios de Internet, en España el 32% de los menores pasa más de 3 horas diarias conectado a la red, casi 50.000 adolescentes padecen adicción a Internet, y más del 60% ha contactado alguna vez por Internet con alguien que no conoce.

Más del 60% de los menores españoles ha contactado alguna vez por Internet con alguien que no conoce

La Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria asegura que los menores de 14 años no deben tener redes sociales, algo que sin duda dista mucho de la realidad, ya que los niños y preadolescentes están cada vez más conectados a la red. Grooming, sexting, o ciberbullying son sólo tres de los muchos anglicismos que dan nombre a amenazas reales a las que se enfrentan los niños y adolescentes en Internet. La conciencia sobre este conflicto es cada vez mayor entre educadores, padres y los propios menores. No obstante, a menudo es difícil identificar los problemas y el debate sobre la privacidad de los menores, frente al control de los padres, es cada vez más frecuente.

A la recomendación de los pediatras se ha unido la legislación: en España, el Reglamento de Desarrollo de la Ley Orgánica de Protección de Datos (RLOPD) establece que será necesario obtener el consentimiento de los padres o tutores para el tratamiento de los datos de carácter personal de los menores de 14 años. Por ello, y según la Ley, los menores de 14 años no pueden crearse perfiles en las redes sociales sin el consentimiento de sus padres.

En Estados Unidos, la mayoría de redes -como Facebook, por ejemplo- se rige por la legislación de California, cuyo límite de edad para acceder a ellas se establece en los 13 años. Sin embargo, como estas herramientas no exigen ningún tipo de identificación que verifique que la edad real del menor, este límite carece de efectividad.

Menores y redes sociales: cómo resolver el dilema
La relación entre niños y tecnología es innegable. | Foto: Maxim Shemetov / Reuters

Ley y realidad están, en este caso, muy alejadas. La alarma social es prácticamente nula, ya que esta distancia entre lo legal y lo tangible es algo muy común en el entorno digital.

Espiar a los hijos: ¿es legal?

Ya que los menores sí están presentes en la red, una práctica que está cada vez más extendida consiste en espiar a los hijos. Lo hacen muchos progenitores que, preocupados por la seguridad de los más pequeños, e impotentes ante el inevitable uso de las redes sociales por parte de ellos, deciden ejercer un control férreo sobre éste, aunque pueda significar incurrir en delito.

Como recuerdan desde el blog especializado en la materia Menores en Red, según el artículo 4 de la Ley Orgánica 1/1996 el menor “tiene derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen. Y este derecho comprende también la inviolabilidad del domicilio familiar y de la correspondencia, así como del secreto de las comunicaciones”. Por ello, espiar a los hijos no es ningún caso una opción.

Esto deja indefensos a algunos padres, que ven en sus hijos un comportamiento preocupante relacionado con su vida digital y no saben cómo actuar. Los expertos coinciden en que una buena comunicación, con una sólida base de confianza, puede ser el mejor de los mecanismos de control. Por otro lado, con aplicaciones como la que ha lanzado Facebook -que permite a los progenitores acceder a la lista de contactos de los pequeños pero no a los mensajes que reciben- atisban una solución al problema.

La única certeza sobre el uso de las redes sociales por parte de los menores es que éste existe, y que autoridades, compañías tecnológicas, docentes, padres y niños deben establecer de una vez por todas las bases para que sea viable y seguro. A fin de cuentas, Internet es sólo un reflejo virtual de la realidad, y no habría que ponerle más límites que los que ponemos a la vida palpable.

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El manicomio infantil

Lea Vélez

Foto: Khalil Ashawi
Reuters

Mis hijos, como muchos niños, tienen “enemigos” en el colegio. Todos los tuvimos. En la infancia los sentimientos están bastante exacerbados y hay odios y amores, amigos y enemigos.  La palabra “enemigo” no significa lo mismo para un niño que para un adulto. Es un lenguaje que ellos utilizan y que tiene un valor semántico muy diferente. Por ejemplo, hay niños del cole que se meten con mi hijo mayor y con su amigo, que “les odian” por ser diferentes, que no les invitan a los cumpleaños y que no les dan caramelos cuando toca repartir. Las madres de estos chavales fingen no saber que en la clase hay 22 niños cuando compran 20 piruletas para que las repartan con sus compañeros, y no les dicen cosas como: “mira, puñetero hijo de mis entrañas, descastado, bullinguero… si quieres repartir caramelos en la clase, tienes que darle a TODOS los niños, por mucho que le tengas tanto odio a estos dos”. Estas madres fingen que el colegio es un lugar de armonía social, que acosados y acosadores son felices en él como perdices y que el problema está en otra parte.

