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Circunstancia sin pompa

Manuel Arias Maldonado

Hay asuntos que parecen hechos por encargo. Si el caso Espinar ha mostrado de un plumazo la hipocresía privada que suele esconderse detrás del inquisidor público, el Brexit cada vez se parece más a un drama por entregas sobre los dilemas de la democracia contemporánea. ¡Pasen y vean! Hasta el momento, su dramatis personae comprendía al gobierno británico, el pueblo homónimo y las instituciones europeas, acompañados en todo momento -a la manera de un coro- por los mercados. Ahora, hacen su aparición la sociedad civil (o la abogada que interpuso el recurso reclamando la intervención de la Cámara de los Comunes en la decisión sobre el Brexit), los tribunales (que en primera instancia han dado la razón a la demandante) y el propio parlamento, repentinamente dotado de un poder acaso decisivo para dar forma a este endiablada decisión popular. Añadamos un espectro tan británico como el padre de Hamlet: una constitución no escrita.

Se plantea ahora, como es patente, un choque de legitimidades. De una parte, la proporcionada por la decisión directa de los ciudadanos británicos, consultados en referéndum y partidarios del Brexit sin que -por la naturaleza misma de la pregunta formulada- su respuesta incluyera detalles sobre la variante de Brexit a negociar con Bruselas. De otra, la legitimidad de un parlamento votado por esos mismos ciudadanos y contrario en su mayor parte a la salida de la Unión Europea. Aún podríamos sumar el conflicto entre la decisión popular y el criterio del juez: “Enemigos del pueblo”, ha titulado ya el Daily Mail. Y es que para un populista, la fantasmal “voluntad general” ha de prevalecer: el pueblo nunca se equivoca. ¡Pero vaya si se equivoca!

No está de más recordar que, aunque su fama no sea comparable a los posteriores episodios francés y norteamericano, la Revolución Gloriosa que tuvo lugar en Inglaterra en 1688 es la primera revolución liberal del mundo. Aquel conflicto condujo a la instauración de una monarquía constitucional que limitó el poder del soberano; en otras palabras, el parlamento ganó poder y lo perdió el rey. A este paso, no nos extrañaría que los parlamentos democráticos acaben por repetir la maniobra: para arrebatar poder a esa fantasmal entidad que es el “pueblo”. Ni que decir tiene que el beneficiarios en este caso sería -aunque no lo sepa- el verdadero antagonista del pueblo: el ciudadano.

5 razones por las que Hijos de los hombres es más vigente hoy que hace 10 años

Nerea Dolara

Foto: Universal Pictures

La película de Alfonso Cuarón es una de visión obligada en este presente. Su futuro, en 2027, es hoy, en 2017, algo que es tan posible y tan acertado en su previsión, que es aterrador.

Una advertencia inicial, y recomendación encarecida: si no han visto esta película es hora de verla y si no quieren spoilers sería bueno no seguir leyendo. ¿Por qué verla? No sólo porque es una obra maestra del cine distópico, porque contiene secuencias de acción que se estudian en escuelas de cine o porque es la mejor película (con perdón de Y tu mamá también o Gravity) que ha hecho Alfonso Cuarón, sino porque es escalofriante cuánto se parece al presente (y no de la mejor manera).

Hijos de los hombres se estrenó a finales del 2006 y la crítica la alabó, como todo el mundo. La BBC la colocó en el puesto 13 de su lista de los 100 mejores filmes del siglo XXI, tiene una aprobación de 92% en Rotten Tomatoes y a finales del año pasado muchas publicaciones comenzaron a revisar la vigencia – de nuevo, escalofriante- de su trama. La historia, basada levemente en una novela de P. D. James, es la siguiente: En 2027, el mundo lleva casi dos décadas viviendo una crisis de fertilidad (a los lectores de A Hanmaid’s Tale esto les sonará familiar) que ha dejado al mundo sin niños. Pero el pesimismo y la oscuridad que llenan ese presente no sólo proviene de ese hecho. En el 2027, Gran Bretaña (donde se desarrolla la acción) lleva 8 años con las fronteras cerradas, refugiados e inmigrantes son encerrados en campos de concentración y la persecución de musulmanes es política de Estado. Con ese panorama vive Theo (Clive Owen), desilusionado, apático, deprimido… pero su vida cambia cuando su ex esposa (Julianne Moore), ahora miembro de una organización terrorista que lucha contra el gobierno, le pide ayuda. La tarea consiste en trasladar a una inmigrante ilegal hasta el lugar en que una supuesta organización conformada por médicos y científicos llamada The Human Project. ¿El giro? Kee, la inmigrante, esta embarazada y es la primera mujer en estarlo en 18 años.

Sigue una odisea por llevar a Kee a puerto seguro y salvar la única esperanza posible de que el mundo tal vez deje de ser el horrible lugar en que se ha convertido.

