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Soy feminista y amo a los hombres -que amo-

Lorena G. Maldonado

El otro día, un espontáneo de Twitter se enfadó conmigo por entrevistar a Jorge Cremades y lanzó a los cielos una cuestión: qué le habrán hecho los hombres -ojo, en bruto, ¡en bloque!- a la tal Lorena G. Maldonado para asediar a un varón así, con tamaña inquina. Yo pensé en contarle cuánto amo a Berni, el camarero del bar al que vamos algunos compañeros y yo los jueves al salir del trabajo -que nos abastece de tortilla y copas, nos deja fumar cuando se va su jefe y nunca mira el reloj-; e inmediatamente me atropellé y quise explicarle de qué modo amo también a Cortázar cuando recita Dadora de playas, con sus ojos separados de extraterrestre o de pez y su voz abriéndose paso por huecos de mí que no existen.

Quise decirle cuantísimo adoro a los taxistas de esta ciudad -y al pizzero de mi distrito, y al paciente cajero del Santander que ha renunciado ya a que me haga tarjeta de crédito-; a Fede, porque con él se me hace de día, a mi hermano menor, que me da besos torpes, y al padre enorme que nunca sabe escoger palabras para consolar a la niña que llora, pero las busca incansablemente. Al profesor de Filosofía que me prestó los libros que no prestaría a nadie, al viejo fotógrafo de guerra que me dijo “nunca te conformes”, a mis amigos escritores que se levantan a las cinco de la mañana para parir un sólo párrafo y borrar folios enteros.

Quiero a los hombres buenos, a los tiernos, a los lúcidos -también a los crápulas-, a los valientes, los triviales y los amargos; a los que llegan aquí a jugar sólo como seres humanos. Estamos en el mismo equipo. Los elijo, nos elegimos constantemente. Los prefiero cerca y no, claro que no me oprimen. Nos miramos de igual a igual. A Gonzalo, que viene a verme por las tardes y nunca habla del futuro; a Enrique, que me diagnostica porque me intuye. Algunos huelen a camisa planchada. Otros tienen risas salvajes y hermosas. A unos cuantos los he visto dormir.

Cómo iba a entender ese mentecato virtual que amo de lejos al hombre que ya he tenido y aún de cerca al que nunca tuve. Qué culpa tendrán ellos, mis socios feministas, de que les cuelguen dos testículos igual que a tanto tullido moral, igual que a tanto asesino, igual que a tanto machista irredento. Qué plato roto van a pagar si vienen con cantidades industriales de inteligencia y de respeto. Yo no los juzgo en comunidad por su testosterona, faltaría más: mi género tampoco es el responsable de tanta lerda que anda suelta. ¿Saben eso? Quien generaliza, pierde. O peor: quien generaliza, no ama.

Así es como Ivanka Trump define a su padre: un "activista" a favor de las mujeres

Redacción TO

Foto: Markus Schreiber
AP Photo

Ivanka Trump era una de las invitadas este martes a un foro del G-20 centrado en las mujeres (W-20). Sentada junto a la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, y a sólo unas sillas de distancia de la canciller alemana, Angela Merkel, la hija del presidente estadounidense Donald Trump tuvo que hacer frente a los abucheos y las risas que recibió al defender en Berlín la labor de su padre como “activista” a favor de las mujeres. Ivanka fue preguntada además sobre los comentarios misógenos de su padre que se filtraron durante la campaña electoral, a lo que ella no tuvo reparo en contestar que “mi padre no tiene pelos en la lengua. Habla a menudo, pero también es afectuoso y empático”. “Los electores saben, como antes, por qué temas está dispuesto a luchar mi padre y que va a ponerse el primero en la lucha a favor de las mujeres”, añadió.  A partir de ahí, las risas y algún que otro abucheo. Y esto, precisamente es lo que ha dado la vuelta al mundo en las redes sociales, portadas de periódicos y telediarios.

La historia de Trump con las mujeres viene de lejos.