Y bien, sí, es verdad, está en otra parte. Está en fingir que al encerrar gacelas con leones, ratones con orangutanes y científicos con futbolistas en el mismo recinto amurallado se establece una representación fidedigna de la realidad social. Pues no. El recreo no se parece a la vida. En nada. En sociedad no convivimos así. Para empezar, en la vida nos juntamos con los que nos quieren de verdad y con los que de verdad nos hacen felices y sería difícil que alguien aguante en un trabajo años y años y años si le acosan laboralmente los mismos cuatro pringados, por poner un ejemplo. En sociedad buscamos relacionarnos por preferencia y no por obligación y además, tenemos otra sabiduría, no la pasión irascible de la infancia. En sociedad tratamos de contemporizar, hay un interés vital en ello: conservar el trabajo, ascender, disfrutar de los afines, alejarnos de los pelmas, buscar un hueco en la playa. Esto no se puede hacer en el colegio, buscar. La muestra del aula es demasiado pequeña. La del patio también. Todas sus fronteras son muros con vigilantes. Un colegio es una isla muy pequeña. Sus dinámicas son duras como condenas. El colegio es una burbuja, una aberración, un paréntesis en la vida de una persona. Es la cárcel antes del crimen, el purgatorio o en el mejor de los casos, una sala de espera de la realidad, en la que no siempre es fácil armarse de paciencia. El colegio, la vida escolar, no se parece a nada más que a sí mismo y quizá a las películas de fugas en prisión, en las que los presos nunca son asesinos horribles, sino tíos majos que ansían libertad y están unidos contra otro enemigo común: los carceleros

Hay que aceptarlo, madres y padres del mundo.  Una vez que los dejas tras esa tapia con rejas, lugar antinatural, ecosistema brutal de cemento, toca cerrar los ojos y creer en la ficción de que aquello es bueno y entretenido para ellos y, sobre todo, necesario. Es eso, o hacer lo que hago yo y decir: pues no. No es el bien, no es felicidad, no es una cosa buena, no es casi nada de lo que pretende, pero es necesario, en su justa medida y con las críticas necesarias.

Yo he decidido desde hace unos años salirme de la ficción. He llegado a la conclusión sana y cínica de que el colegio es una burocracia que hay que pasar. Mis hijos, que como todos los niños ya lo sabían desde hace tiempo, están felices de ver que no trato de engañarles al respecto. Desde que ven el colegio como una amable prisión llevadera están mucho mejor socializados Han dejado de creer en las buenas palabras de sus celadores: “esto es por tu bien”, “el colegio es un lugar de sabiduría”, “al colegio se va a aprender”, para gestionarlo con garbo y risas, como uno que es listo puede gestionar sus emociones en una sala de espera donde sabe que va a estar varios años. Para ellos es eso, un recinto donde si hay suerte, pueden disfrutar de alguna actividad intelectual, donde si hay suerte, pueden encontrar el cariño de un maestro, donde si hay suerte, pueden tener un mejor amigo con el que disfrutar de las horas muertas. Y cuando la realidad se ve desde lo que es… suele haber suerte, porque así es como funcionan las cosas. Cuando no se espera nada, se recibe más y se recibe mejor.

A mí me funciona fenomenal esto de no tratar de convencerles de que es el mejor lugar del mundo, ni de que es un sitio imprescindible para su desarrollo vital, ni de que allí aprenderán bondades que no podrían aprender igualmente en familia o en casa. No trato de convencerles de nada que no se corresponda con sus percepciones, porque las ficciones también nos quitan libertad. De todas formas, estoy ojo avizor por si hay problemas, acosos, infelicidad de esa tremenda, que nos marca de por vida. El otro día con los niños en el coche, volviendo del colegio, le dije a mi hijo pequeño, que tiene 8 años y que es quien más me preocupa, porque tras más de cuatro años trotando por este patio-paréntesis de la vida escolar, aún no ha conseguido hacer un gran-mejor-amigo que es lo único que nos consuela en esta vida:

-Cielo, ¿hoy qué tal? ¿Has conseguido jugar con alguien en el recreo?

