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Fakt you!

Manuel Arias Maldonado

Tal es el grito de guerra propuesto por Stefan Schmitt en Die Zeit contra el auge contemporáneo del posfactualismo: un contraataque basado en el señalamiento obstinado de los hechos ante quienes se empeñan en devaluarlos. Se trata de una propuesta voluntariosa y quizá no haya muchas más en la despensa. No obstante, otra posibilidad parece abrirse en la política española: la realización práctica de aquello que se niega en el discurso. Es como si la facticidad entrase por la puerta de atrás, por ser la única que se le ha dejado abierta. Así sucede con el despliegue de una Gran Coalición de facto y no de iure, parlamentaria antes que ejecutiva, que hoy como ayer constituye la única posibilidad de gobierno en nuestro país a la vista de los resultados arrojados por dos elecciones generales consecutivas. Habríamos podido llegar antes hasta aquí, pero no podemos decir que nos hayamos aburrido por el camino.

No hace falta puntualizar que la coalición de facto que despliegan en el Parlamento PP y PSOE, con la valiosa ayuda de Ciudadanos y el posible añadido del PNV, se diferencia en aspectos importantes de una Grosse Koalition formal a la alemana, donde ambos partidos comparten tareas de gobierno con arreglo a un programa minuciosamente pactado por conservadores y socialistas. Sin embargo, ambas comparten lo esencial: la voluntad de entendimiento entre los partidos mayoritarios en una coyuntura que así lo exige. Se sobreentiende que el partido más débil de los dos, en ambos casos el socialista, asume un mayor riesgo; pero por eso hablamos de una solución excepcional. Aunque potencialmente más inestable, la ventaja de nuestra coalición informal es que resulta más flexible y facilita la escenificación de los desacuerdos a tiempo para la próxima campaña electoral. Es cierto que no resulta excitante ni sexy, pero quien busque emociones fuertes siempre puede ir al cine.

Tras las elecciones de diciembre, algunos reclamamos ingenuamente una Gran Coalición capaz de dar a España estabilidad política y soluciones modernizadoras. Se adujo en contra que el sistema de partidos colapsaría, por falta de alternativas percibidas. Y aunque no pueda descartarse aún que así suceda, el riesgo hoy parece menor. A fin de cuentas, las nuevas realidades producen su propia ideología: la literatura comparada no siempre sirve para anticipar sus efectos. Por lo demás, el entendimiento entre PP y PSOE puede resultar beneficioso para la democracia española en un sentido amplio: supone un ejercicio de madurez que deja a un lado el infantilismo partisano (cuyo eslógan bien podría ser el célebre no es no del sanchismo), modera una cultura política demasiado inclinada al antagonismo irremediable, revaloriza el parlamento como espacio para la deliberación y la negociación (retratando a quienes se niegan a participar en ese proceso), y, al menos hasta el momento, ofrece un prometedor balance reformista. ¡Otra política es posible! Para un sistema político que iba cambio del precipicio, tampoco está mal.

Mucho dependerá de la capacidad de los implicados para sostener una colaboración eficaz y persuasiva; el rumbo puede torcerse en cualquier momento. Pero quienes andaban afinando las trompetas del apocalipsis, mejor harán en guardarlas en el estuche.

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Todavía globales

Valenti Puig

Foto: DARRIN ZAMMIT LUPI
Reuters

Quien sabe en qué estará pensando Chomsky ni qué queda de aquel Porto Alegre brasileño que iba a ser la nueva Roma de la antiglobalización. Lo que sabemos es que la aceleración del tiempo define nuestra época. La mentira como verdad existe desde siempre –con el paradigma de los “Protocolos de Sión”- pero la post-verdad es eso y algo más: su transmisión hiper-acelerada en el tiempo. Era inimaginable que tramas informáticas ubicables en Rusia pudieran intervenir en una elección presidencial norteamericana ni que un gurú del secesionismo catalán fuese a ver al Assange de Wikileaks  -refugiado en la Embajada del Ecuador en Londres- para ver como acelerar en los dominios del algoritmo la difusión expansiva del “procés” .

La tecnología y la globalización tienen su lado oscuro, su corazón de las tinieblas, pero a la vez generan libertad. Desde el gigante comercial chino Ali Baba a las impresoras 3-D o la ortopedia robótica, la alta tecnología incide en la reducción de las desigualdades en un mundo globalizado. No todo va a ser el “bitcoin”. Como rasgo de los nuevos populismos, el miedo a competir también es parte de la vida, pero no es el mejor consejero en materia de eficiencia y prosperidad. Una creación específicamente humana –decía Ortega- es la técnica y, gracias a ella, y en la medida de su progreso, el hombre puede ensimismarse pero también viceversa, el hombre es técnico, es capaz de modificar su contorno en el sentido de su conveniencia, porque aprovechó todo respiro que las cosas le dejaban para ensimismarse. Cuando el mundo miraba para otro lado en plena tragedia de Kosovo  un servidor llamado “anonymizer.com” ofrecía a los kosovares la oportunidad de enviar mensajes al exterior que no pudieran ser controlados por la autoridad. Hace ya años. “Mutatis mutandi”,  La tecnología hace posible que los terroristas operen con menos soporte de un Estado. El adoctrinamiento jihadista tendría un ritmo primario sin la potenciación de sus videos en “you tube”.

