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La posibilidad de una isla

Manuel Arias Maldonado

Foto: CHARLES PLATIAU
Reuters

Esta vez, los resultados se han parecido a los pronósticos. Y si lo mismo vuelve a suceder dentro de dos semanas, Emmanuel Macron se convertirá en el nuevo monarca republicano: un liberal progresista que ahuyentará el fantasma del populismo, confirmando tras lo sucedido en Holanda que la historia de su imparable ascenso no es la única que los medios de comunicación tienen a mano. De momento, el populismo parece situar su techo en torno al 20% de los votos, salvo allí donde las elecciones son presidenciales (USA, la venidera segunda ronda francesa) o se vota en referéndum (Brexit). No hay mejor prueba de las ventajas que presentan los sistemas parlamentarios, ni de la importancia decisiva de los diseños institucionales: la voluntad popular, mejor cuanto más mediada.

Es verdad que la mayor parte de los candidatos franceses han recurrido al lenguaje populista, presentándose casi sin excepción -incluido Macron- como figuras anti-establishment dispuestas a romper con las convenciones establecidas. ¡Signo de los tiempos! También lo es que las elecciones primarias suelen beneficiar a los candidatos más extremistas y de ahí que, como ha señalado Sudhir Hazareesingh, la figura del Presidente de la República sea cada vez menos mística y más partidista, tendencia que contribuye a explicar el inmovilismo político francés. En ese sentido, parece dudoso que un presidente sin partido, como sería Macron, pueda ser eficaz en un sistema político -la V República instaurada por De Gaulle- cada vez más disfuncional.

Dicho esto, el alivio que causa su victoria no puede ocultar la excepcionalidad de unos resultados expresivos del malestar que tantos franceses dicen padecer. Además del segundo lugar de Le Pen, un comunista que se declara admirador de Hugo Chávez alcanza el 19% del voto, mientras no llegan a la segunda vuelta ni socialistas ni conservadores. No está de más señalar que Macron ha tenido un poco de suerte: si Trump pudo ganar las primarias republicanas gracias a una abundancia de candidaturas que fragmentó el voto más ortodoxo, Macron ha sido el beneficiario de un proceso similar, pues el aumento del voto a los extremos ha dejado espacio para que su candidatura se colase por el estrecho centro. ¿Habría ganado Macron si el Partido Socialista hubiera presentado a Valls? Ese centro se verá considerablemente ampliado en la segunda vuelta, cuando el voto republicano se concentre contra la amenaza populista que representa el Frente Nacional. Es sintomático que Melenchon haya renunciado a pedir el voto para Macron: quien lucha contra el enemigo imaginario del fascismo no pierde ocasión de equivocarse.

Macron será, pues, presidente. Y lo será con un aparente mandato de cambio, aunque cabe dudar de la representatividad de su plataforma socioliberal y cosmopolita: el ballotage produce una ficción de unidad que pocas veces habrá sido más frágil. Por lo demás, ¿qué quieren exactamente los franceses? Seguramente ni siquiera ellos lo saben, a la vista de la rapidez con la que cualquier intento de reforma es bloqueado por manifestaciones y protestas. Salvo que el único objetivo de la protesta sea la protesta misma, claro; en cuyo caso el estado ideal del país será la campaña electoral permanente: un espacio para el antagonismo ritualizado que no se vincula a decisiones concretas y permite a las distintas tribus morales presentar sus enmiendas a la totalidad sin mancharse las manos.

En todo caso, el resultado de la segunda vuelta poseerá una fuerte carga simbólica, con influencia directa sobre el futuro inmediato de las democracias liberales. Se trata de un thriller que parece escrito por encargo, tal es la explicitud con que enfrenta entre sí a las dos concepciones del mundo que parecen dominar nuestro escenario político post-crisis: la defensa de la sociedad abierta frente a su cierre introspectivo. O sea: globalismo vs. nacionalismo, republicanismo vs. nativismo, realismo vs. nostalgia, pueblo vs. ciudadanía. Si los pronósticos se confirman y Macron vuelve a ganar, Francia volverá -inesperadamente- a la vanguardia política. Otra cosa es que algo cambie: la herida interior es demasiado profunda. Pero eso, en realidad, nadie lo espera.

