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Por qué Sabina no es machista (y ‘Contigo’ sí)

Lorena G. Maldonado

De adolescente me tatué en el cuello De sobra sabes, el comienzo de la mejor canción escrita en castellano. Aún hoy admiro a Joaquín Sabina más allá del póster, me sobrevive todos los días en la carne como una declaración de intenciones. Y sin embargo es un poema de amor furioso, convicto y franco que dignifica la contradicción, que nos recuerda que es humana y entera, traidora y valerosa. Te quiero tanto, pero. Beso a otras, sueño con ellas y no me redimo. ¿Serás capaz de entenderme, de perdonarme una y otra vez, toda la vida? Te quiero tanto y no es suficiente.

Sólo un ser tan lúcido como Sabina puede hacer un rosario con sus paradojas, con sus taritas, con su estiércol emocional, y convertirlo en el himno de unos perlas como nosotros, los que amamos grave y raro. Por eso no entendí que ayer su afición se tirase al cuello de Laura Viñuela, musicóloga y experta en género, por analizar contenidos machistas de algunas de sus canciones, como Contigo. ¿Es tanto pedir en este país polarizado y faltón escuchar un poco a quien sabe? Qué feministas son los ‘progres’ hasta que se les toca a un tótem de la izquierda: entonces se ríen de la especialidad que son los estudios de género -demostrando que sólo se los toman a pecho cuando les vienen bien, para lavarse la cara- y escupen sobre un debate que está abierto y sangra.

Yo creo que si Sabina hubiese escuchado a Viñuela como yo la escuché ayer, al teléfono, hasta le habría dado la razón, porque no reproducir -inconscientemente- roles de género en una sociedad patriarcal es como ejercer de comunista en un mundo capitalista: algo menos que imposible. Estamos en el ajo. Aunque uno lleve sus buenas intenciones con dignidad, el sistema nos salpica por todos lados. Formamos parte de él, aún con resistencia, aún con espíritu crítico. Joaquín, como digo, sabe de contradicciones. Y creo que respeta tanto a la mujer que podría sentarse con Viñuela, tragarse su discurso incómodo y debatir con ella sin insultarla ni dejar su testiculario encima de la mesa. Eso es ser un hombre. Y eso es lo que yo espero de su inteligencia.

Es verdad que Contigo -la acabo de escuchar y sigue siendo perfecta- habla del tipo que se niega a adaptarse al amor convencional y coloca a la mujer en un páramo gris y manso cercado por sofás, recibos, pucheros y días de San Valentín. Es verdad que reproduce los estereotipos tradicionales de género, ¿y qué? ¿Dónde está la vergüenza en reconocer eso? El machismo en la producción cultural -que imita la realidad- es legítimo en cuanto es verídico. Porque habla de lo que nos pasa. Me dijo un día la magnífica escritora chilena Paulina Flores que si sus cuentos no eran feministas es porque ella no escribe “sobre cómo deberían ser las mujeres tras la revolución feminista, sino sobre cómo son ahora las mujeres, y algunas son muy machistas”. Con los hombres y con las relaciones de amor pasa igual.

Si Contigo es machista es porque la sociedad es machista -igual que tantas obras hermosísimas de todos los tiempos-: la canción sólo refleja unos ministerios que están, todavía, presentes y a nadie extrañan. Se puede asumir eso y continuar con la vida, sin pudores. La música no debe ser didáctica ni ejemplarizante. Qué coñazo. Por otro lado, seamos serios: que esa canción reproduzca roles tradicionales no convierte a Sabina en el monstruo cíclope del falocentrismo. ¿Estamos locos? Pienso en La Magdalena y su visibilización -y ennoblecimiento- de un colectivo femenino marginal como son las prostitutas. Pienso en Aves de paso y en la liberación sexual de la mujer. Bien, Joaquín, por tu deseo no exento de respeto hacia “las casquivanas novias de nadie”. Ya es más de lo que muchos pueden decir de sí mismos.

Pienso, por último -y pasándome los dedos por la nuca- en Y sin embargo, que va en una línea similar a Contigo. Y, bien mirado, me parece una canción feminista. ¿Saben por qué? Porque, aunque cueste mucho trabajo aquí en la tierra y el cielo católico tampoco perdone, al menos en mi vida, quien la canta soy yo.