En 2006 el panorama que dibujaba Hijos de los hombres parecía posible pero lejano, una exageración. En 2017, diez años antes de que se desarrolle la historia de la película, parece predecir muy bien el futuro que nos espera. Aquí 5 razones por las que la película es completamente vigente en 2017.

5 razones por las que Hijos de los hombres es más vigente hoy que hace 10 años
Still de la película | Universal Pictures.

El trato a refugiados e inmigrantes

En Hijos de los hombres, Gran Bretaña ha cerrado sus fronteras y encierra (en jaulas y luego en campos) a quienes entran al país ilegalmente. El mundo ha vivido una gran pandemia y varias guerras por lo que los refugiados se acumulan sin recibir ningún tipo de ayuda. ¿Suena familiar? Tras la larga guerra en Siria la crisis de refugiados que ha llegado a Europa en los últimos años, y que ha sido catalogada como una de las mayores crisis humanitarias desde la Segunda Guerra Mundial, ha sido manejada con la empatía y la colaboración de un iceberg. Salvo algunas excepciones, Europa se ha lavado las manos frente al contingente de millones de personas que piden refugio huyendo de sus hogares para evitar la muerte. Aún no hay jaulas, pero si hay soldados en las fronteras, cierres de paso y Estados que ignoran a las personas, obligadas a vivir en la calle o en campamentos de refugiados llenos de precariedad, y sus pedidos de refugio.

 

El discurso del miedo

Como bien señala este artículo de la BBC el discurso del miedo es también parte importante del mundo en que habita Hijos de los hombres. No es casual que las fronteras estén cerradas y se hable de cómo el mundo es un caos fuera de “la seguridad del Reino Unido” o que se satanice a inmigrantes y musulmanes como estrategia para un gobierno que elimina libertades en nombre de la seguridad. Si esto no te suena familiar es posible que hayas estado encerrado en una cueva en los últimos años. El discurso de miedo y de intolerancia, el prejuicio convertido en campaña política, no sólo ha conseguido llegar a la palestra sino que ha conseguido victorias de miedo como el Brexit o la presidencia de Donald Trump. Y el futuro próximo en elecciones europeas, las de Francia por ejemplo, no pinta mejor.

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Still de la película | Universal Pictures.

El terrorismo

En Hijos del hombre el terrorismo es parte del día a día. En la escena inicial de la película una bomba estalla a metros de Theo en Londres. Es realista, escalofriante y cotidiano. La escena se rodó en las calles de Londres, sólo meses después del atentado que mató a 52 personas en 2005. El permiso fue complicado de obtener y sólo se les permitió un día de rodaje. Aún las bombas no son parte del día a día, pero la realidad es que, entre el Daesh y demás organizaciones terroristas, cada vez más y con estrategias cada vez menos rastreables, el terrorismo se ha convertido en uno de los miedos que acechan la rutina de quienes viven en ciudades de países que luchan contra estas organizaciones. Las noticias sobre atentados aparecen por lo menos una vez a la semana en los periódicos. Y, tristemente, la tendencia es hacia el aumento de estas expresiones de violencia.

El realismo visual

Sí, vivimos en tiempos en que las salas de cine estrenan una película de superhéroes al mes -o así parece- pero el realismo visual ha llegado incluso a ellos. Pregunten si no a la trilogía de Batman de Christopher Nolan, llena de oscuridad e intentos de hacer plausible la existencia de este hombre vestido de murciélago o por la muy mal recibida Batman vs Superman o incluso la última entrega de Capitán América, en que Los vengadores pelean entre sí luego de que la ONU apruebe el control sobre sus acciones gracias a las masivas muertes de civiles en sus luchas con los malos o la recién estrenada Logan… Hijos del hombre es gris, tangible, sucia, cruda… Incluso una de sus tomas más famosas, el plano secuencia de la batalla en el campo de refugiados en que salpica sangre a la cámara, se ha convertido en un clásico… eso considerando que la sangre fue una casualidad que el director de fotografía, Emmanuel Lubezki, celebró como una casualidad que nunca podrían haber planificado mejor.

El realismo… real

La película es dura, no sólo gracias al entorno que rodea a Theo y Kee, sino por lo que les pasa a ellos y a quienes les ayudan. Es una parábola de la historia de la natividad en que el protagonista muere, quienes los ayudan también, y la “virgen” está flotando en un bote en medio del mar con su bebé esperando un barco que se ve a lo lejos y que bien podría ser una alucinación. Como se relata en esta pieza de Vulture, no fue fácil vender esta visión pesimista, con final poco esperanzador, a un estudio: “¿El tío se muere al final? ¿La chica está en un bote? Estás hablando de una película muy intensa y obviamente artística, que no va a ser barata y que tiene un ángulo político. No es algo fácil de vender”, recuerda Marc Abraham, uno de los productores. Para Cuarón era claro: “Nuestro punto de partida fue: hay un punto de inflexión (se refiere al 11 de septiembre). El futuro no es un lugar lejos de nosotros; estamos viviendo el futuro en este momento”.

