Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Tiempo para ti

Lea Vélez

Foto: Charlz Gutiérrez De Piñeres
Unsplash

Tuve una comida hace poco con la directora de una de las publicaciones para las que escribo. Conversábamos sobre la vida, la rutina de madre monoparental, los hijos con sus deberes y el kilometraje de idas y venidas al colegio, eje de mis planes de diario. En un momento dado, me dijo: “¿Y cuándo tienes tiempo para ti? Necesitas tiempo para ti”. Lo primero que pensé fue… ¿Para mí? ¿Para qué quiero tiempo para mí? Después, me pregunté a qué se refería exactamente: ¿ir al cine con un amigo? ¿Salir a bailar? ¿Comprarme un vestido nuevo? ¿Leer un libro? ¿Viajar sola? Imaginé que eso era lo que se entiende por “tiempo para ti” y me acordé del terrible personaje de Julianne Moore en “Las horas”, que superada por su rol de madre y esposa perfecta que ha de hacer una tarta, deja a su hijo con la vecina y se va a una habitación de un motel dispuesta a suicidarse. Luego no se suicida, regresa, hace la tarta, pero pronto abandona a la familia porque es inmensamente infeliz. Me dije que la literatura y el cine están llenos de relatos de mujeres así, atoradas, infelices, que una vez a la semana desaparecen de sus labores absorbentes como abnegadas madres y esposas para pasar la tarde en una habitación de hotel siendo ellas mismas, pensando, leyendo o teniendo tiempo para sentir algo propio.

Sonreí internamente, pues todo esto no se asemeja ni mucho menos a lo que yo siento como madre monoparental, pero no las tenía todas conmigo, pues la realidad es que “tiempo para mi” no tengo y lo más aterrador: no lo echo de menos. ¿Qué me ocurre? ¿Debo preocuparme? ¿Es a esto a lo que se refería mi interlocutora con el “necesitas tiempo para ti”? Reflexioné preocupada. ¿Qué ha ocurrido para que ir al cine con un amigo no sea una rutina necesaria y ansiada y deseada, sino en una pereza total? ¿Por qué no necesito comprarme vestidos nuevos? ¿Tengo un problema de fondo?

Me vinieron a la mente todas esas mujeres que son altas ejecutivas super-humanas, y cuyo “tiempo para ellas” debe encajar con un jefe que de hoy para mañana les dice: hay que cerrar el contrato con los hospitales alemanes, mañana te coges un avión a Frankfurt, pasado, te metes en el bolsillo a los tocólogos de Wichita y el viernes al congreso de cirujanos de L.A. Me dije que esas mujeres que viajan por el mundo vendiendo utensilios obstétricos, por ejemplo, seguramente son tan felices como yo y tienen hijos tan felices como los míos, aunque se pierdan la obra de teatro de fin de curso o el partido de futbito de los sábados, porque no, la felicidad del hijo no está en el tiempo que tiene a la madre en casa, sino en lo feliz que sea la madre o el padre con la vida que lleva. La felicidad no la veo en las horas, sino en la satisfacción personal.

Me dije que quizá “el tiempo para ti” es algo que cuesta caro, una suerte de lujo asiático, un soliloquio de pago para encontrarse, enriquecerse, mejorar físicamente o espiritualmente. Pensé que igual, ese tiempo para mí al que se refería mi interlocutora, era algo así como perder la mañana dándome un masaje aceitoso y aromático. Sonreí al recordar la época en la que sumida en varias batallas personales traté de sentirme especial yendo a que me masajearan una vez por semana. Di con una chica que me hacía polvo con una especie de majadores de madera con pinchos de los que se usan para ablandar los filetes empanados. Ella decía: “si te hago daño avisa, pero es necesario un poco de dolor”. El problema era que mi tolerancia al dolor es demasiado alta y yo no sabía si eso era un poco de dolor o acaso un dolor que para otro sería insoportable. Doler, dolía siempre y acabé por mandar los masajes a paseo, porque se convirtieron en una especie de inútil tratamiento paliativo contra la infelicidad.

