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Normalidades democráticas

Manuel Arias Maldonado

Es sabido que los antiguos griegos concebían los regímenes políticos como formas degenerativas: la aristocracia mutaba en oligarquía, la democracia en tiranía. Más de dos milenios después, podemos incorporar otra degradación, no estrictamente política pero con consecuencias políticas: la tertulia convertida en tertulianismo. Porque la tertulia es una conversación amigable sin una finalidad determinada y el tertulianismo un ejercicio organizado de tribalismo moral. Seguramente aún quedan almas cándidas que creen, como hacían durante el auge de los periódicos gratuitos, que el consumidor de tertulias es un futuro lector de semanarios anglosajones. En realidad, ha sucedido lo contrario: las costumbres políticas más visibles -incluidas las formas parlamentarias- se han hecho más plebeyas. Y las tertulias, en alianza parasitaria con las redes sociales, algo tienen que ver.

No está claro que estas peculiares ceremonias de la confusión hagan diferentes a los españoles. A fin de cuentas, ocupan el lugar que en otras latitudes se reserva a la prensa amarilla. ¡Hasta para embrutecernos rehuimos la lectura! Pero el fenómeno es el mismo y refleja la evolución de la opinión pública desde sus orígenes allá por el siglo XVIII hasta la actualidad. Inicialmente, se trataba de la opinión de un público restringido, que era aquel capaz de emitir juicios sobre la realidad social y sus manifestaciones culturales: novelas, conciertos, dramas. A medida que se universalizó el sufragio y fueron surgiendo nuevos medios de comunicación, esa restricción informal desapareció y la noción de “público” pasó a designar a todo aquel dispuesto a emitir una opinión. Huelga decir que la autocomunicación de masas que las redes sociales hacen posible lleva esta tendencia al paroxismo: ser es opinar. En ese contexto, la tertulia política mantiene una estrecha relación con el poliálogo digital, al que nutre de opiniones y rasgos de estilo. De paso, alcanza a la población -menguante pero considerable- que vive aún desconectada. Su influencia es indudable.

Distinto es que hayamos de alarmarnos. Por el contrario, el tertulianismo es una manifestación natural del espíritu democrático y aun de la subjetividad ordinaria. Si las ideologías son atajos -cognitivos y afectivos- que simplifican el mundo para quienes no desean hacer el esfuerzo de desentrañarlo, las tertulias son su vehículo para mayorías: el lugar donde se escenifica el conflicto entre las distintas tribus morales, allí donde el antagonismo se ritualiza para solaz del voyeurdemocrático. Nada nuevo: también la deliberación en el ágora ateniense poseía carácter competitivo. Y aunque el refinamiento de un Sócrates no es norma en nuestros canales televisivos, recordemos que la democracia ateniense condenó a muerte al filósofo: una ejecución real que nosotros tratamos de limitar al terreno simbólico. ¡Algo hemos ganado!

Podemos aspirar a que las tertulias sean mejores: más edificantes, menos dañinas. Pero no hay democracia sin demagogia, como no hay prensa libre sin sensacionalismo, ni retórica sin sofistas. Mejor no hacerse muchas ilusiones.


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Afterparty

Manuel Arias Maldonado

Foto: SUSANA VERA
Reuters

Las fiestas populares que salpimentan el verano español han alcanzado ya su primera cima en los sanfermines pamplonicas, a la espera de que tengan lugar la así llamada tomatina de Buñol y la multitudinaria Feria de Málaga, sin desmerecer otras aglomeraciones de similar alcurnia y éxito turístico. Eso sí, ninguna puede competir en cobertura mediática con los encierros taurinos de la capital norteña: si se hace necesario interrumpir la llegada de la humanidad a Marte para que los españoles pueden ver a los Miura correr despavoridos entre miles de personas ataviadas con una camisa blanca y un pañuelo rojo, Televisión Española no tiene problema en hacerlo. ¡Solo faltaría! De creer a los más avezados intérpretes de la fiesta, el servicio público consiste aquí en mostrar a los ciudadanos un rito milenario que, enfrentando al ser humano y a la bestia arquetípica, nos recuerda la condición mortal de nuestra especie y su secular oposición simbólica al resto de la naturaleza. Todo ello, se entiende, mientras recogemos el palillo de dientes que se ha caído encima de nuestras chanclas en pleno mediodía canicular y nos disponemos a dormir una siesta de dos o tres horas.

