Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Susana Díaz: la máquina de ganar

Luis Miguel Fuentes

Foto: Marcelo del Pozo
Reuters

Se trata de salvar al PSOE, se trata de salvar a España, y esta retórica legionaria es la que mejor le viene a Susana, Virgen de pescadores a la que le apuntan los milagros de que salga el sol y el viento se achante. Aunque no lo parezca, sí va llegar entre olas y delfines a un PSOE hecho su verbena. Tiene poder orgánico y simbólico: el de la federación más poderosa, el del último PSOE ganador que queda en el país, el de la dinastía de un socialismo como egipcio por lo antiguo y religioso. Y también el poder del miedo que dan el populismo de cacerola, la nueva izquierda con la vieja hoz cromada, y el secesionismo adánico tras el que se esconde sólo la minería romántica del dinero. Basta, pues, una doña de partido, una gitanilla de mueble de televisor, una azafata de vuelta ciclista, que ponga al PSOE a ganar y coloque un gallardete en el balcón igual que una fallera. Y ya tenemos salvados al PSOE y a España. No importa que Susana no gobierne (no es que no sepa gobernar, sino que nunca ha tenido ni interés ni tiempo para hacerlo). No importa que pueda llegar a sentarse en La Moncloa una especie de panadera sentimental de la nada. Se diría que no necesitan un líder, un gobernante ni un político. Necesitan un asesino simbólico, contra el sanchismo izquierdoso, el podemismo betunero y la España del reventón autonómico. Y Susana guarda los hierros de matar como un médico antiguo sus jeringas o sus pipas.

Susana tenía que presentarse y se ha presentado. Todo lo que se montó, la gestora con cuartelazo, aquella reina de la vendimia presentándose como “la única autoridad”, la defenestración de un candidato elegido por la militancia (que no se olvide), fue para que ocurriera esto. No podía echarse atrás. Ahora, queda elegir entre susto y muerte porque el PSOE no ha producido otra cosa tras el zapaterismo de ojos de botón que el posfelipismo andaluz, algún vendedor de anchoas y este Pedro Sánchez que no ha tenido ni fuerza ni tiempo para hacer otra cosa que perder como estaba planeado, pero al que cuesta trabajo imaginarse de otra manera.

Mientras la Doña cumple su propia profecía, en el sanchismo andan crecidos, quizá como conjuro o quizá como táctica. “Susana anuncia el anuncio” -me dice alguien cercano a Pedro Sánchez-. Contraprograma a Pedro, buena señal: canguelo”. Si bien es cierto que a Susana no le quedaba más remedio que coger ese AVE con los maletillas y las planchadoras de tablao, queda el escalofrío de pensar que ella no se mete en una pelea que no sepa que va a ganar. Pero el pedrista me corrige: “Con Rubalcaba – Chacón, sin ir más lejos. Ella en primera persona nunca ha competido”. Sin embargo, otro socialista, que suele ver las cosas antes de que ocurran, me dice sin dudar, como un oráculo ciego: “Susana va a ganar sí o sí. No se monta un golpe de Estado para perder el poder en unas elecciones. Susana tiene sus votos tasados. Y si siguen sin salirle los números, no descarto otro candidato. Así hasta que ella amortice su 30% fijo”.

Esto sí es poder. Los pedristas presumen de tener de su lado a la militancia, ese concepto tan al peso como el de pueblo; aseguran que no hay tanta ilusión “desde Borrell” (mal ejemplo para hacer vaticinios y enfriar champán), pero parece que están midiendo el barullo, mientras Susana mide directamente ganancias. Todos saben que son unas primarias a dos con tres candidatos, así que los pedristas intentan camelar con el voto útil: “Quien quiere que gane Susana vota a Susana… o a Patxi”. No parecen temer el voto a pecho descubierto, pero sí las trampas, como que el susanismo pueda estar dando de alta a militantes zombis para darlos de baja luego. Quien controla el censo suele ganar. No contar más autobuses que el otro, sino no tener siquiera que contar los votos: eso es poder.