Dejé los trabajos extenuantes, me quedé trabajando en casa, jugando con mis hijos, haciendo deberes, dejándolos a su aire y estando yo al mío, escribiendo o leyendo. ¿Pero es el tiempo gratuito y no buscado, el tiempo por el que no pagamos prenda, el tiempo casero que se nos presenta a todas horas, pero no nos construye nuevas conexiones cerebrales ni nos lleva de viaje por la sabana africana “tiempo para ti”? ¿Contabiliza este tiempo en pijama, que otros definirían como “hacer el vago”? ¿Qué tiempo cuenta como “tiempo”?

Al fin, me rendí en mi búsqueda de entenderlo. Llegué a la conclusión de que nadie más que uno mismo sabe lo que le hace feliz y si el subconsciente está alerta, una dejará de hacer lo que no le interesa y hará lo que disfruta. También, que las mujeres felices -y los hombres, supongo- somos personas que nos hemos aclimatado a la actividad frenética o relajada o a la soledad o a la maternidad y que, como el buen jamón, entreveramos la grasa con el momio, el tiempo propio con el trabajo intelectual, el tiempo de llanto con la acción, el tiempo de mujer moderna y lectora y tía divertida con el de madre agotada que duerme con el codo de un niño en la nuca.

El tiempo para mí, para ti y para todos, es escaso y yo creo que el truco está en multiplicarlo, reciclando cada actividad, aprovechando cada momento para buscar placer o risa, música o literatura y amor, porque de lo contrario, “el tiempo para ti” no sería más que la paliación del síntoma y no una vacuna contra la enfermedad.

Continúa leyendo: El sexo se acaba

El sexo se acaba

Miguel Ángel Quintana Paz

No es fácil que una generación entienda a otra. Todavía recuerdo aquella ocasión en que acompañé a una amiga (andábamos ambos por poco más de la treintena) a cierta conferencia de Celia Amorós, matriarca del feminismo hispano, que por aquel entonces superaba la sesentena. Doña Celia disertó sobre un problema que ella reputaba crucial para las mujeres: que la mayoría de los hombres las contemplaran solo como posibles madres de su prole futura. Mi amiga se revolvía incómoda en su asiento. Me había contado a menudo que su dificultad era justo la contraria: encontrar un novio que no la abandonara en cuanto ella hablaba de ir formando familia. Aun así, supo permanecer en la sala durante toda aquella charla sobre “la mujer actual”; si bien como quien escucha una disertación sobre tribus perdidas a orillas del Orinoco.

Son de hecho las cuestiones sexuales aquellas en las que me temo que con mayor frecuencia prosperan los malentendidos entre generaciones. Hoy, por ejemplo, los adultos suponemos con naturalidad que vivimos tiempos fáciles para que cualquier joven goce del sexo. ¿No está acaso omnipresente este en nuestras televisiones, en nuestra publicidad, en internet, en las conversaciones de toda índole? ¿No vivimos una época ajena a los tabúes sexuales? Los anticonceptivos, la pérdida de fe religiosa, la volatilidad de las relaciones, ¿no allana todo ello el camino a cierta promiscuidad?

Por pasmoso que resulte, parece lejos de ser así. La reciente investigación de tres psicólogos estadounidenses (J. M. Twenge, R. A. Sherman y B. E. Wells) exhibe la tendencia contraria. Los jóvenes actuales, también llamados “generación milénica” o millennials (nacidos después de 1982), son los que menor actividad sexual tienen desde nada menos que los felices años 20; su número de parejas sexuales también ha descendido hasta volver a niveles de la posguerra. El dato cuadra con otros ya sabidos, como que un tercio de los japoneses menores de 30 años es virgen; o que la tasa de embarazos adolescentes se ha llegado a reducir a la mitad desde que las redes sociales (Facebook, Twitter, Snapchat) comenzaron su expansión. Nuestros jóvenes tienen más relaciones ahora, sí, pero a través de la pantalla, no bajo un edredón.

Como ocurre a menudo, estas son cosas que los filósofos ya ha tiempo que vieron venir. Pienso en lo que vienen escribiendo desde hace lustros pensadores como Mario Perniola, Slavoj Žižek, cierto Michel Foucault, junto con literatos como Michel Houellebecq. Quizá el más iluminador de todos ellos sea el recientemente fallecido Perniola: en su libro de 1994 El sex appeal de lo inorgánico este italiano ya captaba ese rasgo en nuestra época. Época en que nuestro placer cada vez tendrá menos que ver con el deseo y el encuentro sexual, pues tendrá que ver más con otras cosas.