-Bueno, no tuve mucho recreo.

-Oh, no. ¿Tuviste que acabar trabajo de clase atrasado? Voy a tener que hablar con tus profes… ¿cuál de ellas te dejó en el aula terminando la tarea?

-No, no me quedé sin patio por no hacer el trabajo, fue porque hoy no me quise comer la comida. Cuando no te la comes, te obligan a quedarte el último.

Me cargué de humor, como siempre:

-¡Caray! ¿Seguro que vais al colegio? ¿No será más bien la cárcel?

-Jajaja. -rio “el condenado”.

Su hermano de 10 años intervino con socarronería:

-No es la cárcel, mamá. El colegio se parece mucho más al manicomio. En los manicomios los cuidadores tratan de enseñarles cosas a los enfermos, les ponen a hacer dibujos y a colorear y tal, y, además, no está tan claro que los locos estén tan locos.

-Qué razón tienes, hijo. De hecho, antiguamente, muchas personas inconformistas, disidentes, mujeres independientes a las que tildaban de histéricas… acababan en el manicomio. Sí, creo que tenéis razón. El colegio es el manicomio de los niños. De hecho, ayer me llamó, una vez más, la psicóloga para hablar conmigo porque Richard siempre anda solo en el recreo. Qué pena que no pueda decirle lo que pienso.

-¿Y qué piensas?

-Que si los colegios no fueran manicomios, no haría falta que todos tuvieran psicóloga.

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Julián López Belenguer: “Todas las banderas se sustentan sobre cadáveres”

Beatriz García

Foto: Diana Rangel
The Objective

Tengo 72 años y nací en Huesca. Llegué a Cataluña en 1978 y fui uno de los  cofundadores del Partido Socialista de Cataluña (PSC). Siempre he sido un obrero. Ser obrero significa trabajar con las manos. Más aún, pensar con las manos. Creo que la vida cotidiana está llena de poesía y mi reto es intentar plasmarlo en obras que surgen de lo que se tira, chatarra de hierro y aluminio, piedras inútiles de las canteras, maderas encontradas durante un paseo. Hasta una mísera seta seca que no sirve ni para hacer fuego sugiere algo si la realzas. Ahora creo arte con basura desde mi taller en Barcelona, e intercambio clases de pintura por nombres de víctimas de la guerra civil para honrar su memoria.

¿Por qué dice que se siente usted un obrero curioso más que un artista?

Porque es lo que he sido toda mi vida. Pero cuando te jubilan te encuentras colgado, la sociedad te escupe, y yo aprendí a dibujar con grandes maestros, como Brunés y Miret.

Mi pasión son los objetos encontrados. Creo que la basura es arte y que el arte, además, debería ayudar a la gente. Encontrar, por ejemplo, tornillos en una vía abandonada o una seta seca de las que crecen en los árboles y darle forma o realzarla hasta que te identifiques con ella u otros lo hagan. Y es tan económico… Solo es cuestión de tener una idea y un poco de oficio. En realidad, todos podemos hacer arte y eso es lo que me parece más interesante.

Llevo tres años en este estudio a pie de calle y a veces entran vecinos y me dicen: “Pero si eso lo hago hasta yo”. Y contesto: “Efectivamente”, y les animo a que prueben.

Julián López Belenguer: “Todas las banderas se sustentan sobre cadáveres” 2
Belenguer en su estudio en Barcelona | Foto: Diana Rangel / The Objective

Así que hace pedagogía en la calle…

Animo a la gente a que lo intente. No pienso que necesites tener una idea previa para realizar una obra, puede surgir mientras trabajas. Es una suma de las experiencia de tus oficios, de lo que sientas en ese momento, de tus manos…

Manos de obrero.