Apenas 24 horas después de ser investido presidente de los Estados Unidos, en 58 países alrededor del globo se levantaban millones de mujeres y hombres en más de 600 marchas para protestar contra su presidencia. Trump es conocido por sus discursos racistas, por sus comentarios sexistas, por sus posicionamientos xenófobos y por su desprecio total a las minorías.

En numerosas ocasiones ha protagonizado escándalos de corte sexista. Durante la campaña presidencial, salieron a la luz unas grabaciones sobre cómo el magnate besaba a las mujeres “sin esperar siquiera” a que ellas aceptaran. También durante esa época sugirió que un grupo de mujeres que entonces lo acusaron de acoso sexual no eran lo suficientemente atractivas para que él hubiera intentado algo con ellas. Además, en una entrevista en 2004 tachó de “inconveniencia” el embarazo de las empleadas.

Los tres momentos más incómodos de Ivanka Trump en la cumbre de mujeres del G-20 (W-20) 1
Ivanka Trump, Christine Lagarde y Angela Merkel en la conferencia W20 en Berlin | Foto: Markus Schreiber/AP Photo

La presentación del acto de su hija este martes ya comenzó duramente. “Eres la primera hija, ¿cuál es tu papel? ¿A quién representas? Tu padre, el pueblo estadounidense, tus empresas”, le preguntó la moderadora, la directora de la revista Wirtschaftswoche, Miriam Meckel. A lo que Ivanka Trump admitió que también es un papel “bastante nuevo” para ella. “Estoy escuchando, aprendiendo, definiendo las maneras en las que puedo ser útil”.

Mi padre “es un gran campeón defendiendo el apoyo a las familias”

“Estoy muy orgullosa de su activismo, desde mucho antes de que llegase a la presidencia”, aseguró, antes de describirlo como defensor del apoyo a las familias. “Es un gran campeón defendiendo el apoyo a las familias”. En ese momento preciso fue cuando la audiencia respondió con abucheos y risas.

La moderadora tampoco quiso dejar pasar de largo ese momento y le preguntó a Ivanka si escuchaba la reacción de la audiencia, y lo explicara mejor. “En referencia a algunas actitudes hacia las mujeres que tu padre ha mostrado públicamente, y si es un defensor de las mujeres, ¿están cambiando las cosas?”

Ivanka no tardó en responder: “desde luego que he oído las críticas de los medios y eso se ha perpetuado, pero sé por experiencia personal, y creo que miles de mujeres que han trabajado con mi padre y para mi padre durante décadas cuando estaba en el sector privado son un testimonio de su creencia y su sólida convicción del potencial de las mujeres y de su habilidad para hacer el trabajo tan bien como cualquier hombre”. Y añadió a continuación: “como hija puedo hablar a nivel personal sabiendo que me alentó y permitió que creciera, no había ninguna diferencia entre mis hermanos y yo“.

“Sí que me etiqueto como feminista y pienso en ello en términos muy amplios”

Con respecto a la inclusión de las mujeres en el mundo económico, Ivanka Trump indicó que queda “mucho trabajo por delante” en términos de “acceso al mercado, al capital y a las redes”, así como en la participación femenina en los trabajos técnicos y científicos. La equiparación, prosiguió, es “crítica” para todo el mundo y tiene un “significado decisivo” porque las mujeres tienen “sin duda un enorme potencial” a nivel económico, argumentó la hija del multimillonario magnate inmobiliario.

La exmodelo de 35 años, ahora consejera de su padre en la Casa Blanca, también se definió como feminista, si bien criticó al movimiento por no ser lo suficientemente inclusivo. “Sí que me etiqueto como feminista y pienso en ello en términos muy amplios”, dijo. “Pienso que se trata de creer en la igualdad social, política y económica para todos los géneros”.

Sin embargo, un día después de las elecciones de noviembre que resultaron con la victoria de Trump,  la #WomensMarch comenzó a gestarse. El movimiento, que abogaba por la diversidad sin tapujos -incluyendo a todas las minorías raciales, religiosas, de identidad y de orientación sexual que caben en Estados Unidos-, comenzó a viralizarse en las redes. Muchas de las estrellas de influencia global que apoyaron la campaña de Hillary Clinton -como Robert De Niro, Scarlett Johanson o Madonna– no dudaron en subirse al carro .