Al hablar así muchos pensemos seguramente en la pornografía, que sin duda ha prosperado de la mano de internet (el 14 % de sus búsquedas así lo avalan) y es una alternativa rápida, fácil y barata a las siempre intrincadas lides del cortejo.

El citado Slavoj Žižek añadiría que, si una parte esencial del goce sexual ha sido siempre la transgresión que acarreaba, no resulta extraño que, en una época tan sexualizada como la nuestra, los placeres ya no prohibidos hayan perdido encanto.

Un millennial, Antonio Ruiz Capilla, me proporcionaba hace poco otra explicación a esta dejadez sexual: hoy la oferta de entretenimiento casi gratuito es tan abundante, que tener relaciones sexuales resulta una alternativa relativamente costosa (aunque solo sea en tiempo); solo a aquellos deseosos de mantener cierto prestigio como animales sexuales en su generación les compensarían, pues, los esfuerzos por disfrutarlas.

Ahora bien, consumir porno, chequear los nudes que te envía alguien por mensaje privado o practicar cibersexo se quedarán pronto en versiones ridículamente primitivas de goce asexual en comparación con lo que se avecina. Mientras que ahora constatamos el declinar del sexo real, el futuro que nos aguarda puede acercarnos a su extinción. Basta con que pensemos, verbigracia, en los robots sexuales: 2017 nos proporcionó las primeras robots con inteligencia artificial que se adaptan a los gustos de su usuario por el módico precio de 15.000 dólares, mientras que en este 2018 está prevista la llegada de los primeros robots-chaperos con penes biónicos. Todo el debate sobre si legalizar o no la prostitución humana podría quedar, en cuestión de pocos años, desfasado: frente a los riesgos de una prostituta o prostituto (enfermedades de transmisión sexual, embarazos no deseados, que te robe la cartera según sale de tu dormitorio), un robot bien desarrollado podría aprender a proporcionarte tanto o más placer, con prácticamente ningún peligro anejo.

O pensemos en el desarrollo de la realidad virtual: hoy ya existen “trajes sexuales” que envían impulsos a diversas partes de tu piel para que sientas lo mismo que si alguien te estuviera acariciando. ¿Qué mujer o qué hombre real podría competir con ese traje si a la vez lanzara a tus ojos imágenes en tres dimensiones de aquella persona con quien tienes los sueños más eróticos? ¿Quién perdería el tiempo con un ligue al que, con suerte, podrías calificar con un 7 sobre 10, y al que previamente debes invitar a copas mientras conversas sobre su familia de Vitigudino, cuando puedes gozar con un hombre o mujer de 10 sin tan engorrosos prolegómenos? Los 400 dólares que ahora cuesta este invento parecen una inversión razonable. Especialmente si tenemos en cuenta que un traje nunca te demandará por haberte propasado, ni te llamará egoísta por preocuparte solo de tu propio regocijo.

Si a todo esto le añadimos el próximo perfeccionamiento de úteros artificiales, que permitirán prescindir de los cuerpos humanos incluso cuando alguien desee concebir un hijo, el porvenir resulta predecible: poco a poco, habrá cada vez menos cuerpos y cada vez más máquinas que nos ahorrarán todas las molestias, todas las enfermedades, todas las muertes que hoy ocasionan los siempre embarazosos embarazos.

Bien es cierto que unos pocos perseverarán en la vieja costumbre de juntarse con cuerpos reales, pese a sus amenazas, de modo similar a como ahora algunos prefieren escribir a máquina en vez de ordenador, o comer soja sin modificación genética, o vivir sin calefacción. Y no es menos verdad que observar cómo se practica sexo con una máquina resulta todavía una experiencia un tanto perturbadora (pero ¿no le es también impactante a un niño contemplar la primera relación sexual de su vida?). Probablemente veremos a esas feministas que hoy consideran que cualquier relación sexual con penetración es una violación cambiar de estrategia, ante la competencia de las robots y la realidad virtual, y exigir cierta redistribución de contacto mínimo entre humanos para todos y para todas. No es imposible que, al igual que hoy los gobiernos nos incitan a practicar más deporte, o subvencionan las tradiciones que están a punto de desaparecer, pronto nos inviten a salir más de casa para conocer otros cuerpos sexuados y nos otorguen ayudas para financiar los gastos del flirteo.