Susana se ha fabricado este destino entre cadáveres y merengue, entre traiciones y panderetazos. Nunca ha hecho nada aparte de alumbrar sus espejos, pero la máquina de ganar es suya. Encima, ha tenido la suerte de que la apoyen, desde fuera, muchos que han creído de verdad que se trata de vender y hacer chocar símbolos, no de que la ciudadanía tenga, al menos, la posibilidad de elegir entre buenos gobernantes. El susanismo, que suena a cántaro de lechera vacío, va a terminar sin embargo triunfando. Y podrá empezar a pensar en La Moncloa. Nosotros podremos empezar a pensar cómo quedarán un PSOE y una España salvados así, por una especie de hada falsa, como un Santa Claus pordiosero.

Orgullosos

Miguel Ángel Quintana Paz

Hay gente a la que no le gusta festejar la Navidad, hay gente que aborrece la Semana Santa e incluso, por incomprensible que me pareciera de pequeño, hay gente que desprecia a los Reyes Magos. Por consiguiente, no parece extraordinario que haya también gente a la que displazca la fiesta del Orgullo LGBT. Ahora bien, el problema suele empezar cuando se ponen a justificar ese su desagrado: suelen proporcionar argumentos asombrosamente endebles.

El primer argumento de este tipo lo comparte el Orgullo con Halloween: ambos son acusados de ser festividades “foráneas”, “importadas” y, por tanto, sospechosas de algún tipo de confabulación antinacional. La verdad es que razonamientos así resultan un tanto sorprendentes: ni la Navidad, ni la Semana Santa, ni el día de Reyes se idearon tampoco en un piso de Alcobendas o junto a alguna vaca asturiana. Si nos tuviésemos que quedar solo con las celebraciones nacidas en nuestra tierra, en Salamanca, por ejemplo, disfrutaríamos solo de fiestas un tanto políticamente incorrectas: San Juan de Sahagún, que cometió el milagro de atrapar un toro desbocado (para disgusto de animalistas), y el Lunes de Aguas, en que se conmemora el retorno de las prostitutas, tras la Cuaresma, a la ciudad (para disgusto de Pedro Sánchez y su afán de prohibir la prostitución). En un mundo en que se importa mantequilla, iPads, tatuajes, armas, electricidad y toallas, no parece desquiciado importar también algo tan divertido como una festividad.

Un segundo motivo que se aduce para oponerse al Orgullo LGBT nace de una mala comprensión de lo que significa la palabra “orgullo”. Una reciente carta al director en la edición sevillana de ABC mostraba de modo paradigmático este tipo de razonamiento: “Se puede sentir orgullo de haber terminado los estudios con matrícula de honor”, aducía Antonio Rodríguez Mármol, su autor, “por haber sacado el número uno en unas oposiciones, por haber sido campeón mundial de alguna competición… Pero sentirse orgulloso por ser gay o lesbiana… hombre no [sic]”. La idea que aquí parece presuponer el señor Rodríguez es que el orgullo solo es legítimo si uno ha realizado proezas insólitas: por ejemplo, si eres campeón mundial de bádminton acaso sí que puedes enorgullecerte, pero si solo eres subcampeón nacional o campeón local quizá ya no. Dado que ser gay, lesbiana, bisexual o transexual no resulta algo inaudito (en España se calcula que su porcentaje ronda el 7 %, aunque se acerca al 15 % entre los jóvenes), la lógica conclusión es que poco orgullo cabría ante algo tan relativamente común.

Sin embargo, no es cierto que para estar orgulloso de algo deba resultar inusitado o convertirnos en los mejores del mundo al respecto. Pondré un ejemplo: el señor Rodríguez podría, acaso, aprender un día a poner la coma que va tras “hombre” cuando se usa como en su carta; y asimismo podría luego sentirse orgulloso de haber por fin asimilado tal cosa, aun cuando ello no le convierta en campeón de ortografía mundial.