El telégrafo fue superado en su día por el teléfono, los periódicos tuvieron la competencia de la radio, del mismo modo que la televisión compitió con la radio y luego aparecieron la televisión por cable, pero lo que lleva tiempo ocurriendo – escribió Peter Huber-  es que las arquitecturas digitales tienen tal plasticidad que se adaptan en todos los sentidos y direcciones a los modos de los medios de comunicación tradicionales, reduciendo costes y con mejora de calidad y posibilidad de elección. Como contrapartida ya no tenemos libros ni despertador en la mesilla de noche: está nuestro iPhone que es lo último que miramos antes de dormir y lo primero al despertar.

   Ahora el movimiento antiglobalización es casi exclusivo de zonas ricas como Norteamérica –caso Bernie Sanders- y la Unión Europea. Los sindicalistas que protestan contra la globalización y contra el libre comercio cobran un salario que es diez veces superior a lo usual en el mundo en vías de desarrollo. El “on-line” ya compite con la televisión. Viajamos en vuelos “low cost”. 2008 ha sido un vía crucis para la clase media occidental mientras aparecen nuevas clases medias en China e incluso en África. ¿Todavía globales? En realidad, más globales. Más que un redoblado fervor de antiglobalización lo que se siente es la necesidad de una cierta gobernabilidad de Internet.

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Trump, el amigo abusón de Israel (y no su aliado)

Antonio García Maldonado

Foto: KEVIN LAMARQUE
Reuters

Las sospechas sobre la potencial colusión entre el equipo de campaña y Rusia para ganar las elecciones están llegando a un punto determinante. Pese al hermetismo del fiscal especial Robert Mueller, exdirector del FBI, así parecen indicarlo algunos hechos:

Primero, el discurso del taciturno secretario de Estado, Rex Tillerson, el pasado 29 de noviembre, en el que presentó su política hacia Europa diciendo que Rusia es una “amenaza activa” que “usa medios maliciosos para separarnos, incluidos los ciberataques y la desinformación”. Sorprendente en alguien que, al ser elegido, fue recibido con titulares que hablaban de él como “el amigo de Putin que dirigirá la diplomacia americana”. Su relación con Rusia y Putin cuando era presidente de la petrolera Exxon Mobile está acreditada. ¿A qué se debe ese cambio? La investigación de Mueller puede tener algo que ver.

Segundo, la autoinculpación del efímero exasesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn, el pasado día 1 de diciembre de haber mentido al FBI sobre sus contactos con funcionarios rusos antes y después de las elecciones. Su admisión de responsabilidad va a acompañada de una promesa de colaboración plena. Es decir, que tirará de la manta.

Y tercero, se repite una secuencia desde diciembre de 2016, sustentada en la clásica cortina de humo: cada vez que emerge el Russiagate o alguna otra polémica importante, Trump se acuerda de la embajada de Estados Unidos en Tel Aviv y de la necesidad de trasladarla a una Jerusalén reconocida como capital de Israel. Es una idea que todos los candidatos e incluso presidentes han barajado, pero sin llevarla a efecto y sin sacarla tanto a los medios. Trump sabe que esto genera polémica en el exterior y consenso en sus bases. La reacción suele ser casi automática. Algunos ejemplos:

— El 11 de enero, la web Buzzfeed publica el conocido como “informe Steele”, un documento de 35 páginas en las que Christopher Steele –ex agente del M16 británico y ahora director Orbis, su compañía de inteligencia corporativa– afirma que Trump estaba chantajeado por los rusos, que además de tener material comprometedor sobre él, le habían facilitado la financiación para reflotar sus empresas en plena crisis financiera. El 19 de enero, Trump afirmaba en la Chairman’s Global Dinner que no olvidaba “su promesa sobre Jerusalén” y que no era “una persona que rompa sus promesas”. Una semana después, matizaba: “es pronto para hablar de eso”. Pero había intentado que ese fuera el tema polémico de la semana. Abusando de (y no ayudando a) Israel.

