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Normalidades democráticas

Manuel Arias Maldonado

Es sabido que los antiguos griegos concebían los regímenes políticos como formas degenerativas: la aristocracia mutaba en oligarquía, la democracia en tiranía. Más de dos milenios después, podemos incorporar otra degradación, no estrictamente política pero con consecuencias políticas: la tertulia convertida en tertulianismo. Porque la tertulia es una conversación amigable sin una finalidad determinada y el tertulianismo un ejercicio organizado de tribalismo moral. Seguramente aún quedan almas cándidas que creen, como hacían durante el auge de los periódicos gratuitos, que el consumidor de tertulias es un futuro lector de semanarios anglosajones. En realidad, ha sucedido lo contrario: las costumbres políticas más visibles -incluidas las formas parlamentarias- se han hecho más plebeyas. Y las tertulias, en alianza parasitaria con las redes sociales, algo tienen que ver.

No está claro que estas peculiares ceremonias de la confusión hagan diferentes a los españoles. A fin de cuentas, ocupan el lugar que en otras latitudes se reserva a la prensa amarilla. ¡Hasta para embrutecernos rehuimos la lectura! Pero el fenómeno es el mismo y refleja la evolución de la opinión pública desde sus orígenes allá por el siglo XVIII hasta la actualidad. Inicialmente, se trataba de la opinión de un público restringido, que era aquel capaz de emitir juicios sobre la realidad social y sus manifestaciones culturales: novelas, conciertos, dramas. A medida que se universalizó el sufragio y fueron surgiendo nuevos medios de comunicación, esa restricción informal desapareció y la noción de “público” pasó a designar a todo aquel dispuesto a emitir una opinión. Huelga decir que la autocomunicación de masas que las redes sociales hacen posible lleva esta tendencia al paroxismo: ser es opinar. En ese contexto, la tertulia política mantiene una estrecha relación con el poliálogo digital, al que nutre de opiniones y rasgos de estilo. De paso, alcanza a la población -menguante pero considerable- que vive aún desconectada. Su influencia es indudable.

Distinto es que hayamos de alarmarnos. Por el contrario, el tertulianismo es una manifestación natural del espíritu democrático y aun de la subjetividad ordinaria. Si las ideologías son atajos -cognitivos y afectivos- que simplifican el mundo para quienes no desean hacer el esfuerzo de desentrañarlo, las tertulias son su vehículo para mayorías: el lugar donde se escenifica el conflicto entre las distintas tribus morales, allí donde el antagonismo se ritualiza para solaz del voyeurdemocrático. Nada nuevo: también la deliberación en el ágora ateniense poseía carácter competitivo. Y aunque el refinamiento de un Sócrates no es norma en nuestros canales televisivos, recordemos que la democracia ateniense condenó a muerte al filósofo: una ejecución real que nosotros tratamos de limitar al terreno simbólico. ¡Algo hemos ganado!

Podemos aspirar a que las tertulias sean mejores: más edificantes, menos dañinas. Pero no hay democracia sin demagogia, como no hay prensa libre sin sensacionalismo, ni retórica sin sofistas. Mejor no hacerse muchas ilusiones.


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elSubjetivo_Versus_Tertulias_Campos

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Tocar de oído

Manuel Arias Maldonado

Foto: YVES HERMAN
Reuters

Hablamos mucho del obstáculo que, para el gobierno democrático de las sociedades contemporáneas, representa su complejidad. ¡Y con razón! Pero la crisis catalana nos demuestra que incluso los aspectos más sencillos de la organización política democrática constituyen una fuente inagotable de confusión ciudadana. Lo que de paso nos recuerda qué difícil es construir sociedades bien ordenadas y capaces de perseguir de manera justa la realización de principios básicos como la igualdad o la libertad. Aunque damos por supuesto el relativo bienestar del que disfrutamos, bien haríamos en recordar cada mañana qué frágiles son los acuerdos básicos de los que depende su continuidad.

Según parece, el ejercicio de la ciudadanía -no digamos del famoso “pensamiento crítico” en sus expresiones más cotidianas- consiste a menudo en tocar de oído. Lo vimos la pasada semana con el encarcelamiento preventivo de la cúpula soberanista, justificado en un auto judicial al que con la ley y los hechos en la mano no pueden hacerse demasiados reproches. División de poderes, imperio de la ley, actuación judicial: no es precisamente un rompecabezas de cien mil piezas. Pero incluso esos elementales mecanismos institucionales, concebidos ya en lo esencial por John Locke en el siglo XVII, son objeto de frecuentes malentendidos.

