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Ser ser humano

Lea Vélez

Foto: JOSHUA ROBERTS
Reuters

Grupos neonazis desfilan, arrollan, queman y matan. Grupos neonazis, que ya son hijos y nietos de neonazis. Que ya, de tan antiguo su corte de pelo y sus botas y su violencia, han viajado al pasado de un campo de concentración con los ojos cerrados, sin ver nada, acostumbrados a la verdadera muerte y han escogido sus cuatro símbolos molones: bandera confederada, Dixie, blancura, pistola. Parece que los veo asesinando a Ana Frank. Pero no, qué demonios, no saben ni quién es Ana Frank porque no han leído un libro en su puñetera vida que no esté diseñado para refrendar lo que ya nacieron siendo: hombres defectuosos, sin generosidad ni amor, ni empatía, ni nada. En todo eso consiste la maldad. La maldad no es ser, es carecer.

Confieso que hasta estos días de vacaciones, no había leído el famoso diario. Qué joya. Qué inteligencia. Qué emoción. Sí estuve hace más de veinte años en la casa museo de Amsterdam. Me impactó el reducido espacio, el escondite. El olor de la madera de ese ático quedó dentro de mi. Me impactó que el ser humano pudiera permitir tanto horror. Vuelvo a lo mismo. “Ser humano” viene de ser. Ser es tener. Tener preguntas, tener cavidades, tener compasión y empatía. Tener lógica.

Recuerdo el día en que mi hijo de 6 años, que jugaba a ser Spiderman, descubrió que existían los neonazis y me dijo muy alterado:

“¡¿Cómo?!” ¡¿que aún hay nazis?! ¿Pero estos nazis no saben lo malo que fue Hitler, que asesinó a los judíos, que invadió toda Europa matando, robando? ¿Es que no han visto La Gran Evasión o La lista de Schindler? ¿Quien es tan idiota para ver esas pelis y pedirse ser el malo?” Seis años tenía, lo juro. Seis años y ya era más hombre que estos tíos de las antorchas.

Tuve que responderle que solo un malo se pide ser nazi en la representación de la vida. Porque en la vida, cuando crecemos, seguimos jugamos a ser, más que somos. Representamos, más que hacemos. En la vida, casi siempre, somos ficción y nos disfrazamos de algo conforme a nuestra cultura y a nuestro deseo de aceptación: los malos se disfrazan de nadie, de clichés, de violencia, de terror, los buenos, ah… “mamá, ¿y de qué se disfrazan los buenos?”, siento que me pregunta aquel niño inquisitivo de seis años que como todos los niños del mundo, nació siendo persona.

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Aguantocracia

Guillermo Garabito

Foto: Manu Fernandez
AP

Los enemigos de Mariano Rajoy, que no han sido siempre los de España, terminan cayendo uno tras de otro como los frailecillos de los documentales de La 2. Los enemigos de Rajoy fueron amigos en el PP antes de que el presidente se revelara inmortal. Todos caen menos Mariano. El marianismo equivale a una doctrina, una escuela de fijeza. La escuela de Moncloa marca una era y Arriola quedará retratado como alguno de los personajes secundarios del cuadro entre picassiano y olvidado. El marianismo es una forma de ser español, como el ‘cojonudismo’ intuido por Unamuno o el ‘cipotudismo’ que recopila Jorge Bustos ahora.

Mariano Rajoy, como el español a lo largo de la historia, sólo sabe resistir ante la adversidad. Únicamente sabe estar contra viento y marea en los momentos álgidos y ha condensado y refinado esa cualidad inherente del españolito histórico. Porque lo de este país casi siempre han sido victorias por desgaste, largas y al final: como en el Mundial de Sudáfrica.

Aguantar es español, pero el ‘marianismo’ bebe de muchas otras culturas y tradiciones. De la árabe y la paciencia de sentarse a esperar a ver pasar el cadáver del enemigo. Aunque es probablemente que indagando descubrieran que los árabes copiaron el proverbio a un señor de Pontevedra. El ‘marianismo’ es la resistencia pasiva de Gandhi pero a la española y sin huelgas de hambre.