Se diría que el reloj de la Ilustración tiene cuerda solo hasta cierto punto: ni el propósito originario de hacer mejores a los ciudadanos, ni aquello que la ciencia pueda decirnos sobre la vida mental de los animales tiene la menor importancia ante el imperativo supremo de pasárselo bien. Supongo que las divisorias ideológicas ejercen aquí su influencia: detrás de los reparos ante estas multitudes enfervorecidas solo puede haber un millennial reblandecido por el confort bienestarista o un fanatizado votante de Pacma. Pero, ¿por qué pelearnos? La tomatina de Buñol y la Feria de Málaga, no digamos las celebraciones de los títulos futbolísticos, demuestran sobradamente que el ser humano se basta y se sobra para divertirse sin necesidad de implicar a otras especies. Nunca viene mal, todo sea dicho, el apoyo entusiasta de los poderes públicos y de un sector turístico del que tantos presupuestos municipales -y votos- dependen. Si algo se echa en falta, es que esos mismos municipios subvencionen la huida forzosa de aquellos vecinos que no comparten el mismo esprit de corps y rehúsan, sin duda ignorantes de las explicaciones que la teoría evolutiva proporciona sobre los beneficios afectivos de las fiestas de masas, sumarse a la corriente. La idea de que esas autoridades hayan de elevarse por encima del gusto de los ciudadanos cuando de actividades públicas se trata debe desecharse como una mera extravagancia. 

Tienen razón los antropólogos: una sociedad, por moderna que sea, se define también por sus mitos. Y éstos son los nuestros. Que siga la fiesta.

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Una década después: Cinco lecciones de la crisis

Ferrán Caballero

Dicen que de la experiencia se aprende, pero yo no soy tan optimista. Estas son, de todos modos, las lecciones que creo que deberíamos haber sacado de esta larga crisis.

1- La alternativa al capitalismo real es el extremismo antisistema. Cuando empezó la crisis, y empezó a decirse que era una crisis sistémica y no sólo económica, los más valientes llegaron a decir que había que refundar el capitalismo para darle un rostro más humano. A estas alturas deberíamos haber visto que la única alternativa al sistema capitalista es la antisistema. Y que esa no es una alternativa seria.

2- La libertad sin responsabilidad sale carísima. Decían que era una crisis de valores, y a estas alturas ya sabemos que es de necio escuchar valor y no preguntar el precio. Los rescates bancarios nos salieron carísimos, también porque nos impidieron ver cómo el valor de la responsabilidad es el premio y no el precio de la libertad.

3- La protección nos hace dependientes. Y la dependencia nos hace más vulnerables y por lo tanto menos libres. Se sigue lógicamente de la lección anterior, y explica por qué quienes más han sufrido la crisis han sido los más necesitados. De aquí el principio liberal de que para ser libres debemos protegernos tanto de la fortaleza del Estado como de su debilidad.

4- La soberanía es de quien se la puede pagar. Los nostálgicos de la vieja soberanía deberían quejarse menos de la austera Merkel que de sus derrochadores gobiernos. Uno sólo puede tener la libertad que puede costearse, y eso a menudo quiere decir hacer menos de lo que le gustaría.

5- No hemos aprendido nada. En momentos de incertidumbre tendemos a refugiarnos en nuestros principios o prejuicios, que para eso están. Y tendemos a blindarnos contra los hechos que los contradicen, porque de nada sirve alimentar el temor con dudas.

Es célebre la cita de Santayana que dice que “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Se suele leer aquí que el pueblo que conoce bien su historia puede ahorrarse errores como los del pasado, pero yo no soy tan optimista. Más bien me parece que para poder repetir la historia habría que conocerla con un detalle inalcanzable a la razón humana. Y que si no aprendemos de nuestros errores pasados al menos tampoco sabremos cómo cometerlos de nuevo. Cometeremos otros, claro, pero espero que esto les sirva de consuelo.

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La izquierda de las naciones

Ricardo Dudda

El PSOE de Pedro Sánchez compró el relato de Podemos e Izquierda Unida de que el partido no es suficientemente de izquierdas, en lugar de controlar el discurso y determinar qué es ser de izquierdas en el siglo XXI. Ser de izquierdas en el siglo XXI casa difícilmente con una declaración del país como plurinacional. España es multicultural y diversa. Tiene diferentes lenguas. Un Estado moderno debería respetar las diferencias y fomentar su reconocimiento sin mencionar naciones históricas ni atavismos.

En el PSOE afirman que su afirmación de la plurinacionalidad no trocea la soberanía, pero crea regiones más privilegiadas que otras: están las naciones y luego las comunidades autónomas. Y las naciones, en tanto naciones, necesitan un trato especial. Y cuando se reconoce simbólicamente una nación el siguiente paso es reconocer su soberanía propia, y para ello necesita convertirse en Estado. Porque el Estado es tangible, al contrario que la nación, inexplicable y mística.