Son así muchos los ciudadanos que dicen sentir vergüenza por la democracia española al ver a unos políticos electos entrar en prisión, piensan que el Gobierno ha dado órdenes a la jueza, entienden que el encarcelamiento responde a delitos de opinión, ejercen de juristas a tiempo parcial o creen ver la sombra del franquismo al pie de cada farola. No me refiero a la reacción del independentismo; ni siquiera a la de quienes desde la izquierda populista juegan estas semanas al “fin de régimen” echando mano de un tremendismo mendaz. No, abundan los ciudadanos que opinan de manera bienintencionada y sin embargo poseen un conocimiento muy superficial de los asuntos en juego; algo que se pone de manifiesto en cuanto se inicia una conversación al respecto. Es lógico: trabajar cansa.

También habría que suponerle buena intención los académicos extranjeros -muchos de ellos acreditados desde hace años en la más acerada crítica del capitalismo liberal- que han enviado una carta a la Comisión Europea tras conocerse el auto de la juez Lamela. Demandan algo singular: que se cumpla el imperio de la ley en Europa. O sea: que se suspenda la vigencia de las leyes españolas cuya aplicación les parece inaceptable a la luz de los hechos. Claro que su interpretación de los hechos es más que dudosa. Mis colegas, por ejemplo, consideran que el acoso multitudinario a la Guardia Civil del pasado 20 de septiembre, prolongado durante al menos 14 horas, no fue más que un ejercicio pacífico de la libertad de expresión. “Esos hechos nunca pueden constituir un delito de sedición”, añaden, sin que parezcan haber leído el artículo 544 de nuestro Código Penal. El síndrome del abajofirmante se combina aquí con el orientalismo más perezoso. Jon Lee Anderson como paradigma: Francoland como entretenimiento.

Nada de esto es sorprendente. Nuestros juicios dependen de nuestro conocimiento. A menor conocimiento -de hechos, conceptos, instituciones, leyes-, más pobreza de juicio. O más dependiente este último de una impresión superficial de los acontecimientos. En fin de cuentas, la democracia liberal es un régimen afectivo de opinión limitado por las leyes, cuya esfera pública somete cotidianamente la complejidad a un inevitable ejercicio de simplificación. Y donde, como descubrimos con melancolía en estos momentos críticos, lo más simple puede resultar también demasiado complejo.

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España 155

Manuel Arias Maldonado

Foto: FRANCOIS LENOIR
Reuters

Tenemos tiempo -hasta la noche del lunes- para reflexionar sobre el paso sin precedentes que ha dado el gobierno con la activación del artículo 155 de la Constitución: en la vida, en fin de cuentas, siempre hay una primera vez. Pero salga lo que salga a estas alturas del Parlament, difícilmente se detendrá su aplicación, a pesar del carácter disuasorio implícito en la elucidación de las medidas que con él se proponen. Siguen unas notas al respecto.

1. Se ha venido discutiendo sobre si su aplicación está o no justificada, pues se interpreta que jamás hubo declaración de independencia; la última misiva del president vendría a confirmarlo. Sin embargo, el supuesto de hecho es incuestionable: tanto la violación de la Constitución que tuvo lugar en el Parlament los días 6 y 7 de septiembre como el daño al interés general de España (y por tanto Cataluña) pueden darse por acreditados. Si no hubo declaración de independencia (aunque mal puede “suspenderse” lo que nunca se declaró), ha habido cuando menos amenaza reiterada de declararla; a lo que se suma un estado de excepcionalidad social marcado por la movilización civil y el deterioro económico, con el consiguiente daño para los derechos e intereses de los ciudadanos catalanes.

2. Por supuesto, hemos oído ya muchas cosas: que la aplicación del 155 es “un fracaso de España”; que el artículo en cuestión es puramente ornamental; e incluso que es un artículo inconstitucional. Pero el comprensible malestar que pueda producirnos a todos su aplicación no debería conducirnos a la incongruencia (un artículo inconstitucional dentro de la constitución), los buenos deseos sin concreción de alternativas plausibles (“se podía haber evitado”) o la fuenteovejunización (fracaso de todos). Hemos llegado hasta aquí porque un gobierno autonómico se ha rebelado contra el Estado y, habiendo gozado de numerosas oportunidades para dar marcha atrás, no lo ha hecho. Habría sido deseable que la larga tradición española del amotinamiento no hubiera sido recuperada por el Govern, pero eso es exactamente lo que ha sucedido. Lo demás son paños calientes.