Juan Martín Guevara: "Si el Che hubiera triunfado, Rajoy no sería presidente"

Néstor Villamor

Foto: CBS-TV
AP Photo, File

“Las ideas de Ernesto siempre eran fantasiosas”. Juan Marín Guevara escribe sobre su hermano desde la distancia del tiempo. Cuarenta y siete años fue lo que tardó en enfrentarse a sus fantasmas y visitar el lugar en el que fue ejecutado en una “aldea perdida” de Bolivia, donde quería hacer triunfar una revolución como la cubana que se expandiera por el resto de Latinoamérica. Pero el destino de Ernesto Che Guevara era caer fusilado el 9 de octubre de 1967. “Dicen que murió dignamente y que sus últimas palabras fueron: ‘Póngase sereno y apunte bien. Va a matar a un hombre'”. Juan Martín narra la vida del guerrillero en Mi hermano el Che (Alianza), coescrito con la periodista francesa Armelle Vincent.

En conversación con The Objective en la Casa de América -adonde acude para presentar el libro-, conjetura que de no haber fallecido hace casi 50 años “habría triunfado en Latinoamérica y, si hubiera triunfado en Latinoamérica, Rajoy no sería presidente. Cambiarían mucho las cosas. En Europa y, ni que hablar, en Latinoamérica. En México no estaría Peña Nieto, eso seguro. Y a lo mejor Maduro tampoco sería presidente “.

A lo largo de la conversación, con disquisiciones continuas y una dicción inequívocamente argentina, Juan Martín nunca menciona su país natal. Tampoco Buenos Aires se ha dedicado demasiado a promocionar la figura del Che como sí ha patrocinado otros iconos autóctonos como Eva Perón, Borges o incluso Messi. Acaso porque la suya es una herencia que ha atravesado la Pampa para terminar por definir una identidad, sencillamente, latinoamericana.

Estados Unidos tiene “el presidente que merece”

Se explaya en profundidad, eso sí, sobre Estados Unidos: “Estoy convencido de que hoy tiene el presidente que merece. Se ha caído la careta. Hoy es el Estados Unidos profundo, el Estados Unidos midwest, el Estados Unidos WASP, hoy es El Estados Unidos, No embromemos más”. Y lanza un último dardo a Donald Trump: “Tira la madre de las bombas y se pone contento, es un éxito. Porque tiene la bomba no atómica más grande del mundo y es un éxito. O después tira el bombazo en Siria y dice: ‘Es buena la guerra y vamos a tener que hacer guerras’. Porque traen producción, elementos y herramientas de tanques y aviones y los obreros norteamericanos tendrán trabajo. Si para que los obreros norteamericanos trabajen tenemos que tirar bombas y ver a quién le podemos montar una guerrita, estamos mal”. También le preocupa la situación en Venezuela: “Hay una guerra civil en ciernes. Ya han comenzado los tiros. Hay una lucha de clases. La lucha de clases en América está presente de una u otra manera y en Venezuela se expresó de una manera agresiva”.

Mi hermano el Che, escrito con un tono naturalmente familiar, contiene datos sobre su madre (“era muy pedagoga: a nuestros amigos les aconsejaba lecturas y hablaba luego con ellos de política, de literatura, de historia, de filosofía, de religión…”) y su padre (“nunca dudaba en hacer trampas para ganar”) que ilustran por qué Ernestito se convirtió en el Che, un hombre de barba espesa e ímpetu rupturista que embarcó en un yate el 25 de noviembre de 1956 y, basado en “la doctrina de san Carlos” (Marx), terminó con la dictadura de Fulgencio Batista.