El género, moldeado por la publicidad

Redacción TO

Foto: Axe

Un grupo de hombres tira de una mujer en ropa interior: te están intentando vender pantalones. Un señor pisa la cabeza de una rubia con cuerpo de alfombra y el cartel reza “Es agradable tener una chica en casa”: de nuevo, están tratando de venderte un pantalón. Una joven desnuda tendida en el suelo mira con deseo un zapato masculino bajo un letrero que dice “Ponla en el lugar que le corresponde“: ahora quieren que compres calzado. Un hombre le echa el humo de un cigarrillo al rostro a una mujer con la frase “Sóplale en la cara y te seguirá a cualquier parte“: pretenden que te pilles una cajetilla de tabaco. Un marido le da unos azotes a su esposa: es un anuncio de café.

Cómo la publicidad define la masculinidad 1

Cómo la publicidad define la masculinidad 2

La lista continúa, pero lo que permanece estable es la capacidad de la publicidad para dar forma y manipular los conceptos de masculinidad y feminidad. Si las marcas de cosméticos y cuidado personal se van atreviendo a establecer un nuevo concepto de belleza femenina (Dove lanzó en 2013 una campaña en la que decía a las mujeres “Eres más guapa de lo que crees”), la revolución empieza a colonizar también el mercado masculino. Muy poco a poco.

Un anuncio de McDonald’s emitido en 2010 en Francia revolucionó a medio mundo por decirles a sus clientes “Ven como eres”. El spot mostraba a un adolescente homosexual; era de las primeras ocasiones en que la publicidad rompía con unos estereotipos masculinos que no reflejaban la diversidad del público consumidor. Los hombres gays, de hecho, tienen un papel central en esta nueva representación del género. Pero incluso así siguen vigentes los estereotipos de antaño. En su última campaña de vuelta al cole, en septiembre del año pasado, El Corte Inglés lanzó un anuncio en el que se veía a dos padres homosexuales intentando (pero no consiguiendo) forrar un libro; finalmente, el hijo de la pareja le dice a un amigo: “¿Ves?, te dije que con dos papás no es más rápido”. Mensaje (levemente camuflado): las tareas del hogar y de los niños son cosas de mujeres.

Quien ha dado un paso adelante es, irónicamente, una de las marcas más asociadas con la publicidad sexista: Axe. Después de años de ejércitos de mujeres persiguiendo a un hombre que huele bien y de dar cuestionables clases de seducción, la compañía de desodorantes realizó una investigación de mercado para analizar a su consumidor. Descubrió que a los hombres también les agobian las representaciones que hace de ellos la publicidad y que comparten con las mujeres el miedo a no estar a la altura del canon. ¿Resultado? Axe ha lanzado una inesperada campaña que rompe con su publicidad tradicionalmente sexista para dar no una, sino toda una diversidad de representaciones masculinas. Bajo el lema “Find your magic” (Encuentra tu magia), los nuevos spots de la compañía muestran a hombres delgados, con la nariz grande, vírgenes, que van en silla de ruedas, que llevan tacones, que se depilan los… y que usan Axe. Un nuevo paradigma publicitario para conectar con un público, el millennial, que ha dejado de sentirse reflejado con unos abdominales.

Condición de hombre

Juan Claudio de Ramón

Foto: Alfredo Aldai
EFE

Me habían advertido que un nuevo colega de la Embajada de Francia se mudaba a la casa de enfrente, de modo que, cuando vi el camión de mudanza y a una pareja que daba instrucciones a los operarios, crucé la calle para saludar y presentarme. Instintivamente estreché le mano del hombre y le pregunté cuales habían sido sus anteriores destinos –un rompehielos habitual en el oficio– sólo para descubrir que el diplomático era ella. Pedí embarazosas disculpas por el equívoco y tomé nota mental de no volver nunca a presumir que en una pareja el trabajo lo tiene el varón.

Nada como protagonizar un episodio de micromachismo para certificar que, en efecto, los micromachismos existen y no son una fabulación de las feministas. A condición de no dar al micromachismo la misma importancia que al machismo a secas ni querer verlo en toda circunstancia o momento. Y es que nuestra capacidad de abordar la realidad con tino se basa sobre todo en la voluntad de distinguir; en este caso, entre episodios graves y leves, o entre improbables casos puros y fenómenos que son poliédricos, que será lo más habitual.

Un ejemplo. Discutía en un bar con unos amigos sobre la manera correcta de interpretar un pasaje de la historia de España. Todos teníamos lecturas e ideas sobre el tema, pero sólo uno había realizado una tesis doctoral sobre el periodo en cuestión. Esa persona, presumiblemente más versada que el resto, era la única mujer del grupo. Yo estaba más interesado en su opinión que en la de cualquier otro, pero no había manera de escucharla entre la desatada facundia de los varones, que nos interrumpíamos unos a otros para anunciar, con carácter de cosa juzgada, el veredicto que pusiera fin a la disputa.