De hecho, ni siquiera es preciso, para estar orgullosos, que lo estemos de algo que hayamos conseguido por nuestros propios méritos, como también parecen presuponer quienes hablan así. Uno bien puede sentirse orgulloso de sus padres, por ejemplo, y no parece que hayamos hecho muchos esfuerzos por tener los padres que tenemos o porque sean como son: simplemente nos acaeció. El orgullo consiste en cierto respeto por ti mismo, cierta satisfacción por tu propio valor y por el de tus seres cercanos, que te instala más a gusto en la vida y, por tanto, te vuelve proclive a acometer grandes obras. Aristóteles ya decía que quien siente orgullo tiene el alma amplia (megalopsicología) y lo oponía al pusilánime o de alma pequeñita, de quien poco cabe esperar. Como toda virtud, claro, el orgullo puede exagerarse y degenerar en un vicio: sería la vanidad, es decir, el blasonar de aspectos que en realidad son vanos; o la soberbia, el darte una importancia a ti mismo mucho mayor que la real. Estos vicios, aunque parecen engrandecer nuestra alma, solo nos la hinchan. Bien entendida, en cambio, la virtud del orgullo solo molesta a los envidiosos, que se sienten achicados cuando ven que otro sabe expandir su alma como ellos no. Bienvenido sea, pues, el orgullo de gais, lesbianas, bisexuales y transexuales, como empalizada frente a todos cuantos aún les intentan capitidisminuir.

Una tercera razón, en este caso contra los desfiles del Orgullo LGBT, surge de la ignorancia de lo que en realidad significan: gente que nunca los ha visto más que a través del sensacionalismo televisivo (perdón por la redundancia) cree que los pocos exhibicionistas que las cámaras persiguen son representativos de sus cientos de miles de asistentes. Toda esa gente se sentirá decepcionada si un día, por fin, acuden a contemplar el desfile por sí mismos: lejos de la bacanal y muy menguado el frenesí que sus mentes imaginaron, comprobarán que la mayor parte de los que participamos somos personas (más o menos) decentes que vestimos nuestras (más o menos) aburridas ropas de siempre. Cierto es que, a diferencia de Halloween o Carnaval, el Orgullo se celebra en pleno verano y ello invita a cierta ligereza en el atuendo.

Pero, en contra de lo que temen (¿o desearían?) ciertos puritanos, no es tan fácil contemplar una orgía callejera. Además, sería un error juzgar toda una fiesta por lo que hacen solo algunos de sus participantes: si así hiciésemos, la Nochebuena habría de verse como una fiesta de borrachos, y el 12 de octubre como un día en que todos tenemos que descubrir nuevos continentes.

Por último, una cuarta argumentación usada a veces contra la celebración del Orgullo LGBT es que no existe algo así como “el Orgullo heterosexual”. En coherencia con todo lo que he expuesto antes, la verdad es que yo no vería ningún problema a que también se celebrase semejante orgullo. Bienvenido sea el disponer de más fiestas con que hacer más liviano nuestro fugaz paso por esta vida mortal. Animo desde aquí, pues, a cuantos heterosexuales animosos haya para que convoquen a tantos millones de personas como ya congrega el Orgullo LGBT, y a organizar una fiesta al menos igual de divertida.

Y es que, de hecho, tras haber desmentido varias razones contra la celebración del Orgullo LGBT, me queda por indicar cuál es el principal argumento por la que estoy a favor de tales galas. Todo empieza porque estoy convencido de que vivimos en aquello que el escritor Robert Hughes anunció hace ya casi 25 años: en una cultura de la queja. Esto no solo significa que hoy nos circunde todo tipo de jeremiadas, sino que llega a parecer que el único modo de llamar la atención en el espacio público es gimotear contra algo o alguien. “Me quejo, luego existo”, parece ser el lema en boga. Debido a esa obsesión por llenar nuestras calles y plazas de lamentos, quejicas, exigencias iracundas, reproches, ceños fruncidos y puños airados, a muchas personas no se les ocurre honestamente cómo podrían defender algo en público si no es por tan lúgubres métodos.