“En Venezuela hay una guerra civil en ciernes”

Pero la imagen que el mundo tiene del Che, explica Juan Martín a The Objective, sería distinta si hubiese muerto anciano, como Fidel Castro. “No tuvo todo el desgaste que ha podido tener la Revolución Cubana en todo este tiempo y los ladrillos siempre les van a caer a los que viven”. Así, la historia recuerda a Castro como un tirano y a su íntimo compañero como un héroe cuya impronta sigue siendo venerada como faro de la izquierda. Como semidios. Abanderado de la revolución. Adalid de la lucha. Líder de la resistencia. Mito.

Y el propio Che sería hoy el primero en repudiar semejantes alharacas. “Habría detestado el estatus de ídolo”, escribe su hermano. “Mi hermano no perseguía la gloria”, defiende Juan Martín después de contar una anécdota especialmente ilustrativa sobre su hermano. Ocurrió cuando, en 1961, los funcionarios del Ministerio de Industria cubano (del que entonces era titular) quisieron rendirle un homenaje. “Mira fijamente a los empleados y declara: ‘Ustedes no entienden lo que yo escribo y repito en mis conferencias. Aquí lo que hace falta no son homenajes sino trabajo’. Y añadía (sic): ‘¿Ustedes se consideran revolucionarios? Bueno, entonces yo les buscaré algún puesto de lucha… en alguna fábrica'”.

Ruanda, cien días de genocidio

Jorge Raya Pons

Foto: Ben Curtis
AP Photo

Los tutsis presagiaron que algo horrible ocurriría después de la noche del 6 de abril de 1994. A las 20:15h de aquel día, el avión del hutu Juvénal Habyariamana fue derribado cuando se dirigía al aeropuerto de Kigali, capital de Ruanda. Habyariamana era el presidente del país, y todo hacía sospechar que el ataque había sido orquestado por los tutsis, aunque una investigación en Francia ha señalado a los hutus como responsables. Los siguientes cien días se recuerdan como unos de los más sangrientos de la historia reciente. En poco más de tres meses fueron asesinadas al menos 800.000 personas en Ruanda, el 10% de sus habitantes, a cinco muertes por minuto. Solo una tercera parte de esos cuerpos pudo ser identificada.

La historia del enfrentamiento entre hutus y tutsis comienza muchos años antes. Pese a que entre ellos han tratado de remarcar los atributos étnicos que les separan, la única realidad es que la diferenciación procede más bien de la clase social a la que pertenecen. Antes de la guerra, los tutsis representaban el 14% de la población y, sin embargo, tenían el control económico del país. Eran ganaderos y su voluntad se imponía sobre la mayoría hutu, el 85% de la población más humilde, mayoritariamente campesina. Ambos estratos habían convivido en una paz relativa durante siglos, pero fue con la llegada de los europeos cuando se tensaron las relaciones. En 1921, Bélgica convierte Ruanda en su colonia y, 12 años más tarde, con el apoyo de la élite tutsi, el reino decide incluir en los documentos de identidad de los ruandeses la distinción étnica; a partir de entonces se reconocería a los ciudadanos como hutus, tutsis o twas, una tribu que representaba el 1% restante, pero que fue la primera en poblar las tierras de Ruanda, mucho antes de que los otros llegaran.

Ruanda, cien días de genocidio
El difunto presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana, en una rueda de prensa posterior a su reunión con su homólogo francés, Francois Mitterrand, en octubre de 1990. | Foto: Michael Lipchitz/AP Photo

La tensión, desde ese instante, comenzó a dispararse. Los hutus se sabían superiores en número y a la vez oprimidos, y decidieron organizarse para revertir la situación. En agosto y septiembre de 1959 se crearon los primeros partidos políticos y en noviembre esa tensión se transformó en violencia; los hutus provocaron graves revueltas y fueron asesinados miles de tutsis en todo el país. Otros miles escaparon a países vecinos, de los cuales 200.000 escogieron la anglófila Uganda. Primero con las armas y después en las urnas, el poder hutu se hizo con el control del país y declaró la independencia. Corría el año 1962. Se estableció un modelo de persecución sistemática de la etnia tutsi, que al mismo tiempo realizaba ataques constantes en poblados hutus fronterizos con Uganda. En 1973, el general Habyarimana perpetró con éxito un golpe de Estado y gobernó el país hasta su asesinato.