Los finales felices se han hecho algo raro en el mundo audiovisual. El realismo y el pesimismo se han agarrado a las historias que vemos, posiblemente porque el presente que tenemos no es el más deseable ni parece ir en una buena dirección. También los finales abiertos se han convertido en signo de estos tiempos inciertos.

Además de estos factores cuenta también el de que este futuro es plausible tanto a nivel de historia como visual. El futuro es difícil de plasmar en el cine, la tecnología se queda atrás y la representación pierde vigencia (en Matrix aún se utilizan móviles con tapa), o directamente se imagina un futuro que nunca existiría (Firefly es un futuro en que se viaja por el espacio pero los mundos parecen haber vuelto al viejo Oeste). Hijos de los hombres muestra un mundo que 10 años después sigue siendo el nuestro, reconocible y aterrador.

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¡Oh, mujeres, no hay mujer!

Manuel Arias Maldonado

Foto: SUSANA VERA
Reuters

“¿A quién, pobre de mí, he sido adjudicada como esclava?”, se pregunta el corifeo en Las troyanas de Eurípides, cuando las mujeres del bando derrotado esperan el resultado del sorteo -institución democrática multiusos- que les asignará destino entre los griegos tras la caída de Troya. Han pasado 25 siglos desde entonces y aquel lamento resignado se ha convertido en un movimiento social y político de gran sofisticación teórica. Su último hito tuvo lugar en el Día Internacional de la Mujer, que escenificó el nacimiento público de una autoconciencia femenina global. Matices al margen, solo puede darse la bienvenida a una demanda de igualdad que ha conocido avances formidables durante el último siglo. De hecho, que la protesta desborde los márgenes del movimiento feminista tiene mucho que ver con ese progreso desigual pero incuestionable. Aunque siempre hay alguien descontento: pensadoras que, como Jessa Crispin, creen que un feminismo convertido en mainstream gana notoriedad a fuerza de estetizarse y, por tanto, banalizarse.

Sea como fuere, hay algo paradójico en la trayectoria histórica del feminismo. Podemos formular la paradoja mediante una pregunta: ¿hasta qué punto el activismo contemporáneo refuerza una categoría de la que el feminismo siempre ha tratado de desembarazarse? A saber, la categoría de la Mujer con mayúsculas: el eterno femenino, esencial y ahistórico, que define a todo un sexo con independencia de rasgos individuales, marcadores históricos o contextos sociopolíticos. Simone de Beauvoir rechazó la existencia de toda esencia femenina inmutable y defendió que nadie nace mujer, sino que una mujer se hace: en el interior de culturas, estructuras y situaciones. Judith Butler irá más allá y sostendrá que la mujer es hecha por los discursos dominantes. Y aunque en ambos casos la crítica del esencialismo va demasiado lejos, por ignorarse nuestra constitución biológica y sus efectos, la lección central es clara: la necesidad de descubrir modos de ser liberados del fetichismo de “lo femenino”. Admitiendo, claro, que también haya quien prefiera quedarse donde está.

Pues bien, se diría que avanzamos en dirección contraria, al dibujarse con creciente nitidez una oposición cuasi-ontológica entre Hombre y Mujer: entre el hombre opresor y la mujer oprimida. Puede haber en ello un elemento estratégico: apuntaba la pensadora india Gayatri Spivak que hablar de la mujer en términos esencialistas, a fin de formular demandas políticas, es compatible con la convicción de que la “mujer” es una construcción artificial (algo que ya dijo John Stuart Mill). Pero cuando se pone sobre la mesa ese antagonismo primario, ¿no estamos esencializando por igual a hombre y mujer? Y si es el caso, ¿sirve esa estrategia a los fines emancipadores del feminismo? Quizá sea, políticamente hablando, la única forma posible de avanzar. Pero no sería de extrañar que terminase naciendo de ahí algo parecido a un movimiento colectivo masculino que reaccionase contra su demonización, recordando que también hay hombres oprimidos o que el género masculino sufre también sus cargas propias desde antiguo. A fin de cuentas, las troyanas eran sorteadas tras el asesinato de sus maridos.

Si vamos a hacer ontología, en fin, quizá sería preferible que ampliásemos el foco y contemplásemos el problema de la mujer a la luz del problema del hombre y viceversa. O sea, contemplando la existencia de la especie como una carga común que padecemos por igual, aun en distintas formas, hombres y mujeres. Dado que la idea central de la modernidad es que los seres humanos pueden transformar sus condiciones sociales, dediquémonos a ello -reparando injusticias y evitando crueldades- sin crear entre hombres y mujeres una enemistad simbólica que quizá termine por resultar contraproducente a la hora de hacer efectiva la deseable emancipación de ambos.