El PSOE y Podemos coinciden en un discurso de una izquierda acomplejada ante los nacionalismos, que solo sabe hablar de República pero no de valores republicanos. Sin embargo, y a pesar del viraje de Sánchez hacia posturas más izquierdistas, hay todavía muchas diferencias: el PSOE sigue siendo el PSOE, y Podemos puede aprovechar (y ya está haciéndolo) para pedir a los socialistas mayor pureza (lo que entienden ellos por pureza). El caso del independentismo es una buena prueba. En Podemos afirman que hay que dejar votar a los catalanes, aunque sea en un referéndum ilegal. En el PSOE denuncian el referéndum ilegal. Entrar en la dinámica de la identidad implica competir en pureza. Si el PSOE y Podemos se plantean un futuro juntos, lo harán desde la lógica identitaria, y en ella juega mucho mejor Podemos.

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¿Macron, populista?

Manuel Arias Maldonado

Foto: Pool
Reuters

Tras asegurarse una formidable mayoría parlamentaria -afeada por la fatiga participativa de los franceses- que parecía impensable hace apenas seis meses, la pregunta sobre el populismo de Macron presenta un interés que va más allá de la teoría y apunta hacia las lecciones que puedan extraerse de su vertiginosa conquista del poder. Lecciones, huelga decirlo, a las que atenderán con especial atención líderes o partidos con idénticas aspiraciones en otros países. Y aunque el contexto cuenta, porque Francia no es España ni España es Gran Bretaña, las semejanzas cuentan también. Si The Economist acaba de explicar el resurgimiento de los laboristas de Jeremy Corbyn aplicando al terreno político la teoría de la innovación disruptiva del economista Clayton Christensen, conforme a la cual los verdaderos innovadores empiezan en los márgenes identificando demandas desatendidas por las grandes empresas hasta hacerse con el mercado, no se ve por qué la tesis no puede aplicarse asimismo a Macron o nuestros Iglesias, Rivera y Sánchez. ¡Ancha es Europa!

Recordemos que el populismo es al mismo tiempo una ideología “delgada” (el populista puede ser de izquierda o derecha) y un estilo político que, empleando medios verbales y no verbales, crea el pueblo al que se dirige mediante una argumentación basada en una idea central (antagonismo pueblo/élite) por lo general acompañada de otras anejas (crisis de la democracia, desatención maliciosa de la voluntad popular, idealización de una patria perdida, repudio del intelectualismo). Pero un líder o movimiento puede adoptar algunos elementos del populismo: es posible ser más o menos populista según lo que se diga y se haga, sin perder de vista que aquí lo que se haga es tan importante como lo que se dice: vestirse de outsider ya es un “hacer”. Ahora bien, para ser populista -aunque sea solo un poco- es imprescindible sostener que existe un antagonismo entre el pueblo virtuoso y la élite corrupta. Ahí reside el sine qua non del populismo: su núcleo duro.

¿Y qué hay de Macron? También él habla de una élite, en este caso la clase política francesa, cuyo fracaso reformista condena a una Francia que ya no es digna de su grandeur. Y llama a una revuelta pacífica contra ella que, en el caso de su movimiento político, adopta la forma de una nueva inclusividad: ciudadanos ordinarios convertidos en diputados. Algo que, en España, también han hecho los nuevos partidos. A cambio, Macron no es precisamente anti-intelectual, ni polarizador, ni reclama que la voluntad general se convierta en el centro de la vida política. Más al contrario, ha hablado con franqueza del vacío simbólico que dejó la muerte del Rey durante el Terror revolucionario y del deseo subyacente del pueblo francés de tener ahí arriba a la vez poderoso y distante. En cuanto a la figura del outsider, Macron es una paradoja andante: un miembro de la élite que ha logrado separarse simbólicamente de ella sin dejar de encarnarla.

Podríamos decir que Macron es como Obama: un populista bueno que emplea algunos elementos del estilo político dominante para conquistar el poder derrotando al populismo malo. O sea, aquel que se aleja de los postulados de la democracia representativa y los principios de la ilustración. La risa va por barrios: habrá quien alegue que lo malo es la sociedad abierta y lo bueno la nación étnicamente homogénea. En cualquier caso, tanto unos como otros demuestran que no hay democracia sin apelación -retórica, hiperbólica, afectiva- al pueblo. Sin embargo, Macron denuncia el fracaso del establishment sin deducir de ahí que exista un antagonismo moral entre la élite corrupta y el pueblo engañado. Así que no será, finalmente, un populista.

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