— El 12 de febrero, Michael Flynn dimite tras varios días de escándalo por las filtraciones a la prensa que revelaban sus mentiras sobre los contactos con los rusos. El 9 de febrero el New York Times había revelado las pruebas finales e irrefutables del doble juego del (nada menos) Asesor de Seguridad Nacional. Al día siguiente, día 10 de febrero, Donald Trump vuelve a acordarse de la embajada y afirma que estudia “seriamente” el traslado a Jerusalén. Generó polémica, aunque no pudo tapar esta vez el escándalo Flynn. Pero lo intentó. Abusando otra vez de Israel.

— El 20 de marzo, el director del FBI James Comey confirma que investiga la potencial colusión entre los rusos y Trump y su equipo de campaña. El día 28 de marzo, el presidente Mike Pence declara en una conferencia de la AIPAC (American Israel Public Affairs Committee) ante 18 mil personas: “Tras décadas de simples promesas, ¡el presidente está considerando seriamente trasladar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén!”

— El 25 de abril, el Congreso de Estados Unidos acusa a Michael Flynn de incumplir la ley y de recibir pagos de gobiernos extranjeros. El 27 de abril el Pentágono informa de que se suma a la investigación. Durante esos días, y ante el viaje a Israel del presidente, varios diarios israelíes informan (gracias a filtraciones) de que Trump reconocerá a Jerusalén como capital en su siguiente visita. Cosa que no hizo finalmente pero que le sirvió para distraer la atención con la polémica generada fuera y el consenso en casa. Abusando otra vez de Israel.

— El 9 de mayo, Trump destituye a James Comey, el director del FBI que investigaba la conexión del entorno del presidente con funcionarios rusos. El 16 de mayo, la prensa revela que Trump habría pedido a Comey que hiciera la vista gorda con los delitos de Flynn. Eso ocurre pocos días antes del viaje que le llevaría a Arabia Saudí y al propio Israel. Comienza el 11 de mayo una polémica extraña en la que los medios israelíes, hablando a través de filtraciones de funcionarios de la Casa Blanca, dicen que Trump se negará a trasladar la embajada, aunque otros afirman que sí lo hará. La polémica no alcanza a un espectro mediático norteamericano centrado en el despido de Comey, pero Trump y su equipo lo intentan.

— No solo con los agobios de la trama rusa se acuerda Trump de la embajada. Tras los sucesos racistas de Charlottesville en agosto, el Congreso aprobó el 13 de septiembre una resolución de condena en la que, además, pedía con humillación al timorato presidente (“hay violencia y gente buena en ambos lados”) que por favor condenara los hechos y que se comprometiera a luchar contra el supremacismo blanco. La polémica deterioró su imagen, que por primera vez comenzó a resentirse en parte de sus bases. El 13 de septiembre los medios estadounidenses se hacían eco de una encuesta del American Jewish Committee que mostraba que el 77% de los judíos de EEUU suspendían al presidente Trump. En esta ocasión, pocos días después, la portavoz de la Casa Blanca no sólo dijo que Trump “está pensando seriamente trasladar” la embajada a Tel Aviv sino que además “considera la decisión de cerrar la embajada en Cuba” que había reabierto su antecesor Obama.

La decisión y firma del decreto que da carta de naturaleza al reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel viene precedida por avances sustanciales en la investigación de Mueller, que ha confirmado el pacto con Flynn. El fiscal especial sigue ahora el rastro del dinero de Trump, algo que solivianta al presidente. Los medios hablan, incluso, de la posibilidad de que éste lo destituya antes de que lo acuse de obstrucción y abra las puertas al impeachment. Sea como fuere, tras otra polémica en casa relacionada con la trama rusa, aparece la cortina de humo de la embajada y el reconocimiento de la capitalidad.

Medida que deteriora aún más la imagen de Israel en el mundo, pone más caros los apoyos árabes contra el terrorismo en el más cercano frente europeo, solivianta a los palestinos moderados, pone en una posición imposible a los partidarios de las negociaciones y da excusas a los más radicales, desde Irán hasta el Sahel. También nos lo pone muy complicado a aquellos que tenemos en Europa simpatías hacia Israel y la cultura judía y así lo manifestamos, como es mi caso. ¿Es un precio razonable para un reconocimiento simbólico de la Ciudad Santa como capital?

El deber de un amigo o un aliado sería decir que no. Pero Trump solo está en disposición de pensar en sí mismo. Ojalá Mueller culmine pronto su investigación y nos traiga buenas noticias para 2018. Por el bien de todos, y también –o sobre todo– de Israel. Mientras tanto, que nadie me elogie los checks and balances del sistema institucional americano.