Una masacre ignorada

La radio del gobierno, llamada Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, era la principal herramienta de propaganda, la gran agitadora. Las provocaciones contra los tutsi se emitían día y noche e invitaban a la mayoría hutu a “acudir al trabajo”, haciendo clara referencia a empuñar machetes y granadas para acabar con la presencia tutsi en el país. Fueron las semanas más oscuras de Ruanda. Los Interahamwe, el grupo paramilitar más importante de los hutus, tomaron las ciudades de todo el país y recibieron la carta blanca del gobierno para iniciar la purga.

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Un equipo de voluntarios, enterrando cuerpos en una fosa común. | Foto: Corinne Dufka/Reuters

“La sensación es que un país se vuelve loco por cuestiones profundamente enterradas en el subconsciente”, dice Teresa González, cooperadora de Médicos del Mundo, que trabajó con refugiados ruandeses en Goma, Congo, en 1994. “Había gente que hasta entonces no se había sentido hutu o tutsi y que de pronto comenzó a hacerlo. Sucedió algo similar en Bosnia con muchos musulmanes. Te da la sensación de que estas personas renuncian a su identidad individual para incorporarse a una masa que no piensa y que solamente desata y recibe violencia”.

Los milicianos tenían nombres, direcciones y censos de los tutsis; habían heredado de los belgas estos datos. Hacían controles de carretera, buscaban de puerta en puerta. Mataban a los hombres y mujeres a machetazos, aunque a las últimas preferían violarlas antes. Los quemaban con crueldad, eran capaces de hacer cumplir torturas innombrables. Era difícil imaginar una salida para los perseguidos, estaban acorralados. Los cálculos estiman que 1,7 millones de hutus participaron en la ejecución del genocidio.

El general Dallaire estimó que con 5.000 soldados bastaba para interrumpir la masacre, pero la ONU desestimó su propuesta

“La comunidad internacional le dio la espalda a todos los ruandeses que murieron”, dice Mila Font, que trabajó en 1994 con Médicos Sin Fronteras en el campo de refugiados de Benako, Tanzania, donde llegaron a cohabitar 250.000 personas.

Era abril de 1994 y el gobierno de Estados Unidos no quería intervenir militarmente en ningún país. Bill Clinton, entonces presidente, tenía reciente la última operación en Somalia, dos años antes, donde perdió a 19 soldados, y no quería correr el riesgo de sufrir la misma suerte en Ruanda. Pero las Naciones Unidas (ONU), a través de una resolución de 1948, les obligaba a hacerlo en aquellos lugares donde se estuviera produciendo un genocidio. Así que la estrategia de Clinton consistió en no reconocer como genocidio lo que estaba ocurriendo en Ruanda y responder con eufemismos a las preguntas de los periodistas. Cruz Roja, para entonces, elevaba la cifra de asesinados a 100.000 personas.

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Kofi Annan, en una visita a Ruanda tras el fin del genocidio. | Foto: Brennan Linsley/AP Photo

El general Roméo Dallaire, al mando de la fuerza de paz de las Naciones Unidas, conocida como Unamir, estimó que con 5.000 soldados bastaba para interrumpir la masacre y acusó a los franceses de financiar a los hutus, denunciando que estaban entrando en el país miles de machetes de fabricación china. Incluso meses antes de la muerte del presidente ruandés, en enero, advirtió de que tenía información sobre grupos de hutus que planeaban el exterminio masivo de las poblaciones tutsi del país y que contaban con los hombres y las herramientos necesarias para asesinar hasta 3.000 personas por hora, prediciendo una locura que no tardó en confirmarse. La primera respuesta que recibió de Kofi Annan, jefe de la misión de paz en Ruanda por la ONU, fue poco esperanzadora: “Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la Unamir”.

La segunda respuesta consistió en una retirada considerable de tropas. De las 2.750 iniciales, quedaron en Ruanda solo 250.

