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Inglaterra para los ingleses

Manuel Arias Maldonado

“América para los americanos” es la divisa decimonónica que resumió la célebre doctrina Monroe, conforme a la cual Estados Unidos debía proteger con celo cualquier intervención europea en su patio trasero continental. Ahora, tras el voto favorable al Brexit, Theresa May parece empeñada en darle nueva vida. Al menos, en lo que al mercado laboral se refiere, donde habrá de aplicarse una discriminación positiva en favor de los favorecidos. O sea, de quienes disfrutan eso que el economista Branko Milanovic ha llamado “renta de ciudadanía”: los beneficios automáticos disfrutados por quienes nacen en un país rico. Una cuestión de suerte que convertimos -porque de alguna forma habremos de organizarnos- en un derecho.

Desde hace unos años, un proceso de renacionalización tiene lugar en buena parte de nuestro globalizado planeta. Este fenómeno se hace presente, papeleta de votación en mano, allí donde la nacionalidad ha sido fuente histórica de un bienestar que ahora parece amenazado. Esto significa que las clases medias occidentales, relativamente empobrecidas, contemplan con aprensión el surgimiento de una clase trabajadora global que llama a la puerta de sus sociedades. ¡Añoranza del Domund! Bastaba una limosna para despachar a la porción de humanidad que sufría los rigores de la economía planificada. Y por más que la crisis haya traído consigo un aumento de la desigualdad dentro de las sociedades ricas, donde no todos son ricos, el progreso global es indudable: si en 1981 más de la mitad de la población mundial aún vivía en la absoluta pobreza, ese porcentaje ha descendido hasta el 14%. Sumemos a eso la paulatina emergencia de una clase media asiática y latinoamericana.

Se diría, sin embargo, que nada de eso nos concierne. Sobre todo, porque las elecciones son rabiosamente nacionales y el debate público celosamente introspectivo: las estadísticas mundiales no sirven así para aplacar la frustración local. Eso explica que tan pocos líderes occidentales se atrevan a defender las ventajas de un librecambismo de rostro humano ante la doble pinza formada por el nativismo populista y el antiliberalismo neomarxista. Es una pena. Ya que la globalización va mucho más allá del PIB: también es extensión de los derechos humanos e imperio de la ley, innovación tecnológica y administrativa, seguridad alimentaria y farmacológica, hibridación cultural y tolerancia moral. No es poco.

Se trata, en fin, de un ideal digno de nuestros cuidados. Y si bien en el largo plazo su éxito está asegurado, sus retrocesos ocasionales infligen un daño civilizatorio considerable. Es una pena que Gran Bretaña, que tiene a un australiano presidiendo el Banco de Inglaterra y a un alemán dirigiendo el British Museum, cause baja temporal en la defensa de este noble empeño.

Lo que Trump (y algún otro) aprendió de Nixon

Antonio García Maldonado

El presidente Trump es pionero en Estados Unidos en la impudicia con la que exhibe su ignorancia y sus “ideas” retrógradas. A su lado, los villanos políticos que hemos tenido los progresistas hasta hace pocos años –Reagan, Thatcher, Bush hijo– parecen émulos de Olof Palme o Willy Brandt. Trump ha conseguido que los que creemos que el Estado tiene un papel esencial recordemos con melancolía a quien dijo aquello de que “el Gobierno es el problema, no la solución”. Sin embargo, el asunto de la Russian-Connection no muestra una práctica nueva, aunque se trate mediáticamente como tal en muchos casos.

Escandalizarse por las estrategias diplomáticas –más o menos explícitas– con la que todos los países intentan influir en otros de acuerdo a sus intereses estratégicos es más una muestra de ignorancia histórica que de sagacidad analítica. Putin tiene sus hackers y falsos diplomáticos como Kissinger tuvo a los suyos azuzando a lo más retrógrado del estamento militar de América Latina en la década de 1970. El Plan Cóndor no influyó sobre el resultado de unas elecciones; directamente acabó con ellas e instauró dictaduras represivas durante algunos lustros.

Pero no sólo no es nueva desde Estados Unidos; tampoco lo es en Estados Unidos. Trump parece aquí un alumno aventajado de uno de los políticos más turbios de la historia reciente, Richard Nixon. El candidato republicano, que en 1968 aspiraba a suceder a Lyndon Johnson (que no se presentaba a la reelección) tuvo noticia de que el Gobierno ultimaba un acuerdo de paz con Vietnam del Norte. Dirty Dick y sus asesores pensaron que aquello podría acabar con su campaña y enviaron emisarios a Vietnam para convencer a los dirigentes del país con el que estaban en guerra para que no firmaran aquel pacto. Que él les daría más una vez llegara a la Casa Blanca. Los vietnamitas se retiraron de un acuerdo que estaba hecho, para ira de Johnson, a quien los servicios de contrainteligencia habían avisado de los manejos de Nixon, que ganaría las elecciones. La grabación de la llamada de Johnson a Nixon en la que el primero acusa y el segundo se indigna por la acusación es un monumento sonoro al cinismo político.