Logos y nomos

Óscar Monsalvo

Los jueces no están para frenar la voluntad del pueblo, decía hace unos días Marine Le Pen en un mitin en Nantes. La búsqueda “enemies of the people” en Google Imágenes lleva a la ya icónica portada del Daily Times, ésa en la que tres jueces eran acusados de traicionar al pueblo y a los 17,4 millones de votantes a favor del Brexit. Al otro lado del Atlántico, Trump libra una guerra contra la prensa, contra la unicidad de los hechos y, cómo no, contra los so-called jueces. Y aquí, el proceso catalán se ha convertido al fin en lo que ya era en potencia: una procesión. Los cofrades acompañan estos días a los condenados, a pesar de que en el fondo no hay distinción entre los unos y los otros, puesto que juzgar a Mas, a Homs o a Forcadell es juzgar la voluntad del pueblo (de Cataluña).

Le Pen, Trump, cierta prensa y los cofrades de todos los partidos enarbolan la bandera de la voluntad popular. Lo que menos importa es qué forma toma el sujeto que encarna esa voluntad: la gente corriente, los auténticos franceses, la América real. Lo importante es que volvemos al mito, al mundo regido no por el logos sino por el capricho de los dioses. Siempre habrá una excepción al imperio de la ley, una rendija por la que colar la arbitrariedad. Al fin y al cabo, a nadie le gusta rendirse ante un imperio considerado ajeno. Y siempre pensaremos que nuestra excepción es excepcional, que sólo las otras son excepciones inaceptables.

Volvemos continuamente a la la arbitrariedad porque en la batalla afectiva, que es la más importante, los populistas parten con ventaja. El diálogo y la democracia, que son palabras nobles, se contraponen al sometimiento a la ley, que es algo frío y nada épico. Pero la cuestión es que el diálogo exige orden racional, igual que la democracia exige ley. Sin lo uno y lo otro lo que hay son parodias de diálogo y de democracia, y el frente abierto para que triunfen los demagogos.

Así que, sí, los jueces están precisamente para frenar la voluntad del pueblo. Porque no siempre va a haber un Sócrates frente a los demagogos, y porque la razón sola no suele vencer a la turba, como cuenta Tsevan Rabtan en ¿Por qué la ley?

Vacunas Trump

Jose M. de Areilza

Cuando Robert Lee fue derrotado en 1865 se instaló en Washington College, una pequeña universidad en las montañas de Virginia. El general confederado encontró refugio en el campus de Lexington gracias a su mujer, descendiente del fundador de Estados Unidos. Lee se convirtió en un admirado rector y hoy este <em>college</em> se llama por la unión de dos nombres, Washington and Lee. El ilustre general animaba a  los estudiantes a superar las divisiones causadas por la contienda civil. En el código de honor que redactó solo les pedía que actuasen como caballeros. Esta exigencia de auto-corrección, moderación y sentido del deber, la esencia del mejor mundo anglosajón, parece haberse convertido en el paisaje de un país extraño.

Atravesamos con inquietud una etapa del mundo occidental en las que las costuras de la democracia liberal amenazan con romperse también en sus antiguas factorías. Los nuevos gobiernos de Gran Bretaña y en Estados Unidos son el resultado de sociedades profundamente divididas y con poca fe en el futuro. Sus dirigentes cabalgan con oportunismo la ola populista. Hablan de la globalización o de Europa con trazo grueso, como si los problemas comunes de la humanidad no fueran con ellos. América primero, recuperemos el control, ellos y nosotros. La hierba mala del nacionalismo excluyente y del proteccionismo económico crece en suelo anglo-americano. Theresa May puede acabar con la prosperidad en el Reino Unido y perder Escocia por su insistencia en un Brexit agresivo. Donald Trump ha pulverizado en muy poco tiempo el llamado “poder blando” de Estados Unidos, la capacidad de atracción de su país en las relaciones con otros, un capital inestimable que había recuperado Barack Obama. Pero el magnate neoyorkino puede acabar siendo una poderosa vacuna contra el populismo en el mundo occidental. Su estilo de poder revolucionario y tosco desprecia en grado sumo las formas, los procedimientos y las normas. Una parte de sus votantes, que no viven en el lado soleado de la globalización, le agradece estos excesos. Pero muchos callan preocupados y empiezan a tomarse el show de Trump como un argumento de reducción al absurdo, en buena lógica aristotélica. En unos meses puede ser el partido republicano el que declare que ha tenido sobredosis de insurgencia. Tal vez entonces el 45 presidente funcione como un antídoto. Un primer paso para volver a descifrar el código de honor del rector Robert Lee.

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