A todas esas personas les invito a aprender del ejemplo de gais, lesbianas, bisexuales, transexuales y demás minorías sexuales. Han conseguido hacer de sus reivindicaciones una colorida fiesta: la más multitudinaria de una ciudad, de por sí, fiestera como Madrid. Han conseguido oponerse a cosas y estar a favor de cosas (algo consustancial a la democracia), pero con regocijo en vez de con rencores, con gozo de ser uno mismo en lugar de con resentimiento ante cómo viven otros. Bailando, en vez de lamentando. En ese sentido, la fiesta del Orgullo es todo un ejemplo moral cuya mera contemplación nos hará seguramente mejores personas, como ya atisbó Santo Tomás de Aquino: plus movent exempla quam verba. Ojalá todos en la vida aprendiésemos a llevar los estigmas con que otros tratan de dañarnos derrochando tanta alegría como este desfile arcoíris.

Macron y los estados de gracia

Valenti Puig

Foto: Etienne Laurent
AFP

La norma no escrita de dar una tregua crítica a los cien primeros días de todo gobierno ha ido quedando arrumbada como un uso vetusto. En coincidencia cuantitativa con la duración del retorno de Napoleón desde la isla de Elba hasta Waterloo, esos cien primeros días a veces han ido a la par con el estado de gracia, un período de levitación en el que la confianza en el nuevo elegido parece casi unánime. No lo hemos visto con Theresa May pero sí con Macron. En general, una nueva presidencia de la Quinta República garantiza ese período de gracia. Tras la victoria presidencial, haber conseguido una nueva mayoría parlamentaria –para un partido de hace dos días- convierte a Macron en un político en estado de gracia, llegado en el momento más oportuno para, después del “Brexit”, rehacer el eje franco-alemán dándole un toque gaullista. ¿Hasta cuándo? En un mundo tan acelerado, la erosión política parece haber liquidado los privilegios del estado de gracia. Lo hemos visto otras veces: un político de nuevo cuño –caso Obama- se convierte en paradigma, para acabar entrando y saliendo del taller de reparaciones.

Ahora la fulguración del nuevo presidente de la República Francesa genera un efecto mimético aunque lo realmente significativo es que haya llegado al poder gracias al hundimiento del socialismo francés y las torpezas habituales de la derecha. ¿Macron o Corbyn? ¿Macron o Bernie Sanders? ¿Qué queda del modelo Blair? Son interrogantes que pueden aplicarse al retorno de Pedro Sánchez a la secretaría general del PSOE, más bien dispuesto a romper con las tesis de centro-izquierda propias del felipismo y presuroso por expansionarse hacia la izquierda, colindando arriesgadamente con Podemos para conjugar una alternativa.

La posición de Sánchez en contra del acuerdo comercial con Canadá –CETA- ha resultado incómoda para Bruselas, como ya se ha cuidado de exponer el comisario Moscovici, procedente de la izquierda radical y luego ubicado en el sector rocardiano del socialismo francés. Curiosamente, Sánchez ha sido proclamado a menudo por sus partidarios como gran conocedor del laberinto comunitario, dado que de muy joven fue asesor en Bruselas antes de ser jefe de gabinete de Carlos Westendorp, alto representante de las Naciones Unidas en Bosnia, en pleno conflicto de Kosovo.

Tampoco en la oposición perduran los efectos del estado de gracia. El futuro de Pedro Sánchez, por ejemplo, depende mucho de que logre zafarse de la presión de Podemos y de la militancia socialista más radical para lograr la adhesión del electorado real de centro-izquierda, marcando de cerca a un gobierno de Rajoy debilitado por la corrupción siempre que decida, cuanto antes mejor, si quiere ser un Macron o un Corbyn. La crisis del socialismo europeo tiene una sombra muy alargada. Ahora mismo, para Bruselas, aunque Donald Tusk parafrasee a John Lennon, un PSOE deslizándose hacia la izquierda es una mala noticia. Hay abundantes quejas sindicalistas pero el PSOE todavía no ha dado un contenido coherente a su rechazo a los acuerdos comerciales EU-Canadá. ¿Qué hay de malo en mantener relaciones de libre comercio con Canadá?