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Nahuel Pérez Biscayart, actor de '120 pulsaciones por minuto': "Los jóvenes tratan el sida como algo del pasado"

Néstor Villamor

Foto: Céline Nieszawer
Avalon

Nahuel Pérez Biscayart está sorprendido: “Hoy las generaciones más jóvenes tratan el sida como si fuera algo del pasado”. Habla sin enfado pero con contundencia. “Conozco casos de gente joven a la que, de golpe, diagnostican y uno dice: ‘Guau, ¿cómo puede ser que después de tanto trabajo, después de tantas muertes, tanta lucha dada no haya disminuido?'”. La lucha a la que hace referencia es la que retrata 120 pulsaciones por minuto, una película sobre la crisis del sida en Francia en los años 90 que llega este viernes a España después del éxito amasado en la cartelera gala. Protagonizada por Pérez Biscayart y ganadora del Grand Prix, del premio FIPRESCI y de la Queer Palm en la pasada edición del Festival de Cannes, es el tercer largometraje de Robin Campillo, una de las revelaciones del cine francés actual.

“Era un tema que él había vivido, que el coguionista también había vivido, que el productor también había vivido”, cuenta el actor argentino, que tuvo que “afilar” su francés para este trabajo. “Entones uno empieza a decirse: ‘Esto es una historia que tiene detrás a un grupo muy tocado de manera íntima'”. Porque además de director de La resurreción de los muertos (2004) y de Eastern boys (2013), Robin Campillo también fue militante en los 90 de ACT UP-París, organización que centra 120 pulsaciones por minuto. Fundada a finales de los 80 como respuesta al silencio con el que François Mitterrand trataba las más de 2.500 muertes que anualmente dejaba la enfermedad en Francia, la entidad se propuso ponerle cara a la epidemia.

“Silence=Death” (Silencio=Muerte) era el eslogan que se podía leer en las camisetas de los activistas de ACT UP-París durante su primer die-in, una protesta en la que los militantes se se tumbaban en la calle fingiendo estar muertos a modo de reivindicación, de súplica y de doloroso presagio. No fue el único momento en el que la organización intentó llamar la atención sobre el problema que estaba causando el virus. Sus actos incluyeron colgar una pancarta en la catedral de Notre-Dame como crítica a la Iglesia Católica y envolver el Obelisco de la Concordia de París con un inmenso condón rosa para promover el uso del preservativo.

Es un ambiente que refleja 120 pulsaciones por minuto, cuyos personajes asaltan un laboratorio farmacéutico al grito de “Asesinos” para protestar contra la inacción de la compañía. Pérez Biscayart, que interpreta a Sean, rechaza la palabra “radical” para describir el funcionamiento de ACT UP-París. “Decir ‘radical’ a un grupo de personas que pintaba las paredes con sangre artificial me parece radical. Considerar que el valor material de una pared tiene más valor que una vida humana me parece radical”.

“Fuerza, sutileza y delicadeza”

120 pulsaciones por minuto despertó el interés de Pérez Biscayart desde el principio. “Leí un guion que tenía una fuerza y un nivel de sutileza y de delicadeza en los diálogos y en la construcción que me dejaron muy sorprendido. Me emocioné al leerlo, me reía, me pasaban cosas que raramente pasan cuando uno lee guiones”. Porque además de la esfera política, la cinta gira también hacia lo íntimo con una historia de amor en los tiempos del sida que aligera, con una pincelada de romanticismo, la película, en sí misma una fuente de conocimiento prácticamente inaccesible en aquellos años 90 que retrata el drama de Robin Campillo.

Pero a pesar de la información, disponible -ahora sí- en títulos como 120 pulsaciones por minuto, las muertes siguen ocurriendo. De ahí la sorpresa de Pérez Biscayart, que, como Sean, mira hacia la política: “El rol del Estado es todo en estos asuntos. Cuando hay una voz ahí muy fuerte que expande conocimiento e información a la población y que la educa, esas personas tienen la libertad de cuidarse, de saber y de protegerse”.

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Ideología de género y el género del columnismo

Enrique García-Máiquez

Un amigo de las redes sociales se extraña mucho en público y por privado de que yo escriba en The Objective, señalándome cierta querencia del medio por la ideología de género que él y yo consideramos una malandanza. Me ofrece una ocasión estupenda para reflexionar sobre el papel del columnista en los medios. Y si, de paso, podemos evitar cierto desconcierto en los lectores de una o de otra orilla, mejor que mejor.

Si el columnista sólo pudiese escribir en los medios afines, lo llevaría crudo. Siendo reaccionario, como es mi caso, iría listo de papeles. Sólo podría escribir pintadas en los muros de los palacios decrépitos, y eso tampoco, porque él estaría naturalmente en contra de los graffitti. También se perdería uno de los grandes placeres del escritor, que es ser leído por quienes piensan distinto, ganarse su respeto y, ojalá, a veces, su asentimiento.