3. También la idea de que las medidas propuestas configuran un 155 hard pertenece al terreno de los buenos deseos, pues no se ha especificado en ninguna parte qué forma adoptaría un 155 soft. ¿O acaso puede intervenirse la autonomía, para devolverla a la legalidad, manteniendo en sus funciones a quienes la han vulnerado tan gravemente? Otra vez: que una medida nos disguste o abrume no significa que sea injustificada. Tampoco tiene mucho sentido pedir más concreción al artículo 155, pues su formulación ha de ser abierta; solo de ese modo podrá el gobierno de turno dar respuesta a un supuesto de hecho susceptible de adoptar muchas formas. En este caso, el pacto entre los partidos constitucionalistas está concebido para hacer frente a algo muy serio: la apropiación independentista de las instituciones catalanas y el empleo de todos los instrumentos públicos disponibles para la promoción de un fin -la secesión- que no cabe en el orden constitucional. Salta a la vista que ese fin se ha fomentado sin pausa mediante un ejercicio de persuasión colectiva basado en la propagación de una mentira tras otra. Aunque podemos formular el problema de otra manera: ¿de qué otro modo podría entonces el gobierno del Estado, en España o Alemania, desactivar la acción de un poder autonómico en rebeldía?

4. En un sentido puramente político, la respuesta del gobierno encaja con la definición del soberano que proporciona Carl Schmitt: soberano es quien decide en un estado de excepción. En otras palabras: quien ejerce el poder efectivo cuando reina el desorden. En nuestro caso, el Estado acaba de afirmar su poder porque otro poder, el del gobierno autonómico catalán, venía afirmándose como soberano desde los primeros días de septiembre. Sucede que el poder estatal es aquí poder legítimo, pues sus acciones están amparadas por la Constitución y las leyes e incluyen un conjunto de garantías que son propias del Estado de Derecho: entre ellas, la recurribilidad ante el Tribunal Constitucional y el derecho de intervención en el Senado de representantes de la autonomía intervenida. O sea que Schmitt sí, pero menos.

5. Asimismo, se ha cuestionado que el gobierno pueda cesar al president. Pero mal podría cumplir el artículo 155 su finalidad cuando el problema que motiva su aplicación es precisamente la conducta de un presidente autonómico. Es por eso que el texto constitucional habla de “adoptar las medidas necesarias”. O sea: no tendría sentido intervenir el gobierno autonómico manteniendo al primer responsable de su extravío constitucional. Se aduce, sin embargo, que ha sido votado democráticamente. Esto no es del todo cierto en el caso del señor Puigdemont, pero aun si lo fuera el argumento descansa en una concepción algo primitiva -o bastante poco liberal- de la democracia: ¿habría de mantenerse en el poder a cualquier dirigiente elegido por los ciudadanos, haga lo que haga con el poder que los votos le han conferido? Esto no lo admitía ni el iusnaturalismo medieval, que confería informalmente a los súbditos el derecho de rebelión allí donde el príncipe se convirtiera en tirano. Vox populi, vox dei? Ante el auge populista, volvemos siempre a la misma pregunta. Y a la misma respuesta: por supuesto que no. Esa implacable profesora que es la Historia nos ha enseñado de mil formas distintas que no puede sacralizarse la decisión popular. De ahí las cautelas contramayoritarias que distinguen a las democracias liberales: desde la división de poderes al imperio de la ley. Y es que ningún mandato democrático puede justificar un comportamiento destinado a vulnerar de manera grave el orden constitucional. Sea cual sea la cantidad de gente que salga a la calle para gritar lo contrario.