Pero todo ello constatará solo que el sexo se está acabando.

Continúa leyendo: Siria se presenta en Fitur como destino turístico "seguro" en plena guerra

Siria se presenta en Fitur como destino turístico "seguro" en plena guerra

Lidia Ramírez

Foto: L.R.
The Objective

Después de siete años de guerra civil, muchos son los lugares de Siria que han quedado reducidos a escombros y hoy permanecen casi abandonados. Si hace apenas una década este país se presentaba como un lugar donde había que ir, al menos, una vez en la vida, actualmente es un lugar hostil al que pocos se atreven a visitar

En un momento en el que la situación parece haberse calmado tras la recuperación por parte del Gobierno sirio del último bastión en manos del Estado Islámico, Siria, por primera vez, se presenta en esta nueva edición de Fitur como un destino más al que todo turista tiene que visitar.  Sin embargo, esta calma aparente es solo la capa más superficial de un conflicto que ya ha diezmado al país y que ha dejado, sólo en 2017, más de 10.000 civiles asesinados.

De esta forma, en uno de los folletos informativos que el stand habilitado para Siria facilita a los visitantes del mismo y que vende a Siria como “La cuna de la civilización”, se puede leer: “El turista puede moverse con toda libertad y viajar por todo el país de forma segura“. Esto puede parecer algo incrédulo en un momento en el que el Estado Islámico todavía conserva el control de algunas áreas del desierto y aldeas cercanas y unas 2.500 familias permanecen aún cercadas por el grupo terrorista, según el Alto Comisionado Iraquí para los Derechos Humanos.

Siria se presenta en Fitur como destino turístico "seguro" en plena guerra 3
Stand de Siria en Firtur 2018. | Foto: L.R./The Objective

Por su parte, Ziad Bakhi, funcionario del ministerio de Turismo sirio, asegura a The Objective que: “La mayor parte de Siria es segura, muy pocas zonas permanecen en conflicto”,  y agrega: “Nuestras zonas de turismo están a más de 100 kilómetros de las zonas hostiles“. “Las zonas en conflicto están muy lejos de las zonas turísticas”, termina insistiendo.

Como destinos imperdibles, nos aconseja visitar Palmira, “un oasis del que brotan las fuentes de la historia de Siria” y la cual el Estado Islámico casi redujo a escombros llevándose así más de 2.000 años de historia. Para muchos, esta hermosa perla del desierto, tiene –o tenía– una riqueza cultural solo comparable a la de Pompeya (Italia) y Éfeso (Turquía). En marzo de 2017, el Gobierno consiguió expulsara definitivamente a los terroristas de esta zona, pero el daño ya era demoledor y la destrucción irreversible.

Inmersa en una guerra, Siria se presenta en Fitur como destino turístico
RESTOS DEL ARCO DEL TRIUNFO DESTRUIDO POR EL ESTADO ISLÁMICO. (AFP/MAHER-AL-MOUNES)

Alepo es otro de los destinos que nos aconsejan visitar desde el stand de Fitur este 2018. “Esta gran ciudad puede presumir de un próspero presente, de cuidados barrios residenciales con edificios de los estilos arquitectónicos más variados y del verde de los parques y jardines que en ellos abundan”, se lee en el folleto informativo. Sin embargo, la realidad dista mucho de esta afirmación. Y es que después de siete años de conflictos y bombardeos, muchas son las zonas totalmente destruidas, haciendo de esta ciudad prácticamente una urbe fantasma.

Siria se presenta en Fitur como destino turístico "seguro" en plena guerra 1
Varios niños juegan entre los escombros en un barrio de Alepo. | Foto: Max Black/AP

Damasco o Homs también son otros destinos “totalmente seguros”, según nos informan desde el punto promocional de Siria en Fitur, situado en el pabellón 4 de Ifema; al igual que la histórica Resafa, que abandonada por sus habitantes a principios del siglo XII tras la llegada de los mongoles primero y de los turcos después, es hoy día un sitio arqueológico de gran valor histórico localizado al sudoeste de la ciudad de Al Raqa y el Éufrates. Tras tres años de ocupación yihadista, el 19 de junio de 2019, el Gobierno de Al Assad recuperó a la ciudad de manos del Estado Islámico. Aunque los terroristas colocaron minas en algunos monumentos históricos, gran parte de las ruinas parecen estar en buenas condiciones.