Víctimas y victimarios

Francia decidió intervenir en junio de 1994, cuando Cruz Roja ya había elevado la cifra de muertos al medio millón. El Frente Patriótico Ruandés (FPR), el principal partido y movimiento de los tutsis, temió esta circunstancia; desconfiaba de las intenciones de los franceses y le preocupaba que se implicaran directamente en la batalla que ellos libraban especialmente en las zonas fronterizas. No obstante, el objetivo de la llegada de los europeos se debía a que iban a permitir la salida pacífica de los tutsis hacia otros países. Esto abrió un pasillo que el FPR no desperdició y en un mes se habían hecho con Kigali, dando la guerra por terminada. En ese momento las víctimas pasaron a convertirse en victimarios.

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Una cola de ruandeses de la etnia hutu espera a las puertas del campamento. | Foto: Stringer/Reuters

Los tutsis habían recuperado Ruanda, pero los hutus sentían miedo por su retorno, por la toma de represalias, y decidieron salir del país. Fue un éxodo inimaginable, de cerca de dos millones de personas. Esto produjo la huida de incontables verdugos que nunca fueron enjuiciados, que se camuflaron entre el gentío. “Entre la multitud de cientos de miles de hutus que salían en masa se encontraba gente que había sido partícipe de la tragedia, que eran victimarios”, cuenta Teresa González. Esta realidad también pudo comprobarla Mila Font en su campamento en Tanzania. Font cuenta que su campo estaba bien organizado en comparación con otros en los que estuvo anteriormente, pero que llegó un momento en que descubrieron que los mismos que habían maquinado y ejecutado el genocidio estaban beneficiándose de los asentamientos para refugiados: “Tuvimos que dejar de trabajar allí. Veíamos que esos líderes utilizaban a las personas como escudos humanos. Fue una decisión muy difícil que llevó mucha discusión interna. Continuar allí implicaba convertirnos en cómplices de todo aquello, y tuvimos que tomar esa decisión”.

La tragedia de Ruanda, continúa Font, acompañó a los refugiados hasta los campamentos: “Nos enfrentábamos diariamente a muchos problemas. Las luchas tribales, el ser tutsi o ser hutu, era uno de los motivos. Había ataques, violaciones… En muchos casos eran los responsables del genocidio”. Todavía recuerda cuando se acercaba junto a su marido, que era cooperante de Médicos Sin Fronteras de Holanda, a la orilla del río Kagera, que es la frontera natural entre Ruanda y Tanzania. Allí contaban muertos: “Íbamos los fines de semana para ver si bajaban cadáveres por el río. Era una forma de saber lo que pasaba al otro lado de la frontera”.

“Lo fácil sería pensar que los buenos eran los tutsis y los malos, los hutus. Pero estaríamos olvidando el tiempo en que los tutsis oprimían a los hutus”

En 1997, los países vecinos decidieron desmontar los refugios y forzar a los exiliados a regresar a Ruanda, donde les esperaban los tutsis. En ese retorno se produjeron ataques a poblaciones ruandesas y en Gatonde, una de ellas, se encontraban tres cooperantes españoles de Médicos del Mundo: Manuel Madrazo, Maria Flors Sirera y Luis Valtueña. Fueron disparados a bocajarro. Socorro Avedillo, ahora jubilada, formaba parte del equipo que fue asaltado, pero se salvó porque en aquel momento no estaba en Ruanda, sino en el Congo. Tras recibir la noticia, renunció a regresar a Gatonde: “Nosotros fuimos el últimos grupo en estar allí. Yo llevaba mucho tiempo en África y trabajaba en sitios de miseria. Pero aquello me dejó tocada. Mi viaje duró 20 días porque ocurrió lo de Flors, Manolo… y nadie me preguntó si me quería quedar, aunque tenía claro que no. No había mucho que hacer, no estaba preparada para quedarme. De los cuatro españoles del equipo, tres habían muerto… La experiencia fue muy fuerte”.