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Catetizaron Bruselas

Jesús Nieto Jurado

Foto: YVES HERMAN
Reuters

No se me equivoquen. La fotografía que acompaña esta columna no es del ‘mayo francés’. No es París ni hay sueños nobles bajo el aguanieve belga. Es Bruselas llena de indepes y sus cuñados. No es tampoco una masa pidiendo el adiós a las armas de los terroristas. No esperen nada de eso: acaso vean ustedes que son gente de posibles aprovechando los festivos y con una excusa para visitar los mercadillos navideños. Anduvieron las redes colapsadas de guapa gente de Tarrasa ‘selfieando’ el histórico momento: patriotas por la democracia y una vuelta a Europa en Ryanair. Igual hay adoquines, pero lo que se ve es a 45.000 españoles de aldea y campanario que se conoce que no tienen nada mejor que hacer un jueves de diciembre. 45.000 catetos en la Eurocapital en busca de una pulmonía de vuelta a El Prat. Quizá no tengan nada mejor que hacer. Quizá sea una de estas imágenes que a los ‘Jordis’ (ese esperpento mortadelesco de la sociología ‘taleguera’, anverso y reverso del ‘golpismo amb barretina’) les ‘pone’ cantidad. Bruselas no es lo que se dice París en el 68, ni Nueva York, ni la Gran Vía de Madrid. Bruselas es un poblacho complejo venido a más que lleva soportando pataletas españolas y embajaditas de la España plural.

45.000 mozos y mozas por la libertad de los Jordis y sus presos adláteres; y por la independencia, que es casi como manifestarse por una reformulación del sistema métrico decimal. El sueño del aburrimiento genera monstruos: quizá porque sin Euroorden sólo queda agitar el mambo, y darle a entender a los funcionarios comunitarios esa cosa africana que tenemos aquí los mediterráneos escandalosos. Lacitos amarillos y dos constipados. Ahí quedó la cosa. Otro día en que catetizaron Bruselas y le vendieron la moto, sí, a más de un medio de comunicación comprado desde hace ya largo tiempo.
Por Sant Jordi…

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La epopeya de Vietnam

Pablo Mediavilla Costa

“El sur era más democrático, pero el lado que tiene menos dudas gana”, dice un anciano combatiente vietnamita en The Vietnam War, la serie documental recién estrenada por la PBS, la televisión pública norteamericana. La obra en diez episodios, construida con un apabullante archivo de grabaciones, fotografías y testimonios, como es norma en su director Ken Burns, es tanto una narración de la desastrosa contienda como un viejo cuento sobre la condición humana. Toda historia de guerra lo es.

Al margen, pues, de las singularidades, se aparece muy pronto la incapacidad del hombre para esquivar la tragedia, la llamada de la sangre. Los vietnamitas, arengados por un Ho Chi Minh decidido a expulsar al poder colonial francés, a cualquier poder foráneo -en Francia había probado el estudiante Ho la miel de la libertad-; y Kennedy, convencido (forzado a convencerse) de que en el pequeño apéndice asiático se libraba una batalla decisiva contra el comunismo.

La secuencia de hechos consumados, acciones y reacciones, errores y provocaciones es vertiginosa y fatal. La anticipación oracular del desastre en la voz de observadores en el terreno es escalofriante. “Cuando pones el primer soldado en tierra, ya no sabes cuántos más le van a seguir”, advierte Maxwell Taylor, general y embajador norteamericano en Saigón, al presidente Lyndon B. Johnson. Un conflicto clásico en su inevitabilidad; donde múltiples velos y fantasmagorías confunden y condenan a los protagonistas.

El hombre está y estará siempre solo y desarmado ante la muerte. Unos audios excepcionales de Kennedy, primero, y de Johnson, después; una suerte de diario hablado frente a una grabadora en el despacho más silencioso del planeta, los presenta superados por un dilema sin solución. “Me siento como un idiota en una tormenta de granizo en Texas; no puedo huir, no me puedo esconder y no puedo detenerla”, dice Johnson. Ho Chi Minh y Le Duan están también solos en la cumbre, y dispuestos a todo. En el laberinto morirán dos millones de civiles, un millón de soldados norvietnamitas y guerrilleros del Viet Cong, 250.000 soldados de Vietnam del Sur y 58.000 norteamericanos.

Abre Canetti Masa y poder con esta bella sentencia: “Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido”. Cabría añadir que la reacción natural del hombre es destruir lo que teme y desconoce. “Con cada vietcong detenido o muerto eliminaban a un soldado; pero con cada muerto o detenido por error, creaban diez nuevos soldados”, dice de los norteamericanos un miembro de las fuerzas especiales de Vietnam del Sur. Muchos veteranos repiten que no supieron leer al enemigo. Los vietnamitas dicen algo parecido: “No pensamos que llegarían tan lejos, pero ellos no entendían que no nos rendiríamos nunca”. La guerra como incomunicación radical; como diálogo mecánico de armas y muerte.

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