6. Con todo, una cosa es la pregunta sobre la oportunidad del artículo 155 y otra la pregunta sobre su eficacia. ¿Servirá para resolver el explosivo problema que tenemos entre manos? Se trata, me parece, de un debate distinto que no admite conclusiones tajantes; nadie lo sabe. Desde luego, el artículo no fue pensado sino para situaciones como ésta; que la ocasión misma se haya presentado es prueba irrefutable de su necesidad. Si bien se mira, solo cabía una alternativa: seguir esperando a que la situación alcanzase el grado de putrefacción. Pero ni la sociedad española ni la catalana podían seguir de manera indefinida pendientes de la conducta de un govern que ha perseguido -explícita y abiertamente- un objetivo inconstitucional, ilegal e ilegítimo. Esto hay que recordarlo: se trata de un derecho inexistente para cuya promoción se han capturado las instituciones del autogobierno catalán y una parte nada desdeñable de sus presupuestos públicos. Por supuesto, hay riesgos: desde el posible desorden público al resultado de las futuras elecciones autonómicas. Pero esos riesgos se derivan de la naturaleza misma del fenómeno secesionista y el gobierno, junto con los partidos que lealmente lo apoyan, no tiene más remedio que afrontarlos. Si es posible, con los ciudadanos detrás: porque ciudadanos concernidos somos y no meros observadores externos.

Son días vertiginosos, porque vértigo produce asomarse al abismo. Para algunos, la aplicación del artículo 155 supone de hecho arrojarse al vacío. Puede ser. Pero quizá algún día se vea como el primer paso atrás que evitó la caída: la de todos. Pronto, queramos o no, saldremos de dudas.

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Pudieron

Manuel Arias Maldonado

Foto: JUAN MEDINA
Reuters

La celebración de la asamblea de cargos públicos convocada por Podemos, que tuvo lugar ayer en Zaragoza, dejó dos noticias. Una es el lamentable incidente protagonizado por la “masa de acoso” (la categoría es de Elías Canetti) de extrema derecha que se congregó en Zaragoza para proferir insultos a los asistentes, tirar una botella a la Presidenta de las Cortes de Aragón y romper las lunas de un coche de TV3. Sucedía esto al final de la semana en que fue ordenado el ingreso en prisión del líder de Falange española por el asalto a la librería Blanquerna durante la Diada de 2013. La segunda noticia es el fracaso de la asamblea misma. Era previsible, dada lea extravagancia de la idea: reunir a representantes políticos de todo el país con objeto de crear una legitimidad paralela a la de las Cortes Generales. O sea, una suerte de poder dual capaz de debilitar la autoridad de Ejecutivo y Legislativo, haciendo frente común contra la “represión del PP” y defender el “derecho de autodeterminación de Cataluña”. Pero la noticia no está en la pobre asistencia, sino en el hecho mismo de la convocatoria. Es, como otras iniciativas de Podemos durante las últimas semanas, síntoma de una degradación.

Ya que Podemos, enfrentado a la más importante crisis institucional que ha vivido España desde el golpe de Estado del 23-F (crisis, me atrevo a decir, menos grave que ésta si pensamos que Tejero no iba a ninguna parte), no ha optado por la defensa del orden constitucional. Más bien se ha dedicado a denunciarlo como autoritario y represivo: hablando de unos inexistentes “presos políticos”, denunciando un inexistente “Estado de excepción”, alineándose con los partidos separatistas que demandan la celebración de un referéndum ilegal. ¡Incluso colapsaron la calle Zurita de Lavapiés! Abundan así en su “resignificación” de la sociedad española como mera continuidad del franquismo, que tanto furor causa entre jóvenes y nostálgicos. Han confirmado así que prefieren ser una fuerza destructiva antes que constructiva, dejando de paso al PSOE el espacio que necesitaba para relanzarse electoralmente a su costa prometiendo diálogo dentro de la ley. Mejor desestabilizar en los márgenes que influir en el centro.

¡Ocasión perdida! La democracia española es, como todas, imperfecta. Podría haberse beneficiado de la acción de un partido que, habiendo demostrado una gran habilidad a la hora de canalizar en su favor legítimos sentimientos de frustración y nobles deseos de cambio, los ha distorsionado por fidelidad a su estrategia: divisiva a fuer de populista. De manera que Podemos ha preferido la hipérbole al realismo, la agitación al diálogo, el rupturismo al reformismo. Y con ello, perdemos todos. Es una lástima, porque pudieron. Pero nunca quisieron.

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¡A leer en la Rentrée 2017!