Más ahora, que entre los independentistas hay discordia Y los independentistas huyen o mienten o reniegan. “Si utilizas al enemigo para derrotar al enemigo…” La huida nada menos que a Suiza de Anna Gabriel es cuanto menos irónica. A base de aguantar, Mariano Rajoy ha conseguido que Anna Gabriel se peine. Sólo ha tenido que perseguirla la justicia para cambiar el ‘look’.

“La mejor victoria es vencer sin combatir.” Para algo se inventó la democracia. Y el 155. Puigdemont sigue en Bruselas, Junqueras y compaña en Estremera y poco a poco van desertando de obra y cuerpo presente los llamados por la justicia. Aunque Rajoy probablemente no haya leído ‘El arte de la guerra’. Mariano Rajoy es el último de Filipinas, un soldado de los Tercios españoles. O quizá únicamente sea un señor de Galicia con paciencia y mucho tiempo que perder.

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Confíe en los cooperantes

Melchor Miralles

El periodista Melchor Miralles analiza en #elSubjetivo el escándalo de los abusos sexuales en la ONG Oxfam y hace un llamamiento para que volvamos a confiar en los cooperantes de estas organizaciones.

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Veinte años sin Jünger

José Antonio Montano

Foto: Isolde Ohlbaum
Iaif

Se han cumplido veinte años de la muerte de Ernst Jünger. Murió el 17 de febrero de 1998, cuando le faltaban cuarenta días para alcanzar la edad de ciento tres. Los jüngerianos aún queríamos que hubiese vivido al menos hasta el 2000 y pisase así los tres siglos. Creo que fue W. H. Auden quien dijo que año tras año vamos pasando por el aniversario de nuestra muerte. He repasado los tomos que tengo de ‘Radiaciones’ a ver qué anotaciones hay de Jünger en ese ‘aniversario’ suyo.

Son escasas, pero significativas. Justo por esa fecha inicia o concluye sus apartados: el 18 de febrero de 1941 empieza el ‘Primer diario de París’; el 17 de febrero de 1943 termina sus ‘Anotaciones del Cáucaso’, y dos días después inicia el ‘Segundo diario de París’. Las tres únicas anotaciones del 17 de febrero son las de los años 1942, 1943 y 1968.

En la de 1942 es donde se hace esta conocida e importante afirmación: “En lo más hondo el estilo se basa precisamente en la justicia. Solo el hombre justo es capaz también de saber cómo hay que sopesar la palabra, cómo hay que sopesar la frase. Por esta razón a las mejores plumas no se las verá nunca al servicio de una mala causa”.

La de 1943 empieza: “Tras varias semanas de tiempo borrascoso y lluvioso hoy brilla esplendorosamente el sol”. Y termina con aquella emocionante reflexión sobre la conservación de los manuscritos: “Cuando se piensa en lo muy difícil que resulta encontrar un escondite adecuado, causan asombro las cantidades de documentos antiguos que han llegado hasta nosotros a través de las mudanzas de los tiempos”.

Por último, en la anotación de 1968 Jünger refiere un sueño en que es quemado por la Inquisición y anhela que, para presenciar el acontecimiento, se reúna mucha gente, “también fotógrafos y periodistas de revistas sensacionalistas”. Una vez despierto, asiste durante esa jornada a una exposición sobre la ‘Danza de la muerte’, y para terminar recuerda un canto de Johann Timotheus Hermes que dice así: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono…”. En una nota a pie de página, el traductor nos remite a otra anotación anterior, donde Jünger reflexiona sobre este mismo canto y cita algunos más de sus versos: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono, / y me hubiera gustado / enviar por delante mi corazón, / y me hubiera gustado entregarte a ti, / creador de los espíritus, mi cansada vida”.