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Una ruandés lleva en brazos el cadáver envuelto de un niño. | Foto: Corinne Dufka/Reuters

Teresa González, después de haber viajado y de haber conocido, no acepta los maniqueísmos. “Yo creo que hay gente buena y hay gente mala, pero no hay grupos buenos y grupos malos. Lo fácil sería pensar que en Ruanda los buenos eran los tutsis y los malos, los hutus. Pero estaríamos olvidando el tiempo en que los tutsis oprimían a los hutus. Yo creo que la mayor parte de los victimarios no querían ser parte de eso. Y es cierto que los hutus hicieron una masacre, pero cuando volvieron se convirtieron en víctimas”.

Teresa desconfía profundamente de las masas, aborrece los nacionalismos, ha visto de cerca cuáles son sus consecuencias y no siente reparos para defender su postura: “Hay muchas veces que me dicen que soy una exagerada cuando hablo sobre el nacionalismo, pero he vivido demasiadas circunstancias en las cuales se ha identificado a un pueblo como peor por ser distinto y se ha llegado a punto que no se imaginaban. Me dicen que eso solo pasa en África, pero no. Yo he estado en Sarajevo y allí eran personas como tú y como yo. Es como si te abrieran los ojos y te mostraran lo más horrible de la humanidad. Y esto ocurre cuando detectamos un culpable al que responsabilizar de todos los males y, sobre todo, cuando detectamos que es alguien de quien nos podemos vengar”.

Un asiento con pene, reservado solo para hombres

Redacción TO

Foto: Marco Ugarte
AP Foto

Subir al metro y ver que uno de los asientos tiene forma de cuerpo masculino, y un objeto que sobresale con forma de pene. Ah, una cosa: está exclusivamente reservado para hombres. Esto es lo que ha ocurrido en el suburbano de la Ciudad de México para luchar y concienciar sobre el acoso continuo que sufren las mujeres en el transporte público.

Bajo la campaña #NoEsDeHombres, lanzada este jueves por el Gobierno capitalino y ONU Mujeres, se invita a los varones a sentarse sobre un pene para que, al menos durante el viaje, empaticen con el acoso diario que sufre el 65% de las mujeres mexicanas que se mueve en metro. La intención, sobre todo, es simular los llamados ‘arrimones’ que tienen que soportar las féminas cuando algunos hombres aprovechan el movimiento o la gran multitud en el vagón para acosarlas. Debajo del asiento se encontraba una placa con este mensaje: “Es molesto viajar aquí, pero no se compara con la violencia sexual que sufren las mujeres en sus traslados cotidianos”.

Hace unos días, en el tren se instaló una cámara de vídeo para ver la reacción de los hombres. La mayoría no se sentaron, y aquellos que lo hicieron pusieron prendas de ropa encima para evitar el contacto, aunque aún parecían notar la incomodidad del falso pene sobre el que estaban sentados.

Un segundo vídeo llevó a cabo otro experimento en el que, en las pantallas del andén, se mostraban los traseros de los hombres que estaban esperando el tren. Al final del vídeo se podía leer el siguiente mensaje: “Esto es lo que sufren millones de mujeres todos los días”.

Un acoso diario y normalizado

Desde 2008, el metro de la Ciudad de México cuenta con vagones exclusivos para mujeres, y desde abril del año pasado los hombres que acceden a los llamados ‘vagones rosas’ se arriesgan a ser multados, e incluso arrestados por algunas horas. Todas las medidas parecen pocas en un país donde se comenten, cada hora, 68 delitos sexuales, según publica BBC Mundo.

Uno de los más sonados fue el que sufrió en marzo de 2016 una joven de 24 años. Ninde viajaba en uno de los vagones exclusivos para mujeres, pero dio igual; a medida que iban pasando estaciones, los hombres se iban subiendo. Cuando se bajó del metro, la joven tenía el pantalón eyaculado; decidió denunciar y contarlo en las redes sociales para dar visibilidad a una violencia que parece estar totalmente normalizada en la sociedad.

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