Para Ziad Bakhi visitar estas zonas, “cunas de la civilización”, es una forma de “apoyar al pueblo que ha sufrido terrorismo”. Además, asegura que están haciendo “todo lo posible por restaurar los lugares destruidos y recuperarlos de una forma rápida”.

Algunos datos…

Justo antes de la guerra civil, en 2010, 8,5 millones de turistas habían visitado Siria ese año. Un 40% más que en 2009, según el entonces ministro de turismo, Saadallah Agha Al Qala. En 2015, la afluencia de turistas había caído un 98%. Y para este 2018, desde International SOS advierten: “Siria, junto a Irak, Afganistán, Pakistán, Yemen, Somalia, Sudán, Yemen y Libia, sigue siendo uno de los países más peligroso para visitar este año”.

Y es que promocionar el turismo en un país desgarrado por una guerra que ha acabado con la vida de más de 450.000 personas y ha obligado a abandonar sus hogares a otros cinco millones se antoja, para varios visitantes que han pasado por el stand, “falto de cordura”. Hoy, según la OCHA, más de 13 millones de sirios necesitan ayuda básica y protección en el séptimo invierno desde el inicio del conflicto en marzo de 2011. Además, se calcula que el 69% de la población del país vive en una pobreza extrema.

Continúa leyendo: Fitur 2018: el año de los cyborgs, la inteligencia artificial y el big data

Fitur 2018: el año de los cyborgs, la inteligencia artificial y el big data

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

En la nave 4 de Fitur, en el lugar reservado a Oriente Medio, los contrastes provocan que te frotes los ojos: llaman la atención las casetas discretas de Siria –que vuelve a vender turismo- y Palestina –que no se olvida de reivindicar Jerusalén- entre la gama amplia de colores de los puestos turcos e israelíes. La diferencia de presupuestos es enorme y todo se explica por las circunstancias particulares, más si cabe en un año donde la palabra tecnología está presente en cada rincón.

Ya lo decían los organizadores: si el año pasado se impuso la sostenibilidad, en este se impone el maching learning, la computación cognitiva, la inteligencia artificial y una red de términos que no nos resultan tan extraños. El sector turístico nos prepara para un futuro que ya no debe sorprendernos: los colchones sabrán cómo adaptarse a nuestro sueño, las puertas de los hoteles nos reconocerán facialmente –y no importará que olvides la tarjeta-, los usuarios podrán visitar los resorts con realidad virtual y desde casa, las empresas conocerán nuestros deseos antes de conocer nuestros nombres.

Fitur 2018: el año de los cyborgs, la inteligencia artificial y el big data
Myriam Younes, directora comercial de Expedia, durante su charla. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

Este mundo que llega está hecho a medida para las nuevas generaciones: nada se les escapa sobre los Z y los millennials y esto lo da a entender Myriam Younes, directora comercial de Expedia, desde el inicio de su discurso. Younes proyecta las conclusiones de los análisis de su corporación sobre una pantalla grande y saca a relucir los atributos principales de los jóvenes: viajamos más al exterior que por el propio país, en avión mejor que en tren, y siempre con la clara intención de buscar experiencias, movimiento y conocer cultura. Una especie de culto, dice Younes, a la era del selfi y al concepto YOLO: You Only Live Once. Solo vives una vez.

La inteligencia artificial está presente todo el tiempo, en esta conferencia y en las restantes, que se suceden durante seis horas. Todos comparten el patrimonio común de resaltar que sí, que estamos expuestos y minuciosamente analizados, pero que no importa, que es el espíritu del tiempo y es nuestro beneficio, siempre que no caiga en las manos equivocadas. Es el punto, por ejemplo, de Marta García Aller, autora del libro El fin del mundo y periodista de El Independiente, que hace un alegato a la calma. Existe un peligro, claro, igual que existe la posibilidad de crear una sociedad con mayores privilegios y una tecnología que sea proactiva, que se anticipe a los problemas y produzca una realidad más cómoda.