Pensé haber presenciado de nuevo un episodio de micromachismo. «Esto debe de ser el mansplaining», me dije, sin asomo de ironía. Pero pensándolo mejor, me percaté de que la falta de consideración en el debate era generalizada y no dirigida solamente hacia nuestra amiga. Al hacer de la conversación una competición, la desbaratamos. Y pensé que yo, que soy hombre, he sido víctima de un implacable mansplaining toda mi vida. Por parte de mi padre. Quien a su vez, justo es decirlo, ha sufrido el mansplaining de su impertinente hijo en multitud de ocasiones. Sencillamente, los hombres parecemos más propensos que las mujeres a competir y avasallar, ya sea con mujeres o con otros hombres. Y cuando esto sucede el machismo no parece el factor principal, y puede que ni siquiera sea un factor.

Simone de Beauvoir suponía que los hombres no experimentamos la necesidad de preguntarnos qué es ser hombre. «Qu’il soit homme, cela va de soi». Ser hombre va de suyo, y no es preciso interrogarse sobre la situación singular del ser humano masculino en el conjunto de la humanidad. Si esto fue alguna vez cierto, me temo que ya no lo es. La pregunta por el hombre podría traer ciertos beneficios, al descorrer el velo sobre hechos alarmantes pendientes de análisis, como por ejemplo, que la tasa de suicidio sea mucho mayor entre varones que mujeres. Y también podría ayudar a entender mejor algunas conductas sociales de los varones, con otros hombres o con mujeres, que podrían deberse no al machismo sino a otras taras a las que los hombres también tenemos derecho.

Sin embargo, temo que también algo se perderá el día que se creen cátedras sobre unos hipotéticos men studies. Porque estoy convencido, en este como en otros debates que atañen a eso que llamamos identidad, que al final lo que importa es cuanto de típico y genérico hay en los seres humanos; esa capacidad que todos tenemos de darnos cita en un mismo punto del –vamos a llamarla así– alma humana; aquella provincia del ser donde se odia, se ama, se ríe y se sufre de la misma manera, gracias a una naturaleza en común, terrenal o celeste, pero unisex.

La inspiradora respuesta de una madre a los deberes machistas de su hija

Redacción TO

Foto: London Scout
(CC BY-ND 2.0)

Quien más y quien menos se ha apoyado en sus padres cuando ha tenido alguna duda o cuando no sabía qué responder en una pregunta de los deberes. Una madre de Nueva York descubrió, sin esperarlo, que mucha veces estos deberes están llenos de convencionalismos sociales más propios del pasado.

Esta madre, llamada Lynne Polvino, advirtió así que uno de los ejercicios de redacción de su hija destilaba un tono machista intolerable, por lo que decidió crear su propia versión de este trabajo.

Lynne colgó el ejercicio, que consistía en rellenar los huecos de una frase con la palabra adecuada, en su cuenta personal de Facebook y no tardó en convertirse en viral. En éste se podía leer lo siguiente:

“Lisa no estaba feliz porque su mamá había vuelto al trabajo. Antes de que Lisa naciera, su mamá trabajaba en una oficina grande. Ayer, le dijo a Lisa que iba a volver al trabajo.

La mañana fue terrible. Lisa tuvo que ir a la escuela a tiempo. Su papá tuvo que ir al trabajo a tiempo. Y esta vez, su mamá también tuvo prisa.

El papá de Lisa hizo el almuerzo, no estaba demasiado bueno. Y le pidió a Lisa que fregara los platos”.

El día terrible de Lisa comienza con un padre que no sabe cocinar, como si cocinar no fuera cosa de padres, y termina con una madre que llega a casa para resolver todos los problemas del hogar, incluyendo las preocupaciones de una hija que se siente abandonada.

Lynne quiso darle un giro a la redacción y combatir así los tópicos sexistas. El resultado fue el siguiente:

“Lisa estaba contenta, su mamá había vuelto al trabajo. Antes de que Lisa naciera, su mamá trabajaba en una oficina grande.

Porque valoraba las contribuciones importantes que aportaba a su puesto de trabajo, su jefe le ofreció cerca de un año de baja de maternidad pagada y un tiempo flexible para reincorporarse.