Exacto. Y he tenido muchos oficios a lo largo de la vida: Trabajé en un taller de mecánica con torneros capaces de hacer una válvula de delicada precisión -¡ellos sí que eran artistas!-, luego en una imprenta, y congelando pescado en un frigorífico en el que se te helaban los huesos y no podías ni dormir por las noches, en una fundición de acero laminado, en una cadena de supermercados, en el metro de Barcelona y de mantenimiento de instalaciones eléctricas.

¿Cuál fue el más duro de todos?

Sin duda, la fundición. Ahí estuve trabajando pocos años, mediados de los setenta. Había muchos accidentes, muchísimos. Algunos mortales. Hace ya diez años, un paisano me dijo una vez que de los 350 obreros que trabajábamos en el tren de laminación solo quedaba vivo yo.

Recuerdo que cuando montamos la primera huelga por la libertad sindical, subido a un bidón para el llamamiento, los trabajadores tenían tanto miedo que ni jugaban a las cartas. La fábrica en silencio era terrorífica. Y ya se sabe que de todas las emociones la del miedo es la más fuerte. Se preguntaban: “¿Y esto para qué? ¿Qué estamos haciendo?”. Eso me impresionó. Hay que ser muy respetuoso cuando se moviliza a los compañeros. Una experiencia que enseña.

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Exterior del estudio de Julián López Belenguer | Foto: Diana Rangel / The Objective

¿Y de sus experiencias políticas aprendió?

También. Empecé a militar en las Juventudes Obreras Cristianas (JOC), en Huesca, a los 12 años. Me leí todo lo que había en aquella biblioteca. Hasta que un jesuita se apiadó de mi y me dejó descubrir a Chejov y a Gorki. Años después, cuando trabajaba congelando pescado, alguien me dijo que llegaría a encargado porque único que sabía leer y escribir en aquella empresa

Toda la vida he peleado por los derechos de la clase obrera, en la JOC, en Comisiones Obreras -que dejé cuando decidieron pasar de movimiento a sindicato-, y desde las asociaciones vecinales, en UGT y en el Partido Socialista Aragonés, de corta vida. También fui uno de los cofundadores del Partido Socialista de Cataluña (PSC), uno de cientos cuyos nombres no han pasado a la historia, pero sin los cuales no se habría creado. Ya ves, de militante activista pasas a militante estribo y ahora somos militante ‘bulto’. Y eso que hubo momentos muy tensos… Estuve dos veces en la comisaría de Sol, en Madrid. Uno entraba allí y no sabía cuándo saldría ni cómo.

En sus obras hay un gran mensaje social. ¿Arte y política están relacionados?

Deberían estarlo más. Hoy el arte no tiene el mismo contenido social que tenía en los años ochenta con el Equipo Crónica. La única muestra verdadera de crítica radical a los esquemas que rigen la sociedad la tiene el grafitti. En Cataluña, los últimos cinco años se ha optado por un tipo de arte que enaltece unos valores determinados, lo que un clásico llamaría valores burgueses, que no facilita la autocrítica y dificulta avanzar hacia opciones más realistas y positivas.  

Estamos en tiempos de fe, creencias y un liberalismo exacerbado que ha contagiado mucha podredumbre.

“España sigue siendo un lugar donde todavía homenajeamos al odio y el crimen en el Valle de los Caídos”.

Empecé a buscar los materiales de desecho para mis obras porque se me quedó grabada una conversación que tuve de joven con un grupo de compañeros. Hablábamos de la alienación de la clase obrera y el mejor ejemplo que nos contaron era la historia de un hombre que trabajaba en Renfe dándole martillazos a las ruedas cuando un tren llegaba a la estación. Se jubiló y le preguntaron en qué consistía su trabajo y no lo sabía. ¿Te imaginas? Tantos años haciendo lo mismo sin saber por qué. Para mí esa es la expresión más gráfica y más dolorosa de la alienación de los trabajadores y de muchísima gente.

Algunas de mis obras son chistosas, como una escultura que representa las tabas a las que jugábamos de niños los de mi generación: podías salir a tu calle con una espada de madera, un balón o una bici, pero todos jugábamos a tabas, en eso éramos iguales. Otras obras, en cambio, tratan de expresar la situación social que vivimos.