Redacción TO

Foto: HEINZ-PETER BADER
Reuters

Volver a la realidad es duro, lo sabemos, es por eso que la rentrée es la época ideal para refugiarse en la lectura y permanecer -aunque sea por instantes- en mundos, tiempos e historias que no son los nuestros. Aquí las recomendaciones de cuatro de nuestros Subjetivos para dejar que el cuerpo regrese a los hábitos y a los zapatos con calcetines, mientras el alma divaga un poco más.

El criterio de la selección, como era de esperarse es completamente subjetivo, y por lo tanto hay de todo un poco, desde novedades editoriales, premios Pulitzer, autores a los que vale la pena regresar, periodismo, historia… en fin, lo único que tienen en común todos estos libros, es que definitivamente vale la pena leerlos.

¡Esperamos que los disfruten!

¡A leer en la Rentrée 2017! 1

Recomendaciones de Laura Ferrero

Llevábamos veinte años esperando que Arundhati Roy, autora de la deslumbrante novela El dios de las pequeñas cosas (Anagrama), volviera. Lo ha hecho con El ministerio de la felicidad suprema, una historia llena de personajes hechos añicos. Con cada uno de esos pedacitos, Roy nos cuenta parte de la historia de la India y nos habla del remedio que en ocasiones tiene aquello que está roto, el amor.

La novela El ferrocarril subterráneo (Random House), de Colston Whitehead, ganadora tanto del Premio Pulitzer 2017 como el National Book Award, es una historia sobre esclavitud que mezcla realidad y ficción y revuelve en torno a esa  cuestión tan universal que dice que es posible escapar al propio destino.

“Yo tenía nueve años cuando mi madre me tiró por la ventana de un vehículo en marcha”, así empieza Trevor Noah sus Memorias tragicómicas de mi infancia en el Apartheid (editado por Blackie Books), un libro que promete estar, como mínimo, a la altura de Instrumental de James Rhodes.

¡A leer en la Rentrée 2017! 3

Recomendaciones de Manuel Arias Maldonado

La mente naufragada: reacción política y nostalgia moderna, de Mark Lilla (Debate). Un libro interesantísimo sobre la genealogía y naturaleza del pensamiento reaccionario, a no confundir con el conservadurismo, de la mano de uno de los más destacados historiadores de las ideas del panorama contemporáneo.

Populismos, Fernando Vallespín y Máriam Martínez-Bascuñán (Alianza) / Contra el populismo, José María Lasalle (Debate). Dos jugosas novedades editoriales dedicadas a desentrañar el inagotable fenómeno del populismo político. De un lado, José María Lassalle, político de vocación académica o viceversa; del otro, dos figuras mayores de nuestra teoría política que unen fuerzas y perspectivas generacionales. Food for thought.

Historia universal de Don Juan. Creación y vigencia de un mito moderno, Edgardo Dobry (Arpa). Magnífica indagación sobre uno de los mitos más propiamente europeos, ese don Juan que desde Zorrilla a Fellini ha atravesado las literaturas nacionales y las modas culturales sin perder vigencia. Dobry se pregunta por sus representaciones, su función, sus significados. El resultado es original y estimulante.

Y por último, Bajo el signo de la melancolía. Cine, desencanto y aflicción, de Santos Zunzunegui (Cátedra). Uno de nuestros mejores analistas cinematográficos propone un estudio temático sobre el cine de la melancolía, a través de sus distintas facetas: la postración, las ruinas, la descomposición, el temperamento melancólico. El vehículo son, claro, películas y cineastas que encarnan la melancolía o la abordan en su cine: Welles, Godard, Visconti y demás hijos de Saturno.

¡A leer en la Rentrée 2017! 2

Recomendaciones de Joseba Louzao

Decía William Faulkner que el pasado nunca muere y que ni siquiera es pasado. En nuestro país esta afirmación es más que una mera boutade. Por esta razón hay que destacar los dos tomos de una Historia contemporánea de España (Taurus),  encabezada por Jordi Canal, uno de nuestros más sagaces e internacionales historiadores, que llegarán a las librerías para ayudarnos a comprender los vicisitudes de nuestros dos últimos siglos.

No es la única novedad que nos hará girar nuestra mirada hacia atrás. Estamos en el centenario de la Revolución rusa por lo que no estaría de más disfrutar de 1917. La Revolución rusa de Rex A. Wade (La Esfera de los Libros). ¿Se puede contar esta historia de forma novedosa? Wade lo consigue porque incluye protagonistas que hasta la fecha no eran más que secundarios desconocidos y nos lleva a repensar las diversas interpretaciones sobre el proceso revolucionario.

