El Subjetivo
Hollywood, núcleo irradiador
Archivo / Festival de San Sebastián
26.09.2016 Hubo un tiempo en que la concesión del Premio Donostia del Festival de San Sebastián, que concluyó ayer, parecía una sentencia de muerte: más de una estrella falleció al poco de recibirlo. Irse distinguido de este mundo no deja de ser una suave ironía existencial, pero mejor así: tampoco se conoce aún a nadie que haya podido quedarse. En todo caso, esa supervivencia simbólica no constituye mayor problema para las estrellas norteamericanas: se saben ya miembros inmortales del mayor espacio mítico que ha dado el siglo XX. Y es que pocas veces habrá sido más fácil encontrar aplicación a esa oscura noción gramsciana del "núcleo irradiador". ¡Para radiaciones, las de Hollywood!

Aunque no fuera la primera industria global, vista la pujanza del comercio de algodón y café bajo el imperialismo librecambista, Hollywood se erige sin duda como la primera industria cultural planetaria. Su propia historia, impensable sin el impulso de la inmigración europea, así lo indica. Entonces como ahora, cineastas y actores cruzaban el Atlántico para trabajar con superiores medios técnicos y la promesa de un público más amplio: de Murnau a Malle. Así, poco a poco, el Hollywood clásico fue tejiendo una densa red semiótica y narrativa de la que aún no hemos logrado escapar. Ni queremos hacerlo, claro: somos cautivos de su mitología, sus imágenes, sus emociones.

Ni que decir tiene que la fábrica de sueños siempre tuvo una trastienda de pesadilla. Y es característico del genio de Hollywood que esas sombras se convirtieran en un tema propio: es la línea que conecta El crepúsculo de los dioses con Mullholand Drive, sombrías exploraciones del anhelo de fama y sus efectos destructivos. Pero también a Encubridora con Los odiosos ocho, que son westerns que reflexionan sobre el papel del western. Mientras tanto, la crítica de raíz marxista siempre ha denunciado a Hollywood como instrumento ideológico, una máquina de relatos que sirve -otra vez Gramsci- a la hegemonía yanqui. Es paradójico que fuera la crítica francesa la que descubrió en el director de estudios a un auteur con visión propia, mostrándonos que había arte detrás del entretenimiento. Y cuando esos jóvenes heterodoxos se lanzaron a hacer cine, se miraron en ese mismo espejo deformado: el primer Godard destruye y reconstruye admirablemente el clasicismo cinematográfico norteamericano.

Todavía hoy, medio siglo después de la irrupción de la nouvelle vague, seguimos mirando a Hollywood: a sus tesoros tanto como a sus desperdicios. A fin de cuentas, incluso el rebelde necesita una norma contra la que levantarse.