Y hay otro caso reciente, que si no ha tenido más repercusión interna y externa es por el bien tan preciado que se busca salvaguardar: la paz en Colombia tras el acuerdo con la guerrilla más antigua de América Latina, las FARC. En las elecciones presidenciales en las que el presidente Santos consiguió la reelección, en 2014, la inteligencia colombiana tuvo conocimiento de que nada menos que el candidato del uribismo, Óscar Iván Zuluaga, había mantenido una reunión con un hacker a su servicio, quien estaba comprando información confidencial a funcionarios de inteligencia y militares corruptos, y que además había intervenido los correos de los negociadores gubernamentales en La Habana. El vídeo en el que el hacker le explica al candidato las ilegalidades que hace, ante la tranquilidad de éste, está disponible en Youtube. La idea nixoniana era boicotear el proceso. Curiosamente, la contrainteligencia colombiana utilizó a un español para desenmascarar toda esta estrategia uribista. Los implicados, aunque no el candidato Zuluaga, están en la cárcel. Una idea de patriotismo compartida con Nixon y Trump.

PS: ayer se cumplieron 26 años del intento de asesinato del presidente Reagan que le perforó el pulmón y a punto estuvo de acabar con su vida. Había llegado a la presidencia unos meses antes. El régimen de Jomeini no liberó a los 66 rehenes americanos que habían sido secuestrados en Irán hasta que Carter abandonó el Despacho Oval, con intención de humillarlo. Reagan, en cambio, envió días después a Carter a Alemania para que recibiera a los rehenes, porque había sido él quien había hecho la gestión y padecido el desgaste. Le cedió la medalla. Un republicano y un demócrata. Voilà le patriotisme.

Susana es susuna: todos a una

Gonzalo Gragera

De las Juventudes Socialistas del barrio del Tardón, en Triana, a los pasillos del ayuntamiento de Sevilla. Primeros años del nuevo siglo; cambio de milenio, mudanza en las bases del futuro socialismo andaluz, tan parecido, paradoja viene, al de la eclosión de los años ochenta. Por aquel entonces, Susana Díaz contaba veinticuatro años y un aval de nombres de poder en la selva de lo local y de lo regional, en esa micropolítica que sirve de ensayo, de preparación, de entrenamiento: terreno de juego en donde todo se reduce, en donde las posibilidades de crecer disminuyen, aunque ese pequeño espacio propicie mejores vistas al político joven con ganas de conocer el cómo funciona las redes internas un partido. Menor escala, sí, pero mayor cercanía, que traducido al verbo de las aspiraciones partidistas significa tenerlo todo más a mano, más próximo, más manejable, laboratorio de experiencias que llegarán una vez se cumpla la prometedora carrera política. En cuanto Madrid llame a la puerta.

Susana Díaz supo jugar sus cartas, y aprender de ellas, en esos años de juventud partidista. Juventud en la que consolidó cualidades que la han acompañado durante su trayectoria socialista. Dotes que ella misma demuestra, aunque de manera sibilina, en esta pugna por el poder del PSOE: capacidad para anular a los enemigos, y aquí la clave, sin que se note. En silencio. Tomando alianzas mediáticas –esa medalla de Andalucía a Antonio Caño, director de El País– y financieras –su amistad con Antonio Pulido, en La Caixa-; perpetrando la emboscada mediante las bases, la militancia; desgastando, de puro desconcierto y cansancio, las propuestas de sus rivales, que son López y Sánchez, sí, pero que fueron Pepe Griñán y Manolo Chaves. Recordemos la cita que el primero le apunta al segundo en cuanto se entera de que Díaz comentó en una rueda de prensa que ambos deberían dejar sus ocupaciones políticas debido al caso ERE: “Pepe, Susana nos ha matado”. Si así trató a sus mentores, ¿cómo lo hará con sus rivales?

