El Subjetivo
Normalidades democráticas
Manuel Arias Maldonado / Normalidades democráticas
29.11.2016 Es sabido que los antiguos griegos concebían los regímenes políticos como formas degenerativas: la aristocracia mutaba en oligarquía, la democracia en tiranía. Más de dos milenios después, podemos incorporar otra degradación, no estrictamente política pero con consecuencias políticas: la tertulia convertida en tertulianismo. Porque la tertulia es una conversación amigable sin una finalidad determinada y el tertulianismo un ejercicio organizado de tribalismo moral. Seguramente aún quedan almas cándidas que creen, como hacían durante el auge de los periódicos gratuitos, que el consumidor de tertulias es un futuro lector de semanarios anglosajones. En realidad, ha sucedido lo contrario: las costumbres políticas más visibles -incluidas las formas parlamentarias- se han hecho más plebeyas. Y las tertulias, en alianza parasitaria con las redes sociales, algo tienen que ver.

No está claro que estas peculiares ceremonias de la confusión hagan diferentes a los españoles. A fin de cuentas, ocupan el lugar que en otras latitudes se reserva a la prensa amarilla. ¡Hasta para embrutecernos rehuimos la lectura! Pero el fenómeno es el mismo y refleja la evolución de la opinión pública desde sus orígenes allá por el siglo XVIII hasta la actualidad. Inicialmente, se trataba de la opinión de un público restringido, que era aquel capaz de emitir juicios sobre la realidad social y sus manifestaciones culturales: novelas, conciertos, dramas. A medida que se universalizó el sufragio y fueron surgiendo nuevos medios de comunicación, esa restricción informal desapareció y la noción de “público” pasó a designar a todo aquel dispuesto a emitir una opinión. Huelga decir que la autocomunicación de masas que las redes sociales hacen posible lleva esta tendencia al paroxismo: ser es opinar. En ese contexto, la tertulia política mantiene una estrecha relación con el poliálogo digital, al que nutre de opiniones y rasgos de estilo. De paso, alcanza a la población -menguante pero considerable- que vive aún desconectada. Su influencia es indudable.

Distinto es que hayamos de alarmarnos. Por el contrario, el tertulianismo es una manifestación natural del espíritu democrático y aun de la subjetividad ordinaria. Si las ideologías son atajos -cognitivos y afectivos- que simplifican el mundo para quienes no desean hacer el esfuerzo de desentrañarlo, las tertulias son su vehículo para mayorías: el lugar donde se escenifica el conflicto entre las distintas tribus morales, allí donde el antagonismo se ritualiza para solaz del voyeurdemocrático. Nada nuevo: también la deliberación en el ágora ateniense poseía carácter competitivo. Y aunque el refinamiento de un Sócrates no es norma en nuestros canales televisivos, recordemos que la democracia ateniense condenó a muerte al filósofo: una ejecución real que nosotros tratamos de limitar al terreno simbólico. ¡Algo hemos ganado!

Podemos aspirar a que las tertulias sean mejores: más edificantes, menos dañinas. Pero no hay democracia sin demagogia, como no hay prensa libre sin sensacionalismo, ni retórica sin sofistas. Mejor no hacerse muchas ilusiones.


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