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Su obra “La bandera” | Foto: Diana Rangel / The Objective

Me encanta su escultura ‘La bandera’. Y no porque me gusten las banderas, ¿eh?

Yo tampoco soy patriota. Las banderas se sustentan sobre cadáveres, al menos así lo veo, y eso quise expresar en esta obra. Realicé ‘La bandera’ utilizando un pedazo de madera de roble de los que ya no quedan, envejecida y herida por el tiempo, quizás doscientos años; un hueso que encontré y una piedra cogida de una cantera. La piedra es mi material favorito, porque es fría pero cuando la trabajas da calor.

“Hoy en día hay obreros, pero no clase obrera. Habrá que reinventarla”

También creé otra obra con chatarra que titulé ‘La silla Bankia’ y tiene un pincho en el asiento, ¿lo ves? Esto es lo que pasa cuando vas al banco y te sientas. Y la escultura ‘Resistiré’, que es un pino quemado decorado con pintura plástica, porque, como todo el mundo en este país, estamos quemados pero vamos a resistir.

Usted lo ha dicho, estamos quemados.

Lo que le pasa a los políticos hoy es que no tienen la experiencia en negociación colectiva que tuvimos nosotros y en lugar de enfrentarse a los propios compañeros si es necesario, se tiran al precipicio. Nosotros vivimos momentos políticos y laborales muy duros, no nos tocó otra. Pero, entre otras cosas, aprendes que cuando te sientas con la patronal no solo negocias la plataforma elaborada en tu asamblea, sino que negocias también la plataforma de la patronal. A veces solo la de la patronal.

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Belenguer junto a “La silla de Bankia” | Foto: Diana Rangel / The Objective

Tal vez lo que nos falte ahora sea memoria histórica. Y la voluntad de buscar, como hace usted.

España sigue siendo un lugar donde todavía homenajeamos al odio y el crimen en el Valle de los Caídos. Cuando estuve en Japón, en 2006, vi todos los nombres de las víctimas de la explosión nuclear en El Monumento de la Paz de Hiroshima y me emocionó mucho. Había miles de niños visitándolo y por el tamaño de las fiambreras deducías si pertenecían a una clase u otra, pero los ancianos les explicaban a todos lo que pasó. Claro que tienen una connotación distinta a lo nuestro.

En España todavía hay muchas fosas sin abrir, incluso muchos archivos públicos, y todo sigue oculto. Aún tenemos que escuchar groserías y maldades. El tiempo de la guerra ya finalizó, es hora de que se haga memoria y justicia con todas las víctimas. Es urgente señalar dignamente todas las fosas comunes.

Intercambia clases de pintura por nombres de víctimas de la guerra. Cuénteme eso.

Con mi mujer estuvimos dos años buscando pistas sobre el paradero de su abuelo, que desapareció durante la guerra en el pueblecito de Anya, en Lérida. Levantamos con la colaboración de los vecinos un memorial recordando a los dos desparecidos del pueblo. Lo hice con piedras del entorno. Creo que es digno. A la inauguración acudieron tres generaciones. Se demostró que es posible recordar, reparar y hacerlo en paz.

Luego creamos con otros compañeros un libro virtual donde vamos apuntando los nombres de todas las víctimas de la guerra y ya tenemos más 149.000. Si tuviéramos más colaboración llegaríamos a los 350.000 nombres.

Se me ocurrió impartir clases de pintura gratis a cambio de que las personas añadiesen nuevos nombres de víctimas al libro. Todo lo hacemos los otros compañeros y yo por la recuperación de la memoria de las víctimas y porque para mucha gente significa restañar heridas, concordia y justicia social. Si ni siquiera consta tu nombre en ningún sitio es como si te hubieran matado dos veces.

Julián López Belenguer: “Todas las banderas se sustentan sobre cadáveres” 7
Parte del taller de Belenguer | Foto: Diana Rangel / The Objective

¿También el nombre de los caídos del bando nacional?

Hubo un debate al respecto, sobre todo porque los olvidados son los vencidos, pero al final decidimos que serían todas las víctimas.