Por parte del medio, también hay dos condiciones para que esta relación digamos transversal funcione. Que no esté engañado, por supuesto. Y seguro que aquí no es el caso. El jefe de opinión, que me fichó, me conoce de antiguo y de hondo. Cuando él hablaba de que habría diversas sensibilidades políticas en The Objective, de la socialdemocracia al centro-derecha, ya sabía él que yo me salía bastante del abanico, sin duda, pero es que quería que hubiese, de verdad, diversas sensibilidades. El segundo requisito es el respeto a la libertad del escritor, que aquí ha sido siempre exquisito. Llevo mucho tiempo escribiendo lo que me da la gana y nadie ha dicho ni mu.

Volviendo a la ideología de género, la presencia de voces discordantes (y la mía no es la única) es más importante si cabe. Porque, con independencia de que esa ideología esté equivocada o no, que ese no es el tema de esta columna y habrá que discutirlo después, lo más inminente y peligroso suyo es la unanimidad que pretende imponer, poco a poco, con presión creciente, en ámbitos cada vez más amplios de la esfera pública. Que, en tu pequeño ángulo oscuro, te dejen susurrar “no” es muy importante.

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Ultras reincidentes

Melchor Miralles

Ignacio Racionero, un seguidor ultra del Atlético de Madrid que estuvo detenido y pasó 11 días en prisión preventiva por la muerte del seguidor de la Real Sociedad Aitor Zabaleta en el año 1998, ha sido detenido como presunto autor de las tres puñaladas que recibió ayer un seguidor de su mismo equipo, el Atlético de Madrid, miembro también del grupo ultra Frente Atlético, tras la derrota de su equipo frente al Sevilla en las proximidades del Estadio Wanda Metropolitano.

Racionero, que ha cumplido condena durante 10 años por diferentes atracos, especialmente a farmacias, fue identificado por tres testigos del apuñalamiento, y se encuentra aún detenido en dependencias policiales a la espera de pasar a disposición judicial.

Hablamos del Frente Atlético, pero todos los grupos ultras son lo mismo, y sus miembros reinciden y reinciden, y aún hay directivas de muchos equipos de fuste que dan cobijo a estos vándalos peligrosos porque durante los partidos jalean a los jugadores, e incluso hay jugadores que coleguean con los ultras que les aplauden. En este último caso la víctima no era siquiera del equipo contrario, era uno de los suyos, quizá le miró mal, o vaya usted a saber, porque estos ultras son antes que nada violentos, y tiran de navaja con facilidad, porque van armados y para ellos la vida no vale nada, y menos aún la vida de otro. Los testigos cuentan que la víctima estaba en un bar hablando de fútbol, comentando el partido con otros colegas del Frente Atlético, cuando Racionero, inopinadamente, apareció y apuñaló tres veces al chaval, que era uno de los suyos, y lo sabía, porque llevaba una camiseta del grupo

Racionero pertenece a Suburbios Firm, una facción del Frente Atlético, y fue expulsado por el Atlético de Madrid como socio tras un asalto a un entrenamiento del equipo en Majadahonda, por encararse e insultar a jugadores y entrenadores junto a otros diez ultras.

Algunos de sus conocidos, en declaraciones a los medios, han calificado a Racionero como un tipo “inestable”, “que no distingue entre el bien y el mal”, y mantiene relaciones con el grupo ultra Hogar Social Madrid, a quienes apoya en sus acciones, siempre controvertidas.

Estos ultras reinciden. Por eso hay que vigilarles de cerca. Atacan, hieren y matan, y vuelven a hacerlo. La emprenden con los seguidores del equipo contrario o con quien sea, incluso con los suyos.

Los clubes y los responsables políticos y federativos han tardado mucho tiempo en tomarse en serio la lucha contra estos criminales que son bien vistos por quienes manejan la cosa por ser los que “ambientan” los partidos con sus cánticos y sus insultos a los adversarios. Se les ha bailado el agua, no se les ha combatido y perseguido como es debido, y las consecuencias han sido graves, y siguen dando disgustos y liándola, y como muestra lo sucedido el miércoles. Un chaval de 22 años herido de tres puñaladas tras el partido, y el presunto autor con múltiples antecedentes. No debía haber podido estar siquiera por allí, por los alrededores, armado con al menos un cuchillo. Algo ha fallado, y debieran contarnos qué y por qué. Porque, insisto, era reincidente. Podíamos estar hablando de otro muerto. La tercera puñalada que recibió, en la espalda, podía haberle costado la vida. Y el autor del ataque era conocido por sus antecedentes, graves, gravísimos. ¿Por qué estaba en los alrededores del estadio? ¿Llegó a entrar al Metropolitano y asistió al partido? No lo descarten, y sería gravísimo que hubiera sido así. Es necesaria una investigación porque estos hechos se pueden evitar, se deben evitar. Más aún con tanto reincidente como hay entre los ultras insoportables y canallas.