Fitur 2018: el año de los cyborgs, la inteligencia artificial y el big data 1
Moon Ribas, entrevista durante un acto organizado por Fiturtech. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

Algo verdaderamente interesante de Fitur es que, si bien todo parece girar en torno a los viajes y el turismo y el consumo, abre una ventana interesante a relatos nada convencionales. Es reconfortante encontrar escenarios tan entregados a la tecnología que, por momentos, uno olvida que se encuentra en una feria de turismo. En este caso, el Fiturtech invitó a la artista catalana Moon Ribas, quien se reconoce como cyborg neurológico. Moon tiene implantes en los pies y puede sentir el pulso de la Tierra. Emplea la tecnología para potenciar sensibilidades biológicamente imposibles. Los dispositivos que tiene bajo la piel le permiten saber si en algún punto del planeta, no importa si Granada o Japoón, se está produciendo un terremoto. Ella puede sentirlo, literalmente. Mientras habla le tiemblan los pies, y lo reconoce. Antes, a veces, se despertaba en medio de la noche y se asustaba, pero ahora dice que está acostumbrada y puede continuar con la conversación y sin problema.

Ella es bailarina y se desafía a comunicar esa sensación a través de la danza. En otra época también colgaban de sus orejas unos pendientes que medían la velocidad con la que camina y descubrió, por ejemplo, que inconscientemente uno camina más deprisa en Londres que en Roma, y eso dice mucho de las sociedades. Existe toda una lucha y una reivindicación en su caso: Moon presume de ser cyborg y -en consecuencia- transespecie. Porque asegura que cyborgs, sin saberlo, ya lo somos todos: ¿por qué decimos, si no, que nos hemos quedado sin batería? ¿Lo decimos por el teléfono o lo decimos por nosotros?

Continúa leyendo: Tu cara aparece en una obra de arte y una 'app' de Google te ayuda a encontrarla

Tu cara aparece en una obra de arte y una 'app' de Google te ayuda a encontrarla

Redacción TO

Foto: Kumail Nanjiani
Twitter

Google Arts&Culture es el museo virtual más grande que existe. La aplicación se puede descargar en cualquier dispositivo desde hace más de un año y medio. Google colabora con más de 1.200 museos, galerías e instituciones de 70 países para que sus exposiciones estén disponibles online para todo el mundo. Además de permitir visitas virtuales a exposiciones —todo a través de la pantalla del móvil—, la app recupera historias como la de la Savitribai Phule, la mujer que ayudó a instalar la primera escuela para niñas en la India; cuenta con reportajes visuales sobre las luces de neón en Hong Kong y con reivindicaciones sobre cómo los trabajos de perlas africanos artesanales cambiaron el mundo. Pero Google Arts&Culture no se ha hecho viral por nada de esto.

La verdad es que nos hemos dado cuenta de que existe por una cuestión bastante ególatra. La app de Google ha lanzando una función que encuentra, con solo subir un selfi, la obra de arte, cuadro o retrato a la que te pareces. Así, tu selfi con poca luz en 2018 resulta ser súper parecido a un óleo del Barroco que se encuentra en el Rijksmuseum de Amsterdam. Si es que nada nos gusta más a los humanos que vernos, aunque sea reconvertidos en un retrato de un señor con bigote del siglo XVII.

La aplicación encuentra el parecido entre los autorretratos y las obras de arte gracias a la inmensa colección de cuadros de Google y a una función muy avanzada de reconocimiento facial. Un porcentaje en la parte superior indica el parecido entre ambas imágenes. “Siempre tratamos de encontrar formas interesantes e interesantes para que la gente hable sobre el arte, y esta fue una de ellas”, dijo a The Washington Post Patrick Lenihan, portavoz de Google.

De momento, esta función solo está disponible en Estados Unidos, y no en todo el país. Google ha declinado comentar si hay planes de expandir esta función a otros países. Esto no ha impedido que miles los usuarios hayan encontrado ya su parecido. Además, de la actriz Felicia Day o el actor Kumail Nanjiani, el cantante Gil McKinney, el músico Pete Wentz y numerosos periodistas norteamericanos, los niños de Stranger Things o Bojack también se han apuntado a encontrarse (este último es de los pocos que ha conseguido casi un 90% de parecido).

Ahora solo cabe esperar que estos miles de retratos igualen nuestro interés por el arte al que ya tenemos por los selfis.

Además, si algo ha demostrado esta app, es que Google tiene fichadas no solo las obras de arte mundialmente reconocidas… Aquí la prueba:

TOP