Mientras buscaba estos pasajes, me ha estremecido pensar que al autor de diarios le está vedado espigar su obra de ese modo.

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El himno nacional de Marta Sánchez

Ignacio Vidal-Folch

Foto: Luca Piergiovanni
EFE

El mismo esfuerzo que Marta Sánchez culminó el otro día en el teatro de la Zarzuela, al cantar con letra propia y mucho énfasis y convicción el himno nacional, se viene repitiendo periódicamente. “Cómo es posible que el himno no tenga letra, vamos a resolverlo ahora mismo”.

Antes de este, el último intento que recuerdo era una sugerencia de Joaquín Sabina que decía: “Ciudadanos / en guerra por la paz / y la diosa Razón, / mano en el corazón. / Ciudadanos /ni súbditos ni amos / ni resignación / ni carne de cañón. / Pan amasado / con fe y dignidad / no hay nada más sagrado / que la libertad…”

Aunque no me gusta mucho que los ciudadanos estén en guerra por la paz, ni me parece bonito que sean “pan amasado”, se entiende la intención progresista del poeta y no se me ocurriría criticar su buena voluntad, como tampoco hacer befa la especie de nostalgia por la tierra natal que parece haber movido a Marta Sánchez a escribir versos de emigrante como estos:

“Vuelvo a casa, / a mi amada tierra, / la que vio nacer / mi corazón aquí. / Hoy te canto / para decirte cuánto / orgullo hay en mí, / por eso resistí. / Crece mi amor /cada vez que me voy, / pero no olvides que / sin ti no sé vivir…”

El hecho de que la mayoría de las palabras en lengua española sean llanas es la causa de muchos, muchos ripios, en la poesía y sobre todo en la canción, de muchos versos que riman “ti” con “mí”…

Marta Sánchez parecía genuinamente emocionada cantando el himno en el escenario de la Zarzuela, y me alegro de que su corazón palpite y sea ardiente, pero convengamos en que la autenticidad no garantiza el acierto de la empresa poética. Empresa que se me antoja fallida. Se mire como se mire, la mejor versión de una letra para el himno es la de Pemán –“Viva España, / alzad la frente hijos del pueblo español / que vuelve a resurgir…”—que le encargó el general Primo de Rivera durante su dictadura, si no estoy engañado. Aunque me parece un tanto surreal eso de que la patria siguiese “sobre el azul del mar / el caminar del sol”, en conjunto es una letra correcta, de estrofas bien escandidas y dentro de los parámetros de exaltación de lo que se le pide a un himno.

En fin: Pemán celebra la patria orgullosa y solar de los navegantes y descubridores imperiales y de los trabajadores (“los yunques y las ruedas”); Sabina, una patria izquierdista, indómita, libertaria; y Marta Sánchez el regreso permanente al país soleado del que se siente orgullosa y donde le gustaría ser enterrada: “Y si algún día / no puedo volver / guárdame un sitio para / descansar al fin.”

Yo diría que sería mejor dejar correr este asunto de la letra de la Marcha Real; deberíamos tener en consideración el hecho de que las letras de los himnos nacionales tienen un mensaje agresivo y belicoso –“La Marsellesa” es repugnante en este sentido; del “God save the Queen” actualmente se omite el párrafo más combativo– que hoy día resulta muy desagradable, pero sin esa combatividad no tienen mucho sentido.

Yo diría que es mejor hacer de la necesidad virtud, o sea alegrarnos de que el himno español no tenga letra y celebrar esa carencia como una superioridad de la inteligencia nacional que no se quiso rebajar, cuando tocaba, cuando todos los países lo hacían, a cantar a coro fanfarronadas.

Sería lo mejor, insisto, pero ya sé que insisto en vano. La tentación de poner letra al himno debe de tener un atractivo grande y atávico. Marta Sánchez lo ha hecho de la mejor manera que ha sabido y merece un respeto. Quedamos a la espera de la próxima intentona.

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