Cataluña: fiarlo todo al día después

Iñaki Ellakuría

Foto: ALBERT GEA
Reuters

En estos días de verano, cuando el curso político catalán se acerca al breve parón estival, una pregunta se cuela en la mayoría de conversaciones: ¿Qué ocurrirá en otoño? A veces es planteada con una mueca de satisfacción, la del independentista que anhela tras cinco años de proceso que se rompa la baraja; otras, con un rictus de preocupación y hartazgo por un horizonte de agitación, inestabilidad y más ruido. Y en ninguno de los casos, actores del proceso, espectadores o rehenes del mismo, nadie sabe exactamente qué responder. ¡Qué decir si los dirigentes en Barcelona y Madrid parecen huidizos adolescentes cuando se les cuestiona sobre el cacareado choque de trenes!

El proceso se ha instalado en un tiempo de espera e incertidumbre, donde cualquier predicción es una osadía. Con todo, hay elementos que no invitan al optimismo de los moderados. Veamos:

Los funcionarios. El informe de los letrados del Parlament expresando su preocupación y consejos técnicos a la propuesta de modificar el reglamento de la Cámara, una treta urdida por el bloque separatista para agilizar la tramitación de la llamada ley de “desconexión”, pone en evidencia como la estrategia de la confrontación iniciada por el Gobierno de Puigdemont empieza a romper las costuras de las instituciones catalanas e incomodar a muchos funcionarios que no quieren subvertir el marco legal. Ya sea por convicción o simplemente para evitar una inhabilitación.

Escalada verbal. A medida que el proceso se ha ido acercando a la frontera que separa la retórica de los hechos (y sus consecuencias), el discurso independentista ha optado por dividir, ya sin disimulo, la sociedad entre el pueblo, los independentistas, y los “antidemócratas”, todo aquel (persona, partido o institución) que no asuma como legítimo un referéndum unilateral. Esta escalada verbal recibe, ciertamente, el aplauso del núcleo duro separatista, al tiempo que enciende redes sociales y tertulias radiofónicas, pero también agranda la brecha político/sentimental que reflejaron las urnas el 27-S. Incomoda, asimismo, al independentismo moderado y expulsa a los catalanes que apuestan por modificar desde el pacto el actual marco constitucional. Mientras, el inmovilismo del Gobierno central alimenta a los predicadores de la confrontación.

Abucheos. Un síntoma del malestar que acumulan los tildados de “antidemócratas”, fueron los abucheos dirigidos a Puigdemont en Llefiá (Badalona) y Meridiana (Barcelona), dos barrios populares y populosos, donde, como en tantos otros del área metropolitana, el artero relato del “España nos roba” no cuela. La reacción de algunos independentistas, incluido un alto cargo de la Generalitat, fue la de calificar a los presentes de arrabaleros, colonos y fascistas.

Resignación. Recientes declaraciones confirman que Gobierno y Generalitat, uno confiado en la acción de la justicia, el otro anhelando una movilización como la de la cairota plaza Tahir, dan por hecho el choque otoñal. Soraya Sáenz de Santamaría, en un acto en Barcelona, afirmó: “Se habla mucho del 1 de octubre, pero la inmensa mayoría de los que están en el debate público están pensando en el 2 de octubre, y espero que sea el día del sosiego”. Oriol Junqueras, en La Vanguardia, declaró: “Hay que pensar en el día después del 1-O y actuar con responsabilidad”.

Nos aventuramos, pues, a tres mes de larga cuenta atrás y guerra de posiciones. Paciencia y cuerpo a tierra.