Y una última recomendación para aquellos que lleven mal la vuelta a casa después de las vacaciones: Diccionario de Nueva York de Alfonso Armada (Península), un recorrido sentimental por la ciudad en mayúsculas a través de historias cotidianas, con sus habitantes y su particular callejero.

¡A leer en la Rentrée 2017! 4

Recomendaciones de Antonio García Maldonado

Amando a Pablo, odiando a Escobar, Virginia Vallejo (Península)Vallejo relata muy bien la intermitencia y los altibajos de su relación pasional con el hombre que pasó de ser el ídolo del país a ser el hombre más perseguido de Occidente y la encarnación del mal en Colombia. Es también un buen resumen de los años de plomo colombianos, con el auge de los cárteles de Medellín y Cali, hasta la muerte de Escobar en 1993. Y, sobre todo, es un retrato despiadado de su élite cómplice, donde aparecen nombres que no son ajenos a su vida política actual. Hay varias afirmaciones que afectan a los expresidentes Samper, Betancourt, Alfonso López Michelsen y, la mayor sorpresa, a Álvaro Uribe, que entonces dirigía Aeronáutica Civil.

Dejé hace unos años de leer a Paul Auster por mi pedantería adolescente. No había razones literarias para un abandono tan drástico. Lo leía demasiada gente, y yo entonces me creía único, o aspiraba a serlo. Se me pasó la tontería, y volví a escuchar los boleros que escuchaban mis padres, y que en aquella época despreciaba por sus letras “básicas y antiguas” frente a las de mis sofisticados grupos indie. En estos años me he dado cuenta de que las letras de los boleros tenían razón, y me pregunto si Paul Auster no la tendrá también. Un buen momento para volver a leerlo. Según leo en los paratextos, 4321 (Seix Barral) establece caminos distintos  para el protagonista en función de las decisiones que toma en momentos importantes de la historia americana del siglo XX. Tengo menos paciencia con los juegos literarios que con los cochecitos de mi sobrino, pero siempre me gustó cómo trata Auster las identidades propias en conflicto, la gestión de las contradicciones.

Mundo Antiguo, de Jerry Toner (Turner) Jerry Toner es un historiador inglés especializado en la vida cultural de las civilizaciones antiguas. En España ya ha sido publicado Sesenta millones. La cultura del pueblo en la antigua Roma (Crítica, 2012) y Turner presenta en septiembre Mundo Antiguo, que he tenido el placer de traducir. Es un libro breve que sirve como introducción para conocer cómo vivían los antiguos (desde Persia y Grecia al imperio Han en China). Toner se encarga del día a día de los esclavos, de los jornaleros, de los pequeños profesionales que han quedado a la sombra de los relatos de batallas o de las biografías de los grandes emperadores. Y desmonta estereotipos. En apenas 180 páginas nos cuenta cómo era la medicina clásica, qué males padecían los antiguos, qué comían y bebían, cómo eran sus casas, cómo se divertían, qué prácticas sexuales estaban más extendidas o cómo era su relación con la muerte.

Tres periodistas en la revolución de Asturias, de Manuel Chaves Nogales, Josep Pla, José Díaz Fernández. La editorial Libros del Asteroide continúa con la publicación de las obras del periodista sevillano Manuel Chaves Nogales (1897-1944), culmen de nuestro periodismo antes, durante y tras nuestra guerra civil en distintos diarios nacionales. Representante de la España moderada que no encontró acomodo en un contexto de trincheras, fue uno de los observadores más agudos de su momento histórico (además de un excepcional biógrafo), no solo en España. Asteroide rescata ahora los textos que el maestro periodista escribió tras el levantamiento revolucionario en Asturias y su posterior aplastamiento por las fuerzas de orden público en 1934. Será interesante leer las observaciones de Chaves Nogales sobre un hecho que fue cardinal en el relato exculpatorio que los golpistas de julio de 1936 impusieron tras su victoria. Con el aliciente de aparecer junto a las crónicas que escribieron otros dos maestros del oficio de la época, con una visión que, a priori, adivinamos distinta dadas sus diferencias ideológicas: el escritor ampurdanés Josep Pla y el político del Partido Radical-Socialista José Díaz Fernández. Una de las prioridades de la rentrée.

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