Dicen que la cámara vieja del PSOE apoya a Díaz, y es cierto, aunque de motivos no vayan sobrados. Es un apoyo más de identidad que de convicción; más de “mal menor” que de confianza, incluso de caballo ganador, de me arrimo a quien me garantiza posición y puesto. La mayoría de los argumentos que se oyen tienen por contenido la abstracción de los ideales –sentido de Estado es uno de los más citados- o las vaguedades del discurso de aplauso mitinero, el carisma, que es la palabra de los que no tienen nada que decir. Así sucede en Andalucía, en donde todo es propaganda de la tele pública y abrazos a señores mayores en las residencias, a pesar de la reducción del dinero público a la sanidad. Mayor recorte de España. Pero Díaz controla la opinión, el gesto, la cúpula y el noticiero. Los cuatro puntos cardinales del político que apunta al cosmos nacional desde la autonomía, ese instrumento del que se benefició para alcanzar lo que de verdad ha ambicionado estos últimos cinco años, que no es la presidencia de Andalucía, sino de España. Susana es susuna: todos a una.

Anna al desnudo

Jesús Nieto Jurado

Foto: Manu Fernandez
AP Photo

Anna Gabriel, apellido arcangélico aunque le duela. Activista de oficio, de beneficio. Diputada en la que reside la soberanía autonómica -“a todo se llega degenerando”, que decía “el Guerra”- . Gabriel es de las que cardan la lana, la fama, y los huevos que se lanzan contra la sede del colonialismo español -léase constitucionalismo-. Ella ya nos anunció, como en una plegaria de Nueva Biblia, eso de que se adoptase un bebé mancomunado, amén de otras adecuaciones de la praxis a la teórica, que ella es activista y barretina; todo al mismo tiempo. Ella es la reducción del abertzalismo catalán a la disciplina férrera de un flequillo y dos pendientes. El mensaje, siempre, en la camiseta, pegado al corazón y a los pezones; allá donde dicen que habita Dios, el misterio o lo Sagrado. Pero lo vistoso de Gabriel, su aportación a la Historia, es esa vestimenta que oculta cuanto ignora o desprecia. Vista así, de rápida mirada, no sé qué aire se da de hermana resabiada del convento. Pero el ‘cuperismo’ es ese puchero de la eclosión de la Barceloneta, cuando por Cataluña hay implosión y la Barceloneta es una delegación de Magaluf.

Anna Gabriel ha entrado en nuestra vida como una primavera, como una brisa batasuna en la Historia canguelona del Principado y hasta de ‘Els Països Catalans’. Su última travesura fue tildar de facha -el miércoles- a Coscubiela por no reirle las gracias a los ‘cuperos’ en lo del asalto a la sede del PP catalán. Llamar facha sale barato, y el pobre Coscubiela no “halló cosa” (Quevedo) donde esconderse.

Anna Gabriel es el cambio; fuera de ella, el heteropatriarcado y Castilla. Avanti el Popolo…

Las 7 superpotencias culturales están en Florencia (y España no es una de ellas)

Redacción TO

Foto: Maurizio Degl Innocenti
AP Photo

La ciudad de Florencia acoge este jueves y viernes la primera reunión del G7 dedicada a la cultura, una iniciativa impulsada por Italia, un país que busca posicionarse en el primer plano de la defensa del patrimonio mundial. “En el origen de este proyecto está una evaluación que hicimos para el gobierno y que muestra que Italia dispone de un liderazgo cultural debido a la importancia de su patrimonio”, ha defendido Dario Franceschini, ministro italiano de Cultura.

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Irina Bokova, directora general de la UNESCO, siendo recibida por el alcalde de Florencia, Dario Nardella. | Foto: Maurizio degli Innocenti/AP Photo

“Italia busca transformar esta fuerza en acción en el plano internacional para introducir la noción de diplomacia cultural en la agenda de las naciones”, ha agregado. Este encuentro se celebra coincidiendo con la presidencia italiana del G7, cuyos jefes de Estado se reunirán a finales de mayo en la ciudad siciliana de Taormina.

En la reunión de dos días, los ministros de Cultura de los siete países se van a juntan en la ciudad de la Toscana para debatir el tema de la “cultura como instrumento de diálogo de los pueblos“. El jefe del gobierno italiano, Paolo Gentiloni, ha abierto oficialmente la cita cultural.

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Una reproducción del Arco del Triunfo de Palmira, en la Piazza della Signoria en Florencia | Foto: Maurizio Degl’ Innocenti/AP Photo

Franceschini ha destacado que los trabajos de preparación de esta cumbre deberían terminar en la elaboración de un documento final que perpetúe las reuniones del G7 en materia de cultura. “La atención de la opinión pública sobre la salvaguardia del patrimonio aumentó después de eventos traumáticos como la destrucción del sitio de Palmira por la organización Estado Islámico”, ha explicado el ministro italiano. El G7 reúne a Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Canadá e Italia.

España no forma parte del grupo, a pesar de ser el tercer país del mundo en bienes materiales declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, con 45, sólo por detrás de Italia (51) y China (48), también ausente.

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