Refugee Food Festival: cuando el chef es un refugiado

Jorge Raya Pons

Foto: Jorge Raya
The Objective

Pierre perdió a toda su familia y ahora está solo en Madrid, arrastra una mirada triste y su pelo es rubio en un tono intenso. “La vida es complicada”, dice, bajando la mirada. “Estoy aquí como refugiado político”. Tiene 27 años y salió de Camerún siendo muy joven; apenas 22 años y no tuvo más remedio que dejar atrás su vida en África. Después de un largo camino llegó en 2015 a España, vivió 10 meses en un centro de Ceuta hasta que le concedieron el asilo. Pierre se fue de Camerún acosado por ser homosexual.

“En mi país hay mucha tradición, no se acepta”, dice Pierre, en un castellano todavía pobre. “En África no tienes libertad si eres homosexual, transexual o lesbiana. Allí existe la mutilación genital. En África es complicado. En África matan por eso”. Pierre cuenta que su padre lo rechazó, que tiene un hermano en Francia con quien no se habla, que su madre fue la única que lo protegió. “Pero mi madre está muerta”, dice. “Yo estaba aquí cuando murió”.

Refugee Food Festival: cuando el chef es un refugiado 2
Pierre, refugiado camerunés, en el restaurante L’Artisan. | Foto: J.R./The Objective

Y aunque no pudo terminar la escuela, siempre se interesó por la cocina; ahora estudia en una escuela gastronómica en Alonso Cano y vive como puede en Madrid, en un piso compartido que le dispuso un amigo dominicano. Cuenta que le interesa la comida francesa, la americana, que va conociendo la española. “Hago cocido”, dice. Ahora participa en una iniciativa, Refugee Food Festival, que nació de la sinergia de la ONG Food Sweet Food y de Acnur, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. Pierre estará este fin de semana cocinando en el restaurante L’Artisan, en la calle Ventura de la Vega.

España solo ha acogido a 744 de los 17.000 refugiados a los que se comprometió en Bruselas

En esta campaña, puesta en marcha el año pasado en París y extendida en esta ocasión a ciudades como Madrid, Florencia o Ámsterdam, varios cocineros –todos ellos refugiados- comparten su cultura a través de la cocina en una serie de restaurantes que se prestan como voluntarios. El resultado en Madrid es nueve restaurantes que dan empleo a ocho refugiados de cuatro nacionalidades durante una semana –en días alternos-, ofreciéndoles la oportunidad de compartir sus inquietudes culinarias con sus comensales.

Refugee Food Festival, que termina su segunda edición este domingo, es una ocasión para dar visibilidad a los desplazados. Hay historias trágicas detrás de cada uno de ellos; esta iniciativa nos empuja a esforzarnos por comprenderlos, por escucharlos. España es el país que más donativos privados aporta a Acnur. Sin embargo, es el mismo país que incumple los acuerdos de acogida de refugiados pactados en Bruselas: se comprometió a acoger a 17.000 personas y solo han llegado 744.

Refugee Food Festival: olvidando entre fogones la tragedia de ser refugiado
Mariana, ofreciendo uno de sus postres. | Foto: J.R./The Objective

Mariana también tuvo que abandonar Ucrania con su marido y con su hijo. Tiene 24 años y estudió Económicas en la universidad de su ciudad, Ternópil, a 200 kilómetros de Polonia. Llegó hace un año y medio y su gran barrera, confiesa, es el idioma. “Quiero vivir en España, quiero trabajar en la repostería”, dice Mariana, que prepara postres en el restaurante Keyaan’s (Blasco de Garay, 10). “Me gusta muchísimo la gente de aquí”. Mariana huye de un país en guerra, con todas sus consecuencias, y sigue en contacto con su madre, a la que escribe por WhatsApp. “España nos ha ayudado muchísimo”, dice, agradecida. “En un futuro me gustaría abrir una pequeña pastelería”. Mariana no piensa en regresar a Ucrania.

Tampoco lo hace Pierre, que remueve una tila que no ha probado. “No puedo volver a Camerún, no tengo familia allí”, dice, muy serio. “Yo sueño con estar en España, con tener mi propio negocio: un restaurante con comida de cuatro continentes –África, América, Asia, Europa-. Y ya está”.

TOP