Su papá estuvo en casa durante su baja por paternidad, cuidando del hermano pequeño de Lisa y contribuyendo equitativamente al mantenimiento de la casa”.

Y luego añadió:

“El papá de Lisa hizo el desayuno. Estaba muy bueno y le pidió a Lisa que fregara los platos porque cualquier ser humano funcional debería aprender a hacerlo por sí mismo”.

El desenlace es difícilmente superable.

“Lisa estaba orgullosa de estar creciendo en una sociedad libre de prejuicios de género y misoginia”.

Chris Pueyo se vuelve a abrir en canal

Saioa Camarzana

Foto: Editorial Planeta

Empezó a escribir en clase de Matemáticas, luego trasladó el bullicioso pupitre a la intimidad de su habitación. Mandó relatos a concursos y su primera obra publicada fue El chico de las Estrellas. Pero Chris Pueyo llevaba ya tiempo escribiendo porque, como para muchos, se trata de una manera de canalizar sus vivencias. Si en aquella primera novela, que tuvo una buena acogida entre el público, se abría en canal contando su primer desamor, lo que ahora presenta es el poemario Aquí dentro siempre llueve (Editorial Planeta), un volumen de más de 130 páginas en las que uno puede encontrarse “libertad, rabia, sexo, soledad, amor, odio…”, dice Pueyo. Este joven escritor y poeta estará, además, firmando ejemplares en la Feria del Libro de Madrid el 3 de junio en la caseta 136-137.

Pueyo fue uno de esos jóvenes que encontraron en las redes sociales una manera de dar salida a sus pensamientos y emociones. En ellas plasmaba aquello que le preocupaba y así consiguió convertirse en uno de los jóvenes más influyentes de las redes. No obstante, cuando el primer desamor llamó a su puerta su modo de superar el duelo fue la escritura. El chico de las Estrellas comenzó “en el momento en el que tenía cosas que contar. No esperaba en absoluto la acogida que tuvo”. Pero así fue y su nombre entró rápidamente en la lista de los nombres de literatura juvenil española que leer. No obstante, “lo difícil no era llegar, sino quedarse”, apunta.

Cuenta que no tiene un referente literario del que beber pero afirma que tiene “pequeñas listas de favoritos entre los que están Benedetti, Elvira Sastre, James Barrie, Albert Espinosa y Sabina”. La música, de hecho, tiene gran influencia en este joven escritor que escribe sobre lo que le atraviesa en cada momento. Aquí dentro siempre llueve “es un poemario dividido en seis capítulos donde me abro en canal para contaros lo que me ahoga”. Y lo que ahoga es la vida misma, claro. Para que la lectura se torne más dinámica y visual algunas de las páginas están ilustradas por Jota que, según dice Pueyo, “complementan a la perfección con lo que quiero decir. Somos como uña y carne y aunque no siempre sale lo que uno piensa a la primera, perseveramos. Creo que ahí está un poco el secreto”.

Chris Pueyo se vuelve a abrir en canal 1
Aquí dentro siempre llueve. | Foto: Editorial Planeta

Los temas que Pueyo trata en sus escritos son tan universales como el amor o el desamor, algo que no entiende de razas, de géneros, ni de condiciones. No obstante, el hecho de haber afirmado ser homosexual ha propiciado que muchos jóvenes homosexuales sigan al escritor y se sientan cercanos a él. Quizá se sientan próximos tanto por los temas como por la manera de acercarse a ellos. Aunque Pueyo no está seguro de si ese público en concreto se sentirá “más aprobado pero sí quizá amparados o reflejados en una sociedad a la que pertenecemos, nos merecemos y en la que seguiremos chillando mientras haya a quienes les moleste”.

Por esa misma razón está en contra de que se etiquete -sea en librerías, bibliotecas o tiendas- de literatura homosexual como si fuera un género más. Porque, se pregunta, “¿buscamos la igualdad o la diferenciación? Yo lo primero”, asegura. De todos modos, él quiere matizar que no escribe sus libros con ese público objetivo en mente sino que lo hace “para todo el que quiera leerlos”, haciendo entender que la literatura, por supuesto, es universal.

Pueyo, por otro lado, se muestra como una persona activa a la que no solo le gusta la literatura. La música, ha dicho en alguna ocasión, le gusta aún más que la escritura. Y también interviene en camisetas básicas que compra y, con pintura textil, escribe sobre ellas. “Sería algo así como pintar con letras”, señala. Sin duda lo suyo es la literatura.

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