En Cataluña quedan aún más de 300 fosas comunes sin abrir, pero la Generalitat únicamente tiene programado abrir doce. Solo son soldados, dicen. O sea que con tan poca sensibilidad, nunca acabaremos. Sin ir más lejos, debajo del pueblo de Anya, a la orilla del río Segre, hay una fosa común de víctimas de los dos bandos y tuvo que ser un ‘masover’ el que colocase una piedra para señalarla.

¿Cree que es posible transformar la sociedad igual que hizo usted con ese pino quemado?

Transformar la sociedad suena grandilocuente, pero los de abajo tienen esa obligación si no quieren ser devorados o convertidos en un neoproletariado, que hoy en día ya es muy numeroso. Pero ocurre que algunas herramientas, sindicatos, partidos y organizaciones de izquierda tienen las herramientas melladas.

Obreros hay, pero no hay clase obrera. Habrá que reiventarla, aunque solo sea para que la dialéctica, que es un motor, vuelva a funcionar.

Continúa leyendo: KSMoCA, así es el Museo de Arte Contemporáneo dirigido por niños

KSMoCA, así es el Museo de Arte Contemporáneo dirigido por niños

Redacción TO

El mundo del Arte, que a veces parece tan inaccesible, mueve millones y millones de euros cada año. No es, desde luego, una industria a menospreciar. Para ser un poco más accesible, especialmente para los más pequeños, ha nacido el KSMoCA (King School Museum of Contemporary Art), un Museo de Arte Contemporáneo dirigido por niños.

Se trata de un museo que vive dentro de las paredes de una escuela pública en la ciudad de Portland, en Oregón, Estados Unidos. Según su página web, este proyecto “crea una combinación inusual entre la educación temprana, los artistas de renombre internacional y su trabajo”.

Finishing touches for the KSMoCA Retrospective at The Children’s Museum, opening Monday November 20th from 4:30-6pm.

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And since we’re here…

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Desde que en 2014 abriera sus puertas, el KSMoCA ha albergado hasta 14 exposiciones diferentes que han mostrado obras de fotografía, pintura o escultura, siempre relacionadas con el Arte Contemporáneo.

Se trata de un museo abierto al público, puede visitarlo gratuitamente, siempre con cita previa, y durante el horario de apertura determinado por la dirección del mismo.

Este museo, creado con la colaboración de la Portland State University’s College of the Arts, coloca a los menores en los diferentes roles del mundo del Arte: comisarios, coleccionistas, instaladores, publicistas, redactores, docentes… Más allá de largas horas de teoría, el proyecto coloca a la práctica en el centro de todo, como demuestra su divertida Feria de Arte Contemporáneo.

KSMoCA International Art Fair

Al puro estilo ARCO, Frieze o similares, la KSMoCA International Art Fair muestra el trabajo de diferentes artistas, procedentes de diferentes galerías internacionales. Galerías reales, esto no es ningún juego. O sí, pero va en serio. La única diferencia con esas grandes citas anuales con el arte, es que esta es una feria a escala infantil. Organizada por Harrell Fletcher y Lisa Jarrett, los artistas que están también detrás de este Museo-escuela, la feria pone a los más pequeños a trabajar.

KSMoCA, así es el Museo de Arte Contemporáneo dirigido por niños 1
La primera edición de la KSMoCA International Art Fair ha sido todo un éxito. | Foto: KSMoCA

Los alumnos de la escuela aprenden, a través de la experiencia de la práctica en diferentes disciplinas relacionadas con esta industria, lo que es organizar una feria de arte internacional de cero.

KSMoCA is acquiring a new hallway at MLK Jr School. PSU students are in the process of “museumifying” it.

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Roshani @arthakore and the KSMoCA after school class/student advisory group.

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¿Te ha interesado este proyecto? KSMoCA acepta apoyo financiero y solidario para continuar trayendo artistas, colaboradores y crear así nuevos proyectos, publicaciones y eventos. Puedes donar aquí.

More prep work.

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Renema and Roz drawing at the Laylah Ali opening.

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Pocas escuelas primarias pueden jactarse de tener un museo de arte, ojalá fueran más y se promoviera así tanto la cultura como el negocio de una industria que casi nunca pasa por un mal momento. Puede que el KSMoCA sienta un precedente.

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