Continúa leyendo: Por qué gravar a la banca es una idea legítima

Por qué gravar a la banca es una idea legítima

Antonio García Maldonado

Foto: Andrew Kelly
Reuters

La idea de imponer una tasa finalista a los bancos que ha propuesto el PSOE merece más consideración que la burla habitual (muchas veces tan impúdicamente interesada) que se le dispensa a todo lo que venga de este partido. Sin entrar en si el destino final de dichos ingresos suplementarios (las pensiones) es el más adecuado, el Partido Socialista señala en la dirección correcta. El dinero está ahí, o en Apple o en Amazon o en Facebook, no en los autónomos ni en las pymes. Francia y Reino Unido aplican tasas parecidas, aunque no son finalistas.

Los argumentos en contra de la tasa no se sostienen. Se habla de que ese recargo lo pagarán los consumidores en forma de comisiones. Razonamiento que invalidaría cualquier tipo de impuesto indirecto. Como el IVA, que paradójicamente es el que más gusta a los que cargan contra la tasa bancaria. Basta con que se prohíba aplicar nuevas comisiones y las inspecciones sean estrictas al respecto, como se ha hecho ya en otros casos en el sector financiero tras la crisis. Respecto a que “es insuficiente” para la magnitud del problema, sería como pedirle al céntimo sanitario que financiara por sí mismo los sobrecostes del sistema de salud en vez de que ayudara un poco.

No obstante, son los economistas de la Escuela Austríaca, nada sospechosos de tener veleidades socialdemócratas, los que mejor legitiman la nueva tasa. Los representantes de esta escuela hablaban y hablan de Estados y bancos como una perniciosa “sociedad de socorros mutuos”. Al no tener que cubrir con sus depósitos el 100% del capital que prestan, la banca tiene capacidad de generar masa monetaria, amparada en un etéreo aval del Estado sostenido en un “too big to fail” que es innegable que ha funcionado todos estos años. Además, las entidades financieras, a diferencia de pymes y autónomos, cuentan con una institución pública (BCE) como prestamista y avalista de casi primera instancia, no de última. ¿A qué sector se le diseña y crea desde el Estado un banco malo para que no se manche con sus propias malas decisiones?

Por tanto, independientemente de la coyuntura de la crisis, es legítimo considerar que hay una dependencia estructural por la que los bancos deben contribuir más para reparar la crisis político-institucional, si queremos dar por superada la económica. Algo parecido a un cupo por los servicios prestados por el Estado, sin cuyo respaldo implícito los principales bancos se pensarían hacer muchos de sus grandes negocios, en España y en el exterior.

En una interesante columna publicada hace unos días, Ian Buruma, nuevo editor de The New York Review of Books, hacía algunas consideraciones agudas sobre Japón. Se preguntaba por qué no había allí populismos, por más que identificara en el primer ministro Shinzo Abe algunos rasgos ‘trumpianos’. Su diagnóstico conciso era que, por un lado, en Japón seguían funcionando instituciones de intermediación depauperadas en Occidente; y por otro, hablaba de una sociedad con uno de los impuestos de sucesiones más altos del mundo (aumentado en los últimos años, contra la tendencia general global). “La eficiencia no crea de por sí sensación de comunidad”, concluía.

También anotaba un rasgo interesante: los ricos japoneses no hacen ostentación de sus fortunas como hacen sus pares en Occidente, por no hablar de la que hacen gala los rusos o los chinos. El resultado es menos desigualdad y menos percepción de la desigualdad existente. Buruma obviaba rasgos muy negativos de Japón, pero señalaba dos problemas clave de nuestras sociedades, como son la mencionada falta de sensación de comunidad y la percepción de dos injusticias: la generacional y la de clase.

El populismo no ha causado la crisis institucional y política en la que estamos, es su principal síntoma. Si queremos revertir las causas, los bancos y las grandes empresas habrán de aportar mucho más porque habrá que repartir más y mejor. La pornografía financiera de bonus, sueldos disparatados, contratos blindados, pensiones inmorales, fortunas estratosféricas y ostentación yuppie en un entorno de salarios bajos y contratos cutres, tenía y tiene un coste. Parece increíble que creyéramos que no sería así.

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